domingo, 10 de julio de 2016

LA VISITA - 03. VIAJANDO A TRAVÉS DEL VIENTO

3
Viajando a través del viento
Me hallaba de nuevo en aquel antiguo castillo que había sido mi morada durante unos incontables años. Ardía una tierna e inocente lumbre en una inmensa chimenea de piedra. Las llamas creaban reflejos dorados en los muros ennegrecidos y crepitaban suavemente los leños, rompiendo con delicadeza el profundo silencio que me rodeaba. Me hallaba totalmente sola en aquella estancia que me costaba reconocer. Trataba, continuamente, de identificar su cambiada apariencia con algún recuerdo yacente casi olvidado en mi memoria, pero no quedaba allí ni el menor vestigio de lo que fue aquel rincón antaño. No había ningún mueble que me recordase aquellas noches que yo pasaba leyendo cabe el fuego. Tampoco las paredes resguardaban la presencia bellísima de esos cuadros pintados por mi padre que tan acogedora volvían cada sala. Me parecía que me encontraba en unos lares completamente desconocidos para mí, en una morada en la que nunca había estado antes.
Me costaba mucho pensar y sobre todo acordarme de los últimos momentos que había vivido. Unas brumas espesas me anegaban la memoria, impidiéndome evocar cualquier recuerdo. Lo único que sabía era que me encontraba en ese lugar porque había corrido desesperadamente bajo la lluvia hasta alcanzar su pedregosa protección y que me había encontrado con una humana muy especial que me había pedido ayuda. Después de eso, ya no podía recordar nada más.
Alcé la mirada, desolada y agotada, y desplacé los ojos por mi alrededor en busca de algún detalle que pudiese ayudarme a recordar. Lo único con lo que me encontré fue un arpa apoyada en uno de los muros de la estancia. La música seguramente me permitiría deshacerme mínimamente del desconcierto que tanto me invadía. Así pues, me levanté de donde estaba sentada y me dirigí hacia aquel instrumento que parecía no ser tocado desde hacía mucho tiempo. Tuve que esforzarme por afinar cada cuerda y, cuando comprobé que todas sonaban con dulzura y precisión, comencé a tañer una canción cuya tímida melodía todavía no me palpitaba enteramente en el alma; pero, al cabo de unos efímeros instantes, me percaté de que de mis dedos nacía una trova que había permanecido demasiado tiempo encerrada en mi corazón.
Entonces mi alrededor cambió, como si la música tuviese el poder de convertir en brillo la oscuridad, y me encontré rodeada de montañas altísimas cuyas cumbres se escondían entre las nubes. El cielo de una mañana límpida relucía y el sol caía a raudales sobre los prados, tiñendo la hierba de un esplendente matiz verdoso que refulgía con intensidad sin deslumbrarme. Aquel cálido fulgor no me intimidaba, sino que me hacía sentir acogida. A medida que la canción avanzaba entre mis dedos, el paisaje que formaba mi entorno se embellecía, se descubría más nítidamente ante mí. Aparecieron, suavemente, robledales en los que se acumulaban sombras frescas que olían a humedad. A lo lejos, sonaba el murmullo de un río de aguas limpias y el canto de los pájaros volvía más sereno el profundo silencio que me envolvía. 
De pronto, cuando más inmersa me hallaba en aquel ensueño, alguien me tocó la espalda con delicadeza, sabiendo perfectamente que me extraería bruscamente de aquel tierno momento, aunque me avisase con mucho primor de que ya no estaba sola. Se trataba de la misma mujer que aparecía en los pocos recuerdos que era capaz de evocar. Sus ojos profundamente negros y sus largas pestañas velaban una mirada ensoñadora, pero también llena de preocupación. No me sonreía (sin embargo, no recordaba ni una sola vez que lo hubiese hecho), pero el gesto que tenía congelado en su rostro era calmado y estaba teñido de conformidad. 
Siento interrumpir tu música. Tocas muy bien, de veras, y sé que tienes una voz preciosa, aunque todavía no la haya oído; pero tienes que acompañarme. Necesito que vuelvas a ayudarme.
Sí, por supuesto.
No podía recordar el nombre de aquella misteriosa mujer que se vestía como si todavía nos hallásemos en la Edad Media. Su forma de vestir me serenaba, me hacía sentir cómoda, alejada del tumultuoso presente que estaba obligada a vivir.
Me levanté de donde estaba sentada, dejé el arpa en el mismo sitio donde la había encontrado y la seguí a través de esos antiguos y oscuros pasillos. Hacía mucho frío. Lo notaba porque el poco calor que se me había adherido a la piel se desvanecía bruscamente a medida que caminábamos. El helor que se acumulaba en los pasadizos y en las estancias en las que no ardía la lumbre se me clavaba en el alma como si de un puñal afilado se tratase, haciéndome creer que no volvería a hallar refugio nunca más en ninguna parte.
Salimos. El bosque, el que la lluvia había azotado con tanta fuerza, estaba impregnado de serenidad. La luna relucía tímidamente tras una plateada red de nubes evanescentes. El viento soplaba de vez en cuando, agitando las ramas de los árboles con mucha calma, como si no quisiese despertarlas de su nocturno letargo.
La mujer caminaba con decisión a través del bosque, dejando cada vez más lejos la morada donde podríamos encontrar un pedacito de paz. Aunque la noche fuese serena y nítida, el frío más devastador lo invadía todo, se adhería a los troncos de los árboles como si quisiese convertir en hielo su savia, y el viento que soplaba con tanto primor era tan gélido como el aliento del invierno más impenetrable e inhóspito.
Llegamos, al fin, a un prado todo rodeado de árboles milenarios. En el centro del prado, había vestigios de una lumbre inocente. Los leños quemados parecían tristes. Entre ellos, se adivinaban retazos de hojas secas y de otros elementos cuya identidad no pude descubrir. 
Sé que te cuesta recordar lo que has vivido antes de este instante. Mi nombre es Artemisa, me ayudaste a volver a su hogar a un ser mágico, después te perdiste por otro mundo en el que te encontraste con una mujer muy especial y de nuevo estás aquí, traída por el viento de la magia. Te hallas en el único mundo donde puedes vivir. Siento decepcionarte, pero todo lo que te ocurrió antes de ahora forma parte de otra tierra.
Yo no le dije nada. Me costaba, también, entender sus palabras. Cuando me hablaba del único mundo donde podía vivir y de la otra tierra a la que pertenecían los hechos que me habían acaecido, me parecía que se expresaba en otro idioma muy distinto al mío; pero, lentamente, fui comprendiendo por qué estaba tan confundida. Cuando viajaba de una realidad a otra, la mente se me quedaba aterida y estremecida, como si me la hubiese agitado un despiadado huracán, y necesitaba dormir y alimentarme para recuperar la calma. 
Sé que tienes sed. 
¿Cuántas cosas sabes de mí? —le pregunté inquieta.
Lo sé todo. Soy a la vez nadie y todos los seres que te conocen. Bien, la mujer con la que te encontraste en el otro mundo también está en mí. Tú eres una versión de ti misma.
No entiendo nada.
Es comprensible.
Lo mejor será que me marche. Necesito alimentarme y descansar.
No te irás. No puedes irte. Ahora te toca vivir aquí una serie de acontecimientos de los que no puedes escaparte.
No le objeté nada. Realmente, estoy acostumbrada a que el destino juegue conmigo y con mi vida tal como le apetezca, por eso no me extrañó que de nuevo me encontrase ante una situación que no tenía ni idea de cómo enfrentar. Sólo me dejé llevar por los pasos de Artemisa, quien parecía muy segura del camino que debíamos tomar. 
