domingo, 1 de junio de 2014

LLUVIA DE PLATA SOBRE UN MAR DE MARFIL












LLUVIA DE PLATA SOBRE UN MAR DE MARFIL
De nuevo en casa. Parecía como si nunca me hubiese ido. Las paredes, los muebles, los rincones, los objetos... todo me daba la bienvenida como si jamás hubiese pasado el tiempo. Volví a comprender que un hogar siempre nos acoge tras un largo viaje sin importarle ni la distancia ni el tiempo. Un hogar siempre nos espera con sus brazos abiertos para alojarnos en su corazón, pues sabe que ningún lugar del mundo podrá ofrecernos más protección.
Y yo volvía a sentir la fuerza y el cariño que irradiaba cada recoveco de aquella morada que dentro de poco nos vería partir de nuevo para alejarnos de un tumulto que nos había herido en el alma tras habernos parecido el más inocuo. Aquella ciudad, bajo el fulgurante y a la vez oscuro cielo de la noche, ya no me parecía tan inocente y pura. Había algo en las calles, en los rincones y en los edificios que destilaba amenaza, que me hacía sentir desprotegida y frágil. Aún notaba que las manos me temblaban sutilmente y que mi equilibrio era efímero y trémulo, pero no me importaba.
Cuando me hallé nuevamente junto a Eros en nuestra alcoba, en la que dentro de poco empezaríamos a hacer nuestro equipaje, me pareció que en verdad el mundo no era un lugar amenazante ni peligroso; sin embargo, por dentro de mí todavía latían ese miedo y esa tristeza paralizantes que habían sido mi única realidad durante los últimos días de mi vida. Aún no me había olvidado de todo lo sucedido. Aquellos recuerdos parecían otra voz aparte de mis pensamientos; una voz que gritaba en lugar de susurrar.
  • Está todo tal como lo dejaste cuando... cuando saliste al hotel aquella noche —me avisó Eros con un susurro—. Yo no me he atrevido a tocar nada. Te quedaste componiendo una canción...
  • Lo sé... —recordé con pena—. Creo que nunca podré terminarla —dije mirando mi amada arpa.
  • Te ha echado muchísimo de menos —musitó acariciándome los cabellos—, como yo —indicó más quedamente.
Sin decir nada más, me acerqué a mi amada arpa y, tras arrodillarme frente a ella, con veneración y muchísimo cariño la rodeé con mis brazos y deslicé muy suavemente mis labios por su rojiza y resplandeciente madera. Siempre que permanecía apartada de aquel instrumento que tantos recuerdos resguardaba en su voz, reencontrarme con su beldad me resultaba lo más hermoso y tierno de la vida.
Me alcé lentamente aún con los ojos cerrados y me quedé quieta enfrente del arpa sin saber qué decir. En esos momentos tenía la sensación de que todos los instantes que estaba viviendo con Eros eran los últimos de nuestra tierna vida. No había olvidado que tenía que explicarle todo lo que había acaecido con Rauth y su mágico mundo.
Estaba aterrada. No sabía cómo debía comenzar aquel inverosímil relato que, sin embargo, tan feliz me hacía y no conocer cómo él reaccionaría me hacía estremecer de tristeza, inseguridad y tensión.
Todavía no había separado mis dedos del arco de mi arpa. Notar su madera en mis yemas me hacía sentir más segura. Eros se mantenía tras de mí sin atreverse a decir nada, como si intuyese que aquel momento era muy delicado para mí; pero al fin se situó a mi lado y me rodeó la cintura con su brazo izquierdo. Noté que se acercaba a mi mejilla. Me la besó con muchísima ternura y cuidado, como si no quisiese sobresaltarme.
  • ¿Te sientes bien? —me preguntó abrazándome con amor—. Te noto triste. ¿Aún te encuentras mal? Ven, tumbémonos juntos... Todavía necesitas descansar y está a punto de amanecer ...
  • Eros... —suspiré de ternura cuando noté que me impulsaba con mucha dulzura hacia nuestro lecho.
  • Shiny, mi Shiny... no sabes qué solo me he sentido sin ti... Esta cama se me hacía inmensa y no podía dormir bien. Todo estaba tan frío y vacío sin ti... —suspiró con tristeza mientras me abrazaba con una fuerza muy cariñosa.
  • Yo también me sentía muy fría y vacía sin ti —le contesté protegiéndome entre sus brazos—. Creía que no volvería a abrazarte, ni a besarte ni a estar contigo —declaré con una voz trémula y llena de pena—. Te extrañaba tanto, tanto y tanto... Eros, mi Eros...
  • Shiny... hagamos que el tiempo se detenga en esta alcoba... y que el mundo se reduzca a nuestro cuerpo...
Con sus brazos me impulsó hacia su cuerpo, el que devino mi único hogar, y con sus caricias y sus amorosos besos deshizo la gravedad para que juntos volásemos por un cielo donde las estrellas nunca se apagaban. Suspiré su nombre tantas veces como me lo pidió mi alma, temiendo que aquel amanecer fuese el ocaso de nuestra mágica vida. Quise olvidarme de que no podía imaginarme lo que sucedería después de mantener con él aquella conversación tan delicada, quise apartarme de los recuerdos de todo lo que había ocurrido y deseé que aquella alba tan dorada, la que tornó la oscuridad en lágrimas plateadas que caían sobre el blanquecino mar del día, no se terminase nunca.
Mas nuestra entrega tuvo fin porque nuestros ojos deseaban convertirse en una sola mirada, porque nuestra respiración se había agotado de restar agitada y porque en verdad el amor nos impulsó a abrazarnos silenciosa y calmadamente tras habernos vuelto dos amantes totalmente enloquecidos por la pasión, el deseo y la añoranza.
  • Me cuesta creerme que estés aquí, Shiny —me confesó acariciándome los cabellos—. Soñé tantas veces contigo... Shiny, yo no sé vivir sin ti. No he nacido para estar separado de tus brazos, de tus ojos, de tu cuerpo, de tu voz. Eres una inquebrantable parte de mi ser. Shiny, te necesito para saber que soy alguien, para encontrar el significado a la vida... Yo no estoy hecho para que tú me faltes...
  • Yo tampoco, Eros, amor mío —le contesté cerrando con fuerza los ojos. Las lágrimas que los habían humedecido rodaron lenta y tímidamente por mis mejillas—. Ay, Eros, Eros... Te aseguro que te amo con todo mi corazón, vida mía. Te amo como jamás creí que volvería a amar, cariño...
  • Pero ¿por qué lloras, Shiny? —me preguntó muy tiernamente permitiendo que mis lágrimas se posasen en sus dedos—. ¿Qué te ocurre, cariño?
  • Me siento extraña. Estoy muy feliz de estar contigo de nuevo, tan feliz que no sé experimentar esta felicidad; pero al mismo tiempo tengo miedo  y estoy perdida.
