viernes, 15 de mayo de 2015

REGRESANDO A LAINAYA - 01. LA VOZ DE UNA ESTRELLA


REGRESANDO A LAINAYA
01
LA VOZ DE UNA ESTRELLA
Había olvidado lo bella que era la primavera. Había olvidado el resplandor de todos los matices que tiñen la naturaleza cuando el invierno va convirtiéndose en templanza. Había olvidado cuánto relucía la voz de la noche cuando la nieve se había derretido tornándose ríos impetuosos. Al volver a ese presente que habíamos dejado suspendido en el pasado, recordé cuánto amaba presenciar el renacimiento de la misma naturaleza. En Muirgéin, apenas fulguraba la primavera, pues las noches de aquella virgen naturaleza estaban anegadas en lluvia, en truenos poderosos que silenciaban su mágica voz y en rayos que incendiaban un cielo eternamente cubierto de nubes espesísimas que parecían albergar toda el agua de la Historia. En Muirgéin me había olvidado de cuánto puede brillar la noche, de cuánto pueden destellar las estrellas desde el lejano firmamento.
La primavera parecía chillar en los bosques que rodeaban la ciudad donde Eros y yo llevábamos viviendo desde hacía al menos dos años. Me sobrevino una inmensa sensación de felicidad cuando permití que el hechizo de aquella frondosa naturaleza me asiese del alma y me hiciese ensoñar maravillosos lugares que solamente existían en mi imaginación. Cuando regresamos a nuestro hogar, me pasé casi toda la noche paseando entre esos árboles milenarios, acercándome a las montañas que rodeaban aquella naturaleza que parecía embrujada. Todavía no me apetecía llamar a mi padre para que me guiase a través de la distancia hacia su nuevo hogar. No obstante, también sentía mucha curiosidad por cómo estaría desempeñándose su nueva vida junto a Scarlya. Cuando pensé en ellos dos, tristemente me acordé de que la última vez que había hablado con Scarlya ella me había confesado que deseaba abandonar a Leonard y la vida en la que habitaba y de que anhelaba dejar atrás nuestro mundo para convertir a Lainaya en su nueva y eterna morada. Al recordar aquellos desalentadores detalles, la sutil alegría que se había adueñado de mi corazón tembló hasta desvanecerse. La pena más nostálgica invadió todo mi ser al plantearme la posibilidad de que ni siquiera en esos momentos Scarlya se hallase junto a Leonard. «A lo mejor Scarlya y Leonard se han separado durante mi ausencia. No creo que puedan ser felices si Scarlya está tan deprimida», pensé con lástima mientras caminaba serenamente entre los árboles.
Mi alma se llenó de dudas, de preguntas cuya respuesta solamente podía ofrecérmela el presente. Así pues, resolví acudir a la nueva morada de mi padre a la noche siguiente, cuando ya hubiese tenido tiempo para reencontrarme con todos los rincones de mi hogar. Necesitaba respirar calmadamente junto a Eros y disfrutar de la soledad de nuestro entrañable pisito.
Durante aquella noche, rememoré todo lo que había sucedido en mi vida antes de que nos marchásemos a Muirgéin. A parte de recordar lo que había acaecido con Scarlya, me acordé de que mi padre se disponía a abandonar el castillo donde habíamos habitado durante tanto tiempo por miedo a que los humanos descubriesen donde vivía. Aquel recuerdo me hizo plantearme la posibilidad de que aquella antiquísima morada se hallase envuelta y anegada en el vacío y en el olvido más absolutos. Me estremecí cuando me imaginé aquel inmenso castillo invadido por la soledad y el silencio más inquebrantables. No podía aceptar que aquel hogar se hubiese llenado de polvo, de sombras y de oscuridad. No podía aceptar que la mano imperturbable e impiadosa del tiempo hubiese destruido todos sus rincones, sus pasillos y sus estancias.
Pensar en todo aquello llenó mi corazón de nostalgia. Intenté serenarme recordando que dentro de poco tendríamos que partir a Lainaya para presenciar la mágica unión de Zelm y Aliad. Fue rememorando aquellas haditas tan entrañables como conseguí calmarme. Así pues, cuando me hallé más sosegada, volví a mi hogar. Justo entonces me apercibí de que la noche estaba convirtiéndose en día. Los primeros suspiros del amanecer llovían suavemente sobre las lejanas montañas y apagaban las estrellas más remotas y frágiles. Cuando llegué a mi hogar, Eros ya me esperaba asomado a la ventana de nuestra alcoba. La tenue luz del alba lo envolvía, haciendo de su presencia la aparición de un ángel. Me quedé paralizada cuando toda su belleza cayó sobre mí y se adentró en lo más profundo de mi alma. Eros me sonreía complacido e ilusionado. Entonces caí en la cuenta de que aquélla era la primera vez que íbamos a dormir en nuestro lecho después de muchos días sin hacerlo. Aquella certeza me reconfortó. Entonces sí sentí que había vuelto a casa...
     Shiny, mira —me pidió tiernamente—. He visto una cosa muy curiosa.
     ¿De qué se trata? —le pregunté situándome a su lado, asomándome también a la ventana.
     Justo cuando has llegado se ha prendido esa estrella de allí, esa estrellita de color azul... ¿La ves? —me cuestionó señalándome con el dedo índice un remoto puntito azul que resplandecía en el grisáceo firmamento del alba—. No estaba antes, Sinéad. Ha empezado a centellear precisamente cuando has entrado en nuestra alcoba.
     Es muy curioso —susurré estremecida.
     Es azul... y muy redondita. Además, si te fijas, tiene destellos amarillentos y otros levemente rojizos.
     Tengo la sensación de que está haciéndose cada vez más grande...
No me dio tiempo a decir nada más. Justo entonces a Eros y a mí nos envolvió una luz muy cálida que nos rozó levemente la piel sin hacernos daño. No pude evitar proferir un tímido chillido de espanto cuando me apercibí de que toda nuestra alcoba se había anegado en un fulgor que destruía cualquier ápice de oscuridad que desease posarse en los rincones. No obstante, aquella impetuosa lluvia de luz duró apenas un instante. Antes de que pudiese preguntarme qué sucedía, aquel resplandor tan hermoso se tornó, de súbito, en unas neblinas que, lentamente, fueron tomando forma hasta devenir en la figura de un ser que yo conocía demasiado bien, un ser que yo amaba con todo mi corazón, un ser por quien podría entregar mi vida sin pensarlo ni una sola vez.
No pude evitar que los ojos se me llenasen de lágrimas cuando la vi allí, enfrente de nosotros, sonriéndonos traviesa y dulcemente. Brisita nos observaba con los ojos anegados en ternura y disculpas. Se había percatado de que su repentina aparición nos había robado el aliento. Sin embargo, al detectar la súbita felicidad que se había apoderado de todo mi ser, su mirada se llenó de vida, de luz, de amor; mas, aunque anhelase abrazarla con todas mis fuerzas, no podía moverme. No podía reaccionar y tampoco podía controlar los sentimientos que se escapaban de mis ojos.
     Hola, mamá —me saludó despreocupadamente acercándose a mí. Entonces me fijé en que llevaba un hermosísimo vestido azul cuya vaporosa falda se mecía ligeramente cuando ella caminaba, como si estuviese hecha de aire—. Vaya, parece que hayas visto a un fantasma —se rió tiernamente mientras me tomaba con mucha delicadeza de las manos—. Comprendo que no me esperases. Esa estrellita que habéis visto es Lainaya... Solamente podréis verla cuando alguien de nosotros intenta llegar a vuestro mundo. Después, desaparece. No la habéis visto antes porque nunca habéis observado el cielo antes de nuestra llegada...
Sabía que Brisita hablaba para suplir ese silencio que me había robado la voz. No podía reaccionar no sólo porque no me esperaba en absoluto que ella apareciese justo ese amanecer, sino porque su belleza me había arrobado inmensamente. Brisita estaba mucho más hermosa que nunca. Aquel vestido azul celeste les daba a sus rojizos y rizados cabellos un brillo deslumbrante que también parecía emanar de sus violáceos ojos. Además me sonreía como si nada la preocupase, como si nunca hubiese sufrido, como si la vida no fuese sino harmonía y amor. Yo también le sonreí cuando deduje que Brisita únicamente había llegado hasta nosotros para comunicarnos algo inocente y bueno. Su sonrisa no podría existir si en sus intenciones reposase la necesidad de transmitirnos alguna noticia lamentable.
