lunes, 16 de junio de 2014

UN AMOR DESLUMBRANTE



El tiempo se había desvanecido. Su paso se había detenido en aquel mágico instante en el que mi alma se había unido a la de un ser completamente puro que me abrazaba y me besaba como si solamente pudiese encontrar en mis besos el aliento de su vida, como si en mi cuerpo se hallase la continuación de su destino. Me había olvidado del pasado, del presente (si es que aún quedaba presente en mi hado) y sobre todo del futuro. No concebía más mundo más allá de los brazos de Rauth, no creía en ningún firmamento salvo el de sus ojos, no existían para mí otros lares que pudiesen protegerme más que sus brazos. Él se había convertido en el único suspiro de mi vida.
Mas sabía que el tiempo sí transcurría, aunque lo hiciese muy lejos de nuestra realidad. Quedaba en mi turbada razón un pequeñito ápice de consciencia que me advertía de que mi pasado no había quedado definitivamente atrás, que me recordaba delicadamente que en mi vida existía alguien que siempre me aguardaría y que se entristecería indeciblemente si me descubría tan fundida con Rauth en un abrazo que nos había convertido en un solo ser. Así pues, a pesar de que no deseaba hacerlo, me retiré de los labios de Rauth con pereza y lentitud. Rauth me presionó las mejillas con sus dulces manos pidiéndome así que no me apartase de él, que no interrumpiese aquellos besos que nos habían envuelto en una pura nube de algodón. Su silenciosa petición me paralizó, me hizo preguntarme qué sucedería si Eros regresaba a nuestro lado justo en ese instante. No pude construir la respuesta a aquella pregunta, pues tenía la mente completamente subyugada al amor, al deseo, a la pasión.
—No te separes de mí, por favor, Sinéad. Llevo anhelando tus besos durante tanto tiempo... —musitó muy cerca de mis labios. Su dulce y cálido aliento me infundió vida y fortaleza.
—Rauth, no podemos hacer esto —le advertí quejumbrosa intentando que mi voz sonase firme, pero la dulzura de aquel instante la convirtió en un susurro—. Rauth, no quiero que Eros vuelva y nos descubra...
—Él lo comprenderá, Sinéad, te lo aseguro.
—¿El qué debo comprender? —preguntó una voz a punto de quebrarse—. ¿Cómo pretendéis que entienda esto?
—Eros, hace poco me dijiste que comprenderías... No, sé que no está bien... Yo no quería hacerlo, pero me han controlado unos sentimientos indomables que... —balbuceé sin saber qué decir. Nada me resultaba claro en aquellos momentos. Mi vida estaba convirtiéndose en una maraña de excusas sin sentido—. Eros, necesito que hablemos...
—¡No entiendo nada! —protestó a punto de ponerse a llorar—. Me aseguraste que me amarías solamente a mí dondequiera que te encontrases... ¿Para qué hemos venido aquí, entonces, para que yo presencie cómo otro hombre te hace feliz, cómo construyes junto a él la familia perfecta?
—Tú también puedes crear una familia perfecta, Eros. En este mundo no tienes por qué serle fiel a Sinéad —bromeó Rauth intentando suavizar la mirada de Eros; quien en esos momentos me pareció el ser más indefenso de la Historia—. Eros, en este mundo, los sentimientos cambian y nacen otros pensamientos...
—A mí no me ha sucedido eso —musitó incapaz de mirarnos a los ojos—. En este mundo y en el que sea, yo amo a Sinéad más que a mi propia vida...
—No has conocido a otra heidelf... —propuso Rauth estremecido; aunque percibí que quería disimular su desasosiego.
—He conocido a Alneth y a Aine... Me han parecido hermosas, pero no he sentido nada indebido. Sinéad, no estoy dispuesto a quedarme aquí viendo cómo Rauth y tú sois plenamente felices...
—Eros, espera un momento. No te precipites, cariño.
—No me llames así. Veo clarísimo que en este mundo no me amas... Tus ojos me miran con distancia.
—No es verdad —protesté también estremecida e intimidada.
—¿Qué sientes por mí, entonces?
—Pues... te quiero... pero... el amor que siento por Rauth parece silenciar todas las demás emociones —le contesté sin poder controlar mis palabras. Era como si el amor que le profesaba a Rauth constituyese una nueva voz que no dependía de mis pensamientos—. Lo siento, lo siento con toda mi alma. Yo no sabía que esto sucedería.
—Tú sí lo sabías, ¿verdad, Rauth? —le preguntó desafiante.
—Siempre lo he sabido... Siempre he sabido que el destino de Sinéad y el mío están irrevocablemente unidos.
—Y, sabiéndolo, no te opusiste a que viniésemos aquí. No te importa nada, nada. ¡Eres un egoísta! —le gritó llorando de pronto—. ¡Yo no quiero estar aquí viendo cómo la tocas, la besas...!
—Eros... —susurré con una infinita culpa—. Amor mío, si yo llego a saber que esto sucedería, te aseguro que no habría venido.
—¿Por qué, Sinéad? ¿Acaso no eres feliz a mi lado? —me preguntó Rauth con pena.
—No puedo ser feliz si sé que él sufre... Yo tampoco puedo quedarme aquí.
—No puedes irte —me avisó Rauth nervioso—. Nuestra hija te necesita aquí, en este mundo. Si te marchas, la matarás...
—¡Me dijiste que eras capaz de renunciar a todo esto si así me hacías feliz, Sinéad! ¿Lo recuerdas? —protestó Eros al percibir mi vacilación.
—Lo dije, pero... pero en este mundo no siento lo mismo, Eros...
—¡No, no puede ser! —musitó destrozado.
—Recuerda que en este mundo los sentimientos cambian. Estoy seguro de que, si regresáis a vuestra realidad, ella volverá a amarte sobre todas las cosas, sobre mí, sobre su propia y única hija...
—En este mundo parece como si me doliese todo mucho más. No me gusta esta naturaleza tan brillante, pues siento que me deslumbra; no soporto ver que la abrazas, que la besas, que la acaricias como si ella no fuese de nadie más... ¡No lo soporto! —exclamó llorando desconsoladamente. Percibir su profundo desánimo me destrozó el corazón.
—Eros, cariño, tranquilízate —le pedí acercándome a él y acariciándole los cabellos—. No te preocupes por nada, vida mía. Nos iremos de aquí enseguida.
—¡No, Sinéad! —protestó Rauth con una voz llena de intranquilidad y lástima—. No puedes irte. Espera a que ella nazca. Te aseguro que no le queda mucho tiempo...