  • ¿Por qué?
  • Porque... porque...
  • ¿Qué ocurre, Shiny? —me preguntó todavía con calma mientras me limpiaba las lágrimas con sus dulces besos—. ¿Por qué lloras así?
  • Eros, yo... Te juro que ahora mismo renunciaría a todo lo que tengo sólo por ti, daría mi alma para lograr que en el mundo, en mi mundo, únicamente existiésemos tú y yo... —le confesé sollozando cada vez más hondamente sin poder evitarlo.
  • Shiny, Shiny... pero ¿por qué dices eso? ¿Ha pasado algo que no me hayas contado? —me cuestionó incorporándose y sentándose en el lecho conmigo entre sus brazos—. Explícame lo que sucede, por favor. No me gusta verte llorar así. Cálmate.
  • He pasado mucho miedo... pero ahora me parece como si todo lo que sufrí fuese una nimiedad comparado con este momento... Eros, debo contarte algo que no tiene explicación en este mundo. Te resultará inverosímil y, posiblemente, posiblemente...
  • No te juzgaré, Shiny. Sé lo mágica que eres, amor mío.
  • No, no, jamás podrías haberte imaginado eso... y lo peor es que yo tampoco lo preví... Eros, yo... yo soy alguien en otro mundo. Mudo de forma y de pensamientos cuando me traslado a esa realidad... Se trata de otra dimensión donde no existe el mal ni la crueldad, pero sí la tristeza, pues es el color de las flores más frágiles. Hay melancolía, pero no respira el olvido. Son bosques iluminados por una luz cuyo matiz no puedo describir. Son bosques repletos de flores, árboles y plantas que no tienen semejantes en este mundo... y yo he estado allí, Eros... Viajo a esa mágica y resplandeciente realidad a través del sueño.
  • Es el mundo de los sueños... —divagó confundido.
  • No, Eros. Ese mundo existe, pero en otra dimensión —le aclaré secándome las últimas lágrimas que brotaban de mis ojos—. En ese mundo se hallan las almas de quienes se marcharon, en principio, para siempre; pero también de los que, aun vivos, no se atreven a habitar en este mundo; el que está lleno de crueldad e injusticias.
  • No lo entiendo —me confesó aturdido.
  • Yo tampoco lo entendía cuando me ocurrió por vez primera. De pronto me hallé en un lugar desconocido junto a una mujer... una mujer muy mágica y preciosa que me reveló que me encontraba en otra realidad a la cual podría acceder si yo lo permitía. Estaba allí porque en ese mundo tenía que reencontrarme con alguien muy especial para mí...
Tras relatarle con nervios y tensión a Eros todo lo que me había ocurrido las dos primeras veces que me había encontrado con Rauth, nos quedamos en silencio. Respeté aquella ausencia de palabras, pues era consciente de que Eros la necesitaba para digerir todo lo que le había explicado; pero llegó un momento en el que comencé a impacientarme, pues creí que el alba nos había robado la voz. Aunque él no me lo hubiese confesado, sabía que conocía la verdadera identidad de Rauth. Cuando le había descrito su bello y otoñal aspecto y todas nuestras conversaciones, en sus ojos resplandeció un sentimiento que yo no supe identificar ni desentrañar, pues me parecía mucho más grande que la misma Tierra.
  • Arthur y tú estáis juntos en ese mundo. ¿Estás aquí a la vez que estás con él? —me preguntó desorientado y confundido.
  • No, Eros. Solamente estamos juntos cuando yo permito que la magia me traslade a su hogar.
  • Y cuando estás con él te olvidas de todo lo que tienes aquí —aseveró intentando que su voz no sonase trémula.
  • No, no se me olvida. Continuamente tengo presente mi vida y mis recuerdos. No puedo olvidarme de nada de eso. No soy otro ser cuando me traslado hacia allí, sino yo misma con otro cuerpo, mas con la misma alma.
  • Ya, ya... ¿Y por qué te ocurre precisamente a ti?
  • No soy la única...
  • Pero ¿por qué a ti? ¿Por qué no puedes estar tranquila en una sola realidad?
  • No lo sé.
  • ¿Y por qué Arthur? —me preguntó de pronto exaltado.
  • No lo sé.
  • Quizá sea tu subconsciente el que te lleva a esa tierra donde puedes estar con él sin que nadie te lo impida.
  • No, no...
  • Tal vez aún lo ames tanto que ni siquiera te atrevas a aceptarlo y por eso sólo en los sueños puedes estar con él.
  • No, nuestros reencuentros no son sueños. Son una realidad dentro de otro mundo.
  • ¿Y ha pasado algo entre vosotros que todavía no me hayas dicho? —me interrogó temeroso.
  • Eros, lo que sucede allí aquí no tiene la misma importancia. Es como si hubiese dos realidades compuestas de intereses distintos —intenté explicarle de forma atropellada.
  • Eso quiere decir que sí —afirmó sonriendo de un modo muy extraño.
  • No pudimos evitarlo.
  • ¿De veras es real, Shiny? Quizá la sangre muerta que te inyectaron te haya enloquecido. Lo que me explicas no puede ser real.
  • No, eso no es cierto, pues empecé a viajar a ese mundo mucho antes de que me sucediese esto —le revelé temerosa.
  • ¿Y por qué no me lo has explicado hasta ahora?
  • No creía que fuese necesario. En esta vida, todo lo que suceda en ese mundo es irrelevante.
  • No lo es. Te has acostado con Arthur, según dices, en otro mundo.
  • Y no sólo eso —le musité con una voz queda y con la cabeza agachada, incapaz de mirarlo a los ojos.
  • ¿Qué quieres decir?
  • Hemos... Al estar juntos... Eros, seré madre —le confesé con una voz temblorosa, intentando hundir mis ojos en los suyos; pero él rehuyó mi mirada—. Eros, te juro que yo...
  • Has perdido la cabeza, Shiny —se rió cínicamente.
  • No es cierto —opuse herida y con mucho miedo—. Debes creerme.
  • Tú jamás podrás ser madre, Sinéad —me avisó con más frialdad de la necesaria.
  • En ese mundo sí —declaré con un hilo de voz.
  • Ah, ya, ¿y cómo piensas cuidarlo?
  • Se supone que lo gestaremos entre los dos y, cuando su alma haya crecido lo suficiente, será necesario que yo viaje a ese mundo para que su parte material pueda encerrarse en un cuerpo...
  • Tienes demasiada imaginación —se burló extrañamente inquieto.
  • ¿No me crees?
  • No, Shiny. Pienso que en verdad haber estado encerrada tanto tiempo sobreviviendo sólo con sangre muerta te ha hecho algo raro en la cabeza y... Debe analizarte tu padre.
  • Eros, te juro por mi amada arpa que es cierto —le indiqué nerviosa—. Te lo juro por todo lo que soy y lo que tengo en mi vida. Sabes que nunca juraría en vano...
