viernes, 4 de abril de 2014

LA MAGIA EN LA OSCURIDAD



LA MAGIA EN LA OSCURIDAD

         Está oscuro. No hay luz, ni calor ni sonidos que puedan indicarme que todavía me encuentro en la vida. A mi alrededor solamente hay frío y ausencia. No sé dónde estoy. Me siento desorientada, vacía, débil y triste; pero desconozco las causas de mi estado y por qué estoy aquí. Quiero comunicarme con alguien alzando mi voz física o mi voz anímica; mas por dentro de mí no queda ni el menor ápice de fuerzas que me impulsen a pedir ayuda. Incluso me cuesta mantener los ojos abiertos. Continuamente lucho para que no se me cierren, pero los párpados me pesan como si se hubiesen convertido en hierro y un sopor espeso pugna incesantemente contra mi temblorosa vigilia para deshacer mi consciencia y lanzarme a un abismo gélido donde sólo hay desesperación y miedo. Llevo teniendo pesadillas durante un tiempo que no me parecen días ni noches, sino una maraña de instantes ininteligibles que se mezclan irrevocablemente. Sueño que alguien me zarandea con brutalidad y una punzante falta de delicadeza, como si yo no tuviese derecho a ser tratada con cariño o dulzura; también que alguien me clava agujas infinitas que me desquebrajan la piel; que otro alguien me grita palabras que yo no puedo comprender, pues están pronunciadas en una lengua que yo nunca he oído, e incluso que me pegan con objetos que no puedo identificar. Lo peor es que ese alguien que tanto me maltrata siempre es una sombra estremecedora y escalofriante que se mueve muy rápido. No puedo verle el rostro y, cuando intento hacerlo, me pregunto si en realidad ese ser tiene faz o simplemente es la sombra de mis miedos. Sí, tengo mucho miedo, pero no sé a qué temo más, si a no entender lo que está sucediéndome o a no poder hallar la solución a este encierro.
         Cada vez me siento más débil. Noto que las pocas fuerzas de las que dispone mi cuerpo se desvanecen con cada respiración que exhalo, se esfuman con cada pensamiento que se desprende de mi mente. Intento no esforzarme mucho, pero cada segundo que pasa es más delirante que los que ya se han ido. Lo único que puedo hacer para mantener mi mente ocupada es escribir estas palabras en cuyo destino no creo. Pienso que se perderán por la inmensidad del tiempo y del espacio o que, tal vez, son los postreros suspiros de mi existencia. Quizá muera al fin en este rincón tan carente de vida, resplandor y fuerza.
         No entiendo nada, ni por qué estoy aquí, ni por qué me siento tan débil ni por qué me han permitido el privilegio de poseer folios y un bolígrafo para escribir. Quizá sea una trampa para que desvele mis sentimientos; pero tampoco puede importarme, pues, si feneceré tras tantos siglos luchando por mi vida, no tiene sentido que me  reprima los anhelos de plasmar lo que siento mediante las palabras. No sé quién leerá esto, pero realmente tampoco me preocupa. Acaso cuando lo haga mi vida ya quede muy lejos de este instante, tal vez me haya desvanecido para siempre y todo el esfuerzo que me ha impelido a pugnar por mi vida, a defenderme y a nunca rendirme haya sido el último suspiro de mi existencia, los postreros instantes de mi destino; sin embargo jamás podré arrepentirme de haber vivido. Ahora, encerrada en este lugar cuyo olor y color me estremecen, inevitable e inconscientemente recuerdo todo lo que ha ocurrido en los últimos meses de mi vida, incluso se asoman a mi memoria momentos demasiado lejanos de mi existencia en los que me percibo tan feliz que mis ojos no pueden expresar con miradas ese sentimiento que anega todos los rincones de nuestro cuerpo cuando brota de nuestra alma. En otros, me capto triste, llorando por motivos que ahora me parecen superfluos, pues, cuando tu vida comienza a temblar, cuando crees que la muerte te espera tras cada pensamiento o minuto, te parece que todas las razones que tuviste para padecer no son sino mentiras, engaños de la vida, supercherías de un hado que quiere burlarse de ti. Qué sencillo parece todo el dolor pasado cuando la muerte te acecha, cuando tratas de aceptar que los segundos que vives, que saboreas y palpas con tus sentidos son los últimos que la vida te entrega.
         ¿Por qué tengo tan aceptado que moriré? ¿Por qué tengo tan claro que estos segundos son los postreros de mi destino? Porque ni siquiera mi alma quiere impedir que eso suceda. A lo largo de toda mi extensa existencia, siempre que los peligros me han acechado y ensordecido, he podido alzar la voz de mi espíritu para reclamar la presencia de mi creador; del único ser que nunca se ha planteado la posibilidad de abandonarme, ni tan sólo en esos instantes en los que su paciencia temblaba por culpa de mi inexperiencia y mis errores. Siempre ha permanecido a mi lado, en los momentos más delirantes o preciosos de mi vida; pero ahora lo noto tan infinitamente lejos... MI alma está vacía, como si nunca se hubiese anegado en la dulce sensación del lazo que nos une. No comprendo por qué existe este silencio por dentro de mí, por qué ni siquiera puedo llamarlo a través de esta vacuidad atravesando el espacio y el tiempo. ¿Qué le ha acaecido? ¿Acaso también lo han encerrado?
         «Leonard, por favor, ayúdame, oye mi llamado. Te necesito, padre. ¿Acaso me has abandonado por no estar de acuerdo conmigo por mi forma de vivir? No me dejes sola, por favor. Eres lo que más quiero en el mundo. Ven a ayudarme, por favor, te lo imploro. Si en realidad estás disgustado conmigo porque estoy incumpliendo todas las reglas que nos impusiste para vivir, te prometo que renunciaré a todo lo que desees si me salvas... Estoy desesperada. No puedo pensar ni sentir con claridad. Todos los sentimientos y pensamientos que se agolpan en mi mente me estremecen, vuelven más oscuras las sombras que me rodean».
         Mas sólo hay vacío, solamente vacío, cuando trato de reclamar su presencia. Estoy irrevocablemente sola, tan sola que me pregunto si aún me queda mi ser, aún me acompaño yo a mí misma en esta fría oscuridad; sin embargo en esta soledad tan espesa, extenuante y gélida, soy capaz de valorar todo lo que he vivido hasta entonces. Me cuesta recordar los últimos momentos de mi vida. Intento reconstruir en mi mente lo último que me ocurrió antes de despertarme en este rincón tan escalofriante y helado. Me visualizo rodeada de humanos que no conozco, atacada de súbito por alguien que sí ha sido el responsable de mis últimas pesadillas; pero no puedo creerme que todo lo que evoco de forma tan vaga e imprecisa sea real. Parece otra pesadilla... pero lo que me rodea y la debilidad que me invade me revelan que esos inexactos recuerdos sí son verídicos, sí pertenecen a mi realidad.
         Quizá lo más adecuado sea dedicarles unas últimas palabras a quienes forman mi presente por si en mi vida no existe ya la libertad, por si en mi destino ya no caben más instantes de serenidad y aliento; pero soy completamente incapaz de escribirles palabras hermosas sabiendo que son las últimas que les dirijo; sin embargo, soy consciente de que es lo más adecuado... Será el postrer recuerdo material que les quedará de mí...
         Aunque apenas pueda mantener los ojos abiertos y me cueste trazar estas letras que llegarán a su corazón si la Diosa lo permite, me esforzaré por dedicarles las palabras más sinceras que puedan emanar de mi corazón. No quiero saber si las leerán, realmente no me importa. Me siento mucho mejor escribiéndolas, como si cada palabra que surgiese de mi mano pudiese retornarme esos momentos en los que podía aspirar la fragancia de su vida, en los que podía hundirme en sus ojos para conectarme con sus sentimientos. Ahora los siento tan lejos que me pregunto si todo lo que he vivido ha sido un sueño y en verdad estos instantes son el despertar de tan mágicas vivencias. La vida es un sueño, ya lo afirmaba Calderón de la Barca; un sueño del que todos despertaremos cuando la muerte nos cierre los ojos para abrírnoslos en otra existencia... porque la muerte es el despertar de nuestra finitud, es el último camino que recorremos antes de detenernos para siempre. En la muerte, se apaga todo, no queda nada más que ausencia, frío, soledad, oscuridad; mas nosotros jamás lo sabremos. Nunca seremos conscientes de que hemos muerto y tal vez tampoco podamos percibir el último suspiro que lancemos al viento. La muerte siempre ha llegado sin avisar. Es cierto que podemos preverla; pero se apodera de nosotros cuando no la miramos, cuando por unos largos segundos deseamos apartarnos de sus ojos y de sus garras. Llega queda, silenciosa... Yo la he visto invadir el cuerpo de quienes quise y murieron junto a mí y siempre lo hace subrepticiamente, cuando no te lo esperas... y lo mismo hará conmigo. Cuando duerma o tal vez cuando intente abrir los ojos por vez postrera, se apropiará de mi destino y lo desgastará hasta hacerlo desaparecer.
