lunes, 11 de enero de 2016

ABANDONANDO LA REALIDAD - 05. PROTECCIÓN


 
PROTECCIÓN
 
En esos momentos, la vida me resultaba un ininterrumpido engaño, los sonidos de la noche parecían formar parte de otro mundo y creía que el silencio que se había instalado entre Leonard y yo era la única conversación que existía. Permanecimos sin decirnos nada durante unos largos minutos en los que yo traté de ordenar mis pensamientos y atenuar la fuerza de mis emociones. No podía orientarme. Me sentía como si de repente todo lo que yo había creído parte de mi existencia hubiese emanado de un sueño.
Al fin, tras suspirar profundamente, Leonard me miró con los ojos anegados en disculpas y, entonces, empezó a hablarme con delicadeza y cariño. Me costaba comprender las palabras que me dedicaba y también creer que formaban parte de la realidad en la que existíamos. Me parecía que Leonard se refería a un tiempo muy lejano que en verdad nunca había pertenecido a nuestro destino y que los hechos que me relataba con tanto cuidado y a la vez firmeza describían unos recuerdos que no eran los míos.
     Sinéad, primeramente quisiera disculparme por haber provocado que te sintieses y te sientas tan desorientada. Créeme que todo lo que yo hago siempre es para protegerte; pero me temo que no puedo ampararte de todos los hechos que acaecen en la Historia. Efectivamente, tú viajaste a ese otro mundo que creaste uniendo tu alma a la de la naturaleza. Pasaste allí un tiempo que ni tú misma supiste contar; un tiempo que, seguramente, para nosotros transcurrió muchísimo más rápidamente que para ti. Es cierto, también, que ese mundo empezó a desaparecer porque Lacnisha estaba cambiando. La nieve de Lacnisha está derritiéndose, es cierto también, están deshaciéndose las brumas que la rodean y las banquisas que la protegían de la humanidad están fundiéndose. Es verdad que perdiste el conocimiento porque tu alma fue incapaz de soportar el desvanecimiento de ese mundo que creaste con tanto amor. Yo intenté resguardarte de esas emociones tan fuertes durmiéndote durante un tiempo; pero te sentías tan desasosegada que el sueño en el que intenté sumergirte se te llenó de pesadillas horribles. Cuando yo noté que estabas tan desesperada, acudí enseguida a tu vera y entonces te encontré tirada en el suelo de Lacnisha.
     ¿Entonces es cierto que Lacnisha está desapareciendo? —le pregunté con una voz muy frágil, llena de lágrimas retenidas—. ¿Es cierto que la Lacnisha que yo siempre amé ya no existe?
     No, no existe ya —me confirmó Leonard con un cuidado incalculable.
     ¿De veras no se puede hacer nada para devolverles la vida a Lacnisha y a ese mundo donde vivían mis seres queridos? —le cuestioné incrédula, tratando de que las intensas ganas de llorar que me atacaban tan vilmente no me arrebatasen la voz.
     Es posible que, si te esfuerzas, consigas salvar a Lacnisha de la destrucción; pero necesitas ser muy fuerte y saber emplear muy bien todas tus facultades. Es muy probable que, si no logras tus propósitos, quedes exhausta para el resto de la eternidad. Incluso ese incalculable esfuerzo puede arrebatarte la cordura.
     ¿Y qué debo hacer, Leonard?
     Tienes que tratar de invertir el tiempo que transcurre en Lacnisha hacia un pasado en el que sea posible atrapar un poco de su magia eterna para devolvérsela y también regresar al presente para construir unas nieblas que sean un escudo que la protejan de todo lo que ocurre en la humanidad.
     ¿Cómo se hace eso? Yo nunca me he atrevido a controlar tan notablemente el fluir del tiempo.
     No creo que seas capaz de lograr algo así, ni siquiera creo que merezca la pena que lo intentes.
     Padre, conoces perfectamente qué es Lacnisha para mí. Lacnisha es el rincón del mundo que más amo. Yo no puedo permitir que ella desaparezca, que la enfermedad que está atacando a la Naturaleza también la devaste a ella. Lacnisha es la prueba de que existió un tiempo en el que fui feliz. Lacnisha siempre me ha acogido en su abrazo eterno y gélido cuando más desamparada me he sentido. Yo creía que Lacnisha era inmortal e imperecedera, como yo, y descubrir que no es así me hace pensar que no merece la pena seguir viviendo en este mundo ni en esta Historia —le confesé empezando a llorar cada vez más desesperadamente—. Lacnisha está en mí, por eso no puedo permitir que muera.
     Tienes toda la razón, cariño; pero me aterra la idea de que intentes conseguir algo que puede destruirte.
     Si en verdad mi destino es morir, haga lo que haga feneceré. Prefiero desaparecer antes que marcharme de este mundo sin haber luchado por devolverle su magia a mi amada isla.
     Siempre has sido muy testaruda, hija. Nadie ha podido disuadirte de tus ideas y convicciones. Haz lo que tengas que hacer; pero recuerda que siempre te quedará un hogar dondequiera que yo me encuentre.
No pude contestarle, pues las ganas de llorar que me atacaban me habían arrebatado la voz. Solamente pude abrazarlo y entregarle en ese abrazo todo el cariño y la gratitud que sentía por él. No pude prometerle que regresaría a su lado y tampoco tuve fuerzas para sonreírle luminosamente. Me marché de su lado sin saber cuándo volveríamos a vernos, volé a través de la espesa oscuridad de la noche hacia ese rincón del mundo que yo tanto había amado y no dejé de recordar todas las palabras que Leonard me había dedicado. Me detuve varias veces para alimentarme. Sabía que necesitaba estar henchida de sangre para poder disponer plenamente de todas mis facultades. La misión que debía cumplir era muy complicada. Ni siquiera en esos momentos podía experimentar rencor hacia Leonard por haber intentado alejarme de mi dolorosa realidad, pues lo único que me anegaba la mente era el deseo de rescatar Lacnisha de las garras del olvido y de la destrucción. Ni tan sólo podía preguntarme si quedaba en el mundo algún destello de la vida de esa tierra que habíamos creado entre la Naturaleza y yo, puesto que no me atrevía a enfrentarme a una verdad mucho más desgarradora y estremecedora.
Tenía el alma llena de sentimientos que me costaba experimentar. Por un lado, la tristeza más devastadora me controlaba, se me posaba en los ojos y oscurecía todos mis pensamientos; pero, por el otro, el deseo de devolverle a Lacnisha toda la magia que la había caracterizado siempre me hacía sentir una euforia que hacía mucho tiempo que no me invadía. Esa euforia me instaba a volar rápidamente por el cielo y a descender a la tierra cuando notaba que mis fuerzas empezaban a desvanecerse. Tomaba la sangre con presteza y desesperación y después reanudaba mi volar.
Al fin, noté que la temperatura que me rodeaba descendía hasta convertirse en una caricia helada. No obstante, me apercibí de que aquel aliento tan gélido estaba mucho más templado que aquél que siempre me había dado la bienvenida a Lacnisha. Me fijé en que el mar que sobrevolaba estaba agitado por una fuerza que nunca antes habían movilizado aquellas aguas y la oscuridad que lo cubría todo estaba interrumpida por la luz de unas tímidas estrellas que brillaban en el firmamento con inseguridad y temor, como si fuese la primera vez que resplandecían en medio de la noche.
Podía ver, en la distancia, la arredondeada isla de Lacnisha. No obstante, su nieve ya no refulgía igual. Parecía atenuada por el resplandor de las estrellas. Conforme me aproximaba a las imponentes montañas que la cercaban, me convencía más de que aquella isla no era la que siempre me había amparado de la dureza y la crudeza de la realidad. Había cambiado muchísimo; pero fue precisamente aquella certeza la que me animó a luchar con todas mis fuerzas contra el paso del tiempo y la maldad de la destrucción.
     Lacnisha, estás enferma —le dije sentándome entre sus árboles. El suelo de Lacnisha ya no estaba cubierto por una nieve mullida y poderosa, sino por una capa quebrantable de hielo—; pero yo te ayudaré a curarte, te lo prometo; aunque sea lo último que haga en esta vida.