Dejamos atrás aquel hermoso y sereno prado para internarnos de nuevo en el bosque, esta vez para seguir un camino que apenas era perceptible bajo la luz de la luna. Mas, al fin, alcanzamos una senda estrecha que las caídas y frondosas ramas de los árboles intentaban ocultarnos. Descubrí que, tras aquella densa naturaleza, se escondía una extraña morada. Artemisa, sin decirme nada, se dirigió hacia la puerta que custodiaban los troncos de los árboles.
Me sentía muy desorientada, pero era incapaz de hablar. Latía en mi interior un extraño presagio que me sobrecogía y que me impedía prestarles atención a los pensamientos que comenzaban a invadirme la mente. 
Artemisa llamó a la puerta de aquel hogar que parecía irrevocablemente abandonado. En breve, una mujer le abrió la puerta, apareciendo súbita y misteriosamente en el umbral. Sabía que a Artemisa le costaba percibir el matiz de los cabellos de aquella mujer, así como también le resultaría complicado hundirse en esa serena mirada; pero yo podía captar, nítidamente, todos los detalles que creaban el semblante de aquel ser que tan desconocido me resultaba.
Bienvenidas —nos dijo con mucha calma—. Pasad.
Parecía como si nos hubiese aguardado desde el principio de su vida. El desconcierto me anegaba el alma, pero la seguridad y el sosiego que se desprendían de los ademanes y de la mirada de aquella mujer y también de Artemisa me serenaban. Así pues, me introduje en aquel hogar misterioso sin saber muy bien qué debía hacer, si obedecerlas sin preguntar o interesarme por el significado de aquel instante. 
Supongo que es ella —susurró la mujer, cuya voz era trémula y antigua como el sonido del viento—. No me digas nada. Ahora hablaremos mejor, cuando lleguemos al salón.
La mujer, cuyo nombre todavía desconocía, caminaba muy lentamente apoyándose en un bastón de madera gruesa y fuerte. Los sordos golpes que el bastón dejaba caer en el suelo del hogar creaba ecos en mi corazón, haciéndome pensar de repente en lo lejos que me encontraba del destino de aquella mujer ya demasiado envejecida. Yo nunca alcanzaría su apariencia ni tampoco necesitaría jamás cederle mi equilibrio a un bastón como el que ella usaba para sostenerse.
Llegamos a un salón acogedor en cuya chimenea ardía una lumbre muy serena. Los leños crepitaban de vez en cuando y las llamas danzaban sutilmente. Las ventanas del hogar estaban cerradas, pero yo tenía la sensación de que la luna se adentraba con suavidad por los postigos herméticos. Olía a hierbas y a fruta; un olor que, extrañamente, no me desagradó. No solían gustarme los aromas provenientes de los alimentos, pero aquella vez noté que aquella fragancia me acogía. De repente me percaté de que me sentía inmensamente cómoda en aquel lugar, como si no pudiese hallarme mejor en ninguna parte. La paz que de pronto me había invadido el alma había destruido el desconcierto que tanto me había hecho temblar.
Siéntate, Sinéad —me pidió la mujer señalándome una silla de madera junto a la lumbre—. Tienes frío. Lo noto en tus ojos.
No suelo tener frío —susurré sin saber muy bien qué decir.
Lo sé, pero estás más helada de lo que es necesario. 
Me acomodé en aquella silla y acerqué las manos a la lumbre. Cuando realizaba aquel gesto, mi memoria se anegaba en recuerdos antiquísimos en los que me veía conversando con mi padre en la alcoba en la que había comenzado mi vida vampírica. Allí fue donde descubrí lo placentero que me resultaba que el fuego me templase mi eternamente helada piel.
Sinéad no sabe por qué está aquí —le desveló Artemisa sentándose a mi lado.
No te preocupes, Sinéad. No te haremos daño.
Lo sé.
Queremos hablar contigo sobre algo muy importante —me anunció la mujer—. Por cierto, mi nombre es Silente.
Tiene usted un nombre precioso.
No me trates de usted. No quiero que me dediques esa deferencia. Sinéad, yo te conozco muy bien, más de lo que te imaginas. Quizá te conozca mejor que tú a ti misma.
¿Por qué?
Ahora te sientes desconcertada y posiblemente inquieta, pero te aseguro que esos sentimientos durarán muy poco en tu corazón. Sinéad, desde hace muchísimo tiempo, noto que ya no eres la misma. Has renunciado a tus mayores placeres. Estás atenuada por una tristeza de la que no puedes desprenderte. ¿Me equivoco?
No —musité agachando la mirada, empezando a conmoverme.
Crees que eres feliz, pero tú sabes muy bien que en tu corazón se encierran sentimientos que te cuesta entender. Hay desengaño en tu alma, hay también inquietud y rencor, pero no sabes por qué. Sientes rencor hacia la vida por haberte golpeado tanto y sin motivo. No tienes fuerzas ni ánimos para luchar por tu vida y estás rindiéndote. Muy pocas cosas te despiertan esas emociones que tanto te caracterizan, pero éstas siguen vigentes en ti. Lo único que tienes que hacer es permitir que se expresen.
¿Cómo sabes todo eso de mí?
Porque tenemos una amiga en común que nos quiere muchísimo. Tú eres su ideal. Reúnes todas las virtudes que ella admira, tienes la capacidad de portar en ti todo lo que a ella le habría gustado ser, pero no te tiene rencor por eso, al contrario, te ama con locura. Yo, en cambio, soy lo que ella espera hallar en las personas que han vivido demasiado: soy una anciana entrañable que es feliz por haber vivido tanto y tan bien. Ella espera llegar a ser como yo cuando envejezca. Artemisa es la mujer que a ella le gustaría ser cuando sea posible liberarse de esas cadenas que la retienen. Las tres tenemos algo en común y es que resguardamos en nuestra forma de ser todo lo que ella venera de la vida. ¿Lo entiendes?
¿De quién se trata?
De esa mujer joven que conociste hace unas horas. Estaba cantando frente a un público imaginario y tú formabas parte de ese público anhelado. Te ama tanto que no sabe ver más allá de tu vida. Solamente en ti sabe encontrar la inspiración. Creo que te confesó lo que sentía. También sé que sin ti no encuentra motivos para seguir luchando por sus sueños. 
No lo entiendo. Yo apenas la conozco... —titubeé sobrecogida.
No es necesario que la conozcas profundamente. Solamente basta con que ella te conozca a ti. No, no llores —me pidió al darse cuenta de que los ojos se me habían llenado de lágrimas—. No te imaginas lo hermoso que es esto.
Por eso tengo ganas de llorar, porque todo lo que me cuentas me parece inverosímilmente hermoso y me cuesta entenderlo.
Hace tiempo que ella también está desalentada porque el mundo en el que le ha tocado vivir tiene más defectos que virtudes y ella intenta, continuamente, encontrar la belleza en cada instante. Créeme, muchísimas veces es imposible hallarla cuando te rodea tanta negatividad. Ella siente que es su ambiente lo que le oprime el corazón. Tiene la sensación de que la vida le ofrece placeres con los que ella no sabe disfrutar porque tiene en el alma un dolor del que no sabe desprenderse. No puedo hablar nítidamente de sus sentimientos porque, al fin y al cabo, no soy ella; pero puedo asegurarte que ella en ti encuentra la magia y la capacidad de soñar con otro mundo, con otros momentos hermosos. 
Es exactamente lo que yo siento...
Y quiero decirte algo más: me gustaría que nunca dejases de creer en ti. Eres una leyenda para todos aquéllos que han leído tus memorias, pero para nosotras eres real y para la mujer de la que te hablo eres su mayor realidad. 
No sé cómo no perder la confianza en mí misma. No sé cómo no dejar de creer en mí.
Siendo tú misma. Escucha siempre lo que desee tu corazón. Escúchate siempre.
A veces tengo la sensación de que he perdido mi voz.
