martes, 10 de junio de 2014

EL PRESENTE ES UNA ILUSIÓN


El presente es una ilusión
La vida es un sendero que a veces se interrumpe, una carretera cortada cuyo fin se pierde entre las montañas, a veces un atardecer que a ninguna noche precede. Nacemos sin saber interpretar los pensamientos de la vida ni sus intenciones y es la misma vida la que nos enseña a entender sus deseos y a vislumbrar los caminos que la construyen. En ocasiones nos perdemos y no sabemos por dónde debemos proseguir la senda de nuestra vida y es nuestro mismo destino quien nos indica el camino, quien nos toma de la mano para guiarnos a través de las tinieblas de nuestro presente.
Fue lo que nos ocurrió. De pronto nos pareció que nuestra vida había quedado atrás. Aquel pedacito de paz que tanto deseábamos resguardar en nuestras manos tembló hasta desaparecer bajo el cielo de una noche profunda e inesperada. Era difícil aceptar que antes había existido un tiempo en el que llegamos a creer que la vida volvía a ser ingenua e inocente; pero de nuevo el destino de nuestra historia nos confesaba que estaba prohibido confiar en la estabilidad de nuestra existencia. El futuro siempre nos esperaba lleno de imprevisibles momentos que no sabemos entender.
Realmente el presente no existe. Eso que intentamos llamar presente no es más que un tiempo que se compone de pasado y de futuro. NO vivimos un momento que exista a la vez que nosotros. Todos los segundos en los que vivimos están formados de pequeñísimas porciones de tiempo que jamás podremos atisbar ni tañer con nuestros dedos.
Y es justo lo que ahora siento. Siento que mi vida se escapa de mis manos sin que yo pueda darme cuenta de que mis momentos se vuelven pasado. El futuro no existe en mi mente. Solamente me retiene en mi vida un tiempo que yo intento llamar presente, pero que, sin embargo, no es más que algo que pasa llevándose unos instantes que deben estar llenos de bondad e inocencia.
Algo ha cambiado por dentro de mí, algo que no sé nombrar; pero se trata de algo fuerte que me hace entender que, tal vez, nada pueda volver a ser como antes. Desde que aquellos humanos me atraparon, mi alma teme más que nunca a la posibilidad de que mis sueños jamás se cumplan. Ya me he preguntado muchísimas veces para qué defendí tan desesperadamente mi vida en la sociedad si realmente a mí no me apetece mezclar mi existencia con la de los humanos. De nuevo me han decepcionado. A lo largo de toda mi vida, siempre han roto todos mis sueños, han destruido mi hogar, mi mundo. La vida ha vuelto a enseñarme que no es posible confiar en una especie que ni siquiera se respeta a sí misma.
Mas todavía no hemos sido capaces de marcharnos de este hogar al que llegamos con tanta ilusión. Aún recuerdo aquella noche en la que conseguimos trasladar todas nuestras pertenencias y ordenar nuestros muebles. Nuestra casita aparecía acogedora, hermosa... y ahora parece como si todos los rincones se hubiesen impregnado de soledad y frialdad.
Ya hace dos noches de la discusión que tuvimos con Leonard; la lamentable discusión que nos separó tan dolorosamente. Al contrario de lo que esperábamos, él no ha vuelto. Pasan las horas, y él ni siquiera se digna estrechar el lazo que nos une para llamarme. Lo comprendo. Me imagino que se sentirá excesivamente avergonzado por todo lo que ocurrió. Verdaderamente, no me apetece verlo y a Eros mucho menos, pues se propasó con él. Cuando recuerdo todas las palabras que le dirigió (aquellas injustas palabras), experimento una tristeza muy profunda que me parte el alma en mil pedazos. No puedo evitar plañir desconsoladamente cuando me acuerdo de que Eros luchó con fuerza contra unas intensísimas ganas de llorar; pero él siempre está a mi lado para asegurarme que apenas rememora lo que acaeció y que jamás permitirá que nadie vuelva a intentar separarnos.
  • Tenemos que irnos cuanto antes de aquí, Shiny. Sé que no te apetece, pero tenemos que protegernos en algún lugar. Scarlya quiere quedarse aquí, pero... yo creo que debería venir con nosotros.
  • No podrás convencerla de que venga —me reí cariñosamente—. Es mucho más terca que yo.
  • Eso es imposible —se rió también.
Era extraño vivir con Scarlya en un lugar que solamente había sido nuestro. Ella dormía en el sofá y nosotros seguíamos haciéndolo en la alcoba donde tantos bellos momentos habíamos vivido. Siempre que me la encontraba, me acordaba del porqué de su presencia y entonces me entristecía. No me gustaba que Leonard y ella estuviesen separados; pero Scarlya era incapaz de acudir a la vera de Leonard para hablar con él. Su rencor era más punzante que el de Eros.
  • ¿Quieres que nos refugiemos en el mundo de Rauth? —me propuso encantado—. Sé que ahí no nos ocurrirá nada malo.
  • ¿Estás preparado para cambiar de cuerpo? —le pregunté temerosa.
  • Sí, Shiny; pero creo que no seré capaz de permanecer más de dos días sin mi perfecto cuerpo vampírico —se rió mientras me abrazaba.
  • Te entiendo.
  • ¿Qué debemos hacer para marcharnos hacia allí?
  • Tienes que confiar en mí...
  • ¿Y ya está? —se rió extrañado.
  • Sí, ya está... Tienes que desear viajar a ese mágico lugar... Fundiremos nuestros pensamientos para que tu mente se impregne de ese anhelo para que no puedas desear nada más.
  • De acuerdo. Hazlo ya, entonces.
  • Antes de irnos me gustaría hacer una última cosa.
  • ¿De qué se trata?
  • Quisiera despedirme de Wen. Sé que ya lo hice, pero... necesito saber cómo está.
  • No te preocupes. Ve y despídete de él. Yo te espero aquí ansioso —me dijo antes de besarme dulcemente en los labios.