         La primera muerte que pude presenciar en mi vida me enseñó a aceptar que existe otra faz de la vida, totalmente opuesta a la que percibimos con nuestros sentidos, que contradice todos los valores que nosotros deseamos otorgarle a la vida. Esa faz es oscura, pero nosotros no conocemos su color; es fría, pero no podemos sentir su gelidez; es vacía, pero no podemos llenarla con nada. Yo no la vi morir, mas sí noté que su vida ya no existía. La vida: esa confluencia de latidos, respiraciones y pensamientos que de pronto se apagan cuando nuestro destino se agota de transcurrir, de mezclarse con la imperturbable presencia del tiempo. Su muerte, aquella primera muerte que pude detectar con mis sentidos, fue lenta e imperceptible, puesto que yo la capté mucho después de que llegase, acomodándose a mi lado sin que yo lo supiese... Y se llevó consigo a una mujer que fue para mí la maestra de muchísimos valores e historias, fue una verdadera abuela para mí, aunque no compartiésemos la esencia de nuestro cuerpo. La primera muerte que se apropió de una pequeñita parte de mi inocencia le cerró los ojos a una mujer que me había enseñado a vislumbrar los rincones más deslumbrantes y preciosos de la vida, a atisbar en las sombras las razones más hermosas para seguir viviendo.
         Y, en otras ocasiones, la muerte llegó subrepticia e inesperadamente, arrancándome tan rápidamente que no pude preverlo una gran parte de mí misma, el mayor fragmento de mi ser. Mas me pregunto si yo tengo derecho a hablar de la muerte cuando tanto la he causado a lo largo de mi existencia; sin embargo sé que yo he apagado vidas de forma lenta e inocua, incluso inocente, pues lo he hecho siempre sin sufrimiento, intentando que quien pierde su destino entre mis brazos no note el fin de su existencia. No obstante, ahora no me atrevo a pensar en eso. Sólo quiero despedirme de quienes forman mi presente, pero soy incapaz de escoger la primera palabra para ellos... pues los ojos me pesan, apenas puedo mover mi mano diestra y mi mente no puede crear frases dedicadas a alguien en concreto...
***
         Había cerrado los ojos incapaz de sostener por más tiempo el peso de mis párpados. La oscuridad que me rodeaba, la que mis atenuados sentidos trataban de deshacer, se había vuelto muchísimo más impenetrable y densa. Mas ahora me encuentro rodeada de un aire templado que me acaricia, de una tierna luz que ha vuelto tibio mi destino y de aromas exquisitos que despiertan la parte de mis sentidos que ha permanecido adormilada y debilitada.
         He vivido, quizá por última vez, el renacer de mi vida y ahora espero el instante en el que esta magia se quiebre y la realidad me arranque de este hermoso lugar donde, sin preverlo, la felicidad ha vuelto a arroparme. He probado el sabor de la despreocupación, de la libertad y de la magia en unos frutos deliciosos que han llenado mi cuerpo de energías, he corrido bajo el sol una vez más para sentir que la vida no se ha terminado para mí y he existido en momentos propios de un sueño; los cuales me cuesta explicar; los que intento plasmar con palabras en estas hojas volátiles y vaporosas donde escribo con una tinta extraída de las flores más vivas. Me parece como si estas letras naciesen de los rayos de sol o de las esponjosas nubes que se deslizan suavemente por el cielo turquesa que me cubre; mas sin embargo sé que brotan de mi alma; de la parte espiritual de mi ser; la que me ha permitido estar aquí...
         Había cerrado los ojos, había perdido la consciencia entre palabras hirientes y excesivamente tristes; pero la recuperé envuelta en pétalos de flores cuyo nombre no conocía, tendida en un lecho hecho de hierba mullida y hojas esponjosas. A mi lado estaba Rauth. Enseguida lo reconocí. Es imposible olvidar el profundo matiz de sus ojos y el otoñal tono de sus cabellos. Mientras intentaba recobrar la claridad de mi mente, él me acariciaba los cabellos y el rostro de vez en cuando, tratando de ayudarme a regresar a la vigilia. Quise preguntarle qué había ocurrido, pero él me silenció poniendo uno de sus cariñosos dedos en mis labios.
-          Debes descansar —me advirtió muy suavemente—. Has vivido momentos muy vacíos y tristes. Aquí te ayudaremos a curarte.
-          Ahora me encuentro mucho mejor, pero estoy muy desorientada. Quisiera saber qué me ha sucedido... —le dije con una voz fina. Entonces me di cuenta de que mi cuerpo había mutado hasta convertirse en aquella forma tan bonita y tan mágica.
-          No temas por nada. Aquí estarás bien, Sinéad, te lo aseguro —me prometió tendiéndose a mi lado; algo que me sorprendió.
-          ¿Has sido tú quien me ha rescatado?
-          Sí, he sido yo. Hace tiempo te dije que tu alma y la mía están conectadas mediante el lazo de la magia. Aunque te cueste creerlo, noto cuando estás en peligro, Sinéad. Percibí tu dolor, tu desasosiego y tu tristeza y no dudé un instante en acudir a tu lado para ayudarte.
-          Muchas gracias, Rauth.
-          El mundo donde has vivido hasta ahora es demasiado cruel para albergar a un alma tan soñadora y buena como la tuya. Te mereces vivir aquí, junto a nosotros. En esta realidad nadie te hará daño, Sinéad.
-          Gracias, pero...
-          Si decides volver, regresarás al instante tan horroroso y triste que estabas viviendo antes de que yo te salvase.
Aquellas palabras me horrorizaron. No deseaba regresar a aquel lugar tan sobrio, frío y distante donde mi vida expiraba lenta, pero dolorosamente. No fui capaz de decir nada durante unos momentos que deseé convertir en una eternidad. Aunque me sintiese confusa y perdida, estaba muy a gusto junto a Rauth, quien no cesaba de mirarme con muchísimo amor y paciencia, tendida en un lecho natural infinitamente mullido y protegida por un cielo amanecido que no me hería.
-          Por favor, quédate aquí, aunque sólo sea por un tiempo, Sinéad. Necesito que lo hagas, que vivamos juntos todo lo que anhelo vivir... Sé que no puedes ser eterna aquí, pero por lo menos permite que nuestro destino se funda por unos instantes que nadie podrá desvanecer —me pidió mirándome cada vez más profundamente a los ojos.
Su mirada parecía la continuación de ese cielo amaneciente del que siempre he debido huir desde que me convertí en vampiresa. Me daba la sensación de que, si alargaba mi mano, no tañería su cuerpo, pues Rauth me parecía tan sumamente bello y mágico que no lo creía parte de la fracción material de la vida; pero sin embargo aquella idea no me detuvo y desplacé mi mano siniestra hacia sus cabellos y se los acaricié con muchísima ternura.
El tacto de sus cabellos parecía extraído de las nubes. Era terso, fino, quebradizo incluso; tan suave como los pétalos de las amapolas. Rauth sonrió con cariño y felicidad cuando sintió mis caricias y entornó los ojos, como si éstas le arrancasen delicadamente la vigilia.
-          Sinéad, Sinéad... —suspiró acercándose más a mí. No pude evitar deslizar mi mano hacia su espalda para aproximarme más a él—, cuánto soñé con estar así contigo.
Parecía como si nunca hubiese sufrido. Lentamente, todas las sensaciones asfixiantes que me habían aterido fueron desvaneciéndose y, al fin, acabaron siendo sustituidas por otras muchísimo más dulces, cálidas y tiernas. Me sentí envuelta en nubes de algodón y terciopelo e, inconscientemente, me olvidé de todos los instantes de la vida de la que Rauth me había arrancado.
Cerré los ojos con fuerza cuando noté que él me rodeaba muy tiernamente con sus brazos. Bajo aquel cielo azulado y cálido, Rauth me abrazó con un primor estremecedor, como si temiese deshacerme con sus manos si me tocaba. Me apoyé en su pecho y atrapé aquel instante con mis sentidos para esparcir su belleza por todo mi cuerpo. Hacía muchísimo tiempo que no me percibía tan calmada, tan viva, tan templada...
-          Quiero que te olvides de todo lo que te preocupa o te hiere. En este lugar no tienes permitido sufrir —me advirtió muy suavemente mientras me acariciaba los cabellos—. Quiero que inspires el olor de la vida... Aquí todos te queremos, Sinéad. Nadie te hará daño.
