viernes, 27 de marzo de 2015

ORÍGENES DE LLUVIA - 04. CUANDO EL PASADO SE VUELVE SÓLO TRISTEZA, TODO SE APAGA


ORÍGENES DE LLUVIA
04
CUANDO EL PASADO SE VUELVE SÓLO TRISTEZA, TODO SE APAGA
El poder de la nostalgia es mucho más impetuoso que la fuerza de la felicidad. Puede adueñarse de todos los rincones de la Tierra, puede apagar el brillo de la luna, puede cubrir el resplandor de las estrellas y puede convertir en tinieblas hasta el lugar más refulgente. Y así nos acaeció a nosotros. La melancolía más desgarradora y brumosa envolvió nuestro corazón y nos anegó toda el alma. Muirgéin dejó de ser esa isla llena de intimidad y magia para tornarse el hogar de la añoranza más gélida y lánguida.
Cuando Eros y yo regresamos a Muirgéin aquel triste amanecer en el que todo había empezado a perder sentido para mí, la lluvia inundaba todos los recovecos de aquella isla tan antigua. Llovía con tanta fuerza que hasta las olas del mar parecían inquietas. Se agitaban en la orilla, removiendo su cristalina y brillante espuma. La lluvia había cubierto la arena, había encharcado los rincones de la densa naturaleza que poblaba aquella isla de ensueño y había ahogado las tímidas flores que crecían junto a los árboles. Parecía como si en aquel lugar no pudiese alborear, pues el cielo estaba repleto de nubes oscurísimas que nos hacían creer que todas las estrellas del Universo se habían apagado.
Aquella lluvia tan intensa me oprimió el corazón, me arrancó la voz y me sobrecogió profundamente. Fui incapaz de decir nada durante unos largos y tensos minutos. Caminé junto a Eros hasta nuestro hogar intentando que la tristeza que llovía del firmamento no me hiciese llorar. Eros pareció captar mis sentimientos, pues me tomó con fuerza de la mano y aligeró su paso. Enseguida llegamos a la casita donde debíamos reencontrarnos con Arthur, pero él todavía no estaba allí. No me pregunté nada. Me sentía tan deshecha que ni siquiera me importaba si el mundo se destruía en esos momentos. A mí me parecía que aquella poderosa lluvia deseaba desvanecer todas las vidas existentes en la Historia y en la Tierra, y a mí no me importaba que todo se acabase en esos instantes.
Me preguntaba por qué me sentía tan y tan triste, por qué notaba una pena tan honda presionándome con fuerza el alma. Ni tan sólo me consolaba saber que Eros estaba a mi lado para entenderme en todos mis silencios y para apoyarme en todo lo que yo desease, pues incluso su presencia me llenaba el alma de culpabilidad.
Cuando nos acomodamos en aquel lecho donde ya habíamos dormido tantos días, me escondí bajo las mantas y, apoyándome en el pecho de Eros, permití que él me protegiese entre sus brazos. Al sentir de nuevo su cariño, me derrumbé inevitable e irreversiblemente.
Eros no me dijo nada. Sólo se limitó a acariciarme tibiamente, tratando de que aquellas ganas de llorar tan insoportables se desvaneciesen; pero su cariño me hundía más. Creía no merecérmelo. Estaba tan triste y tan asustada que no podía entender lo que me ocurría; pero una pequeña parte de mí me advertía de que estaba tan afligida porque me daba mucho miedo reconocer que Arthur nunca me había amado por lo que yo era, sino porque había creído ver en mí el amor que tuvo que abandonar en el olvido. Cada vez que aquella posibilidad se deslizaba por mi mente, todo mi cuerpo temblaba.
     Necesitas hablar con él —me comunicó Eros con una voz llena de amor—. Tienes que aclarar las cosas con Arthur. No puedes pensar de ese modo sin haber conversado con él sobre lo que él siente, Shiny. No hagas hipótesis erróneas antes de tiempo. Ve a buscarlo, cariño. Estoy seguro de que se encuentra en la cueva.
     Ahora... no quiero... hablar... con él —le contesté intentando que mi voz sonase clara, pero los sollozos la ahogaban.
     Está bien, pero tampoco puedes seguir llorando así, cariño. Cálmate. Mañana búscalo y habla con él.
     No... no quiero hablar nada —me negué estúpidamente. Estaba tan asustada que no podía pensar en nada.
     Shiny, serénate, cariño...
Sí, conseguí tranquilizarme, pero porque Eros permaneció acariciándome hasta que me sentí inmensamente protegida, hasta que sus caricias y sus tiernas palabras me hicieron creer que mi dolor no tenía motivos de ser. Sin darme cuenta de en qué momento aquello ocurrió, me dormí entre sus brazos. El sonido de la lluvia también fue una canción de cuna para mí. La lluvia golpeaba la piedra de nuestro hogar como si desease adentrarse allí para acurrucarse junto a nosotros. Aquella trova tan nostálgica me hacía creer que entre los brazos de Eros nunca me sucedería nada malo, nunca más sufriría.
Cuando el día empezó a convertirse en anochecer, abrí los ojos, sintiéndome de repente desorientada y extraña. Tenía mucha sed y sobre todo me atacaba la sensación de haberme dormido en un momento delirante. Notaba que tenía en el alma una profunda herida que todavía sangraba, pero no podía recordar por qué estaba tan triste y por qué experimentaba aquel hondísimo pinchazo que parecía querer rasgar todo mi interior.
Eros estaba a mi lado, aún dormido. Lo observé durante un tiempo incontable y por unos instantes su quieta imagen me hizo creer que en verdad el dolor era una ilusión. Eros estaba acurrucado entre mis brazos, tenía la cabeza apoyada en mi almohada y estaba tan... tan hermoso que no pude evitar emocionarme. Con mucha suavidad, deslicé los dedos por su mejilla y los escondí después entre sus nocturnos cabellos. Me hundí en sus ojos cerrados, tratando de imaginarme qué soñaría... y por unos largos momentos quise que únicamente existiese ese instante, ese instante que sólo podía pertenecernos a nosotros.
Antes de separarme de él, me incliné sobre su frente y le di un beso ligero y lleno de amor. Después, salí de nuestro lecho y corrí hacia el exterior de nuestro hogar. Todavía llovía con fuerza. La lluvia caía desesperadamente del cielo, como si las estrellas la amedrentasen. A lo lejos, el sonido del trueno hacía temblar las profundidades del mar y los relámpagos iluminaban un firmamento anegado en desolación y nostalgia. Me imaginé que estaría lloviendo durante toda la noche.
Necesitaba alimentarme, pero me sentía incapaz de volar bajo aquella lluvia tan potente. No me apetecía mojarme enteramente, así que opté por dar un sereno paseo por la naturaleza que creaba la isla de Muirgéin. Las grandes hojas de los árboles me protegían de aquella lluvia tan furiosa y desesperada.
Caminando entre aquellos poderosos árboles, sentí unos irrefrenables deseos de tañer mi amada arpa en aquella naturaleza tan anegada en nostalgia y magia. Aunque no brillase ni una sola luz allí, yo notaba que aquel bosque resplandecía con una fuerza inquebrantable. Aquella calma tan inmensa se adentró en mi corazón y me acarició el alma hasta retirar de mí toda esa tristeza que aún palpitaba en mi interior. El olor y el sonido de la lluvia y los nítidos matices de los árboles y de las flores que intentaban vivir entre los charcos de agua me ayudaron a aceptar todo lo que estaba ocurriendo y todo lo que acontecería a partir de entonces. Me hicieron comprender que no merecía la pena desfigurar el recuerdo de todo lo que había vivido con Arthur por el hecho de que él nos hubiese revelado que desde siempre amó a otra mujer... Yo también lo amaba a él y a Eros al mismo tiempo, y Arthur había aceptado aquella realidad. Además, yo no tenía ningún motivo para desconfiar de sus sentimientos. Debía hablar con él antes de que aquellas hipótesis tan dolorosas que mi mente había creado siguiesen haciéndonos tanto daño.
Sonreí al darme cuenta de que, una vez más, la naturaleza me había ayudado a serenarme. Una vez más, su magia y su poderosa presencia habían sido mucho más fuertes que mi alma y mis sentimientos. La naturaleza siempre me ha calmado, siempre, siempre ha extraído de mí todas esas emociones punzantes que pueden oscurecer la luz de la vida. Siempre me ha ayudado a entender mejor la realidad que mi destino desea hacerme vivir y siempre ha sido mi templo; el templo donde he podido reencontrarme con la parte más ancestral de mi ser, esa parte que yace en todos nosotros, esa parte que nació del espíritu de los bosques, del mar, de los ríos, de las montañas... En nosotros hay un gran pedacito de ese espíritu creador y expansivo que mora en los bosques, que canta en el viento y que llora en la lluvia.