     Hola, cariño mío. Perdóname, cielo; pero es que... efectivamente, no te esperábamos, y has llegado tan luminosamente... Has llegado deslumbrando el mundo —me reí tiernamente mientras la abrazaba. Al tenerla entre mis brazos, noté que Brisita había crecido mucho más—. ¿Cómo es que estás aquí? —le pregunté con mucho amor mientras le acariciaba los cabellos.
     Ahora os lo explico. Antes me gustaría saludar a Eros y a Arthur... —me comunicó separándose de mí y dirigiéndose hacia Eros, quien no podía dejar de mirarla—. Eros... me alegro mucho de verte —le sonrió con tanto amor que me sobrecogí. Me costaba imaginarme cuánto quería Brisita a Eros—. Dame un abrazo, anda —se rió aproximándose más a él. Eros la abrazó con mucha delicadeza y dulzura—. Vaya, hacía mucho tiempo que nadie me abrazaba con tanto primor —se rió con vergüenza.
     Tú eres toda primor, Brisa —le contestó Eros estremecido.
Permanecieron abrazados durante un tiempo que no pude contar. Brisa tenía las mejillas sonrojadas y los ojitos entornados, como si temiese que de su mirada pudiese emanar una cantidad inmensa de lágrimas. Por su parte, Eros la abrazaba como si Brisa fuese de cristal. Incluso se atrevió a acariciarla por la espalda mientras dejaba caer entre sus cabellos unos tímidos e inocentes besitos que les hicieron reír con pureza a los dos.
     Pues he venido para llevaros a Lainaya —nos comunicó cuando al fin ella y Eros se separaron. La apariencia de su abrazo me inquietó leve y estúpidamente—. No podéis retrasaros más. Por cierto, ¿dónde está Arthur? ¿Está durmiendo ya? Él no puede venir con nosotros a Lainaya, pero tengo muchas ganas de verlo...
     Arthur no está, cariño —le anuncié con sublimidad y pena—, y no creo que vuelvas a verlo nunca más.
     ¿Cómo? —me preguntó sorprendida.
     Arthur está viviendo en una isla mágica junto a su amada.
     ¿Su amada?
     Te prometo que te lo explicaremos todo con calma. No te preocupes por él, pues es muy feliz allí en Muirgéin y... —intenté serenarla. Los ojitos de Brisita se habían llenado de desconsuelo.
     Es mi papá... Aceptar que no volveré a verlo nunca más es imposible, aunque ya tuve que hacerme una vez a esa triste idea. No os preocupéis. Los habitantes de Lainaya tenemos que convivir con la ausencia de nuestros seres más queridos...
     Pero tienes a... a... ay... —titubeó Eros—. No me acuerdo de cómo se llamaba...
     Lianid —sonrió ella con cariño—. Sí... Lianid... bueno...
     ¿Ocurre algo, cariño? —le pregunté inquieta.
     Lianid... Esto os resultará imposible de creer, pero Lianid está enfermo y no creo que viva mucho tiempo más —nos confesó con una voz muy frágil.
     ¿Las haditas de Lainaya pueden enfermar? —le cuestionó Eros incrédulo.
     Sí, si no saben cuidarse... Lianid no supo... Fue muy imprudente.
     ¿Qué sucedió? Ven, siéntate y cuéntanoslo todo —la invité tomándola de la mano y dirigiéndome hacia mi lecho. Brisita se sentó y durante unos largos segundos permaneció con los ojos fijos en nuestras manos unidas—. Dinos qué acaeció, cariño.
     Hay tres cosas que pueden enfermarnos: salir de nuestro mundo sin el consentimiento de Ugvia, un consentimiento que sin embargo no está compuesto por palabras, sino por sensaciones; tomar hierbas que no son adecuadas para nosotros, hierbas que crecen básicamente en lugares no bendecidos por Ugvia, y, por último... puede deshacernos lentamente un sentimiento inmenso... verbigracia, la más desgarradora tristeza o la ira más destructiva.
     ¿Y qué le ocurrió a Lianid? —quiso saber Eros. Yo no podía articular ni la palabra más ligera.
     Las tres cosas: quiso salir de Lainaya porque discutió muy fuertemente conmigo, permitiendo que la ira lo dominase. Cuando vio que no podía huir de Lainaya, se perdió a propósito por unos bosques que quedan muy lejos de nuestras regiones y permaneció vagando por esos lares durante más de tres días. Como no tenía nada para comer, se aventuró a ingerir unas hierbas prohibidas. No entiendo qué le ocurrió. Pareció como si se hubiese enloquecido. Lo buscamos desesperadamente por todas partes y al fin, gracias al lazo que lo une a Cerinia, su madre, logramos hallarlo casi sin vida en ese bosque oscuro. Sí, Lainaya es mágica y preciosa, pero también tiene recovecos peligrosos llenos de misterios que nadie ha conseguido resolver. Lo curamos, hicimos todo lo posible para devolverle la vida que estaba perdiendo; pero haber intentado marcharse de Lainaya sin esperar el consentimiento de Ugvia... eso no tiene cura...
     ¿Y qué podemos hacer nosotros por él? Porque supongo que también habrás venido para pedirnos ayuda, ¿no? —la interrogó Eros con inocencia.
     No, no podéis hacer nada. Además... hay algo que no os he confesado.
     ¿De qué se trata? —le preguntamos los dos al mismo tiempo.
     Lianid me ha traicionado con otra hadita —nos desveló con lágrimas en los ojos.
     No puede ser, no puede ser —negué intentando digerir aquella realidad.
     Sí, Sinéad. Fue con una heidelf... Los descubrí juntos. Ella... era muy inocente...
     Una heidelf...
     Una heidelf que conoces muy bien. Me cuesta entender lo que ocurrió realmente, pero...
     Espera un momento... ¿a quién estás refiriéndote, Brisa? —le cuestioné sintiéndome inmensamente nerviosa.
     Será mejor que lo compruebes por ti misma. Hay alguien que se ha adentrado en Lainaya dispuesto a quedarse allí para siempre. No podemos luchar contra su voluntad porque no podemos ir contra una decisión tan potente. Quien regresa a Lainaya para convertir ese mundo en su hogar solamente es dueño de su vida y de su destino. Ugvia la ha aceptado entre nosotros... por lo que no podemos pugnar contra ella... Además, aunque te parezca incomprensible, ella no tiene la culpa de nada. Es puramente inocente.
     ¿Estás refiriéndote a Scarlya? —susurré incapaz de hablar serenamente.
     Sí, se trata de Scarlya. Hace unas semanas, oí que alguien me llamaba desesperadamente a través de la distancia. Enseguida supe que aquel llamado no provenía de Lainaya, sino de otro mundo. Entonces capté que se trataba de Scarlya. Vine a buscarla... Al ser reina de Lainaya, tengo cada vez más libertad para salir de allí y adentrarme en este mundo. Cuando me reencontré con ella, la descubrí llorando desconsoladamente. No quiso explicarme qué le había sucedido. Solamente me pedía con ahínco y mucha ansiedad que me la llevase a Lainaya y que la arrancase de este mundo para siempre. Al principio intenté convencerla de que era imposible que viviese en Lainaya para siempre, pero me insistió tanto que al fin me convenció. Entonces viajé con ella a Lainaya. La ayudé en su conversión a heidelf y durante un tiempo estuvo viviendo con Lianid, conmigo y con nuestros hijitos. Hace una semana, descubrí a Scarlya y a Lianid conversando serenamente al lado del río... Oí que Lianid le confesaba que la había extrañado siempre mucho. A Scarlya le costaba interpretar el verdadero significado de las palabras de Lianid. En fin, no quiero alargar mucho esto... Lianid le desveló que a veces pensaba en ella con más amor del necesario, algo que, según él, siempre lo había desorientado mucho; pero Scarlya se apresuró a decir que ella nunca se fijaría en él, primeramente porque estaba casado conmigo, que soy tu hijita... y Scarlya te considera el único ser que verdaderamente ha querido en su vida y que la ha querido con plena sinceridad. No puedo culparla de nada. Lianid es quien lo ha enrevesado todo y... y ha actuado como un niño infantil e inmaduro.
     Lo lamento... —le aseguré acariciándole las manos. Brisa estaba inmensamente nerviosa y le costaba hablar claramente.
     Cuando hablé con Lianid, me confesó que Scarlya no le resultaba indiferente. Yo le pregunté por qué nunca me lo había dicho y él se enfureció inmediatamente, como si mis palabras fuesen una ofensa. Me aseguró que me quería y que nunca sería capaz de abandonarme, pero eso no significaba que no pudiese mirar con ojos tiernos a otra mujer. Yo no comprendía nada, nada, pues cuando nos casamos me prometió que solamente me amaría a mí.
