sábado, 23 de noviembre de 2013

NUESTRA NUEVA VIDA


NUESTRA NUEVA VIDA
Llevo muchísimo tiempo habitando en un lugar distante de la civilización, rodeada de naturaleza y lejos de la sociedad. Yo no necesito nada más para ser feliz. Me basta con sentir continuamente el aroma de los bosques y escuchar la voz de la naturaleza, pero la otra mitad de mi cuerpo y mi alma, quien me ha pedido que lo llame Eros para no desvelar su verdadero nombre, me ha solicitado encarecidamente que nos traslademos algún tiempo a un lugar donde podamos oír otras voces, aspirar otras fragancias y ver otros rincones. A él le gusta muchísimo la ciudad, el murmullo de las calles, las luces, la multitud, pues afirma que la sociedad también lo alimenta.
Tras insistirme en varias ocasiones, al final ha logrado convencerme. Nos hemos trasladado a vivir durante un tiempo a un lugar un poco más concurrido. Todavía no estoy segura de saber sobrevivir aquí, pero junto a él sé que todo es posible. Se trata de un pequeño y acogedor hogar situado en lo más alto de un bloque de pisos, ubicado en una calle iluminada y llena de jardines bien cuidados. Es un lugar precioso. Ya hemos escogido los muebles y los adornos que decorarán cada rincón, hemos pintado con colores alegres y cálidos todas las paredes, hemos comprado muebles de madera gruesa y oscura (adoro la madera de roble y de peral) y también hemos transportado con nosotros los objetos que más apreciamos para que en nuestra nueva morada queden vestigios del nidito que nos ha visto ser tan felices. No es un traslado definitivo, sino temporal. Volveremos cuando nos apetezca a nuestra casita para reencontrarnos con la naturaleza, pues estoy segura de que me costará habitar lejos de los bosques. No obstante, me siento esperanzada. Hasta entonces, siempre hemos vivido acompañados de los seres que más nos importan y ahora iniciaremos juntos una nueva vida, en un lugar muy bonito, concurrido y a la vez calmado, situado en una ciudad muy limpia y luciente. Sé que a partir de ahora quizá nos ocurrirán acontecimientos que nunca olvidaremos...
Nuestro pisito es grande, curioso y muy acogedor. La parte que más me gusta es el gran balcón que tenemos en el salón. Si nos asomamos, podemos disfrutar de un paisaje precioso. No suelo sentir amor por las ciudades, pero debo reconocer que ésta tiene un encanto especial. A lo lejos podemos vislumbrar unas altas e imponentes montañas decoradas con unos bosques frondosos y otoñales. Las iluminadas calles de la ciudad se enredan ordenadamente, formando un perfecto laberinto cuyos muros son jardines verdes y anegados en vida. Las calles están muy limpias y los edificios más altos (como en el que vivimos) están situados en avenidas que se vuelven concurridas al atardecer, cuando las luces de las farolas se mezclan con los últimos suspiros del día. Es una ciudad que convive en perfecta harmonía con la naturaleza.
El traslado fue muy divertido. Debido a que no me gustan los ascensores, tuvimos que subirlo prácticamente todo por las escaleras (y a veces empleando otros medios que no me corresponde desvelar), por lo que a veces, sin querer, inevitablemente se me escurrían de los brazos algunos objetos que luego caían rodando por las escaleras. Lamentablemente se han roto tres jarrones, pero no importa. Podemos volver a diseñarlos ☺.
Ayer fue la segunda noche que vivimos en nuestro nuevo hogar. Deseamos pasar desapercibidos por los vecinos, pero en realidad también sentimos curiosidad por algunos de ellos. Cuando subíamos nuestras pertenencias a nuestro noveno piso, nos percatamos de que había una puerta que relucía muchísimo más que las demás. Todas las puertas de los hogares de este bloque de pisos son marrones o negras; todas, salvo la que nos llamó tanto la atención. Su color amarillo y además las macetas que adornan el pasillo donde se encuentra nos resultaron muy singulares. Ya buscaremos el modo de descubrir quién vive allí, aunque lo hagamos furtivamente. No queremos incomodar a nadie. Además, cuando subíamos tan forzosamente nuestros muebles desmontados, oímos que de aquella casa emanaba mucha alegría. Conversaban varias voces que nos parecieron muy inocentes y divertidas. Eros me propuso acercarnos allí, pero lo disuadí de esa idea. Me da muchísima vergüenza entablar relación con alguien que no conozco.