Sintiéndome mucho más animada, corrí hacia la cueva donde sabía que podía encontrar a Arthur. Ni siquiera la naturaleza podía revelarme con su silencio todo lo que ocurriría a partir de entonces. La vida estaba cambiando vertiginosamente para todos justo en esos instantes en los que yo me dirigía hacia aquel rincón tan mágico y antiguo. Corría entre los árboles, sintiendo el poder de la tierra, aspirando el aroma de la lluvia y oyendo la voz de la noche sin saber que, corriendo de ese modo, estaba dejando atrás el presente que tanto nos había costado vivir a la vez que me acercaba a un futuro lleno de hechos inexplicables y absolutamente mágicos.
Había conocido la magia de Lainaya, había presenciado con mis propios ojos hechos indescriptiblemente maravillosos; pero nunca pude figurarme que en una vida tan terrenal pudiesen caber tantos matices celestiales. Nunca pude figurarme que la vida fuese tan y tan mágica.
Antes de llegar al declive que conducía a aquella silenciosa y misteriosa cueva, noté que los matices del bosque se volvían levemente más refulgentes. Me detuve de pronto cuando percibí que me rodeaba una luz verdosa que parecía provenir del tronco de los árboles. Miré a mi alrededor, intentando adivinar de dónde emanaba aquel fulgor tan cálido, pero no vi nada que me resultase alarmante ni revelador. El bosque seguía sumergido en ese silencio que la lluvia exige. Las lágrimas que el cielo lloraba se chocaban con fuerza contra la tierra y se posaban tímidamente en las hojas de los árboles.
No obstante, yo sentía que no estaba sola, que alguien me observaba desde el aire, posiblemente desde la parte intangible de la naturaleza. Aquella sensación me empequeñeció inmensamente. No pude evitar empezar a tener miedo. Mi temor se acreció cuando de repente noté que aquel fulgor que me rodeaba se volvía mucho más intenso. La oscuridad de aquella tormentosa noche devino en un rayo intensísimo de luz que se deslizó por entre los árboles, posándose en sus raíces, envolviendo sus gruesos troncos y perdiéndose entre las azuladas y espesas nubes que cubrían el cielo. Me quedé deslumbrada, incapaz de entender lo  que estaba sucediendo.
     ¡Arthur!
Lo llamé sin poder evitarlo. Mi voz emanó de mis labios sin que yo pudiese detenerla. Lo llamé con un susurro anegado en extrañeza, miedo e inseguridad. En cuanto lo apelé de ese modo tan desesperado, el rayo de luz que había iluminado todo el bosque se tornó una neblina destellante que lo inundó todo. El fulgor que me rodeaba se desvaneció y en su lugar quedó  un intensísimo olor a flores y a humedad. De nuevo, miré desorientada a mi alrededor, y entonces... entonces... entonces descubrí, entre los troncos de los árboles, escondido entre las plantas, a un ser de apariencia indescriptible que me observaba con los ojos llenos de temor.
Mi reacción fue huir. No sé por qué me escapé de esa visión. No era la primera vez que veía a un ser mágico... pero sentí que aquella presencia era mucho más poderosa que cualquiera con la que me hubiese encontrado antes. No pude evitar descender rápidamente la cuesta que me conducía a la cueva donde podía hallar a Arthur. Corrí notando que mi respiración se agitaba imparablemente y que unos temblores gélidos se adueñaban de todo mi cuerpo.
No podía dejar de recordar la impresionante apariencia de aquel ser que se había materializado ante mí, que me había observado con temor desde la intimidad del bosque. Tenía la piel brillante como la faz de la luna, los ojos grandes y nocturnos, los cabellos relucientes, largos y negros... Su rostro era bellísimo, quizá un rostro inverosímilmente hermoso. Apenas pude observar el aspecto de su cuerpo porque el miedo me había apartado inevitablemente de su lado... Entonces, antes de adentrarme en la cueva donde la magia resplandecía en unas piedras ancestrales, la curiosidad convirtió mi temor en intriga. Deseé regresar a aquel lugar donde aquella mágica presencia había aparecido, pero no me atrevía a hacerlo, pues me asustaba la posibilidad de no volver a hallarla, de que solamente hubiese sido una ilusión.
     ¿Sinéad?
La voz de Arthur me extrajo repentinamente de mis pensamientos. Me sobrecogí cuando lo descubrí ante mí, mirándome con culpabilidad y desorientación. Le sonreí sin pensar en nada, sin recordar lo que había acaecido entre nosotros la noche anterior. La misteriosa aparición de ese ser tan mágico me había robado la razón y la memoria.
     ¿Qué haces ahí, Sinéad? ¿Quieres entrar? —me preguntó con respeto y delicadeza. El tono de su voz me hizo recordar súbitamente todo lo que había sucedido entre nosotros—. Necesito hablar contigo, Sinéad.
Al acordarme de todo lo que había ocurrido la noche anterior, la pena que tan desesperadamente me había oprimido el pecho volvió a presionarme el alma. Sentí de nuevo la hondísima lástima nacida de plantearme la posibilidad de que Arthur nunca me hubiese amado plenamente por lo que yo era... de que nuestro amor hubiese sido la continuación de aquél que se había quedado pendiendo del olvido...
     Yo también necesito hablar contigo —le contesté tímidamente.
     Entonces, pasa. Estás empapada y, si sigues ahí, te mojarás enteramente.
Cuando ya nos hallamos sentados entre aquellas ancestrales piedras, frente a aquel refulgente lago de aguas nítidas y azuladas, Arthur me miró  hondamente a los ojos. No soporté la fuerza de su mirada, por eso agaché la cabeza, notando de nuevo cómo esa tristeza tan asfixiante se apoderaba de mis sentidos y de mis sentimientos.
     No sé lo que pensarás de mí, pero quiero avisarte de que nada de lo que crees es cierto.
     No es necesario que me mientas por pena, Arthur —le dije intentando que mi voz sonase clara. Todavía no era capaz de mirarlo a los ojos.
     No sé lo que piensas, Sinéad; pero...
     Arthur, no es necesario que te disculpes, ni que te justifiques ante mí ni nada de eso. Yo no voy a juzgarte ni tampoco a acusarte de nada.
     Sinéad, dime lo que crees, por favor. Esta situación está haciéndome mucho daño. Ayer tuve la impresión de que de pronto desconfiabas de mi amor, del amor que te he profesado siempre.
     No desconfío de tu amor, Arthur. Simplemente ahora lo veo desde otro punto de vista. Ahora entiendo que nunca me amaste a mí realmente, sino a lo que podías encontrar de ella en mí —titubeé sin saber muy bien cómo expresar lo que pensaba—. Posiblemente, si no te hubieses enamorado de Morgaine, nunca te habrías fijado en mí.
     Pero ¿qué dices, Sinéad? ¿Cómo puedes pensar eso? Después de todo lo que hemos vivido, ¿cómo es posible que dudes de mí, de todo lo que te amé y te amo? —me preguntó exaltado, herido y con una voz anegada en decepción.
     Ya te he dicho que no dudo de tu amor, Arthur —le reiteré con ganas de llorar. Me pregunté por cuánto tiempo sería capaz de reprimírmelas—. Arthur, sé que me amaste realmente, pero... pero nada de eso habría sido posible si...
     ¡No, Sinéad, no! ¡Yo me enamoré de ti por lo que siempre fuiste, independientemente de lo que sentía por ella! No es justo que me digas todo eso.
     Arthur, no lo hiciste de forma consciente —le advertí con una voz trémula. Su dolor intensificaba el mío—. Nunca fuiste consciente de ello... Ya sabes que el amor es indomable...
     No, pero es que estás creyendo algo muy injusto, Sinéad; algo que destroza la belleza de nuestra historia de amor. Por favor, Sinéad, no vuelvas a pensar nada de eso —me suplicó tomándome con fuerza de las manos—. Me duele muchísimo, amor mío, muchísimo. Yo te amo por lo que eres, por lo que fuiste siempre, porque eres maravillosa, vida mía, no porque una parte de ti se parezca a Morgaine...
     Arthur, si en algo no he errado nunca, es en interpretar el significado de tus miradas...