  • Tú no crees en los juramentos.
  • Pero sabes que nunca te mentiría.
  • Yo no niego que me digas la verdad, pero esa verdad que me cuentas no puede ser real, Sinéad.
No sabía qué decir. Se me habían agotado las palabras. Ni siquiera deseaba seguir batallando verbalmente contra Eros para convencerlo de algo que él jamás podría creer. Únicamente sentía unas intensísimas ganas de llorar perforándome el entendimiento. ¿Qué esperaba? Era consciente de que Eros no reaccionaría simpáticamente tras conocer una verdad tan inverosímil; pero en ningún momento me imaginé que él no creyese mis palabras.
  • Duerme. Creo que te hará mucho bien —me ordenó impulsándome nuevamente hacia la almohada.
  • No me crees, piensas que me he enloquecido y que... que estoy delirando —susurré con una voz quebrada—. Para mí no existe ningún remedio que me haga sentir bien.
  • Shiny, Shiny —suspiró al ver que volvía a llorar desconsoladamente.
  • Lee mi mente y comprueba tú mismo si todo lo que te he explicado puede formar parte de la locura. La locura no puede crear un mundo tan hermoso ni tampoco puede idear unos momentos tan mágicos —le pedí desesperada, notando cómo el nudo que me presionaba la cabeza y la garganta se convertía en un dolor punzante que se me clavaba en el alma—. Hazlo, por favor. No me importa que atisbes instantes que únicamente mi memoria puede vislumbrar... Sólo deseo que me creas.
Eros se quedó paralizado. Tras el velo de mis lágrimas, pude ver que entornaba los ojos y que agachaba avergonzado la cabeza. Se apartó de mí y permaneció en silencio durante un tiempo que el amanecer volvía turbio y punzante. Al fin, con una voz queda, me confesó:
  • Si no deseo creerte, no es porque me parezca que deliras, sino porque soy incapaz de aceptar una realidad como esa. Soy completamente incapaz de aceptar que Arthur te haya dado un hijo en otra vida y que podáis existir en un mundo mágico donde nada puede herirte. Soy incapaz de aceptar que alguien pueda hacerte muchísimo más feliz que yo y que puedas protegerte muchísimo más que en mis brazos. En realidad, debería alegrarme, y de hecho lo hago; pero tengo muchísimo miedo. Y todavía no comprendo qué haces aquí si en ese mundo puedes vivir tan libre, feliz y protegida, exenta de los asquerosos problemas de la humanidad... Vete a ese mundo si en verdad es tan mágico y puede ampararte tanto.
  • ¿En verdad no puedes entender por qué sigo aquí a pesar de todo eso que has dicho? —le pregunté enternecida. Captar plenamente su miedo y su frustración me hizo sentir pequeña.
  • Supongo que querías despedirte de mí —divagó incapaz de mirarme a los ojos.
  • Jamás, jamás, óyeme bien, Eros, jamás habrá una despedida en nuestra vida. Si sigo aquí, es porque toda mi alma anhela permanecer a tu lado. No te niego que hubo un momento en el que deseé morar en ese mundo para siempre, pero lo hice porque temía encontrarme con tu ausencia cuando regresase de esa realidad. Yo tampoco estoy hecha para vivir sin ti —le confesé llorando delicadamente—. No me importa que en ese mundo no exista la maldad ni las injusticias, no me importa que allí pueda sentir y ver la luz del día, no me importa que pueda comer todo lo que en esta vida se me prohíbe ingerir y beber, no me importa que allí en esa tierra pueda ser madre y experimentar sensaciones que jamás invadirán mi cuerpo vampírico si tú no estás en esa vida para compartir todo eso conmigo. Sé que sonará extraño, pero quisiera que ese mundo y todo lo que he vivido allí desapareciese, ya te lo he dicho antes. Eros, tú eres mi única tierra, donde tampoco hay peligro, pues tu valiente corazón me protegerá siempre.
  • ¡No es verdad! —Exclamó herido y frustrado. Percibir que lloraba me destrozó el alma—. Yo no pude evitar que esos malditos humanos te raptasen, yo no pude evitar que te inyectasen sangre muerta ni tampoco que te llevasen a la televisión... y en cambio Arthur vino para demostrarte que en su mundo nada de eso te habría ocurrido y encima te ofrece la posibilidad de ser madre —sollozaba desconsoladamente—. Yo no puedo ampararte de nada, de nada. Soy un vampiro inútil que es incapaz de salvaguardar tu vida; la vida más importante, maravillosa y mágica de la Historia y de toda la Tierra. Es digno de ti que vivas en ese mundo mágico, Shiny. Tú no puedes estar aquí, no puedes, no puedes —hipaba tan profundamente que por unos largos momentos fui incapaz de actuar o de pensar; pero, al fin, lo rodeé muy tiernamente con mis brazos para atraerlo hacia mí—. Yo no puedo ser tu ángel... y en cambio él no deja de serlo. Y no estoy celoso —opuso nervioso—, sólo decepcionado conmigo mismo. No te merezco.
  • Eros, no digas nada más, por favor —le supliqué infinitamente triste—. Nada de lo que has dicho es cierto. Yo también podría haber evitado que me sucediese todo eso, y no lo hice, amor mío. Jamás te culpes de las desdichas que me ocurran, por favor, pues tú no deseaste nunca que me acaeciesen, al contrario; ansiando que no me pase nada malo ya estás protegiéndome. Además, toda mala experiencia merece la pena si, tras su fin, puedo abrazarte y sentir el amor más grande contrastando con la inmensa crueldad de la humanidad. Todo viaje difícil, penoso e insoportable es gratificante si puedes volver a casa, cariño.
  • Shiny...
  • Y te juro que deseo renunciar a todo eso para no separarme de ti nunca, nunca más. Hasta ahora no he entendido que ese mundo no tiene sentido si no estamos juntos allí. No, yo no quiero nada que provenga de esa tierra si no estás en mi destino cuando me encuentro allí —declaré con una seguridad inquebrantable. Anhelé que Rauth sintiese mis sentimientos dondequiera que se hallase—. Yo estaré siempre contigo, siempre, en el mundo de los sueños, de la vida verosímil, de la magia y de la muerte.
  • Pero en esa realidad lo amas.
  • Es un amor que no siento en este mundo —le confesé quedamente.
  • Pero serás madre. Vivirás una experiencia hermosa que yo jamás podré ofrecerte.
  • No quiero serlo —indiqué con miedo.
  • No digas eso.
  • Quiero que viajes allí conmigo, Eros.
  • No me pertenece estar allí. Yo no soy tan mágico como tú.
