miércoles, 27 de julio de 2016

LA VISITA - 05. NO TE MARCHES, POR FAVOR

No te marches, por favor
La serenidad empezó a acariciarme el alma. Ya no luchaba contra la fuerza de ese viento feroz que me había arrastrado hacia aquella nada, sino que me quedé quieta, aguardando el momento en el que mi voz mental también se silenciaría. Lo había hecho ya mi alrededor. El viento ya no se oía, la nada era un vacío silente que se expandía y se expandía como si quisiese abarcar todos los mundos y la oscuridad que me rodeaba era tan profunda que apenas podía percibir la negrura que me envolvía. Aunque no pudiese abrir los ojos, sabía que no había a mi alcance ni el menor destello de luz. Mi entorno estaba tan oscuro que me costaba percibir hasta mi propio cuerpo. 
Mas, de repente, cuando el alma se me había llenado enteramente de sosiego, alguien, con mucha dulzura, me asió de la cintura y comenzó a arrastrarme suavemente hacia alguna parte que yo no podía ni imaginarme. No sabía quién me había agarrado con tanto primor, pero no tuve miedo ni tampoco sentí curiosidad. Parecía como si mi mente también hubiese comenzado a desvanecerse. Tenía sueño, pero sabía que éste no era más que el principio de mi muerte. 
No puedo permitir que te dejen aquí, Shiny. Ya está bien de tantas prohibiciones, cariño.
La voz que me susurró aquellas palabras tan tiernas me hizo sentir ganas de llorar, pues en su sonar albergaba un sinfín de recuerdos que me sobrecogieron y que repartieron por mi interior una calidez acogedora. 
Entonces, lentamente, mi entorno empezó a cambiar. Ya no me rodeaba esa densísima oscuridad ni aquel interminable y profundo silencio, sino que, poco a poco, mi alrededor fue llenándose de calidez, de luz, de amor, sobre todo de amor, porque de quien me había rodeado la cintura con sus brazos se desprendía un cariño interminable que me hacía sentir acogida.
Ya estamos en casa.
Noté que el cuerpo trataba de cambiarme, pero una prohibición ancestral se lo impidió. Continué siendo vampiresa cuando me adentré en aquel mundo en el que tanto había deseado hallarme. Saber que era la misma criatura que habitaba en la otra tierra me hizo sentir desvalida, pero pareció como si al ser que tanto cariño me entregaba no le importase.
No temas. Aquí está atardeciendo y nos queda toda la noche por delante. No puedes quedarte hasta el amanecer, pero al menos compartiremos estas efímeras horas.
Brisa —susurré sobrecogida.
Sí, soy yo, mamá. Tranquilízate. No, no llores, pues entonces tendrás mucha sed y aquí no puedes alimentarte. Además, debes guardar fuerzas para regresar a tu mundo cuando aquí alboree.
Brisita...
Ya puedes abrir los ojos.
Brisa me limpió las lágrimas que me resbalaban por las mejillas con un pañuelo hecho de una tela muy suave que me hizo sentir acogida. 
Te extrañaba tanto, cariño... —me confesó con una voz quebrada. Me abrazó con una fuerza contenida. Yo noté que le temblaba el pecho y que la respiración se le convertía, lentamente, en dolorosos suspiros que se me clavaron en el alma—. Te añoro tanto, Shiny... 
Y yo a ti también. No encuentro los motivos para seguir luchando si me hallo tan lejos de ti.
Pero ya sabes que no podemos formar parte del mismo mundo.
Lo sé, lo sé. Y no saber cómo estás me mata, Brisa.
A veces es mejor que ignores ciertas cosas.
¿Por qué dices eso?
Todavía no había mirado a Brisita a los ojos. Me retiré de ella un poco para poder observarla. Me limpié las lágrimas que de nuevo me habían humedecido los ojos y entonces me hundí en su mágica imagen. Cuando lo hice, el puñal de la sorpresa y la inquietud se me hundió profundamente en el alma.
Brisa no era la misma. Estaba extremadamente pálida, de sus preciosos ojos violáceos solamente se desprendía oscuridad y vacío y estaba mucho más delgada que la última vez que la vi. Parecía enferma.
Brisa, no puede ser. ¿Qué te ocurre?
He pasado una mala temporada —se limitó a contestarme—; pero ahora no quiero recordarla. Ven, vayamos a dar un paseo. Nos hallamos en la región del otoño y han crecido muchos frutos.
Hablaba con distancia, como si no pensase mucho las palabras que pronunciaba, y, cuando se levantó y empezó a caminar, la inquietud que se me había adherido al alma se acreció al percatarme de que sus movimientos estaban cargados de pesadez, aunque ella tratase de convencerme de que el vigor más indestructible llenaba todo su interior.
Brisa, dime qué te sucede, por favor —le rogué deteniéndome entre dos árboles milenarios.
¿Has visto las estrellas? Una vez dijiste que te parecía que en Lainaya las estrellas se hallaban más cerca del alcance de tus manos.
Brisa, no me cambies de tema, por favor.
Shiny, quiero vivir plenamente contigo estas horas que podemos compartir. No quiero que nada ensombrezca estos momentos. 
Brisa, solamente quiero que me confieses lo que te sucede. No puedo estar serena si no me hablas de ti, si no me informas de cómo estás, si no me revelas por qué tienes ese aspecto tan inquietante y enfermizo. No eres la misma.
Está bien —suspiró apoyándose en el tronco grueso de uno de esos árboles que protegían nuestros tensos momentos—. Estoy enferma, Shiny. No te asustes —me pidió cuando cerré los ojos con fuerza—. Es una enfermedad que ataca a las hadas que han sido engendradas por seres provenientes de otro mundo. 
¿Y qué te sucede?
No quiero decírtelo.
Brisa, por favor...
No quiero —lloró de repente, cubriéndose el rostro con las manos para que yo no percibiese todo el desconsuelo que se le escapaba de los ojos.
Brisa, Brisa —la apelé intentando llenar mi voz de fortaleza mientras me dirigía hacia ella para abrazarla. Brisa se dejó caer entre mis brazos sollozando profundamente—. Dime si puedo hacer algo por ti, por favor.
No, no, no podéis hacer nada. Estáis separados y eso es lo peor.
¿Qué dices, Brisa?
Ninguno de los dos puede estar aquí para ayudarme.
Pero yo soy capaz de renunciar a todo lo que soy y lo que tengo si así consigo darte mi vida, ayudarte, no sé, Brisa...
Brisa no volvió a hablarme hasta que transcurrieron unos largos minutos, durante los cuales me limité solamente a acariciarle los cabellos y a abrazarla con mucha fuerza y amor.
Mientras Brisa lloraba entre mis brazos, yo me fijé más detenidamente en su aspecto. Me sobrecogí de tristeza cuando me percaté de que sus preciosas orejitas estaban demacradas también, como si se hubiesen empequeñecido. Además, bajo mis manos, notaba que su cuerpo había menguado, perdiendo la vitalidad y la apariencia sana que siempre la habían caracterizado.
Brisa, dime qué puedo hacer por ti.
Nada, Shiny —me contestó apartándose de mí y limpiándose las lágrimas con timidez—. Escúchame, es una enfermedad muy rara. No la sufren todas las hadas que nacen de seres procedentes de otra tierra. Es... no sé cómo decirlo... sufrirla no depende solamente de quiénes fueron tus progenitores. Es cierto que las hadas que no fuimos alumbradas por un hada de Lainaya somos más propensas a padecerla, pero...
Quieres decir que ser engendrada por seres de otro mundo no es una condición suficiente  para padecer esta enfermedad.
Es una condición necesaria, es cierto, pero no suficiente. Es un factor que puede influir.
¿Entonces?
Entonces nada, me ha tocado a mí, y punto. Lo peor es que todavía no hemos encontrado la sucesora del trono...
¿Qué quieres decir? ¿Por qué tienes que encontrar una sucesora? —le pregunté inmensamente asustada.
Shiny... estoy muriéndome, ¿acaso no te das cuenta? Yo no viviré lo que suelen vivir las hadas de Lainaya. Me queda muy poco tiempo de vida. La comida que ingiero no hace ningún efecto en mi cuerpo, es como si no me alimentase, y cada vez tengo menos fuerzas para respirar y caminar. Muchas veces duermo durante días y, cuando me despierto, me doy cuenta de que mi cuerpo ha menguado mucho más. 
No, no, no, no... No, por favor, no —supliqué arrodillándome en el suelo, ante ella—. Tiene que haber algo, Brisa, algo, alguna solución, alguna cura.
No, Shiny, no hay nada que puedas hacer.
¡No me lo creo!
Shiny... cada uno de nosotros tiene escrito un destino contra el que no se puede luchar.
¡No quiero que te vayas!
Soy un hada del otoño, enlazada al viento. La próxima reina de Lainaya debe ser un niedelf, vinculado a la tierra. Tengo que encontrar a la niedelf o al niedelf que puedan desempeñar con maestría y empatía el cargo de reina o rey supremos de Lainaya —dijo distraídamente.
Brisa...
Y tengo que encontrar mi sucesor o mi sucesora antes de que sea demasiado tarde.
Brisa, escúchame.
Tú fuiste una niedelf, pero, claro, éste no es tu mundo. No puedes ser reina de Lainaya, lo siento mucho.
Brisa, no acepto que estés marchitándote, no lo acepto.
Lo único que pido es que estés a mi lado cuando llegue mi hora.
¿Es que no entiendes que tu hora no va a llegar?
Shiny, no seas ingenua. No puedes luchar contra mi destino.
No me lo creo.
Shiny, Shiny —me apeló una voz nueva, tierna y cálida.
Lluvia...
Hola, Shiny.
Lluvia tenía la mirada tan llena de tristeza que no pude evitar comenzar a llorar en cuanto la tuve ante mí. Brisa me agarró de las manos para que no me lanzase a ella si de los ojos me brotaban esas lágrimas sangrientas que tanto podían macular el mágico mundo de Lainaya.
No le tengo miedo, mamá, te lo aseguro —se rió Lluvia con amor—. Ya la he visto tal como es en su verdadero mundo.
