martes, 24 de marzo de 2020

MÁS ALLÁ DEL VIENTO: CAPÍTULO 2. UN HOGAR ENTRE LOS ÁRBOLES


CAPÍTULO 2

UN HOGAR ENTRE LOS ÁRBOLES

Yuna y la mujer misteriosa caminaron durante más de una hora por el bosque. El calor del mediodía se había vuelto casi irrespirable y tuvieron que detenerse unas cuantas veces para beber agua y reponerse. La primavera eterna que reinaba en aquellos lares estaba tornándose en un verano asfixiante que deshacía cualquier sombra fresca que pudiesen ofrecer los árboles.
Yuna ansiaba preguntarle a la mujer cuál era su nombre, pero el hecho de que ella no se lo hubiese desvelado todavía la detenía. No era común que una persona escondiese su identidad durante tanto tiempo al encontrarse con otra. En su tribu tenían por costumbre presentarse enseguida que se hallaban ante alguien que no conocían.
La mujer parecía ser muy sabia, pero apenas hablaba; lo cual intensificaba la tensión que a Yuna le invadía el alma. Deseaba quebrar aquellos silencios en los que ella la obligaba a sumirse, pero no encontraba las palabras idóneas para hacerlo.
Además, el paso ligero y ágil de la mujer la agotaba mucho. Llevaba sin comer nada desde hacía casi dos días y en su cuerpo apenas se albergaba la energía suficiente para caminar con tanta presteza. Sin embargo, no osó protestar en ningún momento, ya que no deseaba parecer débil ni exangüe.
Al fin, el camino que recorrían se internó de repente en un poblado hecho de casas de piedra, mucho más grandes que las que Yuna conocía, y que se alzaban hacia el cielo desafiando el calor de la suave tarde azulada que se derramaba por sus muros antiguos. Olía a tierra seca, pero también a comida recién hecha y a flores. Olía mucho a flores. Además el viento que soplaba atravesando las calles era cálido, pero su caricia no incomodaba. Yuna se percató de que aquellas brisas la serenaban.
El bosque quedaba tras ella, oscuro y misterioso, sumido en las primeras sombras de la tarde, y ante ella se hallaba el poblado, intensamente dorado, contrastando con la sombría presencia de los árboles. Parecía como si el bosque que acababa de abandonar fuese su oscuro y conocido pasado y las áureas calles que tenía delante fuesen su nuevo futuro; pero tampoco se atrevía a convencerse de nada ni a realizar interpretaciones tan trascendentales sin estar segura todavía de lo que viviría.
La mujer se adentró en el poblado y caminó a través de las calles arenosas. El silencio que reinaba en aquel lugar era tangible. Se podía tocar e incluso saborear. Nadie lo interrumpía, como si aquel silencio fuese un dios al que no había que incomodar con sonidos innecesarios. Entonces Yuna entendió por qué la presencia de aquella mujer era tan silente, por qué ella no hablaba apenas. Las únicas preguntas que le había formulado le habían servido para conocerla bien, pero ella no le había ofrecido ninguna noción sobre su vida.
      Qué lugar tan tranquilo —se atrevió a decir Yuna, temiendo que su intervención incomodase a la mujer o al silencio que las rodeaba.
      En estas tierras no hay lugar que no sea tranquilo —le contestó ella enigmática y quedamente, sin mirarla siquiera.
Yuna se fijó en que el azul intenso que anegaba el cielo volvía mucho más misteriosa su apariencia. Los negros y rebeldes cabellos de la mujer se ondulaban al viento, siendo mucho más oscuros que cualquier noche que Yuna hubiese conocido, y su forma de andar denotaba fortaleza y confesaba que ella había tenido que enfrentarse ya demasiadas veces a la dureza de la vida.
      Mi casa está allí —le anunció deteniéndose en medio de la calle y señalando hacia una morada de piedra que se hallaba al final de otra calle más estrecha. Aquel hogar parecía solitario. Era el último del poblado y su presencia se perdía en el principio del bosque—, pero todavía no me corresponde ir allí. Tengo que pasarme antes por el templo. Si quieres, puedes acompañarme, aunque no estás obligada a entrar.
      Por supuesto. No tengo a dónde ir.
La mujer no le dijo nada. Yuna notaba que hablaba lo necesario y que jamás pronunciaría palabras que no tuviesen ninguna relevancia en el momento y el lugar en el que se hallase.
La siguió hasta que llegaron a una construcción mucho más grande que las casas que formaban las calles. Yuna se fijó en que aquel templo era muy hermoso. El color de sus piedras parecía teñido por los últimos suspiros de la mañana y por la presencia cercana de la tarde. Los muros que lo creaban parecían estar hechos de oro. Además, las columnas que había en su entrada eran imponentes y se asemejaban a los árboles que habían protegido el poblado en el que Yuna había vivido hasta entonces.
Aunque no supiese a quién estaba dedicado aquel templo, decidió que se adentraría allí junto a la mujer. Ella no le dijo nada, ni siquiera la miró. Parecía hallarse sola en aquel instante, parecía como si ni siquiera ella misma se acompañase, como si no conociese nada ni a nadie.
El interior del templo estaba oscuro. No había más que un candelabro de cuatro brazos en el que brillaban tímidamente unas velas que estaban a punto de consumirse. El templo no estaba descuidado, pero sí abandonado a la suerte del tiempo. No había ni una mota de polvo enturbiando la belleza de las estatuas que lo adornaban, que llenaban sus rincones, pero parecía como si nadie se preocupase de que el fluir de las edades pudiese deshacer su majestuosidad.
Yuna tuvo la sensación de que aquel templo se había erigido en otra época, en un momento muy remoto al suyo, y creyó que nadie podría determinar cuánto tiempo hacía que se había construido.
Había cuatro estatuas, una a cada rincón de la principal estancia del templo, y las cuatro eran de mujeres o de diosas que tenían diferentes atributos. Una sostenía un gran arco de oro en una mano y una flecha en la otra. Estaba vestida con una túnica corta que dejaba al descubierto sus contorneadas piernas. Otra tenía en sus brazos una niña pequeña con los cabellos peinados en dos trenzas. El rostro de ésta era sereno, estaba bañado por una sombra de lejanía que inspiraba a creer que la muerte nunca sería un fin. Se distinguía de la diosa que soportaba el peso del arco en que de los ojos se le desprendía muchísima conformidad, mientras que los de la diosa cazadora dimanaban una inseguridad y una rabia que sobrecogían profundamente.
Las otras dos estatuas se asemejaban muchísimo entre sí. Ambas eran de dos diosas que estaban vestidas con trajes largos y elegantes. En sus manos ambas tenían guirnaldas de flores a medio hacer y llevaban los cabellos sueltos, derramándoseles ondulados por la espalda. El rostro de aquellas dos diosas estaba tan teñido de inocencia que incluso Yuna sintió vergüenza al observarlas con tanta precisión.
La mujer se había arrodillado ante la diosa cazadora y permanecía sumida en un silencio mucho más profundo que el que había dominado su voz desde que Yuna la había conocido. La observó con curiosidad y entonces se percató de que la mujer se hallaba cada vez más inclinada ante los pies de la estatua. Entonces Yuna se acordó de cómo veneraban en su poblado a los dioses. No tenían una divinidad única, sino que creían que cada elemento llevaba en su esencia las criaturas mágicas que custodiaban sus poderes. Creían en los espíritus del aire, de la tierra, del agua y del fuego y también en los de los árboles, en los de las plantas... El mundo estaba lleno de vidas silentes e invisibles que solamente se percibían con los sentidos del alma.
En cambio, aquella mujer parecía encontrar a su divinidad en aquellas estatuas que seguramente habrían nacido de las manos de una persona. Yuna nunca había comprendido por qué los humanos se dignaban representar tangiblemente sus dioses o diosas. A ella le habían enseñado que los espíritus divinos no tenían una forma única ni tampoco era conveniente encerrarlos en un cuerpo inerte.
La mujer se levantó y rodeó la estatua con sus brazos mientras depositaba un beso en los labios de la Diosa, después en sus pechos y por último en sus pies. Después se volteó y miró a Yuna con curiosidad y temor, como si se hubiese olvidado de que ella estaba allí. Enseguida recompuso su rostro y se acercó a ella esbozando una tímida sonrisa.
      La Diosa puede protegerte en todo momento, pero, según cómo te encuentres, tienes que hablar con una de sus formas. Hoy me entrego a la diosa Inelda, la cazadora, porque noto que estoy perdiendo mi ímpetu vital. Ella es Neith, la diosa madre de las criaturas del mundo —le desveló señalándole la estatua que abrazaba a una niña pequeña—, y ellas dos son las gemelas Deinan, las portadoras de la inocencia de los niños y de la primavera; pero la Diosa tiene muchísimas más representaciones de las que podríamos memorizar. Tiene todas las que tú quieras, pero también puede perderlas de repente si no la invocas en tu corazón.
Yuna sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo cuando oyó aquellas extrañas palabras. No dudaba de que fuesen ciertas, pero le costaba mucho creer que una divinidad pudiese desaparecer si no se la invocaba. ¿Qué quería significar aquello, que los espíritus divinos que ella conocía se desvanecerían si no los recordaba, que el mundo y las criaturas que lo poblaban podían quedarse desprotegidos si no llamaban a sus dioses?
De repente, tuvo mucho miedo a que su mundo desapareciese y se esfumase como el humo de las hogueras al amanecer. No dudaba de que jamás dejaría de creer en todo lo que le habían enseñado, pero, sin saber por qué, fue consciente de que a partir de ese momento se alejaría de todo lo que había sido tan suyo, de los detalles que habían compuesto su pasado y su hermosa vida.
La mujer continuaba mirándola, confesándole con sus hondos y silentes ojos que la había acogido en su vida a cambio de que renunciase a todo lo que había tenido y sentido. Yuna sabía que, si se alejaba de lo que había definido sus días, perdería su identidad, pero también se preguntó qué identidad le quedaría si se distanciaba de aquella mujer que le había abierto las puertas de su existencia para dejarla entrar en su destino.
      ¿Cómo se llama tu diosa? —le preguntó Yuna con delicadeza y temor.
      ¿Mi Diosa? —se rió incómoda y extrañada la mujer.
      Supongo que tiene algún nombre.
      Tiene todos los nombres y a la vez ninguno. Todos los nombres son suyos, incluso el tuyo, porque la Diosa está en nosotras, también.
      ¿Y los hombres de tu tribu también creen en ella?
      Todos, todos deberíamos creer en Ella.
La mujer no le dijo nada más. Se dirigió hacia la salida del templo sin pedirle que la siguiese. Yuna sabía que tenía que hacerlo, aunque no se lo hubiese solicitado. Tuvo miedo a que se hubiese enfadado con ella, pero, cuando se hallaron caminando de nuevo por las silenciosas y doradas calles del poblado, le explicó con paciencia:
      Comprendo que te cueste entender todo lo que te cuento. Provienes de otra cultura, de otro poblado con sus creencias, con su modo de vivir y de sentir; pero, si quieres encontrar aquí un hogar, tendrás que conocer lo que nos define y aceptarlo como parte de tu vida. Sé que serás capaz de hacerlo.
Yuna no le contestó, pues aquellas palabras la habían sobrecogido tanto que se creyó incapaz de hablar, pero entonces se armó de valor e, ignorando la timidez que tanto la controlaba, le preguntó a la mujer:
      ¿Cuál es tu nombre? Todavía no me lo has dicho y estoy habituada a conocer enseguida el nombre de las personas con las que me encuentro.
La mujer la miró intrigada y confundida. Yuna creyó que había sido indiscreta y grosera, así que se apresuró a decir:
      Perdóname por si te he incomodado con mis preguntas. Ni siquiera puedo imaginarme qué costumbres definen tu poblado...
      No me han incomodado tus palabras —le aseguró con dulzura—. ¿Cómo quieres que me llame?
      ¿Cómo? —le preguntó totalmente desconcertada.