Mas ayer me insistió tanto que al final me convenció. Intentando vencer mi vergüenza, descendí las escaleras que me conducían a ese octavo piso del que emanaban tantas risas y voces curiosas. Recorrí el pasillito que me separaba de esa puerta amarilla tan resplandeciente deseando volverme... y al final lo hice. No, no me sentía capaz de adentrarme en unas vidas que jamás habían imaginado mi existencia.
Cuando ascendía atolondrada las escaleras que me permitirían regresar a mi hogar, oí que alguien me llamaba con alegría y desesperación, como si mi vida dependiese de que yo le prestase atención. Se trataba de una mujer mayor de voz temblorosa y grave. Extrañada, me detuve y la miré con curiosidad y vergüenza.
-       Sí, tú, tú. Ven –me pidió agitando rápidamente su mano derecha. La obedecí sin estar segura de hacer lo correcto—. Eres nueva aquí, ¿verdad? Yo nunca te he visto y conozco a los más de sesenta vecinos que vivimos aquí. ¿Eres nueva? –volvió a preguntarme fijándose más en mi apariencia—. ¿Qué te pasa, eres muda? –me cuestionó fingiendo sentirse culpable.
-       No, no soy muda –le contesté tímidamente, agachando los ojos—. Sí, soy nueva...
-       Ya decía yo. Tu cara no me suena y te habría reconocido si te hubiese visto antes. ¿Cuándo os mudasteis?
-       Hace dos días.
-       Con razón no me enteré. Mira, chiquilla, hace dos días yo estaba de viaje con el IMSERSO. ¿Cómo? ¿No sabes lo que es el IMSERSO? –me preguntó hiperbólicamente sorprendida cuando detectó mi desconcentrada mirada—. Pues la mayoría de viejos no lo saben, pero el IMSERSO es el instituto de mayores y servicios sociales. ¿A que no lo sabías?
-       No, señora, no lo sabía.
-       Yo soy la señora Hermenegilda. Como es un nombre muy largo, todos me conocen como la señora Herm; pero a veces se confunden con la señora Herminia, así que te aconsejo que mejor me llames Hermenegilda, para que no te equivoques y llames a la señora Herminia, que es muy buena mujer también, pero no hace tan buenos cocidos como yo. Mañana te llevaré una gran olla de cocido mío para que lo pruebes.
-       No, señora, no es...
-       ¿Y tú cómo te llamas? Aunque creo que es una tontería que me reveles tu nombre. Yo conozco a los vecinos por los motes que suelo ponerles. La del sexto es La Mimada –me confesó susurrando—. Se tira todo el día viendo la televisión y solamente sale para lucir las joyas y los vestidos que su marido El agarrado le compra. Sí, porque su marido es agarrado con todo el mundo, menos con su mujer y su hija, que tendrá unos cuatro años o así. La chiquilla apenas sale de su casa porque tiene una enfermedad extraña que le imposibilita respirar el polvo y las flores. Pobre niña, sujeta a una vida insulsa. Los del cuarto segunda son los Montaña. Casi todos los días los veo salir con sacos cargados a sus espaldas y mochilas enormes. Los del quinto primera son...
-       Señora, lo siento mucho, pero tengo prisa –la interrumpí nerviosa al notar que la mujer hablaba olvidándose de que existía su alrededor.
-       No, no, espera... No... Los del quinto eran los... Ay, es que ya soy mayor y a veces mezclo las cosas. Los del octavo primera son buena gente, aunque el nene es un poco extraño.