     Pero es que estás equivocada, Sinéad, estás totalmente equivocada, cariño —me insistió con impotencia.
     Arthur, no creo que todo pueda seguir igual a partir de ahora. Algo se ha quebrado por dentro de mí. Ya no puedo mirarte a los ojos sintiéndome segura de nada...
     Pero ¿por qué, Sinéad? Morgaine ha quedado en el pasado. Tú eres la que me importó siempre desde que te conocí.
     No es verdad, Arthur, lo sabes. Sabes perfectamente que Morgaine no quedó en el pasado...
     Pero ella nunca más volverá, Sinéad...
     Sí, sí volverá —lo contradije recordando turbada lo que había ocurrido en el bosque.
     ¿Por qué estás tan segura, Sinéad?
     Arthur... creo que no será conveniente para ninguno de los dos que sigamos hablando de esto. Lo siento... Lamento que todo haya acabado así.
     Pero ¿por qué quieres terminar conmigo, Sinéad? ¿Por qué no me crees, maldita sea? —preguntó con la voz quebrada, con tanta frustración que noté que el alma se me partía en mil pedazos—. ¡Me hiere hondamente que no me creas, Sinéad!
     Lo siento, Arthur; pero ya nada es igual... Ya no puedo pensar en nuestro amor sin creer que existió porque existió el de Morgaine.
     Pero ¿eso que más da, Sinéad? ¡Yo te amo! ¡Créeme, por favor!
     Creo que lo mejor será que acabemos con esta situación.
     No, no, no, por favor, no. ¡No me dejes, Sinéad!
     Ya no tiene sentido que estemos juntos, Arthur. Lamento mucho que hayamos terminado así.
     Pero ¿por qué quieres hacernos tanto daño? ¿Por qué?
     No quiero hacernos daño, ni a ti, ni a mí ni a...
     ¿A quién, Sinéad? —me interrogó nervioso.
     Arthur, nuestro amor ha perdido sentido, no lo niegues. No quisiste revelarme la verdad cuando me explicaste tu pasado hace casi un siglo porque no querías que la magia de nuestra vida se desvaneciese. Ahora entiendo por qué no me contaste toda la verdad...
     ¡La que está destruyendo la magia de nuestra vida eres tú, Sinéad!
     ¿Cómo te atreves a acusarme de eso? No es cierto, no quiero destruir la magia de nada, Arthur. Simplemente, soy realista. ¡Y la realidad es que tú nunca me amaste con plena sinceridad! ¡Nunca me amaste a mí, sino a lo que de ella podías encontrar en mí! —le revelé impotente soltando sus manos—. ¡Yo siempre fui la sombra del amor que sentías por ella!
     ¡Eso no es cierto! ¡Yo nunca he amado a nadie más desde que te conocí, Sinéad! ¡En cambio tú... tú sí!
     ¿Cómo? ¡Yo estuve a punto de perderme para siempre por culpa de lo que sentía por ti! ¡La locura estuvo a punto de destruirme! ¡Y cuando te perdí la noche de nuestra boda...! ¡Eso fue lo más doloroso que he vivido nunca! ¡No te imaginas lo que sufrí por ti, Arthur! ¡Nunca podrás imaginarte el infierno que viví durante todos esos años! —le declaré con una impotencia desgarradora—. ¡Comprende, al menos, que sea doloroso para mí descubrir que amaste a otra mujer tanto como a mí y que, para colmo, la veías en mí! ¿Qué soy yo ante esa certeza, Arthur? ¡Dime! ¿Qué queda de mí ante una realidad tan poderosa? ¡No soy nada, sólo una mujer estúpida que amó hasta la locura y que estuvo a punto de morir en miles de ocasiones por no soportar la vida sin su amor, el amor de un hombre que no la amaba de verdad! ¡Toda mi vida ha perdido sentido, Arthur!
     ¡No es necesario que seas tan extremista, Sinéad! ¿Acaso no recuerdas que yo lo pasé horriblemente mal por ti cuando la locura te destruyó? ¡No me hagas hablar, Sinéad! ¡No es justo que pienses todo eso! ¡Yo morí en nuestra noche de bodas porque te salvé la vida a ti! ¿Acaso no recuerdas que esa bomba iba a matarnos a los dos? ¡Si yo no te hubiese arrancado de mi lado, no estarías aquí! ¡Habrías muerto, Sinéad, si yo no te hubiese lanzado a la tierra! ¡Yo no daría la vida por una mujer idealizada! ¡Yo la di por ti porque te amaba como jamás había amado, no porque quisiese seguir amando al recuerdo de mi hermana! ¡Dios mío! ¿Cómo es posible que seas así, tan injusta? —me chilló llorando desesperadamente—. Está bien, si no crees en mí, si no crees en mi amor, ¡vete de aquí!
     Arthur... créeme, tengo demasiados motivos para que acabemos con esto... —intenté decirle serenamente, pero las ganas de llorar que sentía se habían adueñado de todo mi ser.
     ¡Todo lo que me has dicho me ha destrozado el alma, Sinéad! ¡No creo que exista ninguna razón que justifique tu comportamiento!
     ¡Lo único que yo quiero es que seas feliz con ella! No quiero ser ningún obstáculo entre vosotros. Ya está bien de sufrir, Arthur. No podemos seguir así.
     ¿Qué estás diciendo? ¡Morgaine no volverá nunca, Sinéad!
     Eso no es cierto, Arthur.
     Sinéad, vete de aquí, vete con Eros a donde sea. No quiero volver a verte nunca más —me suplicó con rabia e impotencia—. Nunca creí que pudieses hacerme tanto daño.
     ¿Yo? ¡A mí también me duele esto, Arthur! No me acuses de haberte herido porque lo que está ocurriendo no es culpa de ninguno de los dos.
     ¡No tendría que haberte contado nada!
     Ahora ya es demasiado tarde para lamentarnos... Ven conmigo, Arthur... Tienes que ver algo. Por favor, créeme.
     Sinéad, no... No me engañes más. Déjame en paz.
     Arthur, no seas testarudo. Esto ya está siendo demasiado difícil...
     ¿Cómo es posible que te hayas creído con el derecho de despreciar mi amor y de decirme que tú me amaste de verdad y que yo a ti no? ¿Cómo es posible que hayas olvidado todo lo que sufrimos uno por el otro? No tiene sentido que me hayas dicho todo eso porque quieras apartarte de mí. No te creo, ya no creo nada de lo que puedas decirme. Lo único que deseas es deshacerte de mí para estar con Eros como lo estabais antes de que yo llegase. ¡Nunca tuve que regresar de la muerte, nunca!
     No digas eso, ya no por mí, sino por ella.
     ¿Qué dices?
     Arthur, creo que... creo que he visto a Morgaine.
     ¡No juegues con eso, Sinéad!
     No estoy jugando, Arthur. La he visto.
     ¡Eso es imposible!
     Dime, ¿sabes si murió de verdad?
     Ya te dije que no supe nada más de ella desde que Maurdred me traicionó.
     Maurdred mentía. Seguro que se aprovechó de vuestro amor para hundirte.
     Si así era, seguro que estará pagándolo en el infierno.
     ¿Cómo?
     Maurdred me hirió a la vez que yo lo mataba.
     ¿Lo mataste? —le pregunté estremecida.
     Sí... Excalibur se hundió manchada de su sangre en las aguas de aquel lago. Nunca he soportado la traición, Sinéad. La traición es mucho más horrible que la mentira, que cualquier otra cosa.
     Se lo merecía.
     Sinéad...
     Pero te aseguro que ella... ella está aquí, Arthur. La he visto.
     Eso es imposible, Sinéad, y lo sabes.
     Si estoy diciendo la verdad, entonces me iré de Muirgéin para que podáis ser felices eternamente. Si solamente ha sido una ilusión, entonces me quedaré aquí contigo, aunque no creo que todo vuelva a ser como antes.
     ¿Dónde la has visto? Y, si es cierto que está aquí, ¿qué tipo de ser es? —me preguntó asustado.
     Dime, ¿tú nunca percibiste nada cuando vivías aquí?
     Ya os dije que a veces me parecía escuchar sonidos que no procedían de la naturaleza, que no podían asemejarse a la voz del viento ni de ningún animal. Además, justo al anochecer, siempre me parecía ver una luz verdosa perdiéndose por el bosque, hundiéndose en los árboles.