No es verdad. No la has perdido —se rió dulcemente Silente.
Lo único que deseas en este momento es llorar, ¿verdad? —me preguntó Artemisa—. Llora. Nosotras no vamos a asustarnos al ver tus lágrimas de sangre.
No, no nos asustaremos, por supuesto que no —confirmó Silente con mucha ternura mientras me deslizaba una mano por los cabellos—. Llora, dulce Sinéad. 
No podía aceptar que aquel momento fuese real. Estaba segura de que formaba parte de un bello sueño del que dentro de muy poquito me despertaría; pero los segundos transcurrían hundiéndome cada vez más en la ternura apacible de ese instante. Así pues, relajándome, después de mucho tiempo sin hacerlo, comencé a llorar. No temía que ellas dos se inquietasen al detectar la preocupante apariencia de mis lágrimas, pues era plenamente consciente de que me aceptaban tal como era y que me querían como yo no me quería a mí misma. 
Sinéad, has sufrido tanto a lo largo de toda tu vida que te cuesta creer que un instante pueda ser hermoso, ¿verdad? —me preguntó Silente acariciándome la cabeza. Yo no podía contestarle, pues los sollozos me habían arrebatado la voz, así que solamente me limité a asentir en silencio—. Lo sé, lo sé. Conozco todos los instantes de tu vida.
No te mereces haber sufrido tanto —aportó Artemisa con una voz trémula—. Me gustaría decirte que todo ese dolor ha quedado atrás, pero no es cierto. Nunca podemos desprendernos de nuestros recuerdos. Éstos siempre palpitarán en nuestra memoria. No podemos deshacernos de su fuerza.
Yo a veces he... he deseado perder la memoria...
No debes desear algo así, Sinéad. Vale más tener recuerdos dolorosos que tener la memoria vacía. Yo temo perder los míos —me comunicó Silente conmovida.
Si es cierto que ella encuentra en ti todas las cualidades de una mujer que ha llegado plácidamente a su vejez, no perderás la memoria —la tranquilizó Artemisa.
Es curioso, pero yo quería decir lo mismo —les sonreí.
Porque pensamos de una forma muy parecida —indicó Silente.
Aquel momento fue una tierna tregua para mí. La vida me ofrecía la posibilidad de olvidarme durante unos inconcretos instantes de todo lo que me afligía. Lloré hasta que noté que la sed se volvía insoportablemente intensa. Entonces me limpié las lágrimas con mi fiel pañuelo y miré satisfecha a quienes me acompañaban en aquel momento tan ensoñado. La lumbre continuaba susurrando y ardiendo a nuestro lado, protegiendo nuestros sentimientos; pero ya no se oía nada más, tal vez el eco de los latidos del corazón de aquellas dos mujeres que tanto me apreciaban sin que yo las conociese. Entonces me sentí dichosa y anhelé que Leonard estuviese conmigo para experimentar exactamente las mismas sensaciones que yo. Aquel instante era mágico y valía más que el oro, que cualquier vida. 
Puedes llamarlo. No te hallas lejos de tu hogar, en realidad. Te encuentras en el mismo mundo en el que abres los ojos todos los atardeceres —me comunicó Silente adivinando, sorprendentemente, mis deseos.
¿De veras?
Pero sé que él también está muy encerrado en sí mismo y no desea que nadie se aperciba de lo deprimido que se siente.
Es cierto —corroboré con mucha lástima.
Sinéad, ¿qué ha sido de vosotros, de vuestra fuerza, de vuestra eterna magia? —me preguntó Artemisa con culpabilidad, como si ella fuese responsable de nuestra tristeza.
Es este mundo el que nos ha hundido.
Pero vosotros sois fuertes. No podéis permitir que el desaliento os venza —aportó Silente con energía.
Hemos vivido muchísimos siglos luchando contra ese desaliento que, al fin, nos ha arrancado las fuerzas y los ánimos para seguir adelante. No queremos morir porque somos plenamente conscientes de que no nos merecemos perder la vida después de haber vivido tanto, pero nos sentimos atenuados, sin aliento. 
No es justo que os rindáis de ese modo cuando cientos de seres viven sin saber lo que vale la vida —indicó Artemisa intentando no llorar.
Eres mágica, Sinéad. Eres inmortal. Tienes que amarte, sobre todo por todo el sufrimiento que has tenido que soportar. Tienes que sentirte orgullosa de ti misma. 
Lo intento, pero ya no encuentro motivos para sentirme orgullosa de mí misma ni para seguir viviendo ignorando todo lo que sucede a mi alrededor. No sé si podéis ser conscientes de lo que duele cuando ves que la naturaleza que tanto has amado está muriendo, cuando el lugar que fue tu hogar está desvaneciéndose. Es muy doloroso descubrir que todo tu mundo está desapareciendo. El tiempo pasa llevándose el escenario de todos mis recuerdos y yo eso no puedo tolerarlo. Me destroza el alma.
Lo sabemos, sí. Nosotras no hemos vivido tantos años como tú, pero sí nos duele muchísimo ver lo que está ocurriendo con la naturaleza —me confesó Artemisa.
Lo que tienes que hacer ahora es pasear unos largos instantes por este hogar. Encontrarás muchas cosas que te animarán, estoy totalmente segura de ello. Tienes libertad absoluta para recorrer todas las estancias y pasadizos de esta morada. Yo iré a buscarte cuando sea necesario.
No comprendía muy bien el significado de esas palabras, pero no desobedecí a Silente. Me levanté de donde estaba sentada y, tras agradecerles a las dos todo lo que me habían dicho, las abracé con ternura para después dirigirme, levemente desorientada, hacia una puerta de madera que accedía a un largo y ancho corredor en el que el frío todavía no se había atrevido a introducirse. Estaba segura de que ninguna de las dos reprobaría mi lejanía, al contrario, parecían desear fervientemente que me separase de ellas para que explorase aquel hogar que me resultaba tan desconocido.
Sin embargo, a medida que caminaba por sus pasillos en busca de las estancias que Silente quería que descubriese, mi memoria iba llenándose de recuerdos que no sabía por qué me invadían el alma. Me veía leyendo en el castillo de Lacnisha junto a esos braseros que Leonard me proporcionaba para destruir el frío que se acumulaba en todos los rincones de aquella morada tan antigua. Incluso evoqué aquellos recuerdos que me traían el aroma de los bosques de Hispania. Sí, todavía estaba en Hispania, pero no se trataba de la misma tierra que me había ayudado a renacer cuando la tristeza más honda se había apoderado de mi corazón, pues había cambiado mucho; pero todavía quedaban vigentes los rescoldos antiquísimos de los castillos que me habían ofrecido refugio.
Llegué a una estancia cuadrada, pequeña y muy acogedora en la que, aunque no ardiese ninguna lumbre, se respiraba un aire templado y confortable. En aquel lugar, no podía acordarme del frío que invadía el bosque. Había una mesa, en un rincón de la habitación, que resguardaba la presencia de unos folios amarillentos en los que había escritas unas palabras que no me atrevía a leer. A pesar de que nadie me lo hubiese indicado, yo sabía que aquellas líneas se me clavarían en el corazón como si de una antigua espada se tratase. No obstante, me acerqué a aquellas páginas y las tomé entre mis temblorosas manos. Comencé a leer como si solamente me quedase por hacer aquello en la vida. 
Tal como había intuido, las palabras que allí se hallaban escritas me sobrecogieron profundamente. Me invadieron de nuevo unas intensísimas ganas de llorar, pero las retuve porque no deseaba que la sangre manchase aquellos amarillentos folios. Me pregunté por qué éstos nunca habían llegado a mí, por qué el destino jamás me los había puesto ante los ojos. 