      Aquí no tenemos un único nombre. Cada uno de nosotros recibe el que los demás desean que llevemos.
      ¿Y qué ocurre si te asignan un nombre que denota desprecio?
      Nadie hace eso. Todos nos queremos y nos respetamos y, si sucediese algo así, ten por seguro que nadie te recordaría con ese nombre maldito.
      Es tan extraño lo que me cuentas...
      Soy consciente de ello.
      Tú eres nocturna, brillante y ágil como una ondina, así que para mí serás Ondina.
      Ondina —se rió ella con mucha ternura. Yuna enseguida notó que estaba conmovida.
      Sí, Ondina.
      Gracias, Yuna. Qué lástima que ya tengas un nombre asignado.
      ¿Qué nombre me pondrías tú?
Ondina no le contestó, sino que le retiró la mirada y continuó caminando ligeramente a través de las calles. Yuna tampoco le insistió. Sabía que Ondina ya había hablado suficiente sobre aquel asunto.
Al fin, llegaron a la casa de Ondina. Estaba alejada de las demás, separada por una calle extensa llena de árboles, de tierra y de silencio; un silencio tan profundo y aterciopelado que a Yuna le hizo creer que en aquel poblado no vivía nadie. Impulsada por aquella inquietud, le preguntó a Ondina antes de que se adentrasen en aquella casa tan quieta y queda como la mujer que la habitaba:
      ¿Cuántos vivís aquí?
      Muchos, Yuna, muchos; pero ahora la mayoría se ha ido a buscar alimentos. Entra, por favor —le pidió retirándose de la puerta tras abrirla.
Cuando Yuna se introdujo en aquel hogar, enseguida se percató de que lo inundaba un intenso olor a tierra húmeda, a incienso (sabía cómo se hacía el incienso, pero nunca había puesto en práctica aquellos conocimientos) y también a flores, muy intensamente a flores, como si, en vez de en una casa, se hallase en medio del bosque cuando la primavera explota en colores de oro y de vida.
Era una casa pequeña, pero muy acogedora. Tenía un salón lleno de alfombras y una habitación ocupada en su mayoría por un lecho de paja y de madera que parecía muy cómodo. Además los grandes ventanales que había horadados en los muros de piedra permitían que se adentrase nítidamente la luz brillante de la tarde, por lo que parecía muy complicado que en aquella casa se acumulasen las sombras de la vida. Además estaba muy ordenada y tenía estantes repletos de objetos de cocina que Yuna nunca había visto.
También había otros objetos que no conocía, que ni siquiera sabía nombrar. Eran cuadrados como una madera oscura y parecían frágiles. Ondina enseguida advirtió la intensa y enorme curiosidad que se desprendía de los ojos oscuros de Yuna y, con delicadeza, sin querer incomodarla, le comentó:
      Son libros.
      ¿Qué? —le preguntó Yuna desconcertada.
      ¿Nunca has visto un libro?
Yuna no contestó. En esos momentos se sintió de repente tan frágil que no pudo evitar que se le formase en la garganta un nudo feroz que le llenó los ojos de lágrimas. No era habitual que llorase con tanta facilidad, pero en esos instantes ni siquiera ella misma podía dominar sus sentimientos. Notó que se apoderaba de ella una vergüenza tan grande que le impedía respirar. Supo, entonces, que al lado de Ondina ella era una persona ignorante e insignificante que apenas sabía nada de la vida. No conocía la existencia de los libros porque siempre había vivido lejos de cualquier matiz proveniente de la civilización que tanto estaba destruyendo a las personas del mundo y hasta entonces jamás había ansiado adquirir los peligrosos conocimientos que casi todos los humanos tergiversaban para volverse más fuertes.
      ¿Por qué lloras, Yuna? —le cuestionó Ondina riéndose curiosa—. ¿Te emociona ver por fin un libro?
No se trataba de nada de eso ni de nada parecido, pero Yuna fue incapaz de decírselo. Ondina se percató entonces de que aquella situación se había vuelto punzante y se apresuró a decirle a Yuna:
      En mi casa no hay sitio para que podamos dormir las dos, pero buscaré la forma de acomodarte en el salón. Espero que no te importe alojarte aquí hasta que encuentres otro lugar mejor para vivir.
      No me importa, gracias; al contrario, estoy encantada de haberte conocido —le confesó emocionada, con una voz frágil y dulce como una flor primaveral.
      Gracias, Yuna. Yo también me alegro de haberte encontrado; pero me inquieta no saber por qué lloras. Supongo que haber perdido a tu familia debe resultarte insoportable.
Entonces Yuna, guiada por aquellas palabras, se permitió el privilegio de derrumbarse al fin, de dejarse invadir por la intensa tristeza que llevaba golpeándole el corazón desde que había descubierto que todo su mundo había desaparecido.
Ondina, entonces, se acercó a ella y la abrazó con mucha fuerza, con mucho cariño y ternura, como si nunca hubiesen formado parte de mundos diferentes, como si fuesen hermanas de sangre desde el principio de la vida de la Tierra. Yuna se sintió muy acogida en aquel abrazo y entonces se olvidó de que había habido un momento en el que había dudado de que su destino se enderezaría.
Deseó que aquel momento durase para siempre, que aquel abrazo nunca tuviese fin. No estaba acostumbrada a que le entregasen demostraciones de cariño tan intensas y sinceras; mas Ondina se alejó de ella mucho antes de que Yuna pudiese aspirar nítidamente la fragancia de aquel tierno instante.
      Tienes que ser fuerte, Yuna. Estás viviendo un momento muy difícil y no puedes rendirte. Tienes derecho a llorar por lo que has perdido y por hallarte tan sola y desorientada en el mundo, pero no debes permitir que esa tristeza te detenga. ¿Me has entendido? La Diosa está contigo, aunque todavía no la conozcas.
“No es la Diosa quien está conmigo. Eres tú, Ondina”, se dijo Yuna emocionada; pero se esforzó por dejar de llorar. No quería parecer tan débil ante Ondina, quien era una mujer valiente y poderosa de cuya presencia se desprendía tanta fortaleza y seguridad.
      Supongo que tendrás hambre. ¿Cuánto hace que no comes? No tienes muy buen aspecto, aunque eres muy bella y atractiva —la halagó mirándola fijamente.
      Pues comí por última vez hace casi dos días. El viaje que tuve que realizar fue muy duro y no podía perder tiempo.
      Pues te prepararé algo.
Entonces Ondina se alejó de ella y empezó a cortar verduras que después hirvió en una gran olla de barro. Yuna observaba sus movimientos como si se encontrase en otro mundo y Ondina fuese parte de otra realidad inaccesible. Le gustaba detectar la nitidez y agilidad de sus gestos y el significado de sus miradas, pero también se sobrecogía cuando advertía que no podía interpretar los sentimientos que de repente le anegaban los ojos a aquella mujer que la había acogido en su vida como si alguien se lo hubiese ordenado desde otra dimensión.
      Mientras se hace la comida, te invito a que des un paseo por el poblado y descubras cómo son sus rincones. Quizá te encuentres con alguna de mis hermanas —le dijo Ondina mientras removía las verduras que hervían en la olla. No la miró cuando le habló, pero Yuna notó que Ondina tenía los ojos anegados en cansancio y soledad.
      Gracias. Sí, lo haré.
Deseaba confesarle que sentía mucha curiosidad por aquel lugar y muchas ansias de descubrir profundamente su apariencia, pero supo enseguida que no era necesario expresar con tanta sinceridad lo que sentía y pensaba. Con Ondina estaba aprendiendo a desvelar de sí lo esencial, lo que importaba en ese momento, y a callar lo que podía resultar superfluo y evanescente.
Cuando salió de la casa de Ondina, notó que el viento de la tarde se había vuelto mucho más cálido y aromático. Tenía mucha hambre, pero ignoró las sensaciones físicas de su ser para poder centrarse en lo que estaba viviendo en esos momentos y en lo que percibían sus sentidos.
Tenía ante sí una calle estrecha y extensa que la invitaba a perderse por los principios de la tarde. Las casas que orillaban las calles que formaban aquel poblado estaban completamente vacías. Solamente las recorría el viento y el silencio que se acumulaban en aquellos lares como si siempre hubiesen vivido allí, como si hubiesen nacido en aquella tierra. El cielo azulado parecía una ilusión que se hundía en el dorado matiz de aquellas horas tan quietas. Sin embargo, cielo y tierra se fusionaban en una misma mirada, en una misma existencia.
Yuna jamás había observado una unión tan perfecta entre el cielo y la tierra. Le parecía que ambos emanaban del mismo aliento, de la misma alma, como si quien los había creado tuviese un único sentimiento amarrado al corazón. Creyó que podría tañer el cielo como si su color poseyese materia y que la tierra le desvelaría al aire todo lo que captaba, todo lo que ocurría sobre ella.
Qué pensamientos tan extraños le llenaban la mente, qué sentimientos tan inesperados, qué sensaciones tan profundas y excelsas. Mientras caminaba por aquellas vacías calles, se percató de que su forma de pensar había cambiado mucho durante las últimas horas de su vida. Siempre había sabido captar prácticamente todos los detalles que formaban su entorno, pero jamás aquellas percepciones le habían suscitado pensamientos tan sobrecogedores. Notaba que su fuerza y su profundidad la estremecían y que apenas era capaz de soportarlos.
Siempre había sabido apreciar el aroma del viento, el de las flores y el de la madera de los árboles. Siempre había sabido escuchar con atención la voz del agua y el susurro de las brisas que soplaban entre las ramas. Siempre había sabido interpretar el lenguaje de la luz de las estrellas y de la luna. Siempre había sabido adivinar si la lluvia se hallaba cerca tan sólo con prestarle atención al matiz del cielo y a la fragancia del aire que la rodeaba. No obstante, todos aquellos estímulos habían sido independientes de su alma. Nunca habían mudado sus pensamientos, nunca habían supuesto un enlace con un acontecimiento futuro y con un instante presente. Habían sido detalles de su entorno que condicionaban su vida física, no su existencia anímica, y en esos momentos, en cambio, le parecía que cualquier percepción, cualquier color, cualquier imagen o cualquier sonido podían escoger su porvenir.
Caminó durante una hora por las calles del poblado, intentando no alejarse demasiado y no acercarse al bosque que lo rodeaba. Le apetecía explorar aquel lugar tan civilizado en vez de analizar la apariencia de la naturaleza que ya tan bien se conocía. Además, a aquellas horas de la tarde, las calles de aquel poblado tan íntimo resplandecían de un modo hipnótico y absorbente y era incapaz de alejarse de ese instante, de ese lugar.
No se encontró con nadie durante su paseo. De vez en cuando, le había parecido oír el susurro de algunos pasos que hacían crujir la arena que alfombraba las calles, pero, cuando había dirigido los ojos hacia el lugar del que había emanado aquel sutil sonido, solamente había detectado la soledad más inquebrantable.
El viento soplaba tan solitario, tan quedo, tan ajeno al mundo, al resto de vidas, a todos los destinos de la Tierra... Yuna se había detenido en más de una ocasión notando que el corazón se le encogía en el pecho hasta convertirse en el reflejo de uno de esos granitos de arena que reposaban inertes en el suelo. Entonces miraba ante sí y captaba la inmensa soledad que anegaba aquellos lares. El bosque se adivinaba tras los tejados de las casas, oscuro y levemente tenebroso, como si formase parte de otro mundo. Yuna había llegado a plantearse la posibilidad de que Ondina le hubiese mentido y que, en realidad, no viviese nadie allí, que allí jamás hubiese habitado nadie más que la soledad.
“Quizá esté muerta y me haya internado en otro mundo, en otra dimensión”, se dijo sobrecogida. Aquella posibilidad la asustaba a la vez que la intrigaba. Ella siempre había creído que no existía diferencia entre la muerte y la vida, que quienes partían al otro mundo no se daban cuenta de que se habían distanciado de sus seres queridos y de todo lo que habían conocido y que lo más probable era que continuasen habitando en esa realidad que ellos amaban sin advertir que nadie más los veía, que el mundo que los había acogido no era ya el mismo de siempre.