Me sentía nerviosa. Había transcurrido casi una semana de la última vez que nos vimos. Aunque habíamos asegurado que solamente seríamos amigos, no podía evitar preguntarme cómo reaccionaría nuestra alma cuando nuestros ojos se fundiesen en una única mirada. No podía negar que estaba infinitamente triste por saber que no lo vería en muchísimo tiempo. Me dolía marcharme; pero intenté que aquellos sentimientos no ensombreciesen mis anhelos de despedirme de él.
Cuando llegué a su hogar, su madre me recibió con cariño y hospitalidad. Me ofreció algo de beber y de comer, pero yo rehusé con educación. Me anunció que Wen estaba encerrado en su habitación. Me apercibí de que sus ojos estaban llenos de tristeza; lo cual me preocupó profundamente.
  • ¿Está bien? —le pregunté a Wenda con educación.
  • Habla con él. No, no está bien.
Mi corazón tiritó de miedo y de lástima cuando escuché aquellas palabras. Tras despedirme cortésmente de Wenda, me dirigí hacia la alcoba de Wen y llamé cuidadosamente a la puerta. A los pocos segundos, Wen la abrió con desinterés y pereza; pero, cuando me vio ante él, los ojos se le llenaron de lágrimas. Me di cuenta de que sus párpados aparecían cansados y su rostro había perdido vida.
  • Sinéad —susurró incrédulo cubriéndose los labios—. Creí que te habías marchado.
  • Debería haberlo hecho; pero han surgido algunos inconvenientes —le contesté con cautela y dulzura—; pero venía a despedirme de ti. Mañana sí me marcharé y... no sé cuándo volveré.
  • Vaya —protestó casi sin poder hablar—. Pasa, por favor.
  • ¿Por qué estás tan triste? —le pregunté preocupada y afligida cuando ya nos hallamos encerrados en su alcoba—. Creí que podrías hablar con Estrella...
  • Estrella se ha ido, Sinéad, se ha ido —me informó llorando desconsoladamente. Era la primera vez que lo veía llorar así. Su llanto hizo nacer en mi garganta un potente nudo que me presionó la cabeza.
  • ¿Se ha ido? ¿No pudiste hablar con ella?
  • No, no pude... No confía en mí.
  • Eso no puede ser. Tú no has hecho nada malo...
  • Pero le rompí el corazón. Le destrozó el alma saber que me había enamorado de ti. Yo no me enamoré de ti en ningún momento. Lo único que me ocurrió fue que tu belleza tanto interior como exterior me deslumbró, nada más; pero ella es el amor de mi vida. No existe otra mujer para mí... ¡Dios mío, no sé cómo podría recuperarla! Ella se sintió tan pequeña cuando se enteró de que me había fijado en ti... Siempre se ha creído tan poca cosa, tan... y en cambio es lo más grande que existe, lo más grande, la persona más buena y noble que jamás respiró y respirará en la Historia —declaraba con una voz entrecortada—. Jamás debí escribir lo que me sucedía contigo, jamás... Esa época de confusión me ha destruido la vida.
  • Lo siento, Wen —me disculpé agachando los ojos, incapaz de retener las lágrimas que empezaron a brotar de mis ojos—. Jamás debí introducirme así en tu vida, jamás.
  • No digas eso, Sinéad.
  • Yo soy la única culpable de todo lo que está ocurriéndote. Nunca tuve que venir aquí a vivir. Sí, te he destrozado la vida —protesté con una voz casi quebrada—. Es cierto que jamás debiste dudar de que amabas a Estrella. Es una de las mujeres más dulces, buenas y nobles que pude conocer. Y nunca debió creerse inferior a mí. Nadie lo es, nadie. Ella es mucho más pura que yo... infinitamente más. ¿Cómo pudo pensar que yo era algo más que ella, si yo soy alguien que no tendría que existir?
  • ¿Por qué dices eso? —me preguntó desconcertado.
  • En realidad le destrozo la vida a todos aquéllos que se hunden en mi destino —exclamé casi sin poder hablar. Rápidamente extraje de mi bolso mi fiel pañuelo; el cual protegió mis lágrimas—. Lo siento. Me iré y no volveré nunca más. No es justo que me haya metido en la vida de unas personas tan buenas. Por culpa mía, Estrella tendrá el alma dolorosamente quebrada. No es justo...
  • Lo que sucedió no fue culpa de nadie, Sinéad.
  • Por supuesto que sí. Sabiendo que no debo mezclar mi vida con la de los humanos, me introduje en vuestro destino. Gracias a los dioses que no hice temblar la vida de Sus, Diamante, Vicrogo... Sois demasiado buenos para formar parte de mi prohibido hado. Lo siento mucho, lo siento con toda mi alma —me disculpé de nuevo mientras me alzaba.
  • Un momento, Sinéad, por favor. No te marches, por favor —me pidió levantándose también y tomándome de los hombros—. Mírame, Sinéad, mírame.
  • No, no, no... Tú no debes ver esto. Abre la ventana, por favor. No puedo permitir que tu madre vuelva a verme...
  • No te marcharás así —aseveró mientras me rodeaba con sus brazos—. No quiero que desaparezcas definitivamente de mi vida, no quiero.
  • Lo haré... pero antes quisiera ayudarte...
  • No, Sinéad, no te vayas —me suplicó presionándome los hombros.
  • Cometí un inmenso error al creer que la vida podía ser hermosa si la compartíamos y ha ocurrido todo lo contrario. He hecho de tu vida un infierno. No, no lo niegues. Estrella se ha marchado por culpa mía...
  • Estrella se ha marchado porque no confió en mí, porque no me creyó.
  • No importa... No puedo permitir que una mujer tan buena como ella esté sufriendo de ese modo. ¿Sabes hacia dónde se marchó?