-          Pero es injusto que los abandone...
-          No los abandonarás para siempre... Te mereces vivir esto, amor mío —me musitó muy quedo mientras tomaba mi cabeza entre sus manos y me miraba hondamente a los ojos, deviniendo su mirada y la mía un único suspiro de vida.
-          De acuerdo —le contesté arrobada.
-          En este mundo existen percepciones, sabores, colores y sensaciones que nunca pudiste imaginarte —me reveló incorporándose delicadamente—. Ven conmigo. Te mostraré algo que te fascinará.
-          De acuerdo —repetí sin saber muy bien qué decir. Me sentía tan hechizada por aquella magia que cualquier palabra me parecía superflua.
Rauth me ayudó a levantarme y me tomó de la mano para conducirme a través de aquel mágico jardín hacia un lugar que no podía imaginarme. Me sentía ligera, vaporosa, como si no tuviese cuerpo, como si mi ser únicamente se compusiese de alma. Aquella sensación era exquisita, mágica y brillante. Tenía la impresión de que todo mi alrededor resplandecía o que mi cuerpo irradiaba destellos de luz que templaban las flores.
Pasamos por caminos orillados por árboles frondosos, llenos de flores relucientes y frutos de apariencia exquisita, dejando atrás fuentes de agua cristalina, prados cuya hierba verde refulgía bajo el sol de la mañana. Continuamente oía cómo el susurro del agua se mezclaba con el canto de los pájaros más dulces, con las voces de heidelfs que conversaban o reían alegremente... Sin embargo mi mundo sólo se componía de Rauth, quien me había tomado dulcemente de la mano para guiarme con serenidad por aquella materialización de la magia.
Nos detuvimos enfrente de un árbol de tronco grueso y ancestral, cuya copa parecía encontrarse entre las estrellas o entre las nubes blanquecinas que nadaban suavemente por el firmamento. Rauth me miró con cariño y sosiego mientras, con una sonrisa, me invitaba a adentrarme en aquel enorme tronco. De pronto advertí que en aquel tronco se había abierto una curiosa puerta que desvelaba el interior de un hogar confortable y mágico.
-          Es mi morada —me reveló con cariño y paciencia—. ¿Quieres pasar?
-          Sí, por supuesto —le contesté encantada.
Presionándome cariñosamente la mano, Rauth se adentró en aquel mágico hogar. Cuando su inquebrantable y aromática madera nos envolvió, curiosa e inesperadamente, la puerta que nos había permitido introducirnos allí se cerró sin hacer ni el más sutil ruido. Entonces me di cuenta de que nos envolvía una luz azulada que tornaba cálidos todos los rincones de aquella morada. No había velas allí, sólo un pequeño fuego que ardía en un precioso recipiente de piedra.
-          Esto es el vestíbulo —me explicó alegre—. Ahí está la puerta que accede al salón.
Entonces, tras abrirla, entramos en un lugar que ni siquiera el sueño más suave, mágico e inocente de la vida pudo haber creado jamás. Se trataba de una estancia circular en cuyo centro había una mesa de madera clara, donde reposaban grandes fuentes con frutas suculentas y apetecibles. Había jarras con agua, algunos recipientes de barro que contenían leche... Mi primera reacción fue lamentarme por no poder probar esos alimentos tan deliciosos; pero enseguida mi cuerpo me recordó, con una sensación que hacía muchísimo tiempo que no experimentaba, que no solamente podía ingerir una parte de aquella comida, sino que, además, debía hacerlo. Tenía hambre.
-          Tengo hambre —le confesé desorientada a Rauth—. Hace muchísimo tiempo que no siento esta sensación... me parece incomprensible.
-          Puedes comer lo que te apetezca —me ofreció acercándose, aún tomado de mi mano, a la mesa.
Además de aquella mesa y aquellos recipientes con comida, había cuatro sillas también de madera clara, un fuego a tierra, estantes con libros y una puerta de madera oscura adornada con relieves de árboles y flores silvestres.
-          Puedes coger la fruta que más te llame la atención.
-          Gracias —le contesté vergonzosa.
Inesperadamente y sin poder evitarlo, alargué mi mano y tomé con timidez una gruesa y redonda fruta cuyo color escarlata me recordó a los pétalos de las rosas más esponjosas. La miré desorientada, sin saber qué debía hacer. Busqué con mis ojos algunos cubiertos, pero en la mesa no había ningún utensilio para comer.
-          Muérdela —me ordenó Rauth divertido—. Es una manzana.
-          Ah, como la manzana prohibida de las santas escrituras —me reí con travesura—. Siempre me imaginé que su sabor era indescriptiblemente delicioso.
-          Lo es, aunque a lo mejor te parece un poco ácida.
Cerrando los ojos, intentando disfrutar plenamente de ese instante, hundí mis dientes (los que carecían de mis afilados colmillos) en aquella fruta. Me estremecí de vida cuando noté que mi boca se anegaba en un exquisito y refrescante líquido cuyo sabor me pareció del todo curioso y apasionante. Mastiqué, tratando de no morderme (pues hacía muchísimo tiempo que no trituraba la comida con mis dientes), aquella porción de fruta, analizando cada sensación que se esparcía por mi cuerpo. Aquel momento era muy importante para mí.
Estaba deliciosa. No podía dejar de comer. Parecía como si toda el hambre que había experimentado a lo largo de toda mi vida humana se hubiese concentrado en aquel instante. Rauth me observaba divertido y con muchísima curiosidad. Me dedicaba sonrisas y miradas anegadas en cariño y ternura.
-          Qué buena está —revelé placenteramente.
-          Sí, ya te lo he dicho —se rió con amor—. Ahora siento envidia de esa fruta que tan entregadamente saboreas.
-          ¿Por qué?
-          Porque tus labios la rozan —me confesó tímidamente acercándose a mí.
-          Ah, vaya —me reí con muchísima vergüenza.
-          Ven conmigo. Te enseñaré mi alcoba —me sonrió con cariño mientras me presionaba nuevamente la mano.
Me costaba saber por qué Rauth cambiaba tan rápidamente de tema. Parecía como si le diesen miedo esos instantes en los que nuestras palabras podían desvelar una pequeña parte de lo que sentíamos. Entonces, subrepticiamente, comprendí que Rauth luchaba continuamente contra sus sentimientos para que no dominasen su razón.
Su alcoba era el lugar más acogedor que no veía desde hacía muchísimo tiempo. Había un lecho que parecía creado con las hojas más olvidadas del otoño, con la hierba más primaveral y mullida y con los materiales más suaves y confortables de la naturaleza. Estaba cubierto con una tersa manta cuya tela no supe identificar. Al lado del lecho, había una mesa de madera clara y una silla también del mismo color. Había tantos libros, figuras preciosas... Me sentí arrobada en medio de tanto arte y belleza.
-          Es una alcoba preciosa —le indiqué con cariño.
-          Sí, pero ahora lo es muchísimo más —me contestó acercándose nuevamente a mí. Enseguida me sentí envuelta en un halo de ternura que me erizó la piel.
-          Es hermosa porque te pertenece —le susurré retirándome lentamente la manzana de los labios.
-          Y ahora también te pertenece a ti, Sinéad —me aseguró tomando delicadamente la manzana con su dulce mano y apartándola definitivamente de mi rostro—. Te amo, amor mío.
No supe qué contestar. Deseaba confesarle que yo también sentía algo muy especial por él y que solamente me ocurría cuando me hallaba junto a él, en su mágico mundo; pero las palabras, de pronto, perdieron todo el sentido que podían poseer. Supe que en aquellos momentos no eran las palabras las que debían revelar nuestros sentimientos, sino los hechos, las miradas...
Inesperadamente, Rauth se acercó a mis labios y comenzó a besarme muy lenta y cuidadosamente, como si le diese miedo deshacer mis labios con sus besos. No pude evitar responder vergonzosamente a sus besos. Sentía que necesitaba hacerlo, como si de repente todas las necesidades de mi cuerpo se hubiesen congregado en el anhelo de besarlo y abrazarlo. Sin poder controlar mis movimientos, solté su mano y lo rodeé después muy tiernamente con mis brazos.
-          Al fin, al fin —suspiró él mientras se dejaba caer entre mis brazos—. Cuánto te extrañaba, cariño. Cuánto te he añorado durante todos estos siglos... durante todo este incalculable tiempo.
-          Rauth...
Sentía que tenía que pronunciar otro nombre, muy parecido al que se había escapado de mis labios; pero mi cuerpo me lo impedía, pues era plenamente consciente de que él no estaba en aquel instante, sino la prolongación de su alma, la continuación de su vida interrumpida...