—Rauth, lo siento; pero... pero no puedo quedarme —le contesté con un hilo de voz. Cuando pronuncié aquellas palabras, noté que el alma me temblaba por dentro de mí y que una asfixiante emoción me recorría todo el cuerpo, ateriéndome, haciéndome sentir un frío devastador que me llenó los ojos de lágrimas—. No puedo quedarme... Mi vida está en Eros.
—No es verdad. Aquí eso no es verdad —se quejó Rauth sentándose en el suelo, totalmente abatido.
—No te intranquilices por mí, Sinéad —me pidió Eros alzando los ojos y mirándome hondamente—. Si sé que eres feliz, nada me preocupará, absolutamente nada. Quédate aquí el tiempo que creas necesario. Yo siempre te esperaré en nuestro hogar.
—No te vayas, por favor —le supliqué con tristeza.
—No soporto esto, Shiny. Yo no puedo estar aquí.
—Lo entiendo... pero no puedo aceptar que te marches.
—Será lo mejor, Sinéad. Vete tranquilo, Eros. Prometo no tocarla ni acercarme más de lo conveniente a ella si eso te permite sentirte más sereno. Será como si yo no la amase con toda la fuerza de la magia.
—Haced lo que os venga en gana —nos espetó Eros alejándose de nosotros.
—¡Eros, espera! —le pedí corriendo tras él—. Tengo que ayudarte a volver.
—Ten cuidado, Sinéad. Si por error regresas a la otra realidad, nuestra hija morirá —me advirtió Rauth con miedo.
—De acuerdo, Rauth, no temas —le susurré mientras me alejaba de él.
Rauth no nos siguió. Se quedó paralizado en medio de dos grandes árboles, con los ojos fijos en mí, sus rojizos rizos reluciéndole bajo el sol de la tarde. De su mirada se desprendía un miedo y una tristeza que aterieron profundamente mi corazón y anegaron toda mi alma. En esos momentos me mataba de dolor no saber si le había dicho la verdad, si aquélla era la última vez que lo veía, que me hallaba en aquel mágico mundo. Me sentía incapaz de permitir que Eros se marchase solo.
—Sinéad, no quiero que vengas conmigo a nuestro mundo. Tienes que quedarte aquí con Rauth. De momento, éste es tu destino. No puedes matar a la niña que está creciendo por dentro de ti.
—No quiero dejarte solo, amor mío.
—Te esperaré con paciencia y cariño. Perdóname. No me he comportado bien ni contigo ni con Rauth; pero es que me destroza el alma verte entre sus brazos... Prefiero quedarme en nuestra realidad para no sufrir. Me consolará saber que estás bien, que en este mundo nada puede hacerte daño. Si es cierto lo que me dijiste del tiempo, estoy seguro de que tu ausencia no durará ni una semana —intentó reírse, pero la melancolía ensombrecía sus ojos.
—Lamento muchísimo todo esto, Eros —me disculpé a punto de ponerme a llorar.
—No te preocupes por nada. Cría a esa niña y regresa cuando sientas que lo necesitas. No puedo forzar situaciones que no están escritas en nuestro destino. Tienes que quedarte aquí —dijo cerrando con fuerza los ojos—. Y no te arrepientas de haber venido. Si lo hemos hecho, era porque debíamos hacerlo. No le des más vueltas y sé feliz...
—Cuídate mucho, amor mío. Por favor, regresa aquí si sientes que no puedes vivir lejos de esta magia.
—¿Qué debo hacer para volver?
—Tienes que desearlo con fuerza, llenar tu mente y tu cuerpo de ese deseo e imaginarte que te hallas en un lugar conocido, por ejemplo, en nuestro hogar. Si quieres regresar aquí, tendrás que empezar a volar muy raudo por el cielo hasta sentir que las nubes y las estrellas se funden. Entonces anhela volver a esta tierra y la magia te llevará a mi lado.
—De acuerdo —contestó con una seguridad trémula.
—Yo no puedo acompañarte, pero puedo pedirle a algún heidelf que lo haga. Me da miedo que te pierdas en alguna dimensión lejana.
—Eso no sucederá. Confía en mí.
—Confío en ti...
—Hasta pronto, Sinéad.
—Adiós, Eros.
—No, no digas adiós... Di hasta pronto.
—Hasta pronto, cariño.
Entonces un suave y níveo viento comenzó a soplar tenuemente entre las ramas de los árboles, meciendo las hojas, acariciando las flores. De la tierra emergieron unas neblinas que envolvieron a Eros y lo alejaron suavemente de mí. Se distanció de aquella mágica realidad como si volase sobre una brillante nube de algodón. Desapareció mucho antes de lo que yo preveía, sin apenas darme tiempo a despedirme de él una última vez. Cuando se desvaneció, noté que Rauth se acercaba a mí con un paso primoroso, como si temiese despertarme de un dulce sueño. Me giré para mirarlo a los ojos y buscar en su mirada la calma de la que se había desprendido mi corazón. Tal como esperaba, Rauth me observaba con serenidad y muchísimo amor, tanto que en breve sentí que mi alma se llenaba de luz, calidez y vida.
—Irse es lo mejor que podía hacer, Sinéad. Creo que él no está preparado para vivir en esta realidad —me advirtió con suavidad—. Aunque te parezca imposible de creer, no me gusta que se haya marchado. Preferiría que pudiésemos vivir aquí todos, siendo amigos, respetándonos... pero no ha podido ser.
—No es culpa tuya, no es culpa de nadie —musité con mucha pena.
—Y es cierto... Ni siquiera él ha podido controlar esos sentimientos. Aquí parece como si los sentimientos que experimentamos no formasen parte de nuestro cuerpo ni naciesen de nuestra alma. Es como si alguien decidiese por nosotros, como si no tuviésemos la capacidad de pensar independientemente.
—Es cierto.
—Pero no te entristezcas ni te preocupes por él. Desde esta mágica realidad, podemos cuidar de su vida. Yo te he amparado muchas veces... aunque en muchas ocasiones tu destino se ensañaba de tal forma contigo que era imposible resguardarte de las injusticias. Tú puedes hacer lo mismo con Eros. Ven, te llevaré a un lugar mágico que te encantará —me ordenó suavemente mientras me sonreía.