Lluvia, hazme un favor —le pidió Brisa casi sin aliento. Entonces noté que la fuerza con la que me asía de las manos se atenuaba—. Llévanos al lugar que más amo de Lainaya.
Lluvia no se opuso. Me pidió que tomase a Brisa en brazos y la siguiese a través de ese brillante bosque en el que la noche había dejado caer todas sus sombras. Sin embargo, yo podía percibir, perfectamente, cada detalle que formaba aquella preciosa y serena naturaleza. 
Qué bello es ver la luz de las estrellas cuando la tuya está desvaneciéndose. Te hace pensar que, aunque tu vida se apague, al universo todavía le queda fulgor con el que poder alumbrar la vida de quienes amas.
No hables así, Brisa, por favor —le pedí sobrecogida y muy triste.
Shiny, es inútil que luches contra sus sentimientos. Le ha costado mucho aceptar que su vida no será tan larga como la de todas las hadas de Lainaya, pero no le importa porque asegura que no se cambiaría por nadie. 
No, no me cambiaría por ningún hada que viviese casi eternamente porque haber nacido de ti es lo mejor que puede sucederle a nadie, Shiny.
Lluvia, debe de haber alguna cura para ella —protesté intentando no llorar.
Lo siento mucho, Shiny; pero no la hay. Lo hemos intentado todo, todo —me aseguró Lluvia con impotencia—. No hay ninguna hierba que pueda sanarla.
¿Podría sanarla si Arthur, digo Rauth, y yo estuviésemos una vez más a su lado? —le pregunté esperanzada.
¿En qué podría influir eso, Shiny? Ni la presencia de la misma Diosa podría sanarla. La Diosa nos ha asegurado que Brisa debe partir antes de tiempo.
¡Pero no es justo! —exclamé horrorizada.
Shiny, tranquilízate, por favor. No pierdas fuerzas sintiendo esa impotencia por mí. No merece la pena. Cada uno tenemos que cumplir con nuestro destino.
Justo entonces Lluvia se detuvo ante una inclinación bastante pronunciada por la que parecía que resbalase la luz de las estrellas. Me indicó que corriese porque el suelo era deslizante y, cuando ya la hubimos sorteado, llegamos a la orilla de un lago inmenso cuyas aguas estaban protegidas por un sinfín de ramas frondosas que se enlazaban como si no quisiesen que el esplendor de las estrellas se reflejase allí. 
Me gustaría que nos sentásemos aquí mismo —indicó Brisa señalando un hueco que quedaba entre dos árboles de tronco grueso y protector—. Muchas veces vine a este lugar cuando estaba triste porque me transmite mucha serenidad.
Ni Lluvia ni yo fuimos capaces de decir nada. Nos sentamos al lado de Brisa y ella permaneció observando la belleza que nos rodeaba durante unos largos y silenciosos minutos. Cuando creí que el amanecer nos sorprendería sumidas en una calma tan triste, entonces Brisa habló.
Ahora mismo, aunque os cueste creerlo, me siento inmensamente feliz porque estoy al lado de los dos seres que más quiero en el mundo. Digo seres porque no sé cómo nombraros a las dos sin que ninguna de vosotras se sienta excluida.
¿Y qué ocurre con Sauce?
Sauce se casó con una niedelf hace unos pocos meses —me informó Lluvia con amor— y ahora se hallan descubriendo juntos Lainaya.
¿No sabe que estás así, tan enferma?
No, nadie ha querido turbar su felicidad —me informó Lluvia susurrando.
No es justo que no esté con su madre en estos momentos tan...
Shiny, no quiero que mi hijo sufra. Ha padecido mucho por la muerte de su padre. No quiero que...
Pero él querrá estar a tu lado, aprovechando el tiempo que te queda aquí, mamá —le indicó Lluvia con paciencia—. Shiny, he mantenido con ella esta conversación infinidad de veces, y no hay manera de convencerla.
Es que Brisa no quiere interrumpir la felicidad de Sauce porque sabe que no se irá. No, no se irá, no se irá —negué incapaz de evitar empezar a sollozar con una impotencia punzante.
Pobre Shiny —suspiró Brisa con mucha lástima.
No quiero vivir esto... No te irás, Brisita. Soy capaz de dar mi vida por ti.
Entonces, una idea enloquecida me anegó la mente. Brisa había nacido de mis entrañas, llevándose posiblemente una pequeña parte de mi magia, una esencia que solamente ella y yo compartíamos. Yo había engendrado a Brisita desde la distancia portando el brote de su alma en mi cuerpo vampírico. No quedaba duda de que ella podía soportar mi poder si se lo entregaba; pero ¿cómo podría lograrlo?
Brisa, ¿qué ocurre si un hada de Lainaya bebe sangre vampírica? —le pregunté intentando que los nervios que se me habían anudado al estómago no se reflejasen en mi voz.
No lo sé. La verdad es que nunca me he hecho esa pregunta y tampoco ningún hada de Lainaya ha bebido sangre vampírica jamás o al menos yo no sé de ningún hada de Lainaya que lo haya hecho.
No creo que sea buena idea —espetó una nueva voz, severa y a la vez tierna.
Morgaine —musité sobrecogida.
Perdonad. No he podido evitar oír vuestra conversación cuando me acercaba a vosotras.
¿Quién la ha ayudado a adentrarse en este mundo? —pregunté intimidada. 
Oisín —me contestó Lluvia.
¿Oisín? —me reí inquieta.
Morgaine es un hada del agua, está claro. Su nombre así lo designa: nacida del agua. No podía pertenecer a otra especie —me comunicó Brisa con cariño.
Entonces observé a Morgaine. Me sobrecogí al verla tan hermosa. Conservaba muchos detalles de su aspecto, pero también había cambiado el matiz de su piel, volviéndose levemente azulado. Tenía todavía los cabellos negros, lisos y largos, el rostro arredondeado, los ojos profundos y nocturnos; pero su cuerpo se había tornado más ligero, tal vez más ágil, y portaba un vestido azul que le cubría solamente las partes más comprometidas de su cuerpo. Se movía con mucha soltura y adiviné que había salido del agua, pues tenía los cabellos húmedos y algunas gotas se le habían posado en el rostro, como si fuesen lágrimas perdidas. Además, el tono de su voz también había mutado.
Gracias por ayudarme a adentrarme en Lainaya, Shiny —me agradeció agachándose a mi lado—. Yo sabía que aquí se hallaba la continuación de mi destino.
Me alegro mucho por ti.
Entonces, repentinamente, alguien me tocó la espalda con delicadeza. Cuando me volteé, descubrí que se trataba de Oisín, que me miraba fija y tiernamente. Me demostraba, con sus profundos ojos sabios, que se alegraba muchísimo de volver a verme. No pude evitar que, entre toda la tristeza que sentía, se asomase un rayo de felicidad que me hizo levantarme de donde estaba sentada y abrazar a Oisín con mucha dulzura. 
Qué atractiva estás, Shiny, siendo vampiresa —me comunicó abrazándome ardientemente; lo cual me sobrecogió—. Perdona, no quería avergonzarte. Los niadaes somos así, a veces muy fríos y otras, muy apasionados —se rió inquieto.
No te preocupes por nada. 
Oisín estaba cambiado. No tenía ya los cabellos largos, sino que se los había cortado y tenía unos rizos muy rebeldes que le cubrían las orejas y una parte de su lisa frente. Aquel corte de pelo les otorgaba mucha luz a sus ojos. Me di cuenta de que, cuando no me miraba, Oisín dirigía los ojos hacia Morgaine y se le asomaba a la mirada una extraña emoción que me costaba interpretar. Morgaine, a su vez, le sonreía sincera y tiernamente. Entonces advertí que entre ambos había nacido un vínculo muy curioso e inesperado.
Sé que no te quedarás mucho tiempo aquí, pero...
Oisín, ¿qué crees que sucedería si un hada de Lainaya bebiese sangre vampírica? —le pregunté nerviosa.
Eso es algo que nunca se ha hecho en Lainaya —me respondió titubeante.
De todas formas, ¿qué puede ocurrirme que sea peor que morir? —intervino Brisa con melancolía—. Shiny, vayamos a algún lugar que sea más íntimo y...
No creo que sea buena idea. La sangre vampírica tiene mucho poder y puede destruir tu interior, Brisa —la avisó Morgaine preocupada.
Morgaine, no creo que pueda sucederme nada malo. Solamente tomaré unas gotitas —intentó tranquilizarla Brisa.
¡Si nos quedamos ahora sin reina de Lainaya, será todo un desastre! —exclamó Morgaine con temor.
MI hijo Sauce se ha casado con una niedelf. Estoy segura de que dentro de poco será padre de una niedelf preciosa que podrá ser mi sucesora. Ya sabéis todos que un niedelf nace de la tierra, pero, si un niedelf se une a un audelf, se enlazan entonces el viento y la tierra y engendrar a un niedelf es mucho más sencillo. Deberán criarlo entre los dos en un lugar frío y seco. 
¿Los niedelfs, entonces, no pueden alumbrar a sus hijos? —preguntó Morgaine sorprendida.
No, no, es decir, sí, los alumbran cuando solamente son una semilla, los entierran y entonces aguardan a que vayan creciendo.
Es tan curioso todo... —susurró impresionada.
Lo más curioso es que de repente mi vida se haya llenado de luz —le sonrió Oisín.
Yo pensaba, Oisín, que te excitaban otros seres —se rió Lluvia con labia y picardía.
Sí, es cierto; pero en Lainaya no se sabe nunca qué puede ocurrir. Sé que Morgaine será la madre de mis hijos. Llenaremos de niadaes las aguas de Lainaya.
¡Eso será si a mí me apetece volver a ser madre! —exclamó Morgaine divertida.
No sé si te apetece tenerlos, pero hacerlos sí, ¿no? —le cuestionó Oisín acercándose a ella con sensualidad y tomándola después de la cintura.
Hacerlos, ¿tan pronto? Tendrás que ganártelo.