  • Se fue lejos... Según Vicrogo, se ha ido a Clisandia, pero se iría a otro lugar... No sé cuál…
  • No te preocupes —le pedí limpiándome definitivamente las lágrimas. Rogué que Wen no se incomodase al apercibirse de que no eran sino espesas gotas de sangre que habían enrojecido mis ojos.
  • ¿Qué haremos?
  • Iremos a buscarla.
  • ¿Cómo?
  • Es lo último que haré por ti antes de marcharme.
  • No, no digas que es lo último.
  • Pero debes prometerme que nunca más permitirás que nada le haga daño... y que lucharás por ella...
  • Te lo prometo —me aseguró tomándome de las manos y presionándomelas con cariño.
  • No perdamos más tiempo. Vayamos antes de que se haga más tarde.
Wen no podía contestarme. Los nervios y la emoción se lo impedían. Lo abracé dulcemente y saltamos por la ventana, dejando las lágrimas y la tristeza atrás para revestirnos con la esperanza y la ilusión. Volamos bajo el ocaso, entre las nubes, sin temer, sin temblar de miedo. Wen se acomodó entre mis brazos y cerró los ojos, tal vez incapaz de aceptar que la tierra quedaba tan lejos de sus manos; pero de vez en cuando los abría para mirarme a los ojos e indicarme con una tierna sonrisa que mi presencia le posibilitaba soñar.
  • Ya estamos a punto de llegar. Ahora necesitaré concentrarme profundamente para captar algo que me lleve hasta ella: sus pensamientos, su olor, algún pensamiento dedicado a ella...
  • No creo que esté en casa de Duclack. No quería que nadie se enterase de que se marchaba.
  • Entonces estará en algún hotel.
Clisandia era un país inmenso, precioso, lleno de colores, luces resplandecientes y amenos suspiros de vida. Los bosques rodeaban las ciudades, el cielo de la noche cubría rincones verdaderamente entrañables que me recordaban a antiguos parajes. Reparé en que aquellos lares destilaban una calma de la que carecía mi corazón.
Parecía imposible encontrarla. Era como si el mundo jamás hubiese pensado en ella o como si ella nunca hubiese hablado en la Historia. Recorrimos casi todos los hoteles preguntando por ella, y nadie sabía darnos información sobre aquella humana tan entrañable y dulce. Todas las ciudades y pueblos donde la buscamos estaban compuestos de susurros que sin embargo no emanaban de su mente.
  • No está aquí —le avisé a Wen con decepción—. Lo siento muchísimo.
  • No es culpa tuya. Al menos lo has intentado.
  • Tal vez esté en una ciudad cercana a este país.
  • No lo creo. Se habrá ido muy lejos ya —expresó desalentado.
  • Lo siento muchísimo, Wen.
  • No te preocupes. Regresemos ya antes de que amanezca —me pidió intentando no mostrarse desalentado.
Volamos en silencio por el cielo hasta llegar nuevamente a su hogar. Nos introdujimos silenciosamente en su alcoba y después me senté en su lecho, incapaz de hacer existir el instante de marcharme de allí. Estaba segura de que mi alma no me permitiría soñar con un regreso.
  • Sinéad, por favor, no te vayas para siempre. Prométeme que volverás. No puedo perderte también a ti, a ti no... Te necesito —me confesó intentando no llorar tras sentarse a mi lado—. Por favor, no te vayas para siempre... No soportaré la certeza de que nunca más volveré a verte.
  • Lo siento, pero será lo mejor.
  • ¿Y qué harás con la cadena de hoteles?
  • Es cierto...
  • Eso te ata a nosotros, pues Sus y yo te ayudamos... y mi abuelo...
  • Lo sé... Eros se ocupará de todo, no te preocupes. Tiene que pasar el tiempo, Wen —le indiqué alzándome de su lecho y dirigiéndome hacia la ventana.
  • ¿Cuándo volveré a verte?
  • No pienses tanto en mí, no te preocupes tanto por mí, no me tengas tan en cuenta y busca a Estrella por toda la Tierra si es necesario para encontrarla y asegurarle que la amas. Creo que es el tesoro más importante que debes encontrar —le susurré incapaz de hablar con claridad. Las ganas de llorar me perforaban el alma.
  • Creo que es lo más bonito que le han dicho nunca.
  • Se merece ser feliz para siempre. Es pura, inocente y buena. Es un ángel; el ángel de tu cielo. Por personas como vosotros merece la pena creer en el amor de la especie humana.
  • Sí, es cierto.
  • Adiós, Wen. Sé feliz, por favor... Tal vez los dioses quieran unir nuevamente nuestros destinos;  pero vive como si eso no fuese a suceder nunca más; sin embargo, me gustaría que jamás te olvidases de que te quiero con toda mi alma... Gracias por ser tan gentil y bueno conmigo. Jamás lo olvidaré.
  • Gracias, Sinéad. Te prometo que nunca me olvidaré de ti... nunca —musitó acercándose más a mí.
  • Tú también eres un ángel y te mereces ser plenamente feliz. Te quiero mucho...
  • Y yo a ti, dulce Sinéad.
  • Sé que no debería, pero... pero me gustaría pedirte algo; un último favor, algo inocente que no tiene por qué hacer temblar nada... Lo necesito, necesito vivir ese instante —le solicité atropellándome con mis propias palabras.
  • Pídeme lo que quieras.
  • No me entristeceré ni me molestaré si me lo niegas...
  • Ahora no puedo negarte nada.
  • Creo que es la mejor forma de cerrar este ciclo...
  • Dime, Sinéad —me pidió tomando mi cabeza entre sus manos para mirarme profundamente a los ojos. La luz de la lámpara que había encendida en su mesita resplandecía en sus hondos ojos.
  • Bésame, Wen. Hazlo efímeramente si lo deseas, pero permíteme saber qué tacto tienen tus labios... por si no vuelvo a verte nunca más... Necesito que tu recuerdo tenga una parte tangible —le pedí con un susurro impregnado de amor.