«Jamás he podido creer en los ángeles, pues de unas lejanas creencias para mí formaban parte, mas la vida hoy me ha demostrado que, aunque no sea uno de esos seres puros e inmaculados, ella es como un ángel. Su piel pálida relucía como el pábilo de una vela temblorosa y sus ojos eran fantasía, solamente magia y maravilla. Me sonrió como si intuyese que yo necesitaba que lo hiciese. El deseo de correr hacia ella para pedirle que no se desvaneciese me invadió el alma, pero me contuve porque sabía que no podía interrumpir aquel instante en el que ella cantaba con tanta pasión, amor y dulzura. Nos dedicaba unos versos que trataban sobre la Madre Tierra, tal vez sin saber que ése es el tipo de canciones que más me conmueven. Tañía el arpa como si no lo hiciese ella, como si sus dedos tuviesen otra vida aparte de la suya.
Y aquel instante duró varias noches. Creyendo que jamás se acercaría a mí, vivía inmerso en un desconsuelo mágico que solamente se interrumpía cuando ella me miraba. Me despertaba todos los días con el corazón henchido de emoción, pues sabía que la vería de nuevo en el escenario, vestida con esos trajes que tan bella la vuelven, aunque ella desprende toda la beldad del mundo y no es necesario que nada más le ofrezca hermosura.»
Las palabras que proseguían estaban borradas por el paso del tiempo y la antigüedad, pero en los siguientes folios pude hallar lo que prosigue:
«...y hoy teniéndola conmigo me parecía que la luna había descendido a la Tierra. Lo que yo jamás pude imaginarme era que tendría a una leyenda entre mis brazos, una leyenda clara y oscura a la vez. Para los demás ella tal vez sea una quimera, pero para mí es real porque la he conocido hasta lo más hondo de su ser, me ha ofrecido la oportunidad de descubrir quién era, qué deseaba ser conmigo. No conozco su vida ni su historia, no sé qué hace aquí, en un lugar tan bello y a la vez tan ajeno a su magia, pero está aquí siendo feliz y ahora lo es más porque compartimos un instante íntimo que la luna y las estrellas protegieron. Me pregunto cuántos corazones habrá dejado temblando, cuántos amores habrá convertido en desamor, porque me imagino que su beldad habrá quedado palpitando en el alma de todos aquellos hombres que se hundieron en su perfecta belleza. Hay algo en ella que me sobrecoge, me intimida y a veces me asusta, y ese algo no es que pueda matarme en tan sólo un segundo (como podría haberlo hecho esta noche), sino la certeza de que ella no forma parte de este mundo. Esa certeza me sobrecoge porque no me creo merecedor de haberme enamorado de una leyenda, de alguien que no se merece sufrir las desdichas de esta vida. Sé que ha sufrido. Lo leo en sus ojos mágicos. No me lo ha confesado ni tampoco me lo ha insinuado, pero yo leo en su mirada una callada tristeza que sé que jamás podrá abandonarla. Quizá sea una tristeza nacida de saberse tan ajena a todo lo que la rodea porque, aunque ella ame todo lo que la envuelve, sabe que no es su verdadero hogar porque ella se merece habitar en otro mundo en el que no exista el peligro.
Si escribo todo esto, es porque estoy realmente enamorado de ella y daría por ella mi insignificante vida, la que espero que algún día ella vuelva eterna para vivir juntos esa inmortalidad a la que posiblemente ella le cueste encontrar el sentido, pero juntos trascenderemos el tiempo y volaremos más allá del viento, en la oscura noche de su vida. Estoy seguro de que me ama, puesto que me lo ha demostrado con firmeza, pasión y entrega. Nunca le había entregado a nadie lo que me ha dado a mí esta noche y para mí eso es lo más importante. Una mujer a su lado es una piedrecita junto a una gran cascada plateada. Ella es la cascada por la que se desliza la magia. Cuando nos enamoramos, deseamos el bien del ser amado, y egoístamente sé que yo puedo ser su bien, por eso no me he opuesto a que me confiese sus secretos profundos.
Soy consciente de que me hallo frente a una mujer mágica y dual que tiene un lado oscuro por el que muchos la rechazan; pero todos aquéllos que se atreven a despreciarla desconocen lo bello que es su corazón, el que se le escapa de los ojos, y cuánto amor puede caber en su alma. Es injusto que solamente la tengan por una quimera peligrosa, pues es la muestra de que el bien existe junto al peligro. Yo la amo tan peligrosa y a la vez tan amorosa porque es un ángel para mí, un ángel que puedo amar con mi cuerpo y con mi alma.
Junto a ella he traspasado el límite de la realidad y me he adentrado en una mágica tierra que nunca quiero abandonar. No me importa quién haya muerto bajo sus labios, en sus entrañas, porque ella para mí es solamente amor. Se habrá sentido sola y desvalida en este mundo cruel. Yo nunca permitiré que vuelva a dolerle la vida.»
Tuve que dejar sobre la mesa aquellos folios porque el desconsuelo me invadió y me impidió continuar leyendo serenamente. Las lágrimas ya me brotaban de los ojos y se hallaron prontas a manchar aquel antiguo tesoro. No necesitaba preguntarme quién era el causante de mis sentimientos, quién había escrito aquellas palabras y quién se hallaba tras esas confesiones tan hermosas. Sabía que se trataba de Alex, que Alex había sido quien me había dedicado indirectamente unas palabras tan bellísimas que declaraban una confesión de amor mucho más hermosa que cualquier prado, que cualquier valle o bosque iluminados por la luna.
De ese modo había conseguido sentir en mi alma el recuerdo de aquel hombre que fue el primero en amarme plenamente sin importarle nada, sin inquietarse al conocerme, al ser consciente de que tendría a su alcance continuamente la posibilidad de morir. No le había importado fenecer entre mis brazos mientras nos fundíamos en un solo ser, no le había sobrecogido mi apariencia ni mi pertenencia a una especie peligrosa para él, que podía acabar en un instante con su valerosa vida. Se había entregado a mí creyendo en mi leyenda, la cual era mi realidad, adentrándose en mi mundo, en mi ser.
No pude controlar el tiempo que permanecí llorando, acordándome mientras de todo lo que habíamos vivido Alex y yo. Me preguntaba, continuamente, por qué todos los que me conocían se empeñaban en que fuese feliz en esos instantes cuando en mi mente se albergaban momentos en los que me había sentido mucho más plena. No sabía si merecía la pena seguir luchando por una existencia que en esos momentos me parecía vacía. Lloré de nuevo hasta notar que la sed gritaba, pero necesitaba que el llanto deshiciese mi confusión.

Me olvidé del paso del tiempo y de donde me hallaba. Me sentía cómoda llorando sentada en un rincón de aquella estancia tan acogedora. No me importaba nada, ni siquiera que alguien pudiese descubrirme. Ya no me daba miedo nada, ni saberme en peligro por la humanidad. Había algo en mí que me instaba a renunciar a todos mis principios y mis valores. No entendía por qué siempre había estado obligada a ocultar quién era. Tal vez a partir de esos momentos todo cambiase para mí.

domingo, 26 de junio de 2016

LA VISITA - 02. UN MUNDO DE AROMAS Y COLORES

2

Un mundo de aromas y colores

A mi alrededor no quedaba nada que me resultase conocido. Habían cambiado las sensaciones que experimentaba, había mutado el olor del viento y el matiz del vacío que me anegaba la mirada. No podía abrir todavía los ojos, pero me imaginaba que mi entorno se había llenado de matices que jamás había percibido. Me envolvía un suave aroma a flores, pero se trataba de una fragancia totalmente desconocida para mí.