Rauth comenzó a caminar a través de aquella dorada y resplandeciente naturaleza. Dejábamos atrás árboles repletos de hojas y de tronco grueso, casitas de madera emergidas directamente de la tierra en la que se refugiaban algunos heidelfs, cascadas de agua cristalina, ríos caudalosos en los que nadaban peces de colores brillantes... y de pronto nos adentramos en un bosque mucho más espeso y frondoso. Los troncos casi se tocaban, impidiendo así que entre ellos surgiesen sendas claras y bondadosas, y las ramas se enlazaban, compartiendo unas con otras sus hojas como si éstas hubiesen nacido de una misma copa. El cielo apenas se vislumbraba entre aquellas densas ramas, sino que parecía una ilusión, lejana tanto en el tiempo como en el espacio. Se oía el delicado y pausado canto de algunos pájaros que nunca había visto, se respiraba un potente aroma a humedad y a frescor y podía palparse en el aire la cercana presencia del agua. Sin embargo, aunque aquella naturaleza me pareciese imponente e inescrutable, no temí, pues me refugiaba en la seguridad con la que Rauth caminaba a través de aquel tupido bosque.
Al fin, se detuvo enfrente de un declive cuyo fin se escondía entre pequeños y frondosos arbustos, entre árboles que demostraban su antigüedad en la inclinación de sus troncos, en hojas caídas ya hacía demasiados otoños... Rauth me tomó de la mano y comenzó a descender aquella cuesta apenas sin esfuerzo. Noté que mi vaporoso vestido se enredaba en algunas plantas, pero sabía que la naturaleza no me lo desgarraría.
Las hojas de las plantas, los antiguos troncos de los árboles y aquellas hojas olvidadas ya creaban nuestro techo. Entonces reparé en que nos habíamos adentrado en un refugio natural que se asemejaba a una profunda cueva. El follaje que nos protegía del cielo se tornó de pronto en una techumbre hecha de rocas y piedras resplandecientes. Los muros de aquella curiosa cueva estaban decorados con dibujos preciosos que representaban instantes de las diversas estaciones del año: un campo de trigo reinado por el sol, unas viñas rojizas reluciendo bajo una lluvia otoñal, la nieve cubriendo montañas, un lago rodeado de flores primaverales... Todas aquellas imágenes me parecieron tan hermosas que no pude evitar que de mis labios huyese una tierna exclamación de sorpresa y admiración. Jamás había visto algo semejante.
—¿Quién ha pintado todo esto? —le pregunté a Rauth con curiosidad.
—Nadie. Estas imágenes llevan aquí siempre. Existen desde muchísimo antes de que llegásemos nosotros aquí, a esta tierra. Creo que las ha creado Ugvia, la Diosa de la naturaleza, la Hacedora de la vida, de la muerte, de todos nosotros.
—Ugvia... Nunca he oído ese nombre.
—Es nuestra Diosa. Ella te permitirá usar una magia muy hermosa, ya verás. Ven conmigo.
No pregunté nada más, pues mi estupefacción me impedía hablar. Seguí a Rauth con cautela y fascinación hasta que se detuvo enfrente de una salida al exterior; mas entonces percibí que se trataba de un rincón muy especial de aquella cueva donde las piedras permitían que la vegetación de aquel bosque crease el techo de aquel lugar tan misterioso. El aire se adentraba en forma de suspiros frescos y húmedos que removían las aguas de un inhóspito lago cuya presencia había inadvertido completamente. Me quedé boquiabierta cuando me di cuenta de que aquel lago estaba muy cerca de nosotros y estaba rodeado de piedras brillantes y árboles antiquísimos. Rauth se acercó a la orilla y se sentó enfrente de aquellas cristalinas aguas donde se reflejaba hasta el viento. Yo me situé a su lado, arrodillándome en aquella mullida hierba que alfombraba la orilla, y me quedé paralizada observando nuestro reflejo. En aquel sitio, la luz era azulada, grisácea, acogedora y tenue.
—Qué hermoso es este lugar. Me recuerda a un sitio muy especial para mí.
—Lo sé, Sinéad.
—¿Por qué me has traído aquí?
—Este lago es el espejo de la distancia y del tiempo. Puede reflejar hechos que acontecen en otro lugar muy remoto a estas tierras, que acaecieron hace tiempo o que sucederán en un futuro inconcreto. Si lo deseas, puedes cuidar de la vida de Eros desde este rincón, puedes ver qué hace...
—¿De veras?
—Sí. Solamente tienes que permitir que el espíritu de la naturaleza se comunique con tu alma y creer que este lago es lo único que forma el mundo. Para ello, debes estar completamente sola, así que lo mejor será que me marche —me sonrió amorosamente alzándose del suelo.
—Vuelve pronto, por favor.
—Lo haré cuando sienta que lo necesitas.
Entonces Rauth se marchó, dejándome sola en aquel íntimo rincón. Pese a que me sentía todavía un poco triste, estaba serena y emocionada. Me enternecía saber que la naturaleza cumpliría aquellos deseos tan bonitos y conocía qué debía hacer para que mis sentidos se cerrasen al mundo y quedasen solamente conectados al espíritu de los bosques, de la creación...
Nada quedaba en mí, solamente la sensación de hallarme íntimamente sola en aquel lugar. El viento movía suavemente el agua, creando pequeñas y juguetonas olas que difuminaban mi reflejo. Olía a humedad, a lluvia, a tierra húmeda, a vida. La luz que emanaba del remoto cielo hacía brillar mi cálida piel y mis cabellos parecían mucho más nocturnos. Aquel ambiente era propicio para la magia, así que, concentrándome inmensamente en aquel instante, cerrando los ojos, a través de la dulzura que me anegaba el alma, le pedí a la naturaleza que se comunicase conmigo, que me permitiese usar su líquida materia para conocer aquellos hechos que acaecían lejos de mí, en otro lugar, en mi mismo tiempo, pero, sin embargo, en un tiempo distinto. Entonces sentí que el viento se intensificaba, que las aguas se aquietaban y que todo se quedaba en silencio. Temerosa, abrí los ojos y los hundí en aquel  lago de aguas cristalinas y nítidas. Lo primero que advertí fue que se habían quedado irrevocablemente paralizadas, como si nunca hubiesen albergado vida. El fondo de aquel lago se había desvanecido o, más bien, se había convertido en un suelo intangible que fulguraba como si en realidad fuese el firmamento donde duermen las estrellas. Supe, de inmediato, que aquellos colores tan destellantes serían los que me permitirían vislumbrar aquellos momentos que anhelaba presenciar.