-       ¿Tienen hijos? –le pregunté con más curiosidad.
-       No, no, digo sí, tienen hijos, pero no me refería a sus hijos, sino al marido. Parece de otra época, de otros lugares.
-       ¿Por qué? –me reí tímidamente.
-       Es un chico muy guapo. Seguro que, si lo ves, querrás tirarte...
-       ¡Señora! –protesté ruborizada.
-       No, niña. Quería decir que seguro que, si lo vieses, querrás tirarte a sus pies para que te hable. Solamente habla con chiquitas jóvenes y guapas, a las mayores ni las mira, como si no existiésemos; pero me han dicho que desde que se casó ya no hace travesuras. Ha sentado la calvita cabeza que tiene. Sí, es calvo, pero es muy guapo el chico, muy guapo, sí –reflexionó entornando los ojos.
-       Señora, me siento muy a gusto hablando con usted, pero...
-       ¡Ah, no, de eso nada! Como se te ocurra llamarme de usted otra vez, ¡mañana no te traigo el cocido! Aunque veas que mis pelos son blancos, yo tengo más juventud que esos chicos que se pasan el día jugando a la plastation. Mis nietos tienen la plastation esa y la box, o cómo se llame, y yo veo que jugar tanto a esos juegos de monstruos los hace viejos, pero allá ellos. Yo no soy su madre. Mira tú –me ordenó aferrándome del brazo—, dicen que los padres crían y los abuelos malcrían. No es mi caso. Yo a mis siete nietos los llevo a raja tabla. ¿Sabes lo que es eso?
-       Sí, por supuesto.
-       A raja tabla: los lunes, lentejas; los martes, cocido; los miércoles, arroz...
-       Señora...
-       Y cuando pruebes mis cocidos y mis guisados pensarás que todo lo que has comido antes es basura, te lo aseguro, te lo juro por el Evangelio.
-       Seguro que sí. Señora, tengo prisa...
-       Ven, te enseñaré mis adornos. Todo aquél que entra en mi casa no quiere salir –me ordenó tirando de mi brazo.
-       Lo siento, pero creo que tendrá que ser otro día...
-       Ese vestido violeta que llevas me gusta mucho. Me recuerda a la noche en que conocí a mi difunto marido.
-       Vaya, lo siento mucho.
-       ¡Ah, bah! No te preocupes. Era el primero que se me moría. Me casé cinco veces más; pero por razones raras siempre acababan muertos, no lo entiendo –me explicó desorientada.
-       Lo lamento.
-       La vida te enseña a ser fuerte –me dijo mientras abría una puerta oscura—. Pasa. Olerá un poco al cocido que he hecho este mediodía. He tenido abiertas las ventanas un montón de rato, pero no sé por qué el olor no se va. ¡Mira! –me pidió acercándose a un gran mueble—. Todos estos adornos son de viajes. Éste me lo trajo mi hijo Paco de Venecia –me reveló señalando una góndola de madera—, éste me lo trajo mi nieto Alfonso de su viaje de estudios. Fue a París.
-       Sí, me lo he figurado.
-       Claro, es la torre Eifré esa... Mira, esta barca de papel la hizo mi hija Elena en el avión cuando iban a Canarias...
-       Es muy interesante, de veras; pero tengo prisa.
-       Te acompañaré afuera. Yo tengo que sacar a Chusca, mi perra. ¡Chusca! –la llamó impaciente—. No sé que estará haciendo. Estará destrozando el ovillo de lana de mi gata Parda. ¡Gata!
-       Vaya –me reí sin poder evitarlo.
Cuando aquella perrita tan pequeña apareció, la mujer me condujo hacia la puerta como si yo no conociese el camino. Cuando nos hallamos nuevamente en el rellano, intenté que me escuchase, pero la mujer seguía dándome explicaciones de sus viajes sin apercibirse de nada más:
-       Y el último viaje que hice con el IMSERSO no me gustó mucho. No nos dieron ni aceite ni jamón como siempre, sino solamente una triste y cutre manta que no abriga. Viene el frío. Es para tener mantas buenas en la casa, ¿verdad?