     Esa luz verdosa me ha rodeado a mí esta noche, justo antes de entrar en esta cueva. Y esa luz verdosa ha devenido en un rayo dorado que ha cruzado el bosque y ha envuelto los troncos de los árboles. Ese rayo dorado, de repente, se ha apagado para convertirse instantáneamente en una imagen preciosa cuyo aspecto no puedo describir con palabras —le confesé nerviosa.
     Sinéad, no puede ser.
     Posiblemente ella haya vivido siempre aquí, escondida en la naturaleza, y al contar tu pasado la hayas revivido...
     No quiero saber si es cierto. No puedo, no puedo soportar la certeza de que ella esté viva.
     Arthur, por favor, créeme. Vayamos afuera.
     Tengo miedo, Sinéad. Y no me siento bien. Todo lo que nos hemos dicho...
     Perdóname, Arthur. Tal vez no tendría que haber sido tan sincera contigo; pero el dolor me ha dominado y no he podido controlar lo que pensaba... —me disculpé con vergüenza, aún sintiendo ganas de llorar.
     No te disculpes. Yo también te he dicho cosas muy duras.
     Olvidemos esto ahora. Centrémonos en buscarla...
     No puedo creer que esté viva... No puedo imaginármela...
     Posiblemente no sea ella, pero debemos intentar encontrar a ese ser que he visto. Me miraba con temor, Arthur.
Arthur no me dijo nada. Me sonrió con mucha timidez y permitió que lo tomase de la mano para conducirlo hacia el exterior. Ya no llovía, lo cual agradecí profundamente, pues buscar a un ser mágico soportando la fuerza de la lluvia es algo imposible. La lluvia vuelve borrosos todos los matices y oculta los rincones más sutiles.
El olor de la lluvia era tan intenso que creí que podía tañerlo con las manos. El bosque estaba impregnado de un aroma a humedad tan fresco y exquisito que no pude evitar respirar hondamente para que toda la magia de aquella noche se adentrase en mi cuerpo y desvaneciese los rescoldos de esos sentimientos punzantes que me habían rasgado el alma. Le rogué al cielo que nos permitiese encontrar a aquel ser tan misterioso que se había presentado efímeramente ante mis ojos... De hallarlo o no dependía la belleza de nuestro futuro.
 

lunes, 23 de marzo de 2015

ORÍGENES DE LLUVIA – 03. UNA LEYENDA EN EL OLVIDO


ORÍGENES DE LLUVIA
03
UNA LEYENDA EN EL OLVIDO
Aquella noche, Muirgéin estaba llena de silencio, como si la naturaleza también desease escuchar todas las palabras que desvelarían el verdadero pasado de Arthur. Eros y yo permanecíamos sentados junto a él, entre aquellos árboles milenarios. Las grandes hojas que pendían de las ramas construían para nosotros un techo natural donde nos sentíamos inmensamente protegidos.
El silencio se había acurrucado entre nosotros, haciéndose un huequito entre los tres, para amparar todas las palabras que Arthur pudiese dedicarnos. Arthur apenas se atrevía a mirarnos. Estaba nervioso. Le temblaban levemente las manos y restaba con los ojos entornados.
     Me gustaría que prendiésemos una pequeña hoguera —nos comunicó de pronto alzando la mirada.
     ¿No será peligroso? —le pregunté inquieta, recordando de repente la terrible pesadilla que había tenido aquel día.
     No. Ya lo he hecho varias veces —me aseguró alzándose del suelo.
La pequeña lumbre que Arthur prendió entre grandes piedras iluminaba tiernamente todos los rincones de aquel mágico bosque. Sus temblorosas y juguetonas llamas se alzaban tímidamente hacia el cielo como si quisiesen alimentar a las estrellas con su luz. El calor que se desprendía de aquella dulce hoguera pareció tranquilizarnos a todos. Arthur sonrió tibiamente cuando se apercibió de que aquel inocente fuego no había templado solamente los recovecos más fríos de aquella naturaleza tan mágica, sino sobre todo nuestro corazón.
     Mi vida es muy confusa. Cuando te la expliqué hace casi un siglo, Sinéad, te omití la mayoría de sus detalles porque en verdad no me apetecía desvelar todo mi pasado —comenzó a decirnos con nerviosismo—; pero creo que no es justo que siga ocultándoosla. Es justo que me conozcáis plenamente, tanto en mi presente como en mi pasado. Veréis, es cierto que... que en torno a mi vida se ha creado una misteriosa leyenda cuya verdad nadie conoce realmente... pero la mayor parte de esa leyenda no es cierta y, por el contrario, hay muchos detalles que jamás se conocieron...
     Lo que nos interesa realmente es tu vida, no la que hayan podido contarnos los humanos en todas esas obras que se escribieron sobre ti —intervino Eros con cariño, intentando tranquilizar a Arthur.
     Gracias, Eros. El problema es que no sé cómo empezar —se rió incómodo.
     Por el principio, por tu nacimiento, supongo —me reí también.
     Está bien —se rió incómodo agachando la mirada—. Sinéad, olvida todo lo que te expliqué. La mayoría de hechos que te relaté no son ciertos.
     ¿Me mentiste? —le pregunté extrañada.
     Sí, te mentí, Sinéad... y te oculté muchísima información. Tergiversé todo lo referente a mi infancia... No te dije la verdad prácticamente en nada —me confesó con mucha vergüenza—. Ni siquiera te revelé la verdadera fecha de mi nacimiento. No quería que relacionases mi vida con ningún acontecimiento histórico que pueda ser demostrado. No quería que te asegurases de que en realidad era...
     No importa, Arthur. Supongo que tenías demasiados motivos para mentirme —le contesté intentando serenarme. No estaba enfadada ni decepcionada con él. Simplemente me sentía demasiado aturdida.
     Olvidad también todo lo que conocéis sobre...
     Sobre el rey Arturo —se rió Eros con travesura. Arthur se sonrojó al oír aquellas palabras.
     Exactamente...
     No estés nervioso, Arthur. Solamente nos interesa lo que tú puedas contarnos. Y no nos mientas, por favor —le pedí tomándolo dulcemente de las manos.
     Está bien... Nací en el norte de Gales a mediados del siglo Vi, hacia el año 540 aproximadamente. Desde que nací, mi vida fue extraña... Mi padre era rey de Britania  cuando yo llegué al mundo. Mi madre era una mujer muy despistada que apenas me prestaba atención. Siempre estaba más pendiente de mi padre, lo cual era comprensible, pues era la reina... Crecí en un ambiente opresivo, triste, lluvioso. Vivíamos en un castillo antiquísimo cuyo origen nadie conocía. Se contaban muchas leyendas acerca de su construcción. Algunos decían que había emergido directamente de la tierra; otros, que habían sido unos gigantes ancestrales quienes habían colocado las piedras y lo habían erigido... Sea como fuere, lo cierto es que era un castillo precioso con muchísimos recovecos misteriosos. Yo nunca pude conocerlo plenamente —se rió incómodo—; pero también fue el escenario de mis más terribles pesadillas. Viví en ese castillo hasta los cuatro años. Apenas recuerdo el tiempo que viví allí, no guardo casi recuerdos de los años que pasé allí. Lo único que recuerdo es mucha oscuridad y el sonido de la lluvia. La lluvia golpeaba continuamente los muros del castillo y lo llenaba todo de barro. Más allá de los patios de mi hogar, había bosques frondosísimos donde nunca me adentré. Apenas salía del castillo... También guardo recuerdos de una niña muy buena que siempre me cuidó mucho mejor que mi madre. Era mi hermana... —Entonces Arthur se detuvo. La voz le temblaba suavemente y los ojos se le habían llenado de tanta nostalgia que por un momento creí que Muirgéin se había estremecido profundamente—. Mi hermana fue la única persona que me quiso realmente a lo largo de toda mi vida humana. Casi no la recuerdo cuando era niña... Solamente me acuerdo de que su carita era redonda y que tenía los ojos muy oscuros. Creo recordar que, cuando me abrazaba y me sentaba en su regazo, yo tocaba sus largas trenzas negras... Lo que más recuerdo era que me decía: «mamá no está, cariño; pero yo te cuidaré, hermanito». Tenía una voz muy bonita... Esa niña siempre apareció en mis sueños más hermosos... Me separaron de ella cuando cumplí cuatro años. Me llevaron a la casa de un hombre muy rudo que me educó para que fuese caballero. Era el único futuro que podía tener... Podía ser bardo, pero mi padre no quiso que desperdiciase mi vida de esa forma. Así pues...
     Arthur —lo interrumpí con temor.
     ¿Sí?
     ¿Cómo se llamaba tu hermana?
     Me gustaría revelároslo más adelante.