Durante el tiempo que había transcurrido desde que había abandonado mi mundo hasta que mi alrededor había cambiado, había perdido por completo la estela de las percepciones que tan nítidamente había captado antes de que todo desapareciese. Había dejado de notar cómo Loyei se aferraba con desesperación y miedo a mí, había sido imposible pensar en algo externo a aquel momento y había perdido la noción del espacio y de mi propia existencia.
Sin embargo, en esos momentos ya había comenzado a recuperar la percepción de mi cuerpo, de mi alma y de mi entorno. Notaba, de nuevo, cómo Loyei me apretaba los hombros con sus pequeñas manos y cómo nuestro alrededor se templaba como si se hubiese prendido una tierna lumbre.
Ya puedes abrir los ojos —me avisó una voz desconocida; pero enseguida supe que era Loyei quien se había dirigido a mí—. Bienvenida a mi morada, Sinéad.
Me sentía muy extraña, como si no tuviese materia. Me parecía que solamente mi ser se formaba de aire y de colores, pero aquella sensación me resultaba totalmente incomprensible e imposible, así que abrí los ojos e intenté centrarme en lo que me sucedía y en lo que captaban mis desorientados sentidos.
No pude evitar que un suspiro de sorpresa me brotase de las entrañas. No podía comprender la apariencia de mi alrededor. Nunca había visto ni sentido nada parecido. Había tantos matices que me sentía cegada. La luz del día no provenía únicamente del cielo, sino que emanaba de los árboles que nos rodeaban, de la tierra que podía ser nuestro suelo y que sin embargo parecía repelernos, de las flores que lo cubrían todo, del aire que soplaba entre las ramas de los árboles, incluso parecía desprenderse de nuestro cuerpo. Era un mundo agobiante hecho solamente de fulgores que resplandecían desesperadamente.
Loyei, no puedo soportarlo —protesté perdiendo el equilibrio; pero el suelo no me acogió cuando anhelé tumbarme sobre sus flores, sino que me mantenía flotando en el aire como si en ese mundo no existiese la gravedad—. Por favor, Loyei, ayúdame.
¿Qué te resulta tan incómodo? —se rió Loyei. Tenía una voz cristalina y una risa hecha de campanitas—. No puedes tocar el suelo a menos que lo desees con todas tus fuerzas, pero solamente podrás tocarlo, no pisarlo, porque en este mundo no pisamos las flores ni la hierba.
Y esta luz...
Tendrás que acostumbrarte porque en este mundo nunca anochece.
Incluso la voz de Loyei me resultaba estridente, como la luz que me rodeaba y que tanto me asfixiaba. Entonces noté que la piel se me templaba excesivamente y que el interior de mi ser comenzaba a arder. El pánico más destructivo y desesperante me arrebató la poca calma que me quedaba y entonces empecé a suplicarle a Loyei que me ayudase a volver a mi mundo.
No puedes regresar todavía —me alertó sin perder la sonrisa que le brillaba en los labios. Parecía como si nada le resultase preocupante. De repente destilaba su ser tanta felicidad que me sentí culpable por estar tan asustada—. No te imaginas cuánto extrañaba esta luz, este calor, estos colores. ¡Es mi hogar, al fin!
Yo no podía compartir su alegría porque estaba sufriendo mucho, pero sí me alegraba por ella, si es que en medio de tanto desconcierto y miedo podía existir una emoción tierna. 
Sin esperarla ni preguntarle nada más, empecé a volar a través de ese bosque excesivamente iluminado. La piel ya me ardía y el cuerpo me temblaba como si de una hoja caduca antes de caer de su rama se tratase. Buscaba desesperadamente un lugar oscuro que pudiese protegerme de aquel intenso e ininterrumpido fulgor, pero parecía como si todos los elementos de aquel bosque hubiesen hecho un pacto con las sombras para echarlas de allí, para impedirles que se acumulasen en algún rincón. No había cuevas ni cerca ni en la distancia que me atrajesen hacia sí para ampararme. Las ramas de los árboles crecían muy separadas las unas de las otras, como si no quisiesen interrumpir, bajo ninguna circunstancia, el torrente de luz que llovía del cielo. Ni siquiera había nubes que pudiesen adornar aquel incendiado firmamento.
Deseé, desesperadamente, regresar a mi mundo; aquél que hasta entonces había querido abandonar sin pensar en que había lugares que podían deshacerme mucho más. Rogué que la nada que siempre me rodeaba antes de cambiar de realidad me envolviese de nuevo y que me arrastrase hasta algún lugar que pudiese ampararme. 
Mas mis ruegos no surgían efecto, por muy desesperada que los lanzase. Mi alrededor no cambiaba y parecía como si la luz que llovía y emanaba de todas partes se intensificase a medida que yo avanzaba, como si mis súplicas la alimentasen. 
De repente noté que muchas manos me arrastraban hacia un lugar que yo no podía imaginarme. Me dolía tanto la piel que aquel inocente contacto me hizo gritar de desesperación. Una voz trató de calmarme, pero yo no podía serenarme porque el miedo me había descontrolado por completo. Chillé de dolor y de tristeza hasta que percibí que la voz también me ardía.
¿Qué le sucede? No entiendo qué le ocurre, por qué sufre tanto.
Yo tampoco, pero está ardiendo. Está quemándose.
Nuestra luz le hace daño.
Es imposible. Nuestra luz es totalmente inofensiva.
Para nosotras, pero para ella...
Tenemos que ayudarla como sea.
Podemos ayudarla a regresar a su mundo, pero no sé de dónde viene.
Yo he ayudado a Loyei —traté de decirles, pero mi voz solamente fue un efímero y frágil susurro.
¿Qué dices?
Loyei se perdió en mi mundo y...
¿De qué mundo procedes?
De la Tierra.
Me costaba tanto expresarme que incluso tenía la sensación de que, si hablaba, mi voz rasgaría mi interior hasta provocarme heridas sangrantes e incurables. Los extraños seres que me rodeaban parecían no comprenderme y aquello me desesperaba profundamente.
Dinos cómo podemos llevarte a tu mundo.
No lo sé. Quiero irme. Me duele.
Entonces, lamentablemente, comencé a perder la noción del tiempo. La intensa luz que me rodeaba empezó a desvanecerse y, de repente, la oscuridad me envolvió. El dolor que aquel intenso fulgor me provocaba también se silenció y, al menos durante unos largos instantes, pude respirar en paz, sumergida en un sueño hondo y espeso sin imágenes ni sensaciones.
De pronto, alguien me extrajo de aquel profundo sueño agitándome de los hombros y llamándome con mucha calma y ternura. Abrí los ojos sintiéndome completamente desorientada y entonces me encontré con una mirada serena y oscura que, sin embargo, brillaba como una estrella errante.
¿Cómo te encuentras?
No lo sé. 
¿Te duele la piel?
Sí, un poco.
Entonces aquella mujer desconocida se retiró de mí unos instantes, pero regresó enseguida portando en las manos una especie de recipiente de madera del cual extrajo un extraño ungüento que empezó a aplicarme en ciertas zonas de mi cuerpo en el que el dolor era bastante intenso. El frío contacto de aquella textura suave me reconfortó bastante.
No te preocupes. Estás a salvo. Ha sido muy peligroso para ti adentrarte en un mundo para el cual no estás hecha.
No entiendo qué ha ocurrido.
Yo te he salvado. Ahora, descansa.
¿Dónde estoy?
No te preocupes por nada. 
La mujer, mientras me hablaba, iba frotándome las heridas con aquel reconfortante bálsamo. Me encontraba mucho mejor, pero la desorientación que me invadía el alma atenuaba cualquier sensación agradable.
¿Quién eres? —le pregunté con vergüenza.
¿Qué importa? Soy alguien que puede ayudarte y que, de hecho, te ha salvado la vida —me contestó separándose de mí—. Ahora debes descansar. Cuando te hayas recuperado totalmente, entonces hablaremos.
