martes, 3 de junio de 2014

CUANDO LA FURIA ALUMBRA LA VERDAD


CUANDO LA FURIA ALUMBRA LA VERDAD
 La tarde ya había caído. El sol enviaba sus últimos rayos a las montañas para iluminar los pétalos de las flores cuando nosotros terminamos de prepararlo todo para marcharnos, de nuevo, al castillo de Leonard. Llevábamos casi todo el día introduciendo nuestras pertenencias más necesarias en maletas y mochilas, sintiéndonos cansados por la insistente presencia del sol.
  • No me gusta el cambio de primavera a verano —le confesé a Eros con fastidio—. Los días se vuelven insoportablemente largos y parece como si la noche no quisiese llegar nunca. Siento que vivo menos.
  • Eso es porque eres muy dormilona, Shiny, y necesitas despertarte cuando en el cielo ya no queda ni un solo ápice de luz —se rió con cariño ayudándome a cerrar una maleta—. No tenemos por qué levantarnos cuando ha anochecido. Podemos vivir antes, aunque no salgamos a la calle.
  • Eres extraño —me reí con él—. Yo no entiendo cómo soportas el sueño...
  • Porque no soy tan dormilón como tú —se burló dulcemente tomándome de las manos y mirándome a los ojos—. Por cierto, ¿alguna vez te he dicho que verte dormir es una de las cosas que más me gusta hacer?
  • ¿De veras? ¿No te resulta aburrido?
  • Al contrario. Pareces tan vulnerable y tierna...
  • ¿Acaso no lo parezco en la vigilia? —me reí vergonzosa.
  • Por supuesto, pero cuando duermes parece que el mundo se haya callado... —me aclaró acercándose a mis labios y rodeándome con sus brazos.
  • Eros —me reí al notar que deslizaba sus dedos por mi espalda, buscando el broche de mi vestido—, estate quieto —le pedí divertida luchando suavemente contra su pasión—. Tenemos que irnos antes de que...
  • Antes de, ¿qué? —se rió impulsándome hacia nuestro lecho—. No hay prisa...
  • No... no la hay —cedí tiernamente.
Mas justo entonces alguien llamó al timbre de una forma impaciente e insistente. Eros y yo dimos un respingo y nos miramos extrañados. No esperábamos visita. Una sombra de fastidio y pena cruzó la mirada de Eros, lo cual me resultó divertido y tierno.
  • ¿Quién será ahora? Son las 9 y media de la noche.
  • Es pronto —me reí cariñosamente—. Ve a abrir, por favor.
  • Ve tú —me ordenó riéndose.
  • ¡No puedo! Me has desabrochado el vestido.
  • Ah, ya, claro —se rió mientras se levantaba.
Cuando Eros abrió la puerta, oí una voz atolondrada e impregnada de nerviosismo que le preguntaba a Eros si podía pasar a nuestro hogar. Scarlya hablaba como si detrás de ella se hallase la muerte personificada. Eros la dejó pasar. Oí cómo cerraba la puerta y cómo Scarlya se sentaba presurosamente en el sofá.
  • ¿Qué ocurre? —pregunté saliendo de nuestra alcoba.
  • Sinéad —me apeló Scarlya desesperada alzándose del sofá  y dirigiéndose hacia mí.
  • ¿Qué sucede? —quise saber tomándola de las manos.
  • Me he peleado con Leonard.
  • ¿Por qué? —me reí nerviosa. No era muy habitual que Leonard y Scarlya discutiesen y, siempre que lo hacían, era por motivos ínfimos e irrelevantes.
  • Porque estoy harta, Sinéad, ¡harta! —exclamó histérica soltando mis manos—. ¡tu padre es un carca!
  • Ya, eso ya lo sé —me reí cariñosamente tomándola de la mano para conducirla hacia el sofá—. Ven, sentémonos y me lo explicas con calma.
  • ¡Estoy harta de vivir encerrada en ese castillo!
  • No vives encerrada —la corregí cariñosamente.
  • Encerrada me siento entre esos gruesos muros, entre esos árboles frondosos... Ya sabes que yo adoro la naturaleza, pero también necesito otras cosas.
  • ¿Qué cosas? —le pregunté extrañada—. Cuando yo me hallo rodeada de naturaleza, siento que no me falta nada.
  • Ya, yo también, pero... pero la naturaleza te aparta de la realidad. Me gustaría vivir como vosotros. Se lo he comunicado a Leonard y me ha dicho que ni se me ocurra imitaros.
  • Pero si el otro día parecía convencido de... —divagó Eros.
  • Lo hizo para parecer amable y complaciente delante de Duclack y, sobre todo, delante de ti, Sinéad. Parece como si en el mundo no existiese nada salvo tú. Eres su luz, su noche y su todo. Cuando te tiras más de dos semanas sin ir a visitarlo, parece que se muere. Está deseando tenerte de nuevo en el castillo. No habla de otra cosa. Ha limpiado ya mil veces tu alcoba para que no la manche ni la más diminuta mota de polvo y no sé cuántas veces ha ordenado tus cosas, cuando ya están bien puestas en su sitio. Estoy harta.
  • Pero ¿de qué estás harta, de que hable de Sinéad o de que te obligue a permanecer encerrada en vuestra morada? —le preguntó Eros con un tono de voz muy extraño—. Parece que estás celosa, Scarlya.
  • Yo no estoy celosa —lo contradijo desafiante.
  • A ver, por favor, tranquilicémonos —pedí tiernamente—. Leonard y yo estamos muy unidos y a veces nos cuesta vivir separados, pero eso es normal —me reí dulcemente—. Cuando vuelva a vivir con vosotros, no estará tan... extraño —divagué sin saber qué decir. Lo que Scarlya nos había comunicado también me había desconcertado un poco.
  • Leonard está loco, Sinéad —lo insultó Scarlya con malicia. Me estremecí cuando percibí la rabia que irradiaban sus ojos—. Me ha dicho que, como no vuelvas esta misma noche a vuestro hogar, es capaz de venir él mismo a buscarte. Dice que está harto de que lo desobedezcas y que desde que te uniste a Eros apenas le prestas atención. Está agotado de preocuparse por ti.
  • Pues que no se preocupe —protestó Eros—. Sinéad y yo estamos bien...
  • No es verdad, Eros. Cito literalmente las palabras de Leonard: “ese Eros asegura que puede protegerla, pero no es verdad, pues no pudo impedir que esos malditos humanos la raptasen”. No se fía de ti, Eros. Además...
  • ¿No se fía de mí? —se rió nervioso.
  • Creo que Leonard está sacando las cosas de contexto. A lo largo de toda nuestra vida, nos han sucedido hechos horribles con los humanos y nunca se me ocurrió pensar que él no supo protegerme —dije con calma y tensión al mismo tiempo. Los nervios gritaban estridentemente por dentro de mí destrozando la paz que podía envolver mi corazón—. Lo mejor será que hablemos todos con él y lo tranquilicemos.