     Tranquilízate, Brisita —le pedí tiernamente. Brisita había empezado a llorar desesperadamente y le costaba respirar.
     Cuando me enteré de lo que sentía, le dije que se fuese de mi casa y que no quería estar con él si me había traicionado de esa manera. Él se enfadó mucho más y me dijo gritándome que no tenía ningún derecho a reprocharle nada porque siempre se había comportado conmigo de una forma impecable. Claro que en esos momentos yo no tenía argumentos para rebatir todo lo que salía de sus labios... pero a él, al parecer, le ofendió mucho que dudase de su amor. Él me aseguró que nunca había dejado de amarme y que en verdad no estaba enamorado de Scarlya. Solamente se sentía levemente atraído por ella y esa atracción se había intensificado en los últimos días al vivir juntos... ¡Incluso pareció que me culpaba de lo que estaba acaeciéndole por haber permitido que ella habitase en nuestro hogar!
     No puedo creer que todo lo que dices sea verdad, Brisita —aduje con mucha tristeza—. ¡Pero si Lianid estaba inmensamente enamorado de ti!
     Ya no sé qué creer, Sinéad. Tal vez se acercó a mí porque iba a ser reina de Lainaya —me propuso hipando desconsoladamente—. Me cuesta creer en su amor después de todo lo que ha pasado. ¡Y es el padre de mis hijitos...! ¡Yo pensaba que nuestro amor era eterno y verdadero! ¡No puedo creer que en Lainaya existan sentimientos tan dolorosos!
     Pero él te aseguró que estaba enamorado de ti, Brisa, y que lo que sentía por Scarlya solamente era una atracción casi irrelevante —intentó serenarla Eros.
     No es verdad. Cuando discutimos de ese modo, Lianid me aseguró que, si no confiaba en él, no tenía sentido que siguiésemos juntos y entonces se marchó. Yo intenté seguirlo, pero empezó a llover mucho y... sé que esa tormenta la provocó él con sus poderes audélficos. No pude saber adónde se dirigió porque la oscuridad de aquella impetuosa tormenta me lo ocultó todo... Los audelfs no podemos ver bien en la oscuridad como pueden hacerlo los niedelfs, pero él sí podía orientarse porque era el causante de esa lluvia tan...
     Brisa, estoy segura de que conseguiréis arreglar las cosas. En cuanto a Scarlya, no entiendo... Maldita sea, me marcho unos días y pasa de todo —me quejé desorientada y disgustada—. Se supone que teníamos que partir todos juntos a Lainaya... y se ha ido sola... ¿Y qué ocurre con Leonard?
     Yo no sé nada, Sinéad. Sólo sé que Lianid está muriéndose y que no podré perdonarle lo que pasó. No me duele que se haya fijado en Scarlya o, mejor dicho, que se sienta atraído por ella. Me duele que se pusiese así, que se enfadase tanto y que se marchase sin decirme nada, sin importarle siquiera su propia vida. Quiso irse de Lainaya. No entiendo adónde deseaba llegar... A veces me parece como si ni tan sólo Lainaya fuese mi hogar. Estoy enlazada a ese mundo a la vez que algo me ata a éste donde tú vives...
     Brisa, lo mejor será que te serenes, vida mía. No creo que sea bueno que llores así, cariño —la consolé abrazándola muy tiernamente. Brisa lloraba como nunca lo había hecho delante de mí.
     Tengo el corazón destrozado, mamá. Yo no quiero regresar a Lainaya y ver cómo el amor de mi vida se desvanece. No podemos hacer nada para curarlo. Ha ingerido las hierbas prohibidas, las hierbas de la muerte. Esas hierbas solamente sirven para matarnos. Están hechas para las haditas que nos cansamos de vivir... que se cansan de vivir —rectificó alterada.
     ¿Tú estás cansada de vivir, mi cielito? —le pregunté con mucho amor y miedo.
     No lo sé. Estoy cansada de echarte de menos. Cerinia es como mi madre, pero no es mi madre, no me llevó en sus entrañas, ¡no puede sustituirte! ¡Y yo muchas veces necesito sentirme protegida por tus brazos! Yo no puedo vivir así. Encima Lianid se ha enloquecido... A veces las haditas de Lainaya sufren la locura también. Hay mucha magia en nuestro interior... y que haya tanta magia es peligroso porque ésta puede descontrolarse y volvernos irracionales.
     Yo no sabía nada de eso —musité sobrecogida.
     No es muy común que eso ocurra... pero a Lianid estoy segura de que lo ha dominado la insania. No podemos salvarlo; pero sé que, si se curase, no podría seguir con él. Lo que sucedió me duele mucho, mucho... y mis hijitos...
     Tus hijitos... —le sonreí intentando que ella también sonriese—. Tengo muchas ganas de conocerlos. ¿Cómo se llaman? No me acuerdo de si me lo dijiste, qué extraño...
     Es sencillo olvidar los nombres de los habitantes de Lainaya. Se llaman Sauce y Lluvia.
     Sauce y Lluvia: qué nombres tan bonitos —me reí tratando de deshacer las terribles emociones que gritaban por dentro de mí—. Seguro que son hermosos.
     Sí, lo son; pero se parecen demasiado a Arthur y a Lianid. No puedo evitar verlos a ellos cada vez que los miro.
     También se parecerán a ti, ¿no?
     Sí... Lluvia es casi idéntica a mí... Tiene nuestros ojitos y ha heredado la redondez de nuestro rostro —me sonrió con mucho amor.
     Anímate, cariño. Estoy segura de que podremos solucionar todo esto y no dudo de que Lianid te quiere con todo su corazón, aunque ahora te cueste creerlo.
     No me ama ya... Los errores que ha cometido han destruido todos sus sentimientos y sus pensamientos. Ya no habla. Se pasa el día durmiendo y apenas mira a su alrededor... pero gracias por tener más esperanzas que yo.
No pude decirle nada más. Permanecí abrazándola y dándole caricias tiernísimas con las que intentaba serenarla durante un tiempo que ni siquiera el amanecer se atrevió a convertir en día. Eros, por su parte, se había sentado a nuestro lado y de vez en cuando deslizaba los dedos por los ensortijados y rojizos cabellos de Brisita. Noté que acariciarla le hacía sentir una vergüenza inmensa que le entornaba los ojos.
Al fin, cuando creí que toda la luz del día se adentraría en nuestra alcoba destruyendo definitivamente la calma de aquel instante, Brisita se separó de mis brazos y, con una voz llena de una fingida calma, nos comunicó:
     Soy consciente de que tenéis que dormir. Cuando caiga la noche, vendré a buscaros y partiremos juntos a Lainaya. Si lo deseas, puedes ir a buscar a tu padre para...
     No creo que Leonard quiera ir a Lainaya. No obstante, tengo que hablar con él para que me cuente todo lo que ha ocurrido.
     ¿Dónde estarás tú, Brisita? Tengo entendido que los habitantes de Lainaya no podéis permanecer más de una hora fuera de vuestro mundo —adujo Eros inquieto.
     Eso sólo ocurre con los habitantes de Lainaya que no han nacido allí. Yo soy lainayesa, por lo que puedo restar en este mundo todo el tiempo que desee. Recuerda, Eros, que viví con vosotros durante unos cuantos días cuando apenas había crecido —le sonrió tiernamente.
     ¡Es cierto! Es que a veces me cuesta acordarme de todos los detalles de ese mundo mágico —se disculpó con vergüenza.
     Es comprensible. Si no os importa, prefiero quedarme aquí. No creo que sea muy conveniente que vague por la calle con... con estas orejitas y con esta estatura tan... atípica... Me tomarían por una niña disfrazada si me viesen —se rió con mucha timidez.
     Es cierto. Sí, quédate aquí. Puedes leer, tocar el arpa, ver la televisión... —le ofrecí con divertimento.
     La televisión... Nunca he visto nada de eso.
     Si quieres, puedo enseñarte a utilizarla —se ofreció Eros sonriéndole amablemente.
     No, Eros, la verdad es que no me llama mucho la atención —se disculpó tímidamente—. Dormid serenamente. Nos vemos mañana. Buenos días.