     De acuerdo... —accedí tímidamente.
     Me dolió mucho más que me separasen de mi hermanita que perder a mi madre. De mi padre casi no me acuerdo. Solamente recuerdo a un hombre muy alto, rubio y de facciones fuertes, que una vez me tomó en brazos un instante y luego me dejó en el suelo para intentar que yo caminase solo... No sé si ese recuerdo es real o forma parte de un sueño...
     Debe de ser duro no tener casi recuerdos de tus padres —aportó Eros con respeto.
     En realidad... Antor y Fabia fueron mis verdaderos padres, fueron quienes me educaron y me criaron. No obstante, ambos eran bastante rígidos y fríos. Eran... romanos... y quisieron educarme a la manera romana... Cuando cumplí quince años, de repente me llevaron a la corte de mi padre. Mi padre estaba muy enfermo. Había sido atacado en una batalla y estaba a punto de fallecer por una infección. Mi madre y él no tuvieron más hijos, por lo que yo era el único heredero de la corona; pero mi nacimiento era algo... oscuro para la gente. Me engendraron cuando mi madre todavía estaba casada con el duque de nuestras tierras, por lo que era un hijo bastardo, engendrado en adulterio. Por eso me apartaron de la vera de mis padres, porque mi padre no quería que relacionasen mi presencia con... lo que ocurrió aquella lluviosa noche...
     ¿Qué sucedió? —le pregunté intrigada.
     Realmente, nunca me contaron detalladamente esa historia. Lo único que sé es que mi padre se introdujo en el castillo donde vivía mi madre una fría y lluviosa noche de invierno. Su marido estaba peleando en una guerra contra los sajones. Llevaba meses fuera de casa y aquella noche llegó una comitiva que anunciaba que traían al duque muerto. No, no era el duque quien viajaba en aquella litera, sino mi padre... Esa historia tiene detalles escabrosos y misteriosos que yo nunca conocí. Sólo sé que a partir de aquel momento se corrió la voz de que Gorlius, el marido de mi madre, había muerto y mi padre, Uther, fue escogido como rey de Britania  al morir su tío Aurelius.
     ¿Entonces tu padre también era romano? —quiso saber Eros.
     Algo así —se rió incómodo—. Aurelius fue un rey justo que respetó a todos los pueblos de Britania, tanto a los antiguos como a los que estaban llegando de otras tierras. Respetó todas las creencias esparcidas por nuestros territorios; pero Uther, mi padre, quiso instaurar un injusto régimen que prohibía cualquier creencia que no fuese la cristiana, la que imponían los romanos. Britania  deseaba tener un rey que volviese a respetar a todos sus habitantes, cualesquiera que fuesen sus creencias y sus religiones... Estaba escrito en el destino de nuestras tierras que tenía que llegar un rey que restaurase la paz que había existido con Aurelius.
     Y ese rey eras tú —le sonreí admirada.
     Nadie lo sabía... Cuando tenía quince años, me llevaron a Camelein, la corte de mi padre.
     ¿No volviste al castillo donde habías nacido? —le cuestioné desorientada.
     No, nunca más volví a Gales...
     Vaya...
     En la corte de mi padre se cantaban lais referidos al próximo rey de Britania. Se cantaba que tenía que ser un rey justo que pudiese restaurar una paz inquebrantable y que, para que pudiese ser rey, debía superar unas cuantas pruebas... Sería muy entretenido contaros todas esas pruebas... Sólo os diré que yo las superé todas. Había recibido una educación inmejorable para ser un buen caballero y en aquellas pruebas pude poner en práctica todo lo que había aprendido. Gané en muchas justas... Alguna noche os explicaré todas las aventuras que viví en esos meses... Cuando al fin el pueblo de Britania  me eligió como su rey... se celebraron unas fiestas que duraron incluso semanas... En realidad yo no tenía ni idea de lo que iba a pasar a partir de entonces. Me sentía pequeño, desorientado y asustado; pero no podía desvelarle mis sentimientos a nadie.
     Es totalmente comprensible... —le aseguré.
     Una de las noches en las que se celebraba mi coronación, sentí que el mundo se caía sobre mí. Tuve que conocer a todos los reyes, condes y duques de toda Britania, tuvieron que jurarme fidelidad muchos caballeros, tuve que escoger a las mesnadas que formarían mi ejército... No soportaba más la música y los juegos que se hacían en mi honor. Quería que todo se terminase... pero no podía huir de mi destino. Mi padre había muerto hacía semanas, justo cuando yo estaba cumpliendo las misiones que se me encomendaron, y precisamente esa noche deseé con todas mis fuerzas poder hablar con él para preguntarle qué debía hacer. Entonces fue cuando me escapé de la corte. Sí, me escapé —nos reiteró  al ver nuestra sorprendida mirada—. Huí hacia un bosque que quedaba cerca del castillo donde debía vivir y me senté entre dos árboles, intentando calmarme. Era una noche primaveral preciosa. La luna brillaba con fuerza e iluminaba todos los rincones del bosque. Al oír la voz de la noche, me calmé al instante. Había tanto silencio que el recuerdo de la música que llevaba sonando desde hacía días me parecía un sueño...
     Eras casi un niño. Es comprensible que te sintieses así —expresé con culpabilidad.
     Ya no era tan niño, Sinéad —me contradijo con cariño.
     Vaya —me reí con él.
     Ya no era tan niño porque durante todos esos días había estado fijándome en una mujer muy hermosa que apenas se atrevía a mirarme —nos confesó con vergüenza—. Se escondía entre otras mujeres, era escurridiza como el agua... pero yo siempre la buscaba entre la multitud. Cuando me encontraba con sus nocturnos ojos, me parecía que nada era tan grave ni tan difícil. Me sentía fuerte cuando la miraba. Aquella noche, en la que me escapé unas horas de todo aquel ajetreo, decidí que debía hablar con ella. Mi corazón latía por ella. Era la primera vez que me enamoraba realmente. Fue pensando en ella como me animé. Huí de aquel bosque y regresé a la corte. Casi ya no había nadie bailando ni comiendo. Solamente sonaban un arpa y una flauta tímidas...
     Qué bonito —me reí sin poder evitarlo.
     Sí, a ti te habría gustado mucho... Me sorprendió encontrarme los patios del castillo tan desiertos. No había casi nadie y las pocas personas que quedaban estaban ebrias. Mi enamorada no estaba por ninguna parte, pero yo no me rendiría. Al día siguiente hablaría con ella...
Me sobrecogía saber que Arthur había amado antes. Me preguntaba qué sentiría todavía por aquella mujer. Cuando hablaba de ella, los ojos le brillaban con mucha ternura y sonreía tímidamente, como si temiese que nosotros pudiésemos adivinar todos sus sentimientos. No obstante, conocer aquella parte de su historia también me reconfortaba. Ansiaba saber todo lo que había acaecido entre ellos dos.
     Aquella noche no pude dormir. Sabía que era importante que yo escogiese a una mujer para que fuese reina, para que fuese no sólo mi consorte, sino también quien me ayudaría a reinar, mi confidente más fiel, y ya me imaginaba reinando junto a aquella mujer tan hermosa y dulce... Era dulce, lo sabía. Sus ojos me lo confesaban. Aquella noche ni siquiera podía imaginarme que el destino es el ser más cruel que existe sobre la faz de la Tierra y en todo el Universo... Al día siguiente, al despuntar el alba, salí de mi alcoba e intenté encontrarla cuando todos nos reunimos para desayunar. La fiesta de mi coronación todavía no se había terminado, pero a mí ya no me importaba. Pensaba: «que beban, coman y bailen ellos». A mí lo único que me importaba era encontrarla...
     ¿Pudiste encontrarla entonces? —le preguntó Eros. Yo era incapaz de decir nada. La mirada de Arthur se había vuelto sombría y excesivamente nostálgica y las palabras que nos había dedicado acerca del destino me habían sobrecogido profundamente.