  • ¿Cómo crees que te negaría algo así? —se rió avergonzado—. Yo también creo que será la mejor forma de acabar con esto...
  • Hazlo antes de que me arrepienta de habértelo pedido.
Entonces, cerrando los ojos, se acercó muy lentamente a mis labios. Retuve mi respiración para inspirar únicamente su aliento. Yo también cerré los ojos para que mis sentidos se concentrasen solamente en el calor que emanaba de su cuerpo, de sus labios... Rozó mis labios como si temiese que la tibieza de su vida se esfumase; pero, cuando notó que yo respondía tímidamente a su exquisita cercanía, me tomó de la cabeza con sus cálidas manos y presionó sus labios contra los míos con muchísima ternura...
Mas se apartó antes de que el tiempo transcurriese llevándose nuestra serenidad. Fue uno de los besos más tiernos, inocentes y puros de mi existencia, pues se había compuesto de un cariño que nada podría corromper, ni siquiera las injusticias más infernales.
  • Adiós, Sinéad —me dijo cuando me dispuse a saltar por la ventana—. Te recordaré siempre.
  • Adiós, Wen. Gracias por existir... por ser como eres.
Y me alejé de él antes de que la melancolía me impidiese apartarme de sus nocturnos ojos. Volé casi interrumpidamente por el cielo, sintiendo miedo de la presencia de las estrellas, escondiéndome entre las nubes, rogando que a partir de aquel instante la vida pudiese ser sencilla y mágica para todos. Ya habíamos sufrido suficiente. Le supliqué a las estrellas y a la naturaleza que permitiesen que todos los seres buenos de la Tierra atrapasen un pedacito de paz con el que pudiesen construir su cielo.
 

martes, 3 de junio de 2014

CUANDO LA FURIA ALUMBRA LA VERDAD


CUANDO LA FURIA ALUMBRA LA VERDAD
 La tarde ya había caído. El sol enviaba sus últimos rayos a las montañas para iluminar los pétalos de las flores cuando nosotros terminamos de prepararlo todo para marcharnos, de nuevo, al castillo de Leonard. Llevábamos casi todo el día introduciendo nuestras pertenencias más necesarias en maletas y mochilas, sintiéndonos cansados por la insistente presencia del sol.
  • No me gusta el cambio de primavera a verano —le confesé a Eros con fastidio—. Los días se vuelven insoportablemente largos y parece como si la noche no quisiese llegar nunca. Siento que vivo menos.
  • Eso es porque eres muy dormilona, Shiny, y necesitas despertarte cuando en el cielo ya no queda ni un solo ápice de luz —se rió con cariño ayudándome a cerrar una maleta—. No tenemos por qué levantarnos cuando ha anochecido. Podemos vivir antes, aunque no salgamos a la calle.
  • Eres extraño —me reí con él—. Yo no entiendo cómo soportas el sueño...
  • Porque no soy tan dormilón como tú —se burló dulcemente tomándome de las manos y mirándome a los ojos—. Por cierto, ¿alguna vez te he dicho que verte dormir es una de las cosas que más me gusta hacer?
  • ¿De veras? ¿No te resulta aburrido?
  • Al contrario. Pareces tan vulnerable y tierna...
  • ¿Acaso no lo parezco en la vigilia? —me reí vergonzosa.
  • Por supuesto, pero cuando duermes parece que el mundo se haya callado... —me aclaró acercándose a mis labios y rodeándome con sus brazos.
  • Eros —me reí al notar que deslizaba sus dedos por mi espalda, buscando el broche de mi vestido—, estate quieto —le pedí divertida luchando suavemente contra su pasión—. Tenemos que irnos antes de que...
  • Antes de, ¿qué? —se rió impulsándome hacia nuestro lecho—. No hay prisa...
  • No... no la hay —cedí tiernamente.
Mas justo entonces alguien llamó al timbre de una forma impaciente e insistente. Eros y yo dimos un respingo y nos miramos extrañados. No esperábamos visita. Una sombra de fastidio y pena cruzó la mirada de Eros, lo cual me resultó divertido y tierno.
  • ¿Quién será ahora? Son las 9 y media de la noche.
  • Es pronto —me reí cariñosamente—. Ve a abrir, por favor.
  • Ve tú —me ordenó riéndose.
  • ¡No puedo! Me has desabrochado el vestido.
  • Ah, ya, claro —se rió mientras se levantaba.
Cuando Eros abrió la puerta, oí una voz atolondrada e impregnada de nerviosismo que le preguntaba a Eros si podía pasar a nuestro hogar. Scarlya hablaba como si detrás de ella se hallase la muerte personificada. Eros la dejó pasar. Oí cómo cerraba la puerta y cómo Scarlya se sentaba presurosamente en el sofá.
  • ¿Qué ocurre? —pregunté saliendo de nuestra alcoba.
  • Sinéad —me apeló Scarlya desesperada alzándose del sofá  y dirigiéndose hacia mí.
  • ¿Qué sucede? —quise saber tomándola de las manos.
  • Me he peleado con Leonard.
  • ¿Por qué? —me reí nerviosa. No era muy habitual que Leonard y Scarlya discutiesen y, siempre que lo hacían, era por motivos ínfimos e irrelevantes.
  • Porque estoy harta, Sinéad, ¡harta! —exclamó histérica soltando mis manos—. ¡tu padre es un carca!
  • Ya, eso ya lo sé —me reí cariñosamente tomándola de la mano para conducirla hacia el sofá—. Ven, sentémonos y me lo explicas con calma.
  • ¡Estoy harta de vivir encerrada en ese castillo!
  • No vives encerrada —la corregí cariñosamente.
  • Encerrada me siento entre esos gruesos muros, entre esos árboles frondosos... Ya sabes que yo adoro la naturaleza, pero también necesito otras cosas.
  • ¿Qué cosas? —le pregunté extrañada—. Cuando yo me hallo rodeada de naturaleza, siento que no me falta nada.