Cuando Brisita se fue, cerrando la puerta tras de sí, Eros y yo permanecimos en silencio durante unos espesos y tensos momentos. Fue él quien lo quebró alzándose de nuestro lecho y dirigiéndose hacia la ventana para impedir que la luz siguiese adentrándose vivamente en nuestra alcoba. Cuando bajó la persiana, me sentí inmensamente aliviada. El fulgor del día me había rozado dolorosamente la piel, pero no me había atrevido a quejarme para no parecer débil ante Brisita, quien en aquellos instantes necesitaba ser consolada más que cuidarnos a nosotros. Cuando Eros volvió a mi lado, me miró honda y serenamente. En sus ojos detecté impaciencia y preocupación. Fue su mirada la que me instó a hablar.
     Me cuesta creer que lo que nos ha explicado sea cierto. Yo pensaba que Lianid estaba profundamente enamorado de Brisita y que estarían juntos para siempre. Hay cosas que no entiendo. No comprendo la actitud de Lianid. Si Brisita se sentía insegura, debería haberla calmado en lugar de haberse enfadado irasciblemente con ella. Tampoco entiendo por qué huyó y quiso marcharse de Lainaya. No sé si Lianid era consciente de lo que hacía o si, en cambio, era la locura quien lo guiaba. Además, no quiero que muera. Me gustaría hablar serenamente con él tras curarlo, pero no sé si podremos lograr que se recupere...
     Si Brisita está tan dolida con él, es innecesario que hablemos con Lianid e intentemos solucionar las cosas. No deberíamos meternos en ese asunto, Sinéad; aunque yo también tengo que confesarte que no entiendo cómo Lianid fue capaz de revelarle a Scarlya algo así. No me imaginaba, en ningún momento, que Lianid se hubiese fijado en Scarlya.
Con paciencia y nostalgia, le revelé a Eros lo que había ocurrido en Lainaya tras haber encontrado a Scarlya tan enferma en aquella húmeda cueva. Le conté que Lianid había curado a Scarlya y que después ellos habían entablado una amistad muy bella que estuvo a punto de romperle el corazón a Brisita. Eros me escuchó con atención e interés. Cuando acabé de desvelarle todo lo que había acontecido entre Scarlya y Lianid, detalles que, al parecer, en su momento carecían de importancia, adujo con sinceridad:
     Si parecía que Scarlya se había enamorado de Lianid, nunca tuviste que creerla cuando te dijo que solamente era una prueba para valorar el amor que Lianid decía sentir por Brisita. Las mujeres sois muy listas y os inventáis cualquier cosa para esconder vuestros sentimientos.
     Pero si Scarlya todavía estaba enamorada de Leonard en aquel entonces...
     O eso deseaba haceros creer. No sé, Sinéad. Hay muchas cosas que no entiendo... Lo mejor será que durmamos y mañana partamos hacia Lainaya. Creo que allí podremos encontrar las respuestas a todas las preguntas que nos hacemos. Ven, mi Shiny...
     Hay una pregunta que quisiera hacerte, Eros —le expresé cuando ya me hube acomodado entre sus brazos.
     Sí...
     ¿Brisita te parece hermosa?
     Brisita es mágica tanto por fuera como por dentro. Por supuesto que me parece hermosa. Además, me infunde mucho respeto saber que es hijita tuya. La quiero muchísimo y a veces me lamento de no ser yo su padre. TE aseguro que la cuidaría mucho mejor que Arthur —me confesó con timidez.
     La situación de Arthur siempre ha sido complicada. Nunca ha podido disfrutar plenamente de su hijita.
     Estoy seguro de que la quiere con locura, pero...
     Tú la quieres mucho también, ¿verdad?
     Sí, muchísimo. Además, me siento fascinado por ella. Es reina de Lainaya, de la tierra más mágica que existe en el mundo y existirá jamás, y te aseguro que eso impone muchísimo. Brisita es mágica también... —reflexionó con amor—. ¿Por qué me preguntas eso ahora?
     Por nada en especial, cariño. Solamente me ha llamado la atención la forma en que os habéis abrazado. Me conmueve que os queráis tanto. Ambos sois muy importantes para mí...
     A Brisita la querré siempre, Sinéad. Nunca lo dudes, por favor.
     Hubo un tiempo en el que su existencia te torturaba...
     Un tiempo en el que estaba dominado por los celos, Sinéad. Comprende que no era muy agradable para mí saber que ibas a tener una hijita con Arthur. A mí también me gustaría vivir algo así contigo.
     Quizá alguna vez Ugvia nos permita vivir esa hermosísima experiencia, Eros.
     ¿A ti te gustaría tener un hijo conmigo? —me preguntó conmovido.
     Por supuesto que sí, amor mío —me reí al verlo tan sobrecogido—. Contigo quiero vivir toda mi vida.
     Mi Shiny... A veces he tenido tanto miedo de perderte... A veces he temido no ser lo que te mereces... He estado a punto de perderte en miles de ocasiones y te aseguro que es lo más doloroso que he vivido nunca. Por favor, nunca te alejes de mí, por favor —me rogó con los ojos llenos de lágrimas; lo cual me conmovió inmensamente.
     Eros... no vas a perderme. Es cierto que hemos estado a punto de separarnos en muchas ocasiones, pero esas ocasiones me han servido para darme cuenta de que te amo con demasiada locura. No temas por nada. Todo va a ir bien. Iremos a Lainaya y disfrutaremos juntos de su magia... Tal vez podamos hacer alguna locura para poder quedarnos allí algún tiempo —me reí traviesamente.
     ¡Mi Shiny! ¿Qué se te ha ocurrido ahora? —se rió al ver mi revoltosa mirada.
     Tú, cuando estemos en Lainaya, déjate llevar por mí —le pedí acomodándome más íntimamente entre sus brazos—. Ahora durmamos... Estoy agotadísima... Viajar cansa mucho —me quejé tiernamente.
     Sí, es cierto. Buenos días, mi Shiny.
     Buenos días, amor...
Nuestro sueño fue calmado, profundo, casi espeso e inacabable. Nos dormimos al fin serenamente uno en los brazos del otro, lejos del frío, de las controversias y de la tristeza. No obstante, ambos teníamos demasiado presente todo lo que había acaecido con Brisita y Lianid y, aunque el mundo de los sueños nos esperase anegado en bondad y magia, no nos olvidamos de que aquel presente podía llenarse de inseguridad en cualquier momento. Sin embargo, a mí me pareció que aquel amanecer era el más hermoso, brillante y ameno que había vivido en muchísimo tiempo. Su templada luz resplandecía allí afuera, trayéndonos los ecos de un nuevo día, de un nuevo futuro, de un nuevo camino.
 

miércoles, 6 de mayo de 2015

ORÍGENES DE LLUVIA - CAPÍTULO 8 Y EPÍLOGO


ORÍGENES DE LLUVIA
08
UN NUEVO ORIGEN PARA UN ANTIGUO PASADO
Durante varias noches, permanecí volando intensamente a través de las nubes, sobre mares indomables, sobre ríos serenos y caudalosos, sobre bosques espesos donde moraba el silencio más hondo, sobre ciudades ruidosas que por la noche dormían con quietud y harmonía... Vi lugares conocidos para mí, me reencontré con antiguos matices, con ancestrales aromas. Recordé experiencias casi olvidadas vividas entre preciosos y frondosos bosques. Incluso pude comprobar que habían renacido de las cenizas muchos lares que el fuego había convertido en muerte.
El viaje hacia Lacnisha me llenó el alma de ilusión, de bienestar y de ternura; pero sobre todo de nostalgia. El viaje hacia Lacnisha fue como un regreso al pasado y sobre todo me ayudó a comprobar cuán veloz había pasado el tiempo. Siempre había sido consciente de que el decurso de las edades era mucho más rápido que mi propio volar; pero hacía muchos años que no percibía con mi alma el raudo transcurrir de los siglos. Volver a ver aquellos lugares que en un momento lejano había amado con toda mi alma me hizo entender que mis recuerdos existían en una dimensión irrecuperable en la que solamente podía adentrarme visitando esos rincones donde había existido mi vida. Reencontrarme con aquellos parajes que una vez fueron mi hogar me estremeció de sublimidad y de tristeza. Era como si la misma Tierra me pidiese que la recordase, como si esos bosques y esos ríos que sobrevolaba me llamasen desesperadamente desde la distancia. Podía oír remotas y ancestrales voces que se mezclaban con el susurro de mis recuerdos y suspiros de vidas que ya habían quedado irrevocablemente atrás siendo parte del viento y del murmullo del agua.