No sabía cómo empezar a luchar contra aquella desgarradora realidad, pues me parecía que me hallaba muy lejos de todo lo que había formado mi existencia. Incluso notaba que por dentro de mí la voz de mis poderosas facultades se había silenciado; pero yo sabía que sentía todo aquello por culpa del miedo. El miedo me guiaba a través de un camino hecho solamente de desolación e inseguridad.
Traté de percibir la voz de la naturaleza que siempre había cuidado de Lacnisha, pero el silencio más desgarrador lo invadía todo. Incluso me desconcentraba el murmullo de esa agua que siempre había sido hielo; la que se había derretido convirtiéndose en pequeñas olas que arañaban la orilla de Lacnisha. No obstante, intenté, con toda mi concentración, apartarme de todos esos desalentadores estímulos y me encerré en mí misma para avivar la fuerza de mis poderes vampíricos; ésos que hacía mucho tiempo que no empleaba.
Entonces percibí que la voz de todos esos poderes se alzaba sobre el miedo y la desorientación y que su vigor me invadía toda el alma. Me aferré a todas esas sensaciones para no perder la calma, para que mi propia magia me volviese más fuerte, para poder engrandecerme y enfrentarme a la crueldad de ese presente.
Entonces, un incontrolable vigor me invadió toda el alma y de repente me creí el ser más poderoso de la Historia. Me levanté del suelo, notando que mi apariencia era imponente. Aunque me hallase rodeada por la soledad más impenetrable, yo sabía que no era la única que me encontraba allí, en ese bosque cargado de inviernos lejanos e indestructibles.
Sentía que el poder de esa naturaleza tan antigua me acompañaba en ese momento, rodeándome, haciéndome saber que no lucharía sola contra la crueldad de la humanidad y contra esa enfermedad que estaba acabando con todos los lugares bellos de la Tierra.
Con aquellas sensaciones tan bellas palpitando por dentro de mí, alcé las manos hacia el cielo, como si de aquella noche tan oscura y densa quisiese atrapar toda la luz de la vida, y después las descendí mientras las abría, notando que la magia que anegaba todos los rincones de aquel bosque se esparcía por doquier. Tenía los ojos cerrados, pero me sentía deslumbrada por todo el fulgor de Lacnisha.
     Quiero que vuelva ese tiempo pasado en el que Lacnisha brillaba con toda la fuerza del invierno. Quiero que el mismo tiempo que ha transcurrido hasta arrastrarla a este infame presente le devuelva su resplandor, su eternidad y su inquebrantable poder. Quiero que nos traslademos al pasado para atrapar de esos tiempos toda la inmortalidad que Lacnisha tenía guardada en su seno. No me importa morir en el intento de retornarle a mi amada isla toda la magia que le perteneció siempre, por conseguir rodearla de nieblas que la alejen para siempre de cualquier mirada y de cualquier vida que pueda destruirla. Mi existencia no tiene sentido si Lacnisha no está en este mundo brillando como siempre lo hizo.
Mientras pronunciaba aquellas palabras tan cargadas de impotencia y a la vez anhelos perdidos, notaba que la fuerza que se había apoderado de mí se expandía por mi interior, devolviéndome las ganas de luchar por algo que sí merecía la pena, que sí tenía sentido.
Noté que de repente me rodeaban las nieblas más gélidas e indisipables. Oí que el viento soplaba con una fuerza que podía destruir los árboles, que agitaba la poca nieve que alfombraba el suelo de aquella mágica isla y que deshacía las nubes que me cubrían. Percibí que algo me atrapaba y me separaba de la protección de Lacnisha. No podía abrir los ojos, pues lo tenía rotundamente prohibido; pero sabía que ya no me encontraba conectada a esa pura tierra, sino perdida en las tinieblas del tiempo. Deseé, con todas las fuerzas de mi alma, regresar al primer instante de mi vida vampírica; aquella noche en la que descubrí la hermosura más inquebrantable de la vida, en la que me hallé por primera vez en el lugar más precioso y mágico en el que yo jamás había estado. No me costó convencerle al tiempo de que me permitiese viajar hasta esa noche, pues sabía que tanto el tiempo como el espacio deseaban ayudarme para devolverle a Lacnisha su inmaculada perfección.
Brevemente, me pregunté si aquella hazaña me permitiría reconstruir la tierra donde habían habitado tan en calma mis seres queridos; pero mi razón me advirtió de que no debía pensar en nada, de que tenía que concentrarme profundamente en aquellos momentos para no errar en el camino del tiempo. Noté que, de repente, me encontraba tendida en un suelo todo cubierto por la nieve más inquebrantable. El frío más indestructible me rodeaba. Hacía muchísimos años que no sentía un frío tan punzante. Se trataba del frío que me había recibido la primera noche de mi vida vampírica cuando me había dejado caer por la ventana del primer castillo en el que vivía; ese frío que me había hecho descubrir que yo era fuerte y que ya no tenía por qué temer la oscuridad de la noche ni la gelidez de la nieve.
Abrí los ojos, desorientada, pero sabía que no podía permitirles a mis sentimientos que me desconcentrasen. Tenía que darme prisa o las puertas del tiempo se cerrarían eternamente para mí y no podría regresar al desalentador presente que debía vivir. Así pues, me levanté del suelo y empecé a correr a través de los árboles todavía deseando que la inmensa magia que dominaba el destino de aquella resplandeciente isla se introdujese en mi interior y me permitiese transportarla hasta mis oscuros días.
Me alentaba sentir que no estaba errando, que no me equivocaba, que se cumplía todo lo que deseaba. Notaba que mi interior se llenaba de un poder que no provenía de mi alma, sino de la de aquella isla tan antigua y mágica. Cuando percibí que el alma ya se me había anegado en todo el ímpetu mágico que necesitaba, entonces le rogué al tiempo que me llevase hasta esa noche que había abandonado tan vagamente.
Antes de que las brumas del tiempo me rodeasen de nuevo, noté que alguien me observaba desde un punto inconcreto. No quise mirar atrás. No podía interactuar con nadie, con ningún ser que no formase parte de mi momento ni del tiempo en el que ilícitamente me encontraba. Sentía que unos ojos estaban clavados y fijos en mí, pero no quise saber de quién se trataba. Posiblemente fuese Leonard, pero no quería comprobarlo. Permití que esas tinieblas intemporales me llevasen de nuevo a mi presente.
En breve me encontré allí tras un tiempo incalculable en el que me había esforzado lo indecible por no dejar ir toda esa magia que Lacnisha me había entregado para que la trajese a mi presente. La resguardaba en mi alma sabiendo que no podía desconcentrarme. Cuando percibí que me rodeaba la soledad de la Lacnisha que trataba de subsistir en ese oscuro presente, me senté en el suelo y volví a concentrarme todo lo que pude. La magia que me había permitido viajar al pasado se desvaneció para cederle el hueco que había dejado al poder que me facilitaría comunicarme con el alma de Lacnisha.
     Quiero entregarte esta magia pasada para que la resguardes en tu alma y no la dejes ir nunca, nunca.
Percibí que algo me arrebataba esa magia que no había brotado de mi alma. A la vez que experimentaba aquella sensación tan inconcreta e indescriptible, notaba que mi alrededor se llenaba de frío, se enfriaba, se enfriaba hasta convertirse en el aliento helado de ese eterno invierno que yo había conocido hacía ya tantos y tantos siglos.
     Quiero que, tú misma, Lacnisha, te protejas del exterior, que no permitas que nada ajeno a tu vida se introduzca en tu existencia. Rodéate de las brumas más indisipables, ampárate de la mirada de cualquier intruso con unas nieblas que nadie, salvo los que te amamos de verdad, pueda atravesar. Provoca que, de nuevo, el mar que te cerca se llene de banquisas que impedirán la navegación de cualquier embarcación que pueda acercarse a tu orilla. Sé que comprendes mis palabras, pues, aunque las piense en mi idioma, mi alma te las comunica en tu lenguaje. Por favor, no permitas que el presente y la enfermedad que está acabando con la Naturaleza te destruyan a ti también. Tú eres mucho más fuerte que cualquier parte del mundo.