  • Eres mucho más mágico que el resplandor de una gran luna llena reflejándose en el lago más profundo. Eres mágico porque tus ojos albergan la fantasía más oceánica y hermosa, porque cuando me rodeas con tus brazos siento que la maldad no existe y porque tu voz es una dulce melodía que siempre apaga mis sentimientos más punzantes. Jamás vuelvas a decir que no eres mágico, amor mío.
  • Shiny... mi Shiny...
  • No volveré a marcharme a ese mundo sin ti, cariño.
Cuando pronuncié aquellas palabras, noté que mi alma se anegaba en un sentimiento que no había nacido de mi espíritu. Supe, sin que nadie tuviese que revelármelo, que aquella emoción había provenido de otra alma que, aunque quisiese negarlo, estaba irrevocablemente conectada a la mía. Se trataba de una emoción potente que encerraba decepción, tristeza y a la vez comprensión y aceptación. Aquel sentimiento parecía estar compuesto de palabras que sonaron quedamente en mi mente como si yo misma las hubiese pensado: «Esa es tu voluntad y yo no puedo oponerme a tus deseos. Que él venga es el precio que tengo que pagar para estar contigo. Lo siento. Tal vez nunca debí introducirme tan deliberadamente en tu vida. Si deseas que todo esto se termine para siempre, solamente tienes que pedírmelo ahora con toda la fuerza de tu alma. Entonces será como si la vida y la muerte jamás se hubiesen unificado en un mismo destino. Pídemelo y todo desaparecerá, Sinéad».
No pude contestar. Por un momento demasiado eterno mi mente se llenó de todos los recuerdos de los instantes que había compartido con Rauth: nuestro primer encuentro, las trovas que juntos tañimos y entonamos, nuestras profundas conversaciones en la naturaleza, aquel día en su hogar... nuestro amor... nuestra entrega...
«No, no quiero que todo se desvanezca; pero... pero ya no puedo permitir que él permanezca alejado de mí... No quiero que él se quede apartado de esta magia tan bonita que también puede acariciarle el alma».
Tras aquellas palabras, sentí cómo ese sentimiento de impotencia, tristeza y a la par aceptación se convertía en una tierna felicidad que me hizo sonreír. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido, pero de repente me di cuenta de que Eros me observaba atenta y calladamente, encontrando en mis ojos las palabras que yo no me atrevía a dirigirle.
  • Ahora has hablado con él, ¿verdad? —Yo asentí con la cabeza—. Estáis mucho más conectados de lo que creía.
  • ¿Cómo has sabido que...?
  • Porque tus ojos se han llenado de brumas y, extrañamente, se han vuelto más claros.
  • Jamás me imaginé que eso pudiese ocurrir.
  • En esta realidad tú me amas como no amas a nadie, ¿verdad? —me preguntó temeroso.
  • En esta realidad y en cualquier otra, tú reinas en mi corazón; pero en la magia parece como si todo lo que importase en este mundo perdiese importancia.
  • Y todo lo que ocurre allí se vuelve irrelevante en este mundo, ¿verdad?
  • Antes era irrelevante, pero ahora...
  • Son dos mundos distintos que no tienen que cruzarse nunca. En esta realidad tú y yo existimos en una misma alma y, en la otra...
  • En la otra seguiremos siendo una misma alma.
  • Ahora dices eso porque permaneces lejos de Rauth y de su mágico mundo; pero, cuando estés junto a él, sentirás que es el único ser que amas con toda tu alma y tu corazón.
  • No quiero comprobarlo sin ti. Perdóname, Eros. Te prometo que a partir de ahora no te ocultaré nada, por muy ínfimo y nimio que sea...
  • También tienes derecho a guardarte secretitos —se rió cariñosamente mientras me acariciaba las mejillas—. ¿Sabes por qué siempre creo todo lo que me cuentas?
  • No...
  • Porque tus ojos pronuncian las palabras más sinceras de la Historia y vuelven verdad todas las mentiras.
  • Yo nunca te mentiría...
  • Lo sé.
  • Antes no me creías...
  • No te creía porque estabas explicándome una verdad demasiado enorme para que cupiese en mi pequeño cerebro —se rió cariñosamente.
  • Qué tonto eres —me reí con él mientras lo abrazaba—. Eros, ahora estoy más convencida que nunca de que todo lo que nos ha pasado últimamente es solamente una prueba a nuestro amor. El destino ha querido hacer temblar nuestro amor poniéndome en situaciones inesperadas e inexplicables cuyo único fin era que me apercibiese de que a ti te amo más que a nada en el mundo.
  • ¿Más que a tu arpa? —se rió dulcemente.
  • ¡Eros! Ay... te hablo muy en serio —me reí más libremente.
  • Y yo también —se rió encantado—. Sí, Shiny, todo lo que nos ha ocurrido ha sido una prueba a nuestro amor, una prueba superada.
  • Por supuesto.
  • Mi Shiny... gracias por todo.
  • Gracias a ti por ser tan bueno y comprensivo...
  • La prueba más fiable de que me amas es que estás aquí, junto a mí, cuando podías estar en un mundo mágico bailando y cantando bajo la luz del sol con una vida creciendo por dentro de ti... Estás aquí cuando existe una realidad mucho más inocua que puede protegerte de todos los peligros de la humanidad. Ante este hecho, jamás podré dudar de tu amor.
  • Gracias, amor mío...
  • Y pienso cuidarte dondequiera que te encuentres, tanto como si te hallas aquí, en esta asquerosidad de mundo, como en el más mágico de la vida.
  • Yo también... Ah, por cierto, no creas que me dejarás sola con ese niño —me reí cariñosamente—. En esa realidad, tú también me ayudarás a criarlo y a educarlo. Te necesito.
  • Yo, Shiny... yo no...
  • Calla, no digas nada más —le pedí quedamente acercándome a sus labios—.  Sólo bésame y hazme olvidar que existió un tiempo en el que no podía sentir tus labios.
Y el amanecer siguió cubriendo de plata las lejanas montañas, las que relucían bajo aquella rosada alba como si de un mar de marfil se tratase, mientras nosotros hacíamos de nuestra alcoba un mundo verdaderamente mágico donde refulgían todos nuestros sueños, donde no cabía la malicia ni la impotencia. La felicidad se convirtió en un manto de terciopelo resplandeciente que nos envolvió suavemente y nos arropó para protegernos de la vigilia. El sueño llegó entre nuestros brazos, nos cerró los ojos y tornó nuestra inconsciencia en imágenes brillantes y cálidas que, sin embargo, no nos apartaron de la sensación de sentirnos irrevocablemente amparados. 