En más de una ocasión, descendí a la tierra para vagar serenamente entre los árboles, para asomarme a las poderosas aguas de algún río donde ya me había bañado incontables veces en mi lejano pasado, para sentir en mi piel el hechizo de mi propia memoria. Me estremecía ser consciente de cuántos recuerdos albergaba en mi interior. Había momentos en los que recordaba como si mi memoria no me perteneciese.
Rememorar el pasado me dolía, pues me sobrecogía recordar momentos vividos a la vera de seres que ya no estaban junto a mí. Me acordaba de todo lo que habíamos vivido casi como si esos recuerdos no tuviesen luz. La ausencia de todos los que yo había querido con toda mi alma le arrebataba el fulgor a mis recuerdos.
Mas, entre nostalgia y tristeza, al fin llegué a Lacnisha. Lo hice en una noche en la que parecía que el cielo deseaba estallar en una nube de luz y humedad. Llegué a Lacnisha cuando creí que nunca encontraría el camino que conducía hacia mi mágica y pura isla; la que permanecería para siempre escondida bajo unas espesísimas nieblas compuestas de toda la nieve de la Historia. Bajo la oscuridad de aquella noche eternamente invernal, Lacnisha resplandecía como si las estrellas hubiesen llovido sobre su suelo. Cuando estuve a punto de adentrarme en su gélido viento, pude detectar, nítidamente, el fulgor de su inmaculada nieve.
Estaba nevando, lo cual me sobrecogió, pero no me sorprendió. En Lacnisha nevaba durante todo el año, incluso aunque fuese verano en el resto de la Tierra. Lacnisha vivía apartada de todo lo que ocurría en la humanidad. Lacnisha tenía su propio tiempo y su propio espacio. El congelado mar que la rodeaba la mantenía distanciada de todo lo que creaba la vida. Lacnisha tenía su propia vida.
Descendí suavemente hacia la tierra, envuelta en inocentes y juguetones copos de nieve. Cerré los ojos y disfruté de aquel instante intentando sumergirme en su belleza para apartarme de todos los sentimientos punzantes que me anegaban el alma; pero el aroma que emanaba de la tierra que cubría Lacnisha y de sus ancestrales árboles sostenía tantos recuerdos que era incapaz de despegarme definitivamente de mi pasado. El recuerdo de todo lo que había vivido en Lacnisha desde que había abierto los ojos a la existencia vampírica regresó a mí, invadiendo toda mi memoria, haciéndome sentir que ya no tenía más recuerdos que aquéllos que tan lejanos me parecían.
Cuando llegué a la tierra, me senté en el suelo y traté de digerir todo lo que sentía. ¿Por qué estaba en Lacnisha? ¿Por qué había necesitado tan desesperadamente huir de mi presente? ¿Qué me había hecho Eros para que lo hubiese abandonado de ese modo? La culpa se hizo un hueco entre todas mis emociones y me presionó el alma con tanta fuerza que no pude evitar empezar a llorar desconsoladamente. La nieve que brotaba de las eternas nubes que cubrían Lacnisha pareció querer calmar mi sufrimiento, pues resbalaban junto a mis lágrimas por mis redondas y ya heladas mejillas; pero ni siquiera notar el abrazo de Lacnisha me calmaba. Me arrepentía de haber obrado tan impulsivamente sin pensar en nada, sin preguntarme qué ocurriría con mi Eros cuando de repente reparase en que las horas transcurrían sin que yo regresase a su lado.
Sin embargo, era plenamente consciente de que marcharme era lo mejor que había podido hacer en esos momentos. Yo no podía vivir junto a Eros sintiéndome tan extraña. Necesitaba alejarme de mi presente para que mi futuro estuviese lleno de luz y harmonía. Todo lo que había sucedido con Arthur había turbado todos mis recuerdos y, además, la experiencia vivida con Morgaine me había hecho preguntarme si en verdad yo era el ser inocente y puramente mágico que todos veían en mí. El poder de mi magia era mucho más inmenso de lo que yo jamás había podido creer, y descubrir aquello me había intimidado demasiado, tanto que me creía incapaz de restar serenamente junto a cualquiera de mis seres queridos. Tenía la sensación de que en cualquier instante podría herirlos irreversiblemente sin poder evitarlo.
Así pues, decidí permanecer en Lacnisha hasta que el viento que mecía las vacías ramas de sus antiguos árboles cambiase de matiz. Sabía que la soledad era la mejor compañía que yo podía tener en esos momentos. Recordaba que, hacía muchos años, Leonard me había asegurado que, cuando un vampiro se sentía irrevocablemente desorientado y agobiado, lo mejor que podía hacer era restar a solas consigo mismo para que fuese esa misma soledad la que curase las heridas que la vida le había horadado en el alma. Y yo estaba segura de que podría reencontrarme con mi ser si me quedaba en Lacnisha, rodeada de toda su inmaculada y fría magia.
Entonces, a partir de esos momentos, permití que el tiempo discurriese llevándose los últimos instantes dolorosos que había vivido. Existía en unas noches que apenas podían convertirse en amanecer. La luz que llovía sobre mi amada Lacnisha era tan tenue y estaba tan helada que apenas brillaba en su espeso firmamento. Dormía durante horas siendo vagamente consciente de que la noche más profunda reinaba en sus antiguos y solitarios bosques. Cuando me despertaba, vagaba serenamente por el poderoso hogar que Arthur había construido hacía ya más de cien años y que la magia de Lacnisha había cuidado con esmero, cariño y amor. Me asomaba a alguna ventana y perdía los ojos por la inquebrantable oscuridad que rodeaba aquella morada de piedra. Escuchaba atentamente la voz del viento, el que se expresaba a través del crujir de las ramas. Oía con respeto el silencioso caer de la nieve y dejaba que el aromático y gélido aliento de aquellos bosques eternamente nevados se adentrase en mi alma y me insuflase las ganas de vivir que lenta e imprevisiblemente estaba empezando a perder.
Sí, una noche tan oscura como los recovecos más profundos del Universo me di cuenta de que estaba agotada de vivir. Pensaba en todo lo que componía mi vida, y, en lugar de animarme o de encontrar las fuerzas en los seres que me rodeaban o en las experiencias que todavía me quedaban por vivir, me sentía abrumada, ansiaba distanciarme de todo aquello, del mundo, de la decreciente belleza de la Tierra. Cuando recordaba mi existencia, notaba que mi alma se convertía en una pesada e inmensa bola de hierro que me presionaba el pecho. No podía soportar aquella asfixiante sensación. Cuando la experimentaba, mi respiración se agitaba y las ganas de llorar más poderosas de la Historia se adueñaban de todo mi ser.
En una de esas noches, una noche perdida en la inmensidad del tiempo, me percaté de que me había alejado demasiado de mi vida. No me acordaba de cuánto tiempo llevaba en Lacnisha. Tal vez solamente fuese una semana, pero todas las noches que había vivido allí se me asemejaban a años eternísimos que no podían discurrir por el tiempo. Aquella noche me desperté sobresaltada, con el alma llena de preguntas cuya respuesta era incapaz de encontrar: ¿cuánto tiempo había pasado desde que me había alejado de Eros? ¿Qué hacía allí, sola? ¿Qué esperaba de mí? ¿Me sentía mejor después de haber permanecido distanciada de mis seres queridos?
Salí de la alcoba donde dormía como si me persiguiese la misma muerte y me dirigí hacia lo más profundo del bosque para encontrar esa paz que mi alma no deseaba crear. La presencia de esos antiguos y poderosos árboles me serenó mínimamente, pero todavía seguía notando por dentro de mí esa sensación asfixiante que anhelaba arrebatarme la respiración. Traté de controlar mi aliento... y, cuando creí que el tiempo de mi vida se agotaría justo en esos instantes, percibí que algo cambiaba en mi entorno. Capté una suave brisa que no procedía ni de las montañas que cercaban Lacnisha, ni de las nubes que cubrían su cielo ni de lo más hondo de los árboles. Se trataba de una brisa que brotaba de un movimiento delicado y a la vez desesperado. Con intriga y algo de temor, miré a mi alrededor, intentando descubrir de dónde había surgido aquella brisa tan inocente...
Me quedé paralizada cuando vi, a unos cuantos metros de mí, una figura vestida de negro que caminaba serena, pero nerviosamente hacia mí. Enseguida supe que se trataba de Eros. ¿Qué hacía allí? Su presencia me arrebató el poco aliento que me quedaba... pero sobre todo, incomprensiblemente, me asustó profundamente, tanto que por unos largos momentos fui incapaz de pensar con claridad. Me quedé quieta entre dos árboles, aferrada levemente al grueso tronco de uno de ellos, intentando digerir lo que estaba acaeciendo.