Lo primero que deseé fue comprobar si Eros había alcanzado el mundo de la realidad, si ya se hallaba en nuestro hogar. Lo ansié con cuidado, como si temiese que aquel anhelo quebrase el vínculo que se había establecido entre la naturaleza y yo. Entonces, suavemente, el fondo del lago comenzó a mudar de colores, de brillo, incluso de forma. Parecía que el agua se había desvanecido y que mi entorno se había diluido en la silenciosa magia de aquel lugar. Enseguida, como si en verdad me encontrase en el mismo rincón del mundo donde aquello sucedía, vi cómo Eros estaba sentado en el sofá de nuestro salón junto a Scarlya. Estaban hablando y, sin poder evitarlo, quise escuchar plenamente las palabras que se dirigían. En breve, la naturaleza volvió a suspirar y su viento me portó el sonido de sus voces; el que, sin embargo, parecía emanar del agua:
—Yo no estoy dispuesta a perdonar a Leonard mientras siga empecinado en que vivamos apartados de la realidad.
—Yo tampoco quiero separarme de la ciudad.
—¿Y qué pasa con Sinéad? ¿Todavía no me has dicho dónde está? Es muy extraño que os marchaseis juntos y que hayas vuelto solo.
—Te lo diré, pero prométeme que no se lo contarás a nadie y que no dudarás de mis palabras.
—Te lo prometo, Eros —le aseguró tomando con fuerza sus manos.
—Sinéad está en una dimensión mágica donde se ha reencontrado con Arthur, donde no tienen este cuerpo vampírico, sino otro muy distinto y curioso, pero con su misma apariencia. Tienen orejitas puntiagudas que les emergen de entre los cabellos y alitas vaporosas.
—¿Cómo? —se rió estridentemente, aunque con inocencia—. ¿Qué te has tomado, Eros?
—Scarlya, te he pedido que me creas. Es cierto. En ese mundo, puedes ver el sol, puedes comer y beber lo que te dé la real gana y puedes quedarte embarazada. Sinéad lo está.
—Que está, ¿qué?
—Está embarazada de Rauth. Van a tener una hija —le comunicó apartando sus ojos de la inquisidora mirada de Scarlya.
—¿Arthur y Sinéad van a tener un hijo en otro mundo? —le preguntó repentinamente seria.
—Así es.
—¿Cómo has permitido que...?
—Yo no pude evitarlo, pues Sinéad ha acudido a ese mundo sin mí en varias ocasiones.
—Te ha puesto unos cuernos como catedrales de grandes —apuntó con sorna.
—No es verdad. En ese mundo se sienten cosas distintas, no se tienen las mismas preferencias.
—Bah, pamplinas, Eros. Eso es la excusa perfecta para estar con Arthur, a quien, estoy segura, nunca ha dejado de amar. Se disfrazan de hadas para hacerte creer que son otro ser.
—No, Scarlya, yo lo he visto con mis propios ojos, yo también me he convertido en una criatura de esas. He estado allí, he visto el sol y me he comido un melocotón.
—¿Ah, sí? —le cuestionó riéndose casi sin poder hablar.
—De veras, Scarlya.
—¿Y te has ido de ese mundo? ¿Cómo es posible que los hayas dejado ahí solos, Eros? —lo interrogó desafiante—. Te engañarán como locos ahora.
—Rauth, que así se llama Arthur en ese mundo, me ha prometido que no la tocará... y, además, no soportaba ver que estaban tan juntos...
—Eso es una contradicción. ¿Por qué no te has quedado? Si se supone que no la tocará...
—No lo sé, Scarlya. Me he puesto muy nervioso en ese mundo. No me gustaba. Estaba incómodo... Tanta naturaleza, tanto sol, tanta fruta... todo eso me abrumaba. Creo que no puedo vivir bajo el sol —se rió incómodo.
—Ya, te entiendo. Bueno, déjala que críe a su hijita. Ya volverá. Te prometo que no te sentirás solo en ningún instante. Creo que no existe mejor momento para estar juntos... disfrutando de la vida —le indicó mientras, inesperadamente, lo abrazaba y se apoyaba en su pecho.
—Yo no puedo sentirme libre sin mi Shiny. No me preocupo por ella, pues sé que en ese mundo está protegida, mucho más protegida que en cualquier otra parte; pero me pregunto qué sucederá conmigo cuando llegue el momento de dormir sin ella, cómo voy a despertarme sabiendo que sus ojos no serán lo primero que vea al despertarme.
—Te entiendo. A mí también me cuesta vivir y dormir sin Leonard; pero...
—Deberías hablar con él, Scarlya.
—Estos días que hemos pasado separados me han servido para pensar mucho en lo que deseo para mí. Quiero mucho a Leonard, pero quizá... quizá no sea el hombre de mi vida. Está demasiado atascado en el pasado. Antes, no me importaba que nos mantuviésemos distanciados de la realidad y de la sociedad. Pensaba que me bastaba con estar a su lado... pero ahora no es así. Creo que el amor que sentía por él está empezando a mermar... Aspiro a ser algo más que la mujer de un vampiro solitario y huraño que solamente piensa en protegerse de amenazas que ni existen.
—Lo que estás diciendo es muy duro, Scarlya.
—Lo sé; pero necesitaba confesarle a alguien todo lo que pienso. Me siento muy joven a su lado, Eros.
—Pero el amor rompe todas esas fronteras... Si en realidad sientes eso, es porque has dejado de amarlo. Qué lástima. Después de todo lo que él hizo por ti, después de todo lo que luchó por encontrarte y curarte... pero la vida es inescrutable. No sabemos lo que puede ocurrir con el paso del tiempo.
—Y de veras que lamento muchísimo que esté sucediéndome esto, Eros —le confesó con una voz trémula y susurrante—. Yo pensaba que Leonard y yo estaríamos siempre juntos, para el resto de la eternidad, pero no ha sido así.
—No le des más vueltas, Scarlya. Las cosas siempre pasan por algo, por muy dolorosas que sean. Aunque nos parezcan horribles, siempre acaban enseñándonos algo. Es posible que te merezcas algo mejor... un poco más de vida. Ven, vayamos afuera y demos un paseo. Me apetece sentir la noche.
—De acuerdo.
Entonces vi cómo se levantaban del sofá y se dirigían hacia el balcón. Vi perfectamente las luces de la ciudad como si yo misma estuviese asomada a esa barandilla, atisbé a lo lejos la imponente silueta de las montañas y la frondosidad del bosque de Wensuland. La noche desplegaba su oscuro manto sobre aquel paisaje primaveral acariciado ya por los estridentes empieces del verano. Incluso me pareció posible aspirar la fragancia a madrugada, a humedad, a calor.