Sí, sabía que Lacnisha me comprendía, por eso no me desanimé en ningún momento y continué dedicándole aquellas palabras hasta que noté que se agotaba toda la magia y la fuerza que habían gritado en mi interior durante todo aquel tiempo tan inconcreto. Entonces sentí que, lentamente, la consciencia se me desvanecía y que la oscuridad más impenetrable deseaba apoderarse de mis sentidos y de mis pensamientos. Me rendí a esa oscuridad sabiendo que ya había cumplido con mi propósito.
Me sentía tan agotada que no pude evitar que mi entorno se desvaneciese súbitamente. Sabía que el alma de Lacnisha se había apoderado de todas mis fuerzas, por ello estaba tan exhausta. Confiaba en que ella misma terminase de recuperarse gracias a todo lo que yo le había entregado.
Entonces todo desapareció. Solamente noté que la nieve me cubría y me abrazaba, que aquellos ancestrales árboles me protegían del frío y que el cielo que me cubría se llenaba de aquellas nubes liliáceas de las que había brotado el matiz de mis ojos. Me sentí en calma cuando descubrí, vagamente, que Lacnisha empezaba a recuperar su magia, su poder, su imperturbable belleza...
     Sinéad, Sinéad.
Alguien con una voz calmada, paciente y profunda me llamaba con urgencia, pero también con ternura, me agitaba de los hombros con mucha delicadeza y me acariciaba de vez en cuando los cabellos y el rostro, instándome con aquellas caricias a que abriese los ojos. Los abrí desorientada, incapaz de recordar lo que había ocurrido antes de que aquel espeso sueño me dominase. Cuando los abrí, entonces me encontré tendida en un lecho muy cómodo, cubierta por una suave manta y con la cabeza apoyada en una mullida almohada. La oscuridad de la noche se resguardaba en los rincones de una alcoba confortable en el fondo de la cual brillaba una lumbre tímida y a la vez poderosa. Me serené en cuanto la harmonía de aquel ambiente me acarició el alma.
Leonard estaba a mi lado, tomándome de la mano, presionándomela cuando los ojos se me llenaban de extrañeza. Me sonreía con amor, orgullo y felicidad. El silencio más denso se había apoderado de nuestro alrededor, pero yo no necesitaba que me dedicase ninguna palabra. Con la forma como me miraba ya me revelaba todo lo que yo necesitaba saber.
     Sinéad, hija mía, que estés viva es un milagro —me confesó presionándome la mano—. Has realizado un esfuerzo inmenso que podía haberte arrebatado para siempre tu inmortalidad; pero eres tan fuerte que nada puede vencerte, nada —me susurró emocionado. La voz le temblaba.
     ¿Qué ha ocurrido con Lacnisha? —le pregunté con una voz débil. Noté que la garganta me escocía muchísimo, revelándome así que debía beber sangre cuanto antes. Tenía tanta sed que me costaba sentirla.
     Lacnisha está protegida por el poder que tú misma le entregaste. Le has dado parte de tu magia para que nadie pueda destruirla jamás. Ahora ya no eres tan poderosa como antes, pues parte de lo que te hacía ser tan vigorosa ahora le pertenece a Lacnisha.
     No me importa —musité con una voz quebrada por la sed.
     Posiblemente necesites beber mucha sangre para que te sientas recuperada.
     Me da igual matar a un número incontable de humanos malditos que no saben cuidar ni de su hogar. No me importa matar a las personas que no sienten remordimientos. Odio a la especie humana con todas mis fuerzas. Me avergüenzo de haber sido una de ellos —le revelé a mi padre con la voz llena de rencor—. Ojalá la humanidad desapareciese. Me gustaría destruirla yo misma si pudiese.
     No, Sinéad, no es bueno que sientas ese rencor tan destructivo —me advirtió Leonard sobrecogido.
     Yo jamás sería capaz de hacerle daño a la Naturaleza, pero sí agarraría a todas esas personas desagradecidas e inconscientes y las torturaría para que aprendiesen a apreciar más la vida. Es curioso: viven unos años efímeros y en cambio pretenden transformar la Historia, algo que sí es eterno, y dejar su insignificante huella en el destino de esta Tierra cuando ellos no valen nada, nada, ¡nada!
     Cálmate, Sinéad, cariño —me pidió mi padre tomándome de los hombros. La impotencia y la sed me habían descontrolado.
     ¡Por culpa de esos estúpidos humanos que te empeñas en defender y dejar con vida, mis seres queridos han desaparecido otra vez para siempre y Lacnisha casi muere! —chillé sin poder evitarlo. La sed le arrebataba a mi voz la nitidez con la que yo deseaba expresarme.
     Tienes que serenarte y beber algo de sangre.
     ¡Te juro, Leonard, que la humanidad pagará por lo que está haciendo! —exclamé deshaciéndome de su abrazo y saltando fuera del lecho—. ¡Nadie me detendrá!
     Sinéad, por favor, cálmate —me suplicó Leonard poniéndose en pie ante mí e intentando aferrarme de las manos; pero yo me despojaba de sus caricias antes de que él pudiese tocarme—. Hija, sintiendo ese rencor no vas a lograr nada bueno.
     ¡Y es que no quiero lograr nada bueno! ¡Quiero darle un escarmiento a la especie humana! ¡Malditos humanos! —estallé en llanto sin poder evitarlo.
     Ven, salgamos. Te acompañaré a alimentarte.
     No, Leonard...
     Estás descontrolada. No piensas con claridad. No voy a dejarte sola, cariño.
     ¡Hace muchos años que deberíamos habernos vengado de la especie humana por todo el daño que nos han hecho! ¡Ahora están destruyendo nuestro mundo! —sollozaba descontrolada por la rabia y la tristeza.
     Hace mucho tiempo que están destruyendo nuestro mundo, Sinéad.
     ¿Y por qué nunca hemos hecho nada para remediarlo?
     Porque nosotros no podemos intervenir en el destino de la humanidad, vida mía. No podemos controlar la Historia.
     No podemos controlar la Historia, pero ellos sí pueden hacerlo, ¿no? ¿Qué los convierte en merecedores de dominar la Historia?
     No, Sinéad, eso no es así.
     ¿Acaso piensas que ellos tienen más derecho que nosotros a vivir en este mundo que no saben apreciar?
     Por supuesto que no pienso así, hija; pero no podemos hacer nada.
     ¡Me niego a aceptar eso! —le chillé desasiéndome de sus manos y corriendo hacia el exterior.
Leonard no me detuvo. Sabía que yo no me atrevería a hacer nada de lo cual pudiese arrepentirme después. Me permitió que corriese por aquella morada en la que nunca había estado y que llegase cuanto antes al bosque que la rodeaba. Nunca había visto esos pasillos ni esas puertas, pero aquel lugar me resultaba levemente conocido. Me pregunté si no me hallaba en otro sueño provocado por Leonard en el que había viajado atrás en el tiempo; pero supe que me encontraba sumergida en la realidad más horrible. La naturaleza que protegía aquella morada estaba llena de vacíos, de silencios incómodos; pero pude detectar el ininterrumpido murmullo de la civilización mezclándose con la voz del viento. Aquello me desesperó mucho más y me hizo correr a través de esas sendas ya demasiado recorridas hasta una ciudad llena de contaminación, de coches que pasaban sin cesar quebrando la quietud de la noche, de personas que reían despreocupadas en parques que ellos mismos ensuciaban, de calles llenas de basura y de casas espantosas y sosas, de edificios horrorosos que se alzaban hacia el cielo sin importarles que estuviesen invadiendo el terreno de las estrellas.
Sentí ganas de gritar, pero me contuve y en cambio me introduje en una casa de paredes grises. Me alimenté sin pensar en el número de vidas que estaba llevando a la muerte. Tampoco pude saborear con placer la sangre, pues tenía la sensación de que, desde hacía muchísimos años, la sangre ya no sabía igual, estaba atenuada, estaba contaminada por sustancias contra las que nuestro cuerpo vampírico ya se había acostumbrado a luchar.
No obstante, aquella noche no pude evitar vomitar cuando salí del último hogar donde me había alimentado. Me encontraba mareada, pero sabía que no era el sabor de la sangre lo único que me desorientaba y me enfermaba, sino también la impotencia y la rabia que me invadían el alma.