  • Yo no pienso volver al castillo —nos comunicó Scarlya con rabia—. Hemos discutido muy fuertemente. No me apetece verlo. ¿Puedo quedarme aquí?
  • No creo que sea conveniente que no vengas con nosotros, Scarlya. No alarguemos esto innecesariamente —le pedí intentando no sonreír. Me hacía gracia percibir a Scarlya tan rencorosa—. Seguro que él se siente mal por haber discutido contigo.
  • No me importa. No estoy de acuerdo con su forma de pensar y no pienso obedecerlo quedándome en ese rincón tan apartado del mundo. Es cierto que la sociedad es peligrosa y que no debemos confiar plenamente en los humanos; pero yo también tengo derecho a habitar en un lugar donde pueda sentir que soy alguien. Vosotros tenéis amigos humanos e incluso os habéis quedado con una cadena de hoteles. Yo también quiero trabajar. Mírame, Sinéad. Dime si es justo que alguien con mis dotes de cocinera y con estos ojos tan bonitos se quede encerrado. Soy una mujer maravillosa —se halagó riéndose de forma inocente—. Sé que puedo dar mucho más de lo que piensas. Me gustaría ayudar a los humanos o crear alguna asociación para la lucha contra la destrucción de los bosques... o algo así. Me gustaría batallar contra las injusticias. En realidad no sé ni lo que quiero; solamente tengo claro que deseo formar parte de la sociedad.
  • Te entiendo, te lo aseguro —le indiqué sonriéndole cariñosamente—, y tienes todo el derecho a desear cosas tan bonitas. Yo te animo a que luches por lo que anhelas, pero no ignores los consejos de quienes te queremos y deseamos protegerte. Lo único que Leonard quiere es ampararnos. En ningún momento ansía cortar nuestras alas.
  • Con ese intento de protegernos, nos arrebata nuestra identidad —protestó Scarlya.
  • A veces no sabe actuar debidamente y se asusta. Debemos comprenderlo. Tiene muchísimos años... —lo defendí dulcemente.
  • Me gustaría hablar con él —desveló Eros intentando parecer sereno—. No me ha gustado lo que ha dicho de mí y quisiera que me confirmase si en verdad piensa que yo no sé protegerte.
  • No tomes en serio sus palabras, amor mío —le pedí con mucho cariño—. Cuando nos enfadamos...
  • Leonard no estaba enfadado cuando dijo eso de Eros —me corrigió Scarlya—. Lo afirmó antes de que empezásemos a discutir.
  • Vayamos a hablar con él —resolví alzándome del sofá—. Scarlya, tendrás que ayudarnos a transportar nuestro equipaje —le comuniqué con vergüenza—. Creo que llevamos demasiadas cosas.
  • Sobre todo tú, Shiny. No veas cuánto ocupan tus vestidos y tus instrumentos musicales —se quejó Eros con amor.
  • Ya os he dicho que yo no iré —reiteró Scarlya con una voz divertida y a la vez impregnada de nervios.
  • Scarlya, no seas infantil —se rió Eros.
  • ¿Infantil? Si supieses...
  • El rencor no es bueno, Scarlya. Estoy segura de que te pedirá perdón.
  • Llevo... llevo todo el día fuera —nos desveló nerviosa y avergonzada—. Discutimos por la madrugada y me fui.
  • Con más razón debes volver —exclamé asustada—. Seguro que Leonard está preocupado por ti.
  • No me importa.
Entonces, en ese justo instante, el timbre de nuestro hogar volvió a sonar; esta vez con pausa y vacilación, como si quien llamaba a la puerta no se atreviese a hacerlo. Sin perder tiempo, salí del salón y abrí la puerta antes de que el timbre volviese a quebrar aquel tenso silencio. Cuando la abrí, me estremecí de tensión, extrañeza y alivio. Leonard me miraba atenta y calmadamente, pero en sus ojos pude atisbar la sombra de un sentimiento que oscurecía sus gestos más cariñosos.
  • Hola, padre —lo saludé con ternura mientras me acercaba a él y lo abrazaba—. Me alegro de que hayas venido. Has llegado en el momento idóneo.
  • ¿Cómo te encuentras? ¿Ya te sientes del todo recuperada? —me preguntó acariciándome los cabellos.
  • Sí, ya me siento bien, aunque debería alimentarme un poco. No he tenido tiempo. Hemos estado preparando nuestro equipaje...
  • Me alegra infinitamente que vuelvas a vivir con nosotros. En estos momentos te necesito más que nunca.
  • Vaya... Yo también me alegro de volver. Extraño mi amada naturaleza y la seguridad de nuestra gran morada. Pasa, por favor —le pedí después de un tenso silencio retirándome de sus brazos. No soportaba percibir a Leonard tan desalentado—. Creo que debes hablar seriamente con alguien.
  • Está aquí, ¿verdad? —me preguntó con un susurro.
  • Sí.
Cuando Leonard pasó al salón, Scarlya intentó dirigirse hacia el balcón para huir, pero Eros la tomó del brazo sonriéndole con nervios y divertimento. Al captar las intenciones de Scarlya, Leonard agachó la cabeza entristecido y avergonzado.
  • Scarlya, no huyas de mí. Tengo que hablar contigo, por favor —le suplicó acercándose a ella. Scarlya ni siquiera lo miraba a los ojos.
  • Yo no quiero hablar con un carca antiguo que me impide ser feliz y cumplir mis sueños.
  • Sueños que empezaste a tener ayer por la noche —se rió él con cariño.
  • Hablo en serio, Leonard.
  • Y yo también. No quiero que sigamos así.
  • Lo siento, pero, si no cambias de idea ni de forma de pensar, yo no querré hablar nunca contigo —le espetó con rabia intentando desasirse de las manos de Eros—. Suéltame, Eros. No me iré hasta que le haya dicho cuatro cosas —le pidió tratando de no parecer tensa.
  • Por favor, antes debes escucharme —le rogó Leonard con pena—. Si te dije todo eso, fue porque lo único que quiero es protegerte.
  • ¡No puedes protegerme de todo! ¿Quién te asegura que mañana no haya un terremoto que tire nuestro hogar y lo destroce todo? Quiero vivir, Leonard, ¡quiero vivir! No quiero ser una vampiresa huraña toda la vida. Deseo experimentar sensaciones nuevas y escribir mi pasado con recuerdos apasionantes. Encerrada en nuestra morada no viviré nada, nada. Mira a Sinéad y a Eros. Ellos son felices siendo amigos de humanos encantadores. Los envidio.