  • Ya, yo también, pero... pero la naturaleza te aparta de la realidad. Me gustaría vivir como vosotros. Se lo he comunicado a Leonard y me ha dicho que ni se me ocurra imitaros.
  • Pero si el otro día parecía convencido de... —divagó Eros.
  • Lo hizo para parecer amable y complaciente delante de Duclack y, sobre todo, delante de ti, Sinéad. Parece como si en el mundo no existiese nada salvo tú. Eres su luz, su noche y su todo. Cuando te tiras más de dos semanas sin ir a visitarlo, parece que se muere. Está deseando tenerte de nuevo en el castillo. No habla de otra cosa. Ha limpiado ya mil veces tu alcoba para que no la manche ni la más diminuta mota de polvo y no sé cuántas veces ha ordenado tus cosas, cuando ya están bien puestas en su sitio. Estoy harta.
  • Pero ¿de qué estás harta, de que hable de Sinéad o de que te obligue a permanecer encerrada en vuestra morada? —le preguntó Eros con un tono de voz muy extraño—. Parece que estás celosa, Scarlya.
  • Yo no estoy celosa —lo contradijo desafiante.
  • A ver, por favor, tranquilicémonos —pedí tiernamente—. Leonard y yo estamos muy unidos y a veces nos cuesta vivir separados, pero eso es normal —me reí dulcemente—. Cuando vuelva a vivir con vosotros, no estará tan... extraño —divagué sin saber qué decir. Lo que Scarlya nos había comunicado también me había desconcertado un poco.
  • Leonard está loco, Sinéad —lo insultó Scarlya con malicia. Me estremecí cuando percibí la rabia que irradiaban sus ojos—. Me ha dicho que, como no vuelvas esta misma noche a vuestro hogar, es capaz de venir él mismo a buscarte. Dice que está harto de que lo desobedezcas y que desde que te uniste a Eros apenas le prestas atención. Está agotado de preocuparse por ti.
  • Pues que no se preocupe —protestó Eros—. Sinéad y yo estamos bien...
  • No es verdad, Eros. Cito literalmente las palabras de Leonard: “ese Eros asegura que puede protegerla, pero no es verdad, pues no pudo impedir que esos malditos humanos la raptasen”. No se fía de ti, Eros. Además...
  • ¿No se fía de mí? —se rió nervioso.
  • Creo que Leonard está sacando las cosas de contexto. A lo largo de toda nuestra vida, nos han sucedido hechos horribles con los humanos y nunca se me ocurrió pensar que él no supo protegerme —dije con calma y tensión al mismo tiempo. Los nervios gritaban estridentemente por dentro de mí destrozando la paz que podía envolver mi corazón—. Lo mejor será que hablemos todos con él y lo tranquilicemos.
  • Yo no pienso volver al castillo —nos comunicó Scarlya con rabia—. Hemos discutido muy fuertemente. No me apetece verlo. ¿Puedo quedarme aquí?
  • No creo que sea conveniente que no vengas con nosotros, Scarlya. No alarguemos esto innecesariamente —le pedí intentando no sonreír. Me hacía gracia percibir a Scarlya tan rencorosa—. Seguro que él se siente mal por haber discutido contigo.
  • No me importa. No estoy de acuerdo con su forma de pensar y no pienso obedecerlo quedándome en ese rincón tan apartado del mundo. Es cierto que la sociedad es peligrosa y que no debemos confiar plenamente en los humanos; pero yo también tengo derecho a habitar en un lugar donde pueda sentir que soy alguien. Vosotros tenéis amigos humanos e incluso os habéis quedado con una cadena de hoteles. Yo también quiero trabajar. Mírame, Sinéad. Dime si es justo que alguien con mis dotes de cocinera y con estos ojos tan bonitos se quede encerrado. Soy una mujer maravillosa —se halagó riéndose de forma inocente—. Sé que puedo dar mucho más de lo que piensas. Me gustaría ayudar a los humanos o crear alguna asociación para la lucha contra la destrucción de los bosques... o algo así. Me gustaría batallar contra las injusticias. En realidad no sé ni lo que quiero; solamente tengo claro que deseo formar parte de la sociedad.
  • Te entiendo, te lo aseguro —le indiqué sonriéndole cariñosamente—, y tienes todo el derecho a desear cosas tan bonitas. Yo te animo a que luches por lo que anhelas, pero no ignores los consejos de quienes te queremos y deseamos protegerte. Lo único que Leonard quiere es ampararnos. En ningún momento ansía cortar nuestras alas.
  • Con ese intento de protegernos, nos arrebata nuestra identidad —protestó Scarlya.
  • A veces no sabe actuar debidamente y se asusta. Debemos comprenderlo. Tiene muchísimos años... —lo defendí dulcemente.
  • Me gustaría hablar con él —desveló Eros intentando parecer sereno—. No me ha gustado lo que ha dicho de mí y quisiera que me confirmase si en verdad piensa que yo no sé protegerte.
  • No tomes en serio sus palabras, amor mío —le pedí con mucho cariño—. Cuando nos enfadamos...
  • Leonard no estaba enfadado cuando dijo eso de Eros —me corrigió Scarlya—. Lo afirmó antes de que empezásemos a discutir.
  • Vayamos a hablar con él —resolví alzándome del sofá—. Scarlya, tendrás que ayudarnos a transportar nuestro equipaje —le comuniqué con vergüenza—. Creo que llevamos demasiadas cosas.
  • Sobre todo tú, Shiny. No veas cuánto ocupan tus vestidos y tus instrumentos musicales —se quejó Eros con amor.
  • Ya os he dicho que yo no iré —reiteró Scarlya con una voz divertida y a la vez impregnada de nervios.
  • Scarlya, no seas infantil —se rió Eros.
  • ¿Infantil? Si supieses...
  • El rencor no es bueno, Scarlya. Estoy segura de que te pedirá perdón.