Me encontraba muy mal, pero no quería pedir ayuda. Deseaba pasar en soledad aquel trance. Cuando me sentí mejor tras haber devuelto al menos la mitad de toda la sangre que había ingerido, me alcé de donde estaba arrodillada y empecé a andar por esas calles tan modernas y a la vez tan sucias. Entonces noté que alguien me perseguía, caminando con sigilo como si no quisiese que yo percibiese su presencia. Me volteé desorientada y entonces me encontré frente a una mirada anegada en preocupación y desasosiego. Un hombre de unos aproximadamente treinta años me observaba con minuciosidad y me formulaba con los ojos preguntas que yo no sabía cómo podría responder. Lo único que se me ocurrió hacer fue huir de su lado, pero él me detuvo aferrándome de repente de las manos.
     Estás muy enferma —me comunicó con una voz llena de impaciencia—. He visto que has vomitado muchísima sangre. ¿Desde cuándo te ocurre eso? Soy médico. Permíteme que te examine y que...
     No, yo no... —titubeé intentando soltarme de sus manos.
     Estás muy enferma. ¿Están tratándote?
     Sí, pero no...
     Lamento meterme donde no me llaman; pero tienes un aspecto muy inquietante.
     Debo irme —susurré incapaz de mirarlo a los ojos. Su aspecto me imponía mucho. Tenía los ojos verdes y los cabellos rizados y pelirrojos—. No puedo seguir hablando contigo.
     ¿Por qué?
     Porque no me encuentro bien. Necesito ir a casa.
     Yo puedo llevarte en mi coche.
     No, no. Te lo agradezco mucho, pero...
     Si estás en tratamiento y sigues vomitando tanta sangre, significa que para ti no hay cura.
     No, no la hay...
     Lo siento mucho.
     No vuelvas a pensar en mí —le pedí mirándolo fijamente al fin, pero solamente con la intención de hipnotizarlo—. Olvídate de mí.
Cuando noté que la mente de aquel humano se había llenado de vacío y olvido, me desasí de sus fuertes manos y corrí hacia mi hogar sintiendo que algo se quebraba por dentro de mí. Me preguntaba cómo era posible que una persona se hubiese preocupado tanto por mí sin conocerme. Rogué que aquel hombre no tuviese ninguna conexión ni con mi pasado ni con mi presente.
     Sinéad.
La voz de Leonard sonó llena de alivio cuando me adentré en la alcoba donde me había despertado aquella noche. Mi padre se hallaba sentado en el lecho donde yo había dormido y tenía un libro en las manos. No obstante, yo sabía que no estaba leyendo.
     Con todo lo que has escrito, has intentado comunicarte con la especie humana para avisarla de que no están comportándose bien con este planeta —me dijo con tristeza.
     Pero todo ese esfuerzo no ha merecido la pena porque hoy en día la gente ya no sabe leer y, casualmente, los pocos que se han atrevido a leer mi obra piensan igual que yo. No puedo llegar al corazón de quienes están equivocándose precisamente porque no tienen la sensibilidad necesaria para leer mis palabras. No sé si me entiendes.
     Te entiendo perfectamente, hija; pero no debes desalentarte. Sigue escribiendo e intentando comunicarte con la humanidad.
     Creo que ya no intentaré que mis palabras lleguen a la gente. Escribiré, sí, pero para mí y para quienes de veras estén interesados en leerme, no por compromiso, sino porque realmente les guste cómo escribo. No creo que merezca la pena luchar contra la humanidad entera para forjarme un puesto en este mundo; un puesto que en realidad nunca se ha inventado para mí.
     Estás demasiado desanimada.
     Después de todo lo que ha ocurrido, Leonard, he perdido la fe en todo, en todo.
     Menos en ti, supongo.
     ¿Cómo?
     Has perdido la fe en todo, menos en ti, pues, gracias a ti, Lacnisha todavía está viva.
     Supongo que tú también me has ayudado.
     No, Sinéad. Yo solamente te animé a que lo hicieses, pero el resto lo has conseguido tú solita.
     Espero que no tenga que volver a emplear así mis facultades nunca más.
     Yo también lo espero.
Tras aquellas palabras, nos invadió de nuevo el silencio más profundo. Fui yo quien se atrevió a romperlo:
     La sangre me sienta mal últimamente.
     Sí, a mí también. No debes beberte toda la sangre de un cuerpo, sino alimentarte de distintos humanos sin llegar a matarlos.
     No puedo impedir que el éxtasis de la sangre me domine. No puedo luchar contra mis ansias de matar a la persona que está alimentándome. Es una forma de vengarme por el daño que nos han hecho.
     No, Sinéad. Tienes que volver a ser tú, cariño. Tú no eres así, hija. Tú nunca has sentido ese rencor. No permitas que el alma se te llene de sensaciones y emociones tan horribles.
     Estoy cansada de ser buena, de ser dulce, de luchar contra mis instintos para que la humanidad no me tema. Soy vampiresa. Ya no quiero seguir siendo esa medio humana encerrada en un cuerpo eterno que intenté ser durante toda mi existencia. Se acabó. Seré ahora tan egoísta como la humanidad entera.
     No, Sinéad, hija.
     No me apetece discutir contigo ni con nadie.
     Te sientes así porque crees que los humanos tienen la culpa de que haya desaparecido el mundo que con tanto amor creaste, ¿verdad?
     Y por muchas cosas más —le dije mirándolo con pena.
     Sinéad, tu naturaleza no es sentir esas emociones tan tristes. No te dejes reinar por el rencor.
     No sé para qué quieres que siga siendo la de siempre.
     Para que te sientas en paz contigo misma. Escúchame, hija —me pidió levantándose del lecho y tomándome de las manos—, ese mundo ha desaparecido para siempre, es cierto; pero no lo han hecho tus seres queridos. Ellos no han muerto, cariño. Ellos están en este mundo.
     Habría preferido que se muriesen de nuevo —sentencié con impotencia—. Esta porquería de mundo no está hecho para que ellos vivan.
     El mundo no tiene la culpa de que la especie humana sea tan inconsciente y absurda, hija mía.
     No quiero que les ocurra nada malo.
     Sabrán cuidarse.
     ¿Y dónde están?
     Cada uno ha escogido un lugar distinto para vivir; pero tus padres están aquí, junto con Eitzen, Alex y Áurea.
     ¿Están en este castillo?
     No estamos en un castillo.
     No importa.
     Sí, están aquí.
     ¿Y Tsolen?
     Tsolen todavía se encuentra donde vivías antes con él.
     Que se quede allí —dije con rabia.
     Sinéad, deberías ir a buscarlo y hablar con él.
     No me apetece verlo. No me apoyó, no ha estado a mi lado en estos momentos tan horribles.
     Pero porque no tiene ni idea de lo que ha ocurrido.
     ¿No se lo has contado? —le pregunté incrédula.
     Le dije que estabas en peligro; pero, cuando le aseguré que te había dormido y que ya estabas a salvo, se serenó y te dejó en mis manos.
     ¿No ha venido a verme en ningún momento?
     No, Sinéad, pero ha hablado conmigo todos los días.
     Entonces no es necesario que vuelva junto a él para explicarle todo lo que ha sucedido.
     Sinéad...
     No quiero volver a verlo nunca más.
     Sinéad, no te dejes llevar por el rencor.
     No se trata de rencor. No quiero volver a ver a nadie. Me marcho, Leonard.
     Creo que no estás muy equilibrada, hija.
     Me marcho a un lugar donde no haya coches, ni contaminación, ni farolas ni...
     Sinéad, aquí estamos a salvo.
     No, no. A pocos kilómetros hay una ciudad horrible cuyo murmullo espantoso puedo captar desde aquí. Necesito irme unos días.
     Está bien, no te lo impediré; pero ten mucho cuidado, cariño, no con tu estado físico, sino mental. Tengo la sensación de que...
     Si me quedo aquí, me enloqueceré definitivamente, padre. Necesito estar sola durante un tiempo.