domingo, 11 de mayo de 2014

EL OSCURO DESALIENTO


OSCURO DESALIENTO
Ha caído la tarde; una vez más. De nuevo capto que la luz se ha desvanecido y que la oscuridad se cierne sobre aquellos rincones que tanto anhelo vislumbrar con mis ojos. Cuando el ocaso reina en el cielo y en la tierra, la oscuridad se tañe en esta sobria estancia de paredes blancas e insustanciales. Parece como si la oscuridad, convertida en aire, se adentrase en esta habitación sin vida y se corporeizase delante de mí para atraparme con sus fuertes y gélidas garras. Antes pugnaba contra ella para que el desaliento no me apretase el alma, pero cada nuevo atardecer me cuesta más encontrar los suspiros de mi vida. Me siento tan sola que incluso puedo aspirar el asfixiante olor de mi soledad.
La soledad siempre me ha parecido atractiva cuando me hallo en medio de un sinfín de estímulos que me exigen toda mi atención; pero ahora la soledad me resulta tan helada y espeluznante que desearía poder quebrarla con mis dedos. Entre estas paredes que me consumen, debilitada por residuos de muerte, creo que el mundo está desvaneciéndose allí afuera, lejos de mí, de mis pensamientos y de mis sentimientos. Quisiera poder volverme solamente espíritu para atravesar estos inquebrantables muros que me encierran, contra los que lucharía en cuerpo y alma para derribarlos; pero me falta el ímpetu que me ayudaba a alzarme, a caminar, a ser yo misma. Mi vida se deshace con cada gota de muerte que se adentra en mi cuerpo, y yo no puedo hacer nada para evitarlo, pues la fragilidad nunca se esfuma, siempre me tiene asida de las entrañas impidiéndome pugnar contra la maldad.
A veces pienso que esto es un castigo por intentar ser alguien. Cuando más feliz me creo, cuando pienso que mi vida se ha estabilizado, si bien no para siempre, al menos por un tiempo incalculable, entonces las murallas que resguardan mi existencia se agrietan, entrando por esas oquedades una luz que me hiere más que el resplandor del sol. Cuando noto la felicidad materializada en unos suspiros que invaden todo mi cuerpo, entonces el mundo me demuestra que yo no tengo derecho a ser feliz ni a soñar. Tal vez soñar ya no esté permitido en esta realidad que tanto asfixia y abruma. Tal vez, el derecho de soñar y pensar que todo puede ser perfecto perteneció a una era que ya hemos abandonado para siempre, acaso fuese la era de nuestra infancia, de nuestra niñez; pero ni siquiera pensando en mi niñez logro encontrar ese derecho de soñar. No, yo tampoco lo tuve cuando la inocencia rodeaba mi aterido corazón.
Mas siempre ha habido algo en mí que me impide rendirme definitivamente, que me aferra de las manos para evitar que me hunda para siempre en el abismo de la desesperación. Me pregunto de dónde surge ese ímpetu que todavía me facilita imaginar que alguna vez la vida se tornará totalmente resplandeciente para mí. Tal vez ese deseo de seguir soñando emane de los bellos y efímeros momentos que dura mi felicidad. Hay veces en las que quiero eternizar un instante para que se convierta en mi único presente; pero ya no quiero volver interminable su duración ni su forma, sino los sentimientos que se desprenden de su existencia, ya se trate de la melancolía más profunda o de la alegría más brillante. A veces la nostalgia y la tristeza también son hermosas, sobre todo cuando te envuelven dulcemente al ser irradiadas por melodías bellas que templan tu corazón, que te hacen saber que no eres la única que se siente sola y compungida en este mundo. La música también te entiende, te hace comprender que merece la pena estar tan afligida si puedes encontrar el reflejo de tu pena en un momento que parece solamente tuyo.
Cuánto extraño poder sumergirme en las preciosas notas de mi arpa; la que siempre ha creado las melodías más bonitas de la vida. Añoro el tacto frío de sus cuerdas, gelidez que sin embargo se templa cuando mis dedos la rozan. Cómo extraño su sonar; el que trasciende el tiempo y el espacio y se asemeja tanto al caer de la lluvia. Siempre me he imaginado que cada suspiro que sus cuerdas lanzan al viento es una gota dorada que cae sobre mi alma para llenarla de paz.
Mas ahora no me queda nada, aquí no hay nada que pueda extraerme de esta solitaria congoja. Ni siquiera en mis recuerdos encuentro consuelo. Parece como si, al rememorar aquello que me ha hecho tan feliz, la pena que siento ahora se acrezca brutalmente. Eros... mi Eros... ¿dónde estás? ¿Serás capaz de dormir sin mí? Yo no puedo cerrar los ojos sin ti, pues me desalienta infinitamente saber que tu sonrisa y tu mirada no serán lo primero que vea al despertarme. No puedo dormir si no estoy entre tus brazos, si continuamente sueño con tus besos, tu presencia y tu cariño y al despertarme percibo tu gélida ausencia. ¿Por qué? ¿Por qué han tenido que hacernos esto? ¿Por qué ni siquiera me quedan fuerzas para llamar a mi padre? Tal vez, todas esas veces que he luchado contra las desdichas y la tristeza para seguir viviendo hayan agotado el ímpetu que le pertenece a mi alma; el que siempre me ayudó a creer que la maldad y la pena tenían fin. Quizá ya no quede en el mundo más fuerzas para mí que me ayuden a batallar contra la soledad y el vacío. Acaso ya haya pugnado demasiadas veces contra las injusticias y la crueldad.
Dejarme morir, lenta y espesamente: es la única solución que me grita mi mente; pero ¿cómo morir si me siento tan eterna? Estoy débil, extenuada, infinitamente triste y desalentada; pero todavía queda un sutil destello de esperanza palpitando por dentro de mí que me advierte de que, si me rindo tan profunda e irrevocablemente, nunca más podré volver a ver sus oceánicos ojos, su resplandeciente sonrisa y su pura belleza. Necesito tanto hundirme en su mirada, escuchar su honda y aterciopelada voz... Este silencio calla todos mis recuerdos, me abruma y me hace sentir tan vacía... Incluso añoro la ruidosa voz de la ciudad creada por esas máquinas y ese bullicio que silencian tanto el susurro de los bosques... En este silencio ya no sé qué deseo oír...
Y la luna... ¿seguirá brillando en la oscuridad de la noche, acompañando a las estrellas con su plateado fulgor? Esta soledad tan honda y asfixiante me hace pensar que la luna ya no resplandece y que todas las estrellas del firmamento se han extinguido. Quizá en los bosques ya no quede vida, pues me parece que todo está apagándose... pero, sin embargo, a veces creo ver un sutil rayo de compasión en los ojos de quienes me tienen tan injustamente apresada. Evidentemente, estos humanos tan inconscientes no tienen ni la menor idea de a quién retienen (un ser que puede tener más compasión y amor encerrados en su alma que toda la humanidad unida), pero ya no me apetece desvelárselo, pues tengo la horrible sensación de que mis palabras ya no tienen sentido, de que en este mundo ya nadie puede escucharme, puesto que he perdido el derecho de que me presten atención.