     Sí, por supuesto que pude encontrarla. Estaba cerca del bosque al que había huido yo la noche anterior. Estaba recogiendo flores para hacer una guirnalda. Cuando la vi, me... me empequeñecí tanto que me creía incapaz de hablar con ella; pero entonces se volteó y me miró hondamente a los ojos. Jamás nadie me había mirado de ese modo. No pude evitar sonreírle con todo mi amor. Me acerqué a ella y la tomé de la mano mientras le balbuceaba algún saludo lleno de cortesía y amabilidad, pero mi voz y mi mirada me traicionaron... Nunca olvidaré lo hermosa que estaba. Había amanecido un día gris y lluvioso y la tenue luz del cielo caía sobre ella, iluminando su rosada piel y haciendo resplandecer sus nocturnos ojos. Tenía los cabellos sueltos... y había algo en su rostro que... que me resultaba demasiado familiar... Sentía que ya nos habíamos mirado en otro tiempo, pero no podía evocar ningún recuerdo concreto. Ella también parecía sentir lo mismo que yo, pues apenas se atrevía a hablar. Solamente podíamos mirarnos a los ojos... y así estuvimos durante largos minutos... Al fin, ella, agachando la mirada, me llamó con tanta ternura que no pude evitar estremecerme. Esa voz... yo sentía que esa voz ya me había dedicado un sinfín de palabras... Entonces le pregunté quién era y ella, con nervios y timidez, me reveló su nombre: «soy Morgaine, Arthur. Soy tu hermana Morgaine». Nunca unas palabras me hicieron tanto daño, jamás —nos confesó con una voz trémula—. Todo perdió sentido a partir de entonces.
     Dios mío —susurró Eros totalmente sobrecogido.
     Pero lo más grave es que no me importó que fuese mi hermana. Me había enamorado plenamente de ella... No podía ignorar lo que sentía... Y yo sabía que ella... que ella también se había enamorado de mí. Me lo decían sus ojos; pero a partir de ese momento algo se apoderó de nuestro corazón; una infinita e indomable tristeza que ensombreció nuestras vidas. Morgaine se alejó de mí tras revelarme quién era y yo me quedé paralizado ahí, en la linde del bosque, sintiéndome tan mal que apenas podía respirar serenamente. No pude controlar ni mis movimientos ni mis deseos. Corrí en pos de ella, sin darme cuenta de que estaba adentrándome cada vez más en el bosque. La busqué hasta encontrarla junto a un lago precioso rodeado de árboles antiquísimos y repletos de enormes hojas. La descubrí llorando. Me pareció entonces que jamás me había encontrado ante un ser tan frágil. Quise protegerla... Me senté a su lado y le hablé con sinceridad, con una sinceridad prohibida que nos hacía mucho daño... Nunca olvidaré sus palabras: «Nunca me imaginé que el próximo rey de Britania serías tú, Arthur; pero, en cuanto te vi por primera vez al empezar las fiestas de tu coronación, supe que eras tú. No podría confundirte con nadie, aunque llevemos más de diez años sin vernos. No puedo describir con palabras lo que sentí al verte, y creo que no debería confesarte nada de esto». También me reveló que nunca se había atrevido a acercarse a mí porque yo ahora era rey y eso la intimidaba mucho. Me contó que estaba viviendo en una isla preciosa y que estaba aprendiendo muchísimo... Apenas quiso hablarme de su vida.
     ¿Y qué ocurrió a partir de entonces? —le pregunté con cariño al ver que suspendía su relato.
     A partir de entonces, siempre intentamos luchar contra lo que sentíamos; pero el amor es indomable. A los pocos días de nuestro encuentro en el lago, vino el rey de Caledonia, de Escocia, y me presentó a su hija Winlongee. Enseguida adiviné las intenciones de ese rey y de su hija, pues ésta me miró con pasión e interés en cuanto nos tuvimos uno frente al otro; pero yo no podía sentir nada por nadie. Mi corazón estaba ocupado... No obstante, no podía confesarle a nadie mis sentimientos, por eso tuve que aceptar que me casasen con Winlongee. No la amaba, nunca la amé, por eso nunca... por eso nunca tuve descendencia. Winlongee era buena y dulce, pero yo no la quería, y se lo confesé en cuanto nos hallamos a solas la noche de bodas. Le dije que no la amaba, que prefería que ella amase a otro y que disfrutase con otro amante. Yo no podía... no podía estar con ella, no podía.
     ¿Y qué ocurrió mientras tanto con Morgaine? —quiso saber Eros.
     Al poco tiempo de mis bodas con Winlongee, regresó a su isla y... no volví a verla nunca más.
     ¿Pero no sucedió nada importante entre vosotros? —le preguntó Eros intentando hacerle sonreír. Arthur parecía tan afligido de pronto...
     No ocurrió nada de lo que estás pensando. Nunca pudimos intimar... Y no puedo hablar de esto, lo siento —nos confesó soltando de repente mis manos y cubriéndose levemente el rostro. Me percaté de que los ojos se le habían llenado de lágrimas.
     ¿Todavía la extrañas, Arthur? —le cuestionó Eros con respeto. Yo no podía hablar.
     Sí, por supuesto. Nunca más supe de ella. Solamente me llegaban rumores que yo no me atrevía a creer. Decían que se había convertido en una hechicera rencorosa y que con su arpa tañía melodías hipnóticas desde la orilla de la isla en la que vivía... pero yo sabía que nada de aquello era cierto. Morgaine era tan buena que era incapaz de pensar en que existía la maldad. Se cantaba sobre ella que se había vuelto la sacerdotisa suprema de una de las religiones que mi padre había prohibido. Yo intenté instaurar la paz de nuevo, pero me resultó imposible. Winlongee era cristiana y me chantajeaba con contar todo lo que de mí sabía si no imponía la religión cristiana como la verdadera. Prefería que mi secreto no se conociese.
     Pero ¿cómo lo sabía? —le pregunté extrañada.
     Porque una vez nos descubrió...
     ¿Os descubrió? —exclamé asustada.
     Sí. Estábamos escondidos en un jardín... Era la primera vez que habíamos sucumbido a nuestro amor. Tras luchar incesantemente contra nuestros sentimientos, aquel atardecer... Ella iba a marcharse, y yo no soportaba esa realidad. El dolor nos volvió incautos y temerarios.
     Tuvisteis mucha mala suerte —declaré con pena.
     Sí, muchísima... Cuando Morgaine desapareció, sentí que el mundo caía sobre mí; pero al mismo tiempo su recuerdo me animaba a luchar en cualquier guerra que se presentase, me ayudaba a combatir contra quienes quisiesen invadirnos. En aquel tiempo, había muchos problemas con los sajones... pero creo que esos detalles forman parte de otra historia que algún día os contaré.
     A mí me interesan —se rió Eros con emoción.
     No, es la parte más aburrida de mi historia.
     ¿Y es cierta la leyenda de la búsqueda del santo grial? —le preguntó Eros.
     Por supuesto. A uno de mis caballeros se le ocurrió la enloquecida idea de buscar el santo vaso y entonces muchos de mis caballeros se encomendaron a una aventura imposible. Para ese entonces, la grandeza y el esplendor de mi reinado ya habían empezado a desvanecerse. A la gente le extrañaba mucho que no tuviese descendencia, se sabía que la reina tenía otro amante y se rumoreaba que yo también tenía otra mujer. Hacía algún tiempo, a mi corte había llegado un muchacho moreno, fuerte y educado que deseaba formar parte de mis mesnadas. Yo no me opuse. Vi en él mucha fortaleza y algo me dijo que podía confiar en él... pero me equivoqué profundamente. Nunca supe de dónde procedía aquel hombre tan imponente. Nunca me reveló su verdadera identidad. Decía llamarse Maurdred y ser hijo de una hechicera muy poderosa; pero...
     ¿Y ahora puedes intuir de quién se trataba? —le propuse con timidez.
     En realidad... nunca quise creer todo lo que desveló sobre sus orígenes. Y ahora tampoco me atrevo a hacerlo. Tras la llegada de Maurdred, todo empezó a ir mal. Muchos de mis caballeros se habían enzarzado en la búsqueda del Santo Grial precisamente cuando estaban llegando más sajones a nuestras tierras. Empecé a perder a muchos caballeros en batallas cruentísimas que lo llenaban todo de sangre y destrucción. Mi reinado estaba llegando a su fin.
     Vaya... —susurré estremecida.