Entonces Morgaine se desprendió de los brazos de Oisín y se lanzó al agua riendo despreocupada. Oisín me guiñó un ojo y después se tiró al lago para perseguirla. Los dos se sumergieron bajo las aguas, nadando juguetona y sensualmente, el uno en pos del otro, alejándose de repente, escondiéndose entre las plantas y las rocas que alfombraban aquellas clarísimas profundidades, para después salirle al encuentro y sorprenderlo risueñamente.
¿Crees que tardará en ganárselo? —preguntó Lluvia divertida.
Qué va. Morgaine se ha hecho la remilgada delante de nosotras para quedar como una dama, pero en realidad le apetece tanto como a Oisín —respondió Brisa con calma.
¿Y cómo lo sabes? —quiso saber su hija.
Porque se le notaba en la mirada, en el cuerpo, en la forma de hablar, de observarlo... Una mujer no solamente habla con la voz.
Todavía tengo que aprender a detectar esos detalles tan sutiles.
Sí, porque el pobre Alain está cansado de insinuársete.
¿Quién es Alain? —me interesé.
Un estidelf que está loquito por los huesos de Lluvia y Lluvia no hace más que rehuirle.
Sé que ese estidelf siente tanto calor que necesita la frescura de una lluvia otoñal, pero a mí no me gusta.
¿Estás segura, hija? Se te ponen unos ojitos cuando lo ves o cuando se te acerca...
Es que es muy atractivo, pero anímicamente no me siento atada a él, mamá.
Eso también me ha ocurrido a mí muchas veces —me reí tiernamente. En esos momentos parecía como si el sufrimiento y el miedo hubiesen quedado irrevocablemente atrás.
Mirad, ya se van juntos —nos indicó Brisa mirando hacia el lago.
Entonces vimos que Morgaine tomaba de las manos a Oisín y se le acercaba tanto hasta confundir el matiz de su piel con el de la de Oisín. Entonces él la rodeó con sus brazos y se la llevó a un lugar que quedaba oculto a nuestros curiosos ojos. 
Llenarán de niadaes revoltosos las aguas de Lainaya —recordó Brisa sonriente—. No os imagináis lo traviesos que son los niadaes pequeños.
Sí, como todas las hadas de Lainaya —indicó Lluvia—. Yo también era muy traviesa.
No, Brisita no era nada traviesa —rememoré con cariño. Al hacerlo, la tristeza que había ignorado durante los últimos segundos regresó a mí y me hizo acordarme de por qué estábamos allí—. Quizá deberíamos irnos ya, Brisa, y...
Sí, sí, perdonad —atajó Lluvia—. Corre más prisa lo otro que esta conversación.
Solamente estábamos olvidándonos unos momentos de lo que sucede —la tranquilizó Brisa.
Entonces tomé de la mano a Brisa y ella miró unos instantes a Lluvia. Le acarició los cabellos y luego se inclinó hacia ella para darle un tierno beso en la frente. Se volteó antes de que Lluvia se diese cuenta de que a Brisa se le habían llenado los ojos de lágrimas.
Nos separamos de ella y, cuando tomé a Brisa en brazos para descender una costosa pendiente que nos llevaba a la intimidad de un rincón formado por troncos gruesos y ramas caídas, me comunicó:
Sé que no volveré a verla nunca más.
No es cierto, Brisa —la contradije con impotencia.
Aquí mismo, Shiny.
Entonces nos sentamos en el suelo; un suelo alfombrado por una hierba dulcemente mullida y por hojas caídas que crujían cuando el viento las rozaba. Brisa se inclinó sobre mi pecho y cerró los ojos, incapaz de saber qué debía hacer. Yo tampoco sabía cómo debía obrar.
Dime qué debo hacer.
Debes... 
No tengo colmillos como tú para morderte —me recordó intentando sonreírme, pero estaba tan asustada y triste que aquel intento de sonrisa no fue sino una mueca de lástima y pánico.
Brisa... mi Brisita...
Shiny, prométeme algo, por favor —me pidió con una voz susurrante.
Sí...
Dime, ¿eres feliz con Tsolen?
Sí, bueno, a ratos. A él también le cuesta entenderme y soportar mi tristeza.
¿Y Arthur ahora está solo donde vivía antes con Morgaine?
Sí.
Vuelve con él. Shiny, yo sé que amas a Tsolen, pero a Arthur lo amas mucho más. La Diosa no lo habría escogido para ser mi padre si no os amaseis tanto, te lo aseguro. Os une un vínculo poderosísimo que ni siquiera la muerte ha podido destruir, de veras.
No puedo hacer eso.
Shiny...
Brisa, no soy capaz de hacerle daño a Tsolen.
Tsolen te ama, pero lo entenderá.
Brisa hablaba cada vez con menos fuerza. Me percaté de que su pálida piel estaba desvaneciéndose, como si unas brumas la cubriesen, y de los ojos apenas le emanaba ese destello de luz que siempre me había hecho sentir dichosa de existir. Estaba apagándose. Su vida estaba apagándose y yo debía darme prisa en alargarla, en devolverle el esplendor que siempre se había desprendido de su ser.
Entonces, sin decirle nada más, me rasgué la piel del cuello y tomé la cabeza de Brisa entre mis manos para acercarle los labios a aquella herida sangrante.
No me prometas nada. Todo lo decidirá la Diosa —musitó antes de lamerme la herida. Noté que, cuando lo hizo, se estremeció, aunque no sé si fue de repulsión o de comodidad—. Sabe... sabe bien —musitó sonriendo.
Rogaba, continuamente, que Brisa no percibiese en la sangre que ingería las intensísimas ganas de llorar que me atacaban. Los ojos se me habían llenado de lágrimas, pero no me atrevía a retirármelas de las mejillas porque no quería soltar a Brisa, quien había cerrado los ojos y estaba concentrada en el sabor y en la textura de mi sangre. Cuando notaba que la tragaba, mi ser se llenaba de conformidad y a la vez de miedo.
Ya no bebas más, Brisa —la avisé con un susurro retirándole la cabeza de mi cuello.
¿Por qué no? Me gusta.
A ver si ahora vas a ser un hada vampiresa —me reí acariciándole los cabellos.
Brisa se quedó quieta, con los ojos cerrados, respirando cada vez más lentamente. Entonces me percaté de que se había quedado dormida entre mis brazos.
No la desperté, sino que permanecí quieta y queda intentando que el miedo no se me adhiriese más al corazón, esperando que transcurriesen unos cuantos minutos antes de extraerla de ese calmado sueño. Mientras la acunaba entre mis brazos, recordaba todas aquellas veces que la había dormido siendo ella una pequeña hadita indefensa. En esos momentos, ya había crecido, pero todavía seguía siendo para mí la misma niña que me llamó con su llanto cuando yo no quería saber nada de lo que me ocurría en ese mágico mundo. Recordé cuando me apeló por primera vez, evoqué lo bonito que había sido oír sus primeras palabras, ver sus primeros pasitos... y también compartir con ella el día en que se hizo mujer.

Mas Brisa seguía siendo la misma niña que se asustaba cuando su alrededor se llenaba de maldad, la misma que había temido a Alneth, comunicándomelo con un simple y rotundo «Alneth no». Aquel recuerdo me hizo sonreír. Qué inteligente y sabia había sido siempre Brisa, qué intuitiva y mágica... No, un ser como ella no podía marcharse de Lainaya ni de ningún otro mundo. No era necesario que Lainaya aguardase a que naciese y creciese el hijo o la hija de Sauce porque Brisa sería la reina suprema de Lainaya durante una incontable cantidad de siglos.

martes, 19 de julio de 2016

LA VISITA - 04. QUIERO SABER DE TI

4
Quiero saber de ti
Latía en mi corazón un anhelo, un recuerdo, una inquietud que se expresaba en forma de una melancolía que me anegaba el alma. Leyendo las palabras de Alex, había rememorado a todos aquellos seres que yo había querido con una locura inocente e inocua. De ese modo, cuando lloraba por lo pasado y lo que nunca volvería, mi memoria viajó en el tiempo hasta recuperar esos instantes que tan tiernamente yo había compartido con el único ser que de veras había nacido de mis entrañas, llevándose de mi interior una dulzura que el mundo jamás podría devolverme. 
Brisa aparecía en mis recuerdos, reluciente y mágica, brillando y a la vez mirándome con nostalgia, como si me recriminase que no hubiese vuelto a Lainaya después de marcharme de una forma tan triste. Parecía como si, en la lejanía de esos recuerdos, Brisa hubiese olvidado que yo había anhelado desesperadamente permanecer junto a ella en su mágico mundo. No quisieron alojarme en esa tierra eternamente hermosa y yo me había alejado de allí sintiendo en el alma un pesar que no tenía ni principio ni fin, olvidando allí la capacidad de seguir soñando y luchando por la inocencia de la vida. 
Quería saber de ella. Aquel deseo se me clavaba en el alma como si de un puñal interminable se tratase. No podía silenciarlo, por mucho que intentase convencerme de que nunca más podría volver a Lainaya. Brisa era mi hija; la única hija que yo tendría en la vida. No podía abandonarla para siempre. Quien creyese que yo podría vivir sin conocer su estado, sin saber cómo vivía y qué sentía realmente no tenía ni idea de lo que significaba el amor de una madre al fruto de sus entrañas. 
Supe que la única forma de saber cómo se encontraba Brisa era pidiéndole ayuda a Artemisa. Ella parecía conocer todos los secretos para comunicarse con otros mundos. Así pues, dejando atrás mis lágrimas, salí de aquella alcoba que tanta intimidad me había ofrecido para asomarme una vez más a los sentimientos de Alex y recorrí los pasillos que me llevarían hasta la vera de aquellas dos mujeres que tanto me apreciaban sin que yo apenas les hubiese entregado una pequeña parte de mi existencia. 
Cuando llegué al salón en el que tan amenamente habíamos conversado, me sobresalté muchísimo al comprobar que aquel lugar estaba invadido por la soledad y el silencio más profundos. No quedaba ni rastro de la lumbre que nos había entregado tanto calor y la luz que había alumbrado nuestros instantes se había desvanecido. El frío más inquebrantable se había adentrado allí convirtiendo aquel hogar en la morada del invierno. Estaba completamente sola. No había nadie a mi lado que pudiese ayudarme.