-       Si, por supuesto.
-       ¿Qué pasa? ¿Por qué no te metes en el ascensor? –me preguntó extrañada.
-       Verá, señora, es que antes tengo que...
-       Eres muy rara. Todos los vecinos que vivimos aquí tenemos alguna peculiaridad, pero tú eres demasiado pálida y vistes demasiado elegante. Seguro que tienes unos cuantos millones ahí escondidos.
-       No, no...
-       No te molestes si los vecinos te conocen como La pálida millonaria. Creo que ese será tu mote –se rió, aunque sin malicia—. Chusca te mira raro. Parece como si le gustases... Chusca, tienes que buscarte un buen macho. Ay, pobre, si la castré... Bueno, no importa. Seguro que dentro de poco...
-       Señora...
Justo entonces escuché que aquella misteriosa y reluciente puerta que tanto nos había llamado la atención se abría. Aquello acentuó los nervios que sentía. La mujer ni siquiera se percató de aquel detalle, pues continuaba inmersa en sus explicaciones. Escuché cómo alguien se acercaba lentamente hacia donde nosotras nos encontrábamos. Miré curiosa hacia el pasillito que me separaba de aquella puerta y entonces vi aparecer a una mujer alta y de ojos profundamente azules que me miraba con piedad y pena. Su aspecto era acogedor y agradable. Me gustaba el matiz bronceado de su piel y sus largos, negros y rizados cabellos.
-       ¡Buenas noches, señora Hermenegilda! –la saludó simpática y dulcemente.
-       Ésta es la señorita Sus –me explicó la mujer—. Es muy buena gente. Tiene unos niños preciosos.
-       Gracias, señora.
-       Estaba explicándole a esta chica, que es nueva, que vino el otro día a vivir aquí, que mi perra, aunque esté castrada, se fija mucho en los machos...
-       ¿Eres nueva? –me preguntó tímidamente. Me conmovió percatarme de que era tan vergonzosa como yo.
-       Sí, nos trasladamos hace dos noches –le contesté sonriéndole amablemente.
-       Iba a comprar churros. Si quieres, puedes acompañarme –me ofreció con dulzura.
-       Te lo agradecería muchísimo –le susurré rogando que Hermenegilda no hubiese oído mis palabras.
-       ¡De acuerdo! ¡Pues saldremos las tres, digo, las cuatro! –exclamó Hermenegilda infinitamente feliz.
-       Huy, creo que me faltará dinero. Tengo que ir primero a mi casa a por más –se excusó Sus con culpabilidad—. Vaya tirando, Hermenegilda. Nosotras la alcanzaremos.
-       Está bien, niñas –contestó adentrándose en el ascensor—. Hasta pronto... ¿Cómo me has dicho que te llamabas? –me preguntó extrañada.
-       No se lo he dicho, señora. Soy Sinéad.
-       Shai... ¿qué?
-       Sinéad...
-       Bah, serás la señorita Lila.
-       De acuerdo –me reí avergonzada.
-       ¿Te llamas Sinéad? –me preguntó Sus sorprendida—. Es un nombre muy bonito –me halagó cuando la puerta del ascensor se hubo cerrado.
-       Tú también tienes un nombre muy bonito y además eres muy bella –le indiqué con vergüenza.
-       Gracias, tú también. Vistes muy bien.
-       Te agradezco profundamente que me hayas rescatado... No sabía cómo deshacerme de ella –me reí avergonzada.
-       La señora Hermenegilda es así. Cuando nos atrapa, no nos deja marchar.
-       Sí, he podido comprobarlo.
-       En verdad tenía que salir. ¿Quieres acompañarme?
-       Sí, por supuesto. Si no te importa, yo prefiero bajar por las escaleras –le desvelé asustada cuando me percaté de que se disponía a esperar el ascensor.