Scarlya y Eros permanecieron asomados a la barandilla durante un tiempo inconcreto. Al fin, inesperadamente, Scarlya miró sonriente a Eros mientras se impulsaba hacia el vacío, lanzándose a los brazos de la noche. La caída meció sus largos y castaños cabellos, las luces de las farolas y de las remotas estrellas se reflejaron en su piel y en sus ojos brilló la libertad. Eros la siguió esbozando en sus apetecibles labios una perfecta sonrisa que desvelaba que él también se sentía liberado. Entonces, ya no quise ver más. Deslicé suavemente mi mano diestra sobre las aguas, como si éstas fuesen páginas de un libro, y así aquellas hermosas imágenes desaparecieron.
                Todo se quedó en silencio, hasta por dentro de mí. No pensaba nada, no sentía nada... o, más bien, no quería sentir. Algo, parecido a una advertencia punzante, intentaba gritar por dentro de mí; pero mi silencio acallaba cualquier pensamiento que quisiese emanar de mi mente. Prefería no experimentar ni una sola sensación derivada de todo lo que había visto; pero mi alma no era ajena a mis sentimientos, esos sentimientos que nacían en lo más profundo de su extensión. No podía negarlo... En mi interior latían el desconcierto, un extraño miedo, una inmensa melancolía y la incertidumbre del futuro, de mi presente, de mi pasado.
Cuando creí que aquellos sentimientos desharían inevitablemente el silencio que yo deseaba imponer a mis sentimientos, oí un rumor muy quedo y delicado que acabó  convirtiéndose en unos pasos suaves. Al instante, Rauth se sentó a mi lado y me miró cautelosa y tiernamente. Ya había caído la noche... o, más bien, ya había empezado un nuevo día. Me pregunté adónde se habían marchado las horas; pero enseguida recordé que el tiempo transcurría de forma distinta en aquella tierra.
—¿Cómo ha ido? —me preguntó Rauth con amor.
—He visto muchas cosas...
—No es necesario que me las digas. Las veo en tu mente.
—Se me olvida que estamos tan conectados.
—No debes estar tan triste, Sinéad —me advirtió con cuidado mientras me abrazaba suavemente—. Nuestra hija sentirá tu lástima y puede contagiarse de ella.
—Lo siento.
—Perdóname. Debería dejarte marchar, pero te aseguro que eso ya no depende de mí... No me gusta tenerte aquí a la fuerza.
—No me tienes a la fuerza.
—Sí... Quieres irte. Lo leo en tus ojos, en tus gestos...
—No quiero pensar en eso. Cuando estoy a tu lado, creo que no existe la tristeza y que esta tierra es mi único hogar. La noche es tan bella aquí que es imposible pensar que la vida puede ser injusta y oscura.
—Ahora ya está amaneciendo, Sinéad. Has permanecido bastantes horas observando las imágenes del otro mundo. Deberíamos descansar.
—¿Adónde iremos, Rauth? —le pregunté revolviendo sus rojizos rizos.
—Si quieres, podemos quedarnos a dormir aquí, entre estos árboles, teniendo la mullida hierba como lecho... o también podemos irnos a mi hogar.
—Prefiero quedarme aquí contigo, Rauth —le contesté con una voz muy tierna mientras me abrazaba más cariñosa y fuertemente a él—. Perdóname, Rauth. En ningún momento quería que te sintieses triste ni incómodo. No quiero que pienses que no estoy bien aquí contigo... Lo que siento cuando estoy a tu lado no puede ser descrito con palabras. Es mucho más que amor, que pasión... Es simplemente la vida.
—Gracias, Sinéad —me contestó agachando los ojos, avergonzado.
—Has hecho una promesa injusta, amor.
—No haré nada que no quieras...
—El problema es que sí quiero... En este mundo tú y yo tenemos que estar juntos. Necesito sentir que me amas... Le vendrá bien a nuestra hijita —me reí revoltosa mientras lo impulsaba hacia mí—. Bésame, abrázame, ámame, Rauth... Fundámonos en un solo ser, aquí, junto a las aguas, bajo el ameno cielo del alba...
Difícilmente podía creer que había otro mundo, que existían otros caminos, otros fulgores, otras respiraciones u otros pensamientos y sentimientos que no fuesen los que nacían de nuestras almas; dos almas en una sola, dos corazones latiendo a un mismo ritmo, al son de una dulce melodía que se mezclaba con el sonar del agua. Noté que la naturaleza entera se cubría de amor, que el amor emanaba de los troncos de los árboles, del agua, de la tierra... y todo fue paz, harmonía, vida, luz. Entre sus brazos me olvidé de las lágrimas y el temor y, entre sus brazos, en su cuerpo, en sus ojos, hallé otro hogar, un hogar fuerte y acogedor que nunca se derrumbaría.


 

viernes, 13 de junio de 2014

LA DESPEDIDA


LA DESPEDIDA

No necesitábamos equipaje para el próximo viaje que debíamos emprender. Todos los objetos conocidos en nuestro mundo eran innecesarios en aquella tierra donde la magia creaba nuestras pertenencias. Me sentía triste al abandonar en aquella alcoba todo lo que había sido nuestro, pues no sabía cuándo volvería a reencontrarme con aquellos vestidos, aquellos libros, aquellos instrumentos musicales; pero era consciente de que en aquellos lares de ensueño no precisaría de nada de aquello. Cualquier vestido, libro o instrumento que requiriese para adornar mi vida serían ofrecidos por la misma magia, por la imaginación unida a la fantasía.
Estábamos a punto de partir llevando como equipaje la ilusión y el miedo más tiernos. No sabía qué sucedería a partir de entonces y aquello me detenía. Eros y yo mirábamos embelesados y en silencio cómo el amanecer cubría la ciudad. Aquella noche, en la que había vivido unos cuantos momentos con Wen, había sido muy especial y parecía querer despedirse de nosotros con destellos deslumbrantes que teñían de colores hermosos todos los rincones de nuestro hogar. Las montañas y los árboles del mágico bosque en el que ya nos habíamos adentrado infinidad de veces buscando la magia se recortaban en el cielo, creando un horizonte entre el alba y la noche. Era un paisaje tan bello que me creía incapaz de separarme de allí; pero sabía que seguiría resplandeciendo en mis ojos dondequiera que fuese.
—Tenemos que irnos ya —le dije a Eros con una voz susurrante. Temía despertar los sentimientos que se habían encerrado en mi alma—. No quiero irme; pero no podemos permitir que se nos haga más tarde.
—Lo sé, Shiny, pero me da miedo irme de aquí. No sé cuándo volveremos y eso me detiene. Ya nos hemos despedido de Scarlya, pero siento que nos marchamos dejando las cosas a medias en este mundo.