  • Eros y Sinéad no viven seguros. Desde que Sinéad conoció a Eros, su vida comenzó a peligrar mucho más que nunca. Eros la arrastra hacia la sociedad cuando debería permitir que ella se protegiese en la naturaleza. Nunca he aprobado la forma de vivir de Eros; pero jamás me atreví a interponerme en sus propósitos, pues sé que Sinéad me enviaría al infierno si lo hiciese; pero ya no pienso seguir callándome.
  • ¿Qué quieres decir, Leonard? —le preguntó Eros extrañado y dolido—. No me esperaba que pensases eso de mí.
  • Siempre lo pensé, siempre, desde que descubrí que eras dueño de una discoteca y vivías en un bloque de pisos como cualquier mortal. Sinéad se enamoró de ti sin tener que hacerlo —le espetó nervioso y sin controlar la fuerza de su mirada. Noté que su interior se había anegado en tensión y horror.
  • Me enamoré de él porque estaba escrito en las estrellas y en la noche, porque mi alma tenía un vacío que solamente él podía llenar... No deberías hablar así de Eros en mi presencia ni en mi ausencia —le advertí también herida—. Sabes que jamás lo abandonaría, aunque se le ocurriese vivir en una corte oriental.
  • ¡No tienes corazón, Leonard! —le chilló Scarlya—. ¿Cómo te atreves a decir eso?
  • ¡Lo único que quiero es proteger a mi hija de la sociedad y este necio no hace más que ponerla en peligro! Dime, ¿de quién fue culpa de que se la llevasen? —le preguntó a Eros desafiante—. ¡No supiste protegerla de esos humanos! Estoy seguro de que nada de eso le habría ocurrido si hubieseis permanecido en nuestra morada. ¡Esos malditos humanos estuvieron a punto de poner nuestra existencia en peligro por culpa tuya!
  • Leonard, lo que dices no tiene sentido —indicó Eros entornando los ojos. Ver el dolor que irradiaba su mirada me hizo sentir ganas de llorar—. ¿Es necesario que te recuerde que tú también has vivido rodeado de humanos, exponiendo así la vida de Sinéad? Tú creaste, no sé cuántas veces a lo largo de tu vida, poderosos reinados habitados sobre todo por humanos. Eres el menos indicado para acusarme de intentar convivir con la sociedad.
  • No es lo mismo —se defendió Leonard.
  • Por supuesto que no es lo mismo —confirmé yo inmensamente nerviosa—. Lo tuyo es muchísimo peor, Leonard. Tú has querido influir directamente en la sociedad. Eros y yo solamente queremos vivir como seres normales. Si existen diferencias entre los humanos y nosotros, es sobre todo por culpa de vampiros como tú —le indiqué sin controlar mis palabras—, pues sois vosotros quienes creáis las disimilitudes que existen... que nos separan de la vida.
  • Sinéad, lo que estás diciendo no tiene sentido —se rió Leonard nervioso—. Los humanos nunca nos aceptarán en su vida. ¿Cuándo serás capaz de habituarte a esa idea? Vivís en una utopía que nunca se cumplirá. Aunque seamos buenos y no matemos cuando nos alimentemos, los humanos siempre nos verán como unos monstruos inmundos.
  • Pero porque nosotros no nos hemos esforzado por demostrar que no lo somos —intervino Scarlya también nerviosa.
  • Lo que no te permitiré, Leonard, es que vengas a mi casa a acusarme de no haber sabido proteger nuestra vida —aseveró Eros intentando controlar su ira—. Los peligros están en todas partes, en todas. Aunque vivamos lejos de la sociedad, nada nos asegura que estemos realmente amparados. Lo que tú pretendes es una estupidez.
  • Has contaminado la mente de Sinéad con ideas peligrosas —le reprochó herido.
  • ¿Y qué pretendes, entonces, que Sinéad viva en un mundo aparte de la realidad, donde no existan ni la maldad ni las injusticias? —le preguntó desafiante.
  • Ojalá existiese un mundo así, donde todos pudiésemos ser plenamente felices y nada nos hiciese daño.
  • ¿Y nos acusas de creer en una utopía? —se burló Scarlya. Me extrañó que Eros no contestase a las palabras de Leonard; pero entonces me di cuenta de que sus ojos se habían ensombrecido dolorosamente—. Creo que el que desea cosas imposibles eres tú —seguía riéndose Scarlya.
  • Tal vez tengas razón, Leonard. Sí, Sinéad debería vivir en un mundo donde no existiese la maldad. Y ese mundo existe.
  • Eros, no digas nada más —le supliqué asustada—. Yo no quiero vivir lejos de vosotros, aunque donde habite sea un lugar totalmente inocuo. Y no entiendo por qué sentís ese punzante y desgarrador afán de protegerme, como si yo no tuviese la capacidad de hacerlo —protesté avergonzada.
  • No la tienes —me acusó Leonard sin el menor ápice de consideración —. Si supieses cuidarte, no te habrías dejado influir por Eros y no vivirías en este peligroso edificio. La cantidad de humanos que aquí habitan es excesiva.
  • Ya basta, Leonard —exigió Scarlya—. No quiero que continuemos hablando de esto. ya es suficiente. Tu forma de pensar y la mía distan excesivamente. Lamento no haberme dado cuenta antes de lo que quería decir estar junto a ti. Estar a tu lado es apartarse de la vida. Es cierto que tenemos que protegernos, pero ello no nos obliga a restar distanciados de la sociedad. A mí también me gusta vivir aquí.
  • ¿Qué quieres decir con eso? —le cuestionó Leonard asustado.
  • Quiero decir que me marcharé del castillo, que viviré donde me dé la real gana y no me importa si me acompañas o no. Pienso vivir una vida que a tu lado no existe.
  • Scarlya, no te precipites —le rogué aterrada y entristecida.
  • Leonard, te quiero y estoy loca de amor por ti; pero ese sentimiento se ensombrece cada vez que me niegas la posibilidad de ser alguien. Ya basta, Leonard. Si no quieres acompañarme, es tu problema. Yo no pienso vivir eternamente apartada y escondida de la sociedad como si mi existencia fuese vergonzosa y lamentable.
  • No puedo creerme lo que estás diciendo —aseguró Leonard con un susurro.
  • ¿Quieres venir conmigo a vivir aquí o no? Es tu decisión. Yo no pienso cambiar la mía.
  • ¿De veras? ¿Tanto te importa vivir en la sociedad? ¿Eres capaz de renunciar a mí por eso?
  • Sí —contestó con total seguridad.
  • De acuerdo. Entonces no hay nada más que hablar. Yo no pienso fiarme de la sociedad nunca más. No me importa si me consideráis un huraño y un carca. Nosotros no hemos nacido para ser amigos de los humanos. Sinéad, ven conmigo, por favor. Deja de vivir arriesgando tu vida y vuelve junto a mí, te lo imploro —me suplicó tomando mis manos.