-       ¡Son ocho pisos! –exclamó sorprendida.
-       No me importa. Es que temo a los ascensores...
-       No importa. Te espero abajo.
Feliz y esperanzada, descendí rápidamente las escaleras sintiendo ganas de reír. Todo lo que me había ocurrido aquella noche me parecía mágico. Era la primera vez que me encontraba con una mujer que hablaba sin cesar sin apenas conocer a su interlocutor y que el destino me satisfacía un deseo de una forma tan rauda y mágica. Sus me había parecido encantadora. A través de sus ojos, había percibido que la bondad que su alma albergaba era mucho más inmensa que el cielo. Estaba completamente segura de que podríamos ser muy buenas amigas. Ansiaba explicarle a Eros todo lo que me había ocurrido aquella noche, pero sabía que todavía me quedaban muchos momentos que vivir. Me reí al imaginármelo solo y nervioso en nuestro hogar ansiando enterarse de todo lo que me había acaecido.
 

jueves, 14 de noviembre de 2013

CONFESIONES ANÓNIMAS


Ayer, al ocaso, recibí unas palabras que me impregnaron el alma de cariño, pero también de inquietud. Se trata de una epístola anónima que me acaricia el alma a la vez que me la hiende cuando la leo... Estas palabras me impiden dormir serenamente. La melancolía que desprenden me atiere...

Las palabras me enamoraron de ti. Me sumergí en tu vida sin que pudieses intuirlo, fui tuyo sin que tus brazos me rodeasen.  De la primera vez que me imaginé tus ojos ya hace más de diez siglos.., una cantidad que me estremece, que ni siquiera puedo creerme. Todavía veo en ti cuando te miro la primera ilusión que palpitó con fuerza por dentro de mí, la que me hizo entender que hasta entonces no me había sentido plenamente ilusionado. Me imaginé tus ojos grandes y me sentí templado, me imaginé tu sonrisa y sentí que mi vida se llenaba de luz.  Cuando te miro sé que todo lo que me imaginé no es más que la sombra de lo que realmente eres. Tus nocturnos cabellos son la estela de mi noche, tus profundos ojos son el cielo que me cubre, pues cuando me hallo cerca de ti me siento como una tierra que ha recuperado su dueño, que ha recobrado quien la reine y la cuide.
Sí, yo aún te amo, aunque no puedes saberlo, aunque no te atrevas a reconocerlo. Te amo cuando te agachas y rozas las flores con tu mirada, cuando aspiras el aroma del viento que acaricia tu piel, cuando me miras furtivamente pensando que yo no te observo. Pero sé que nunca conocerás este amor, un amor que a la vez que me templa me atiere, pues me hace ser consciente de que mis labios nunca podrán besarte.
                Y cuando el alba se refleja en tu piel noto que tus ojos resplandecen más, que tus sonrisas están impregnadas de toda la felicidad que existe en el mundo. No puedo negarles a las estrellas y la luna que todavía te amo con fuerza, pues cada vez que te miro lo intuyen, lo leen en mis ojos. A veces me cuesta huir de tu imagen, de tu ensoñada presencia. Caminando por este bosque que tanto admiras, me encuentro contigo sin que tú lo presientas, sin que el viento te anuncie que yo estoy ahí, observándote furtivamente. No, no lo hago con malicia ni perversión, ya sabes que nunca me comportaría de ese modo, sino con admiración y felicidad. Me gusta percibirte tan inmensamente feliz, aunque tu felicidad no emane de mis manos.