—Tal vez tengas razón, cariño; pero...
Era tarde; pero no podíamos separarnos de la ventana. Había algo que tiraba por dentro de mí; asfixiándome, haciéndome entender que todavía no podíamos marcharnos. Entonces, repentinamente comprendí que se trataba del lazo que nos unía a Leonard y a mí. Susurraba vagamente por dentro de mí, como si le diese miedo asustarme; pero su voz era estridente e ineludible. Notar que Leonard me llamaba tímidamente a través de la distancia me hizo sentir ganas de llorar, pero las retuve en un intento de ser valiente. Sin embargo, no podía negar que anhelaba con una fuerza incalculable reencontrarme con Leonard para que hablásemos sobre lo ocurrido e intentar conseguir un perdón desde lo más profundo de su alma.
—Siento que Leonard me llama —le confesé a Eros con otro susurro—. Me creo incapaz de no contestarle...
—Tú verás lo que haces, Shiny; pero yo no tengo ganas de verlo —me respondió con cautela.
Sin embargo, no me dio tiempo a decirle nada, pues de repente el timbre de nuestro hogar sonó estridentemente, interrumpiendo el silencio del amanecer. Me sobresalté cuando me planteé la posibilidad de que tras la puerta aguardase Leonard y que se hubiese arriesgado a venir cuando la noche estaba convirtiéndose en día. En silencio y con rapidez, me dirigí hacia la puerta y la abrí temerosa y extrañada. Tal como había previsto, Leonard estaba enfrente de mí, mirándome casi sin mirada. Adiviné que la vergüenza creaba todos sus gestos y sentimientos. Sus ojos aparecían apagados y llenos de remordimientos.
—Buenos días, padre. No deberías haber venido cuando está amaneciendo —le advertí con temor y delicadeza. Verlo tan indefenso me destrozó el corazón.
—Por favor, déjame pasar, Sinéad —me pidió con una voz susurrante.
No me opuse. Me retiré de la puerta y le permití adentrarse en nuestro hogar. Leonard se dirigió hacia el salón y, sin decir nada, se sentó en el sofá. Aún no me había mirado profundamente a los ojos y se mantenía con la cabeza agachada y con las manos sobre su regazo. Sintiéndome culpable y conmovida, me acerqué a él y me senté a su lado. Eros todavía permanecía perdiendo los ojos por el paisaje del amanecer, incapaz de mirar a Leonard.
—Sé que os vais  —nos anunció con una voz temblorosa y llena de indecisión—. Llevo desde que discutimos sin poder dormir bien y las noches son un infierno para mí. No dejo de pensar en todo lo que sucedió y soy incapaz de vivir con este tormento. Quisiera pediros perdón por todo lo que os dije, por lo mal que me comporté... No sé lo que me ocurrió, Sinéad, Eros... De pronto dejé de ser yo y me convertí en un imbécil que no pensaba lo que afirmaba ni en el significado de las acusaciones que lanzaba. Fui muy injusto contigo, Eros. Por favor, perdóname —le pidió levantándose lentamente y dirigiéndose hacia él. Me di cuenta de que sus movimientos estaban cargados de languidez y pesadez—. Nada de lo que te dije es cierto. Siempre te he agradecido hondamente que hagas tan feliz a Sinéad.
—No es necesario que te disculpes, Leonard. Sé que lo que me dijiste aquella noche es lo que verdaderamente piensas de mí. Prefiero que lo dejemos todo tal cual está ahora. Si tenemos que hablar, no lo impediré; pero preferiría que no volvieses a dirigirte a mí si no es plenamente necesario. Saber que estás tan en desacuerdo con mi forma de interpretar la vida no me importa. Sólo me duele que me acuses de cosas que jamás sería capaz de hacer. No importa. Te perdono, pero tampoco confiaré en ti plenamente. Teniendo la aprobación y el cariño de Sinéad en realidad ya me basta.
Eros estaba profundamente nervioso. Yo se lo notaba en su forma de hablar (lo hacía como si el tiempo de su vida estuviese a punto de agotarse), en las palabras que pronunciaba y en la mirada que se había posado en sus ojos. Me alcé de donde estaba sentada y me situé a su lado para tomarlo de la mano. Lo vi indefenso ante la poderosa mirada de Leonard; la que estaba impregnada de melancolía, tristeza, arrepentimiento y vergüenza; pero, sin embargo, se trataba de una mirada que intimidaba, que parecía poder apagar el amanecer en cualquier momento. Eros me presionó la mano cuando me sintió a su lado y cerró los ojos con fuerza.
—Al menos podríamos hacer un esfuerzo por Sinéad. Ella quiere que todo esté bien en su vida —le advirtió Leonard con una voz carente de sentimientos. Pareció tan gélido de repente...
—Por Sinéad sería capaz de hacer cualquier cosa, hasta me abrazaría al alba si ella me lo pidiese —afirmó él con amor—; pero... creo que no será necesario que hagamos ahora un esfuerzo. Nos marchamos.
—Sinéad, no te vayas, por favor —me suplicó Leonard con tristeza—. Te necesito, hija mía. Tienes que ayudarme a conseguir que Scarlya me perdone.
—Ella no tiene la obligación de ayudarte —opuso Eros con rencor—. Si Scarlya se ha enfadado contigo, es solamente culpa tuya. Tienes que ser tú quien consiga que te perdone.
—¿Dónde está? —preguntó Leonard como si las palabras de Eros no hubiesen existido.
—No lo sabemos —le contesté con firmeza y cariño a la vez. Notar que Leonard también estaba tan nervioso me hacía sentir desvalida—. Lo mejor será que nos tranquilicemos. Puedes venir a buscarla cuando quieras. Nosotros nos marcharemos para no volver en un tiempo inconcreto; pero no te preocupes, Leonard. Estaremos en un lugar seguro.
—...en un lugar donde no nos ocurrirá nada malo, donde nada nos hará daño —se apresuró a aclarar Eros. Parecía como si temiese que yo pudiese desvelarle a Leonard hacia donde nos dirigíamos.
—Cierto.
—De acuerdo. Entonces no os retengo más. Partid y volved cuando verdaderamente lo necesitéis; pero, por favor, no os vayáis sin entregarme un perdón, al menos tú, Sinéad. Eres lo más importante de mi vida, cariño. Eres lo que más quiero, lo que más he querido y querré en la Historia. Saber que aún estás ofendida conmigo apaga todas las estrellas que brillan en el firmamento, hace que la noche se vuelva mucho más oscura que nunca y desvanece la luz de mi vida. Por favor, Sinéad, perdóname. Sé que no me comporté bien, que dije cosas injustas y horribles; pero te aseguro que me arrepiento profundamente de haberlo hecho —casi lloraba—. Sinéad, soy incapaz de vivir sin ti, hija mía... pero solamente podré aceptar tu marcha si me perdonas... si me aseguras que todo está bien.