Leonard se conformó, pero porque sabía, perfectamente, que yo era mucho más testaruda que él. Me dejó ir, me permitió que preparase mi ligero equipaje y que me dirigiese hacia ese bosque donde nos despedimos con un largo y cariñoso abrazo. Le pedí que no le comunicase a nadie el lugar al que partiría y después desaparecí engullida por las nubes de contaminación que cubrían aquel estrellado cielo donde ya nada brillaba, nada.
Empezaba para mí un viaje cuya duración no me atrevía a determinar. Ni siquiera sabía adónde deseaba dirigirme. Solamente era consciente de que no quería permanecer en un lugar habitado por la modernidad o por los seres humanos. Sabía que tendría que realizar grandes esfuerzos para alimentarme, pero no me importaba, y sobre todo tendría que esforzarme por hallar unos lares que se correspondiesen con lo que yo deseaba encontrar, pues el mundo cada vez estaba más invadido por la modernidad, por la destrucción de los avances, por las guerras y por la inconsciencia de la especie humana; pero lo encontraría, y no me importaba si, para lograrlo, tenía que mover cielo y tierra o sumergirme en el océano más profundo e inaccesible de todo el planeta.
 

domingo, 3 de enero de 2016

ABANDONANDO LA REALIDAD - 04. TRISTEZA


 
TRISTEZA
 
La oscuridad del sueño se había convertido en sensaciones que parecían no caber en mí. Notaba que algo me impulsaba a través de la nada, sentía la velocidad del aire en los cabellos y en la piel. Deseaba aferrarme a algo que me impidiese perderme por aquel inmenso vacío, pero no podía moverme. Estaba muy asustada, tanto que no podía controlar mis emociones ni pensar con claridad.
Inesperadamente, noté que mi alrededor se llenaba de quietud. No estaba ya tan dormida, sino que podía abrir los ojos; pero me daba miedo hacerlo y encontrarme con alguna imagen que me hiriese en el alma. Percibía detalles que no lograba entender: una mano cerca de mi rostro, una respiración imperceptible y lejana, la tibieza de una lumbre cuyas llamas crepitaban quebrando el espeso silencio que me rodeaba, unos pasos tenues y remotos, el crujir de las ramas vacías de los árboles... Todos aquellos sonidos me recordaron al instante en el que se terminó mi transformación en vampiresa y ya podía enfrentarme a la nueva vida que se había iniciado para mí.
Sabía que no estaba sola, pero era incapaz de determinar quién se hallaba a mi lado, tomándome de la mano con una suavidad exquisita y con una ternura demasiado antigua. De vez en cuando, unos dedos ágiles y cariñosos me retiraban de las mejillas unas lágrimas cuya presencia yo ni siquiera podía detectar. Estaba llorando, pero yo no era consciente de mi llanto. Lo fui cuando aquel ser que se encontraba junto a mí empezó a limpiarme esas lágrimas que estarían turbando la brillante palidez de mi piel.
     Sinéad, ¿puedes oírme?
Era una voz profunda y aterciopelada que sonó anegada en inquietud y temor. Una controlada desesperación tiñó esas dulces palabras, a las cuales yo solamente pude responder moviendo delicadamente los párpados, intentando abrir los ojos; pero las lágrimas que brotaban de mi mirada sin que yo pudiese preverlo me lo impidieron, pues se me habían secado en las pestañas. Quien me había apelado con tanta ternura reparó en que yo no podía abrir los ojos y entonces me los limpió delicadamente.
     Ya puedes abrir los ojos, cariño. Serénate, estás en casa.
     Leonard.
Supe que quien se hallaba a mi lado hablándome con tanto amor era mi padre porque reconocí todos los recuerdos que nos pertenecían en esa voz profunda y tierna que se dirigía a mí con un primor y un cariño que nadie podría sentir por mí jamás. Saber que él estaba a mi lado me alentó y me ayudó a abrir los ojos.
Estaba muy desorientada, como lo estuve cuando abrí los ojos a la vida vampírica. No podía recordar ningún detalle que hubiese formado los momentos previos a aquel instante. Abrí los ojos sin acordarme de nada, creyendo que mi presente se había convertido en aquel lejano pasado. Notaba, además, que algo pesado y potente me presionaba el alma, como si me hubiese tragado la roca más agresiva de la Tierra.
     ¿Cómo te encuentras, cariño? —me preguntó Leonard acariciándome la mano que me tenía tomada.
Yo no podía contestarle. Miraba desorientada a mi alrededor sin comprender dónde me encontraba, sin poder recordar lo que me había ocurrido antes de ese momento. Leonard fue paciente conmigo, como lo fue cuando mi conversión acabó; pero yo notaba que de sus ojos emanaba una tristeza que no tenía ni principio ni fin, una tristeza que yo también sentía sin saber por qué.
     ¿Dónde estoy?
     Estás en casa.
     ¿Qué casa? —le pregunté con una voz frágil.
     En nuestra casa, en un castillo muy antiguo y abandonado.
Sin poder controlar mis movimientos, me separé de Leonard, desasiendo así nuestras manos, y corrí hacia una puerta de madera gruesa y oscurecida. Leonard no me detuvo. Permitió que corriese hacia el exterior para que me encontrase con la naturaleza que rodeaba aquel hogar misterioso.
Corrí por pasadizos que se asemejaban mucho a aquéllos que habían creado la distribución de la mayoría de castillos donde Leonard y yo habíamos habitado. No obstante, era incapaz de prestarles atención a los detalles que formaban mi alrededor. Todo lo que percibía con mis sentidos llegaba distorsionado a mi alma. Las imágenes de mi entorno eran sombras que no brillaban y los sonidos que podía captar estaban atenuados por la desorientación que sentía.
Al fin, salí de aquella enorme morada. Me encontré rodeada por un bosque silencioso en el que reverberaban los últimos suspiros del atardecer. Los árboles que lo poblaban eran majestuosos y hermosos. Tenían las copas llenas de hojas enormes que pretendían ocultarme el brillo de las estrellas; pero éstas refulgían con una fuerza infinita e invencible. La luna, orgullosa y tierna, resplandecía en lo más alto del firmamento, esparciendo su plateado fulgor por todos los rincones de ese bosque cuya beldad me había dejado sin aliento.
Noté que las piernas me temblaban y que estaba a punto de perder el equilibrio. La respiración se me había convertido en unos hondos suspiros que contenían un llanto incontrolable y profundo. Me arrodillé en el suelo y empecé a llorar sin saber por qué plañía de ese modo. Solamente podía sentir que toda la hermosura eterna de aquella naturaleza me había acariciado el alma pretendiendo curar las heridas que tanto me torturaban, que todavía sangraban por dentro de mí sin que yo pudiese soportarlo. Me había emocionado muchísimo hallarme rodeada de una naturaleza que parecía tan poderosa.
     Sinéad, hija.
La voz de Leonard se introdujo tiernamente en aquel delirante momento en el que me sentía totalmente incapaz de pensar con claridad y de soportar todas las emociones que gritaban en mi interior. Noté que Leonard se arrodillaba a mi lado, que me rodeaba con sus brazos y me apretaba contra su pecho, como siempre hacía cuando deseaba protegerme de la tristeza.
     ¿Dónde estoy, padre? —le pregunté hipando sin poder evitarlo, sin poder controlar mi pena.
     Cariño, serénate.
     No me encuentro bien. Tengo algo en el alma que me hace llorar...
     Sí, es comprensible.
     ¿Qué ha ocurrido? Esta naturaleza...
     Esta naturaleza te ayudará a curarte, cariño.
     ¿Dónde estamos?
     Tienes que tranquilizarte para que pueda explicártelo todo.
     Es que...
     Mira, mira estos árboles, mira lo bellos y lo poderosos que son. ¿Ves cómo brillan la luna y las estrellas? ¿Captas el olor de la savia, el de la humedad, el del viento? —me preguntaba mientras tomaba mi cabeza entre sus manos y se la apartaba del pecho para que yo percibiese nítidamente todos esos detalles que Leonard deseaba que detectase—. Estás en un lugar donde nada puede hacerte daño.
     No es posible que esta naturaleza forme parte de este presente tan horrible. Ya no hay bosques así, Leonard —le contesté con mi voz totalmente anegada en tristeza—. Me cuesta recordar qué me ha sucedido antes de despertarme aquí, pero sé que la belleza del mundo donde vivimos está muriendo.