  • Llevo... llevo todo el día fuera —nos desveló nerviosa y avergonzada—. Discutimos por la madrugada y me fui.
  • Con más razón debes volver —exclamé asustada—. Seguro que Leonard está preocupado por ti.
  • No me importa.
Entonces, en ese justo instante, el timbre de nuestro hogar volvió a sonar; esta vez con pausa y vacilación, como si quien llamaba a la puerta no se atreviese a hacerlo. Sin perder tiempo, salí del salón y abrí la puerta antes de que el timbre volviese a quebrar aquel tenso silencio. Cuando la abrí, me estremecí de tensión, extrañeza y alivio. Leonard me miraba atenta y calmadamente, pero en sus ojos pude atisbar la sombra de un sentimiento que oscurecía sus gestos más cariñosos.
  • Hola, padre —lo saludé con ternura mientras me acercaba a él y lo abrazaba—. Me alegro de que hayas venido. Has llegado en el momento idóneo.
  • ¿Cómo te encuentras? ¿Ya te sientes del todo recuperada? —me preguntó acariciándome los cabellos.
  • Sí, ya me siento bien, aunque debería alimentarme un poco. No he tenido tiempo. Hemos estado preparando nuestro equipaje...
  • Me alegra infinitamente que vuelvas a vivir con nosotros. En estos momentos te necesito más que nunca.
  • Vaya... Yo también me alegro de volver. Extraño mi amada naturaleza y la seguridad de nuestra gran morada. Pasa, por favor —le pedí después de un tenso silencio retirándome de sus brazos. No soportaba percibir a Leonard tan desalentado—. Creo que debes hablar seriamente con alguien.
  • Está aquí, ¿verdad? —me preguntó con un susurro.
  • Sí.
Cuando Leonard pasó al salón, Scarlya intentó dirigirse hacia el balcón para huir, pero Eros la tomó del brazo sonriéndole con nervios y divertimento. Al captar las intenciones de Scarlya, Leonard agachó la cabeza entristecido y avergonzado.
  • Scarlya, no huyas de mí. Tengo que hablar contigo, por favor —le suplicó acercándose a ella. Scarlya ni siquiera lo miraba a los ojos.
  • Yo no quiero hablar con un carca antiguo que me impide ser feliz y cumplir mis sueños.
  • Sueños que empezaste a tener ayer por la noche —se rió él con cariño.
  • Hablo en serio, Leonard.
  • Y yo también. No quiero que sigamos así.
  • Lo siento, pero, si no cambias de idea ni de forma de pensar, yo no querré hablar nunca contigo —le espetó con rabia intentando desasirse de las manos de Eros—. Suéltame, Eros. No me iré hasta que le haya dicho cuatro cosas —le pidió tratando de no parecer tensa.
  • Por favor, antes debes escucharme —le rogó Leonard con pena—. Si te dije todo eso, fue porque lo único que quiero es protegerte.
  • ¡No puedes protegerme de todo! ¿Quién te asegura que mañana no haya un terremoto que tire nuestro hogar y lo destroce todo? Quiero vivir, Leonard, ¡quiero vivir! No quiero ser una vampiresa huraña toda la vida. Deseo experimentar sensaciones nuevas y escribir mi pasado con recuerdos apasionantes. Encerrada en nuestra morada no viviré nada, nada. Mira a Sinéad y a Eros. Ellos son felices siendo amigos de humanos encantadores. Los envidio.
  • Eros y Sinéad no viven seguros. Desde que Sinéad conoció a Eros, su vida comenzó a peligrar mucho más que nunca. Eros la arrastra hacia la sociedad cuando debería permitir que ella se protegiese en la naturaleza. Nunca he aprobado la forma de vivir de Eros; pero jamás me atreví a interponerme en sus propósitos, pues sé que Sinéad me enviaría al infierno si lo hiciese; pero ya no pienso seguir callándome.
  • ¿Qué quieres decir, Leonard? —le preguntó Eros extrañado y dolido—. No me esperaba que pensases eso de mí.
  • Siempre lo pensé, siempre, desde que descubrí que eras dueño de una discoteca y vivías en un bloque de pisos como cualquier mortal. Sinéad se enamoró de ti sin tener que hacerlo —le espetó nervioso y sin controlar la fuerza de su mirada. Noté que su interior se había anegado en tensión y horror.
  • Me enamoré de él porque estaba escrito en las estrellas y en la noche, porque mi alma tenía un vacío que solamente él podía llenar... No deberías hablar así de Eros en mi presencia ni en mi ausencia —le advertí también herida—. Sabes que jamás lo abandonaría, aunque se le ocurriese vivir en una corte oriental.
  • ¡No tienes corazón, Leonard! —le chilló Scarlya—. ¿Cómo te atreves a decir eso?
  • ¡Lo único que quiero es proteger a mi hija de la sociedad y este necio no hace más que ponerla en peligro! Dime, ¿de quién fue culpa de que se la llevasen? —le preguntó a Eros desafiante—. ¡No supiste protegerla de esos humanos! Estoy seguro de que nada de eso le habría ocurrido si hubieseis permanecido en nuestra morada. ¡Esos malditos humanos estuvieron a punto de poner nuestra existencia en peligro por culpa tuya!
  • Leonard, lo que dices no tiene sentido —indicó Eros entornando los ojos. Ver el dolor que irradiaba su mirada me hizo sentir ganas de llorar—. ¿Es necesario que te recuerde que tú también has vivido rodeado de humanos, exponiendo así la vida de Sinéad? Tú creaste, no sé cuántas veces a lo largo de tu vida, poderosos reinados habitados sobre todo por humanos. Eres el menos indicado para acusarme de intentar convivir con la sociedad.
  • No es lo mismo —se defendió Leonard.