—Leonard, Leonard... —suspiré de tristeza al ver que se desmoronaba. No pude evitar acercarme a él para abrazarlo con todo mi cariño—. Tranquilízate, padre. Todo está bien.
—Gracias, Sinéad, gracias. Solamente deseo que seas feliz y que no te ocurra nada malo. Saber que puedes estar en peligro me descontrola. Ya me conoces. Sabes que he hecho barbaridades horribles para protegerte, cariño. Soy capaz de hacer cualquier cosa por ti.
—Sí, es cierto; pero, por favor, no temas por mí. Junto a Eros es imposible que me sienta desprotegida. Él me cuida con toda su vida...
—Lo sé. Perdóname.
—Olvidémoslo todo y, por favor, intenta vivir con Scarlya en algún lugar donde podáis ser los dos felices. Ella necesita habitar en otro rincón del mundo donde pueda sentirse atada a la vida —le recomendé mientras lo presionaba contra mí entregándole un perdón convertido en el abrazo más cariñoso que le daba en mucho tiempo—. Sed felices, por favor.
—De acuerdo. Hablaré con ella.  Sinéad, prométeme que me asegurarás que estás bien a través del lazo que nos une...
—No sé si podré hacerlo, Leonard —me excusé nerviosa.
—¿Por qué?
—Al lugar donde partimos no existe esa posibilidad; pero, por favor, no me preguntes nada más. No puedo explicártelo. Te aseguro que lo haré cuando regresemos... Debo estar segura de que todo saldrá bien.
—Sinéad, no me hagas pensar cosas raras.
—No es nada malo, te lo aseguro. Confía en mí. Volveremos a vernos muy pronto... Es necesario que nos marchemos hacia ese lugar... Alguien me necesita —dije pensando en el hijo que Rauth y yo tendríamos—. Te quiero mucho, padre, no lo olvides nunca.
—Y yo a ti, Sinéad. Gracias, una vez más, por tu indulgencia.
No fui capaz de decirle nada más. La emoción más tierna me oprimía la garganta. Eros se mantenía en silencio a nuestro lado, mirándonos con felicidad, satisfacción y alivio. Leonard se marchó de nuestro hogar como si le diese miedo abandonarnos, como si en aquel lugar hubiese un sinfín de amenazas, y cuando se fue el silencio que nos rodeaba se hizo mucho más profundo.
—Perdóname —me pidió Eros de pronto.
—¿Por qué? —le pregunté con amor.
—Por no haber podido perdonar a Leonard con todo mi corazón; pero es que lo que me dijo me dolió muchísimo, Shiny —me declaró avergonzado.
—Sé que has intentado hacerlo y eso me basta. Eros...
—Me alegro de que tú sí hayas podido perdonarlo.
—Gracias, amor mío.
—Deberíamos irnos ya, cariño —me avisó amorosamente mientras me abrazaba—. Vamos, llévame hacia el mundo de la magia.
—Antes... me gustaría coger mi amada arpa —me reí vergonzosa.
—No puedes, Shiny. ¿Cómo nos llevarás a los dos al mismo tiempo?
—No te preocupes por eso. Espérame aquí.
—Puede estropearse, Sinéad. No sabemos qué ocurre con los objetos que pasan de una dimensión a otra.
—Sabes que no sucede nada malo, Eros... Lo sabes perfectamente, amor mío —le recordé muy tiernamente. Ya tenía entre mis brazos a mi amada arpa—. Sólo necesito que nos abraces a las dos. MI arpa también es mágica, recuérdalo, vida mía...
—Es cierto —se rió con amor.
Entonces, cerrando los ojos, Eros se abrazó a mí, sosteniendo también con sus brazos aquel  instrumento que nos permitiría viajar hacia la dimensión de la magia. Saltamos juntos por la ventana, aferrándonos los dos a aquella rojiza madera, dejando que el amanecer nos rodease, y bajo aquella plateada alba empezamos a volar a través del cielo hacia el mundo de la imaginación y los sueños.
Sentíamos cómo el aire mecía nuestros cabellos, cómo las últimas estrellas de la noche, las que el alba apagaba, nos recibían creando la puerta hacia aquella mágica realidad. No abrimos los ojos en ningún momento, sino que permanecimos asidos al arpa, teniendo en nuestro corazón toda la ilusión que la vida podía ofrecernos, hasta que notamos que el aire que nos acariciaba se tornaba un silencio profundo y oscuro. Entonces sí abrí los ojos, sobre todo porque sabía que lo que nos rodeaba era el portal hacia ese mundo donde empezaríamos a ser felices sin que nadie interrumpiese nuestra dicha.
—No tengas miedo —le pedí a Eros con un susurro—. Confía en mí.
—Ya lo hago —me aseguró tiernamente.
Entonces, anegué mi alma en el anhelo de convertir aquella fría oscuridad en los parajes más resplandecientes de la Historia, en campos sin fin donde las flores alfombraban la tierra y los árboles sostenían el cielo azul del día, donde los cristalinos ríos discurrían entre rocas y plantas relucientes nacidas hacía ya demasiados siglos. Y así noté cómo mi entorno mudaba de color, de forma, de temperatura. Cuando advertí que nuestro alrededor comenzaba a metamorfosearse, cerré nuevamente los ojos y permití que nuestro cuerpo se uniese a aquella transformación. La magia nos arrastró hacia otra vida, otro cuerpo, otro instante. Percibí que mi cuerpo se encogía, que de mi espalda volvían a nacer aquellas etéreas alitas y que de entre mis cabellos nacían unas orejitas muy tiernas y hermosas que me permitieron apreciar los primeros susurros de ese mundo donde se iniciaba nuestra nueva vida.
—Shiny, Shiny —protestó Eros asustado.
—No temas, amor mío.
—Me siento extraño.
Su voz sonaba lejana, como si hablase en sueños; pero de repente noté que sus palabras construían nuestro nuevo presente. Percibí que me hallaba tendida en la hierba y sobre las flores más tiernas. Abrí lentamente los ojos y entonces descubrí que me cubría el azulado cielo de la tarde; por el que se deslizaban unas nubes esponjosas que se reflejaban en los ríos. Eros estaba a mi lado, aún aferrado al arpa, y me miraba temeroso e inquieto; pero, en cuanto se apercibió de que todo lo que nos rodeaba era brillante y ameno, sonrió cálidamente, haciéndome entender que hacía muchísimo tiempo que no se sentía tan templado y calmado.