No pude controlar mis movimientos, ni mis sentimientos ni mis pensamientos. De repente sentí que lo único que deseaba era estar entre sus brazos. Perdí el rastro de mi destino cuando percibí su cariñoso abrazo y sus apasionados besos. Me aparté definitivamente de mi presente cuando advertí que el suelo desaparecía y que solamente nos rodeaban pétalos de flores extraídas del jardín más mágico e inocente. No detuve sus manos cuando las noté deslizarse por mi cuerpo ni tampoco interrumpí nuestros besos cuando detecté que se volvían los más entregados de la vida. Nuestros instantes, nuestros recuerdos y nuestro presente se convirtieron en uno de los momentos más incalculables e infinitos de la Historia. Nos hundimos en una vida que a ambos nos pertenecía, que solamente podía formar parte de nuestros sueños. No pensábamos, únicamente experimentábamos las deliciosas sensaciones que nacían de nuestras caricias, nuestros besos... nuestra entrega.
Fuimos uno del otro, fuimos tan irrevocablemente uno del otro que me costaba percibir dónde empezaba y terminaba mi existencia, mi cuerpo, mi ser, mi destino. Estuve fundida con sus manos, con su piel, con su cuerpo durante un tiempo que no quería notar fluir, estuvimos tan unidos que ni siquiera nos planteábamos la posibilidad de que perteneciésemos a vidas distintas. Solamente éramos nosotros vueltos un solo ser.
-          Nuestra unión te hará alcanzar un nuevo destino —me susurró cuando todo hubo acabado. No quise preguntarle qué significaban sus palabras, aunque no pudiese comprender plenamente su sentido—. Ahora todo será distinto...
-          Ha sido muy mágico... —musité vergonzosa abrazándome más a él—. No comprendo qué me ha ocurrido... pero no quería que nos detuviésemos.
-          Es que no debíamos detenernos, Sinéad. En este mágico mundo, cuando tiene que suceder algo, nada puede impedirlo. Nosotros debíamos amarnos porque... porque hay razones para ello —divagó como si no se atreviese a decirme la verdad; no obstante, no me importó.
-          Será cierto...
Y fue cierto durante todo aquel tiempo que viví junto a él en su mágica tierra, rodeada de todos los que formaban su presente y también el mío; pero, aunque en mi vida haya sufrimiento, aunque anhele permanecer eternamente junto a él, decidí volver. La vida que nos ofrece la Historia es ineludible. Pese a que esté anegada en dolor y oscuridad, debemos vivirla, tenemos que esforzarnos por convertirla en nuestro pasado.
Decidí volver la tercera noche que viví allí. Las estrellas, en aquel mágico lugar de la inocencia, brillan muchísimo más. Rauth me confesó que nunca se apagaban, que siempre nacían más estrellas para morar eternamente junto a las que llevaban fulgurando desde tiempos inmemoriales. La luna también resplandece allí, envuelta en plateadas nubes de algodón que refulgen como si de más estrellas se tratase.
-          Debo volver —le advertí con cariño y tristeza—. Ruego que lo entiendas. Estar contigo es sentir la vida; pero no puedo rendirme...
-          Tal vez tengas razón. Sí, sé que tienes razón; pero, si puedo aceptarlo, es porque sé que volverás cuando menos nos lo esperemos —me sonrió amorosamente.
-          Es cierto.
Y, cuando el amanecer perló nuestros sueños, abrí los ojos, sabiendo que era la última vez que los abría en aquella mágica tierra hasta aquel instante en el que mi destino desease ofrecerme unos momentos más de paz. Me despedí apasionadamente de Rauth, quien me prometió que volveríamos a vernos dentro de muy poco, y me dirigí hacia aquel lugar donde las fuentes susurran con aguas cristalinas canciones que nunca olvidaré. La fresca brisa de la mañana mecía las ramas de los árboles, haciendo del movimiento de sus hojas bellas trovas que se mezclaban con el tierno canto de los pájaros más madrugadores, y entonces me tendí en este suelo mullido y cubierto por las flores más suaves y relucientes de la vida... esperando el fin de este inolvidable sueño.


jueves, 20 de marzo de 2014

LA TEMBLOROSA VOZ DE UN NUEVO Y DELICADO PRESENTE

LA TEMBLOROSA VOZ DE UN NUEVO Y DELICADO PRESENTE

Los primeros suspiros de la primavera ya se habían posado en las perennes hojas, ya habían hecho brotar vida de las ramas que habían permanecido vacías durante el invierno y habían anegado el aire en un aroma exquisito que revitalizaba y despertaba los sentidos. Los atardeceres eran más largos, como si a la naturaleza le diese miedo que el ocaso reinase en el territorio del cielo.
Siempre he adorado la primavera, pero esta vez siento que mi corazón anhela su llegada mucho más que nunca, que mi alma celebra su advenimiento con ilusión y fuerza y que todo mi ser agradece este calor tan suave y aromático que se reparte por las calles, por los bosques y se posa en las lejanas montañas.
Era un atardecer brillante, de esos en los que el sol no desea abandonar el firmamento y reparte sus rayos por todos los rincones del paisaje que nos rodea, volviendo oro todo lo que su luz roza. Yo miraba por la ventana cómo el cielo azul de la tarde se teñía de un color grisáceo que presagiaba una noche calmada, pero profundamente oscura. Me había despertado muchísimo antes que Eros, pues los nervios que se habían arraigado en mi estómago me impedían dormir sosegadamente.
Aquel crepúsculo era especial. Sabía que debía vivir cada instante con toda mi alma, que no podía permitir que mis emociones me confundiesen y dominasen mis pensamientos; pero me creía incapaz de ignorar mis sentimientos, pues éstos palpitaban con fuerza por dentro de mí como si de los perdidos latidos de mi corazón se tratase.
No cesaba de pensar en la última conversación que había mantenido íntimamente con Wen. Las palabras que nos habíamos dedicado, las que revelaban una verdad a la vez tierna y estremecedora, no dejaban de resonar en mi mente, creando ecos que me confundían, que me hacían temblar incluso. Jamás pude haberme imaginado que lo que yo sentía era recíproco, no era un sentimiento perdido en la inmensidad de una utopía. Él también me profesaba un sentimiento muy mágico y especial... mas era completamente consciente de que debíamos ignorar aquellos sentimientos porque éstos podían hacer temblar nuestro presente, nuestra vida.
Hacía más de tres días que no nos veíamos, que no nos hundíamos uno en la mirada del otro. Yo sentía que lo necesitaba, que requería mirar sus bellos ojos para notarme viva; pero no me atrevía a llamarlo ni a acudir a su lado, pues sabía que, si lo hacía, el significado de nuestro presente podía cambiar sin que nadie lo previese. No habíamos vuelto a hablar desde aquella mágica noche en la que nos confesamos lo que sentimos uno por el otro y realmente temía al momento en el que nuestras miradas se tornasen un único suspiro, fundiéndose en un solo instante.
Mas aquel ocaso sabía que tenía que ignorar todo lo que sentía para poder mostrarme serena ante todos los que me miraren. Era la fiesta de inauguración del hotel que Eros y yo hemos abierto; el que ya funciona espléndidamente. Parece imposible que hayamos tenido más de cien reservas en tres días. ¡Es fascinante! Sin embargo me percibo incapaz de entenderme con este negocio. Tengo la suerte de que Eros es mucho más ducho que yo en estos asuntos. Además, en estos momentos no tengo la mente para centrarme en estas cosas tan complicadas...
Intentando que mis pensamientos y mis sentimientos no me ensordeciesen, me dirigí hacia mi alcoba y escogí uno de los vestidos más bonitos que tenía allí. Se trataba de un traje que me había comprado hacía poco. Era un vestido de color rojo que me llegaba hasta las rodillas y carecía de mangas. Era estrecho y muy elegante. Me daba un poco de vergüenza ataviarme con él, sobre todo porque tenía que colocarme unas medias finas y transparentes que volvían más resplandeciente mi pálida piel, pero aquella tarde estaba dispuesta a ignorar todo lo que sentía para que nada turbase la fluidez de los hechos.
Cuando terminé de bañarme, de vestirme y de acicalarme, los reflejos dorados de la tarde ya se habían convertido en noche. Por las calles discurrían grupos de personas buscando la diversión en algún rincón, saliendo también de tiendas y portando sus compras en sus manos... La vida se respiraba, la primavera tornaba sonidos y olores exquisitos todos los detalles de aquel paisaje que las ventanas nos regalaban.
Eros estaba sentado en el sofá viendo atento el televisor. Me miró fija y deliciosamente cuando me situé enfrente de él, anhelando su atención. Necesitaba que a él le gustase la forma en que iba vestida para sentirme mucho más segura.