Siempre luchando por conseguir un pedacito de paz en esta tierra, y sin embargo cuando lo consigo, o creo conseguirlo, se desvanece como las hojas en el otoño. Estoy muy agotada de perder siempre esta batalla que no debe tener ni ganadores ni perdedores, pues todos somos miembros de una misma vida. Hemos llegado aquí para apreciar todos los suspiros de aliento que emanen de los bosques, para que el dulce sentimiento del amor anegue nuestro cuerpo y nos incite a obrar cariñosa y tiernamente; pero parece como si la humanidad estuviese perdiendo definitivamente la capacidad de amar, de respetar, de vivir serenamente. Antes me rechazaban porque era diferente, porque me temían y pensaban que mis ojos podían destruir todo lo que los rodeaba en tan sólo un segundo; y ahora lo hacen porque les resulto curiosa, porque piensan que mi existencia podrá deshacer todos los ápices de precariedad que puedan invadir sus vidas. Ahora les intereso, cuando siempre he sido la mácula del mundo, un profundo e hiriente agujero negro sin principio ni fin que lo devora todo; y ahora soy necesaria para el mundo porque así pueden demostrar algo que yo ni siquiera comprendo. La humanidad se desliza por senderos que jamás podrán formar parte de mi mente. Yo solamente pido vivir en paz... solamente eso...
Y, si supiese que nunca más podré volver a ver a quienes forman mi vida, a quienes han creado para mí un refugio que solamente el amor protege, yo partiría de esta horrible y lacerante realidad hacia un mundo donde nunca me rechazarían, donde mi vida nunca peligraría; pero soy totalmente incapaz de marcharme sin despedirme de ellos, sin agradecerles todo lo que han hecho por mí. Quisiera volver a hundirme en los profundos y nocturnos ojos de mi creador, el ser más importante de mi vida, pues sin él no estaría viva, no habría podido hacer felices a quienes se han adentrado en mi destino; pero sé que su aterciopelada y serena voz nunca más volverá a envolverme y que sus eternos y fuertes brazos jamás me rodearán de nuevo, amparándome de las adversidades más frías de la vida; mas no me creo capaz de aceptar una realidad tan horrible. Si tan siquiera pudiese sumergirme en su mirada sin que ellos se apercibiesen de mi presencia... todo sería más fácil para mí, podría despegarme de esta realidad sin sentir en mi alma la interminable agonía nacida de saberme cada vez más lejos de ellos...
Y, por ello, te invoco, Rauth, para que me ayudes a vislumbrar los últimos suspiros de esta vida, para que me reveles si de veras debo partir de esta horrorosa realidad para adentrarme en tu mágica tierra. No podría irme sin estar segura de que mi vida ha terminado aquí, jamás podría marcharme para siempre sabiendo que debo vivir muchísimos más instantes junto a ellos; pero sin embargo quiero que vengas a mí y me reveles cuán distanciada estoy ya de mi presente. Por favor, ven, ven, y arráncame de estos momentos que tanto me atieren. Acoge mi alma en tus manos y pórtala entre tus brazos hacia ese cielo que es una tierra tangible y resplandeciente. Me siento vacía y necesito sentirme llena de algún modo, aunque éste sea peligroso e ilícito...
***
Cuando aquellas palabras materializaron mis deseos, entonces sentí que mi cuerpo perdía el poco ímpetu que le permitía permanecer más o menos erguido y que unas brumas se cernían sobre mí e invadían mi entorno, tornándolo inhóspito e inescrutable. Los ojos comenzaron a pesarme hasta que ya no pude restar con los párpados abiertos y de repente las pocas y sobrias imágenes que captaban mis sentidos se convirtieron en una oscuridad que empezó a arrancarme de la realidad.
Me sentía flotar por un firmamento sin estrellas que me arropaban y me templaban. No me importaba que no hubiese nada tangible a mi alrededor, pues era levemente consciente, sin saber por qué, de que dentro de poco esa oscuridad tan brumosa devendría imágenes hermosas y resplandecientes que nunca podrían hacerme daño.
Y así fue. Cuando en esa oscuridad tan insondable comenzó a refulgir una luz que me atraía, dejé de experimentar los últimos rescoldos de esa intranquilidad que se ha convertido en mi única realidad. De repente, ante mis turbados y cansados ojos, apareció un lago de aguas cristalinas donde se reflejaba el violáceo cielo del anochecer. Aquel lago me resultaba infinitamente conocido, pero todavía no podía saber por qué, pues ni mis sentidos ni mis recuerdos se albergaban aún en mi alma, sino que restaban rezagados en la memoria que se resguardaba en mi antigua forma material.
Pausada, pero intensamente, fui cambiando. Noté que mi cuerpo se volvía más volátil, que de mi cabeza emergían aquellas orejitas tan graciosas e inocentes y que de mi espalda surgían aquellas alas que me permitían volar de una forma tan mágica. Delicadamente, fui descendiendo del cielo llevada por un viento tibio que me acariciaba la piel y mecía suavemente mis cabellos y, primorosamente, me conecté con la materialidad de la naturaleza. Aquel viento tan cálido e inocuo me posó con muchísima dulzura sobre una hierba mullida que me pareció el lecho más cómodo de la vida.
Ante mí se expandía aquel precioso lago de aguas cristalinas. Parecía infinito, perderse por los confines del anochecer. Estaba cercado por frondosos y ancestrales árboles de copa densa y de tronco grueso. Sí, aquel lugar me resultaba indeciblemente conocido, tanto que de pronto me pareció que solamente había vivido allí durante toda mi vida. Aquel lago, el que me devolvía nítidamente mi reflejo y cuyas aguas amparaban la imagen de los árboles, se creaba con el fulgor de las estrellas. De sus limpias aguas emanaba un calor que me invitaba a desprenderme de mis ropajes para sumergirme hasta lo más profundo de aquel acuático rincón. Sí, yo había estado allí en infinidad de veces. Y lo había hecho porque aquel lago fue mi primer espejo, el primer recoveco del mundo que me demostró que yo sí brillaba intensamente.
Me arrodillé como lo hice en aquel remoto entonces. ¿Cuántos años hacía ya de aquel instante en el que, junto a mi creador, me había agachado enfrente de aquellas milagrosas aguas? Me parecía que en aquel momento yo jamás podría contar el tiempo. No, no podía recordarlo, pues trataba de medir un tiempo que en aquella dimensión no fluía. El tiempo que había transcurrido en mi memoria no era el mismo que se albergaba en aquella dimensión. Parecía como si su discurrir fuese muchísimo más lento. Sí, de súbito supe que en aquel mágico lugar, el que sin embargo se creaba con uno de los recuerdos más tiernos de mi vida, el tiempo pasaba muchísimo más pausadamente. Tal vez los días vividos allí fuesen segundos en la tierra que tanto me había herido... Aquellos mágicos lares estaban creados por la paciencia más eterna.