Desorientada, corrí hacia el exterior. El bosque también estaba inundado de silencio. Mi desconcierto y mi inseguridad se acrecieron cuando me percaté de que el alba ya se acercaba. Se adivinaban, tras las copas de los árboles, los primeros destellos de un nuevo día.
Presentí que aquel día que nacía más allá de las montañas sería gélido y vacío, silente y tierno a la vez. Una fina capa de nubes grises cubría el empiece de la mañana, oscureciendo el esplendor con el que aquella luminiscencia naciente podía esconder las sombras de la noche. 
Hacía tanto frío que el aire que yo introducía en mi cuerpo de forma lenta e imprecisa me helaba la sangre. Los aromas de la madrugada eran distantes, estaban atenuados por el congelado aliento de aquella triste noche. El vacío que me rodeaba era absoluto. Ni siquiera los árboles parecían hallarse a mi lado. 
No obstante, empecé a caminar sin saber muy bien a dónde quería llegar. Sabía que en algún momento de la mañana aparecería ante mí la senda que podía llevarme hasta el lugar que me protegería del alba. Entre los árboles trataba continuamente de adivinar la sombra de algún hogar abandonado o la de aquel castillo en el que me había encontrado con Artemisa y con la ausencia de todos los detalles que podían ayudarme a evocar los recuerdos de los momentos que había vivido allí. 
La mañana se doraba sobre mí, y no conseguía encontrar esa senda que podía ayudarme a ampararme de la creciente luz del día. Además, no podía desprenderme de la preocupación que me había anegado el alma cuando había pensado en Brisita. Incesantemente me preguntaba qué sería de ella, cómo estaría, cómo sería su vida, y no conocer las respuestas a tales inquietantes preguntas me desasosegaba profundamente. 
Sinéad, Sinéad.
Mi nombre sonó en una voz llena de intranquilidad y miedo. Me asustó oír que alguien me llamaba con tanta prisa e inquietud, como si ante mí tuviese el borde de un abismo interminable. Me detuve y miré a mi alrededor para descubrir quién me había apelado de ese modo tan desasosegante.
Soy yo, Sinéad.
No reconocía la voz que me llamaba con tanta seguridad y a la vez cariño. Yo detectaba cariño en la forma como me apelaba; lo cual me preocupaba mucho más, puesto que siempre me ha inquietado mucho que alguien me reconozca sin que yo sepa quién es. 
No sé quién eres —le contesté con timidez.
Hace tanto tiempo que nos vimos por última vez que te resulta costoso recordarme, lo entiendo.
Era una voz femenina, muy dulce y calmada. Procedía del interior de un árbol con el tronco muy grueso. Me acerqué a aquel árbol notando que las manos me temblaban y deslicé los dedos por su poderosa corteza; la que estaba alisada por el viento y el paso del tiempo. Entonces, debajo de mis dedos, la madera cedió y apareció ante mí un hueco que me invitaba a adentrarme en aquel tronco que era sin embargo un hogar confortable y acogedor.
Pasa. Creo que a ninguna de las dos nos conviene que la luz del día nos toque la piel.
Cuando me introduje en aquel hogar tan misterioso, entonces me encontré con quien me había llamado con tanto cariño, como si hubiese compartido conmigo un sinfín de instantes. Entonces, me sobrecogí profundamente al descubrir quién era la mujer que me había protegido del alba.
No te acuerdas de mí porque es complicado recordarme cuando me hallan fuera del mundo en el que siempre he vivido.
Sí, sí te recuerdo. Lo único que me sucedía era que no esperaba encontrarte en este mundo.
En realidad ambas formamos parte de la misma tierra. No obstante, la isla en la que yo siempre habité desde que me dieron por muerta está alejada de esta realidad. 
¿Qué haces aquí, Morgaine?
¿Y tú?
Yo vago perdida desde hace noches. Me desorienté cuando traté de...
¿Qué trataste de hacer?
Llegué a un castillo en el que habité durante muchos años y...
Pero ¿a qué lugar deseabas llegar?
Tenía ganas de llorar. Hasta entonces no había recordado dónde se encontraba el origen de todo aquello que me había sucedido hasta ese instante. Poder rememorarlo todo me hizo sentir desvalida. Los recuerdos de los instantes previos a hallarme en el castillo de Hispania me estremecían tanto que no podía evitar que los ojos se me llenasen de lágrimas. Lo que más me conmovía, sin embargo, no era recordar que había fallado en el intento de huir de esta realidad, sino el hecho de que hasta esos momentos aquellos instantes se habían escondido tras una neblina que yo no había podido disipar, por mucho que me esforzase por traer a mi memoria el recuerdo de aquellos momentos. 
Dime, ¿adónde querías llegar? —me preguntó Morgaine de nuevo con mucha delicadeza y cariño.
A Lainaya —le contesté con timidez, sobrecogida y asustada.
¿Y qué ocurrió?
No pude. Me quedé encerrada en el viento, rodeada por unas brumas negrísimas que me impedían también regresar a mi mundo. De repente, cuando creía que para siempre vagaría perdida por esa dimensión oscura y vacía, me encontré corriendo por el bosque que rodea un castillo que...
¿Por qué no pudiste volver a Lainaya?
Porque no puedo regresar. Me expulsaron de esa tierra para siempre. No tengo permitido adentrarme en ese mágico mundo.
¿Por qué querías volver?
Para ver una vez más a Brisita, mi hijita, una última vez.
¿Una última vez?
Sí.
¿Por qué?
Pensaba dormir, dormir durante milenios.
¡Sinéad!
Lo sé, sé que todos pensáis que tengo que ser fuerte, que no debo rendirme, que tengo que luchar contra la tristeza y la maldad de este mundo porque la naturaleza no se merece perder a alguien como yo, que puede defenderla de cualquier adversidad; pero ninguno de vosotros está en mi piel. No tenéis mi alma en vuestro cuerpo, no tenéis que soportar mis sentimientos ni tampoco mis recuerdos. Ninguno de vosotros tiene ni la menor idea de lo que supone cargar con unos recuerdos tan dolorosos y con la tristeza nacida de darte cuenta de que todo lo que amaste un día durante muchos años está desvaneciéndose. Es cierto que no debemos rendirnos, pero llega un momento en el que te cansas de pugnar contra todo, como quien se agota al subir una cuesta muy inclinada. Yo necesito vivir en otra parte, y no hay ningún mundo que quiera acogerme. Estoy obligada a habitar en esta tierra enferma en la que cada vez se respetan menos los verdaderos sentimientos.
Yo te entiendo, Sinéad, créeme.
¿De veras? No sé si tú habrás visto morir a la naturaleza que tanto amé yo.
Sí. Verás, hace algunos meses que salí de Muirgéin para comprobar en qué estado se hallaba el mundo que abandoné hace tantos siglos. Me ha sorprendido mucho descubrir que los lares que yo tanto conocí no se asemejan en absoluto a los que formaron el escenario de mis días. Además, me he perdido. No sé volver a Muirgéin. Cuando creía que me alejaría ya de esas ciudades tan ruidosas y contaminadas, me encontraba con algún bosque desconocido. Así llegué hasta esta tierra que todavía conserva porciones bellísimas de naturaleza. Pude construirme este hogar en el interior de este árbol. Quiero volver a Muirgéin, pero no sé ir y además me da miedo hallarme perdida en medio de tanta modernidad.
¿De veras quieres volver?
Sí, al menos antes sí quería regresar. Dejé solo a Arthur...
Arthur... —musité sobrecogida. Hacía mucho tiempo que no pensaba en él. Al hacerlo, un ramalazo de dolor me agrietó el alma, pero tuve que disimular para que Morgaine no percibiese el desconsuelo que me había anegado la mirada.
Me espera y sé que estará desasosegado por mí. Hace muchos meses que me alejé de él.
¿Por qué lo hiciste? —intenté preguntarle con entereza, pero la voz me temblaba.
Por la misma razón que a ti ahora te ha llenado los ojos de lágrimas.
No, yo he empezado a llorar antes.
No es verdad. 
No lo entiendo.
Sinéad, el año pasado... bien, Arthur y yo pudimos ser felices un tiempo, aunque seguramente fue mucho más efímero de lo que creo; pero llegó un momento en el que me percaté de que, cuando estaba solo, lloraba y su mirada se llenaba de lejanía. Hablé con él y me confesó, con mucho esfuerzo, que nuestro amor tuvo sentido en el pasado. Sí pudimos revivirlo, pero...
No, Morgaine. Tú eres el amor de su vida. 
Fui el amor de su vida mortal, Sinéad, pero...
No, por favor, no, no, no, no revivas estos sentimientos —le rogué asustada, notando cómo el alma se me partía en dos y las lágrimas empezaban a resbalarme por las mejillas.
Es que yo no entiendo por qué estáis separados si tanto os amáis —se rió Morgaine, pero su risa no fue sino el eco de su llanto; el que ella intentaba esconder tras esa carcajada inocente. Cuando alguien ríe, le brillan los ojos y, sin embargo, de los suyos solamente se desprendía tristeza—. Yo sé que os amáis con locura. Entre vosotros existe un lazo mucho más poderoso que el que une agua y lluvia e intentar quebrarlo es tratar de romper el núcleo de la Tierra, Sinéad. 
No quiero sufrir más por él —susurré atemorizada.
¿Qué problema hay en que volváis a estar juntos?
No finjas, Morgaine. Esto te duele demasiado.
Sinéad, yo permanecí aguardando a Arthur durante muchísimos siglos sin saber ciertamente si él podía amarme de nuevo. Cuando recuperé su amor, me sentí dichosa y plena, supe que había merecido la pena esperarlo; pero hace poco descubrí que poder reunirnos una vez más sólo sirvió para despedirnos de todo lo que vivimos y sentimos.
Arthur tuvo un hijo contigo, Morgaine.
No, no, no tuvo un hijo conmigo ni yo tampoco tuve un hijo engendrado por él.
No importa.
Sí, Sinéad, sí importa. Nosotros no yacimos siendo nosotros mismos.
No quiero separaros más.