-          ¡Shiny! ¿Cómo te atreves a presentarte así ante mí?
-          ¿Cómo? —le pregunté desorientada e intimidada—. ¿No te gusta?
-          Al contrario. Me encanta —me contestó sonriéndome sensualmente mientras se acercaba a mí y posaba sus relucientes y cariñosas manos en mis caderas—. Te lo decía porque estás tan preciosa y sexy que soy capaz de arrancarte este vestido en menos de un segundo y provocar que lleguemos tarde a la fiesta —me confesó pícaramente mientras deslizaba sus manos por mi cintura.
-          ¡Eros! Basta —me reí traviesa mientras me dejaba caer entre sus brazos—. Tenemos que irnos y ni siquiera te has arreglado —le recriminé divertida.
-          Es que, Shiny, yo iré un poco más tarde.
-          ¿Por qué?
-          No puedo decírtelo; pero no te preocupes. Ve tú y ya iré yo.
-          No quiero entrar sola, sin ti —me quejé apoyándome en su hombro—. ¿Qué tienes que hacer para no poder venir conmigo?
-          Shiny, no puedo decírtelo, amor mío —se rió cariñosamente mientras me acariciaba los cabellos—. Tendrás que ser fuerte y paciente.
-          Eros, por favor... ¿No puedes acompañarme y después te vas y haces lo que tengas que hacer?
-          No, Shiny, no puedo, cariño. Lo siento.
-          Pues vaya —protesté desalentada alejándome de él.
-          Cuando me veas llegar, lo comprenderás.
-          Eso espero.
Saber que tenía que acudir sola a la fiesta de nuestro hotel me había desanimado muchísimo. Ni siquiera le veía sentido a ir tan arreglada y acicalada si él no me acompañaría, pero intenté que aquel desaliento no empañase aquel instante. Tras despedirme de él, me dirigí rápidamente hacia el hotel notando cómo los nervios gritaban por dentro de mí. Me sentía como si de mi estómago hubiesen brotado unas manos afiladas que rasgaban todo mi interior. No me latía el corazón, pero me parecía que en breve éste comenzaría a palpitarme con fuerza, impulsando una sangre cuyo poder me asfixiaría.
Antes de entrar en el hotel, me detuve unos instantes a intentar tranquilizarme. No sabía por qué estaba tan nerviosa. Me consolé pensando que era comprensible sentirme así, pues se suponía que yo era la dueña de aquel hotel y la responsable de una fiesta que en absoluto había preparado. Agradecí que Wen, Sus, Diamante, Duclack, Mery y Vicrogo se hubiesen encargado de todo. No, pensar que estaba nerviosa porque yo era la dueña del hotel no tenía sentido, no me satisfacía. Debía haber otro motivo que hiciese nacer aquellos estridentes nervios...
También me inquietaba recordar lo triste y desanimada que me había sentido cuando Eros me había comunicado que no me acompañaría y que vendría más tarde a la fiesta. En esos momentos, al acordarme de ese instante, entendí que no había experimentado únicamente pena al conocer aquella realidad, sino sobre todo miedo. Sí, me había asustado pensar que yo tenía que acudir sola a la fiesta y permanecer sin él durante un tiempo inconcreto.
-          ¡Pálida Millonaria! Pero ¿qué haces ahí parada? ¿Es que no entrarás a tu propia fiesta?
Aquella voz y aquellas palabras me extrajeron subrepticiamente de mis pensamientos y me asustaron tanto que estuve a punto de darme la vuelta y huir de ese instante. Saber que la señora Hermenegilda estaba en aquella fiesta, posiblemente rodeada de todas esas amigas tan similares a ella, me desalentó muchísimo, provocó que el alma se me cayese a los pies. Noté que de repente todo perdía sentido y que las vinientes horas se convertían en una espesa senda que no me creía capaz de recorrer.
-          ¡Hay de todo, hija! —gritó desde la distancia—. ¡Vicenta, Herminia, Fernanda y yo ya llevamos comidas más de tres bandejas de canapers de esos! ¡Y también han venido mis hijos con sus mujeres y sus hijos! ¡Aprovechan que está Manolo aquí trabajando para ver si él puede hacerles un descuento, aunque ahora no es necesario porque todo es gratis! ¡Qué luces más bonitas y qué decoraciones tan bien hechas habéis puesto, niña! ¡Hace tiempo que no veo una fiesta tan bella! ¡Esto parece Jolibuuuu!
A medida que iba hablando, su voz iba perdiendo fuerza, como si un huracán la arrancase de mi lado. Me parecía que el entorno se difuminaba, que la oscuridad de la noche se volvía mucho más densa que las profundidades de una selva y que el silencio me rodeaba tiernamente, protegiéndome de aquellos desgarradores y vulgares gritos. Inspiré hondamente para intentar digerir el significado y la apariencia de aquel momento y después comencé a caminar hacia la puerta del hotel, de donde emanaba un sinfín de voces, de risas, de palabras, de música y sonidos alegres. La señora Hermenegilda me aguardaba paralizada en la puerta, con los brazos puestos en jarra, como si estuviese a punto de comenzar a reñirme por alguna travesura.
-          Ya pensaba que eras un fantasma —me acusó un poco seria—. Yo no sé qué te pasa cuando te hablo, chiquilla; pero parece como si mi voz te reventase los oídos. ¡Para ese problema tengo una solución...! ¡Ah! ¡Carajo! ¡Ostras! ¡Ahora entiendo lo seria que estás! ¿Dónde te has dejado al novio?
-          Vendrá más tarde —contesté intentando parecer simpática, pero mi voz sonó seca.
-          Ese ha aprovechado que te has ido para tirarse a su amante, que ya te digo yo que tiene una amante. Mi tercer marido, Alfredo, se lanzaba a los brazos de cualquier mujer cuando yo me iba a trabajar, que trabajaba en una frábica de lana.
-          Una fábrica de lana... —musité incapaz de comprender esas palabras.
-          Si. Por la noche llegaba con las manos todo encalladas y con la boca reventada porque ahí le dábamos al palique que era una barbaridad. Mis compañeras y yo nos llevábamos muy bien con el jefe, el señor Eugenio. Era muy buen hombre. Tenía tres hijos, me acuerdo perfectamente: Astracio, Furgencio y José Antonio Francisco Eustasio Anastasio... Sí, tenía todos esos nombres. Lo llamaban el nombres. Qué tontería, ¿verdad?
-          Sí.
Justo entonces entrábamos en el comedor, donde se servían todo tipo de bebidas y comidas. La música que se oía era calmada y sensual. Tuve la sensación de que habíamos regresado ochenta años atrás, cuando las fiestas eran tan lujosas, bonitas y delicadas...
Había tanta gente que no era capaz de discernir entre unos ojos y otros. Me costaba respirar serenamente rodeada de tanta sangre. Entonces, repentinamente, reparé en que no me había alimentado. Me había olvidado completamente de la sangre. Cuando aquella certeza invadió mi mente, todo mi entorno desapareció. El miedo más feroz se adueñó de mis sentimientos, de mi cuerpo y de todos mis pensamientos. Las voces, la música, las palabras, la voz de la señora Hermenegilda: todo se desvaneció, quedándose mi alrededor sumido en un profundo y áspero silencio que solamente se interrumpía por mis atemorizados pensamientos.
-          ¡Sinéad!
Una voz amable, llena de entusiasmo y felicidad me extrajo repentinamente de aquel silencio tan asfixiante. Oí, vagamente, que la señora Hermenegilda aún me hablaba; pero yo había dejado de prestarles atención a sus palabras desde hacía demasiado tiempo. Cuando aprecié aquel llamado tan hermoso y alegre, la vida recobró el color y la magia que el miedo le había arrebatado.
Cuando descubrí quién me había llamado tan vivamente, los nervios que experimentaba se intensificaron brutalmente. Intenté que mis ojos no desvelasen mis emociones, pero me parecía que aquella noche éstos tenían voz propia. Wen se acercaba velozmente a mí sonriéndome luminosa y plácidamente. Cuando nos tuvimos al alcance de nuestras manos, nos las tomamos con cariño y felicidad mientras, al fin, nos hundíamos en nuestros ojos.
Al sumergirme en su preciosa mirada, noté que mi sangre se volvía lava, que mi cuerpo se estremecía de gozo y vida y que por todo mi ser se repartía una sensación de bienestar que hacía muchísimo tiempo que no sentía. Le sonreí ampliamente, olvidándome levemente de cuidar de no mostrar mis colmillos, y le dediqué una mirada tan reluciente y mágica que incluso me pareció que las luces que bailaban sobre nosotros se apagaban por unos instantes.