     Sí, es cierto, en ese presente horrible casi no quedan rincones como éstos. Lo que ocurre es que no nos hallamos en ese presente.
     ¿Cómo? —le pregunté completamente desorientada y asustada.
     Te conozco mejor que nadie. Ni siquiera tú te conoces a ti misma como yo te conozco, por lo que enseguida detecté, a través de la distancia, cómo te sentías y supe que algo muy grave te había ocurrido. Así pues, volé hacia Lacnisha y te encontré tirada en el suelo, profundamente dormida. Estaba a punto de amanecer sobre ti. Estabas en peligro. Entonces, mediante el lazo que nos une, pude introducirme en tu sueño y así capté todo lo que te había acaecido. Noté, además, que tenías el alma irrevocablemente herida. Esa honda herida me reveló que en ese presente jamás podrías curarte, así que...
     ¿Qué hiciste?
     Sabes muy bien que uno de nuestros poderes más especiales y complicados de usar es viajar a través del tiempo y del espacio. Me esforcé lo indecible por llevarte al pasado, a esos años que tanto necesitas volver a vivir. No obstante, no podemos quedarnos aquí más de dos días, pues entonces nunca podremos regresar a nuestro presente. Desapareceríamos por las brumas del tiempo porque no podemos vivir en el pasado. Ya existen en estos momentos un Leonard y una Sinéad que desconocen por completo que...
     Un momento, Leonard —lo interrumpí amedrentada y casi desesperada. Noté que estaba temblando brutalmente—. ¿Estás diciéndome que nos encontramos en el pasado?
     Sí, estamos en el pasado.
     ¿Por qué me has traído hasta aquí, hasta estos momentos? Verlos me hace mucho más daño —sollocé descontrolada por una sensación inmensamente potente que me hacía temblar sin cesar—. Yo no quiero irme de aquí, no querré irme.
     Disfruta por unos instantes de la belleza de esta naturaleza. Estamos en el siglo XV. No corres el riesgo de encontrarte contigo misma porque hace poco que nos marchamos de aquí. Estamos en Hispania.
     No puedo serenarme —protesté aferrándome con fuerza a Leonard, protegiéndome entre sus brazos.
     Quizá estés así porque no te haya hecho bien viajar a través del tiempo... pero intenta caminar por estos bosques y olvídate de todo.
Leonard me animó, no solamente con palabras, sino sobre todo con gestos, a levantarme del suelo y empezar a caminar por ese bosque tan frondoso, denso y hermoso; un bosque cuya imagen despertó mi memoria y me hizo evocar un sinfín de recuerdos preciosos en los que me veía siendo totalmente feliz, corriendo bajo la luz de la luna y de las estrellas hacia aquel lago en el que adoraba tanto bañarme. El recuerdo de aquel lago me hizo sonreír levemente. Deseaba volver a hallarme allí, rodeada por los poderosos árboles que lo cercaban, sumergida en sus tibias y nítidas aguas, formando parte del pequeño mundo que vivía en sus profundidades. No obstante, todavía estaba muy asustada y desorientada. Tenía miedo a encontrarme con una imagen que me hiriese en el alma de forma irrevocable. Sabía que aquel miedo no procedía de esos instantes, sino del presente en el que trataba de vivir.
Pese a todo lo que sentía, empecé a caminar alejándome de Leonard, internándome en aquel bosque cuya voz se mezclaba con los rescoldos de ese llanto que tanto me había hecho temblar. No sabía por qué estaba tan triste. Era incapaz de recordar con nitidez todo lo que me había ocurrido antes de que Leonard me llevase al pasado; pero era levemente consciente de que me había acaecido algo inmensamente doloroso de lo que Leonard había tratado de apartarme arrancándome de esos instantes tan delirantes. De pronto, acordándome de lo que Leonard me había contado, supe que, si él no hubiese aparecido justo en esos momentos, tal vez yo no estaría viva. No sabía si la luz del día podría haberme matado, pues aún recordaba que era inmortal y que el fulgor del sol solamente podía quemarme la piel; pero dudaba de que hubiese podido seguir viva si me sentía tan lacerada, tan inmensamente dolida por algo que en esos momentos no podía conocer. Lo más probable era que el dolor de mi alma me hubiese vuelto vulnerable.
Caminaba lentamente, como si me costase dar los pasos que me llevarían hasta aquel lugar donde tanto deseaba volver a encontrarme. Me sentía tan desorientada que era incapaz de saber muy bien qué anhelaba en realidad, pero por dentro de mí susurraba una voz tímida que me advertía de que debía disfrutar de esos instantes porque tal vez fuesen una eterna despedida a esa naturaleza que yo tanto había amado. Podría gozar una última vez de su hermosura, de su esplendor y de su poder antes de que ésta desapareciese para siempre. Ese pensamiento me hizo reaccionar y entonces alcé la cabeza, miré atentamente a mi alrededor y permití que toda aquella beldad que me rodeaba me hechizase y me guiase a través de la noche hasta esos rincones que con tanto cariño rememoraba.
Lentamente, fui recordando el camino que recorría todas las noches para llegar hasta ese lago que siempre me recibía con el suave susurro de su voz, que me devolvía mi reflejo con una nitidez brillante y que me acogía en sus aguas como si me hubiese aguardado con ansias y amor. Yo sentía que era la naturaleza quien me abrazaba siempre que me introducía en aquellas limpias y transparentes aguas.
     Ya no quedan lugares así, ya no quedan aguas tan limpias —me dije arrodillándome en la orilla de aquel inmenso lago—. Sigues devolviéndome mi reflejo como lo hiciste siempre.
Aquel lago me había ayudado a reencontrarme conmigo misma cuando me creía irrevocablemente perdida en las sombras más densas de la tristeza hacía ya tantos y tantos años. Tuve la esperanza de que aquellas aguas me devolviesen lo que yo creía perdido para siempre; esa ilusión por vivir, esa facilidad para sonreír, esa confianza en la felicidad y en la vida... pero cuando me asomé a ese espejo natural que tanto brillaba solamente pude encontrarme con una Sinéad con los ojos más tristes que jamás pude haber visto, con una mirada totalmente anegada en melancolía y derrota. ¿Por qué estaba tan triste, por qué? ¿Por qué mi imagen aparecía tan teñida de desolación?
Intenté recordar todo lo que había sucedido antes de despertarme en esos instantes tan remotos. Me esforcé por traer a mi memoria todo lo que había formado parte de los últimos momentos que había vivido en mi horrible presente. Entonces, lentamente, la mente se me llenó de imágenes que me resultaron totalmente incomprensibles. Pude ver que la nieve de Lacnisha se derretía, que el mar que siempre la había protegido del resto de la humanidad se descongelaba, que aquellas poderosas banquisas que habían sido el puente hacia la realidad se convertían en olas que arañaban la nieve que cubría su arredondeada orilla, que el mundo que había construido con tanto amor uniéndome a la magia de la Naturaleza se llenaba de sombras, que un terremoto violento y despiadado agitaba el suelo de aquella tierra hasta tirar todos sus árboles y derrumbar todos los hogares que se habían erigido con tanto esfuerzo y que algo me arrastraba hacia la realidad y me arrebataba las pocas fuerzas que me habrían permitido luchar contra esa nada.
     No puede ser —susurré cubriéndome el rostro con las manos—. No puede ser cierto.
Entonces entendí por qué Leonard me había arrancado de ese presente hasta traerme a ese pasado que con tanto cariño y nostalgia rememorábamos ambos. Entonces supe que Leonard me había apartado de esa dura realidad por miedo a que yo fuese incapaz de aceptar que Lacnisha estaba desapareciendo y que el mundo que mi magia había creado se había desvanecido para siempre, marchándose con esa naturaleza todos mis seres queridos.