Antes de regresar hacia el hogar de Ondina, se detuvo unos instantes ante el templo en el que hacía poco se había adentrado junto a ella. Le pareció detectar una sombra entre las murallas, pero enseguida se apercibió de que era solamente el reflejo de la tarde, el olor de la soledad y el vacío que la rodeaba los que la habían confundido. Aún así, se atrevió a introducirse en aquella estancia tan mística sin saber por qué lo hacía, por qué de repente necesitaba hallarse junto a aquellas estatuas tan bien cinceladas.
Cuando la rodearon las cuatro diosas de las que Ondina le había ofrecido unas leves nociones, entonces notó que la soledad que invadía su entorno se volvía mucho más profunda. Incluso advirtió que le costaba respirar, que aquel vacío la asfixiaba. Nunca había sentido una soledad tan grande, tan interminable, tan ingente e infinita.
Entonces sintió muchísimo miedo, tanto que experimentó un inmenso vacío en el estómago, como si de repente se hubiese quedado sin entrañas y hubiese caído en un abismo inacabable. Huyó de aquel templo antes de que aquel pavor la desesperase definitivamente y se dirigió casi corriendo hacia el hogar de Ondina. El cansancio y la falta de alimento le impedían moverse todo lo ágil y velozmente que ansiaba, pero, aún así, alcanzó su destino cuando ya aquel miedo se le había calmado un poco.
Ondina la miró intrigada cuando la oyó entrar. Apenas la conocía, pero sabía que Yuna no se encontraba bien. No necesitó hundirse en sus ojos oscuros para descubrir lo que sentía, pues se lo había desvelado la desesperación que dominaba sus movimientos. Yuna intentó introducirse con paciencia y serenidad en aquella casa, pero tenía la respiración agitada y había llegado corriendo allí, por lo que le resultó completamente imposible esconder sus emociones.
      ¿Qué ha ocurrido? —le preguntó Ondina colocando sobre la mesa un plato lleno de verduras hervidas que despedían un aroma exquisito—. ¿Estás asustada?
Yuna no supo qué contestar. Sabía que no podía mentirle a Ondina, pues era una mujer muy observadora, pero tampoco se atrevía a confesar lo que le ocurría, pues temía pronunciar más palabras de las necesarias.
      No hay nadie en este poblado, Ondina —le indicó sin pensar en las palabras que le dirigía—. Lo he recorrido enteramente, y no me he encontrado con nadie.
      Volverán por la noche —le respondió ella sentándose a la mesa—. Vamos, empieza a comer antes de que se enfríe.
      ¿Ahora comeremos verduras cocidas? —le cuestionó extrañada.
      Estás desfallecida y agotada. Tienes que comer.
      ¿Y tú no me acompañarás?
      Yo cenaré más tarde, cuando regresen —le reveló enigmáticamente mirando hacia la puerta entreabierta.
Aunque Yuna tuviese el alma anegada en emociones incomprensibles, comió con muchísimo apetito, saboreando cada cucharada de cocido que se introducía en la boca. Las verduras tenían un sabor exquisito y Yuna sabía que aquello era responsabilidad de las especias que Ondina había utilizado para cocinar; las que no conseguía identificar por mucho que se concentrase. En su poblado utilizaban algunas, pero siempre eran las mismas, siempre eran los mismos sabores.
Ondina apenas le habló mientras ella comía. Se mantenía mirando distraída hacia la ventana, como si ansiase detectar la sombra de alguien a quien esperaba. Yuna no osaba preguntarle si de veras estaba aguardando la aparición de alguna de las personas que vivían supuestamente en aquel poblado tan callado.
Cuando al fin terminó de comer, Ondina le ofreció un vaso de agua fresca y después la invitó a pasear por el pueblo una vez más. Parecía como si Ondina quisiese desprenderse de su presencia, como si desease estar sola. Yuna no le objetó nada, sino que volvió a salir de su hogar notando que en realidad no se hallaba acogida en ninguna parte.
Había recuperado gran parte de su energía vital gracias al exquisito plato de comida que había ingerido, pero anímicamente todavía se sentía desvalida y desfallecida.
La Luz de la tarde ya moría sobre los tejados puntiagudos de las casas. Ya podían distinguirse las primeras estrellas que se atrevían a resplandecer en aquel ocaso. Eran muy delicadas y parecía que pudiesen apagarse en cualquier momento. Yuna se detuvo en una calle desierta para observarlas con atención, como si creyese que en su fulgor tenue y tímido encontraría el significado de su destino.
Entonces oyó que alguien caminaba cerca de ella. Asustada, se volteó lentamente y se encontró con una silueta alta, fornida y ágil que se desplazaba con velocidad por aquella desierta calle. Se trataba de otra mujer. Parecía ser mayor que Ondina, pues tenía algunas arrugas en la comisura de los labios y en los pómulos, pero también era muy hermosa y atractiva. Tenía los cabellos castaños como los troncos de los árboles más antiguos y los llevaba recogidos en un complicado moño adornado con flores que ya estaban casi marchitas. Vestía una túnica larga de color violeta y azul y se desplazaba con precisión y seguridad. No obstante, cuando descubrió que en su camino había una mujer que ella no conocía y que la observaba con tanta minuciosidad, se detuvo de repente y la miró intrigada y desafiante. De sus ojos grandes y azules se desprendía un poder absorbente que sobrecogía profundamente.
Yuna quiso saludarla, pero se sintió como si hubiese olvidado todas las palabras que conocía. Un nudo hecho de vergüenza y temor se le había aferrado a la garganta. No comprendía por qué se había vuelto tan asustadiza. No se reconocía en aquella mujer titubeante y tímida a la que era tan sencillo empequeñecer.
      ¿Quién eres tú? No te conozco. No formas parte de nuestro poblado —le preguntó la mujer con interés. A pesar de que sus palabras hubiesen sido tan directas, su voz no había sonado desafiante al pronunciarlas; lo cual serenó mínimamente a Yuna—. ¿Qué te ocurre? ¿No entiendes mi idioma?
      Sí, sí lo entiendo —respondió Yuna con educación intentando que su voz desprendiese nitidez y seguridad—. Conozco a Ondina.
      ¿Quién es Ondina?
Entonces Yuna se acordó de que solamente ella conocía por ese nombre a la mujer que la había encontrado junto al río. Por unos momentos, temió no poder comunicarse nítidamente con las personas que habitaban en aquel poblado si nadie llamaba a nadie con el mismo nombre.
      Ondina vive en esa casa de allí —le indicó señalándole el pequeño y solitario hogar de Ondina.
      Tú la llamas Ondina, pero yo la llamo Boadare, que en nuestra lengua significa...
      Noche dorada —la interrumpió Yuna con simpatía.
      Eso es. ¿Y cómo os habéis conocido?
      Nos hemos encontrado a la vera del río. Un incendio ha devorado mi poblado y no sé dónde está mi familia.
La mujer pareció no conmoverse al oír las palabras de Yuna; al contrario de lo que le había ocurrido a Ondina. Parecía una mujer distante, inmutable y fría.
      Debo marcharme —le reveló de pronto, interrumpiendo el denso silencio que se había apoderado de su efímera conversación.
Entonces la mujer se marchó, alejándose rápidamente de Yuna sin que a ella le diese tiempo a analizar el significado de la última mirada que le había dedicado.
Volvió a quedarse sola en medio de aquella calle en la que ni siquiera se percibía la presencia del viento. Aunque se sintiese totalmente sobrecogida, reanudó su paseo y en breve se encontró de nuevo ante el misterioso templo de las cuatro diosas. Esta vez, no se atrevió a entrar allí de nuevo, sino que lo rodeó para descubrir nítidamente su apariencia. Entonces atisbó una puerta casi imperceptible en la parte trasera de la construcción. Era una puerta que se camuflaba en el dorado color de las piedras que la formaban.
Alguien interrumpió de repente su quietud, introduciéndose en aquel misterioso momento sin que Yuna pudiese preverlo. La voz poderosa de otra mujer la sobresaltó profundamente. Las palabras que le dirigió no sonaban amenazantes, pero en su voz podía detectarse un deje de desconfianza que a Yuna le heló el corazón:
      Si quieres entrar en el templo, me temo que tendrás que hacerlo por la puerta principal. Aléjate de aquí si en realidad no formas parte de este poblado. No creo que nos entiendas.
      Ya he estado en el templo —contestó Yuna mirando tímidamente a la mujer que le hablaba tan segura de sí misma, con tanta fortaleza.
      ¿Quién eres?
      Soy Yuna.
La mujer permaneció mirándola fijamente durante unos largos momentos que a Yuna le parecieron una eternidad. Ella también se detuvo a observar su aspecto.
Era mucho más joven que Ondina y su apariencia desvelaba que su carácter era inquieto e incluso rebelde. Parecía una niña traviesa que se hubiese convertido en mujer sin tener tiempo para disfrutar plenamente de su infancia. Guardaba en su oscura mirada un matiz muy tierno de inocencia que conmovía a quien se hundía en sus grandes ojos. Sin embargo, observaba su alrededor como si todo lo que captaba le resultase superfluo y a la vez intrigante. Yuna nunca había visto una mirada semejante.
Sus cabellos eran rojos como el fuego y ondulados como las olas del mar. Le caían abundantes por la espalda, resaltando el matiz pálido de su tersa piel. Además tenía las facciones muy delicadas y elegantes y vestía una túnica negra ornamentada con bordados preciosos que resplandecían bajo el cielo atardeciente que las cubría.
Tenía el rostro pequeño y las facciones muy delicadas, aunque sus ojos eran grandes y muy expresivos. Su sonrisa era la propia de un duende, traviesa e intrigante, y los gestos que esbozaba eran efímeros y casi imperceptibles, pero dejaban una mella marcada en el corazón y en la memoria de quien los observaba.
      Soy sacerdotisa de las diosas gemelas Deinan —le informó con simpatía y también orgullo.
      Encantada de conocerte.
      ¿Qué nombre deseas atribuirme?
      Tendría que conocerte mejor para encontrar el nombre que te defina más adecuadamente.
      Está bien. Tengo prisa. Lo siento, pero tengo que marcharme. Hablaremos después, en la reunión.
      ¿Qué reunión? —le cuestionó Yuna extrañada e intrigada cuando la chica ya estaba alejándose de ella.
      La de la luna llena.
Yuna no comprendió sus palabras, pero se imaginó que aquella ceremonia se asemejaría mucho a la que ella había presenciado en muchísimas ocasiones junto a los demás miembros de su tribu. En las noches de luna llena, se reunían todos alrededor de una hoguera y entonces bailaban, cantaban y contaban historias muy antiguas que se habían transmitido de generación en generación. Yuna siempre había sentido que aquellas noches eran muy inspiradoras, estaban anegadas en detalles que no todos sabían percibir. Notaba que los espíritus de los elementos y del bosque se unían a sus cantos y a sus danzas y que compartían con ellos aquel ritual tan inocente a través del cual se desprendían de la mayor parte de sus tensiones, de sus tristezas, de las energías opresivas que les apretaban el corazón, a través del cual invocaban la buena suerte, la paz, el bienestar anímico necesario para enfrentarse a cada nuevo día.
Regresó al hogar de Ondina. No le apetecía seguir vagando sin rumbo por aquellas calles desiertas. Cuando se adentró en aquella casa en la que supuestamente debía sentirse acogida, descubrió a Ondina leyendo junto a la ventana uno de esos libros de apariencia atractiva e intrigante. Recitaba en voz alta unos versos que a Yuna le hicieron sentir un profundo escalofrío. Se detuvo en la entrada de aquella morada notando que interrumpía un momento sagrado para Ondina, pero ella, en cuanto captó su presencia, dejó de leer y la invitó a pasar mirándola con mucha ternura y conformidad.