Se alejó de mí por un estrecho y largo corredor. Oí que cerraba una puerta allí a lo lejos y entonces todo se quedó en silencio. Quise mirar a mi alrededor para detectar la apariencia del lugar en el que me hallaba, pero no pude mover los ojos porque éstos me pesaban mucho, como si mi entorno estuviese anegado en un aroma que me provocaba una ineludible somnolencia. Volví a quedarme dormida y permanecí durante unas largas horas sumergida en un sueño sin sueños, oscuro y denso como la muerte. Lo único que resonó en mi dormida memoria y mi apagada consciencia fueron unas palabras que intentaron convertir aquella negrura en algún sueño, pero solamente existieron en forma de eco en mi silenciada mente: esto es como la muerte.
Cuando volví a abrir los ojos, me percaté de que ya no me dolía ni un solo centímetro de mi piel y que podía observar con nitidez mi alrededor. Estaba curada de las heridas que aquella intensa y despiadada luz me había hecho, pero la desorientación todavía me impedía sentirme totalmente en paz. 
Antes de que pudiese percibir la apariencia de mi alrededor, oí que sonaba una música muy suave y lenta en una estancia lejana. Era una música hecha de flautas dulces, tambores y un instrumento de cuerda cuyo sonar me resultaba desconocido. Aquella música me hipnotizó, pues durante unos largos momentos fui incapaz de pensar, pero también me llenó el alma de una inmensa tristeza, como si aquella música transportase en su melodía el recuerdo de otros tiempos, de otros lugares en los que nunca había estado o que había abandonado hacía muchísimos siglos. 
No pude evitar que las lágrimas me anegasen la mirada, sobre todo cuando a esa nostálgica y triste música se le añadió una voz muy dulce, mágica y cálida; una voz que entonaba lentamente unos versos que, sin poder evitarlo, se me hundieron en el alma como si fuesen puñales afilados. Me quedé paralizada cuando comprendí el significado de aquellas palabras, cuando me percaté de que, aunque aquella canción fuese totalmente desconocida para mí, se relacionaba muchísimo con mis sentimientos, como si quien la había compuesto se hubiese inspirado en mis sensaciones y en mis emociones para volverla mucho más hermosa y triste:
Caía la noche en el bosque, las estrellas lejanas brillaban en su andar.
Perdida sola en un mar sin olas, en una calma añorada.
Era oscuro y en silencio caminaba hacia la nada y la oscuridad.
Se perdía en la inmensidad del mar, junto a la orilla que la separaba de su realidad. 
En sus ojos canta la soledad, en su mirada se halla la eternidad.
Una danza triste mece su corazón,
Y el mundo ha desaparecido para ella,
Jamás regresará a su hogar, pero se aloja en la eternidad.
En su llanto, cantan recuerdos pasados, verdades ocultas.
Cuando cree que el mundo es cruel, mira hacia el cielo,
 en la faz de la luna encuentra la verdad.
Tal vez nunca halle su hogar,
pero en sus labios nace una dulce beldad;
y en su alma mora la herida del desamor...
No pude evitar salir del lecho que me había acogido y caminar hacia el lugar del que provenía la música. Las flautas, aquel misterioso instrumento de cuerda y la voz de quien cantaba con tanta tristeza y a la vez firmeza me impulsaban a andar con decisión. No obstante, yo tenía el alma anegada en temor y nostalgia. Aquellas emociones me detenían y me obligaban a luchar contra las ganas de llorar que se me habían aferrado tan desesperadamente a la garganta.
Al fin me hallé enfrente de la puerta que conducía a la estancia que la música tanto llenaba. Me pregunté cómo sería el aspecto de la mujer que cantaba con tanta serenidad y pena. Me figuré que ante ella se hallaría una tierna cantidad de seres que la escucharían atenta y profundamente mientras la observaban con admiración, tal como me habían escuchado y observado los humanos para los que tantas veces canté y toqué en el castillo de mi padre. 
Me acerqué a la puerta y me quedé paralizada junto a aquella gruesa madera, escuchando atentamente cada nota, cada melodía, cada tono que brotaba de los músicos y de la cantante. De repente, noté que alguien abría la puerta y me miraba con complicidad, invitándome a adentrarme en aquel mágico momento. Se trataba de un hombre que me sonreía con ternura y fascinación. Enseguida me percaté de que se trataba de un humano con la piel muy sonrosada, con los cabellos castaños y los ojos profundamente marrones. Su sonrisa era franca y viva. Estaba vestido con elegancia y con sencillez, portando unos pantalones negros y un jersey de lana azul. 
No me opuse a que me condujese al interior de la estancia; la cual estaba iluminada por un gran número de velas que resplandecían junto a las sombras. En el fondo de la sala, había una inmensa chimenea en la que ardía una lumbre acogedora y tibia. Había cortinas de terciopelo rojo que nos ocultaban la grandeza de los ventanales que, seguramente, cuando el día reinase en la naturaleza, introducirían un bello esplendor dorado que adornaría todos los rincones de aquella habitación.
Tal como había intuido, un número, aunque reducido, de personas escuchaban cómo aquel ser mágico cantaba como si no hubiese nada más a su alrededor, solamente la música y su voz, como si el mundo se redujese a aquel espacio pequeño en el que su voz resonaba nítidamente y como si el tiempo se encerrase en aquella triste canción. 
Nadie reparó en mi presencia, lo cual agradecí, pues estaba demasiado emocionada y no quería que nadie percibiese mis sentimientos. No estaba segura de que aquellas personas conociesen mi verdadera identidad, pero había una voz en mi interior que me alertaba de que posiblemente todos aquellos seres supiesen todos los detalles de mi vida y de mi forma de ser.
Observé, como lo hacían todos, a la mujer que cantaba junto a la flauta, acompañada por un tambor tímido y por aquel precioso y tierno instrumento de cuerda que me recordaba al arpa y al laúd al mismo tiempo. Cuando hundí la mirada en quien tenía una voz tan perfecta, me sobrecogí. Se trataba de la mujer que me había curado las heridas que la estridente luz de aquel extraño mundo me había horadado en la piel. Enseguida se apercibió de que yo la miraba, como si hasta entonces solamente hubiese existido para compartir conmigo ese instante. 
Lo que más me alivió fue percatarme de que su apariencia no era imponente. No era tan alta como yo, pero su cuerpo era delgado y estaba bastante bien proporcionado. Estaba ataviada con un vestido rojo que le llegaba a los tobillos y que remarcaba la fina forma de su cintura y la anchura sinuosa de sus caderas. Tenía los cabellos rojizos, aunque intuí que aquél no era su color original, y los ojos marrones, de los que emanaban certezas que me costaba comprender. Tuve la sensación de que no podía observar su alrededor con toda la nitidez que era necesaria, como si solamente captase una pequeña parte de los detalles que la rodeaban. Supe enseguida que no había intuido que me hallaba enfrente de ella porque me hubiese visto, sino porque el sexto sentido que la acompañaba siempre se lo había desvelado. Tal vez hubiese aspirado el aroma de mi cuerpo o se hubiese sentido observada por unos ojos que antes no se habían hundido en su imagen. Fuese como fuere, lo cierto es que me sentí instantáneamente conectada a ella, como si su alma y la mía hubiesen emanado de un mismo cuerpo, de un mismo segundo de vida. 
Cuando la canción terminó, ella se acercó al público, tal vez para observar mejor a quienes la escuchábamos y la mirábamos, y, con divertimento y simpatía, nos dijo a todos:
Esta noche tenemos el privilegio de alojar en nuestro hogar a un ser muy especial del que os he hablado ya demasiadas veces. Muchos de vosotros, la mayoría, creéis que no existe, que es una invención de mi mente; pero ahora podré demostraros que es real, que yo no me imaginé nada. Solamente dos personas, mis   dos mejores amigos, sabían que ella sí existía. Por favor, Sinéad, ven a mi lado y hazles entender que yo no estaba loca —me pidió riéndose nerviosa.