Deseaba llamarlo, pero me había quedado sin voz. Estaba tan aterrada porque de repente había empezado a ser consciente de que todo lo que viviríamos a partir de aquellos momentos sería irrevocablemente difícil. Debería explicarle a Eros lo que me había ocurrido y sobre todo tendría que confesarle por qué había huido, y lo cierto era que no me sentía capaz de vivir esa situación.
     Shiny.
Su voz sonó apática, vacía y fría. Me apeló cuando me tuvo al alcance de sus manos mientras me dedicaba una mirada anegada en desconcierto y desaprobación. Ansié preguntarle qué hacía allí, pero de pronto supe que aquella pregunta era la más absurda que podía realizarle.
     Hola, Eros —lo saludé intimidada.
     ¿Podemos hablar, Sinéad?
     Sí, por supuesto —le contesté agachando los ojos.
     ¿Podemos hablar en algún lugar donde no haga frío?
     Sí...
Sobrecogida, lo conduje hacia el interior de aquel antiguo hogar donde ya había vivido tantos momentos especiales. Me dirigí hacia una sala donde había una chimenea en la que podría encender una lumbre sosegadora y cálida. Cuando hube prendido el fuego, Eros se sentó en el suelo, enfrente de las llamas, y yo lo hice a su lado, aún sin atreverme a mirarlo a los ojos. Su actitud, tan gélida y apática, me intimidaba excesivamente y lo que más me afectaba era saber que tenía demasiados motivos para comportarse así conmigo.
     ¿Qué haces aquí? —me preguntó intentando no parecer enfadado, pero yo sabía que estaba realmente enojado—. No entiendo nada, Sinéad, así que te agradecería que fueses plenamente sincera conmigo.
     Me agobié, sólo es eso.
     ¿Sólo? Llevas fuera más de una semana. Te fuiste sin decir nada, sin avisarme, sin darme la oportunidad de pedirte perdón. Y la verdad es que no sé por qué te enfadaste tanto. Es incomprensible.
     En realidad no me fui porque estuviese enfadada, Eros, sino porque necesitaba estar sola. Necesito estar sola. Me siento agobiada y asfixiada.
     ¿Por qué?
     No lo sé, Eros —protesté con ganas de llorar.
     Creo que eres la menos indicada para quejarte ahora, Sinéad. Después de todo lo que hemos pasado, ¿me vienes con que te has abrumado? No tiene sentido. ¿Es por Arthur? Dime la verdad, Sinéad. Estás así porque no soportas que esté enamorado de otra mujer. ¿Es eso? Si es así, no hace falta que me mientas. Ya conozco la verdad sin que me la hayas comunicado.
     No es eso, no se trata de nada de eso. Simplemente necesito volver a mis orígenes. No sé explicar lo que siento. Me he desestabilizado y necesito reencontrarme conmigo misma, Eros. Necesito estar sola un tiempo. Quiero viajar por el mundo en busca de los pedacitos de mi ser. En realidad no puedo volver palabras lo que siento porque ni yo misma lo sé. Solamente puedo asegurarte que me he perdido.
     ¿Y qué ocurre conmigo y con todos los planes que teníamos, Sinéad? ¿Nada de eso te importa? ¿Nada de eso puede mantenerte estable? —me preguntó ofendido.
     Lo que me sucede no se relaciona en absoluto contigo, Eros.
     ¡Sabes que eso no es cierto! ¿Cómo puedes afirmar algo así? Yo formo parte de tu vida, Sinéad.
     Sí, eso es cierto; pero...
     Dime la verdad, Sinéad... ¿Quieres romper conmigo? Cuando hablas de hacer un viaje por el mundo en busca de los pedacitos de tu ser, ¿te refieres a ir sola por ahí, sin mí? Si es eso, dímelo claramente, Sinéad, dímelo —me exigió tomándome de la barbilla. Entonces noté que le temblaban las manos—. Sinéad, estoy desorientado contigo, me desconciertas. Necesito que seas sincera conmigo.
     Necesito estar sola, nada más... —le respondí susurrando intimidada.
     ¿Y qué ocurre conmigo? ¿Dónde quedo yo, Sinéad?
     No quiero separarme para siempre de ti, Eros; pero ahora no... ahora... ahora no podemos estar juntos.
     ¿Cómo? Pero ¿se puede saber qué ha pasado, Sinéad? —me cuestionó soltándome de pronto.
     No puedo estar contigo si me siento tan mal, Eros.
     Estás loca, Sinéad, sólo es eso. ¡Estás volviéndote loca! ¡Y más te enloquecerás si permaneces aquí sola durante toda tu vida! —se quejó exaltado.
     Lo siento mucho, Eros... No es mi intención sentirme así...
     ¿Por qué nunca dices las cosas con claridad? ¡Dime qué te ocurre, Sinéad! No te entiendo... y te aseguro que he tratado de hacerlo durante todos estos días. Me fui de Muirgéin, sin ti, porque no soportaba estar más en ese lugar. Sentía que sobraba... y sobro también en nuestro hogar. De repente se me ocurrió buscarte en Lacnisha. Conoces lo duro que es el viaje hasta aquí... y ahora me vienes con que quieres estar sola...
     Eros, necesito estar sola. No sé si alguna vez has sentido la impetuosa necesidad de estar a solas contigo mismo.
     Pues no, no la he sentido nunca —me contestó agriamente.
     Tal vez no seas lo suficientemente antiguo para haberlo sentido. Solamente nos pasa a quienes llevamos viviendo miles de años.
     Bah, Sinéad, no me vengas ahora con esas.
     Eros, yo no puedo suplicarte que me entiendas. Solamente te pido que me respetes.
     ¿Que te respete? ¡Dime cómo puedo respetar tu absurda decisión de abandonarlo todo!
     Necesito viajar sola...
     ¡Pues muy bien! ¡Vete! ¡Vete y abandóname a traición! Después de todo lo que he hecho por ti... ¡me lo agradeces de este modo! —me gritó desesperado alzándose del suelo—. Solamente dime, por favor, si quieres cortar conmigo. Después ya no te diré nada más, te lo aseguro, y mucho menos te insistiré en que reflexiones...
     No, Eros, no quiero romper contigo. No es un adiós para siempre, sino por un tiempo —le aseguré con miedo. Las lágrimas ya resbalaban por mis mejillas. Aquella situación estaba siendo mucho más insoportable de lo que me había imaginado. El dolor de Eros me destrozaba vilmente el alma—. Te juro que, si pudiese, cambiaría todo esto, pero no puedo...
     Yo lo único que sé es que estás haciéndome un daño insoportable, Sinéad. No es justo que me trates así después de todo lo que he hecho por ti y por Arthur, ¡después de aguantar algo insufrible!
     Lo siento muchísimo...
     ¡No, no es verdad! ¡No lo sientes! Si lo lamentases de verdad, harías cualquier cosa para solucionarlo, ¡y no estás haciéndolo!
     Eros, por favor... —titubeé mientras también me levantaba del suelo y me situaba enfrente de él—. Nunca olvides que te quiero y que, en verdad, si opto por estar sola, es porque quiero salvar nuestro futuro.
     ¿De qué futuro hablas, Sinéad? ¡Dime qué futuro hay si te vas! —me chilló llorando desesperadamente—. ¡Estás diciéndome que quieres marcharte y dejarme solo...! Quieres dejarme, ¿verdad? ¿Estás diciéndome eso?
     No, yo no quiero dejarte para siempre... Sólo necesito un tiempo...
     ¿Un tiempo para qué, Sinéad? —me preguntó llorando cada vez más hondamente. Noté que estaba temblando brutalmente, como si tuviese fiebre—. ¿Pretendes que acepte que quieras dejarme?
     Eros, cálmate, por favor...
     ¡No me exijas que me calme! ¡Sinéad, yo no puedo vivir sin ti! ¡No puedo soportar la idea de perderte! —me confesó hiperventilando—. ¡No quiero que te vayas! ¡No quiero que me dejes, Sinéad! ¡Por favor, no me dejes solo! ¡Yo no tengo vida sin ti, Sinéad, no la tengo! ¡Sinéad! ¡Sinéad...!
     Eros, serénate... No creo que sea bueno que llores así —le pedí intimidada, con una voz frágil—. Eros, no me hagas esto más difícil, por favor.
     ¡Eres una egoísta! ¡No puedes hacerme esto, no puedes! ¡Sinéad, por favor...!