  • Después de todo lo que has dicho, realmente no me apetece vivir contigo —le indiqué herida—. Le has faltado al respeto a Eros. Todas las acusaciones que le has lanzado me han herido en el alma. Eros es el amor de mi vida. No me importa lo que pienses de él, pues siempre lo amaré, siempre.
  • ¿Tú también eres capaz de renunciar a mí por él? ¿Acaso nadie me quiere realmente?
  • —preguntó completamente lastimado y nervioso.
  • Estás sacándolo todo de contexto —le recriminó Scarlya—. Lo único que queremos hacerte ver es que, si no cambias tu modo de pensar, nosotros no estaremos a tu lado.
  • Yo no quiero decir eso —protesté espantada—. Por supuesto que yo nunca me apartaría de ti, Leonard; pero creo que necesitamos un tiempo para olvidar el daño que nos ha hecho esta conversación. Además, que no aceptes que queremos formar parte de la sociedad no implica que te dejemos solo. Yo nunca podré expulsarte de mi vida.
  • Pero... parece como si ahora mismo solamente te importase él —musitó encogido de dolor—. Ni siquiera te importa tu vida.
  • MI vida es él.
  • Leonard, déjalos vivir en paz —le pidió Scarlya—. Déjanos vivir en paz a todos.
  • De acuerdo. No os molestaré más. Si no sabéis protegeros vosotros, es vuestro problema —confirmó alejándose de nosotros y dirigiéndose hacia la puerta—. Eros, solamente te pido que no sigas siendo un inconsciente y pienses bien las cosas.
  • Leonard, no te vayas —le pedí casi histérica—. Creo que no debes irte sin ofrecerle una disculpa a Eros —le exigí a punto de ponerme a llorar.
  • Yo no tengo que disculparme por nada. Solamente he dicho lo que pienso desde hace muchísimo tiempo. Eros nunca me ha gustado para ti, nunca. Preferiría que Arthur jamás se hubiese marchado de nuestras vidas. Él sí sabía cuidarte.
  • No puedo creerme que hayas dicho eso —susurró Eros cerrando con fuerza los ojos. Ver que sus párpados se habían ensombrecido me destrozó el corazón.
  • ¿Cómo te atreves a decir eso? —le pregunté intentando no gritar dirigiéndome hacia él—. Eros me salvó de la tristeza, me hizo vivir cuando me creía muerta, me acompañó cuando tú... cuando tú no cesabas de irte... dejándome sola.
  • Eros también estuvo a punto de destrozarte. No me hagas recordarte lo que ocurrió cuando volvisteis de Ibiza.
  • Jamás creí que dijeses algo así, que fueses capaz de hacerme tanto daño —le espetó Eros incapaz de evitar que su voz se quebrase—. Sabes que quiero a Sinéad más que a mi vida. No comprendo por qué...
  • Ya basta, Leonard. Lárgate de mi casa si no vas a saber respetar a Eros. Espero que alguna noche puedas darte cuenta de que tus palabras han sido las más venenosas de la Historia. Vete —lo eché dirigiéndome hacia la puerta y abriéndola de repente—. Vete antes de que te diga todo lo que estoy pensando, vete, vete —insistí al ver que él no se movía—. ¡Vete, padre!
Sin mirarnos a ninguno de los tres, Leonard se dirigió hacia la puerta y pasó por mi lado sin alzar los ojos. Cuando empezó a descender los peldaños de las escaleras, cerré la puerta con fuerza e impotencia y permanecí apoyada en su reluciente madera durante un tiempo que nadie se atrevió a convertir en palabras. Las ganas de llorar que había estado reprimiéndome durante toda aquella conversación se convirtieron en unas lágrimas que comenzaron a rodar velozmente por mis mejillas y en unos sollozos profundos que me desquebrajaban el alma.
  • Shiny, Shiny —suspiró Eros abrazándome. Entonces me di cuenta de que había empezado a perder el equilibrio—. Tranquilízate, Shiny.
  • Leonard es estúpido —lo insultó Scarlya con rabia mientras se dirigía hacia nosotros—. No entiendo cómo...
  • Sé que nos ha dicho todo eso impulsado por la impotencia —declaré con una voz quebrada—; pero en ningún momento tendría que haberte acusado así, Eros, mi Eros...
  • Yo sé que tú no piensas como él —me aseguró impulsándome hacia el sofá—. Cálmate, Shiny. Estaba descontrolado...
  • Tienes ganas de llorar —le indiqué con pena—. No te las reprimas.
  • No, no lloraré. Lo que me ha dicho es muy horrible, pero no pienso darles a esas palabras el privilegio de que me hagan llorar. Además, lo que más me interesa es lo que tú pienses, amor mío.
  • Por supuesto que yo no pienso ni pensaré nunca como él, si tú eres mi vida —sollozaba desconsoladamente.
  • Me duele que Leonard se comporte así. Pues no pienso volver con él hasta que sea él mismo quien nos busque para pedirnos perdón —aseveró Scarlya con rabia e impotencia—. Hemos discutido por culpa de esto un millón de veces y siempre he sido yo quien ha dado su brazo a torcer para solucionar las cosas. Esta vez no pienso serlo.
  • Haces bien —contestó Eros—; pero, si lo quieres, no deberías permitir que pasase mucho tiempo.
  • Sí, lo quiero, pero también tengo que pensar en mí un poco —nos indicó avergonzada—. ¿Puedo pediros un favor?
  • Sí —contestamos ambos al mismo tiempo.
  • Ya que vosotros tenéis pensado apartaros de la sociedad, ¿puedo quedarme en vuestro hogar un tiempo? Hasta que encuentre algún lugar donde pueda vivir.
  • Realmente no sé dónde iremos —le dije con pena—. Ya no quiero vivir en el castillo de Leonard.
  • Tal vez se marche él —propuso Scarlya—. Si vais, no querrá convivir con vosotros. Se le caerá la cara de vergüenza.
  • De todas formas... no te preocupes por nada. Puedes quedarte aquí. Ya buscaremos nosotros un lugar donde podamos estar bien y tranquilos —le aseguré más calmada. Mi mente se había anegado en una dulce idea.
  • ¿De veras?
  • Por el momento, esta noche la pasaremos juntos —dijo Eros—. Tenemos que hacernos compañía. Shiny, ¿por qué no sacas el arpa de la maleta y nos tocas un poco de música?
  • Nos iría bien —confirmó Scarlya—. Necesito evadirme.
  • Y tal vez, si nos quedamos esta noche aquí, mañana podamos hablar con Leonard, si es que se arrepiente y viene a pedirnos perdón —musité esperanzada.
  • No lo creo, pero no pierdas la esperanza —se rió Scarlya con cariño.