No me opuse. Caminé hacia el hueco en el que se hallaban ella y los músicos y entonces me situé a su lado. Me tomó enseguida de la mano. Su piel era cálida, contrastaba mucho con la gelidez que invadía todo mi cuerpo, pero a ella aquello no le importó, pues estaba demasiado acostumbrada a mí. Me conocía mejor que nadie, quizá mejor que yo a mí misma.
Ella es Sinéad. Es la protagonista de quince de mis novelas. Es el personaje con el que más a gusto me siento cuando escribo. Es el único personaje que me insta a seguir escribiendo, que me motiva a escribir páginas y páginas, quien despierta mi imaginación. Es la vampiresa que encuentro en todas las canciones bellas. He permanecido alejada de ella durante un tiempo que ni yo misma sé contar porque quería obedecer a todos aquéllos que me aconsejaban que escribiese algo distinto; pero lo único que he conseguido restando apartada de ella ha sido tristeza y desmotivación. Sinéad, no creo que pueda cumplir mi sueño de ser escritora, pero no porque yo no quiera serlo, sino porque sé que este mundo no me lo pondrá nada fácil y yo no tengo fuerzas para seguir luchando, para continuar decepcionándome a la mínima. Por eso he decidido que a partir de ahora escribiré casi siempre para mí, ignorando todo lo que me dijeron en el pasado. Esta historia es real y deseo que la vivamos juntas. Estás en mi mundo. Mi mundo es horrible porque habito en una ciudad en la que parece que no importe la naturaleza, pero juntas soñaremos con otro mundo mejor. La imaginación nos permitirá soñar con otras realidades y la música nos ayudará a darles forma a todos nuestros sentimientos y pensamientos. En mi mundo, ése que se aleja tanto del que realmente habito, yo puedo cantar bien, sé tocar el arpa y más instrumentos preciosos, escribo poesías tristísimas y puedo imaginarme que vivo en un antiguo castillo rodeado por la naturaleza más exuberante y hermosa; pero en realidad sé que todo eso está en mi imaginación. En mi vida real, tengo amigos maravillosos, una familia que me quiere y que yo aprecio y también tengo un chico que me quiere; pero nada de eso me llena realmente, a pesar de que, cuando lo reconozco, me invade la pena, pues me siento culpable al pensar que estoy siendo ingrata con la vida por no apreciar las cosas buenas que me entrega; pero no es verdad. Yo sí aprecio lo que tengo y le agradezco mucho a la Diosa que haya puesto en mi vida a personas tan maravillosas; pero eso no puede evitar que sueñe con otros mundos. Ahora ya habéis visto que Sinéad sí existe —dijo tras una larga pausa en la que intuí que trató de ignorar las ganas de llorar que la atacaban—. No volváis a creer que todo lo que escribo brota únicamente de mi imaginación.
Todos los que nos escuchaban y nos observaban aplaudieron entusiasmadamente; pero, de repente, nuestro alrededor comenzó a difuminarse, como si de los muros emanasen unas brumas que lo cubrían todo, y todas aquellas personas desaparecieron. Solamente nos quedamos ella y yo, a solas en una habitación silenciosa. Los instrumentos también se habían desvanecido. Era como si nunca hubiese existido la música, como si las palabras que ella les había dedicado a todos hubiesen sido un hechizo que había diluido en olvido todos los detalles de nuestro alrededor y de nuestros momentos. 
¿Qué ha ocurrido? —le pregunté sobrecogida.
Has imaginado conmigo. La música sí ha existido, pero estábamos completamente solas cuando la tocaba. Has venido en el momento en el que yo he deseado que aparecieses y has entrado en esta sala acompañada por una persona muy importante para mí que, sin embargo, nunca podrá hallarse totalmente inmersa en mi mágico mundo; pero tú sí puedes hacerlo porque somos iguales, Sinéad.
Pero ¿y dónde está mi hogar, mis seres queridos, todo lo que me pertenece?
Puedes volver cuando quieras.
No entiendo nada.
Yo he tratado de introducirte en un mundo nuevo para ti, pero me he equivocado. No puedes estar en todos los mundos que imagino porque esos mundos no están hechos para ti. No puedes hallarte en un mundo solamente compuesto de luz y carente de gravedad porque es lo opuesto a lo que tú necesitas para vivir. Es eso lo que he tratado de hacer conmigo misma: vivir en mundos para los que no estoy hecha. Lamentablemente, intento vivir en un mundo en el que no me siento a gusto; pero no puedo escapar realmente de él, como sí puedes hacerlo tú, y el único transporte que necesitas para huir de un mundo a otro es la imaginación, igual que yo.
Entonces, ¿no existe ese mundo tan iluminado y tan extraño?
Sí, sí existe, pero no te haré regresar a él.
¿Tú puedes controlar la apariencia del mundo en el que habito?
Sí, pero siempre regresarás al mundo en el que yo vivo porque es ahí lamentablemente donde encuentro la inspiración.
Entonces, si puedes controlar la apariencia de los lugares en los que puedo vivir, haz, por favor, que habite en el pasado de nuevo, en un castillo antiguo y acogedor hallado en medio de un bosque al que sea muy complicado acceder.
Podría llevarte al pasado, pero eso forma parte de tus recuerdos, Sinéad. No puedes volver a vivir en ese tiempo ni en ese espacio porque ya lo hiciste. Ahora tienes que enfrentarte a este presente y vivir en esta Tierra enferma. Yo también estoy obligada a hacerlo, Sinéad; pero juntas estoy segura de que conseguiremos embellecer todos los lares en los que tengamos que vivir.
  • ¿Podría pedirte, entonces, que me ayudases a regresar a un mundo en concreto?
  • Sí, por supuesto. Quieres regresar a Lainaya, ¿verdad? 
  • Sí, así es. 
  • Está bien.

Así pues, aquella conversación tan extraña fue el principio de una época diferente. Permanecí unos cuantos días y noches en aquel hogar imaginado, sabiendo que dentro de poco tendría que regresar al mundo que había abandonado; aquél en el que, sin embargo, habitaban seres tan mágicos como Artemisa. No obstante, de repente me planteé la posibilidad de que todos ellos no fuesen reales y que solamente existiesen en la única tierra donde en realidad habito: la de la imaginación. Era posible viajar de un mundo a otro e incluso volver al pasado porque todo aquello se halla inmerso en esa tierra indestructible. 

Aquella certeza me sobrecogió, pero, sin embargo, no era nueva para mí. Ya la conocía. Lo único que me ocurría era que nunca me había atrevido a enfrentarla. En esos momentos, comprendía que no podía huir de esa tierra en la que nos encontrábamos todos los seres y lugares que habían formado parte de mi destino. Tal vez en esa tierra sí fuese totalmente inmortal.

miércoles, 15 de junio de 2016

LA VISITA - 01. LA VISITA

1
La visita
Me arrastraba por el barro, el agua me humedecía las manos y el frío me paralizaba. Estaba oscuro, muy oscuro a mi alrededor, y sobre mí sólo había tinieblas. La noche avanzaba en soledad, yo corría tras ella, hundiéndoseme los pies en la tierra. Tropezaba con las raíces de los árboles cuando los relámpagos no se atrevían a iluminar mi senda. El trueno resonaba entre las montañas y acrecía la fuerza de la lluvia. Llovía tanto que me costaba atisbar la silueta de los árboles, pero yo no me detenía. Conocía muy bien el camino que tenía que seguir para llegar al único lugar que podía ampararme de esa tormentosa noche. 