Pero es que no eres tú quien nos ha separado, Sinéad, es ese amor inquebrantable que sigue vivo después de que la muerte haya intentado distanciaros en tantas ocasiones.
Estás confundida.
No, no lo estoy.
¿Quieres regresar a Muirgéin? Yo puedo ayudarte a volver.
No, Sinéad. No quiero regresar a Muirgéin ni a ninguna parte. Me gustaría pedirte otro favor.
¿Cuál? —le pregunté sobrecogida y temerosa.
Puedes escoger entre matarme o llevarme a Lainaya.
¡No puedo hacer ninguna de las dos cosas! Y, aunque pudiese, jamás te mataría. ¿Cómo se te ocurre pedirme algo así?
Sinéad, no me apetece seguir viva en ninguna parte.
Entonces Morgaine arrancó a llorar desconsoladamente, pero su llanto era silencioso y profundo.
Ya he vivido suficiente —sollozaba—. Ha merecido la pena vivir si pude tener a Arthur conmigo una vez más, pero ya no...
¿De veras crees que él no te ama?
Fui el amor de su vida mortal, él mismo me lo reconoció. El amor de su vida inmortal eres tú. Él es tan infeliz, Sinéad... y, si él no es feliz, yo tampoco podré serlo y nunca más sonreiré. No merece entonces la pena vivir si él no es feliz. Yo seguía viva por él, porque sabía que en algún momento nos reencontraríamos, y eso fue posible. Puedo irme, ya puedo irme.
No quiero que te marches. Eres tan mágica...
Tú misma has protestado porque los demás te insistimos en que debes seguir luchando cuando realmente no te queda aliento para hacerlo. No me fuerces a mí también a existir en una vida que no me llena.
Sí, tienes razón. Yo no puedo matarte, no puedo, y tampoco puedo regresar a Lainaya. No se me permite.
Si la muerte no puede ser mi hogar, que lo sea esa tierra mágica donde eternamente seré un hada.
No vivirás eternamente.
No me importa. Quiero saber que mis días tienen fin. De ese modo podré disfrutar más de la vida. Dime, si a ti te dijesen ahora que vivirás cincuenta años más como mucho, ¿no cambiarían tus sentimientos? Tal vez sea la inmortalidad la que te hace tan infeliz.
No lo sé. Lo único que puedo asegurarte es que, cuando era humana, saber que mi vida era tan efímera y finita también me torturaba.
Sinéad, por favor, ayúdame a viajar a Lainaya.
No puedo hacerlo, Morgaine.
Tal vez, no pudieses lograrlo porque era solamente un interés egoísta lo que te hacía ansiar volver. Ahora, en cambio...
¿Te parece de veras que querer saber cómo está Brisita es un interés egoísta?
Sí, lo es, Sinéad. Ella no necesita que te esfuerces por regresar a Lainaya solamente porque anheles saber cómo está. Si a Brisita le sucediese algo, te aseguro que lo sabrías.
Morgaine, no puedo creerme que pienses de ese modo.
¡Yo no pienso de ese modo! —exclamó asustada—. Pienso como lo haría ella.
Brisita debe de sentirse muy sola —susurré con mucha lástima—, sobre todo porque no podía superar la muerte de Lianid.
Brisita no es como tú, Sinéad, ni como yo —sonrió con pena—. Brisita es mucho más fuerte de lo que piensas.
Morgaine, basta ya, por favor. Cada palabra que dices me duele más que las anteriores. No creo que superar la muerte de alguien o no dependa de la fortaleza de cada ser. Hay partidas con las que no podemos vivir porque quien se ha marchado estaba irrevocablemente unido a nuestra alma.
No lo niego, Sinéad; pero Brisita es fuerte, debe serlo, es la reina de Lainaya.
¿Cómo conoces todo eso?
Arthur me ha hablado de ese mundo. Fue él quien me propuso viajar allí para convertirme en una de sus preciosas hadas. Además, a él le consolaría mucho saber que Brisita me tiene cerca por si necesita algo. 
¿O sea que Arthur quiere que te conviertas en su madre, en la madre que ella no puede tener?
Puede que sí. Él sabe que tú no puedes estar a su lado. Él tampoco puede ir a Lainaya y cuidarla como su padre que es. 
Está bien, te ayudaré a viajar a Lainaya; pero, tal como te ha sucedido con Arthur, con el tiempo te darás cuenta de que todo amor es insustituible —le comuniqué con impotencia.
¿Qué te ocurre, Sinéad?
Nada que sea de tu incumbencia. ¿Quieres que te ayude a viajar a Lainaya? Está bien, lo intentaré, aunque me pierda entre los mundos y no pueda volver a mi tierra. No me importa. En esta vida ya nadie me echará de menos.
Sinéad, tranquilízate —me pidió tomándome de las manos.
No necesito tranquilizarme. Ahora siento la fuerza que requiero para viajar de una realidad a otra.
Estás muy alterada. 
No es cierto. Vayamos afuera.
Pero está amaneciendo, Sinéad —me recordó asustada.
¿Temes la luz?
Si la luz del día me toca, desapareceré. Ya sabes que me convierto en brumas cuando amanece.
A mí la luz puede hacerme mucho daño, y sin embargo estoy dispuesta a luchar contra mis miedos y mis instintos para llevarte a Lainaya cuanto antes. 
No escuché sus protestas, las que me intimidaban, aunque fingiese que la valentía más inquebrantable me había anegado el alma. Salí del árbol que tanto nos había protegido tomando de la mano a Morgaine, quien se había rendido ante mi indoblegable voluntad.
Cuando nos hallamos en el bosque, cubiertas por los destellos del día, entonces la abracé con fuerza y deseé, con un ahínco sobrecogedor, que Lainaya me atrajese hacia sí, aunque no me dejase adentrarme en su magia. Solamente quería alejar para siempre a Morgaine de ese mundo que no estaba hecho para ella. Sentía rabia, era cierto; rabia porque Morgaine, una vez más, podría gozar del amor de uno de los seres que yo más amaba en la vida, porque podría habitar junto a Brisita en mi lugar, porque tenía la posibilidad de distanciarse para siempre de la tierra enferma en la que yo estaba obligada a vivir. Cuando ella consiguiese introducirse en Lainaya, entonces el alma se me quebraría para siempre y estaba segura de que nadie lograría sanarme las heridas que me la horadarían.
¿Estás dispuesta?
No, no. Me encuentro mal. Estoy desvaneciéndome.
Entonces no hay tiempo que perder.
Aunque Morgaine no lo supiese, yo también me sentía a punto de estallar. Era cierto que la luz del día ya no podía matarme, pero sí podía notar cómo ésta me templaba insoportablemente la piel y hacía arder mi interior. También le oculté que, además de suplicar que la magia de Lainaya me atrajese hacia sí, le rogaba a Brisita, a través de la distancia, que me ayudase a realizar aquella misión.
Una fuerza estalló por dentro de mí, como si fuese una bola de luz y calor, y me ayudó a olvidarme de mis pesares y de mis injustas envidias. Entonces empecé a correr con Morgaine entre mis brazos hasta alcanzar una velocidad que a ella le hizo lanzar un alarido de sorpresa. Sin avisarla, me alcé hacia el cielo y comencé a volar bajo la grisácea y esplendorosa luz del día, rogando continuamente que mi alrededor se convirtiese en esas brumas que me permitirían alejarme de la Tierra para llegar hasta Lainaya.
¡Sinéad, tengo miedo! —protestó Morgaine aferrándose con mucha fuerza a mí.
No temas, Morgaine. 
Justo entonces la luz del día comenzó a oscurecerse, como si mi volar nos llevase de nuevo a la noche, y nuestro alrededor se convirtió en unas espesas brumas que nos impedían respirar con calma. Morgaine hiperventilaba a la vez que acrecía la fuerza con la que se asía a mí. Le pedí que cerrase los ojos y que no tuviese miedo. 
Justo en ese preciso instante fue cuando recordé que, la última vez que había tratado de regresar a Lainaya, me había perdido en ese punto, justo en ese momento en el que el aire de la magia me rodeaba y las brumas de la oscuridad me envolvían. Rogué con toda mi desesperación que ante nosotras apareciese la mágica tierra de Lainaya. No me sentía con fuerzas para esforzarme por volver a mi mundo, pues llevaba mucho tiempo sin alimentarme y el cambio de un mundo a otro me debilitaba excesivamente. 
Mas nada cambiaba a nuestro alrededor. Comencé a desesperarme. Morgaine, además, se desvanecía entre mis brazos, desaparecía como si, en lugar de hallarse a mi lado alguien tangible, tuviese aferrado a mí al eco de una vida. No podía abrir los ojos para comprobar cuál era su estado, pero podía intuir que la piel le había empalidecido y que apenas guardaba ya en su ser el rescoldo de la voz de su alma.
Sin embargo, justo entonces noté que alguien se acercaba a nosotras y que la arrancaba de mi lado, dejándome sola en medio de la nada. Quise gritar, pero no podía conseguir que mi voz emanase de mi pecho. Estaba encerrada en la frontera que separaba dos dimensiones completamente distintas y opuestas. Intenté alargar la mano para que alguien me la tomase, pero únicamente el viento oscuro de la magia me la tañó con fuerza. La escondí rápidamente, intuyendo que, si seguía permitiendo que aquel viento feroz me la acariciase, sería capaz de arrancármela.
Me hallaba completamente sola en aquella tierra de nadie, alejada de mi mundo y de Lainaya, perdida en la inmensidad de la nada. La desesperación más profunda se apoderó de todo mi ser y me llenó el alma de pánico. No obstante, enseguida me serené creyendo que era imposible que todas las hadas de Lainaya me dejasen perdida en aquel espacio intangible, incoloro y huracanado. 

No podía hablar, pero con la voz de mi mente rogaba continuamente que alguien me ayudase. No obstante, el tiempo (si es que en ese espacio vacuo el tiempo continuaba fluyendo) transcurría sin que nadie se comunicase conmigo. Cada vez me sentía más sola y abandonada. Entonces pensé que aquélla era una de las mejores formas de desaparecer, de perderme para siempre, de no volver a sufrir nunca más, de dejar el dolor y la tristeza atrás. Si de veras me desvanecía en aquel momento, todo lo que me atería el alma desaparecería también. Podría morir en paz.