  • Hola, Sinéad —me saludó una voz calmada, tierna y tibia.
  • Rauth...
Rauth estaba tras de mí, sonriéndome con tibieza y nostalgia, como siempre solía hacerlo. No lo había mirado directamente a los ojos. Había captado su imagen y su tierna mirada a través de aquellas aguas que eran el espejo más fiel y claro de la naturaleza.
Cuando percibí el inmenso e interminable amor que se desprendía de sus ojos, noté que los míos se me llenaban de lágrimas. Percibir que alguien me trataba con cariño y dulzura cuando lo único que había recibido en los últimos días y noches de mi larga existencia sólo había sido desprecio me hacía sentir una agonía que sin embargo era bonita, triste y resplandeciente. Rauth pareció leerme los pensamientos, pues de repente se sentó a mi lado y, mientras me tomaba templadamente de las manos y me las presionaba con muchísima delicadeza, me dijo:
  • Sabe que en este lugar de la magia nadie te hará daño.
  • Rauth, quisiera agradecerte que...
  • No, no me agradezcas nada. En realidad ayudarte es un acto muy egoísta, pues siempre quiero estar contigo.
  • ¿Por qué estamos aquí? —le pregunté curiosa y emocionada—. ¿Cómo es posible que este antiguo rincón del mundo exista en esta mágica tierra?
  • No, no es que exista —me contradijo con suavidad—. Estamos en este rincón porque era el lugar en el que más deseabas encontrarte.
  • Yo no he pensado en este lago en ningún momento —opuse extrañada y conmovida.
  • No has pensado en él, pero tu alma sí. Tu alma ha querido acudir a este rincón porque fue el primero que te devolvió tu reflejo. Tu alma quiere comprobar si aún brilla, si todavía puede encontrarse en tus ojos.
  • ¿Cómo es posible que sepas esas cosas?
  • Las sé porque estoy infinita e irrevocablemente conectado a ti. Además... no estamos aquí únicamente porque tu alma quiera reencontrarse con ese reflejo que la maldad le arrebata, sino porque este lago nos permitirá cumplir tus deseos.
  • ¿Mis deseos? ¿Podré ser libre?
  • La libertad no existe, Sinéad —me comunicó con paciencia y educación—. Siempre estamos atados a algo. A veces creemos que lo que más nos retiene destruye toda nuestra libertad, pero siempre existe algo que nos apresa, aunque no seamos conscientes de ello. Solamente somos libres cuando morimos, pues ya nada nos enlaza a ninguna parte ni a nada. Dime, aunque esos humanos tan inconscientes te liberasen, ¿te sentirías totalmente libre? ¿Tu misma vida no es a veces una cárcel en la que sin embargo siempre deseas morar, por mucho que te aterre enfrentarte a las adversidades?
  • Es posible —le contesté confundida.
  • Pero no hemos venido aquí para disertar sobre la libertad. Tú me has llamado porque anhelas que te ayude a encontrar respuestas.
  • Sí, es cierto.
  • Quieres saber si debes seguir viviendo en esa vida que tanto te duele o si, por el contrario, tu tiempo en esa tierra se ha terminado para poder adentrarte en esta mágica realidad —me sonrió muy amorosamente.
  • Sí, cierto —repetí encantada. Su sonrisa me templaba tan tiernamente... Sus ojos eran mi refugio.
  • Sinéad, tu tiempo no se ha agotado aún. Tienes que vivir demasiados instantes en ese mundo, pero, sin embargo, no puedes desconectarte de esta mágica realidad para siempre. Te uniste a mí, Sinéad. ¿Lo recuerdas? —Yo asentí con la cabeza—. Ese hecho tan bonito, sin esperarlo, ha acarreado consecuencias a las que no sé si sabrás enfrentarte, consecuencias que cada vez te apartarán más de esa vida que ahora tanto te hiere.
  • ¿Qué quieres decir? —le pregunté asustada.
  • Sinéad, nuestra unión no fue solamente física, sino sobre todo anímica. De la fusión de tu alma y la mía ha nacido algo que... que está creciendo por dentro de ti.
  • No lo entiendo —protesté más espantada aún—. ¿Acaso es posible que...? No, no, jamás pensé que... Estoy confusa.
  • Tranquilízate, Sinéad. El tiempo te ayudará a encontrar esas respuestas que tanto necesitas.
  • Ahora no puedo pensar en nada más.
  • Sinéad... —suspiró con amor—. Sabe que yo no lo preví, de veras. Ocurrió inesperadamente.
  • Pero ¿cómo es posible que sepas algo que yo desconozco por completo?
  • Porque ese algo  que está creciendo dentro de ti también lo hace en mi interior. Es la unión de nuestra alma y nuestra materialidad en un mismo ser. En ti crece tanto su parte corpórea como anímica y yo resguardo su destino en mis entrañas. Es como... es como si lo creásemos entre los dos.
  • ¿De qué hablas, Rauth? —le cuestioné sin saber qué palabras emplear. MI estupefacción era interminable y devastadora.
  • Sinéad... ¿no te sientes diferente?
  • Por supuesto. Siempre que entro en este mundo me siento diferente.
  • No me refiero solamente a eso. ¿No notas por dentro de ti algo que palpita sin tratarse de tu propia vida y tu alma?
Tras prestarle atención a todo lo que podía susurrar por dentro de mí, me apercibí de que mi alma estaba anegada en sensaciones y pensamientos que no provenían ni de mi presente ni de mi pasado, sino de un pedacito de futuro que se albergaba en mí sin que yo hubiese advertido su presencia. Sin embargo, no se trataba de pensamientos concretos, sino de sensaciones que devenían algo abstracto que yo no sabía interpretar. Me parecía que experimentaba un calor que no emanaba de mi entorno y un arropamiento que mis manos no me ofrecían. Era algo absolutamente hermoso.
  • ¿Qué está ocurriendo? —pregunté desorientada, aturdida y levemente desvalida.
  • Sinéad, estás... estás...
  • Estoy, ¿qué, Rauth? —le interrogué asustada, a punto de ponerme a llorar.
  • Estás embarazada, Sinéad —me contestó incapaz de retener la emoción que se albergaba en su cuerpo; la que se desprendió fulgurosamente de sus ojos y de su voz—. Estamos creando un nuevo ser, tan mágico y brillante como nosotros.
  • Pero... yo... no... no, no, no, Rauth, yo no puedo... ¡No puedo, no puedo! —exclamé llorando de forma desconsolada por primera vez en ese mundo. No sabía si lloraba de alegría o de miedo—. Mi vida no está aquí, yo no puedo criarlo...