-          Estás preciosa, Sinéad —me halagó Wen con una voz susurrante. Tal vez creyó que yo no podía oírla, pero la percibí plenamente—. Ese vestido te sienta muy bien, Sinéad —me dijo un poco más seguro de sí mismo.
-          Hijos míos, cualquiera diría —expresó de pronto la señora Hermenegilda—. A ver si vas a ser tú la que...
-          ¿Qué quiere decir, señora? —le pregunté alarmada, soltando de repente la mano de Wen.
-          Nada, nada. Mira, yo no digo nada, que cada uno haga con su vida lo que verdaderamente le salga de los hígados. Yo voy a ver si como un poco, que las piernas empiezan a flojearme. A ver si encuentro a mis amigas. Seguro que han visto jóvenes guapos y están intentando recoger las babas que se les habrán caído por ahí.
Mas fuimos nosotros quienes nos apartamos de la señora Hermenegilda antes de que sus palabras se convirtiesen en nuestra única realidad. No pudimos evitar reírnos con placer y divertimento cuando nos situamos en un rincón, lejos de ella y de sus impertinentes miradas y palabras. Aunque me sintiese feliz, no podía dejar de pensar en lo que acababa de afirmar. Tal vez, se hubiese percatado de que Wen y yo vivíamos en una realidad demasiado mágica para que pudiese entenderla cualquiera o hubiese sabido interpretar mejor que nosotros mismos las miradas que nos dedicábamos.
-          ¿Cómo estás? —me preguntó con cariño y respeto.
-          No lo sé. Desde que mantuvimos aquella conversación, me siento extraña; pero no quiero darle importancia. Sé que aquello que nos confesamos no debe influir en nuestra vida, pero no puedo evitar tener miedo... —le confesé inesperada y repentinamente. No había previsto mis palabras.
-          No tengas miedo, Sinéad, al menos por esta noche. Tiene que ser mágica e inolvidable —me sonrió tomándome de la mano.
-          Ya está siéndolo —le contesté muy quedamente entornando los ojos.
-          Y puede serlo mucho más —me aseguró acercándose a mí mientras me presionaba delicadamente la mano. Me sorprendió que hubiese oído mis palabras, mas entonces supe que él había sabido leerme los labios—. ¿Quieres que bailemos?
-          Huy, bailar... No sé si sabré hacerlo bien.
-          Sólo tienes que dejarte llevar. Yo tampoco soy muy ducho bailando, sólo permito que la música me guíe.
Sonaba una canción lenta creada con las dulces notas de un melancólico piano, un sensual saxofón y una pausada batería. Nunca me había gustado el sonido del saxofón, pero aquella noche su voz desprendía una magia que jamás había exhalado antes. Parecía como si aquella música emanase del alma más romántica y soñadora.
Sonriéndome dulcemente, Wen tomó mis manos y las dirigió hacia su cuerpo. Saber que estaríamos tan cerca uno del otro me hacía sentir unos punzantes y estridentes nervios; pero intenté esconder mis sentimientos tras una bella y reluciente sonrisa. Lo abracé tierna y vergonzosamente mientras él también me rodeaba muy primorosamente con sus brazos. Nos miramos con profundidad a los ojos, construyendo así una mágica realidad que solamente nos pertenecía a nosotros.
La música nos incitaba a movernos tierna y pausadamente. Aquella romántica y sensual melodía nos mecía lenta y cuidadosamente, como si fuésemos pequeñas hojas que resisten el frío del invierno. Wen cada vez presionaba más mi cuerpo con sus nerviosas manos; las que yo notaba temblorosas, y yo también lo abrazaba cada vez con más suavidad y dulzura.
Necesité cerrar los ojos para que su profunda mirada no siguiese absorbiendo mis pensamientos. Notaba que mi alma estaba escapándose de mi mirada y se adentraba cada vez más hondamente en aquellos ojos tan expresivos y abismales.
De repente, cuando creí que la música sería la única voz de nuestro instante, Wen me apeló muy tierna y quedamente, como si temiese sobresaltarme. Mi nombre sonó delicado, cálido y reluciente en sus labios. Cuando oí cómo me había llamado, me estremecí de felicidad, nervios y cariño sin poder evitarlo. Mis temblorosas manos reflejaron los sentimientos que me había hecho experimentar su voz, pues presionaron su cuerpo con cuidado y vergüenza.
-          Sinéad...
Yo no podía contestarle verbalmente, así que únicamente me limité a sonreírle dulcemente. Wen suspiró silenciosamente mientras, inesperadamente, se acercaba un poco más a mí y, con su suave y profunda voz, me susurraba unas palabras que me envolvieron, convirtiendo mi entorno en el rincón más luminoso y mágico de la Tierra:
-          Estás tan hermosa, Sinéad... Brillas tanto... Cómo me gustaría que el tiempo se detuviese justo ahora... y que todo desapareciese y sólo quedásemos tú y yo...
Su voz y sus palabras se habían vuelto mi única realidad. Creía que ya no había más mundo afuera de sus brazos, que aquel instante era el último que la Historia nos ofrecía; pero de repente algo se introdujo en nuestro tierno momento. Sin embargo, no me separé de él ni siquiera cuando mis sentidos me advirtieron de que debía hacerlo. Notaba que su respiración era el aliento que se adentraba en mi cuerpo, que el calor de sus manos templaba mi piel a través de la tela de mi vestido y que el latiente sonido de su vida era la melodía de mis pensamientos. Deseaba que aquel instante fuese eterno, que aquella dulce y romántica canción que nos mecía tan suavemente no se terminase nunca; pero, de nuevo, aquella percepción que había intentado quebrar la intimidad de aquel segundo resonó en nuestro entorno.
Fueron unas voces conocidas y unas palabras que me sobresaltaron profundamente, tanto que no pude evitar hacer el amago de apartarme de Wen; pero él no me permitió moverme ni un ápice. Me presionó la cintura cuando notó que trataba de alejarme de él. Entonces comprendí que él no había captado aquella lejana y sutil percepción.
-          No te alejes ahora... Sé que este momento es ilícito... pero te necesito —me confesó de pronto acercándose un poco más a mí. Ya podía aspirar plenamente la fragancia de su vida y sentir el calor de su respiración mezclándose con mi gélido aliento—. Te necesito, Sinéad.
-          Wen...
La música que nos había lanzado a aquel tierno y sensual baile se había convertido en una canción mucho más suave y lenta. Las notas del piano, del violín y de la guitarra se mezclaban hasta devenir una melodía absorbente que hipnotizaba. No obstante, pese a que me sintiese volar, era plenamente consciente de que debía interrumpir aquel momento. Con pausa y temor, abrí los ojos y entonces me encontré con una mirada totalmente anegada en amor, cariño y calidez. Salvo Eros, hacía muchísimo tiempo que nadie me miraba de ese modo. Wen parecía haberse olvidado de su vida, de su pasado y de su presente. No, no podía permitir que aquel instante se intensificase, volviéndose peligroso e infinitamente ilícito. Muy paulatinamente, fui retirándome de su mirada, intentando que la frialdad que súbitamente había empezado a apoderarse de mis sentidos no me detuviese.
Entonces, aquellas voces tan conocidas para mí volvieron a adentrarse en mi momento. Enseguida deduje que, si no nos apartábamos, quienes se dirigían hacia nosotros conversando tan animadamente nos sorprenderían sumergidos en un instante que no podrían comprender, así que, aunque me costase y me hiriese, me separé definitivamente de Wen, incluso me retiré de su cariñoso y tibio abrazo. Wen se quedó paralizado, hundido profundamente en mis ojos; pero de su mirada no se desprendía ni el menor ápice de inquietud. Sus ojos sólo irradiaban comprensión y vergüenza.
-          Se me ha ido de las manos —se excusó tímidamente.
-          Wen, no me he apartado de ti porque me sintiese incómoda —le confesé también con mucha vergüenza—, sino porque dentro de poco dejaremos de estar solos.
-          ¿Cómo?
-          Vienen Sus, Diamante, Estrella y Vicrogo —le anuncié con paciencia.
-          ¿Cómo lo sabes? —me preguntó inquieto.
-          Oigo sus voces.
Wen no me dijo nada más. Se separó un poco más de mí y miró desasosegado a su alrededor. Tal como había adivinado, Sus, Diamante, Estrella y Vicrogo se dirigían hacia nosotros con un paso animado, riendo cariñosa y alegremente. Cuando nos vieron, todos sonrieron muchísimo más ampliamente, salvo Estrella. Ella nos miró con inquietud e insatisfacción. Aquella mirada me sobrecogió.
-          ¡Hola, Sinéad y Wen! —nos saludó Diamante muy animado—. ¿No queréis tomar nada?
-          No, gracias, ya he comido mucho —me excusé sin saber muy bien qué decir.