      Ven, siéntate junto a mí —le pidió señalándole un hueco entre ella y la pared. Cuando Yuna se hubo acomodado a su lado, entonces, Ondina le comentó—: Estaba ensayando los versos que le dedicaremos a la diosa Inelda esta noche. Creo que ya te habrás percatado de que esta noche hay luna llena. Inelda es la diosa cazadora de la luna y de la noche. Es la reina de los espíritus fenecidos que moran entre el mundo de la muerte y el de la vida. Sus símbolos son el arco y las flechas de oro y los animales astados. Es una diosa virginal que habita en los bosques más profundos y se baña bajo la potente luz de la luna llena. Es independiente y muy valiente. Es solitaria y hermética y su elemento es la tierra.
Yuna escuchaba a Ondina sintiendo una profunda curiosidad que le apretaba el corazón. Jamás se había imaginado que un espíritu divino pudiese tener tantos atributos humanos. Jamás había creído que los elementos pudiesen tener personalidad. Para ella, había una inmensa incoherencia en el discurso de Ondina: un dios no podía representar un elemento, no podía estar vinculado de forma tan vaga a un elemento, pues, para ella, los elementos ya eran seres mágicos e intangibles que no tenían forma ni tampoco apariencia, que se hallaban en cualquier parte y en cualquier momento sin necesidad de invocarlos continuamente para atraerlos hacia el alma de quien desea captarlos. No obstante, no osó interrumpir a Ondina en ningún momento y tampoco se atrevió a formularle preguntas que podían entorpecer la fluidez de aquel instante que para ella tenía tanto significado, puesto que adoraba el modo como Ondina se expresaba. Lo hacía con tanta seguridad y orgullo...
      Los versos que le dedicamos están dotados de un poder muy especial. Las palabras contienen una magia ancestral que se une al alma de los seres divinos y pueden despertar fuerzas dormidas que yacen aguardando en la onírica tierra de los sueños el momento en que alguien las pronuncie para rescatarlos de su somnolienta consciencia. Las palabras sobre todo surgen efectos si quien las exclama tiene el espíritu lleno de vigor. No todas las personas están preparadas para ser las portadoras de los hechizos que lanzamos en los rituales más especiales. Hay quienes nacen con el alma pequeña y esas personas son duchas en otros asuntos que en nada se relacionan con nuestra magia, pero hay quienes llegan al mundo conteniendo en su cuerpo un alma inmensa y muy especial que puede derribar cualquier frontera que separe los mundos. Tengo la sensación de que tú eres precisamente una de esas personas. Percibo mucho poderío en tu interior. De tus ojos se desprende una clara potencia que me absorbe cuando te miro.
Nadie le había dedicado unas palabras tan hermosas y a la vez inquietantes. Yuna se sintió pequeña al lado de aquella mujer que había descubierto cómo era su alma con tan sólo haber compartido con ella unas horas efímeras. No obstante, se percató enseguida de que Ondina tenía razón. Yuna siempre se había creído diferente. Era cierto que las personas que formaban parte de su vida tenían un alma muy bella y mucha capacidad para conectar con los espíritus del bosque en cualquier momento, pero ella siempre había experimentado cualquier emoción o sensación de un modo distinto, quizá con muchísima más intensidad y potencia. Ansió asegurarle a Ondina que tenía razón, pero no se atrevía a interrumpirla. Ondina continuaba hablando con una seguridad hipnótica y con una dulzura entrañable que a Yuna le acariciaba el corazón:
      Estoy segura de que te convertirás en una mujer muy influyente y poderosa cuando aprendas a vivir con nosotros. Si lo deseas, yo puedo ser tu maestra. Puedo adoctrinarte sobre lo que anheles aprender y puedo transmitirte todos los conocimientos necesarios para que entiendas nuestro modo de existir.
Yuna no le contestó. Todavía estaba confundida. Aunque realmente se sintiese muy cómoda y acogida junto a Ondina, no estaba segura de si deseaba vivir en aquel lugar tan extraño y solitario que tanto la intimidaba. Ondina creyó que el silencio de Yuna solamente significaba miedo e inseguridad, así que se apresuró a decirle:
      No tienes por qué decidirte ahora. Esta noche presenciarás una de las ceremonias más importantes de nuestro calendario. Si de veras sientes que éste no es tu lugar, puedes marcharte sin preguntárselo a nadie. Todavía eres libre como el viento. No te has atado a nada ni a nadie, así que no temas por nada. Tu vida no le pertenece a nadie, ni siquiera a ti misma.
Ondina le hablaba con mucha cercanía e intimidad, pero Yuna se sintió sobrecogida y estremecida. No estaba segura de entender nítidamente las palabras que Ondina le dedicaba, pero tampoco se atrevió a preguntarle nada. Se dejó llevar por su voluntad, por la voluntad de aquella mujer que tan poderosa parecía y que tan tiernamente la había acogido en su vida sin pedirle nada a cambio.
Llegó la noche, al fin, y la luna se alzó sobre los tejados de las silenciosas casas que orillaban las solitarias calles de aquel oscuro poblado. La oscuridad era impenetrable. Ni tan sólo la poderosa luz de la luna conseguía quebrar las profundas sombras que se habían esparcido por las calles y por el bosque. Además, no se oía nada. Parecía como si el mundo entero se hubiese callado. NO cantaban las aves nocturnas, ni las ranas ni los ríos. El silencio que se había apoderado de aquellas místicas horas era indestructible.
Yuna tenía la sensación de que Ondina y ella eran las únicas que vivían y respiraban en el mundo. Ondina, además, se comportaba de un modo mucho más silencioso que antes. Caminaba sin hacer ruido y, cuando hablaba, lo hacía en un susurro muy quedo que costaba mucho oír. Parecía como si no quisiese despertar a la noche con el sonar de su poderosa voz.
      Ya ha llegado el momento —le comunicó Ondina a Yuna antes de salir de su casa.
Entonces Ondina tomó de la mano a Yuna y salieron juntas de aquel protector hogar. Caminaron en silencio por las solitarias calles del poblado, en dirección al templo en el que Ondina había adorado a Inelda; la diosa a la que aquella noche se le rendiría culto en aquel recinto tan místico. Yuna apenas era capaz de comprender los pensamientos que se le arraigaban a la mente. Tenía la sensación de que sus recuerdos se deshacían para que en su lugar se instalasen esas nuevas vivencias que la vida le entregaba; las cuales le resultaban tan indescriptibles.
Cuando llegaron al templo, entonces Yuna se percató de que en el interior de aquella construcción tan hermosa se había reunido un gran número de mujeres que estaban vestidas de forma elegante y sencilla. Muchas llevaban guirnaldas de flores en la cabeza. Algunas tenían el cabello suelto y libre, pero otras se lo habían recogido en peinados que parecían muy complicados de hacer. El color de casi todos los vestidos que Yuna vio era azul, pero otras estaban ataviadas con trajes negros que volvían muchísimo más mística su apariencia.
La mujer más anciana estaba situada junto a la estatua de la diosa Inelda y sostenía un gran arco hecho de un material que parecía ligero y muy brillante. La anciana depositó el arco en los pies de la Diosa y después se dirigió a todas las mujeres que la observaban con minuciosidad y cariño. Yuna se percató enseguida de que de los ojos de todas ellas se desprendía un infinito respeto hacia aquella mujer que parecía haber vivido tanto. Tenía los cabellos blancos como el amanecer y los ojos muy claritos, como si el cielo de la mañana se hubiese encerrado en su mirada. Estaba vestida con una túnica negra con bordados muy elaborados de flores y plantas.
      Bienvenidas, hijas de Inelda, hijas de la noche y de la madrugada, compañeras del viento y del agua, del fuego y la tierra. Estamos reunidas para dar inicio a este ritual de plenilunio a través del cual nos comunicaremos con nuestra Gran Creadora para solicitarle su atención, para agradecerle las bendiciones recibidas. Empecemos a cantar, hijas mías, todas al unísono, quedamente, para despertar nuestra esencia dormida, a la que esta noche tiene que alimentar con su majestuosidad.
Entonces todas las mujeres, incluida Ondina, comenzaron a entonar un canto muy tierno que a Yuna le hizo sentir escalofríos. Nunca había oído una canción tan dulce, tan profunda y mística. Le costaba entender las palabras que creaban los versos que aquellas mujeres le dedicaban a la Diosa, pero enseguida comprendió el significado que encerraban. Sin embargo, supo que no habían sido las palabras las que se lo habían revelado, sino la energía que aquellas chicas habían hecho nacer al cantar todas juntas. Aquella energía era mucho más antigua que las palabras, que cualquier sonido. Era la energía que había despertado al mundo, que había alumbrado las almas, que había inventado la vida.
Entonces, sin poder evitarlo, Yuna empezó a ver, tras sus párpados cerrados,  imágenes que ella no había creado, imágenes antiguas como el viento. No le costó percibir que poco a poco se alejaba de aquel lugar y de aquel momento. La canción que oía a su alrededor la envolvió como si de un manto ancestral se tratase, como si de repente aquellos sonidos se hubiesen convertido en unos brazos muy tiernos que la rodearon y la separaron de la tierra, del suelo que pisaban sus pies. Se sintió volar hacia el cielo de la noche. Captó el sutil brillo de las estrellas destelleando en torno suyo, notó que la luz de la luna le acariciaba la piel y supo que el matiz azul de la noche era su única realidad. Muy lejos habían quedado el mar, la tierra, los árboles, las plantas, las flores, los ríos.
Una fuerza muy dulce la arrastraba hacia el olvido. Impulsada por aquellas voces armónicas, volaba y volaba cada vez más rápido, pero no tenía miedo, no sentía inquietud, no se preguntaba a dónde iría, a dónde deseaban llevarla esas fuerzas antiguas.
Notó que alguien le rodeaba la cintura para mantenerla erguida. Entonces, de repente, abrió los ojos y aquellas imágenes que tan lejos de la realidad la habían llevado se desvanecieron, pero la sensación que se había desprendido de su apariencia todavía le llenaba el alma.
Quien sostenía su equilibrio era la mujer alta y castaña con la que se había encontrado por la tarde. La miraba satisfecha, pero también con un deje de inquietud ensombreciendo sus curiosos ojos expresivos y profundos. Quiso preguntarle qué le ocurría, pero sabía que no podía interrumpir el canto que ella seguía entonando con tanta entrega.
Miró a su alrededor, analizando sin preverlo el aspecto de las mujeres que se hallaban junto a ella, y le pareció que todas irradiaban un brillo muy especial e hipnótico. La mayoría tenía los ojos entornados, pero Yuna sabía que estaban irrevocablemente conectadas a ese momento y que podrían percibir cualquier cambio que se operase en aquel lugar, en aquel instante.
De pronto, los cantos cesaron y el silencio se acomodó entre ellas, en sus labios, en su alma. Yuna solamente podía oír la respiración de todas aquellas mujeres que habían creado un momento tan místico con sus dulces voces. Entonces habló Ondina, con majestuosidad y seguridad:
      Sentimos en nuestra alma el poder de la luna llena. Hay que fortalecer su magia, su ímpetu, para que la Diosa nos guíe en esta noche. Dediquémosle ahora el canto sin versos.
Yuna no pudo desprenderse de la sensación de bienestar que le había inundado el alma cuando se había percibido rodeada por la soledad azulada de la noche. Esta sensación resurgió con potencia por dentro de ella cuando todas las mujeres que la rodeaban comenzaron a entonar un canto ancestral que no tenía palabras, solamente sonidos que se mezclaban con el silencio y la suave voz del viento que seguía soplando allí afuera sin que nadie osase interrumpirlo. Las calles del poblado se habían cubierto de vacío y no quedaba ni un alma que respirase en aquel momento, pero Yuna no creyó que la vida la hubiese abandonado; al contrario, se sintió mucho más henchida de aliento que nunca.