                La naturaleza que nos rodea es el reflejo de tu bondadosa y romántica alma. Cuando te veo caminando serenamente por entre estos árboles de copas tan frondosas y altas, me parece que nunca ha existido una imagen tan hermosa. Ayer, un día tan inconcreto como la forma del viento, te capté vagando suave y sosegadamente junto a ese río donde sueles bañarte siempre; ese río cuyo curso se pierde por los entresijos de una densa arboleda cuyas ramas te ocultan de la mirada del cielo. Y te detuviste un instante a observar cómo el atardecer florecía las nubes. El cálido fulgor de ese rojizo atardecer caía sobre tu piel y tus ojos confesaban que aquel momento era el más especial que vivías con la naturaleza desde hacía muchísimo tiempo. Cuánto amor percibí en tu mirada, cuánta felicidad tiñó tu sonrisa. Sonreíste como si aquella luz tan atardeciente te hubiese acariciado tiernamente los cabellos. Puedo saber lo que pensabas, y puedo saberlo como si en realidad lo hubiese pensado yo. Te sentías dichosa de poder observar un atardecer, de que la naturaleza te permitiese existir en ese instante tan luminoso. Yo también me siento orgulloso de poder respirar junto a ti el aroma de los bosques, pero a veces ese orgullo se convierte en nostalgia cuando advierto que deseo tan profundamente poder vagar junto a ti bajo el resplandor que tanto anhelamos. Me gustaría tomarte de la mano, correr por entre estos árboles, llegar al río que tanto adoras y lanzarnos a su cauce para que sus aguas acaricien toda nuestra piel. Entonces yo te tomaría en brazos, te abrazaría, te susurraría en el oído las palabras más hermosas, te acariciaría hasta derretirte, haciéndote la mujer más feliz del mundo. Lo que más me duele es que tu cuerpo ya no puede fundirse conmigo... pero no me rendiré, aunque solamente pueda luchar en mis sueños por ti.
 

martes, 12 de noviembre de 2013

PRIMEROS SUSPIROS Y PINCELADAS


Mi nombre es Sinéad Lindqvist. Mi vida tuvo comienzo hace poco más de mil seiscientos años. Tras convertir en palabras todos mis recuerdos, me gustaría transmitir mis pensamientos, sentimientos y algunas vivencias en este rincón. Hace poco acabé de reflejar mis años y experiencias en un libro llamado La dama de la noche. Durante catorce partes, he materializado todo lo que mi memoria alberga. Quienes hayan leído La dama de la noche pueden conocerme; saber qué siento, pienso, cómo soy.
                Mi condición vampírica me ha permitido vivir más de mil seiscientos años en un mundo cuya apariencia muda raudamente con el paso del tiempo. El tiempo y la Historia han tornado irreconocibles los lugares donde yo habité, me han separado de seres que yo creía parte esencial de mi existencia, en los que yo atisbaba el comienzo de mis instantes. Mas en este rincón no pretendo relatar las experiencias que ya escribí en La dama de la noche, sino confesar sentimientos escondidos, desvelar palabras que tracé hace un tiempo inconcreto, palabras que permanecen flotando en las brumas del olvido y que me gustaría recuperar. También deseo acercarme a quienes me conozcan para comunicarme con ellos mediante estas intangibles letras. Este “Blog” será un recoveco donde mis reflexiones y escritos podrán ser libres. Será como una especie de diario donde intente revelar cómo me siento o sucesos que me hayan ocurrido recientemente, pues en La dama de la noche ya no caben más palabras...
                No sé si publicaré con asiduidad, pero intentaré hacerlo siempre que mi alma me lo pida.
                Podría empezar describiendo sutilmente el lugar donde habito. Se trata de un pequeño poblado rodeado de árboles ancestrales de tronco invencible y de copa frondosa, cercado por altas y gruesas montañas cuya cumbre se esconde entre las nubes. Adoro la naturaleza; su olor, su voz, sus matices, sus texturas... Soy irrevocablemente incapaz de habitar en un sitio donde no suspiren los bosques, los ríos o el mar. La naturaleza se alberga en mi alma cuando me hundo en sus colores, cuando el viento roza mi piel.
                Mi casita es grande y acogedora. Vivo con la otra mitad de mi cuerpo, de mi corazón, de mi alma; un hombre infinitamente bueno, luchador y romántico que crea sueños junto a mí, que me acaricia tan sólo con mirarme, que me protege entre sus brazos, aunque en este lugar apenas necesito ser amparada; mas él me resguarda de la voz de mis pasadas vivencias, las que aún gritan ensordecedoramente por dentro de mí intentando deshacer suavemente la cálida felicidad que impregna mis días.