Toda la impotencia que llevaba experimentando desde hacía años estalló por dentro de mí, convirtiendo mi alma en un mar de desolación y agonía. Sin pensar en lo que hacía, me despojé de mi vestido y me lancé a esas aguas tan nítidas y cálidas como si quisiese huir de la dura e inaceptable realidad que mis recuerdos me habían revelado. Nadé a través de ese inmenso lago, bajo la luz de la luna llena, bajo el fulgor de las estrellas, aspirando profundamente el aire que me rodeaba para percibir todas las fragancias de la naturaleza, tratando de que toda la interminable tristeza que me anegaba el alma se tornase paz; pero, por mucho que lo intentase, no podía serenarme. Saber que Lacnisha estaba desvaneciéndose y que el mundo en el que tan felices podíamos ser todos había desaparecido me destrozaba el corazón y les impedía a mis sentidos entregarme con claridad todos los detalles de mi entorno.
Oí que alguien me llamaba desde la distancia, pero no podía determinar de quién se trataba. Era una voz suave y aterciopelada que me reclamaba como si temiese introducirse en un momento demasiado íntimo. Yo no podía controlar el ritmo de mi respiración. Lloraba sin poder prever el momento en que las lágrimas me brotaban de los ojos, sin poder entender por qué, por qué había ocurrido todo aquello. Necesitaba explicaciones, motivos, razones, pero era consciente de que nadie podría ofrecerme ninguna explicación, ninguna respuesta, ninguna razón, nada, nada que pudiese serenarme, que pudiese alentarme a luchar contra ese devorador vacío, el vacío de la nada, de la desolación y del olvido.
     ¡Lacnisha! —grité desesperada aferrándome a las piedras que orillaban aquel gran lago—. ¡Leonard! ¡Leonard!
Sabía que, dondequiera que se hallase, mi padre podría escuchar mi voz, podría detectar toda la impotencia que brotaba de mis palabras. No podía controlar ni mi voz ni mis pensamientos. Continuamente veía cómo la nieve que había argentado siempre los bosques de Lacnisha se derretía, se convertía en ríos tímidos que resbalaban por las laderas de esas eternas montañas que siempre me habían hecho sentir protegida. No podía dejar de recordar cómo unas brumas insondables y un terremoto despiadado absorbían la vida de mis seres queridos y cómo esas mismas brumas y ese brutal terremoto destruían todo lo que había nacido de mi alma, de mi magia.
     Lacnisha, Lacnisha, Lacnisha —suspiraba, sollozaba, me quejaba—. Madre, madre, padre... No, no, no os habéis ido...
Un dolor indescriptible e insoportable me presionaba el corazón, como si de repente toda mi sangre se hubiese convertido en unas manos de hierro que deseaban destrozármelo. Me faltaba el aire, ese aire que no era necesario que inspirase para seguir viva, pero ese aire que me permitía sentirme en el mundo, creerme aún con vida. Se me agotaba el aliento, ese aliento que me impediría perder la cordura. Llamaba continuamente a mi padre vampiro, a mi madre, a mi Klaudia, mi Klaudia, y a Ernest, y a mi hermano y a todos, a todos... Todos se merecían que los apelase con toda la desesperación del mundo, de la vida, de la Historia. Lacnisha era el nombre que más resonaba en mis labios, en mi quebrada voz.
Entonces me percaté de que la piedra que presionaba con las manos estaba volviéndose polvo, que con mi fuerza estaba deshaciéndola, estaba turbando su forma y destruyendo su vida. Me sentía tan mal, tan inmensamente mal que no podía dominar la fuerza eterna de mi cuerpo, de mi vampírico cuerpo; ese que de repente se hallaba en un instante en el que yo debería tener solamente mil años, ; un pasado en el que yo era más antigua que la Sinéad que en verdad había vivido allí, disfrutando de aquella naturaleza sin saber que ésta podía morir; esa inconsciente Sinéad que se apenaba por razones que ni siquiera se asemejaban a los motivos que me deprimían a mí en el presente. Deseaba gritar y decirle que era estúpida, que debía disfrutar más de esos árboles, de ese lago, de esas estrellas y de esa luminosa luna, porque un día ya no le quedaría nada de eso, nada, nada, nada, ¡nada!
Sin preverlo, pensé también en Tsolen. A él no le costaba nada vivir en ese mundo cuya belleza estaba desapareciendo. A él nunca le costó convivir con los humanos; con esa especie que solamente sabe pensar en su bienestar sin importarle que con sus avances está destruyendo lo que nos da la vida a todos. Me pregunté cómo era posible que a un vampiro tan inteligente y romántico no le inquietase todo lo que estaba sucediendo en el mundo. Tal vez Tsolen estuviese hecho de otra materia, supiese apreciar otros detalles y se esforzase por olvidar todo lo que podía turbar el brillo de su vida.
Tsolen: estaba tan lejos... ya no solamente en el espacio, sino sobre todo en el tiempo. Nos hallábamos separados por una frontera infranqueable; la frontera del pasado y del presente, la frontera que separa las edades.
     Nunca podría encontrarme, ni en Lacnisha, ni en ninguna parte, si me buscase, porque ahora me hallo aquí, en otro tiempo —me dije intentando calmarme, pero la tristeza que me presionaba el alma me dolía tanto y tanto que no podía respirar con serenidad.
Un impulso me guió y me hizo salir del agua empleando una velocidad temblorosa. Me vestí rápidamente y entonces empecé a volar a través de la noche, olvidándome de que Leonard me había apelado con desesperación y temor. Volé irracionalmente hasta hallarme en ese castillo donde yo había sido tan feliz, donde había aprendido a apreciar todos los detalles hermosos de la noche. Me introduje en aquella antigua morada con la intención de encontrar alguna tela que pudiese ayudarme a secarme. Me sentía incómoda estando tan mojada. Corrí por sus pasillos de piedra, recordando inconsciente e involuntariamente todo lo que había vivido en aquel lugar. Llegué a una estancia donde yo recordaba muy vagamente que había abandonado unos cuantos vestidos ya demasiado viejos y me sequé a toda prisa, como si se me agotase el tiempo, como si no quedasen momentos después de aquéllos que vivía de una forma tan delirante.
Después, sin querer recordar más, salí de ese castillo y corrí y corrí a través del bosque, notando cómo la luna brillaba en mi piel, cómo los árboles trataban de protegerme de todos mis sentimientos, captando la voz de la noche como un susurro sosegador que sin embargo no conseguía adentrarse en toda mi turbación. Levemente me pregunté si estaba perdiendo la razón. Me sentía tan descontrolada por la tristeza y la impotencia que me costaba prever mis movimientos, mis pensamientos y mis suspiros.
Cuando creía que nada presenciaría mi derrota, me alcé hacia el cielo y empecé a volar, atravesando las pocas nubes que trataban de ocultar el brillo de las estrellas. Volé y volé recordando un camino que en ese tiempo todavía no conocía, un camino que había aprendido a recorrer muchos años después. Incluso sentirme tan desorientada en el tiempo y no comprender muy bien cómo fluían los hechos que me acaecían me descontrolaba mucho más.
Volaba sabiendo muy bien hacia dónde deseaba dirigirme, pero volaba sin prestarles atención a los detalles de mi entorno. No miraba hacia los lares que sobrevolaba, ni perdía los ojos por los bosques y los pueblos que dejaba atrás. Podían llegar a mí, de forma vaga e imprecisa, los sonidos que componían el ambiente de esas ciudades medievales que crecían hacia el horizonte de la naturaleza, pero no deseaba captar nada que no perteneciese a mis deseos. Volaba tan rápido que el viento me golpeaba brutalmente en los cabellos y en el rostro, pero a mí no me importaba. Ningún golpe podría hacerme mucho más daño que la tristeza que me anegaba el alma.
Estaba cada vez más cansada y angustiada. Tenía sed, pero yo, igualmente, volaba cada vez más rápido, hasta que de repente noté que la temperatura de mi entorno descendía hasta convertirse en un aliento helado que intentó arañarme en la piel. Las manos se me congelaron y percibí que las lágrimas que no cesaban de brotarme de los ojos se cristalizaban, tornándose rubíes resplandecientes en los que refulgían las estrellas.
Sabía que anhelaba llegar hasta Lacnisha. Ansiaba despedirme de ella porque sabía que, aunque fuese inmensamente injusta, la realidad que me revelaban mis recuerdos era irremediable e irrevocable. Deseaba hallarme rodeada por la magia de Lacnisha, la que yo había creído sempiterna e invencible.