domingo, 10 de julio de 2016

LA VISITA - 03. VIAJANDO A TRAVÉS DEL VIENTO

3
Viajando a través del viento
Me hallaba de nuevo en aquel antiguo castillo que había sido mi morada durante unos incontables años. Ardía una tierna e inocente lumbre en una inmensa chimenea de piedra. Las llamas creaban reflejos dorados en los muros ennegrecidos y crepitaban suavemente los leños, rompiendo con delicadeza el profundo silencio que me rodeaba. Me hallaba totalmente sola en aquella estancia que me costaba reconocer. Trataba, continuamente, de identificar su cambiada apariencia con algún recuerdo yacente casi olvidado en mi memoria, pero no quedaba allí ni el menor vestigio de lo que fue aquel rincón antaño. No había ningún mueble que me recordase aquellas noches que yo pasaba leyendo cabe el fuego. Tampoco las paredes resguardaban la presencia bellísima de esos cuadros pintados por mi padre que tan acogedora volvían cada sala. Me parecía que me encontraba en unos lares completamente desconocidos para mí, en una morada en la que nunca había estado antes.
Me costaba mucho pensar y sobre todo acordarme de los últimos momentos que había vivido. Unas brumas espesas me anegaban la memoria, impidiéndome evocar cualquier recuerdo. Lo único que sabía era que me encontraba en ese lugar porque había corrido desesperadamente bajo la lluvia hasta alcanzar su pedregosa protección y que me había encontrado con una humana muy especial que me había pedido ayuda. Después de eso, ya no podía recordar nada más.
Alcé la mirada, desolada y agotada, y desplacé los ojos por mi alrededor en busca de algún detalle que pudiese ayudarme a recordar. Lo único con lo que me encontré fue un arpa apoyada en uno de los muros de la estancia. La música seguramente me permitiría deshacerme mínimamente del desconcierto que tanto me invadía. Así pues, me levanté de donde estaba sentada y me dirigí hacia aquel instrumento que parecía no ser tocado desde hacía mucho tiempo. Tuve que esforzarme por afinar cada cuerda y, cuando comprobé que todas sonaban con dulzura y precisión, comencé a tañer una canción cuya tímida melodía todavía no me palpitaba enteramente en el alma; pero, al cabo de unos efímeros instantes, me percaté de que de mis dedos nacía una trova que había permanecido demasiado tiempo encerrada en mi corazón.
Entonces mi alrededor cambió, como si la música tuviese el poder de convertir en brillo la oscuridad, y me encontré rodeada de montañas altísimas cuyas cumbres se escondían entre las nubes. El cielo de una mañana límpida relucía y el sol caía a raudales sobre los prados, tiñendo la hierba de un esplendente matiz verdoso que refulgía con intensidad sin deslumbrarme. Aquel cálido fulgor no me intimidaba, sino que me hacía sentir acogida. A medida que la canción avanzaba entre mis dedos, el paisaje que formaba mi entorno se embellecía, se descubría más nítidamente ante mí. Aparecieron, suavemente, robledales en los que se acumulaban sombras frescas que olían a humedad. A lo lejos, sonaba el murmullo de un río de aguas limpias y el canto de los pájaros volvía más sereno el profundo silencio que me envolvía. 
De pronto, cuando más inmersa me hallaba en aquel ensueño, alguien me tocó la espalda con delicadeza, sabiendo perfectamente que me extraería bruscamente de aquel tierno momento, aunque me avisase con mucho primor de que ya no estaba sola. Se trataba de la misma mujer que aparecía en los pocos recuerdos que era capaz de evocar. Sus ojos profundamente negros y sus largas pestañas velaban una mirada ensoñadora, pero también llena de preocupación. No me sonreía (sin embargo, no recordaba ni una sola vez que lo hubiese hecho), pero el gesto que tenía congelado en su rostro era calmado y estaba teñido de conformidad. 
Siento interrumpir tu música. Tocas muy bien, de veras, y sé que tienes una voz preciosa, aunque todavía no la haya oído; pero tienes que acompañarme. Necesito que vuelvas a ayudarme.
Sí, por supuesto.
No podía recordar el nombre de aquella misteriosa mujer que se vestía como si todavía nos hallásemos en la Edad Media. Su forma de vestir me serenaba, me hacía sentir cómoda, alejada del tumultuoso presente que estaba obligada a vivir.
Me levanté de donde estaba sentada, dejé el arpa en el mismo sitio donde la había encontrado y la seguí a través de esos antiguos y oscuros pasillos. Hacía mucho frío. Lo notaba porque el poco calor que se me había adherido a la piel se desvanecía bruscamente a medida que caminábamos. El helor que se acumulaba en los pasadizos y en las estancias en las que no ardía la lumbre se me clavaba en el alma como si de un puñal afilado se tratase, haciéndome creer que no volvería a hallar refugio nunca más en ninguna parte.
Salimos. El bosque, el que la lluvia había azotado con tanta fuerza, estaba impregnado de serenidad. La luna relucía tímidamente tras una plateada red de nubes evanescentes. El viento soplaba de vez en cuando, agitando las ramas de los árboles con mucha calma, como si no quisiese despertarlas de su nocturno letargo.
La mujer caminaba con decisión a través del bosque, dejando cada vez más lejos la morada donde podríamos encontrar un pedacito de paz. Aunque la noche fuese serena y nítida, el frío más devastador lo invadía todo, se adhería a los troncos de los árboles como si quisiese convertir en hielo su savia, y el viento que soplaba con tanto primor era tan gélido como el aliento del invierno más impenetrable e inhóspito.
Llegamos, al fin, a un prado todo rodeado de árboles milenarios. En el centro del prado, había vestigios de una lumbre inocente. Los leños quemados parecían tristes. Entre ellos, se adivinaban retazos de hojas secas y de otros elementos cuya identidad no pude descubrir. 
Sé que te cuesta recordar lo que has vivido antes de este instante. Mi nombre es Artemisa, me ayudaste a volver a su hogar a un ser mágico, después te perdiste por otro mundo en el que te encontraste con una mujer muy especial y de nuevo estás aquí, traída por el viento de la magia. Te hallas en el único mundo donde puedes vivir. Siento decepcionarte, pero todo lo que te ocurrió antes de ahora forma parte de otra tierra.
Yo no le dije nada. Me costaba, también, entender sus palabras. Cuando me hablaba del único mundo donde podía vivir y de la otra tierra a la que pertenecían los hechos que me habían acaecido, me parecía que se expresaba en otro idioma muy distinto al mío; pero, lentamente, fui comprendiendo por qué estaba tan confundida. Cuando viajaba de una realidad a otra, la mente se me quedaba aterida y estremecida, como si me la hubiese agitado un despiadado huracán, y necesitaba dormir y alimentarme para recuperar la calma. 
Sé que tienes sed. 
¿Cuántas cosas sabes de mí? —le pregunté inquieta.
Lo sé todo. Soy a la vez nadie y todos los seres que te conocen. Bien, la mujer con la que te encontraste en el otro mundo también está en mí. Tú eres una versión de ti misma.
No entiendo nada.
Es comprensible.
Lo mejor será que me marche. Necesito alimentarme y descansar.
No te irás. No puedes irte. Ahora te toca vivir aquí una serie de acontecimientos de los que no puedes escaparte.
No le objeté nada. Realmente, estoy acostumbrada a que el destino juegue conmigo y con mi vida tal como le apetezca, por eso no me extrañó que de nuevo me encontrase ante una situación que no tenía ni idea de cómo enfrentar. Sólo me dejé llevar por los pasos de Artemisa, quien parecía muy segura del camino que debíamos tomar. 
Dejamos atrás aquel hermoso y sereno prado para internarnos de nuevo en el bosque, esta vez para seguir un camino que apenas era perceptible bajo la luz de la luna. Mas, al fin, alcanzamos una senda estrecha que las caídas y frondosas ramas de los árboles intentaban ocultarnos. Descubrí que, tras aquella densa naturaleza, se escondía una extraña morada. Artemisa, sin decirme nada, se dirigió hacia la puerta que custodiaban los troncos de los árboles.
Me sentía muy desorientada, pero era incapaz de hablar. Latía en mi interior un extraño presagio que me sobrecogía y que me impedía prestarles atención a los pensamientos que comenzaban a invadirme la mente. 
Artemisa llamó a la puerta de aquel hogar que parecía irrevocablemente abandonado. En breve, una mujer le abrió la puerta, apareciendo súbita y misteriosamente en el umbral. Sabía que a Artemisa le costaba percibir el matiz de los cabellos de aquella mujer, así como también le resultaría complicado hundirse en esa serena mirada; pero yo podía captar, nítidamente, todos los detalles que creaban el semblante de aquel ser que tan desconocido me resultaba.
Bienvenidas —nos dijo con mucha calma—. Pasad.
Parecía como si nos hubiese aguardado desde el principio de su vida. El desconcierto me anegaba el alma, pero la seguridad y el sosiego que se desprendían de los ademanes y de la mirada de aquella mujer y también de Artemisa me serenaban. Así pues, me introduje en aquel hogar misterioso sin saber muy bien qué debía hacer, si obedecerlas sin preguntar o interesarme por el significado de aquel instante. 
Supongo que es ella —susurró la mujer, cuya voz era trémula y antigua como el sonido del viento—. No me digas nada. Ahora hablaremos mejor, cuando lleguemos al salón.
La mujer, cuyo nombre todavía desconocía, caminaba muy lentamente apoyándose en un bastón de madera gruesa y fuerte. Los sordos golpes que el bastón dejaba caer en el suelo del hogar creaba ecos en mi corazón, haciéndome pensar de repente en lo lejos que me encontraba del destino de aquella mujer ya demasiado envejecida. Yo nunca alcanzaría su apariencia ni tampoco necesitaría jamás cederle mi equilibrio a un bastón como el que ella usaba para sostenerse.