lunes, 23 de marzo de 2020

MÁS ALLÁ DEL VIENTO: CAPÍTULO 1. PERDIENDO EL PASADO


CAPÍTULO 1

PERDIENDO EL PASADO

Las incandescentes llamas que habían devorado con furia el poblado en el que hasta entonces había vivido se habían convertido en unos tímidos rescoldos que se negaban a desvanecerse. Aquellos pequeños haces de luz anaranjada eran el más potente recuerdo de lo que había ocurrido. Susurrando entre los árboles y los objetos quemados, parecían conversar sobre lo que habían hecho, como si comentasen con el viento y el silencio de la tarde cuánto les avergonzaba haber cometido una travesura tan triste.
Los últimos suspiros del atardecer se mezclaban con las leves llamas que todavía ardían entre los escombros. Había sido un poblado muy bello. Las casas de madera habían convivido en perfecta armonía con los poderosos árboles que protegían los caminos. Las gentes que habían habitado aquellos pequeños e inocentes hogares siempre habían sido muy humildes y amables. Nunca ningún conflicto había agitado y turbado la calma que se respiraba en aquella aldea y todos los vecinos parecían formar parte de una misma familia.
Yuna se alejaba de allí sintiendo que se cerraba una etapa de su vida y que otra muy distinta se abría ante sí, todavía vacía y desafiante. Yuna era una mujer muy valiente e inteligente a la que apenas le costaba enfrentarse a los peligros que suponía vivir en aquellos lares. Desde que era muy pequeña, había sabido manejar el arco y cazar con destreza. Nunca había temido la oscuridad ni los animales que habitaban en el bosque que rodeaba su aldea. Además, desde que tenía uso de razón, había sabido comprender el lenguaje del viento y del agua, había sabido leer en las nubes las silenciosas palabras de la lluvia y el sol y también conocía las propiedades de la mayoría de plantas y árboles que poblaban aquella naturaleza que para todos tenía tanta vida.
Para la gente de su pueblo, la naturaleza había sido siempre la madre de todo ser. Habían creído en su poder siempre, generación tras generación, y conocían el modo de invocar a los espíritus del bosque para consultarles acerca de sus vidas y su futuro. Yuna era muy hábil interpretando el lenguaje de los seres mágicos que moraban entre los árboles, bajo la tierra, en la voz impetuosa del viento y en la húmeda presencia del agua. Nunca habían tenido ninguna complicación con aquellas almas.
No sabía cuántos miembros de su pueblo habían sobrevivido. Ella acababa de regresar de un viaje que había durado tres días cuando se encontró con aquella imagen tan horrible. El fuego devoraba sin piedad las casas de madera que formaban su aldea. No había nadie allí. Solamente estaban el silencio y el fuego. Había llamado a sus padres y a sus hermanos de sangre, pero nadie le había contestado.
Enseguida comprendió que debía marcharse de allí, pues en aquel poblado, en aquel pedacito de mundo que había sido su morada, ya no le quedaba nada. Debía buscar la vida en otra parte.
No le extrañaba que un incendio hubiese devorado su amado poblado, pues el fuego se utilizaba prácticamente para todo y todos eran conscientes de que su ferocidad podía desbocarse y deshacer todo lo que conocían.
Sin embargo, la desolaba no conocer el paradero de sus seres queridos. Si tan sólo pudiese asegurarse de que estaban bien, de que el fuego no los había herido... tampoco podía saber cuánto tiempo llevaba ardiendo aquel incendio. Ella había permanecido lejos de su hogar durante tres días. Había tenido que hacer un viaje hacia las montañas para buscar una planta medicinal que la ayudase a curar a una de las personas que más quería en este mundo: a su hermana Belina.
En sus manos trémulas y heladas llevaba la planta que podía curar a su hermana. Saber que no podría entregarle su medicina la desencantaba y desolaba tanto que no podía soportarlo. Que su hermana no pudiese tomar la tisana hecha con la misnácsica, la planta que podía curarla, significaba que su vida no duraría muchos más días, si es que todavía Belina respiraba.
Belina padecía una enfermedad terrible que descontrolaba sus sentimientos y su razón y que la transportaba de repente a una realidad muy lejana de la que no podían rescatarla. La misnácsica tenía unas propiedades mágicas que podrían serenar el estado anímico de Belina.
Caminaba entre los árboles, bajo el fulgurante cielo del atardecer que ya moría en los brazos de la noche, sin saber adónde ir, sin ni siquiera ser consciente de a dónde podía dirigirse. No podía deshacerse de la imagen de su poblado ardiendo y no dejaba de preguntarse dónde estarían sus familiares. No podrían haber ido muy lejos; pero no sabía por dónde buscarlos.
Las crecientes sombras de la noche ya se derramaban entre los árboles, apagando la silueta de las montañas, volviendo más inescrutable el bosque. Yuna no le tenía miedo a la oscuridad, pero en esos momentos notó que ésta la sobrecogía y la detenía. Tal vez fuese tener el alma tan herida lo que le provocaba aquella inseguridad.
Se detuvo y observó lo que la rodeaba. El bosque parecía formar parte de un mundo en el que ella nunca había estado. Se encontraba desorientada en aquellos lares que supuestamente se conocía tan bien sin apenas identificar los elementos que la rodeaban. Sí, había visto muchísimas veces aquellos árboles tan antiguos, de tronco tan grueso y de ramas poderosas, pero en aquellos momentos era como si éstos nunca hubiesen pertenecido a su memoria.
Yuna se sentó en el suelo y se hundió en sus propios pensamientos intentando encontrar alguna idea que la ayudase. El silencio de la noche le acariciaba el alma a la vez que se la rasgaba y no era capaz de pensar con claridad. Además, no podía cesar de recordar todo lo que había vivido antes de ese viaje que la había alejado de su familia tal vez para siempre.
Yuna era muy valiente, pero en esos momentos se creía débil y cobarde. No sabía qué debía hacer. Tenía veinte años y se encontraba desorientada en su propia vida; la que hasta entonces había sido siempre sencilla, a pesar de los esfuerzos que había tenido que hacer para sobrevivir. No obstante, todos los que la conocían creían que ella era distinta a los demás. Con su edad, la mayoría de mujeres que formaban parte de su poblado ya se había unido a algún amante y había tenido hijos. Ella, en cambio, había preferido permanecer sola, sin atarse a nadie, porque siempre se había sentido libre, un alma que no podía ser encerrada en ninguna parte. Le bastaba con su familia y con sus amigos; pero en esos instantes no tenía a nadie a su lado que pudiese ayudarla.
De repente, creyó que nunca había madurado, que de nuevo era aquella niña a la que tanto le gustaba jugar con los animales y bañarse en el poderoso y caudaloso río que cruzaba el bosque que tanto amaba y tan bien se conocía. Yuna era menuda y delgada, pero tenía mucha fuerza en los brazos y en las piernas. Estaba habituada a correr a través del bosque y a ascender las montañas que cercaban su tierra. También tenía unas manos ágiles y cariñosas que podían dar las caricias más dulces y también podían golpear con saña y potencia.
Los ojos de Yuna eran tan negros como la noche, cuyo color oscuro teñía también sus largos y rizados cabellos. Era una de las mujeres más hermosas que vivían en aquellos lares y había tenido ya muchos pretendientes que habían intentado conquistarla, pero ella siempre había rechazado toda compañía sin saber muy bien por qué ni siquiera se esmeraba en conocer a los que se interesaban por ella.
Vestía con ropas hechas con las pieles de animales que tenían que sacrificar para vivir. Siempre que le habían quitado la vida a alguna criatura inocente para poder mantenerse fuertes, habían celebrado un precioso ritual que servía para guiar el alma de aquel ser hasta el otro mundo; el mundo interno y externo de las vidas fenecidas. Era un mundo lleno de quietud y armonía y a nadie le inspiraba temor pensar en la muerte. La muerte era otro momento de la vida, mucho más extenso que cualquier otro, pero no era ningún fin. Creían en la reencarnación; lo cual les permitía despedirse con ilusión y esperanza de quienes se iban de la vida.
En esos instantes, sin embargo, a Yuna la inquietaba muchísimo no saber si sus seres queridos estaban vivos o muertos. Sentada entre aquellos poderosos árboles, le parecía que se hallaba mucho más sola que nunca.
De repente, oyó un ruido sutil junto a ella. Alzó los ojos y entonces descubrió que una gran serpiente se le acercaba. No se asustó en absoluto. Estaba acostumbrada a convivir con aquellos imponentes animales. Distinguía, además, a las que eran venenosas y, si alguna vez una de ellas le picaba, conocía el modo de salvarse de aquel peligroso veneno.
Miró a la serpiente a los ojos a través de aquella densa oscuridad. Yuna era consciente de que de su mirada brotaba un poder muy especial que enamoraba a los animales que la observaban. La serpiente se acomodó entonces en sus pies sin dejar de mirarla. Yuna alargó las manos y empezó a acariciarla con mucha ternura. La serpiente cerró los ojos y se aquietó sintiendo las caricias de Yuna.
Mientras deslizaba los dedos por su escamado cuerpo, Yuna pensaba en lo que debía hacer. Cavilaba sobre la mejor forma de encontrar un hogar en el que protegerse. No podía vivir en el bosque, ya que éste estaba lleno de insectos y arañas que podían poner en peligro su vida, pues la mayoría eran venenosos. Tampoco se creía capacitada para construir un hogar sin la ayuda de otras manos. Era fuerte, pero no hasta ese punto. No podía compararse con su padre, quien había erigido muchísimas de las casas del poblado.
Miró hacia el cielo, buscando la mirada de las primeras estrellas que se atrevían a brillar en aquella noche tan triste, y pareció como si de repente la intensa sensación de soledad que le anegaba el alma se desvaneciese por completo. La luna emergía lentamente del horizonte, rodeada por un halo de luz azulada que parecía prometerle a Yuna que todo saldría bien, que nunca estaría sola ni abandonada.
Le quedaría siempre la compañía de la naturaleza, la que estaba toda habitada por seres maravillosos que podían ayudarla siempre que lo necesitase, y ~también la cuidaban las estrellas y los animales que moraban entre los árboles, en el aire, en el agua de los ríos y de los lagos; pero sobre todo se tenía a sí misma. Ella era y debía ser su mejor amiga, su más fiel y leal hermana.
Estaba segura de que encontraría pronto un rincón que se convertiría en su hogar. Además, sabía que no era la única mujer que vivía en la Tierra. Aunque sus seres queridos hubiesen desaparecido, no estaba sola en el mundo. Por lo pronto, tenía que conformarse con dormir entre los árboles, bajo el techo brillante que crean las estrellas en cualquier parte, y ya al día siguiente empezaría a buscar aquellos lares que podían cuidarla y arroparla como lo había hecho la casita de madera en la que hasta entonces había vivido.
Se acostó sobre las hojas caídas, protegiéndose entre dos troncos muy gruesos que exhalaban un exquisito aroma a madera antigua, y, sintiendo cómo el suave viento de la noche se deslizaba por su piel, cerró los ojos. La serpiente que se había acercado a ella con curiosidad todavía se hallaba a su lado,. No se apartó de ella en toda la noche. Yuna supo que aquella serpiente se había convertido de repente en una amiga para ella. Aunque no pudiese preguntárselo, sabía que ella deseaba ampararla; lo cual la conmovió profundamente.
A pesar de que estaba muy exhausta, no podía dormir. El sueño no quería alejarla de la realidad extraña en la que se hallaba sumergida. Sin poder evitarlo, comenzó a recordar lo que había vivido los últimos días. El lejano y duro viaje que había hecho la había agotado inmensamente, pero también le había llenado el alma de emociones y de sensaciones preciosas e inolvidables. Recordó nítidamente el color de los bosques que había conocido, el olor de las brisas que mecían las frondosas ramas que la habían protegido de la intensa mirada del sol, de los sonidos que susurraban entre las plantas. Se acordaba, como si acabase de verlos, de los animales que la habían mirado curiosa y cariñosamente, de las pocas personas con las que se había encontrado y sobre todo del esfuerzo que había tenido que hacer para ascender la montaña en la que podía encontrar la medicina natural que buscaba. Aunque no pudiese entregársela a su querida hermana, debía reconocerse a sí misma que se sentía orgullosa por haberla encontrado. Sabía que era muy complicado dar con aquella planta y que muy pocos habían conseguido descubrir su presencia entre las antiguas rocas. Además, antes de que se marchase, su hermana y sus padres le habían pedido que no se entristeciese si no lograba su objetivo. Todos eran conscientes de que traer aquella flor consigo dependía sobre todo de la suerte; una traviesa criatura cuyo rostro nadie conocía.
Al fin se durmió recordando las bellas y difíciles experiencias que había vivido durante el viaje. Se durmió sintiendo la caricia del viento y la presencia de la quieta serpiente que la cuidaba queda y amorosamente. El amanecer casi había alcanzado el terreno de la noche cuando su sueño se volvió totalmente profundo. Despertó cuando el sol había escalado con esfuerzo el firmamento hasta situarse en su cénit. Estaba tan cansada que no pudo evitar que su dormir durase más horas de las que le convenía mantenerse lejos de la realidad.
Cuando despertó, notó que el cansancio físico que tanto la había atacado se había desvanecido por completo. Al abrir los ojos y al incorporarse, le pareció que se hallaba sola en el mundo y que los árboles que la rodeaban no eran sino el reflejo del sueño que acababa de abandonar, del cual la luz intensa del día la había extraído. El sol brillaba con una fuerza muy tierna y entre los árboles se habían derramado ya fulgores azulados que tornaban más misterioso el bosque en el que se encontraba. Cantaban tantos pájaros que era imposible discernir entre un trinar y otro.
Aunque estuviese sola, lejos de sus seres queridos y del hogar que siempre la había acogido, Yuna no se sintió abandonada en absoluto. Estaba acompañada por la amiga más potente y fuerte que la vida podía haberle ofrecido.
Notando palpitar en su corazón una ilusión renovada y fresca, se levantó del suelo y se dirigió directamente hacia el río en el que tantas veces se había bañado ya. Mientras caminaba hacia aquellas nítidas aguas, se acordó de la serpiente que había llegado hasta ella la noche anterior y que no se había separado de su lado durante aquellas horas. No la había visto todavía, pero sabía que no la había abandonado y que la encontraría dondequiera que fuese.
El agua del río estaba más fría de lo que se esperaba, pero aquel helado aliento la despertó definitivamente y la instó a ser fuerte. Nadó durante una hora por aquel río que tanto se conocía y que tanto la había acogido entre sus húmedos brazos. Cuando se sintió revitalizada, entonces salió de allí y se sentó en una piedra permitiendo que el calor y el brillo del sol secasen su piel y sus cabellos.
También había lavado sus ropas y estaba aguardando a que se secasen cuando de repente oyó un rumor tras ella. No dudó de que eran los pasos ligeros de alguien que la había descubierto gozando de la tibieza de la luz del mediodía. No se volteó, pues de repente se acordó de que no estaba vestida y, al no conocer a quién se acercaba a ella, prefería mantenerse quieta y queda. No la cohibía que alguien pudiese descubrirla desnuda, pues la falta de ropa no se consideraba algo obsceno. Había crecido acostumbrada ya a ver desnudas a las personas que formaban su vida, puesto que era muy habitual que todos se bañasen juntos cuando llegaba la noche. La desnudez no era algo vergonzoso ni ofensivo. Sin embargo, no estaba segura de que la persona que estaba a punto de hallarse junto a ella tuviese su misma educación.
Notó que quien se acercaba a ella se había detenido y que había fijado los ojos en su presencia. No se atrevía a voltearse. Aunque no la hubiese visto todavía, sabía que aquella persona no formaba parte de su mundo ni de su tribu. Aquello la inquietaba, pues no era habitual que se relacionase con los miembros de otras tribus. Nunca habían tenido problemas con nadie, pero sus seres queridos le habían pedido muchísimas veces que no se aproximase a otros poblados, ya que no estaban seguros de que ellos pudiesen respetarla.
La persona reanudó su paso y en breve se situó ante ella. Entonces sí la miró. Era una mujer muy alta, de cabellos negros y abundantes, rizados y poderosos, con un rostro ovalado, de facciones marcadas y de ojos profundamente verdes que la miraba con muchísima curiosidad. Estaba vestida con pieles oscuras y de su cuerpo emanaba un intenso olor a hierbas y a frutas maduras. Yuna adivinó que aquella mujer había acudido a aquel lugar dispuesta a bañarse en el río.
Quiso decirle algo, pero la mujer habló mucho antes de que ella pudiese decidir qué palabras le dirigiría:
      ¿Quién eres?
El idioma con el que le habló se asemejaba mucho al que ella siempre había utilizado, pero tenía una entonación distinta y la forma como aquella mujer pronunciaba cada consonante se diferenciaba mucho de la que había reinado en el modo de expresarse de las personas que conocía.
      Mi nombre es Yuna —le contestó con educación.
La mujer no le contestó, pero Yuna adivinó, por la mirada que le dedicaba, que su presencia no le resultaba hostil ni amenazadora.
      Tengo que bañarme —le indicó con seguridad, pero Yuna sabía que en realidad se sentía levemente incómoda; lo cual le resultó divertido y a la vez inquietante, pues ella también estaba desnuda y le costaba comprender por qué la mujer experimentaba aquella vergüenza tan extraña—. Espero que no te importe que me desnude ante ti.
No le importaba y así se lo aseguró; pero, en cuanto la mujer se despojó de sus ropas, se percató de que le ardían con fuerza las mejillas y que no podía mirarla. La mujer se lanzó al agua y se alejó de ella nadando veloz y ágilmente. Entonces Yuna sí se atrevió a alzar los ojos y fijarse en cómo se movía, cómo jugaba con las aguas, cómo sus negros cabellos se mezclaban con las olas que ella creaba al moverse, cómo su piel bronceada brillaba tenuemente bajo la luz del mediodía.
Yuna notó que ya se le habían secado los cabellos y que ya podía vestirse con las prendas que siempre solía llevar. Cuando se atavió con aquella túnica hecha de pieles ligeras, se sintió mucho más segura. La mujer todavía se hallaba en las aguas del río, jugando y divirtiéndose con su propia fuerza y velocidad. Yuna entonces se alejó de ella sabiendo que tarde o temprano volverían a verse.
Estaba desorientada. Todavía no sabía a dónde debía ir y tenía muchísima hambre, pero no se atrevía a quitarle la vida a ningún ser vivo, pues tampoco se sentía con la fortaleza suficiente para cazar ni para cocinar. Un respeto atroz le invadía el alma cuando se acordaba de que tendría que esforzarse por encender el fuego que le permitiría cocer la carne que tenía que ingerir.
Entonces reparó en que estaba muy triste. Sí, estaba triste, profundamente triste. No era habitual que el alma se le llenase de tanta pena, pero comprendió enseguida que era la falta de sus seres queridos y estar lejos de ellos lo que tanto la acongojaba. Además, no saber dónde se hallaban ni qué sería de su propia vida la asustaba, le hacía creer que nunca sería capaz de vencer la soledad ni de construirse otra existencia dondequiera que fuese.
Se hallaba hundida en estos pensamientos cuando oyó que alguien caminaba hacia ella. No dudó ni un instante de que se trataba de la mujer que se había desnudado delante de ella y después se había lanzado a las poderosas y nítidas aguas del río. ¿Por qué la buscaba? ¿Por qué se molestaba en perseguirla?
Se volteó dispuesta a pedirle que la dejase sola, pues no quería que nadie se compadeciese de ella, pero entonces la intensa mirada que aquella mujer le dedicó la paralizó. De sus ojos parecía emanar un poder muy intenso que detenía cualquier suspiro, que incluso podía entorpecer el fluir del viento.
      Me preguntaba por qué vagas tan sola por aquí. El poblado que está más cerca de estos bosques queda a más de una hora andando —le comentó la mujer con curiosidad y simpatía. Su voz era fuerte y muy dulce.
      No tengo a dónde ir —le respondió Yuna fingiendo que la realidad que declaraba no le afectaba.
      ¿Y eso por qué?
      Un incendio ha devorado el poblado en el que vivía.
      ¿Y dónde están tus familiares? —le preguntó la mujer con delicadeza.
      No lo sé. No sé si han muerto o si siguen vivos. No conozco su paradero. Cuando yo llegué, todos se habían ido.
      Cuando tú llegaste, ¿de dónde?
      De un viaje muy largo que tuve que hacer para encontrar una medicina para mi hermana.
      ¿Qué le ocurre a tu hermana?
      Está enferma del alma.
Aunque le molestase levemente que la mujer le formulase tantas preguntas, no podía negar que su interés la acogía y la serenaba mínimamente. La mujer se quedó en silencio al oír su última confesión. Se acercó a ella y, tomándola de la mano, le pidió con ternura:
      Ven conmigo. Te llevaré a mi casa.
      ¿Vives en un poblado?
      Sí, pero no tengas miedo. No vamos a hacerte daño.
Yuna no tenía nada que perder. En esos momentos de su vida, su existencia estaba vacía. Era cierto que se tenía a sí misma, enteramente sana y fuerte, pero no confiaba en su propio destino y además era consciente de que sola no lograría encontrar el camino hacia su futuro. Necesitaba que alguien la ayudase y la guiase en medio de aquel presente que tanto se había oscurecido.