-          Creo que yo sí iré a tomar algo —indicó Wen empezando a alejarse de nosotros.
-          Iré contigo —dijo Estrella impaciente.
Estrella y Wen se alejaron de nosotros con un paso ligero. Permanecí mirándolos hasta que la multitud me los ocultó. En esos momentos, sentía un pinchazo en mi alma, como si unas uñas afiladas me rasgasen las entrañas. Los ojos estaban a punto de llenárseme de lágrimas, pero intenté ocultar mis sentimientos sonriendo luminosa y simpáticamente.
-          ¿Qué te sucede, Sinéad? —me preguntó Vicrogo con preocupación—. Pareces triste.
-          No me ocurre nada, sólo es que estoy un poco cansada —mentí descaradamente.
-          ¿Dónde está Eros? —me cuestionó Sus con paciencia e intriga.
-          Vendrá dentro de poco.
-          Ahí está —anunció Diamante con felicidad—. Al fin. Se lo echaba de menos.
-          Es cierto —corroboré con vergüenza.
-          Sinéad, necesito hablar contigo un momento si no te importa —me pidió Sus un poco seria.
-          No, no me importa.
Después de que Eros acudiese al rincón donde nos hallábamos, Sus y yo nos apartamos un poco para poder hablar con serenidad. Los nervios habían vuelto a arraigarse en mi estómago, pero traté de no demostrar lo que sentía.
-          Sinéad, mi hermano y tú os habéis hecho muy amigos, ¿verdad?
-          Sí, es cierto.
-          Ello me complace mucho, de veras; pero quisiera preguntarte si sabes algo de él que todos desconocemos. Hace tiempo que lo noto muy extraño, como si le preocupase mucho algo.
-          No, no sé nada —mentí con tensión y tristeza.
-          Vaya, creí que, como te tenía tanta confianza, te lo habría explicado.
-          No...
-          Y ahora se ha ido triste. Lo conozco perfectamente y sé cuándo le pasa algo, Sinéad. Ni siquiera ha mirado a Estrella cuando se han reencontrado.
-          Lamento mucho que esté triste. Si encuentro la ocasión, le preguntaré qué le sucede.
-          Gracias, aunque también podría hacerlo yo.
-          Lo mejor será que todos nos reunamos...
-          ¿Quién es la mujer que está con Eros? —me preguntó de súbito.
-          No puede ser.
Los nervios que experimentaba se intensificaron brutalmente, convirtiéndose también en unas leves ganas de reír de tensión y sobresalto. Jamás me imaginé que aquella mujer pudiese entrar en el hotel que Eros y yo habíamos abierto, sobre todo porque la creía muy lejos de mi mundo; mas allí estaba ella, sonriendo alegremente a todos los que la miraban, saludando por primera vez a algunos de mis fieles y nobles amigos.
-          Es Scarlya —le contesté con tensión y vergüenza—. Es una amiga nuestra.
-          Tiene una apariencia muy curiosa. También es muy bella. No parece de este mundo.
-          Es cierto. Es bellísima... y esta noche está hermosa.
Scarlya portaba un precioso vestido blanco que hacía resaltar el castaño brillante de sus cabellos y el profundo verdor de sus ojos. Me gustaba cómo sonreía. Parecía como si nada le importase, como si todo lo que la rodeaba no pudiese convertirse en una amenaza para ella. Entonces, repentinamente, comprendí por qué Eros no había acudido junto a mí a la fiesta.
-          Vayamos con ellos. Quiero presentártela.
-          De acuerdo —rió Sus encantada.
Scarlya me miró entusiasmada y tiernamente cuando nos tuvimos una enfrente de la otra. Al tomar su mano para saludarla tiernamente tras besarla en las mejillas, me hundí en sus ojos para captar todos sus sentimientos y conocer así si se sentía plenamente cómoda en aquel lugar.
-          Gracias por invitarme, Sinéad.
-          Yo ni siquiera sabía que ibas a venir —le confesé con tensión—. Mira, Scarlya, ella es Sus.
-          Ah, sí. Sinéad me ha hablado alguna vez de ti —le dijo a Sus con simpatía.
-          Encantada de conocerte, Scarlya —contestó Sus con timidez.
-          Leonard no ha querido venir —me informó Eros con seriedad—. Asegura que tiene que mantener contigo una larga e importante conversación.
-          Dios mío.
-          Es un carca, Sinéad, no te preocupes —se rió Scarlya—. Yo, en cambio, estoy infinitamente orgullosa de vosotros. Yo también deseo formar parte de la sociedad...
-          ¿Cómo? —preguntó Sus extrañada.
-          Quiere decir que desea encontrar trabajo. Lleva muchos años buscando, y no hay forma de que le salga alguno que le interese, ¿verdad, Scarlya? —le interrogó Eros con divertimento.
-          Sí, a eso me refería —se rió nerviosa.
-          ¿Tu marido es anticuado? —quiso saber Sus.
-          Un poco. Y también es el padre de Sinéad.
-          ¿Su marido es tu padre, Sinéad?
-          Sí...
-          Pero ¿cuántos años tiene? Scarlya parece muy joven —indicó confundida.
-          Mi padre es muy joven —titubeé nerviosa.
-          Eso ahora no importa —exclamó Scarlya divertida—. He venido aquí a pasármelo bien y a disfrutar. Hace muchísimo tiempo que deseaba salir de mi gran morada y vivir, vivir todo aquello que en la soledad de nuestra vida tenemos prohibido experimentar. Estoy un poco cansada de existir en esta incógnita —me susurró confidencialmente—. Sinéad, no te asustes; pero estoy agotada de la intransigencia e inseguridad de Leonard. Me he dado cuenta de que su forma de ver el mundo y la mía se distancian demasiado. Tenemos muchas discusiones por culpa de nuestra manera de pensar.
-          Lo lamento. No sabía que no estabais bien.
-          Me siento muerta, Sinéad. Necesito vivir. Sabes que adoro la naturaleza, pero también preciso de la vida de la ciudad para saber que existo. Te envidio, Sinéad. Tu padre no está de acuerdo con tu comportamiento y tiene pensado mantener contigo una profunda e importante conversación; pero yo sí te apoyo. Este hotel es precioso —me sonrió ampliamente— y tienes unos amigos estupendos. Eros ya me los ha presentado. Vicrogo me ha caído muy bien. Le gustan mucho los animales, como a mí, y me ha prometido llevarme a su Zoo parque.
Aunque me entusiasmasen, las palabras de Scarlya sonaban muy lejos de mí. Saber que Leonard no estaba de acuerdo con mi vida me había desalentado muchísimo. No pretendía que él apoyase todas mis enloquecidas decisiones, pero por lo menos aspiraba a tener su consentimiento. Ser consciente de que él no estaba a mi lado en aquellos asuntos quebró levemente las esperanzas de ser feliz en aquella nueva vida.
-          Esta música es un aburrimiento —exclamó Eros de repente levemente fastidiado—. Voy a ver si hago algo —nos indicó sonriéndonos mientras se alejaba de nosotros.
-          ¿Ya les has dicho que os casareis? —me preguntó Scarlya quedamente—. Me alegro mucho por vosotros, Sinéad. La boda será preciosa. ¡Ya me la imagino!
-          No, todavía no se lo he dicho a nadie.
-          ¿Y a qué esperas? Esta noche es el momento idóneo para que lo anunciéis.
-          No, esta noche, no, Scarlya —le negué asustada.
-          ¿Por qué?
-          No es el momento.
No, no me sentía capaz de confesarles a todos que Eros y yo nos casaríamos, sobre todo porque era plenamente consciente de que aquella noticia le destrozaría el alma a Wen. Sabía que aquel dolor no debía existir, pues entre nosotros dos solamente tenía que haber la amistad más fiel; pero no podía negar aquella realidad.
-          ¿Te pasa algo?  —me preguntó Scarlya preocupada.
-          Estoy cansada. Últimamente, con todo esto del hotel, me cuesta dormir bien.
-          Un vampiro no puede dormir mal —se rió.
-          ¡Scarlya! Por favor, no vuelvas a mencionar el nombre de... No pueden saberlo.
-          ¿Por qué? Yo los considero a todos muy buenas personas. Sé que lo aceptarán. Mira a Vicrogo. En sus ojos reluce la fantasía. Y a Sus se la ve tan buena... tan sensible y comprensiva... No sabía que todavía existían humanos así, Sinéad. Creía que toda la especie humana se había vuelto despreciable.
-          Pues no es así —me reí con cariño.
-          Qué guapa es Sus... —musitó creyendo que yo no la oiría—. Tiene unos ojos preciosos.
-          Sí, es cierto.