Así pues, gracias a la voz del arpa y las melodías que brotaron de mis manos, aquella amarga noche se impregnó de dulzura; sin embargo, todas las trovas que rompieron el silencio estuvieron cargadas de melancolía y tristeza. Mientras la música sonaba, la noche se tornaba cada vez más oscura, tanto en la naturaleza como en mi alma. Las palabras que se habían pronunciado aquella noche se mezclaban con la hermosura de mis canciones y de mis versos; no obstante, mi corazón estaba envuelto en amor y paz, pues constantemente los ojos de Eros me transmitían vida, luz y serenidad. Junto a él parecía que la vida no fuese punzante.
 

domingo, 1 de junio de 2014

LLUVIA DE PLATA SOBRE UN MAR DE MARFIL












LLUVIA DE PLATA SOBRE UN MAR DE MARFIL
De nuevo en casa. Parecía como si nunca me hubiese ido. Las paredes, los muebles, los rincones, los objetos... todo me daba la bienvenida como si jamás hubiese pasado el tiempo. Volví a comprender que un hogar siempre nos acoge tras un largo viaje sin importarle ni la distancia ni el tiempo. Un hogar siempre nos espera con sus brazos abiertos para alojarnos en su corazón, pues sabe que ningún lugar del mundo podrá ofrecernos más protección.
Y yo volvía a sentir la fuerza y el cariño que irradiaba cada recoveco de aquella morada que dentro de poco nos vería partir de nuevo para alejarnos de un tumulto que nos había herido en el alma tras habernos parecido el más inocuo. Aquella ciudad, bajo el fulgurante y a la vez oscuro cielo de la noche, ya no me parecía tan inocente y pura. Había algo en las calles, en los rincones y en los edificios que destilaba amenaza, que me hacía sentir desprotegida y frágil. Aún notaba que las manos me temblaban sutilmente y que mi equilibrio era efímero y trémulo, pero no me importaba.
Cuando me hallé nuevamente junto a Eros en nuestra alcoba, en la que dentro de poco empezaríamos a hacer nuestro equipaje, me pareció que en verdad el mundo no era un lugar amenazante ni peligroso; sin embargo, por dentro de mí todavía latían ese miedo y esa tristeza paralizantes que habían sido mi única realidad durante los últimos días de mi vida. Aún no me había olvidado de todo lo sucedido. Aquellos recuerdos parecían otra voz aparte de mis pensamientos; una voz que gritaba en lugar de susurrar.
  • Está todo tal como lo dejaste cuando... cuando saliste al hotel aquella noche —me avisó Eros con un susurro—. Yo no me he atrevido a tocar nada. Te quedaste componiendo una canción...
  • Lo sé... —recordé con pena—. Creo que nunca podré terminarla —dije mirando mi amada arpa.
  • Te ha echado muchísimo de menos —musitó acariciándome los cabellos—, como yo —indicó más quedamente.
Sin decir nada más, me acerqué a mi amada arpa y, tras arrodillarme frente a ella, con veneración y muchísimo cariño la rodeé con mis brazos y deslicé muy suavemente mis labios por su rojiza y resplandeciente madera. Siempre que permanecía apartada de aquel instrumento que tantos recuerdos resguardaba en su voz, reencontrarme con su beldad me resultaba lo más hermoso y tierno de la vida.
Me alcé lentamente aún con los ojos cerrados y me quedé quieta enfrente del arpa sin saber qué decir. En esos momentos tenía la sensación de que todos los instantes que estaba viviendo con Eros eran los últimos de nuestra tierna vida. No había olvidado que tenía que explicarle todo lo que había acaecido con Rauth y su mágico mundo.
Estaba aterrada. No sabía cómo debía comenzar aquel inverosímil relato que, sin embargo, tan feliz me hacía y no conocer cómo él reaccionaría me hacía estremecer de tristeza, inseguridad y tensión.
Todavía no había separado mis dedos del arco de mi arpa. Notar su madera en mis yemas me hacía sentir más segura. Eros se mantenía tras de mí sin atreverse a decir nada, como si intuyese que aquel momento era muy delicado para mí; pero al fin se situó a mi lado y me rodeó la cintura con su brazo izquierdo. Noté que se acercaba a mi mejilla. Me la besó con muchísima ternura y cuidado, como si no quisiese sobresaltarme.
  • ¿Te sientes bien? —me preguntó abrazándome con amor—. Te noto triste. ¿Aún te encuentras mal? Ven, tumbémonos juntos... Todavía necesitas descansar y está a punto de amanecer ...
  • Eros... —suspiré de ternura cuando noté que me impulsaba con mucha dulzura hacia nuestro lecho.
  • Shiny, mi Shiny... no sabes qué solo me he sentido sin ti... Esta cama se me hacía inmensa y no podía dormir bien. Todo estaba tan frío y vacío sin ti... —suspiró con tristeza mientras me abrazaba con una fuerza muy cariñosa.
  • Yo también me sentía muy fría y vacía sin ti —le contesté protegiéndome entre sus brazos—. Creía que no volvería a abrazarte, ni a besarte ni a estar contigo —declaré con una voz trémula y llena de pena—. Te extrañaba tanto, tanto y tanto... Eros, mi Eros...
  • Shiny... hagamos que el tiempo se detenga en esta alcoba... y que el mundo se reduzca a nuestro cuerpo...
Con sus brazos me impulsó hacia su cuerpo, el que devino mi único hogar, y con sus caricias y sus amorosos besos deshizo la gravedad para que juntos volásemos por un cielo donde las estrellas nunca se apagaban. Suspiré su nombre tantas veces como me lo pidió mi alma, temiendo que aquel amanecer fuese el ocaso de nuestra mágica vida. Quise olvidarme de que no podía imaginarme lo que sucedería después de mantener con él aquella conversación tan delicada, quise apartarme de los recuerdos de todo lo que había ocurrido y deseé que aquella alba tan dorada, la que tornó la oscuridad en lágrimas plateadas que caían sobre el blanquecino mar del día, no se terminase nunca.
Mas nuestra entrega tuvo fin porque nuestros ojos deseaban convertirse en una sola mirada, porque nuestra respiración se había agotado de restar agitada y porque en verdad el amor nos impulsó a abrazarnos silenciosa y calmadamente tras habernos vuelto dos amantes totalmente enloquecidos por la pasión, el deseo y la añoranza.
  • Me cuesta creerme que estés aquí, Shiny —me confesó acariciándome los cabellos—. Soñé tantas veces contigo... Shiny, yo no sé vivir sin ti. No he nacido para estar separado de tus brazos, de tus ojos, de tu cuerpo, de tu voz. Eres una inquebrantable parte de mi ser. Shiny, te necesito para saber que soy alguien, para encontrar el significado a la vida... Yo no estoy hecho para que tú me faltes...
  • Yo tampoco, Eros, amor mío —le contesté cerrando con fuerza los ojos. Las lágrimas que los habían humedecido rodaron lenta y tímidamente por mis mejillas—. Ay, Eros, Eros... Te aseguro que te amo con todo mi corazón, vida mía. Te amo como jamás creí que volvería a amar, cariño...