  • Por supuesto que no es lo mismo —confirmé yo inmensamente nerviosa—. Lo tuyo es muchísimo peor, Leonard. Tú has querido influir directamente en la sociedad. Eros y yo solamente queremos vivir como seres normales. Si existen diferencias entre los humanos y nosotros, es sobre todo por culpa de vampiros como tú —le indiqué sin controlar mis palabras—, pues sois vosotros quienes creáis las disimilitudes que existen... que nos separan de la vida.
  • Sinéad, lo que estás diciendo no tiene sentido —se rió Leonard nervioso—. Los humanos nunca nos aceptarán en su vida. ¿Cuándo serás capaz de habituarte a esa idea? Vivís en una utopía que nunca se cumplirá. Aunque seamos buenos y no matemos cuando nos alimentemos, los humanos siempre nos verán como unos monstruos inmundos.
  • Pero porque nosotros no nos hemos esforzado por demostrar que no lo somos —intervino Scarlya también nerviosa.
  • Lo que no te permitiré, Leonard, es que vengas a mi casa a acusarme de no haber sabido proteger nuestra vida —aseveró Eros intentando controlar su ira—. Los peligros están en todas partes, en todas. Aunque vivamos lejos de la sociedad, nada nos asegura que estemos realmente amparados. Lo que tú pretendes es una estupidez.
  • Has contaminado la mente de Sinéad con ideas peligrosas —le reprochó herido.
  • ¿Y qué pretendes, entonces, que Sinéad viva en un mundo aparte de la realidad, donde no existan ni la maldad ni las injusticias? —le preguntó desafiante.
  • Ojalá existiese un mundo así, donde todos pudiésemos ser plenamente felices y nada nos hiciese daño.
  • ¿Y nos acusas de creer en una utopía? —se burló Scarlya. Me extrañó que Eros no contestase a las palabras de Leonard; pero entonces me di cuenta de que sus ojos se habían ensombrecido dolorosamente—. Creo que el que desea cosas imposibles eres tú —seguía riéndose Scarlya.
  • Tal vez tengas razón, Leonard. Sí, Sinéad debería vivir en un mundo donde no existiese la maldad. Y ese mundo existe.
  • Eros, no digas nada más —le supliqué asustada—. Yo no quiero vivir lejos de vosotros, aunque donde habite sea un lugar totalmente inocuo. Y no entiendo por qué sentís ese punzante y desgarrador afán de protegerme, como si yo no tuviese la capacidad de hacerlo —protesté avergonzada.
  • No la tienes —me acusó Leonard sin el menor ápice de consideración —. Si supieses cuidarte, no te habrías dejado influir por Eros y no vivirías en este peligroso edificio. La cantidad de humanos que aquí habitan es excesiva.
  • Ya basta, Leonard —exigió Scarlya—. No quiero que continuemos hablando de esto. ya es suficiente. Tu forma de pensar y la mía distan excesivamente. Lamento no haberme dado cuenta antes de lo que quería decir estar junto a ti. Estar a tu lado es apartarse de la vida. Es cierto que tenemos que protegernos, pero ello no nos obliga a restar distanciados de la sociedad. A mí también me gusta vivir aquí.
  • ¿Qué quieres decir con eso? —le cuestionó Leonard asustado.
  • Quiero decir que me marcharé del castillo, que viviré donde me dé la real gana y no me importa si me acompañas o no. Pienso vivir una vida que a tu lado no existe.
  • Scarlya, no te precipites —le rogué aterrada y entristecida.
  • Leonard, te quiero y estoy loca de amor por ti; pero ese sentimiento se ensombrece cada vez que me niegas la posibilidad de ser alguien. Ya basta, Leonard. Si no quieres acompañarme, es tu problema. Yo no pienso vivir eternamente apartada y escondida de la sociedad como si mi existencia fuese vergonzosa y lamentable.
  • No puedo creerme lo que estás diciendo —aseguró Leonard con un susurro.
  • ¿Quieres venir conmigo a vivir aquí o no? Es tu decisión. Yo no pienso cambiar la mía.
  • ¿De veras? ¿Tanto te importa vivir en la sociedad? ¿Eres capaz de renunciar a mí por eso?
  • Sí —contestó con total seguridad.
  • De acuerdo. Entonces no hay nada más que hablar. Yo no pienso fiarme de la sociedad nunca más. No me importa si me consideráis un huraño y un carca. Nosotros no hemos nacido para ser amigos de los humanos. Sinéad, ven conmigo, por favor. Deja de vivir arriesgando tu vida y vuelve junto a mí, te lo imploro —me suplicó tomando mis manos.
  • Después de todo lo que has dicho, realmente no me apetece vivir contigo —le indiqué herida—. Le has faltado al respeto a Eros. Todas las acusaciones que le has lanzado me han herido en el alma. Eros es el amor de mi vida. No me importa lo que pienses de él, pues siempre lo amaré, siempre.
  • ¿Tú también eres capaz de renunciar a mí por él? ¿Acaso nadie me quiere realmente?
  • —preguntó completamente lastimado y nervioso.
  • Estás sacándolo todo de contexto —le recriminó Scarlya—. Lo único que queremos hacerte ver es que, si no cambias tu modo de pensar, nosotros no estaremos a tu lado.
  • Yo no quiero decir eso —protesté espantada—. Por supuesto que yo nunca me apartaría de ti, Leonard; pero creo que necesitamos un tiempo para olvidar el daño que nos ha hecho esta conversación. Además, que no aceptes que queremos formar parte de la sociedad no implica que te dejemos solo. Yo nunca podré expulsarte de mi vida.
  • Pero... parece como si ahora mismo solamente te importase él —musitó encogido de dolor—. Ni siquiera te importa tu vida.
  • MI vida es él.
  • Leonard, déjalos vivir en paz —le pidió Scarlya—. Déjanos vivir en paz a todos.
  • De acuerdo. No os molestaré más. Si no sabéis protegeros vosotros, es vuestro problema —confirmó alejándose de nosotros y dirigiéndose hacia la puerta—. Eros, solamente te pido que no sigas siendo un inconsciente y pienses bien las cosas.