Eros apenas podía hablar. Su llanto se había convertido en un ataque de histeria que estaba destruyendo toda la calma que una vez pudo reinar en su corazón. No dejaba de llorar y le costaba mucho respirar. Verlo así, tan abatido, me hizo sentir inmensamente culpable.
     Eros, por favor, no llores así... Cálmate y hablemos serenamente...
     ¡Yo no puedo estar sin ti! ¡No soy nada sin ti, nada! ¡Soy una basura sin ti! Por favor, piénsalo bien, Sinéad... Dime si de veras quieres estar sin mí, Sinéad. Sabes que no podemos vivir uno sin el otro, cariño... —me insistía cada vez más desesperadamente—. Ay, Sinéad... Sinéad, no soporto esto... ¡Siento que me ahogo, Sinéad, me ahogo!
     Eros, cariño... intenta respirar... —le ordené suavemente mientras lo aferraba de los hombros—. Mírame, Eros... Estoy aquí, cariño.
     ¡No...! ¡No puedo...!
Nunca había visto a Eros llorar de ese modo. Lo tomé de las manos y lo insté a que se sentase en un cómodo sillón antes de que su ataque de ansiedad le arrebatase el equilibrio. Le acaricié los cabellos y el rostro, retirándole las abundantes lágrimas que resbalaban por sus mejillas, para intentar calmarlo; pero Eros cada vez estaba más desesperado. De repente, se lanzó a mí y empezó a llorar en mi regazo tan desconsoladamente como un niño.
     ¡No quiero estar sin ti! ¡No...! ¡No quiero...! —protestaba entre sollozos y suspiros hondísimos—. No puedo soportar esto...
     Serénate, Eros, por favor... No, no me iré, cariño. Cálmate.
Ver a Eros tan deshecho, tan inmensamente destrozado y tan indefenso me había partido el corazón en mil pedazos, me había hecho sentir tan culpable y desvalida que de repente todo lo que creía sobre lo que era mejor para mí se convirtió en un puñal que se hundió en lo más profundo de mi alma. No, no tenía sentido que me separase de Eros en esos momentos. No podía devolverle así todo lo que él había hecho por mí, para que yo fuese plenamente feliz. Verlo tan destruido me hizo reflexionar sobre lo que me ocurría y me ayudó a entender que no era justo ni adecuado que me fuese, abandonándolo en ese mundo donde no podíamos existir separados. ¿Adónde iba a ir sin él? Mi vida tampoco podía estar completa si no estábamos juntos.
     No me iré, Eros, te lo prometo.
No, no podía pensar en marcharme. Comprobar que Eros se deshacía si yo lo abandonaba me hizo entender que yo tampoco podía sobrevivir sin él, si él estaba lejos de mí. Lentamente, fui comprendiendo que lo único que me había impulsado a volar lejos de él y de nuestro presente había sido el miedo; el miedo a no saber quererlo como él se merecía, a no poder corresponder plenamente al amor que él me dedicaba; el miedo a no poder aceptar la nueva apariencia de mis recuerdos; el miedo a no poder sonreír nítidamente guardando en mi memoria certezas tan poderosas que destruían mi pasado; el miedo a no ser lo que él esperaba de mí... el miedo a no poder volver a ser yo misma, la misma Sinéad que lo amaba enteramente desde hacía tantos y tantos años... el miedo a errar.
     Perdóname, Eros... por favor. No he sabido actuar. Me he abrumado, me he sentido asfixiada por sensaciones que no podía comprender. Cálmate. Te prometo que no me iré, cariño —le aseguré acariciándole muy suavemente los cabellos—. Me he equivocado, Eros, me he equivocado profundamente. Lo siento muchísimo...
No quería llorar, pues deseaba que toda la importancia de aquel momento recayese sobre Eros, quien no podía calmarse, aunque yo lo acariciase con todo el amor de la Historia. Seguía llorando en mi regazo como un niño, suspirando hondamente, intentando adentrar en su cuerpo un aire que parecía negarse a formar parte de su vida. Creí que permanecería plañendo de ese modo durante toda la noche mientras yo trataba en vano de serenarlo, y la verdad es que no me importó. Yo también necesitaba llorar a su lado, necesitaba darle todas esas caricias y esos abrazos con los que pudiese asegurarle que nunca más dudaría de nuestro amor. No sabía cómo pedirle perdón ni cómo convencerlo de que había desistido de la idea de marcharme sin él. Sí, deseaba viajar por el mundo; pero no quería hacerlo sola bajo ninguna circunstancia.
Me arrepentía inmensamente de haber obrado de ese modo tan irreflexivo. Yo no podía vivir sin Eros. ¿Cómo había podido planear un futuro sin él? No me bastaba con saber que había sido el miedo el que me había impulsado a huir. Me recriminaba haber sido tan injusta con ambos... tanto con Eros como conmigo misma. Era plenamente consciente de que ambos estábamos hechos para vivir juntos todo el tiempo que la Historia desease entregarnos, y jamás podría deshacer aquella realidad, aunque verdaderamente me apeteciese renunciar a todo lo que formaba mi existencia por sentirme incapaz de vivir serenamente.
Al fin, tras unos largos y espesísimos momentos llenos de desolación, Eros empezó a calmarse suave y lentamente. Dejó de llorar y, entonces, alzó la cabeza. Mientras se limpiaba las lágrimas con un pañuelo de tela, intentó serenar la cadencia de su respiración. En esos instantes, yo ya no lo acariciaba, pues deseaba que fuese él mismo quien acabase de encontrar esa paz que le había faltado tan despiadadamente durante todo el tiempo que había permanecido llorando.
     Perdóname, Sinéad. He sido un estúpido. No debería haberme hundido de ese modo; pero es que lo he pasado muy mal sin ti estos días. Ya he vivido sin ti, ya sé lo que es la vida sin ti, y no quería volver a existir sin verte, sin estar contigo. La vida sin ti es un infierno, Sinéad; pero no puedo ser egoísta. Perdóname, Sinéad. Si en verdad deseas viajar sola, yo no soy nadie para impedírtelo. Puedes irte... Yo te esperaré... No puedo chantajearte de ese modo. Lamento mucho haberme puesto así.
     No, Eros, no...
     Es comprensible que te sientas abrumada, Sinéad. Has vivido momentos muy tensos y todo lo que ha ocurrido con Arthur es bastante... duro. Es natural que necesites tiempo para asimilar todo lo que ha sucedido.
     Eros, no, no... Por favor, no digas nada más, cariño. Yo no quiero ir a ninguna parte sin ti.
     No quiero que te quedes conmigo por pena.
     Sabes que por pena yo jamás haría las cosas, Eros. Si me quedo a tu lado, es porque sé que yo tampoco puedo vivir sin ti. Volvamos a nuestra vida y retomemos nuestro presente.
     Creo que ahora no podríamos vivir serenamente... Tal vez sería conveniente viajar juntos por el mundo... en busca de otros lugares donde vivir. Quiero cambiar de vida, Sinéad.
     Está bien, pero... pero, por favor, no permitas que vuelva a decir que quiero estar sola. Sí, es cierto que necesito paz para poder reencontrarme conmigo misma; pero no puedo hacerlo lejos de ti. Yo también te necesito con locura, Eros. Perdóname. A veces... no pienso con claridad. A veces creo que no estoy muy cuerda.
     Muy cuerda no estás —me sonrió muy cariñosamente—, y eso lo sabes. Eres especial, Sinéad; pero yo te quiero así, como un tonto. Nunca dudes de mi amor.
     Eros, jamás podría hacerlo. En verdad me he abrumado porque una parte de mí temía no corresponder a tu inmenso amor. Lo que has hecho por mí es la prueba de amor más fuerte que he visto nunca...
     Arthur murió para salvarte la vida a ti, cariño. Nunca lo olvides.
     Lo sé, pero... tú podrías perderme en vida. Él... no podría notar mi ausencia... Es distinto, Eros...
     Yo también sería capaz de dar la vida por ti, Sinéad. Un ser como tú no se merece morir. El mundo no se merece perder a un ser como tú. Eres la mujer más mágica y especial que existe, ha existido y existirá jamás. La vida es mágica porque tú estás en ella, porque tus ojos pueden mirar y teñir de amor todo lo que observen, porque tu alma tiene aliento y puede llenarse de emociones preciosas, porque estás aquí conmigo, porque amas. La vida es bella porque tú existes y brillas mucho más que la luna. Nunca pienses que tu magia no es inocente. Tú enteramente eres la faz de la inocencia más pura. Es un error que pienses que no eres buena para quienes te queremos. Eres la bondad materializada y además... además tu magia es la prueba de que la fantasía sí puede existir. Te quiero, Sinéad, te quiero con una fuerza mucho más poderosa que la que mueve la tierra...