  • Pero ¿por qué lloras, Shiny? —me preguntó muy tiernamente permitiendo que mis lágrimas se posasen en sus dedos—. ¿Qué te ocurre, cariño?
  • Me siento extraña. Estoy muy feliz de estar contigo de nuevo, tan feliz que no sé experimentar esta felicidad; pero al mismo tiempo tengo miedo  y estoy perdida.
  • ¿Por qué?
  • Porque... porque...
  • ¿Qué ocurre, Shiny? —me preguntó todavía con calma mientras me limpiaba las lágrimas con sus dulces besos—. ¿Por qué lloras así?
  • Eros, yo... Te juro que ahora mismo renunciaría a todo lo que tengo sólo por ti, daría mi alma para lograr que en el mundo, en mi mundo, únicamente existiésemos tú y yo... —le confesé sollozando cada vez más hondamente sin poder evitarlo.
  • Shiny, Shiny... pero ¿por qué dices eso? ¿Ha pasado algo que no me hayas contado? —me cuestionó incorporándose y sentándose en el lecho conmigo entre sus brazos—. Explícame lo que sucede, por favor. No me gusta verte llorar así. Cálmate.
  • He pasado mucho miedo... pero ahora me parece como si todo lo que sufrí fuese una nimiedad comparado con este momento... Eros, debo contarte algo que no tiene explicación en este mundo. Te resultará inverosímil y, posiblemente, posiblemente...
  • No te juzgaré, Shiny. Sé lo mágica que eres, amor mío.
  • No, no, jamás podrías haberte imaginado eso... y lo peor es que yo tampoco lo preví... Eros, yo... yo soy alguien en otro mundo. Mudo de forma y de pensamientos cuando me traslado a esa realidad... Se trata de otra dimensión donde no existe el mal ni la crueldad, pero sí la tristeza, pues es el color de las flores más frágiles. Hay melancolía, pero no respira el olvido. Son bosques iluminados por una luz cuyo matiz no puedo describir. Son bosques repletos de flores, árboles y plantas que no tienen semejantes en este mundo... y yo he estado allí, Eros... Viajo a esa mágica y resplandeciente realidad a través del sueño.
  • Es el mundo de los sueños... —divagó confundido.
  • No, Eros. Ese mundo existe, pero en otra dimensión —le aclaré secándome las últimas lágrimas que brotaban de mis ojos—. En ese mundo se hallan las almas de quienes se marcharon, en principio, para siempre; pero también de los que, aun vivos, no se atreven a habitar en este mundo; el que está lleno de crueldad e injusticias.
  • No lo entiendo —me confesó aturdido.
  • Yo tampoco lo entendía cuando me ocurrió por vez primera. De pronto me hallé en un lugar desconocido junto a una mujer... una mujer muy mágica y preciosa que me reveló que me encontraba en otra realidad a la cual podría acceder si yo lo permitía. Estaba allí porque en ese mundo tenía que reencontrarme con alguien muy especial para mí...
Tras relatarle con nervios y tensión a Eros todo lo que me había ocurrido las dos primeras veces que me había encontrado con Rauth, nos quedamos en silencio. Respeté aquella ausencia de palabras, pues era consciente de que Eros la necesitaba para digerir todo lo que le había explicado; pero llegó un momento en el que comencé a impacientarme, pues creí que el alba nos había robado la voz. Aunque él no me lo hubiese confesado, sabía que conocía la verdadera identidad de Rauth. Cuando le había descrito su bello y otoñal aspecto y todas nuestras conversaciones, en sus ojos resplandeció un sentimiento que yo no supe identificar ni desentrañar, pues me parecía mucho más grande que la misma Tierra.
  • Arthur y tú estáis juntos en ese mundo. ¿Estás aquí a la vez que estás con él? —me preguntó desorientado y confundido.
  • No, Eros. Solamente estamos juntos cuando yo permito que la magia me traslade a su hogar.
  • Y cuando estás con él te olvidas de todo lo que tienes aquí —aseveró intentando que su voz no sonase trémula.
  • No, no se me olvida. Continuamente tengo presente mi vida y mis recuerdos. No puedo olvidarme de nada de eso. No soy otro ser cuando me traslado hacia allí, sino yo misma con otro cuerpo, mas con la misma alma.
  • Ya, ya... ¿Y por qué te ocurre precisamente a ti?
  • No soy la única...
  • Pero ¿por qué a ti? ¿Por qué no puedes estar tranquila en una sola realidad?
  • No lo sé.
  • ¿Y por qué Arthur? —me preguntó de pronto exaltado.
  • No lo sé.
  • Quizá sea tu subconsciente el que te lleva a esa tierra donde puedes estar con él sin que nadie te lo impida.
  • No, no...
  • Tal vez aún lo ames tanto que ni siquiera te atrevas a aceptarlo y por eso sólo en los sueños puedes estar con él.
  • No, nuestros reencuentros no son sueños. Son una realidad dentro de otro mundo.
  • ¿Y ha pasado algo entre vosotros que todavía no me hayas dicho? —me interrogó temeroso.
  • Eros, lo que sucede allí aquí no tiene la misma importancia. Es como si hubiese dos realidades compuestas de intereses distintos —intenté explicarle de forma atropellada.
  • Eso quiere decir que sí —afirmó sonriendo de un modo muy extraño.
  • No pudimos evitarlo.
  • ¿De veras es real, Shiny? Quizá la sangre muerta que te inyectaron te haya enloquecido. Lo que me explicas no puede ser real.
  • No, eso no es cierto, pues empecé a viajar a ese mundo mucho antes de que me sucediese esto —le revelé temerosa.
  • ¿Y por qué no me lo has explicado hasta ahora?
  • No creía que fuese necesario. En esta vida, todo lo que suceda en ese mundo es irrelevante.
  • No lo es. Te has acostado con Arthur, según dices, en otro mundo.
  • Y no sólo eso —le musité con una voz queda y con la cabeza agachada, incapaz de mirarlo a los ojos.
  • ¿Qué quieres decir?
  • Hemos... Al estar juntos... Eros, seré madre —le confesé con una voz temblorosa, intentando hundir mis ojos en los suyos; pero él rehuyó mi mirada—. Eros, te juro que yo...
  • Has perdido la cabeza, Shiny —se rió cínicamente.
  • No es cierto —opuse herida y con mucho miedo—. Debes creerme.
  • Tú jamás podrás ser madre, Sinéad —me avisó con más frialdad de la necesaria.
  • En ese mundo sí —declaré con un hilo de voz.
  • Ah, ya, ¿y cómo piensas cuidarlo?
  • Se supone que lo gestaremos entre los dos y, cuando su alma haya crecido lo suficiente, será necesario que yo viaje a ese mundo para que su parte material pueda encerrarse en un cuerpo...