  • Leonard, no te vayas —le pedí casi histérica—. Creo que no debes irte sin ofrecerle una disculpa a Eros —le exigí a punto de ponerme a llorar.
  • Yo no tengo que disculparme por nada. Solamente he dicho lo que pienso desde hace muchísimo tiempo. Eros nunca me ha gustado para ti, nunca. Preferiría que Arthur jamás se hubiese marchado de nuestras vidas. Él sí sabía cuidarte.
  • No puedo creerme que hayas dicho eso —susurró Eros cerrando con fuerza los ojos. Ver que sus párpados se habían ensombrecido me destrozó el corazón.
  • ¿Cómo te atreves a decir eso? —le pregunté intentando no gritar dirigiéndome hacia él—. Eros me salvó de la tristeza, me hizo vivir cuando me creía muerta, me acompañó cuando tú... cuando tú no cesabas de irte... dejándome sola.
  • Eros también estuvo a punto de destrozarte. No me hagas recordarte lo que ocurrió cuando volvisteis de Ibiza.
  • Jamás creí que dijeses algo así, que fueses capaz de hacerme tanto daño —le espetó Eros incapaz de evitar que su voz se quebrase—. Sabes que quiero a Sinéad más que a mi vida. No comprendo por qué...
  • Ya basta, Leonard. Lárgate de mi casa si no vas a saber respetar a Eros. Espero que alguna noche puedas darte cuenta de que tus palabras han sido las más venenosas de la Historia. Vete —lo eché dirigiéndome hacia la puerta y abriéndola de repente—. Vete antes de que te diga todo lo que estoy pensando, vete, vete —insistí al ver que él no se movía—. ¡Vete, padre!
Sin mirarnos a ninguno de los tres, Leonard se dirigió hacia la puerta y pasó por mi lado sin alzar los ojos. Cuando empezó a descender los peldaños de las escaleras, cerré la puerta con fuerza e impotencia y permanecí apoyada en su reluciente madera durante un tiempo que nadie se atrevió a convertir en palabras. Las ganas de llorar que había estado reprimiéndome durante toda aquella conversación se convirtieron en unas lágrimas que comenzaron a rodar velozmente por mis mejillas y en unos sollozos profundos que me desquebrajaban el alma.
  • Shiny, Shiny —suspiró Eros abrazándome. Entonces me di cuenta de que había empezado a perder el equilibrio—. Tranquilízate, Shiny.
  • Leonard es estúpido —lo insultó Scarlya con rabia mientras se dirigía hacia nosotros—. No entiendo cómo...
  • Sé que nos ha dicho todo eso impulsado por la impotencia —declaré con una voz quebrada—; pero en ningún momento tendría que haberte acusado así, Eros, mi Eros...
  • Yo sé que tú no piensas como él —me aseguró impulsándome hacia el sofá—. Cálmate, Shiny. Estaba descontrolado...
  • Tienes ganas de llorar —le indiqué con pena—. No te las reprimas.
  • No, no lloraré. Lo que me ha dicho es muy horrible, pero no pienso darles a esas palabras el privilegio de que me hagan llorar. Además, lo que más me interesa es lo que tú pienses, amor mío.
  • Por supuesto que yo no pienso ni pensaré nunca como él, si tú eres mi vida —sollozaba desconsoladamente.
  • Me duele que Leonard se comporte así. Pues no pienso volver con él hasta que sea él mismo quien nos busque para pedirnos perdón —aseveró Scarlya con rabia e impotencia—. Hemos discutido por culpa de esto un millón de veces y siempre he sido yo quien ha dado su brazo a torcer para solucionar las cosas. Esta vez no pienso serlo.
  • Haces bien —contestó Eros—; pero, si lo quieres, no deberías permitir que pasase mucho tiempo.
  • Sí, lo quiero, pero también tengo que pensar en mí un poco —nos indicó avergonzada—. ¿Puedo pediros un favor?
  • Sí —contestamos ambos al mismo tiempo.
  • Ya que vosotros tenéis pensado apartaros de la sociedad, ¿puedo quedarme en vuestro hogar un tiempo? Hasta que encuentre algún lugar donde pueda vivir.
  • Realmente no sé dónde iremos —le dije con pena—. Ya no quiero vivir en el castillo de Leonard.
  • Tal vez se marche él —propuso Scarlya—. Si vais, no querrá convivir con vosotros. Se le caerá la cara de vergüenza.
  • De todas formas... no te preocupes por nada. Puedes quedarte aquí. Ya buscaremos nosotros un lugar donde podamos estar bien y tranquilos —le aseguré más calmada. Mi mente se había anegado en una dulce idea.
  • ¿De veras?
  • Por el momento, esta noche la pasaremos juntos —dijo Eros—. Tenemos que hacernos compañía. Shiny, ¿por qué no sacas el arpa de la maleta y nos tocas un poco de música?
  • Nos iría bien —confirmó Scarlya—. Necesito evadirme.
  • Y tal vez, si nos quedamos esta noche aquí, mañana podamos hablar con Leonard, si es que se arrepiente y viene a pedirnos perdón —musité esperanzada.
  • No lo creo, pero no pierdas la esperanza —se rió Scarlya con cariño.
Así pues, gracias a la voz del arpa y las melodías que brotaron de mis manos, aquella amarga noche se impregnó de dulzura; sin embargo, todas las trovas que rompieron el silencio estuvieron cargadas de melancolía y tristeza. Mientras la música sonaba, la noche se tornaba cada vez más oscura, tanto en la naturaleza como en mi alma. Las palabras que se habían pronunciado aquella noche se mezclaban con la hermosura de mis canciones y de mis versos; no obstante, mi corazón estaba envuelto en amor y paz, pues constantemente los ojos de Eros me transmitían vida, luz y serenidad. Junto a él parecía que la vida no fuese punzante.