     Eros... —susurré profundamente emocionada.
     Y cuando lloras me parece que la maldad se desvanece. Eres un ser mucho más superior que cualquier dios o ángel, Sinéad.
     Eros... gracias...
     Ven, ven, mi Shiny —me pidió tiernamente mientras me abrazaba con muchísima dulzura—. Nunca dudes de que eres maravillosa, Sinéad; aunque debo confesarte que tu humildad también te vuelve especial.
     Vaya —me reí cariñosamente mientras lloraba.
     Eres un tesorito de incalculable valor.
     Tú lo eres más que yo, mi Eros...
     No digamos nada más. Lo que está claro es que nos queremos y que tenemos todo el derecho a errar, pero únicamente si sabemos rectificar. Posiblemente yo tampoco actué bien contigo cuando te insinué que estabas demasiado sensible. No me comporté como esperabas. Lo siento mucho. Perdóname.
     Ya pasó, vida mía. Iniciemos ahora juntos una nueva época, mucho más brillante que cualquiera que hayamos vivido antes.
     Gracias, Sinéad, por darme la oportunidad de seguir demostrándote que te amo.
     Gracias a ti por... por todo, Eros. Haces demasiadas cosas por mí...
     Bah, no creo que sea para tanto. Por cierto, Sinéad... Acabo de acordarme de algo muy importante... de un motivo que nos obliga a regresar cuanto antes a nuestra vida...
     ¿De qué motivo se trata? —le pregunté intimidada.
     De la boda de Zelm y Aliad... ¿Lo recuerdas? ¡Tenemos que regresar a Lainaya!
     ¡Es cierto! Ay, Brisita... ¡mi Brisita! Apenas me he acordado de ella durante este tiempo... —expresé con culpabilidad.
     Es comprensible. Has tenido la mente ocupada por otras cosas...
     Tenemos que regresar cuanto antes —le dije nerviosa.
     ¿Ahora te ha dado la prisita? —se rió travieso mientras me abrazaba con fuerza—. Permíteme disfrutar un poco más de este instante, de la soledad de Lacnisha... Quedémonos aquí un tiempo... aunque solamente sean unos días...
     Eros... —suspiré al notar sus tibias caricias—. Te echaba mucho de menos, Eros...
     Y yo a ti también, Sinéad... mi Shiny.
Mientras Eros y yo nos reencontrábamos con nosotros mismos, con la parte de nuestro ser que nos falta cuando estamos separados, la noche fue convirtiéndose muy lenta, pero tiernamente en día. El silencio que reinaba en la isla de Lacnisha fue llenándose de ecos lejanos, del suspiro de las primeras gotas de luz, del rozar de la nieve con los troncos de los árboles, del helado soplar del viento... y entonces noté que la vida regresaba a mí, adentrándose en mi ser a través de los besos y las caricias de Eros. Permití que sus brazos y su cuerpo me llevasen volando a ese mundo donde solamente existe la felicidad más resplandeciente y cálida... Y supe que ese mundo siempre respiraría para nosotros mientras en nuestra alma quedase amor.
 


EPÍLOGO
Nuestro presente nos reclamaba a través de la distancia, suplicándonos, mediante el profundo silencio de la noche, que regresásemos a aquella vida que habíamos dejado suspendida en el tiempo; mas nuestra alma anhelaba, ante todo, permanecer en Lacnisha durante un número incontable de noches. Nos apetecía que su gélida soledad nos protegiese hasta que se desvaneciese definitivamente la estela de todas esas emociones que nos habían hecho temblar y creer que nuestra vida se había desestabilizado para siempre.
Así pues, Eros y yo permanecimos en Lacnisha durante un tiempo que el mismo tiempo se olvidó de contar. Sin embargo, éramos levemente conscientes de que en realidad no habían transcurrido tantos días. Lo único que nos ocurría era que Lacnisha nos había encerrado en un dulce hechizo que provocaba que nos olvidásemos del discurrir de las horas.
No obstante, ambos sabíamos que debíamos regresar a nuestra vida, dejando para siempre atrás ese extraño período de nuestra existencia, permitiéndole al paso del tiempo que nos alejase de esos tensos momentos que todos habíamos tenido que vivir. Anhelábamos retornar a nuestra serena vida para reencontrarnos con todo lo que habíamos abandonado antes de marcharnos a Muirgéin. Sobre todo deseábamos comprobar qué nos sucedería a partir de nuestra vuelta.
El momento de marcharnos llegó entre tinieblas gélidas que presagiaban nevadas implacables. La nieve había inundado todo el bosque, haciendo que los árboles pareciesen sombras de las mismas nubes. Eros y yo salimos del hogar que nos había protegido una vez más de ese eterno frío teniendo en nuestra alma la sensación de que habíamos permanecido apartados del mundo durante un tiempo del que nadie se acordaría. No sabía si él deseaba alejarse de ese presente como yo lo hacía. Sólo percibí que le sonreía a Lacnisha por última vez cuando emprendimos nuestro vuelo. Volamos a través de sus densas nubes, sintiendo el nacimiento de la nieve, despidiéndonos de su congelada soledad y de su inquebrantable silencio. Por dentro de mí latía la necesidad de decirle adiós con mi voz, pero un nudo opresor me presionaba la garganta y la cabeza, impidiéndome hablar o suspirar. Me entristecía mucho abandonar Lacnisha. Siempre experimentaba esa honda pena invadiéndome todo el corazón cuando partía de Lacnisha sin saber cuándo volvería a notar su gélido y amoroso abrazo.
El viaje fue duro, pero a la vez hermoso. Volamos por encima de ciudades en las que se mezclaban la decadencia y la modernidad, bosques donde susurraba con timidez la voz de la noche, montañas altísimas donde el silencio había creado su morada... Y permanecimos volando durante unas cuantas noches hasta que comenzamos a ver rincones que nos resultaban levemente conocidos. Estábamos llegando a nuestro hogar. Aquella certeza me hizo sentir a la vez ilusionada y nerviosa. La ciudad donde habitábamos resplandecía bajo nubes inocentes que lo oscurecían todo sin albergar la lluvia más destructiva. No había llovido nada desde que habíamos iniciado nuestro vuelo, como si toda la lluvia que se albergaba en nuestro destino se hubiese quedado en Muirgéin.
Cuando pensaba en Muirgéin, tenía la sensación de que estaba recordando un lugar que no existía, una tierra imaginada que formaba parte de un sueño. Muirgéin, vista desde mis recuerdos, no me parecía real. Me parecía imposible creer que Muirgéin se encontrase en nuestro mismo mundo y que Morgaine fuese un ser terrenal que respiraba en nuestra misma existencia. Tenía la inquietante impresión de que habíamos abandonado a Arthur en otra dimensión, en una tierra inalcanzable que nunca podríamos percibir con nuestros sentidos, sino solamente con el poder de nuestra alma, la cual se expresa a través de nuestra incansable imaginación.
Volamos hacia nuestro hogar manteniendo un silencio que parecía infinito e inquebrantable. Era consciente de que Eros y yo experimentábamos las mismas emociones: ilusión, nervios y sublimidad. Me costaba recordar la última vez que nos habíamos hallado serenamente en nuestra morada disfrutando de la belleza con la que la habíamos decorado. No obstante, la esperanza de que todo se restableciese para nosotros nos incitaba a volar cada vez más raudo hasta que al fin nos adentramos en aquel presente que le habíamos entregado al tiempo para que lo custodiase entre sus brazos.
Y así volvimos a esa vida que nos había costado tanto forjarnos, a ese presente que tanto adorábamos. Llenamos de luz y amor cada instante, recuperamos la calma que había teñido nuestra existencia y sobre todo intentamos recobrar la ilusión de vivir cada noche y las ganas de soñar con momentos preciosos que pudiesen embellecer la sombra de nuestro destino. Ambos sabíamos que todavía nos quedaban muchas cosas por vivir y aquella certeza nos instaba a sonreír cada atardecer y a despedirnos con cariño y esperanza de cada noche que se marchaba. Eros y yo regresamos a nuestra vida sintiendo latir por dentro de nosotros una infinita ilusión que doraba todos los rincones oscuros que quisiesen apoderarse de nuestro hogar. Y así empezó para nosotros una nueva época que lentamente iría cubriéndose de tibieza y ternura.