No obstante, me costaba muchísimo alcanzar mi destino. Mientras volaba, las nubes más gélidas y espesas que me habían rodeado nunca intentaban arrebatarme el equilibrio. A lo lejos podía detectar el brillante resplandor de Lacnisha refulgiendo en mitad de una oscuridad densa e insondable; pero no podía llegar hasta ella, como si de repente me encontrase en uno de esos sueños en los que no podemos caminar por mucho que lo intentemos, en los que todo nuestro cuerpo nos pesa como si se hubiese vuelto de hierro.
La destellante nieve de Lacnisha lucía en medio de la oscuridad, pero su resplandor cada vez era más tenue, más lejano y frágil. No podía entender por qué de repente el fulgor de Lacnisha se perdía entre esas insondables sombras. Yo volaba cada vez más rauda intentando atravesar esas nieblas tan densas, pero era incapaz de llegar hasta Lacnisha. No podía nevar con las lágrimas de aquel eterno invierno hacia esos bosques poblados por esos árboles tan antiguos y poderosos. Me había perdido en un mar de brumas que no tenía ni orilla, ni superficie ni fondo. Volaba a la deriva por un mundo que ya no era mi mundo, por un tiempo que ya no era ni mi pasado ni mi presente. Estaba perdida en medio de la nada, arrastrada por la desolación y el olvido. Entonces, con todas mis fuerzas anímicas y físicas, llamé a Leonard. Necesitaba que me rescatase de ese momento. Tuve de pronto tanto miedo que no pude controlar mi voz y empecé a gritar como si mi vida estuviese desvaneciéndose. Llamaba sin cesar a mi padre, lo llamaba con una desesperación que estaba destrozando mi razón.
     ¡Leonard! ¡Leonard! ¡Padre!
Notaba que estaba perdiendo el equilibrio, que una brutal gravedad me impulsaba hacia un lugar que yo no podía vislumbrar en las sombras de aquel inmenso olvido. Había dejado de percibir la estela brillante de la nieve de Lacnisha y en esos momentos me rodeaban unas brumas que no tenían ni principio ni fin, que me habían envuelto en desesperación y desasosiego. Todavía estaba llorando mucho, pero a mi tristeza se le había sumado un pánico incontrolable que me impedía dejar de gritar.
De repente, noté que alguien me aferraba de las manos y me las presionaba con mucho calor y cariño. Aquellas manos intentaban serenarme, pero yo había perdido por completo la calma. No podía respirar con tranquilidad, no podía silenciar mis gritos, no podía dejar de llorar ni de temblar. Aquellas manos cada vez me presionaban con más fuerza, me asían con desesperación para impedirme hacer el más sutil movimiento. Al sentirme apresada, chillé con mucha más fuerza.
     ¡Sinéad, Sinéad! ¡Cálmate, Sinéad!
La potencia de aquella aterciopelada voz se introdujo dificultosamente en mi desesperación y empezó a serenarme mínimamente. Supe que quien me aferraba con tanta fuerza y a la vez cariño de las manos era mi padre. Me sentí de pronto inmensamente protegida. Que él estuviese a mi lado significaba que ya no estaba tan perdida.
     Padre, padre, padre —suspiraba descontrolada por el pánico.
     Tranquilízate, Sinéad. Despierta, hija, despierta.
Al darme aquella extraña e inesperada orden, toda esa desorientación que me había atacado tan vilmente empezó a agrietarse y por esas grietas se coló la consciencia, la estela de mi razón, la voz de mis pensamientos. De repente abrí los ojos y los desplacé por mi alrededor, sintiendo todavía en mi alma los rescoldos de esa profunda desorientación y esa inmensa tristeza que tanto me habían descontrolado. Tenía la respiración agitada, pero poco a poco pude dominarla y al fin la encerré en mi pecho convirtiéndola en esa tenue e imperceptible cadencia que tanto me caracterizaba. Leonard me aferraba todavía de las manos, me las presionaba con dulzura y mucho amor y me miraba con ternura para tratar de alejar de mí todos esos sentimientos que me destrozaban el alma.
     Sinéad, cariño, estabas soñando.
     No entiendo nada. ¿Cuándo ha empezado mi sueño? No entiendo nada, nada —protesté con la voz cansada. Supe que todo aquel llanto y aquellos gritos que en mi sueño me habían agitado tanto habían existido de verdad en la vigilia.
     Incorpórate, cariño —me pidió Leonard impulsándome hacia él. Cuando lo obedecí, me abrazó muy dulcemente—. Tranquilízate. Todo ha sido una pesadilla.
     Pero... ¿el qué? ¿Desde cuándo estoy soñando, padre? ¿Dónde estamos? ¿En qué siglo estamos?
     Sinéad, por Dios —se rió Leonard con mucho amor mientras me acariciaba los cabellos—. ¿De qué estás hablando?
     ¿En qué siglo estamos? ¿Estamos en Hispania?
     ¿Has perdido la razón, cariño? Estamos en Hispania, pero ya no se llama así, y estamos en el siglo XXI.
     ¿Dónde está Lacnisha?
     Donde siempre.
     ¿No está desapareciendo?
     ¿Has soñado que Lacnisha desaparecía? Entonces entiendo por qué llorabas y gritabas tanto. Incluso te has levantado de la cama y has empezado a volar por el cielo. Estabas sonámbula y he tenido que tomarte en brazos para devolverte a esta alcoba.
     He soñado que me iba al mundo que creé y que...
     Sí, Sinéad, he podido verlo; aunque ha llegado un momento en el que ya no he podido detectar lo que soñabas.
     ¿Entonces nunca me he marchado de aquí?
     Tienes que serenarte, cielo. Sí, sí te has marchado, pero ha sido involuntariamente. Tsolen me contó que estabas muy triste y que no había forma de animarte. Consideré que lo mejor que podía hacer por ti era dormirte y entonces... has soñado todo eso, has tenido un sueño muy agitado donde...
     ¿No he estado allí con mis padres, ni con Áurea, ni con Geork, ni con Alex, ni siquiera Tsolen viajó a ese mundo para pedirme que regresase junto a él? ¿Todo ha sido un sueño?
     Sí, todo eso ha sido un sueño.
     ¡No entiendo nada!
     Serénate, cariño.
     ¿Cómo quieres que me tranquilice? Yo nunca...
     Tienes que descansar. Esta vez no soñarás nada.
     ¡No, no! ¡No me hagas dormir otra vez! —le supliqué separándome de él y corriendo hacia el exterior.
     Sinéad, vuelve. No estás en condiciones de correr ni volar por ninguna parte.
     No, no... Tengo que ir a Lacnisha. Estoy segura de que todo lo que he soñado es real, es el reflejo de lo que está ocurriendo en verdad.
     No, ahora no irás sola a ninguna parte —determinó alzándose de la silla que ocupaba y tomándome de la mano.
     Nunca he estado allí... No puedo creérmelo.
     Todo ha sido un sueño, cariño.
     ¡No es verdad! ¡Yo sí he estado allí!
     Sinéad...
     Y luego tú me llevaste a Hispania, al siglo XV.
     No, Sinéad, no.
     Sí, Leonard, ¡yo estuve allí!
     ¡No, hija!
     Era demasiado real para que fuese un sueño.
     No creo que lo mejor sea que viajes ahora a Lacnisha. Mírame...
     Estás intentando dormirme, continuamente. Quieres que me duerma porque es verdad que Lacnisha está desapareciendo y que lo ha hecho el mundo que yo creé con tanto amor.
     Sinéad, yo solamente quería protegerte.
     ‘¡No me protejas con mentiras! ¡Dime qué ha sido real y qué un sueño!
     Tranquilízate. Cuando lo hagas, te lo explicaré todo.
Agaché la mirada, incomprensiblemente avergonzada, y me senté en aquella cama donde había dormido durante un tiempo tan inconcreto. Me sentía mucho más desorientada que en aquel sueño tan horrible que tanto me había hecho llorar, pero era incapaz de decir nada. Esperé a que Leonard se sentase a mi lado y empezase a explicarme todo lo que había acaecido en realidad y que me revelase qué momentos había vivido yo en el mundo real y cuáles habían formado parte de aquella terrible pesadilla. Fuese como fuere, todavía tenía el alma llena de congoja y de miedo.