  • Sinéad, no es necesario que estés presente en cuerpo aquí para que él o ella crezca. Solamente me basta con tener un pedacito de tu alma en la mía; sin embargo, llegado un cierto tiempo, tendrás que acudir a este mundo para que todo lo que haya crecido anímicamente por dentro de mí pueda materializarse en tu cuerpo. Cuando regreses a esta tierra, notarás que ese suspiro de vida que palpita en tu interior cada vez se volverá más grande hasta que llegará un instante en el que tu cuerpo desee darle vida. Entonces lo alumbrarás envuelta en luz y amor, te lo aseguro. No sufrirás, no temerás... Yo estaré junto a ti. Y cuando veas con tus ojos y percibas con tus sentidos la beldad de la criatura que hemos creado con nuestro amor, te parecerá que todos los vacíos de tu vida se llenan y que todo tu dolor ha merecido la pena —me sonrió con amor mientras me retiraba las lágrimas que resbalaban por mis aún redondas mejillas. Entonces me di cuenta de que aquellas lágrimas resplandecían como si fuesen el reflejo de las estrellas.
  • Estoy embarazada... Seré madre... No, yo no tengo derecho a vivir eso —me quejé cada vez más emocionada.
  • Por supuesto que lo tienes; pero ahora no debes preocuparte por eso. Aún quedan días y noches para que esa criatura requiera toda tu presencia. Por el momento, me limitaré a complacerte. Deseas ver a tu padre, a Eros... Yo lo haré posible para ti.
  • Ahora no podría mirarlos a los ojos. ¿Cómo puedo ocultarles una verdad tan devastadora? Eros no se merece que le haya hecho esto...
  • En este mundo las cosas no tienen la misma importancia que en el mundo al que perteneces. Cuando vuelvas, te darás cuenta de que esta verdad tan devastadora como la llamas es algo que te hará sonreír y que no influirá en absoluto en tu presente. En cambio, en este mundo, esa realidad es la más poderosa para ti. En este mundo estamos juntos, somos un solo ser; pero en la tierra donde vives tú y yo únicamente somos un recuerdo —musitó entornando los ojos. Percibí que aquella certeza lo hería; lo cual me hizo sentir inmensamente desvalida. Por primera vez en mi extraña existencia, la tristeza brillaba en aquella mágica tierra.
  • Lo siento. Lamento que todo sea tan confuso.
  • No lo es. Es el resultado de la existencia de estas dimensiones tan distintas   —se rió encantadoramente.
  • Esta dimensión es la muerte, ¿Rauth?
  • No, no es la muerte. Es la tierra que queda más allá de la vida que todos conocen. Posiblemente sea la muerte para quienes no han perecido aún; pero esta tierra no es sino sólo vida y magia, Sinéad.
  • Si la muerte es así, ¿por qué la tememos tanto?
  • Porque nadie se ha encargado de decirnos que después de la muerte sí existe un mundo mágico y bueno para todos. En esta tierra todos nos volvemos nobles y apreciables, incluso los seres más deleznables de la Historia, Sinéad. Lo único que la humanidad se ha limitado a hacer es amenazar con la muerte para lograr controlarnos a todos... pero no deseo hablar de esto contigo. Nosotros no nacimos para mantener estas conversaciones.
  • Es cierto —me reí curiosa—. ¿Puedo hacerte una pregunta, Rauth?
  • Sí, por supuesto.
  • ¿En tu memoria guardas recuerdos de otra vida?
  • Sí, Sinéad, sí... pero no debemos hablar de esto —opuso nervioso.
  • ¿Por qué no?
  • Porque no nos concierne recordar nuestra anterior vida cuando estamos aquí. No se nos permite.
  • ¿Por qué, Arthur? —le pregunté notando cómo me invadía una emoción sin principio ni fin que incluso me asfixiaba—. ¿Quién te lo impide, amor mío?
  • Mi conciencia.
  • Eres tú —musité intentando no seguir llorando. Deseaba vivir aquel momento con toda la plenitud de mis sentidos.
  • Sinéad, no soy realmente yo, sino solamente la parte de mi alma que puede permanecer unida a la magia.
  • No me importa. Eres tú. ¿Me recuerdas? ¿Puedes acordarte de todo lo que vivimos?
  • Sí, por supuesto que sí —me sonrió con muchísima melancolía—. Lo recuerdo todos los días, absolutamente todos los días de mi muerte.
  • No digas eso —protesté estremecida—. Tú nunca has muerto para mí.
  • Y quizá por eso esté aquí, viviendo en este mundo tan mágico...
  • Avalón... es Avalón, es nuestro Avalón... ¿Recuerdas que dijiste que Avalón podía ser cualquier tierra que adorásemos con toda nuestra alma?
  • Sí, lo recuerdo, lo recuerdo —se rió gozoso.
  • ¿Y por qué tenemos esta forma tan mágica? —me reí acercándome más a él para abrazarlo.
  • Porque somos la mezcla de las raíces de la naturaleza con la evolución de la humanidad, supongo. No lo sé, Sinéad —se rió avergonzado—; pero estás inmensamente preciosa con esas orejitas y esas alitas tan etéreas y resplandecientes.
  • Sí, tú también —me reí cariñosamente acariciándole los cabellos, enredando mis dedos en sus rizos como siempre hacía.
  • Sinéad, te amo como siempre lo hice; con una fuerza que trasciende todas las dimensiones del universo; pero sin embargo soy plenamente consciente de que tu vida no está entre mis brazos. Yo solamente pertenezco al mundo de la magia, a un mundo inocente y paradisíaco que se aleja de la parte terrenal de la vida. Tú todavía tienes que existir en la Tierra, amor mío. Debes volver...
  • Quiero quedarme contigo, Arthur —le confesé de pronto, apenas sin valorar mis palabras—. Podemos formar una familia preciosa que... No, no lo entiendo —opuse de repente sin poder pensar con claridad—. ¿Cómo es posible que pueda nacer alguien en la muerte?
  • Porque estás viva, Sinéad. Si estuvieses totalmente muerta, entonces jamás podrías haber engendrado una vida y tal vez ni siquiera nos hubiésemos reencontrado; pero esa vida solamente crecerá en ti y en mí si permaneces existiendo en el otro mundo.
  • Lo entiendo...
  • Por eso no puedes quedarte definitivamente conmigo. Tienes que irte, amor...
  • No has satisfecho mis deseos —protesté incapaz de aceptar esa verdad que tanto miedo me daba. No quería volver a aquel rincón tan asfixiante.
  • No es necesario, amor. Ya sabes que tienes que vivir allí.
  • ¿Cuándo volveremos a vernos?
  • Cuando sea necesario, vida... Vuela, vuela a tu realidad, mi amada Sinéad.
Y entonces el mismo viento que me había permitido posarme en aquella mullida hierba me arrancó lentamente de esa realidad tan mágica. Mis alitas, mis orejitas, aquel profundo y nocturno lago y la fulgurante imagen de Rauth se desvanecieron muy lenta, pero intensamente, hasta que solamente fueron un brumoso recuerdo que palpita en mis entrañas dándome la vida que mi entorno me arrebata.