Llegamos a un salón acogedor en cuya chimenea ardía una lumbre muy serena. Los leños crepitaban de vez en cuando y las llamas danzaban sutilmente. Las ventanas del hogar estaban cerradas, pero yo tenía la sensación de que la luna se adentraba con suavidad por los postigos herméticos. Olía a hierbas y a fruta; un olor que, extrañamente, no me desagradó. No solían gustarme los aromas provenientes de los alimentos, pero aquella vez noté que aquella fragancia me acogía. De repente me percaté de que me sentía inmensamente cómoda en aquel lugar, como si no pudiese hallarme mejor en ninguna parte. La paz que de pronto me había invadido el alma había destruido el desconcierto que tanto me había hecho temblar.
Siéntate, Sinéad —me pidió la mujer señalándome una silla de madera junto a la lumbre—. Tienes frío. Lo noto en tus ojos.
No suelo tener frío —susurré sin saber muy bien qué decir.
Lo sé, pero estás más helada de lo que es necesario. 
Me acomodé en aquella silla y acerqué las manos a la lumbre. Cuando realizaba aquel gesto, mi memoria se anegaba en recuerdos antiquísimos en los que me veía conversando con mi padre en la alcoba en la que había comenzado mi vida vampírica. Allí fue donde descubrí lo placentero que me resultaba que el fuego me templase mi eternamente helada piel.
Sinéad no sabe por qué está aquí —le desveló Artemisa sentándose a mi lado.
No te preocupes, Sinéad. No te haremos daño.
Lo sé.
Queremos hablar contigo sobre algo muy importante —me anunció la mujer—. Por cierto, mi nombre es Silente.
Tiene usted un nombre precioso.
No me trates de usted. No quiero que me dediques esa deferencia. Sinéad, yo te conozco muy bien, más de lo que te imaginas. Quizá te conozca mejor que tú a ti misma.
¿Por qué?
Ahora te sientes desconcertada y posiblemente inquieta, pero te aseguro que esos sentimientos durarán muy poco en tu corazón. Sinéad, desde hace muchísimo tiempo, noto que ya no eres la misma. Has renunciado a tus mayores placeres. Estás atenuada por una tristeza de la que no puedes desprenderte. ¿Me equivoco?
No —musité agachando la mirada, empezando a conmoverme.
Crees que eres feliz, pero tú sabes muy bien que en tu corazón se encierran sentimientos que te cuesta entender. Hay desengaño en tu alma, hay también inquietud y rencor, pero no sabes por qué. Sientes rencor hacia la vida por haberte golpeado tanto y sin motivo. No tienes fuerzas ni ánimos para luchar por tu vida y estás rindiéndote. Muy pocas cosas te despiertan esas emociones que tanto te caracterizan, pero éstas siguen vigentes en ti. Lo único que tienes que hacer es permitir que se expresen.
¿Cómo sabes todo eso de mí?
Porque tenemos una amiga en común que nos quiere muchísimo. Tú eres su ideal. Reúnes todas las virtudes que ella admira, tienes la capacidad de portar en ti todo lo que a ella le habría gustado ser, pero no te tiene rencor por eso, al contrario, te ama con locura. Yo, en cambio, soy lo que ella espera hallar en las personas que han vivido demasiado: soy una anciana entrañable que es feliz por haber vivido tanto y tan bien. Ella espera llegar a ser como yo cuando envejezca. Artemisa es la mujer que a ella le gustaría ser cuando sea posible liberarse de esas cadenas que la retienen. Las tres tenemos algo en común y es que resguardamos en nuestra forma de ser todo lo que ella venera de la vida. ¿Lo entiendes?
¿De quién se trata?
De esa mujer joven que conociste hace unas horas. Estaba cantando frente a un público imaginario y tú formabas parte de ese público anhelado. Te ama tanto que no sabe ver más allá de tu vida. Solamente en ti sabe encontrar la inspiración. Creo que te confesó lo que sentía. También sé que sin ti no encuentra motivos para seguir luchando por sus sueños. 
No lo entiendo. Yo apenas la conozco... —titubeé sobrecogida.
No es necesario que la conozcas profundamente. Solamente basta con que ella te conozca a ti. No, no llores —me pidió al darse cuenta de que los ojos se me habían llenado de lágrimas—. No te imaginas lo hermoso que es esto.
Por eso tengo ganas de llorar, porque todo lo que me cuentas me parece inverosímilmente hermoso y me cuesta entenderlo.
Hace tiempo que ella también está desalentada porque el mundo en el que le ha tocado vivir tiene más defectos que virtudes y ella intenta, continuamente, encontrar la belleza en cada instante. Créeme, muchísimas veces es imposible hallarla cuando te rodea tanta negatividad. Ella siente que es su ambiente lo que le oprime el corazón. Tiene la sensación de que la vida le ofrece placeres con los que ella no sabe disfrutar porque tiene en el alma un dolor del que no sabe desprenderse. No puedo hablar nítidamente de sus sentimientos porque, al fin y al cabo, no soy ella; pero puedo asegurarte que ella en ti encuentra la magia y la capacidad de soñar con otro mundo, con otros momentos hermosos. 
Es exactamente lo que yo siento...
Y quiero decirte algo más: me gustaría que nunca dejases de creer en ti. Eres una leyenda para todos aquéllos que han leído tus memorias, pero para nosotras eres real y para la mujer de la que te hablo eres su mayor realidad. 
No sé cómo no perder la confianza en mí misma. No sé cómo no dejar de creer en mí.
Siendo tú misma. Escucha siempre lo que desee tu corazón. Escúchate siempre.
A veces tengo la sensación de que he perdido mi voz.
No es verdad. No la has perdido —se rió dulcemente Silente.
Lo único que deseas en este momento es llorar, ¿verdad? —me preguntó Artemisa—. Llora. Nosotras no vamos a asustarnos al ver tus lágrimas de sangre.
No, no nos asustaremos, por supuesto que no —confirmó Silente con mucha ternura mientras me deslizaba una mano por los cabellos—. Llora, dulce Sinéad. 
No podía aceptar que aquel momento fuese real. Estaba segura de que formaba parte de un bello sueño del que dentro de muy poquito me despertaría; pero los segundos transcurrían hundiéndome cada vez más en la ternura apacible de ese instante. Así pues, relajándome, después de mucho tiempo sin hacerlo, comencé a llorar. No temía que ellas dos se inquietasen al detectar la preocupante apariencia de mis lágrimas, pues era plenamente consciente de que me aceptaban tal como era y que me querían como yo no me quería a mí misma. 
Sinéad, has sufrido tanto a lo largo de toda tu vida que te cuesta creer que un instante pueda ser hermoso, ¿verdad? —me preguntó Silente acariciándome la cabeza. Yo no podía contestarle, pues los sollozos me habían arrebatado la voz, así que solamente me limité a asentir en silencio—. Lo sé, lo sé. Conozco todos los instantes de tu vida.
No te mereces haber sufrido tanto —aportó Artemisa con una voz trémula—. Me gustaría decirte que todo ese dolor ha quedado atrás, pero no es cierto. Nunca podemos desprendernos de nuestros recuerdos. Éstos siempre palpitarán en nuestra memoria. No podemos deshacernos de su fuerza.
Yo a veces he... he deseado perder la memoria...
No debes desear algo así, Sinéad. Vale más tener recuerdos dolorosos que tener la memoria vacía. Yo temo perder los míos —me comunicó Silente conmovida.
Si es cierto que ella encuentra en ti todas las cualidades de una mujer que ha llegado plácidamente a su vejez, no perderás la memoria —la tranquilizó Artemisa.
Es curioso, pero yo quería decir lo mismo —les sonreí.
Porque pensamos de una forma muy parecida —indicó Silente.
Aquel momento fue una tierna tregua para mí. La vida me ofrecía la posibilidad de olvidarme durante unos inconcretos instantes de todo lo que me afligía. Lloré hasta que noté que la sed se volvía insoportablemente intensa. Entonces me limpié las lágrimas con mi fiel pañuelo y miré satisfecha a quienes me acompañaban en aquel momento tan ensoñado. La lumbre continuaba susurrando y ardiendo a nuestro lado, protegiendo nuestros sentimientos; pero ya no se oía nada más, tal vez el eco de los latidos del corazón de aquellas dos mujeres que tanto me apreciaban sin que yo las conociese. Entonces me sentí dichosa y anhelé que Leonard estuviese conmigo para experimentar exactamente las mismas sensaciones que yo. Aquel instante era mágico y valía más que el oro, que cualquier vida. 
Puedes llamarlo. No te hallas lejos de tu hogar, en realidad. Te encuentras en el mismo mundo en el que abres los ojos todos los atardeceres —me comunicó Silente adivinando, sorprendentemente, mis deseos.
¿De veras?
Pero sé que él también está muy encerrado en sí mismo y no desea que nadie se aperciba de lo deprimido que se siente.
Es cierto —corroboré con mucha lástima.
Sinéad, ¿qué ha sido de vosotros, de vuestra fuerza, de vuestra eterna magia? —me preguntó Artemisa con culpabilidad, como si ella fuese responsable de nuestra tristeza.
Es este mundo el que nos ha hundido.
Pero vosotros sois fuertes. No podéis permitir que el desaliento os venza —aportó Silente con energía.
Hemos vivido muchísimos siglos luchando contra ese desaliento que, al fin, nos ha arrancado las fuerzas y los ánimos para seguir adelante. No queremos morir porque somos plenamente conscientes de que no nos merecemos perder la vida después de haber vivido tanto, pero nos sentimos atenuados, sin aliento. 
No es justo que os rindáis de ese modo cuando cientos de seres viven sin saber lo que vale la vida —indicó Artemisa intentando no llorar.
Eres mágica, Sinéad. Eres inmortal. Tienes que amarte, sobre todo por todo el sufrimiento que has tenido que soportar. Tienes que sentirte orgullosa de ti misma. 