—¡Eros! —Me reí con amor—. ¡Qué gracioso estás!
—Shiny, no te rías de mí —se rió amorosamente agachando la cabeza—. Tú también estás preciosa.
—Mira, Eros, podemos vagar bajo el sol sin que su luz nos haga daño —le indiqué tomándolo de la mano y alzándome del suelo.
—Sí, es verdad. Aquí también es posible ver el sol —susurró mirando el cielo.
—Huy, me siento extraña —observé de pronto.
—Tienes la barriga un poco hinchada —indicó acercando su mano diestra a mi barriga y posándola allí con amor—. Shiny...
—Es cierto... Además, siento que mi alma no está sola en mi cuerpo, que hay alguien más que quiere comunicarse conmigo mediante pensamientos que no contienen palabras. Ay, Eros... estoy embarazada —me reí a la vez que empezaba a llorar.
—Pues está bastante crecidito, entonces —se rió cariñosamente—. Yo pensaba que todavía no se te notaría.
—Es que el tiempo aquí fluye más rápido —recordé con amor—. Lo que allí es un minuto aquí es un día...
—Qué extraño. Normalmente suele ocurrir al revés; que el tiempo pasa mucho más rápido en el mundo de la magia. ¿Recuerdas lo que sucede en el mundo de las hadas? Un día allí son años en la tierra de la realidad.
—Aquí es distinto —corroboré con ternura.
—¿Y dónde están los demás?
—No lo sé... pero busquémoslos. Seguro que...
Mas no fue necesario que comenzásemos a caminar en busca de los demás heidelfs. Enseguida oí que alguien se movía cerca de nosotros. Cuando busqué con mis ojos el propietario de esos pasos, me encontré con la dulce y serena mirada de Rauth. Me sonreía con felicidad y muchísimo amor. Entonces, inesperadamente, noté que mi alma se encogía por dentro de mí y que mi alrededor se difuminaba para que todo mi mundo se concentrase en sus ojos. Experimenté un sentimiento tan potente y devastador que me creí incapaz de actuar con serenidad. El amor que sentía por él era mucho más fuerte en ese mundo, en el mundo de la magia, y parecía como si en mi corazón no pudiese caber otro sentimiento. Anhelé lanzarme a sus brazos para besarlo y abrazarlo con todo mi amor; pero me contuve. Sabía que no estábamos solos... algo que, de repente, lamenté con toda mi alma sin poder evitarlo.
—Sinéad —me saludó Rauth con una voz muy dulce. Parecía que hubiese interpretado mi mirada—. Me alegro muchísimo de verte, Sinéad...
—Y yo también me alegro de verte, Rauth —le correspondí con una voz a punto de ser quebrada por un importuno llanto—. Mira, él es Eros —se lo presenté fingiendo una sonrisa cargada de una serenidad que no experimentaba.
—Ya lo conocía, Sinéad... Encantado de volver a verte, Eros.
—¿Me conocías? —le preguntó Eros con extrañeza mientras le tomaba la mano.

—Conozco todo el mundo de Sinéad.
—Ah, de acuerdo.
—Bienvenidos a Lainaya; tierra de sueños... Espero que podáis ser felices aquí.
—Lo seremos...
«Lo seremos si tú estás cerca de nosotros, Rauth», pensé sin poder evitarlo. No poder controlar mi mente me desanimó mucho. Mis sentimientos y mis pensamientos parecían haber adquirido una voz aparte de mi razón y habitar en un cuerpo que no era el mío.
—¿Ya has notado a nuestra hijita, Sinéad? —me preguntó Rauth con amor.
—¿Es una niña? —cuestioné con emoción.
—Sí, es una niña; una niña hermosa que ya te quiere con locura... pues tu alma la alimenta siempre, aunque te halles lejos de nosotros.
—Sí... la siento por dentro de mí —sonreí encantada acariciándome la barriguita—. Me la imagino hermosa...
—Creo que será una mezcla de los dos... Me lo ha dicho la naturaleza.
—Sí, entonces será hermosa —intervino Eros. Saber que estaba observando aquel momento tan íntimo me hizo sentir avergonzada y culpable—. Si no os importa, me apetece darme un paseo por este mundo bajo la luz del sol...
—No te vayas muy lejos. Tengo que mostraros dónde viviréis —lo avisó Rauth.
—De acuerdo. Vuelvo enseguida. Nos vemos aquí.
Cuando se fue, perdiéndose tras los gruesos y antiguos troncos de los árboles, noté cómo mi alma se desprendía de una coraza que había encerrado mis sentimientos. Miré a Rauth casi sin poder controlar la fuerza de mi mirada y entonces él me sonrió con tanto amor que creí derretirme. Ninguno de los dos pudo prever el vigor del amor que irradiaban nuestros ojos.
—No me siento bien —le confesé a Rauth cerrando los ojos—. Noto como si no pudiese controlar mis sentimientos, como si mis pensamientos y mi alma se hubiesen independizado de mi razón. Me da miedo estar aquí, junto a los dos. No sé a quién debo corresponder y me aterra poder herir a Eros.
—Él acabará comprendiendo que en este mundo tú eres más mía que suya, más de la naturaleza de este lugar que de la que habéis abandonado. Se ha ido porque ha sentido por dentro de él que este momento era solamente nuestro... Él sabe que yo soy tan tuyo como tu alma lo es de ti.
—No quiero hacerle daño, Rauth. Lo amo con toda mi alma...
—Pero en este mundo me amas más a mí, Sinéad, así como en el otro amas más a Eros... —me indicó acercándose más a mí, tomándome de la cabeza con sus temblorosas y cálidas manos y mirándome hondamente a los ojos—. Amada mía, no temas por nada. La magia deshará el dolor...
No me retiré de sus labios cuando preví que se unirían a los míos. Permití que Rauth me besase con toda su pasión, su amor, su vida... y yo respondí a sus besos como si hasta entonces me hubiese faltado el aire; olvidándome de que existía otro mundo, otra realidad, otros sentimientos. Me aferré a su cuerpo cuando percibí que su pasión estaba deshaciendo mi equilibrio y no impedí que con sus brazos me impulsase hacia su cuerpo, en el que me refugié como si nunca me hubiese sentido protegida. Y entonces todo desapareció, todo, todo... hasta el rastro de mis recuerdos.