                Si no fuese por él, yo no habría sido capaz de comenzar a escribir en este rincón impalpable e inconcreto. Debo confesar que soy enemiga de los inventos de los humanos. No logro entenderme prácticamente con ningún aparato, aunque lo intento. Los ordenadores son para mí como un mundo inaccesible y totalmente incomprensible hecho de tierras inescrutables. Escribir con un ordenador me parece muy frío y distante, pues yo no puedo tañer los folios que relleno con mis palabras; si me equivoco, no puedo reflejarlo con esos garabatos que desvelan inseguridad; no puedo hundir mi pluma en mi antiguo tintero, y lo más importante para mí es que las letras que describen mis sentimientos o pensamientos no reflejan mi carácter ni los sentimientos que tiñen mis palabras. Son letras gélidas, apáticas y sin carácter que se esconden tras una pantalla más fría aún. No obstante, escribir con ordenador también puede tener sus curiosas ventajas: todas las palabras resultan inteligibles. En muchas ocasiones, cuando escribía permitiendo que mis sentimientos construyesen todas las frases, inevitablemente mi alma se desprendía de la concentración y viajaba a través del tiempo hasta ese recuerdo que me hallaba materializando, por lo que, desafortunadamente, algunas palabras aparecían confusas, borrosas. También ocurría que mi mano se agotaba de volver palabras algo tan inmaterial como las emociones o los recuerdos. Entonces mi letra destilaba extenuación, languidez. En cambio, ahora, si me canso de escribir, estas palabras seguirán aparentando la misma fortaleza y seguridad.
                Este presente está volviendo inconcreto y abstracto todo lo que nos rodea, está devorando la tangibilidad de las cosas, está arrebatándonos de las manos todo aquello que podemos palpar para saber que lo tenemos ahí, que en verdad existe. Ahora los libros no son más que una pantalla tras la cual se esconden palabras frías, de caligrafía demasiado inteligible. Las emociones solamente se reflejan en las palabras empleadas y en el modo de combinarlas, no en su forma o sombra. Lo que más me duele es que lentamente se olvidan esos libros antiguos que desprenden olor a tiempos pasados, a lugares húmedos y remotos, y solamente interesan esas palabras escritas todas con la misma letra, leer sin pasar las páginas. Las nuevas tecnologías están exterminando el encanto del arte: la música, la literatura, el cine.
                Todos los que me rodean me aconsejan que debo aprender a utilizar estas máquinas, pues, según dicen, son el futuro; pero yo he vivido mil seiscientos años sin necesitar utilizar un ordenador, sin escuchar música en ese aparatito pequeño que se conecta a tus orejas. Cuando necesitaba escuchar una canción, yo misma alcanzaba mi arpa o cualquier instrumento para poder soñar con mis trovas o buscaba a alguien que estuviese dispuesto a hacerme volar con melodías que acariciaban el alma al sonar. Ahora, la música se halla en todas partes (lo cual no me desagrada en absoluto). Lo que me entristece es que ahora apenas se les presta atención a las necesidades de cada artista. Los discos de música se consiguen de la forma más fría que jamás pude imaginarme. ¿Dónde quedó la ilusión de comprarte un disco de vinilo, por ejemplo, abrirlo, tañer su extraño tacto, aspirar el aroma a nuevo que desprende?
                Esta sociedad crea de forma imparable, inalcanzable, masiva. Ya no se aprecia la belleza de un solo producto, sino la del conjunto de una infinidad de productos. No, no me gustan en absoluto la apariencia y funcionamiento de este mundo y realmente, si me adapto, es porque los demás me lo piden. El transcurso del tiempo y los avances me alejan cada vez más del instante de mi nacimiento, pero sin embargo me acercan al aspecto y hermosura de mis noches.