Lo intento, pero ya no encuentro motivos para sentirme orgullosa de mí misma ni para seguir viviendo ignorando todo lo que sucede a mi alrededor. No sé si podéis ser conscientes de lo que duele cuando ves que la naturaleza que tanto has amado está muriendo, cuando el lugar que fue tu hogar está desvaneciéndose. Es muy doloroso descubrir que todo tu mundo está desapareciendo. El tiempo pasa llevándose el escenario de todos mis recuerdos y yo eso no puedo tolerarlo. Me destroza el alma.
Lo sabemos, sí. Nosotras no hemos vivido tantos años como tú, pero sí nos duele muchísimo ver lo que está ocurriendo con la naturaleza —me confesó Artemisa.
Lo que tienes que hacer ahora es pasear unos largos instantes por este hogar. Encontrarás muchas cosas que te animarán, estoy totalmente segura de ello. Tienes libertad absoluta para recorrer todas las estancias y pasadizos de esta morada. Yo iré a buscarte cuando sea necesario.
No comprendía muy bien el significado de esas palabras, pero no desobedecí a Silente. Me levanté de donde estaba sentada y, tras agradecerles a las dos todo lo que me habían dicho, las abracé con ternura para después dirigirme, levemente desorientada, hacia una puerta de madera que accedía a un largo y ancho corredor en el que el frío todavía no se había atrevido a introducirse. Estaba segura de que ninguna de las dos reprobaría mi lejanía, al contrario, parecían desear fervientemente que me separase de ellas para que explorase aquel hogar que me resultaba tan desconocido.
Sin embargo, a medida que caminaba por sus pasillos en busca de las estancias que Silente quería que descubriese, mi memoria iba llenándose de recuerdos que no sabía por qué me invadían el alma. Me veía leyendo en el castillo de Lacnisha junto a esos braseros que Leonard me proporcionaba para destruir el frío que se acumulaba en todos los rincones de aquella morada tan antigua. Incluso evoqué aquellos recuerdos que me traían el aroma de los bosques de Hispania. Sí, todavía estaba en Hispania, pero no se trataba de la misma tierra que me había ayudado a renacer cuando la tristeza más honda se había apoderado de mi corazón, pues había cambiado mucho; pero todavía quedaban vigentes los rescoldos antiquísimos de los castillos que me habían ofrecido refugio.
Llegué a una estancia cuadrada, pequeña y muy acogedora en la que, aunque no ardiese ninguna lumbre, se respiraba un aire templado y confortable. En aquel lugar, no podía acordarme del frío que invadía el bosque. Había una mesa, en un rincón de la habitación, que resguardaba la presencia de unos folios amarillentos en los que había escritas unas palabras que no me atrevía a leer. A pesar de que nadie me lo hubiese indicado, yo sabía que aquellas líneas se me clavarían en el corazón como si de una antigua espada se tratase. No obstante, me acerqué a aquellas páginas y las tomé entre mis temblorosas manos. Comencé a leer como si solamente me quedase por hacer aquello en la vida. 
Tal como había intuido, las palabras que allí se hallaban escritas me sobrecogieron profundamente. Me invadieron de nuevo unas intensísimas ganas de llorar, pero las retuve porque no deseaba que la sangre manchase aquellos amarillentos folios. Me pregunté por qué éstos nunca habían llegado a mí, por qué el destino jamás me los había puesto ante los ojos. 
«Jamás he podido creer en los ángeles, pues de unas lejanas creencias para mí formaban parte, mas la vida hoy me ha demostrado que, aunque no sea uno de esos seres puros e inmaculados, ella es como un ángel. Su piel pálida relucía como el pábilo de una vela temblorosa y sus ojos eran fantasía, solamente magia y maravilla. Me sonrió como si intuyese que yo necesitaba que lo hiciese. El deseo de correr hacia ella para pedirle que no se desvaneciese me invadió el alma, pero me contuve porque sabía que no podía interrumpir aquel instante en el que ella cantaba con tanta pasión, amor y dulzura. Nos dedicaba unos versos que trataban sobre la Madre Tierra, tal vez sin saber que ése es el tipo de canciones que más me conmueven. Tañía el arpa como si no lo hiciese ella, como si sus dedos tuviesen otra vida aparte de la suya.
Y aquel instante duró varias noches. Creyendo que jamás se acercaría a mí, vivía inmerso en un desconsuelo mágico que solamente se interrumpía cuando ella me miraba. Me despertaba todos los días con el corazón henchido de emoción, pues sabía que la vería de nuevo en el escenario, vestida con esos trajes que tan bella la vuelven, aunque ella desprende toda la beldad del mundo y no es necesario que nada más le ofrezca hermosura.»
Las palabras que proseguían estaban borradas por el paso del tiempo y la antigüedad, pero en los siguientes folios pude hallar lo que prosigue:
«...y hoy teniéndola conmigo me parecía que la luna había descendido a la Tierra. Lo que yo jamás pude imaginarme era que tendría a una leyenda entre mis brazos, una leyenda clara y oscura a la vez. Para los demás ella tal vez sea una quimera, pero para mí es real porque la he conocido hasta lo más hondo de su ser, me ha ofrecido la oportunidad de descubrir quién era, qué deseaba ser conmigo. No conozco su vida ni su historia, no sé qué hace aquí, en un lugar tan bello y a la vez tan ajeno a su magia, pero está aquí siendo feliz y ahora lo es más porque compartimos un instante íntimo que la luna y las estrellas protegieron. Me pregunto cuántos corazones habrá dejado temblando, cuántos amores habrá convertido en desamor, porque me imagino que su beldad habrá quedado palpitando en el alma de todos aquellos hombres que se hundieron en su perfecta belleza. Hay algo en ella que me sobrecoge, me intimida y a veces me asusta, y ese algo no es que pueda matarme en tan sólo un segundo (como podría haberlo hecho esta noche), sino la certeza de que ella no forma parte de este mundo. Esa certeza me sobrecoge porque no me creo merecedor de haberme enamorado de una leyenda, de alguien que no se merece sufrir las desdichas de esta vida. Sé que ha sufrido. Lo leo en sus ojos mágicos. No me lo ha confesado ni tampoco me lo ha insinuado, pero yo leo en su mirada una callada tristeza que sé que jamás podrá abandonarla. Quizá sea una tristeza nacida de saberse tan ajena a todo lo que la rodea porque, aunque ella ame todo lo que la envuelve, sabe que no es su verdadero hogar porque ella se merece habitar en otro mundo en el que no exista el peligro.
Si escribo todo esto, es porque estoy realmente enamorado de ella y daría por ella mi insignificante vida, la que espero que algún día ella vuelva eterna para vivir juntos esa inmortalidad a la que posiblemente ella le cueste encontrar el sentido, pero juntos trascenderemos el tiempo y volaremos más allá del viento, en la oscura noche de su vida. Estoy seguro de que me ama, puesto que me lo ha demostrado con firmeza, pasión y entrega. Nunca le había entregado a nadie lo que me ha dado a mí esta noche y para mí eso es lo más importante. Una mujer a su lado es una piedrecita junto a una gran cascada plateada. Ella es la cascada por la que se desliza la magia. Cuando nos enamoramos, deseamos el bien del ser amado, y egoístamente sé que yo puedo ser su bien, por eso no me he opuesto a que me confiese sus secretos profundos.
Soy consciente de que me hallo frente a una mujer mágica y dual que tiene un lado oscuro por el que muchos la rechazan; pero todos aquéllos que se atreven a despreciarla desconocen lo bello que es su corazón, el que se le escapa de los ojos, y cuánto amor puede caber en su alma. Es injusto que solamente la tengan por una quimera peligrosa, pues es la muestra de que el bien existe junto al peligro. Yo la amo tan peligrosa y a la vez tan amorosa porque es un ángel para mí, un ángel que puedo amar con mi cuerpo y con mi alma.
Junto a ella he traspasado el límite de la realidad y me he adentrado en una mágica tierra que nunca quiero abandonar. No me importa quién haya muerto bajo sus labios, en sus entrañas, porque ella para mí es solamente amor. Se habrá sentido sola y desvalida en este mundo cruel. Yo nunca permitiré que vuelva a dolerle la vida.»
Tuve que dejar sobre la mesa aquellos folios porque el desconsuelo me invadió y me impidió continuar leyendo serenamente. Las lágrimas ya me brotaban de los ojos y se hallaron prontas a manchar aquel antiguo tesoro. No necesitaba preguntarme quién era el causante de mis sentimientos, quién había escrito aquellas palabras y quién se hallaba tras esas confesiones tan hermosas. Sabía que se trataba de Alex, que Alex había sido quien me había dedicado indirectamente unas palabras tan bellísimas que declaraban una confesión de amor mucho más hermosa que cualquier prado, que cualquier valle o bosque iluminados por la luna.
De ese modo había conseguido sentir en mi alma el recuerdo de aquel hombre que fue el primero en amarme plenamente sin importarle nada, sin inquietarse al conocerme, al ser consciente de que tendría a su alcance continuamente la posibilidad de morir. No le había importado fenecer entre mis brazos mientras nos fundíamos en un solo ser, no le había sobrecogido mi apariencia ni mi pertenencia a una especie peligrosa para él, que podía acabar en un instante con su valerosa vida. Se había entregado a mí creyendo en mi leyenda, la cual era mi realidad, adentrándose en mi mundo, en mi ser.
No pude controlar el tiempo que permanecí llorando, acordándome mientras de todo lo que habíamos vivido Alex y yo. Me preguntaba, continuamente, por qué todos los que me conocían se empeñaban en que fuese feliz en esos instantes cuando en mi mente se albergaban momentos en los que me había sentido mucho más plena. No sabía si merecía la pena seguir luchando por una existencia que en esos momentos me parecía vacía. Lloré de nuevo hasta notar que la sed gritaba, pero necesitaba que el llanto deshiciese mi confusión.

Me olvidé del paso del tiempo y de donde me hallaba. Me sentía cómoda llorando sentada en un rincón de aquella estancia tan acogedora. No me importaba nada, ni siquiera que alguien pudiese descubrirme. Ya no me daba miedo nada, ni saberme en peligro por la humanidad. Había algo en mí que me instaba a renunciar a todos mis principios y mis valores. No entendía por qué siempre había estado obligada a ocultar quién era. Tal vez a partir de esos momentos todo cambiase para mí.