  • Tienes demasiada imaginación —se burló extrañamente inquieto.
  • ¿No me crees?
  • No, Shiny. Pienso que en verdad haber estado encerrada tanto tiempo sobreviviendo sólo con sangre muerta te ha hecho algo raro en la cabeza y... Debe analizarte tu padre.
  • Eros, te juro por mi amada arpa que es cierto —le indiqué nerviosa—. Te lo juro por todo lo que soy y lo que tengo en mi vida. Sabes que nunca juraría en vano...
  • Tú no crees en los juramentos.
  • Pero sabes que nunca te mentiría.
  • Yo no niego que me digas la verdad, pero esa verdad que me cuentas no puede ser real, Sinéad.
No sabía qué decir. Se me habían agotado las palabras. Ni siquiera deseaba seguir batallando verbalmente contra Eros para convencerlo de algo que él jamás podría creer. Únicamente sentía unas intensísimas ganas de llorar perforándome el entendimiento. ¿Qué esperaba? Era consciente de que Eros no reaccionaría simpáticamente tras conocer una verdad tan inverosímil; pero en ningún momento me imaginé que él no creyese mis palabras.
  • Duerme. Creo que te hará mucho bien —me ordenó impulsándome nuevamente hacia la almohada.
  • No me crees, piensas que me he enloquecido y que... que estoy delirando —susurré con una voz quebrada—. Para mí no existe ningún remedio que me haga sentir bien.
  • Shiny, Shiny —suspiró al ver que volvía a llorar desconsoladamente.
  • Lee mi mente y comprueba tú mismo si todo lo que te he explicado puede formar parte de la locura. La locura no puede crear un mundo tan hermoso ni tampoco puede idear unos momentos tan mágicos —le pedí desesperada, notando cómo el nudo que me presionaba la cabeza y la garganta se convertía en un dolor punzante que se me clavaba en el alma—. Hazlo, por favor. No me importa que atisbes instantes que únicamente mi memoria puede vislumbrar... Sólo deseo que me creas.
Eros se quedó paralizado. Tras el velo de mis lágrimas, pude ver que entornaba los ojos y que agachaba avergonzado la cabeza. Se apartó de mí y permaneció en silencio durante un tiempo que el amanecer volvía turbio y punzante. Al fin, con una voz queda, me confesó:
  • Si no deseo creerte, no es porque me parezca que deliras, sino porque soy incapaz de aceptar una realidad como esa. Soy completamente incapaz de aceptar que Arthur te haya dado un hijo en otra vida y que podáis existir en un mundo mágico donde nada puede herirte. Soy incapaz de aceptar que alguien pueda hacerte muchísimo más feliz que yo y que puedas protegerte muchísimo más que en mis brazos. En realidad, debería alegrarme, y de hecho lo hago; pero tengo muchísimo miedo. Y todavía no comprendo qué haces aquí si en ese mundo puedes vivir tan libre, feliz y protegida, exenta de los asquerosos problemas de la humanidad... Vete a ese mundo si en verdad es tan mágico y puede ampararte tanto.
  • ¿En verdad no puedes entender por qué sigo aquí a pesar de todo eso que has dicho? —le pregunté enternecida. Captar plenamente su miedo y su frustración me hizo sentir pequeña.
  • Supongo que querías despedirte de mí —divagó incapaz de mirarme a los ojos.
  • Jamás, jamás, óyeme bien, Eros, jamás habrá una despedida en nuestra vida. Si sigo aquí, es porque toda mi alma anhela permanecer a tu lado. No te niego que hubo un momento en el que deseé morar en ese mundo para siempre, pero lo hice porque temía encontrarme con tu ausencia cuando regresase de esa realidad. Yo tampoco estoy hecha para vivir sin ti —le confesé llorando delicadamente—. No me importa que en ese mundo no exista la maldad ni las injusticias, no me importa que allí pueda sentir y ver la luz del día, no me importa que pueda comer todo lo que en esta vida se me prohíbe ingerir y beber, no me importa que allí en esa tierra pueda ser madre y experimentar sensaciones que jamás invadirán mi cuerpo vampírico si tú no estás en esa vida para compartir todo eso conmigo. Sé que sonará extraño, pero quisiera que ese mundo y todo lo que he vivido allí desapareciese, ya te lo he dicho antes. Eros, tú eres mi única tierra, donde tampoco hay peligro, pues tu valiente corazón me protegerá siempre.
  • ¡No es verdad! —Exclamó herido y frustrado. Percibir que lloraba me destrozó el alma—. Yo no pude evitar que esos malditos humanos te raptasen, yo no pude evitar que te inyectasen sangre muerta ni tampoco que te llevasen a la televisión... y en cambio Arthur vino para demostrarte que en su mundo nada de eso te habría ocurrido y encima te ofrece la posibilidad de ser madre —sollozaba desconsoladamente—. Yo no puedo ampararte de nada, de nada. Soy un vampiro inútil que es incapaz de salvaguardar tu vida; la vida más importante, maravillosa y mágica de la Historia y de toda la Tierra. Es digno de ti que vivas en ese mundo mágico, Shiny. Tú no puedes estar aquí, no puedes, no puedes —hipaba tan profundamente que por unos largos momentos fui incapaz de actuar o de pensar; pero, al fin, lo rodeé muy tiernamente con mis brazos para atraerlo hacia mí—. Yo no puedo ser tu ángel... y en cambio él no deja de serlo. Y no estoy celoso —opuso nervioso—, sólo decepcionado conmigo mismo. No te merezco.
  • Eros, no digas nada más, por favor —le supliqué infinitamente triste—. Nada de lo que has dicho es cierto. Yo también podría haber evitado que me sucediese todo eso, y no lo hice, amor mío. Jamás te culpes de las desdichas que me ocurran, por favor, pues tú no deseaste nunca que me acaeciesen, al contrario; ansiando que no me pase nada malo ya estás protegiéndome. Además, toda mala experiencia merece la pena si, tras su fin, puedo abrazarte y sentir el amor más grande contrastando con la inmensa crueldad de la humanidad. Todo viaje difícil, penoso e insoportable es gratificante si puedes volver a casa, cariño.
  • Shiny...
  • Y te juro que deseo renunciar a todo eso para no separarme de ti nunca, nunca más. Hasta ahora no he entendido que ese mundo no tiene sentido si no estamos juntos allí. No, yo no quiero nada que provenga de esa tierra si no estás en mi destino cuando me encuentro allí —declaré con una seguridad inquebrantable. Anhelé que Rauth sintiese mis sentimientos dondequiera que se hallase—. Yo estaré siempre contigo, siempre, en el mundo de los sueños, de la vida verosímil, de la magia y de la muerte.
  • Pero en esa realidad lo amas.
  • Es un amor que no siento en este mundo —le confesé quedamente.
  • Pero serás madre. Vivirás una experiencia hermosa que yo jamás podré ofrecerte.