MÁS ALLÁ DEL VIENTO: PRÓLOGO


PRÓLOGO

Corría sin mirar atrás. Una nube de humo la perseguía en todos sus sueños, pero aquello era la vigilia. El cielo plomizo caía sobre ella, aplastándola y arrebatándole el aliento. Intentaba llenarse los pulmones de aquel viento feroz que agitaba con agresividad las ramas de los árboles. Estaba a punto de dejar atrás ese bosque tupido y denso lleno de caminos escondidos. La tierra se extendía más allá de las montañas y de los valles. Respiraba, pero se ahogaba en aquella prisa que la apremiaba a alejarse. Aquello no era un sueño. Era la realidad.
Su hermana estaba enferma y sólo aquella velocidad la salvaría. La rapidez era el antídoto de aquella terrible debilidad que deshacía su vida. Sentía hervir los músculos de sus piernas como si ella también tuviese fiebre, pero no la tenía. Ella estaba sana. Le ardían los brazos y el vientre. Le ardía también el alma herida, tan llena de tristeza y rabia; porque a ella los hechos desoladores le hacían sentir rabia, muchísima rabia, y aquella rabia la impulsaba a correr más allá de sus límites.
Se hallaba pronta a perder el equilibrio entre estremecimientos de cansancio, pero no quería detenerse. “Tienes que ir allá a las montañas y buscar entre los valles esa planta que le podrá salvar la vida. La misnácsica únicamente crece en ambientes húmedos que el sol apenas roza. Tienes que buscarla muy atentamente porque su color verdoso-azulado se camufla entre rocas y piedras” le había indicado aquella mujer sabia, con tantos años cumplidos ya, que la mirara con ese interés violáceo en los ojos, que la había animado a viajar en busca de aquella planta que más bien era un tesoro que curaría a su querida hermana, quien se había enfermado hacía ya varios días y a quien ninguna medicina le había aliviado su profundísima tristeza y debilidad.
Aquella planta crecía muy lejos de su hogar, pero a ella no la asustaba la distancia. La asustaba el tiempo. El tiempo jugaba en su contra. Era su rival. Los días, las tardes y las noches eran minutos, si es que en aquel entonces se acordaba de contar los minutos, y pasaban mucho más rápido que cualquier suspiro. Por eso corría y corría intentando ignorar su cansancio, pero éste se aceleraba por dentro de ella como si realmente fuese su corazón latiendo cada vez más desbocado y desesperado.
“Tengo que llegar, tengo que llegar” se repetía intentando animarse, pero el cansancio se le estaba ya instalando en el alma y entonces notó que los ojos le pesaban como si de súbito se hubiesen convertido en piedra. No pudo evitar caer arrodillada al suelo. No tenía aire, no tenía aliento. Respiraba desesperada, tratando de alcanzar una mota de oxígeno que pudiese proporcionarle el vigor que ya se le acababa.
El cielo caía sobre ella, cada vez más plomizo. Iba a llover. “No, ahora no puede llover” pensó atemorizada. “Si llueve, no podré correr y ahora no hay ningún lugar donde me pueda proteger y no debo resguardarme. Tengo que seguir corriendo”.
Ya caían las primeras gotas de lluvia, allá sobre las montañas. El agua brillaba bajo el cielo muriente del atardecer. Las piedras que dificultaban su caminar se le clavaban en las rodillas y pretendían agujerearle la ropa que llevaba. Se levantó aún sintiéndose agotada. Tosió histérica hasta que consiguió recuperar el aliento. Le ardían los pulmones, pero ella no estaba enferma. Quien estaba enferma era su hermana. La vida de su hermana dependía de ella, estaba en sus manos, en sus piernas, en su cuerpo y en su inteligencia.
No era la primera vez que acudía al terreno de las áridas y agrestes montañas para buscar una planta sanadora. Muchos habían sido los vecinos de su aldea que le habían solicitado que los ayudase. Ella conocía muy bien los caminos, los valles, el desierto de las piedras azules y las montañas, sobre todo las montañas, porque con su padre había hecho siempre largas excursiones que duraban semanas para conocer aquella tierra que la había visto nacer y bajo la cual tendría que morar cuando su vida se acabase. La conocía tan bien como se conocía a sí misma, aunque en esos momentos le parecía que se hallaba en un lugar inhóspito que en nada se asemejaba a la tierra que tanto amaba y conocía; esa tierra que quedaba lejos del mundo entero, de los demás continentes y de la existencia de miradas inquisitorias.
“No puedo rendirme” se animó y empezó a correr veloz, ignorando las piedras que intentaban desvanecer su equilibrio. Corrió durante horas entonando para sí misma las canciones que siempre habían formado parte de su vida, nombrando en silencio los árboles que se encontraba a su paso, las flores que crecían tímidamente bajo el cielo tormentoso y los animales que buscaban refugiarse de la furiosa lluvia que estaba a punto de caer.
Merecieron la pena el esfuerzo, el cansancio, las ganas de gritar de impotencia. Merecieron la pena el silencio y la soledad. La misnácsica no se ocultó a sus ojos. Parecía esperarla. Sus colores vivos y a la vez camuflados la llamaban desde la quietud de las piedras. Se había agachado frente a ella y, acariciándola, mientras recitaba un profundo y bello agradecimiento, procedió a llevarla consigo, para su hermana, para la vida de una de las personas que más quería en el mundo. La misnácsica pareció agradecerle que la separase de la tierra, pareció ser consciente de su utilidad, porque, cuando la tuvo entre sus dedos, la planta abrió sus pétalos como si le diese la bienvenida a su pequeño mundo, como si le diese las gracias por haberla encontrado, por confiar en ella.
La vuelta ya no jugaba en contra del tiempo, al contrario, el camino parecía encogerse para que ella pudiese llegar cuanto antes a su aldea; ese pequeño rincón del mundo oculto entre árboles milenarios, compuesto por calles antiguas, de piedras demasiado pisadas ya, habitado por gentes humildes y sabias que amaban la naturaleza y que tanto se apreciaban las unas a las otras. Era un pequeño mundo dentro del Universo habitado por la paz, el respeto y la tolerancia y ella se sentía muy orgullosa de pertenecer a esa tribu de historias sin fin. Volvía orgullosa y emocionada. Sólo pensaba en su hermana, en lo importante que era para ella, y aquel pensamiento fue el vigor que la impulsó a correr sin tregua hasta dejar atrás, a lo lejos, las imponentes montañas.

domingo, 20 de octubre de 2019

LEALTAD SIN PRECEDENTES


LEALTAD SIN PRECEDENTES

Qué mirada tan triste tiene hoy. Sus ojos siempre están llenos de tristeza, pero hoy parecen mucho más profundos y oscuros. Tiene los ojos más negros y bonitos que he visto en mi corta vida. Cuando la miré por primera vez, algo se me recompuso por dentro. Hasta que ella me encontró, nunca me había dado cuenta de lo sola que estaba. Enseguida supe que algo ya nos había unido desde mucho antes de conocernos. Cuando la vi caminando desorientada entre aquellos gruesos y antiguos árboles, supe que tenía que ayudarla y que yo me hallaba en ese lugar para guiarla. Al instante, ella se convirtió en algo de mí y yo me volví algo de ella. Un vínculo inquebrantable nos unió para siempre. Noté que, desde lo más hondo de mi ser, emergía un halo de luz que la envolvía y, a su vez, ese halo de luz que manaba de mí era el reflejo de la luz que ella irradiaba. Sí, ella brillaba. Ella ha brillado siempre, aunque esté inmensamente triste. La noche en la que nos encontramos, ella estaba muy triste, pero también refulgía en sus ojos el comienzo de una esperanza que ella no se atrevía a sentir libremente. Tenía mucho miedo y estaba tan perdida que casi no podía pensar con claridad; pero, en cuanto me descubrió a su lado, mirándola con tanto respeto e incluso fascinación, emergió de su desorientación como si ésta fuese un mar embravecido

Hoy está muy triste. Me gustaría poder preguntarle qué le ocurre. Nunca ha podido abandonar esa tristeza que le llena el alma, pero hace días que está mucho más nerviosa y sensible. Me habla con un tono de voz más bajo, más confidencial. Ella me habla siempre, aunque no pronuncie ninguna palabra, porque sus ojos se expresan en un idioma que sólo yo puedo entender. Sé que nadie comprende sus ojos mejor que yo. Si hubiese alguien que la entendiese, no estaría tan sola. Ella y yo somos muy distintas. No somos de la misma especie. Ella es de la especie de esos seres que nos quitan nuestro hogar a nosotros, a los que desde siempre estuvimos aquí. Sé que ellos son humanos y nosotros, animales. La mayoría de los humanos está convencida de que los animales ni pensamos, ni sentimos ni reflexionamos; pero hay una pequeña parte de esos seres que creen lo contrario y ella es una humana que cree de la forma correcta. No sólo sabe que pienso y siento, sino que, además, está totalmente segura de que la entiendo cuando me habla, cuando me mira o me acaricia. Ella es muy inteligente, mucho más de lo que los demás saben.