     Sé que apenas os he hablado de mi reinado, pero ya lo haré en otro momento. No creo que sea totalmente necesario conocer todo lo que ocurrió. El hecho que puso punto final a mi época dorada fue la traición de Maurdred. Había creído que él era mi más fiel consejero, le había pedido opinión en muchas ocasiones... pero él era un traidor. Estaba aliado con los sajones. Había creado un ejército a mis espaldas y había conseguido que muchos de mis caballeros más fieles también me traicionasen. Y entonces, un atardecer, en una batalla horrible donde tuvimos que luchar contra un poderoso ejército de sajones, Maurdred detuvo la contienda con sus desesperados alaridos de furia y, con sus exigentes palabras, convirtió en silencio el fragor de la batalla. Nunca olvidaré las palabras que gritó con todas sus fuerzas: «¡Pueblo de Britania! ¿Queréis seguir bajo el mandado de un rey que ha cometido incesto con su hermana? ¡Yo soy hijo de esa incestuosa relación! ¡Soy Maurdred, hijo de Morgaine y de Arthur, rey de Britania!». Sus declaraciones fueron tan crueles, tan amenazadoras y estuvieron tan cargadas de rabia que todos los caballeros que me seguían y me habían jurado fidelidad se revelaron contra mí. Aunque yo me esforzase por hacerles entender que todo aquello no era cierto, nada merecía la pena. Entonces el mundo sí cayó sobre mí. Traté de pugnar contra todos los que deseaban acabar con mi vida, pero poco a poco fui perdiendo las fuerzas y el ánimo para defenderme. Entonces sentí hundirse en mí la espada de Maurdred. Caí en medio de un gran charco de sangre notando cómo la vida se escapaba de mi cuerpo con una rapidez escalofriante. Vi cómo el cielo se oscurecía, oí cómo la ruidosa voz de la batalla iba acallándose... pero no morí. No morí porque Leonard, nuestro creador, Sinéad, me rescató... Él siempre me había cuidado desde la distancia. No podía permitir que yo muriese. Y en realidad fue Leonard quien se encargó de hacer nacer esa leyenda sobre mí. No quería que la humanidad me olvidase; pero eso ya forma parte de otra historia. Leonard me creó como su hijo y me enseñó todo lo que siempre necesité saber sobre la vida.
     Arthur... lo que me explicaste hace tanto tiempo no se relaciona en absoluto con lo que nos has confesado esta noche —le recriminé con tristeza—. ¿Por qué no me dijiste la verdad?
     Era incapaz de confesarte que me había enamorado de mi propia hermana —me contestó intimidado—. Era incapaz de aceptar que ella me hubiese traicionado de ese modo.
     ¿Crees que fue ella quien te traicionó? —le pregunté con cariño—. Yo creo que ella no tuvo nada que ver con todo lo que acaeció. Maurdred estaba celoso, estaba dolido...
     No lo sé, Sinéad. Lo cierto es que me gustaría preguntarle qué ocurrió en verdad, con quién engendró aquel demonio... pero nunca podré hacerlo. Si ahora estuviese aquí, podríamos...
Entonces Arthur se calló de repente, como si alguien lo hubiese golpeado en el corazón. Las palabras que acababa de pronunciar fueron un puñal que se me hundió en el alma sin que pudiese preverlo. Además, la mirada de Arthur desprendía tanta tristeza que no pude evitar que los ojos se me llenasen de lágrimas.
     Pero a veces siento que ella está a mi lado, a veces creo que ha vuelto... —musitó cerrando los ojos—. A veces me parece verla en ti, Sinéad. Te pareces mucho a ella...
     No, no, no creas eso, porque es imposible, Arthur —le contesté nerviosa y a punto de ponerme a llorar.
     Lo sé, Sinéad, lo sé. Sé que ella murió para siempre... Cuando Leonard me convirtió, la busqué, la busqué incluso por los lugares más lejanos; pero no volví a verla nunca más... nunca más.
     ¿La buscaste? —le preguntó Eros—. ¿Y qué habría ocurrido si la hubieses encontrado?
     Supongo  que le habría rogado a Leonard que me enseñase a convertirla, no lo sé... Jamás podré saberlo.
     Lo que estás diciendo es muy... muy importante, Arthur —le advirtió Eros con delicadeza—. ¿Te gustaría que ella estuviese aquí ahora?
     Siempre he deseado preguntarle tantas cosas... saber qué ocurrió con ella...
     No sabía que guardabas esos deseos en tu corazón ni tampoco que todavía la recordases con tanto amor —le confesé incapaz de esconder mis sentimientos.
     Sí, la amé con todas mis fuerzas, es cierto; pero ahora ya no... ya no es así.
     Tal vez me ames tanto porque crees verla en mí, Arthur. Has dicho que tenía los cabellos negros como la noche y que su rostro era redondito... Has dicho que era dulce y buena...
     Sí, era así... —nos confirmó incómodo.
     Pues, ahora que lo dices... sí tiene más sentido que ames a Sinéad. Si te recuerda a ella...
     No, no, no tiene nada que ver una cosa con la otra —respondió atolondrado y nervioso.
     Posiblemente creas que no tiene nada que ver lo que sentías por ella con lo que sientes por Sinéad, pero tu corazón sabe que no es así.
     No, Eros... Yo me enamoré de Sinéad, no del recuerdo de Morgaine. No creáis eso, por favor. Sinéad... te aseguro que a ti te amo como jamás amé a nadie.
     Ya no lo tengo tan claro.
     ¿Cómo puedes dudar de lo que siento por ti? —me preguntó estremecido.
     No dudo de lo que sientes por mí, Arthur. Dudo de lo que sientes por ella. tal vez podrías ser mucho más feliz si ella regresase a tu lado. No estoy celosa, Arthur. Solamente quiero que seas feliz y me gustaría ayudarte a conseguir lo que anhelas.
     Pero es que estás equivocada, Sinéad.
     No es verdad, y lo sabes. Sabes que puedo interpretar tus miradas mucho mejor que nadie.
     Ella no puede volver. No puedo desear que regrese.
     Sí, sí es posible que vuelva.
     Sinéad, por favor, no hablemos más sobre esto —me suplicó a punto de llorar—. Me hace muchísimo daño.
     Quiero ayudarte, Arthur. Sabes que podemos hacer que regrese. Solamente tenemos que pedirles ayuda a la magia y a algunas habitantes de Lainaya. Pueden ayudarnos... Tú has vuelto a la vida…
     No, ella no podría vivir en este mundo, Sinéad. Sería imposible.
     Podríais vivir aquí, en Muirgéin.
     ¿Y qué ocurre con lo que sientes por mí, Sinéad?
     Creo que nuestro amor ha perdido importancia ante un sentimiento tan antiguo.
     Pero es que piensas que podría ser feliz con ella si estuviese a mi lado, pero yo te amo a ti, Sinéad.
     Piénsalo bien, Arthur... No te dejes llevar por la desesperación. No te preocupes por mí, de veras. Sé que no estás diciéndome la verdad. Ahora entiendo por qué tu mirada siempre ha destilado tanta melancolía, ahora entiendo por qué eres así.
     Estás totalmente equivocada, Sinéad —me insistió con impotencia.
     No sé si estoy totalmente equivocada o no. Lo que sé es que todavía sientes algo muy fuerte por ella.
     Nuestro destino no era estar juntos. Si lo hubiese sido, habríamos podido vencer todas las dificultades que la vida nos impuso... Además, es mi hermana, Sinéad.
     Ya no, ya no eres el mismo hombre que ella conoció.
     Sinéad, no quiero que vuelvas a hablarme de esto nunca más —me pidió alzándose de repente del suelo—. Gracias por escuchar todo lo que he querido revelaros, pero ya no deseo seguir hablando de mi vida.
     Arthur, no es necesario que te ofusques tanto —le dijo Eros también levantándose del suelo e intentando detenerlo—. Relájate. Todo tiene solución.
     No quiero hacerle daño a Sinéad —le confesó con un susurro quebrado.
     No, no creo que se lo hagas —mintió descaradamente. Sabía que Eros había podido interpretar muy bien el significado de mi mirada.
     No es verdad...
     Seguro que todavía te quedan muchas cosas por contarnos. Hace poco nos dijiste que sabías que en la vida había hechos que no podían ser explicados —le dijo intentando que de nuevo se sentase en el suelo, pero Arthur estaba demasiado nervioso—. Arthur, por favor, serénate. No, no llores —se rió con travesura.
     Arthur, por favor, vuelve a sentarte con nosotros —le pedí con timidez.
     Lo siento. Hablar de Morgaine me hace mucho daño.
     Es comprensible. Intenta hablarnos de otra cosa, así se te pasará el disgusto —bromeó Eros con cariño.
     No, ya no me apetece seguir hablando. Necesito estar solo. Disculpadme... Nos vemos al amanecer.
     Arthur, antes de que te vayas, ¿puedo preguntarte algo?
     Por supuesto, Eros.
     ¿Excalibur existió de verdad?