  • No quiero serlo —indiqué con miedo.
  • No digas eso.
  • Quiero que viajes allí conmigo, Eros.
  • No me pertenece estar allí. Yo no soy tan mágico como tú.
  • Eres mucho más mágico que el resplandor de una gran luna llena reflejándose en el lago más profundo. Eres mágico porque tus ojos albergan la fantasía más oceánica y hermosa, porque cuando me rodeas con tus brazos siento que la maldad no existe y porque tu voz es una dulce melodía que siempre apaga mis sentimientos más punzantes. Jamás vuelvas a decir que no eres mágico, amor mío.
  • Shiny... mi Shiny...
  • No volveré a marcharme a ese mundo sin ti, cariño.
Cuando pronuncié aquellas palabras, noté que mi alma se anegaba en un sentimiento que no había nacido de mi espíritu. Supe, sin que nadie tuviese que revelármelo, que aquella emoción había provenido de otra alma que, aunque quisiese negarlo, estaba irrevocablemente conectada a la mía. Se trataba de una emoción potente que encerraba decepción, tristeza y a la vez comprensión y aceptación. Aquel sentimiento parecía estar compuesto de palabras que sonaron quedamente en mi mente como si yo misma las hubiese pensado: «Esa es tu voluntad y yo no puedo oponerme a tus deseos. Que él venga es el precio que tengo que pagar para estar contigo. Lo siento. Tal vez nunca debí introducirme tan deliberadamente en tu vida. Si deseas que todo esto se termine para siempre, solamente tienes que pedírmelo ahora con toda la fuerza de tu alma. Entonces será como si la vida y la muerte jamás se hubiesen unificado en un mismo destino. Pídemelo y todo desaparecerá, Sinéad».
No pude contestar. Por un momento demasiado eterno mi mente se llenó de todos los recuerdos de los instantes que había compartido con Rauth: nuestro primer encuentro, las trovas que juntos tañimos y entonamos, nuestras profundas conversaciones en la naturaleza, aquel día en su hogar... nuestro amor... nuestra entrega...
«No, no quiero que todo se desvanezca; pero... pero ya no puedo permitir que él permanezca alejado de mí... No quiero que él se quede apartado de esta magia tan bonita que también puede acariciarle el alma».
Tras aquellas palabras, sentí cómo ese sentimiento de impotencia, tristeza y a la par aceptación se convertía en una tierna felicidad que me hizo sonreír. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido, pero de repente me di cuenta de que Eros me observaba atenta y calladamente, encontrando en mis ojos las palabras que yo no me atrevía a dirigirle.
  • Ahora has hablado con él, ¿verdad? —Yo asentí con la cabeza—. Estáis mucho más conectados de lo que creía.
  • ¿Cómo has sabido que...?
  • Porque tus ojos se han llenado de brumas y, extrañamente, se han vuelto más claros.
  • Jamás me imaginé que eso pudiese ocurrir.
  • En esta realidad tú me amas como no amas a nadie, ¿verdad? —me preguntó temeroso.
  • En esta realidad y en cualquier otra, tú reinas en mi corazón; pero en la magia parece como si todo lo que importase en este mundo perdiese importancia.
  • Y todo lo que ocurre allí se vuelve irrelevante en este mundo, ¿verdad?
  • Antes era irrelevante, pero ahora...
  • Son dos mundos distintos que no tienen que cruzarse nunca. En esta realidad tú y yo existimos en una misma alma y, en la otra...
  • En la otra seguiremos siendo una misma alma.
  • Ahora dices eso porque permaneces lejos de Rauth y de su mágico mundo; pero, cuando estés junto a él, sentirás que es el único ser que amas con toda tu alma y tu corazón.
  • No quiero comprobarlo sin ti. Perdóname, Eros. Te prometo que a partir de ahora no te ocultaré nada, por muy ínfimo y nimio que sea...
  • También tienes derecho a guardarte secretitos —se rió cariñosamente mientras me acariciaba las mejillas—. ¿Sabes por qué siempre creo todo lo que me cuentas?
  • No...
  • Porque tus ojos pronuncian las palabras más sinceras de la Historia y vuelven verdad todas las mentiras.
  • Yo nunca te mentiría...
  • Lo sé.
  • Antes no me creías...
  • No te creía porque estabas explicándome una verdad demasiado enorme para que cupiese en mi pequeño cerebro —se rió cariñosamente.
  • Qué tonto eres —me reí con él mientras lo abrazaba—. Eros, ahora estoy más convencida que nunca de que todo lo que nos ha pasado últimamente es solamente una prueba a nuestro amor. El destino ha querido hacer temblar nuestro amor poniéndome en situaciones inesperadas e inexplicables cuyo único fin era que me apercibiese de que a ti te amo más que a nada en el mundo.
  • ¿Más que a tu arpa? —se rió dulcemente.
  • ¡Eros! Ay... te hablo muy en serio —me reí más libremente.
  • Y yo también —se rió encantado—. Sí, Shiny, todo lo que nos ha ocurrido ha sido una prueba a nuestro amor, una prueba superada.
  • Por supuesto.
  • Mi Shiny... gracias por todo.
  • Gracias a ti por ser tan bueno y comprensivo...
  • La prueba más fiable de que me amas es que estás aquí, junto a mí, cuando podías estar en un mundo mágico bailando y cantando bajo la luz del sol con una vida creciendo por dentro de ti... Estás aquí cuando existe una realidad mucho más inocua que puede protegerte de todos los peligros de la humanidad. Ante este hecho, jamás podré dudar de tu amor.
  • Gracias, amor mío...
  • Y pienso cuidarte dondequiera que te encuentres, tanto como si te hallas aquí, en esta asquerosidad de mundo, como en el más mágico de la vida.
  • Yo también... Ah, por cierto, no creas que me dejarás sola con ese niño —me reí cariñosamente—. En esa realidad, tú también me ayudarás a criarlo y a educarlo. Te necesito.
  • Yo, Shiny... yo no...
  • Calla, no digas nada más —le pedí quedamente acercándome a sus labios—.  Sólo bésame y hazme olvidar que existió un tiempo en el que no podía sentir tus labios.
Y el amanecer siguió cubriendo de plata las lejanas montañas, las que relucían bajo aquella rosada alba como si de un mar de marfil se tratase, mientras nosotros hacíamos de nuestra alcoba un mundo verdaderamente mágico donde refulgían todos nuestros sueños, donde no cabía la malicia ni la impotencia. La felicidad se convirtió en un manto de terciopelo resplandeciente que nos envolvió suavemente y nos arropó para protegernos de la vigilia. El sueño llegó entre nuestros brazos, nos cerró los ojos y tornó nuestra inconsciencia en imágenes brillantes y cálidas que, sin embargo, no nos apartaron de la sensación de sentirnos irrevocablemente amparados.