Yo no pertenezco a su misma especie porque soy un animal. Más concretamente, soy un animal que inspira temor y asco a la mayoría de seres humanos, pero a ella no le inspiro nada de eso, al contrario. Desde el primer momento que compartimos, ella sólo sintió por mí respeto y cariño. No pertenezco a su misma especie, pero la entiendo y quiero mucho más que todas las personas que la conocen o creen conocerla. Hay bastantes personas que la visitan aspirando a ganarse su confianza, pero hace tiempo que ella perdió la confianza en la vida y en las personas que ella creía que la querían. La engañaron vilmente haciéndole creer que la querían, que la respetaban y la entendían cuando lo cierto fue siempre que lo único que deseaban era quedar bien con ella porque, tratándola bien a ella, se sentían realizados como personas. Son unos hipócritas. Hubo un tiempo en el que sí la ayudaron a ser un poco más feliz, pero hace años que lo único que le causan es sufrimiento. No la entienden, no la ayudan nunca ni se preocupan realmente por ella. Si yo pudiese hablar su lengua, les pediría que la escuchasen, les pediría que la quisiesen de verdad y que la ayudasen a ser feliz; pero ellos no comprenden el lenguaje de mis miradas como sí lo hace ella. Ni siquiera se dignan mirarme. Soy parte del decorado de su vida, nada más.

Una noche, fui en busca de ayuda porque sentí que se iba, que se moría, y yo no pude soportarlo. La vida sin ella me resultaría difícil y muy triste. Desde que estoy con ella, apenas me apetece salir al bosque y vagar sola por ahí. Si salgo, quiero que sea con ella. Quiero que compartamos los caminos que recorremos, el aire que respiramos, los olores del bosque, los sonidos del río, todo. Ella me habla siempre de un lugar que se parece un poco a este bosque que rodea nuestra acogedora cabaña. Me habla de esos lejanos lares con una tristeza preciosa que vuelve mucho más suave su voz. Tiene una voz preciosa, aterciopelada y armoniosa que me acoge siempre. Además, tiene un acento muy gracioso y tierno. No habla igual que las personas que forman parte de su vida, aunque de forma casi inexistente. Habla distinta. Los demás se expresan también con calma, pero con una decisión. Esa decisión con la que hablan me parece que vuelve más frías las palabras que pronuncian y también utilizan otro idioma. Ella me habla en una lengua con la que no se expresa delante de ellos. Sólo a mí me habla empleando ese idioma tan gracioso. Parece que cante al hablar. Sí, también canta. Muchas veces, la oigo cantar canciones preciosas mientras lava su ropa en el río, mientras trabaja la tierra, mientras cocina o limpia la cabaña. Ella sabe que la escucho con atención. Me parece que su voz es el sonido más bonito que pudo crear la naturaleza; pero ella no quiere cantar delante de nadie. Sólo se atreve a hacerlo delante de mí.

Me habla de cosas que no conozco. Me habla de montañas muy altas que se llenan de nieve en invierno. Me habla de un río en el que siempre se bañaba cuando llegaba el verano. Me habla de recoger el trigo, de la vendimia, de muchas maneras de cultivar la tierra. Me habla también de otros amigos suyos, también animales, con los que siempre se llevó estupendamente, mucho mejor que con las personas, y, siempre que me habla de todo ello, se le llenan los ojos de lágrimas. Siempre me habla de su pasado cuando nos hallamos las dos sentadas entre los árboles o delante de la lumbre. Le gusta mucho prender la lumbre cuando cae la noche y ya refresca un poco. Yo la rodeo con mi cuerpo y apoyo la cabeza en su pecho para escucharla mirándola a los ojos. Ella me acaricia suavemente, como si le diese miedo rasgarme la piel con sus suaves dedos, mientras me habla o me canta alguna canción de ésas tan bonitas con las que me duerme inevitablemente. Sus manos son muy cariñosas. Trabajar la tierra las ha fortalecido, pero sigue manando de ellas mucha ternura y cuidado. Me siento tan protegida en esos momentos que me parece que nunca estuve sola. Perdí a mi madre cuando era muy pequeña y, desde entonces, nunca había vuelto a sentir tanto calor, aunque las madres de nuestra especie son frías y nos abandonan pronto para que crezcamos rápido; pero a mí me separaron de ella mucho antes de que pudiese entender que era su hija. No me acuerdo de ella. Sin embargo, yo no la quiero como una hija quiere a su madre ni como si fuese mi hermana. Realmente, no sé diferenciar los tipos de amor que pueden existir. Ella sí me habla de las diferentes maneras de amar. Me habla de su madre y me explica que su madre la abandonó, enviándola lejos de su hogar injustamente porque ella amaba de una manera que, supuestamente, no estaba permitida; pero ¿cómo va a estar prohibida una manera de amar? El amor es un sentimiento muy bonito y no se debería prohibir.

Yo no sé cómo la quiero. La quiero de una manera fuerte y protectora. No quiero que le pase nada, pero siento que no la puedo cuidar de todo. Puedo protegerla de peligros físicos como una piedra en el camino que ella no ha advertido, una repentina tormenta a la que ella no le ha dado importancia, otro animal que quiera hacerle daño (aunque los animales saben que a ella no tiene sentido hacerle daño porque nos quiere a todos), pero no puedo protegerla de sus sentimientos. Sus sentimientos son muy peligrosos. A mí me parece que la tristeza o la frustración la destruirán sin que ella pueda evitarlo y me siento muy impotente porque no la puedo ayudar. Por más que trate de calmarla con mi cercanía y mi cariño, ella apenas reacciona. Dicen que está enferma, pero yo creo que lo que le pasa es que echa mucho de menos el lugar en el que vivía antes de venir aquí. Me contó que la mantuvieron encerrada en un sitio horrible durante años y que allí nadie la quería. Entonces es comprensible que tenga el corazón tan herido y lleno de tristeza. Es muy importante sentirnos queridos. Incluso para los animales, al contrario de lo que muchos humanos piensan, el cariño y el respeto son fundamentales para sentirnos felices. También necesitamos estar en nuestro hábitat. A ella le pasa lo mismo que nos ocurre a nosotros cuando nos separan del ambiente en el que mejor estamos. Estuvo encerrada durante mucho tiempo lejos de todo aquello que le hacía sentir viva. Dudo mucho de que se le cure definitivamente esa herida que tiene en el corazón.

Yo soy extraña. Quiero decir que, por lo general, los miembros de mi especie no tienen estos pensamientos tan profundos ni pueden reconocer con tanta claridad sus propios sentimientos y mucho menos los de los humanos; pero yo siento que no soy igual que mis hermanas. También me muevo por instintos, es evidente. Cuando tengo hambre, no puedo pensar en nada más que en comer, que en cazar, que comerme un suculento ratón o cualquier otra alimaña que me encuentre; pero también pienso demasiado y sé que ella entiende lo que pienso. Puede leerme la mente, lo sé.

Y está muy triste y nerviosa. Nunca la he visto así. No sé qué hacer para calmarla. Llora mucho, pasa horas sin comer, luego sale de la cabaña sin decirme a dónde va ni pedirme que la acompañe. Sé que es por esa otra humana que conoció hace poco. Desde que ésa apareció, está mucho más descontrolada por el miedo y la tristeza. Tiene mucho miedo. Me habla de ella con una voz que nunca le oí antes. Está aterrada porque dice que ella es alguien que ya conoció en otra vida. Creo en las otras vidas, pero no entiendo por qué le provoca tanto pánico que ella haya aparecido otra vez. Tendría que sentirse feliz por reencontrarse con alguien tan importante; pero teme a esa mujer como si ella fuese la portadora de todas sus desgracias. Dice que ha venido para vengarse de ella porque, según me cuenta, sabe que en otra vida hizo algo horrible sin poder evitarlo, pero ¿cómo va a hacer algo horrible ella, que es tan buena, tan cariñosa, tan dulce? Me dijo que no se acuerda de lo que ocurrió, pero sabe que acabaron muy mal por culpa suya, porque, por ser cobarde, la desveló ante las personas más crueles del mundo; pero estoy segura de que esa mujer ni siquiera se acordará de eso. Ella sí se acuerda porque es muy especial y poderosa. Es muy poderosa. Tiene tanto poder que ni ella misma lo puede soportar.

Ahora me llama con su peculiar acento. Siempre se dirige a mí con el nombre de Némesis. Me pregunta dónde estoy y me pide que la acompañe a algo muy importante para ella. Su voz suena llena de energía. Eso me gusta.

 

Qué impotencia siento, qué rabia, qué ganas de morder a todas esas personas que supuestamente la querían. ¡Los mataría a todos si tuviese el valor para hacerlo! Pero ella, con su cariño, ha atenuado mis instintos animales, qué curioso.

¡Mas ahora sólo siento que la quiero defender de todos ésos que se creen con el derecho de tratarla como si fuese escoria! Siento algo que me recorre el cuerpo y que me hace tener ganas de atrapar lo que sea y apretarlo hasta deshacerlo. La han tratado tan mal que pensaba que se desharía allí mismo, pero se ha mantenido fuerte, con ganas de llorar, pero fuerte, con poder en la mirada. Yo notaba que intentaba controlar lo que sentía porque no se quería rendir. Quería ser fuerte, pero no ha podido resistir el envite de la honda decepción que sentía y se ha derrumbado en medio del bosque, entre la noche. Yo no sabía qué hacer para calmarla. La miraba intentando transmitirle con los ojos esa fuerza que necesitaba para mantenerse poderosa porque a mí me gusta verla poderosa. Me siento fuerte junto a ella cuando se muestra tan capaz de enfrentarse a cualquier peligro. Habla diferente, con más seguridad, tiene otro brillo en la mirada y parece invencible. Cuando tiene ese ánimo, creo que las dos podemos afrontar cualquier adversidad; pero también me conmueve verla triste, deshecha en llanto, porque siento que puedo protegerla, que en mí está la responsabilidad de ampararla de su dolor.

Ella apenas notaba la fortaleza que yo quería transmitirle con la mirada. Estaba oscuro a nuestro alrededor y ella cada vez estaba más deshecha en llanto, pero de repente apareció esa mujer, otra vez, desfigurándolo todo, haciendo temblar el suelo de nuestro mundo. Apareció cuando creía que ya no volveríamos a ver a nadie más esa noche.

Se había perdido. Ella podría haberla ayudado, pero, en lugar de mostrarse tranquila, se comportó de una forma muy extraña. Quiso esconderle lo mal que se sentía tras una máscara de frialdad y distancia que en absoluto se correspondía con lo que ella deseaba mostrar realmente. La conozco tan bien que sé cuándo intenta fingir y cuándo es totalmente ella.

La mujer ésa, que tanto miedo le inspira a ella, también estaba muy asustada. Qué absurdo todo. La mujer ésa me tiene un miedo atroz. Me tiene miedo. Qué estúpida. Yo nunca le habría herido, en un principio, pero ahora sí siento ganas de atacarla o de darle algún susto porque le está haciendo daño. No se da cuenta, pero ella sufre mucho por culpa suya. No me gusta esa mujer. Va por el mundo haciéndose la inocente. Intenta engañar a la gente haciéndoles creer a todos que es buena, pero es tonta. No sabe actuar. No tiene ni idea de lo que debe hacer. No la sabe tratar, a ella que es tan especial. Me gustaría pedirle que desapareciese, que la dejase en paz, que no la espiase continuamente. La espía sin que ella se dé cuenta, evidentemente. La observa entre los árboles cuando lava su ropa en el río, cuando trabaja, incluso cuando se baña. ¿Quién se cree que es? ¿Por qué no se acerca a ella y le habla en lugar de ir espiándola? No me gusta eso. Sé que ella nota que alguien la acecha, pero tampoco le da mucha importancia a eso porque cree que forma parte de su supuesta enfermedad.

 

Hoy es un día extraño. Algo hay en el ambiente que pesa. No hay aire. Hay tristeza a nuestro alrededor. Le cuesta respirar. Está enferma. Ahora sí está enferma. No piensa con claridad. Ni siquiera sabe en qué momento del día se encuentra. No come casi. Se pasa las horas delante de ese altar que no deja de ordenar. Pone incienso continuamente y da larguísimos paseos por el bosque cuando es totalmente de noche. Está perdiendo la vida. Tengo mucho miedo. No quiero que le pase nada. Es parte de mí y, si ella muere, me apagaría. Seguiría viviendo porque la vida tiene que durar el tiempo que está establecido que dure, pero me movería sin aliento porque la quiero mucho. Sí, la quiero. Mi amor no sé si está prohibido o no. Es posible que nadie lo entendiese ni pudiese imaginarlo, pero la quiero con todo mi ser y ella me quiere también. Anoche me abrazó durante mucho tiempo. Perdí la noción de las horas. Creí que estaba a punto de amanecer cuando ni tan sólo se había escondido la luna. Me sentía tan bien, tan cómoda, tan protegida... Me habría gustado decírselo empleando el precioso idioma con el que ella se dirige a mí, pero no puedo hablar. La naturaleza no nos dio esa capacidad a los animales; mas sí la miré a los ojos, buscando su consciencia, y encontré algo que me puso muy triste. Encontré una honda desolación abarcando toda su alma. Vi tanto desconsuelo en su mirada que sentí que algo se me quebraba por dentro. Supe que estaba perdiéndose, que la estaba perdiendo, que estaba desapareciendo, que estaba muriendo la mujer que tan valiente y poderosa podía ser. Entonces, la miré con más fuerza a los ojos. Quise ordenarle a gritos que recuperase su poder, que fuese fuerte, que no se dejase vencer por nada.