-          Y Diamante es muy interesante, como Wen, ¿verdad? Eros también me ha presentado a Wen. Me ha dicho que es muy amigo tuyo. Iba con su novia, Estrella, quien me ha parecido una ternura. A Wen también se lo ve un hombre muy leal, bueno y valiente. ¡Me han dicho que son piratas! Es increíble. ¡Qué emocionante! Alguna vez tendríamos que ir con ellos a vivir alguna aventura.
-          Sería algo difícil, Scarlya —susurré intentando que no se diese cuenta de que nuevamente me había apartado de aquel momento.
-          Wen... Wen y tú...
-          ¿Cómo?
-          Sinéad, soy una vampiresa. Recuerda que puedo leer la mente de los humanos —se rió encantada y pícaramente.
-          Scarlya... No sé qué habrás leído, pero...
-          No es necesario que me lo niegues. Sólo me ha bastado con ver qué ojitos se te ponían cuando he hablado de Wen.
-          No, no es verdad...
-          ¿Se lo has dicho a Eros?
-          ¿El qué?
-          Que te has enamorado de él.
-          Scarlya, no digas eso —la amonesté completamente avergonzada y nerviosa.
-          Sinéad, te has enamorado, no puedes negarlo.
-          No quiero que vuelvas a decirlo y menos delante de todos ellos. Pueden oírte...
-          Pero si están hablando muy animados... Sinéad, espero que sepas que lo vuestro es completamente imposible. Él es un efímero y frágil humano que envejecerá rápidamente y tú, una poderosa vampiresa que vivirá eternamente, mucho más allá de la muerte de todas estas personas. Además, él ya tiene su vida forjada. Estrella es una de las humanas más buenas que nunca he conocido. No es justo que le destroces la vida de ese modo. Y tú tienes a Eros. ¿Qué más quieres? Te ama con locura y sería capaz de entregar toda su sangre por ti, Sinéad. Os casaréis dentro de poco. Yo te recomiendo que te marches de aquí cuando lo hagáis...
-          Basta, por favor —le pedí intentando que los ojos no se me llenasen de lágrimas. Las palabras de Scarlya se me habían clavado en el alma como si de infinitos puñales se tratase—. Soy plenamente consciente de todo lo que me has dicho.
-          ¡Hola, Sinéad! —exclamó una voz que no había oído en toda la noche.
Duclack se acercaba hacia nosotras con una amplia sonrisa esbozada en sus labios. Nos miraba intrigada y sorprendida. Tras saludarnos besándonos en las mejillas, le presenté a Scarlya. Duclack afirmó que Eros le había hablado alguna vez de ella y nos aseguró que estaba encantada de conocer a nuestros amigos.
-          La fiesta es preciosa, Sinéad —me dijo con entusiasmo—. Eros se encargará ahora de la música. Dice que la que suena es muy aburrida. Pondrá canciones que todos conozcamos para que podamos bailar.
-          Yo creo que no me quedaré —revelé de pronto, intimidada y levemente nerviosa. No había previsto mis palabras—. No me siento bien. Prefiero descansar.
-          ¿No te encuentras bien? —se interesó Duclack con preocupación.
-          No, no me encuentro bien. Llevo días... digo... noches sin dormir bien y...
-          ¿Has llorado? Me parece que tienes los ojos colorados —indicó ella con timidez.
-          No, no... Es que me pican un poco... Quiero irme. Decidle a Eros que lo espero...
-          ¿No te despedirás de él?
-          Precisamente ahora, no. Mirad. Lo ha enganchado la señora Hermenegilda —apunté con fastidio—. Esa no lo suelta en toda la noche. Despedíos de la música conocida.
-          Eros es muy inteligente. Sabrá hipnotizarla para que lo deje en paz —dijo Scarlya despreocupadamente. Sus palabras me estremecieron.
-          ¿Cómo? —se rió Duclack.
-          Se refiere a que es tan guapo y atractivo que sabrá convencerla de cualquier cosa —contesté atolondrada—. Scarlya, si quieres, puedes venirte conmigo y te quedas a dormir en mi casa.
-          Pero es que yo no quiero irme —protestó de forma infantil—. Estoy pasándomelo tan bien... Además... hay tantos humanos suculentos... —me susurró pícaramente.
-          Ni se te ocurra...
-          No, no —se rió—. Ve a dormir, lo necesitas.
Tras despedirme de todos y excusarme con pretextos que no sonaban muy convincentes (sobre todo para Scarlya), busqué a Wen y a Estrella entre la multitud. No deseaba irme sin decirle adiós. Me sentiría vacía durante todo el día si me marchaba sin hundirme una vez más en sus ojos.
Lo hallé solo ingiriendo una bebida cuyo nombre y sabor yo desconocía por completo. Cuando me tuvo enfrente, me miró desalentado y feliz a la vez. Su mirada me sobrecogió, pero al mismo tiempo me arropó, como si hasta entonces hubiese permanecido sola en el mundo.
-          Me voy ya —le dije intentando parecer serena—. Lo lamento, pero es que necesito descansar... y no me siento bien.
-          Yo tampoco me siento bien. Estrella está muy extraña. Me hace preguntas rarísimas que no sé responder. Temo que sospeche algo, Sinéad.
-          Ten cuidado, por favor.
-          Además, insiste en que estoy extraño...
-          Sí...
-          Quisiera huir de este lugar, de este momento, junto a ti... —me confesó con una voz trémula tras dejar en una mesa la copa que sostenía—. No quiero estar aquí ahora...
-          Yo tampoco. Me siento sola en medio de un montón de gente... pero debo irme... No puedo quedarme más tiempo aquí, de veras. Me conozco y sé que, cuando me encuentro así, lo mejor que puedo hacer es estar sola —le revelé intentando no llorar.
-          ¿Qué te sucede, Sinéad? Dime lo que piensas, por favor.
-          No, será mejor que no... —le negué apartándome levemente de él. Temía que él me tocase. Si lo hacía, entonces las lágrimas brotarían rápidamente de mis ojos.
-          Por favor, llévame a ese bosque que tanto adoras. No me importa que haga frío y que esté tan oscuro, pues sé que tú serás mi luz —me suplicó acercándose demasiado a mí—. Arráncame de aquí, Sinéad.
-          No puedo hacerlo, Wen —me quejé cerrando con fuerza los ojos.
-          Quiero que vueles conmigo entre tus brazos —me susurró mientras me abrazaba de pronto—; aunque sólo sea ahora, aquí... en este momento.
-          No, no... Wen, lo que sentimos está prohibido, es imposible... No podemos ser egoístas... Por favor, no lo hagamos más difícil...
-          Nada me importa ahora, Sinéad.
Entonces, inesperadamente, empezó a sonar una música demasiado conocida para mí; una canción que me ha arrancado demasiados suspiros, cuya letra parecía escrita para ese momento...
El principio de The Old Ways de Loreena mcKennitt, con aquel violín tan intenso, esos tambores tan potentes y aquella sutil guitarra mezclándose con la suave y melancólica voz de la gaita, empezó a repartirse por todo aquel salón, volviendo rojizas las luces que flotaban a nuestro alrededor...
-          Adoro esta canción —le confesé cerrando los ojos con fuerza de nuevo. Las lágrimas ya me los habían humedecido.
-          No la he escuchado nunca...
-          Es una de las canciones más hermosas de la Historia de la música, al menos para mí... y la letra... ahora tiene tanto sentido...
-          ¿Por qué?
Entonces esperé a que el estribillo de aquella mágica y melancólica trova llenase nuestro corazón, nuestra alma, nuestra vida...
-          «De repente supe que tú tenías que irte... Tu mundo no era mío, tus ojos pronto me lo dijeron...»
-          No, Sinéad —exclamó entornando los ojos—. Mi mundo ya no puede ser de nadie más... porque te has convertido en mi mundo...
-          No, no...
Mas la música seguía sonando, recordándonos que aquel instante estaba prohibido, que debíamos apartarnos de nuestros ojos antes de que el entorno desapareciese. Sin embargo, en su ausente y melancólica mirada me sentía tan acogida... A pesar de que aún tenía los ojos cerrados, notaba cómo los suyos me arropaban, percibía su respiración cerca de mi tembloroso aliento... y sabía qué ocurriría...
Por eso me retiré de él antes de que el aire que nos separaba se volviese fuego. Le presioné la mano antes de irme y después me volví para perderme en medio de aquella multitud que jamás podría conocer los potentes sentimientos que palpitaban por dentro de mí... Y mientras tanto... la canción seguía recordándome el verdadero sentido de mi vida...

«Tú eras como un pájaro en una jaula
Expandiendo sus alas para volar
“Los antiguos caminos se han perdido”, cantaste mientras volabas.
Y yo me pregunté por qué...»
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