     Sí, sí existió; aunque su nombre no era exactamente así. Fue un regalo de mi hermana... de Morgaine. Me confesó que hacía muchos años unos hombres del campo habían encontrado esa espada enterrada bajo tierra y que en mitad de la noche brillaba como si el sol refulgiese a través de su acero. Sí, hay hechos mágicos que no tienen explicación, y la existencia de esa espada es uno de ellos. Cuando Maurdred me hirió en aquella última batalla, lancé al aire Excalibur para que nadie pudiese atraparla. Cerca del campo de batalla había un lago de aguas verdosas. Cuando la espada se hundió en las aguas, emergió de aquel lago una neblina que lo cubrió todo y la espada resplandeció bajo las aguas... Fue lo último que vi antes de perder la consciencia. Por favor, no me preguntéis nada más. No me siento capaz de seguir recordando —se excusó alejándose de nosotros.
Cuando Arthur desapareció tras los gruesos troncos de los árboles, permití que aquellas ganas de llorar tan intensas me dominasen. Empecé a plañir silenciosamente, cubriéndome el rostro con las manos para evitar que Eros y la naturaleza percibiesen mis sentimientos; pero Eros enseguida advirtió que estaba llorando. Me abrazó con muchísima ternura mientras, con una voz anegada en dulzura, me decía:
     Lo que hemos descubierto esta noche sobre Arthur es muy duro. Entiendo que te sientas así; pero tienes que creerlo, Sinéad. Estoy seguro de que él te ama a ti por lo que eres, no por lo que creyó ver en ti.
     No es cierto. Ahora siento como si todo el amor que me ha profesado hasta ahora no fuese sino los rescoldos del que le dedicaba a ella...
     Eso no es verdad, Sinéad, y lo sabes. Nadie ama a un ser en otro ser.
     Posiblemente no se atreva a confesarme la verdad...
     Sinéad, cariño... cálmate, por favor. Dime qué es lo que tanto te duele... —me pidió acariciándome los cabellos.
     Me duele no haberte amado únicamente a ti. No quiero seguir así, Eros. Quiero que todo cambie. Creo que eso será posible solamente si revivimos a Morgaine.
     Pero ¿por qué piensas que Arthur quiere estar con ella?
     Se lo he notado, Eros.
     Tal vez estés equivocada.
     No, no lo estoy. Sé interpretar muy bien sus miradas. Sé que la extraña, que siempre la ha extrañado, siempre, siempre... Y yo ahora me siento como si me hubiese utilizado...
     No es verdad, cariño.
     Tal vez no lo haya hecho queriendo, Eros, pero... ¿acaso no has visto la tristeza que emanaba de sus ojos?
     Es comprensible que se sienta así al recordarla.
     Tenemos que hacer todo lo posible para que ella vuelva.
     Sinéad, no quiero que sufras. No soporto saber que algo puede hacerte daño.
     Mis sentimientos ahora no importan.
     Por supuesto que importan, son lo que más importa para mí. Sinéad, si tú sufres, yo... yo pierdo la ilusión por vivir. Mi Shiny, sé que a Arthur lo quieres con todo tu corazón, pero... pero yo tampoco aguanto por más tiempo esta situación. Te necesito enteramente, Sinéad. Desde que estamos aquí, apenas disfruto de tus besos, de tus abrazos, de tu amor. Me siento impotente porque fui yo precisamente quien os propuso vivir así, pero no lo soporto más, Sinéad. Estoy volviéndome loco. Pensé que podría con todo esto, que no me afectaría veros juntos; pero cada vez que lo miras con amor, que lo besas o que lo tomas de la mano noto que algo se rompe por dentro de mí. Perdóname... No sé por qué te confieso todo esto ahora. Estoy destrozado, Sinéad; pero he sido yo mismo quien me he destruido.
     Eros...
     Estoy locamente enamorado de ti, Sinéad, estoy tan enamorado de ti que no consigo ver nada sin pensar en ti. Te veo en el mar, en el cielo, en la arena, en la naturaleza. No dejo de pensar en ti, día y noche. Sueño contigo siempre, siempre, y todo lo que me forma existe porque tú estás conmigo; pero necesito tenerte como te tuve antes de venir a Muirgéin. Cuando nos conocimos me sentí el hombre más dichoso del mundo. Nos costó muchísimo estar juntos, Sinéad, recuérdalo. Sufrimos muchísimo hasta que pudimos confesarnos lo que sentíamos. Y ahora me parece como si hubiese vuelto a ese tiempo en el que te deseaba con todas mis fuerzas y no podía estar contigo. No puedo vivir sin ti, Sinéad. Quiero protegerte de todo, hasta de la tristeza. No puedo estar así, Sinéad, no puedo. Sé que todavía me amas, pero...
     Serénate, Eros... Sabía que te sentías así y que esta conversación iba a llegar tarde o temprano. Tal vez lo que Arthur nos ha desvelado esta noche nos haya servido para...
     Arthur está loco de amor por ti.
     Lo dudo, ya dudo de todo. No sé si está loco de amor por mí o por lo que creyó ver en mí. Lo ha dicho, Eros, ha dicho que a veces siente que...
     Sí, lo ha dicho, es cierto.
     Yo no sé si el amor que dice profesarme es sincero ya, Eros. Me siento muy mal. No entiendo nada, no entiendo ni siquiera las emociones que experimento, no entiendo lo que pienso, no entiendo nada...
     No creo que Arthur te haya engañado durante tanto tiempo, Sinéad. Tal vez estemos sacando las cosas de contexto.
     Solamente podremos saberlo si ella vuelve. Pienso luchar contra todo lo necesario para hacer que regrese a la vida.
     ¿Por qué quieres hacerte tanto daño, Sinéad?
     Necesito saber toda la verdad, y sé que Arthur nunca me la confesará.
     Él te ama...
     No sigas defendiéndolo, Eros...
     No quiero que llores por nada, ni que sufras ni que te sientas tan mal. Solamente lo defiendo para que tu corazoncito no siga padeciendo de este modo.
     Ésta es la isla donde ella vivía, estoy segura —expresé de pronto, inmensamente sobrecogida.
     Eso sólo lo sabremos si se lo preguntamos...
     No quiere hablar con nosotros.
     Está avergonzado, por eso no quiere ni que lo mires.
     Busquémoslo y pidámosle que nos hable con toda franqueza —resolví alzándome del suelo—. Vayamos, Eros.
     Creo que será mejor que por esta noche lo dejemos en paz —me sonrió con amor—. Mañana todo será distinto. Ven, quiero enseñarte un lugar muy bonito que vi hace poco. Es una isla también preciosa, mucho más pequeña que ésta... Sinéad, necesito que estemos solitos... —me confesó entornando los ojos y hablándome con mucha dulzura.
     Ay, Eros...
No me opuse. Permití que me abrazase tiernamente y que ascendiese hacia el cielo. Empezó a volar suavemente entre las nubes, dejando atrás por unos instantes la mágica y a la vez nostálgica isla de Muirgéin. No obstante, aunque nos envolviese al fin la soledad más tibia, yo notaba que el corazón de Eros estaba anegado en una tristeza inquebrantable que ensombrecía sus oceánicos ojos. Me miraba como si yo estuviese a punto de desvanecerme, me abrazaba como si temiese que el viento me arrancase de su lado y me hablaba como si yo fuese un ser frágil que anhelaba abandonarlo en medio del firmamento.
La tristeza que se desprendía de los ojos de Eros me hacía sentir pequeña. Me pregunté cómo era posible que le hubiese hecho tanto daño sin darme cuenta, cómo era posible que él viviese con esa pena tan honda presionándole el pecho. Entonces entendí que él siempre se había sentido así, tan afligido, siempre, desde que Arthur y yo dimos libertad a nuestros sentimientos, y Eros nunca había deseado que nosotros lo advirtiésemos, por eso siempre nos había sonreído con complicidad, por eso sus miradas siempre refulgían de travesura cuando nos dejaba solos. Por eso se marchaba, porque era incapaz de soportar que Arthur y yo nos amásemos tanto...
Me sentí tentada de pedirle perdón en infinidad de ocasiones, pero no podía hacerlo. Continuamente tenía ganas de llorar. Intenté disfrutar de todos los instantes que Eros anhelaba compartir conmigo aquella noche, traté de desprenderme de todo lo que me afligía para poder hundirnos en unos momentos que nos hacía mucha falta vivir. Permanecimos alejados de todo lo que podía oprimirnos el corazón hasta que el amanecer comenzó a perlar la oscuridad de la noche. Entonces regresamos a Muirgéin, rogando, tal vez al mismo tiempo, que todo cambiase favorablemente a partir de entonces.