Me pareció que oía mi voz silenciosa, mis gritos que no sonaban, porque me sonrió de súbito mientras deslizaba los dedos por mi cuerpo, suave y lentamente, a la vez que entornaba los ojos y me decía que me quería, que yo era lo único que tenía. Noté que se le aceleraba el corazón y entonces me prometió que me llevaría allí a su tierra y que allí podríamos ser libres. Me dijo que allí nadie nos haría daño y que me gustarían mucho esos bosques que ella tanto ama, que me enseñaría las montañas que protegían la aldea en la que ella había nacido... pero sé que eso no podrá ser. Nunca estaremos juntas allí porque ella está enferma y quieren encerrarla de nuevo, lo sé muy bien. Hace unas tardes, oí cómo la mujer esa mayor se lo decía al hombre, que debía pensar en llevarla allí, pero a él lo horroriza imaginarse llevándola otra vez a ese sitio en el que seguramente acabará muriendo.

Yo los mataré antes a todos. No la llevarán a ninguna parte porque yo lo impediré. No me importa que después me maten a mí. No quiero que le quiten la libertad. Ella se merece todo lo bueno y ellos sólo le dan cosas malas. No la quieren.

 

Hoy siento que la vida se está apagando ya. Nos queda poco tiempo. Hay algo que me avisa de que debo ir con mucho cuidado. No estamos en nuestra cabaña, sino en la casa del hombre ése que parecía tan bueno y que nos quiere separar. Ella me ha pedido que me esconda porque también sabe que estoy en peligro. Hace días, hice algo horrible. La defendí de la dañina energía que esa mujer tenía. La defendí porque ella estaba perdiéndose por culpa suya. Esa mujer la estaba matando sin saberlo y yo no podía permitir que le hiciese más daño.

Sé que me equivoqué, pero ya no hay vuelta atrás. Lo que más me duele no es que esa mujer estuviese a punto de morir ni que ella la quiera, porque sé que la quiere de esa forma prohibida de la que me habló una vez. Lo que más me duele es que nuestro tiempo se acaba. La dejaré sola. Me separarán de ella y la dejaré sola sin quererlo. No quiero dejarla sola. No puedo imaginármela sin mí. Quiero protegerla de todo y, si me separan de ella, no podré hacerlo. ¿Qué va a ser de ella?

Me duele pensar que me separarán de ella sin que ella pueda saber cuánto la quiero. No sé cómo la quiero, pero la quiero mucho. No me importa no saber qué tipo de amor es éste. Lo que me importa es que es de verdad, es sincero, es real y sé que, salvo esas personas de las que tanto me habla, nadie la ha querido ni la querrá como yo.

Ojalá no me vea morir. Sé que voy a morir. Me van a matar. No me permitirán estar con ella; pero no saben que no me rendiré tan rápido. Antes de que intenten separarme de ella, me lanzaré a ellos y los morderé con todas mis fuerzas. No sé si quiero matarlos. Lo único que quiero es que por unos momentos pierdan la conciencia para que ella y yo podamos huir juntas a ese lugar del que con tanto amor y nostalgia se acuerda; pero sé que mi veneno es mortal. De eso yo no tengo la culpa.

 

miércoles, 2 de octubre de 2019

NO ELEGÍ MIS VACACIONES


Querida Elisa:

Te escribo esta carta en la casa de mi abuela. Estamos a principios de agosto, pero no sé cuándo te llegará esta carta. Para enviar cartas, tenemos que ir a la ciudad porque aquí no hay buzones. El cartero pasa una vez a la semana para recoger el correo que los vecinos de la aldea quieran enviar, pero en agosto pasa cada quince días y yo no estoy dispuesta a esperar tanto. Lo mismo pasará cuando quiera recibir una carta tuya. Tendré que esperar tanto que no sé si merece la pena que me contestes. Creo que es mejor que me des las cartas que me escribas cuando nos veamos en la escuela en septiembre. Tengo ganas de volver a la escuela porque te echo de menos a ti y a todos nuestros amigos. También echo de menos jugar al tenis con las chicas porque aquí nadie sabe jugar al tenis y hay niños que nunca oyeron hablar del tenis. ¿Puedes creértelo? Pero es que te voy a contar muchas cosas que te costará creer.

Es el primer año que venimos de vacaciones a la aldea de mi abuela. La aldea de mi abuela está perdida entre montañas, valles y bosques. Sabes muy bien que siempre hemos ido a veranear fuera de España. Hemos visitado países preciosos. Me lo pasé muy bien el año pasado en Italia y creía que este año iríamos a Grecia, pero mi padre decidió que pasaríamos todo el mes de agosto en la aldea de mi abuela, de su madre en este caso. ¡Todo el mes de agosto! Lo peor es que aquí no hay playa. Para ir a la playa, tienes que ir muy lejos y mi padre prefiere quedarse en la aldea disfrutando, según él, de estos bosques, de los animales y del río. Yo probé a bañarme en el río, pero me da miedo porque me parece que el agua va muy rápido. Me invitan a que me acerque a los animales, pero todos los animales de la Tierra me dan miedo. Aquí hay muchas vacas y ovejas. Las vacas me dan miedo. Creo que me van a atacar y las ovejas huelen raro. No me gustan los animales.

Voy a hablarte de los niños de la aldea y también de mi abuela. Hacía mucho tiempo que no veía a mi abuela. Alguna vez, hemos venido aquí a pasar algunos días en Navidades; pero, como a mí no me gustaba venir porque estaba todo nevado y teníamos que estar encerrados en casa todo el tiempo, dejamos de venir. Casi no me acordaba de mi abuela, pero ella, al parecer, me recordaba muy bien. Me ha recibido con mucho cariño, eso sí, pero a mí me cuesta darle cariño a una mujer de la que apenas me acuerdo. Además, todavía me cuesta mucho entenderla. Habla muy diferente a nosotras. Tiene un acento muy marcado y le cuesta hablar en castellano, como les pasa a todas las personas que viven aquí. Yo no entiendo cómo pueden vivir todo el año en este lugar en el que no hay nada. No se puede ir a ninguna parte porque no hay taxis. Tampoco hay cine, ni tiendas, ni piscina ni nada. Mi abuela me quiere mucho. Mi padre no se cansa de decírmelo, pero yo no puedo decir lo mismo. Claro que la aprecio porque es mi abuela y porque se está portando muy bien conmigo, pero yo nunca necesité tener una abuela que viviese en una aldea que está entre montañas. Creo que este sitio ni sale en los mapas. No hace falta que lo busques en ninguna parte porque no lo vas a encontrar.

Hay muchos árboles y caminos por los que me da miedo andar porque me parece que este bosque tan profundo y denso me va a tragar y que no voy a saber encontrar el camino de regreso a casa. La mayoría de los niños que hay en la aldea juegan mucho en el bosque, pero yo prefiero quedarme en casa dibujando o haciendo mis deberes. Echo de menos ver la televisión. Aquí no hay televisión. Hay radio, pero la radio me aburre. Tampoco me he traído mis cintas de Mecano ni de Alaska y echo de menos escuchar esas canciones.

Hay muchos niños en la aldea porque casualmente los abuelos de todos esos niños viven aquí, pero también hay niños que son de la aldea. Con esos niños no he conseguido hablar prácticamente nada porque parece que hablemos en lenguas distintas. Intenté hablarles en francés, pero no entienden francés. Hablan un idioma que se parece mucho al castellano, pero que no tiene nada que ver. Mi padre ha intentado enseñarme algunas palabras en esta lengua, pero realmente nunca le puse interés.

Hay algunos niños que sí hablan mejor el castellano y con los que me llevo bien. Hay una chica que se llama Lúa y que es mayor que yo, que me cae muy bien y que parece intentar que todos nos llevemos bien. Lo intenta y a veces lo consigue. Jugamos a cosas muy divertidas. Tiene mucha imaginación y trata muy bien a los niños, incluso a los más pequeños, cuando los demás no quieren jugar con los niños pequeños. Cuando me vio por primera vez, me preguntó en castellano cuántos años tenía y, cuando le dije que tenía diez años, enseguida me invitó a jugar con ella. Me dijo que me quería enseñar rincones de estos bosques, pero yo le dije que me daba miedo el bosque y entonces me invitó a su casa a merendar; pero Lúa está muy pendiente de otra niña, que creo que tiene mi edad, aunque no lo parece, que a mí no me cae nada bien. He intentado hablar con ella en varias ocasiones y parece tonta o a lo mejor es que no me entiende. No me extrañaría, pues me recuerda mucho a un animal. Es como una de esas vacas que cuida porque es calmada y callada como ellas. Lleva a las vacas a comer al monte y pasa todo el día allí sola, entre los árboles, en el monte. Lúa alguna vez ha ido con ella, pero regresa siempre sola. No comprendo cómo permiten que una niña tan pequeña pase tantas horas sola en el monte. A mí nunca me dejarían hacer eso y, si me dejasen hacerlo, jamás me iría sola por ahí al monte; pero aquí es como si no existiesen los peligros. Esta niña de la que te hablo parece una persona mayor porque hace cosas de mayores. No juega nunca con nosotros, no habla con los niños, sólo con Lúa a veces, y se dedica a trabajar en las tierras que su madre y ella tienen. Me han contado que su abuela murió hace tres años y que desde entonces están más solas, pero todos los vecinos de la aldea las quieren mucho.

Además, te confieso que me da miedo. No habla nunca conmigo ni con nadie, sólo con la gente mayor, y, cuando la he oído hablar, me parece que tiene una voz muy curiosa, pero lo que más miedo me da de ella son sus ojos porque tiene unos ojos negrísimos y muy profundos y a mí me parece que me escruta por dentro cada vez que me mira, aunque también sé que pasa de mí, que le soy indiferente. No me gusta esa niña y no quiero volver a verla más, pero parece que es muy importante para todos porque todos la tienen muy presente siempre y, encima, ahora que la aldea está en fiestas, toca en todas partes su pandereta y canta muy bien. Yo no sé qué sentido tiene tocar un instrumento como la pandereta. Yo pensaba que solamente se tocaba en Navidades, pero ellos la tocan todo el año.

Tienen unas costumbres muy raras y me cuesta entenderlas, pero también es verdad que es bonito lo que hacen y la comida está muy buena aquí; pero yo quiero ir contigo a la playa o a la piscina allí en el chalé que tienes en Platja d’Aro. Yo que soy de Madrid, me gusta mucho ir a la playa y tus padres son muy afortunados por tener una casa como ésa en la playa.

A mí me habría gustado irme con mi madre a Málaga, con sus hermanas, pero, como mis padres están así de mal, no me ha quedado más remedio que venir con mi padre a la aldea de mi abuela. Ojalá mi padre me haga caso y nos vayamos ya, en unos días; pero dice que quiere recuperar todo el tiempo perdido aquí, que necesitaba mucho estar en este lugar. Yo no entiendo por qué alguien necesita estar en un lugar en el que no hay nada.

Ayer intenté hablar con la niña ésta y fue un fracaso. A mí no se me resiste nadie. Yo le caigo bien a todo el mundo, pero esta niña pasa de mí, ya te lo digo yo, y eso me da mucha rabia. Iba con una vaca marrón que es de su madre y de ella. Yo le pregunté algo sobre la vaca, y no me contestó. Se me quedó mirando como si yo fuese E.T el extraterrestre. Le pregunté si es que no me entendía y tampoco me contestó. Me miraba como si fuese un bicho raro. Luego me dijo que sí con la cabeza. Le pregunté si es que era muda y me dijo: “non”, y luego se fue. Dijo: “non” y luego se fue, pero casi no la oí contestarme. Vaya niña más tonta. ¿Cómo alguien te puede demostrar tan abiertamente que le importas un pimiento? Yo le he preguntado a Lúa si es que le pasa algo a esa niña y me contó que era muy tímida y que le costaba mucho relacionarse con los demás, sobre todo si tenía que hablar en castellano. ¿No entiendo que alguien no sepa hablar castellano en España. Estamos en España, ante todo, ¿no? Muchas veces me lo dijo mi madre, que estamos en España, que todo era España. Pues esta aldea también es España, digo yo, pero, no, esta niña no sabe hablar nuestra lengua. Es tonta, ya te lo digo yo.

Y dejo de escribir porque mi padre dice que me va a llevar a la ciudad (que sólo se puede ir en coche) para que demos una vuelta. A lo mejor me compra un helado o algo. Me ha pedido que le proponga a alguna de mis amigas que venga conmigo, pero no tengo amigas todavía.

Me despido con un abrazo muy fuerte de tu mejor amiga.

Lidia