No se oía nada más que la lluvia, el trueno y, de vez en cuando, el lejano canto de un búho que, desorientado, intentaba reclamar la atención de la naturaleza; pero, en aquella tristísima y fría noche, nadie podría encontrar consuelo en ninguna parte. El río que tantas veces había sido para mí un murmullo que me ayudaba a hallar la continuación de mi camino se mezclaba con la intensa lluvia que lloraba el cielo oscuro, por lo que me resultaba completamente imposible encontrar una señal en medio de tanta soledad. 
Al fin, noté que el suelo que pisaba cambiaba. La blandura de la tierra húmeda se convirtió en unas piedras endurecidas por la sequedad que de repente me rodeó. Estaba bajo aquel techo que tantas veces había sido un refugio para mí. El viento y la lluvia se adentraron conmigo en aquel lugar que siempre me había parecido tan protector; pero aquella noche me percaté de que se había acumulado en todos sus rincones un sinfín de oscuridad y soledad.
El viento que soplaba a mi alrededor era tan gélido que no podía evitar que el cuerpo me temblase brutalmente. Tenía miedo, pero no me atrevía a prestarle atención a esa emoción tan asfixiante y paralizante. El agua que el cielo había llorado tan desesperadamente me chorreaba de los cabellos y me impedía ver con claridad lo que había a mi lado y enfrente de mí; pero al fin conseguí secarme los ojos y, lentamente, me acostumbré a la oscuridad que me envolvía. Era una oscuridad absoluta. Todavía tenía miedo, pero la curiosidad que de repente me había anegado el alma silenciaba mínimamente aquella emoción. Pude mirar a mi alrededor y entonces descubrí que me encontraba en una parte de aquel hogar en la que nunca había estado. Enfrente de mí había una puerta de madera que parecía rasgada por el paso del tiempo. A mi derecha, había una mesa grande rodeada por cuatro sillas acolchadas y, junto a la mesa, había un gran ventanal totalmente cerrado por el que ni siquiera podía adentrarse el susurro del viento; mas el viento se oía a mis espaldas, agrietando la calma, silbando estridentemente y golpeando aquella puerta de madera que tenía ante mí como si de un puño enfurecido se tratase. 
El miedo volvió a palpitar por dentro de mí, pero yo lo ignoré y seguí mirando a mi alrededor. A mi izquierda, había un pasillo largo y oscuro. No podía atisbar dónde se terminaba porque la falta de luz me ocultaba su fin. Aquello me estremeció mucho más que saber que me encontraba totalmente sola en aquel lugar que en un tiempo lejano había sido para mí como una morada incondicional y que, en esos momentos, me parecía el sitio más inhóspito de la Tierra.
El profundo silencio que me rodeaba era absoluto. Era tan exacto que podía percibir los sonidos más tenues que creaban la voz de aquella solitaria noche. La lluvia golpeaba con fuerza los muros de aquella antigua morada y hacía temblar las ramas de los árboles. El trueno continuaba gritando a lo lejos, estremeciendo los troncos y la tierra, provocando que el alma me vibrase con impotencia. 
Retomé mi camino, ése que la impresión y el deseo de sentirme protegida habían detenido. El pasillo que tenía a mi izquierda parecía invitarme a que lo recorriese, así que, ignorando el temor que me invadía las entrañas, me adentré en ese inhóspito corredor sabiendo que, a medida que anduviese, mi alrededor iría descubriéndose ante mí. 
Aquel lugar estaba totalmente abandonado. Parecía como si hiciese muchos siglos que nadie respiraba allí. La soledad y la oscuridad eran las únicas habitantes que se atrevían a morar en aquella olvidada morada. No obstante, yo notaba que no estaba sola, que no era la única que inspiraba el frío aire que lo anegaba todo. Había alguien más, no sabía si cerca o lejos de mí; pero estaba segura de que, cuando menos me lo esperase, me encontraría con una mirada desconocida.
El resplandor de un rayo iluminó súbitamente mi alrededor y me permitió percibir los detalles del lugar en el que me hallaba. El pasillo que antes me había parecido interminable se acababa justo enfrente de mí. Desembocaba en una puerta de madera de doble hoja que estaba entreabierta. Del interior de la estancia que tenía ante mí emanaba una cálida fragancia a incienso. Pude reparar en que aquella sala estaba alumbrada por algunas velas, cuyo pábilo se mantenía paralizado, como si allí afuera el viento no azotase las ramas de los árboles. 
  • Pasa.
Aquella inesperada voz me sobrecogió profundamente. Fue su sonar dulce, sin embargo, lo que me encogió el alma. Se trataba de una voz cariñosa y paciente que me serenó al instante. No dudaba de que fuese real, así que, intentando no temer, terminé de abrir la puerta que tenía enfrente de mí y entonces me adentré en aquella estancia tan confortable y llena de calor.
Había, al menos, diez velas templando el ambiente, situadas estratégicamente en los rincones en los que, posiblemente, se agolparían las sombras si aquel fulgor no resplandeciese. En el centro de la estancia había una mesa muy baja en la que ardía un precioso incensario. El olor y el humo del incienso empezaron a llenarme el alma de paz y armonía. 
Una alfombra mullida de color rojo cubría el suelo de la estancia, invitándome a sentarme y acomodarme junto al incienso y las velas. Una mujer menuda, delgada y morena me observaba desde un rincón de la sala. Tenía un gran ventanal a sus espaldas, pero éste tenía los postigos herméticamente cerrados. Aquella habitación parecía ser un micromundo separado del exterior, completamente ajeno al viento y a la lluvia.
La mujer que me había invitado a entrar en aquella sala se separó de la ventana y se sentó a un lado de la mesa; la cual era cuadrada y de madera oscura. La tenue luz de las velas provocaba que la iluminación que adornaba aquella sala se adhiriese a la oscuridad que lo anegaba todo. La luz y la oscuridad se unían de tal modo que ninguna vencía a la otra, como si hubiesen hecho un trato entre ambas de respeto y serenidad.
  • ¿Te molesta el humo del incienso? —me preguntó la mujer sin mirarme.
  • No, no me molesta.
La mujer tenía la mirada fija en el humo del incienso; el cual era azul y denso. Transcurridos unos pocos segundos, entonces alzó los ojos. Le brillaban mucho, como si en su negra pupila y en su iris marrón se reflejasen los rayos de la luna. No me sonreía, pero el gesto que tenía congelado en el rostro tampoco era serio. Era sereno, como si nada la inquietase. Tenía las manos escondidas en los pliegues de su falda roja y se cubría el pecho con un chal de lana de color negro. Estaba preciosa, además, porque sus cabellos negros como la noche le caían ondulados por la espalda y se le posaban delicadamente en los hombros. Tenía un rostro redondo, aunque la curva de la mandíbula la tenía más inclinada de lo esperado. Sus ojos eran pequeños y su mirada estaba velada por unas densas y largas pestañas que volvían mucho más misteriosos sus ademanes. Tenía las cejas finas y arqueadas y la frente pequeña. 
Era delgada, pero su cuerpo era elegante y atractivo. Sin saber muy bien por qué, cuando la miraba, se repartía por mi interior un calor muy agradable y ansiaba situarme lo más cerca posible de ella, pero, sin embargo, me mantuve quieta, de pie, esperando a que fuese ella quien me invitase a acomodarme.
  • Estás sedienta y debes de estar helada. Tendría que haber encendido la lumbre, discúlpame; pero hace tiempo que no voy a recoger leña al bosque. Lleva lloviendo desde hace más de una semana. 
  • No te preocupes —le respondí inquieta.
  • Lo más seguro es que no comprendas por qué estás aquí, pero yo te ayudaré a encontrar la respuesta a todas tus preguntas —me aseguró levantándose de donde estaba sentada y dirigiéndose hacia un armario de roble cuya presencia había inadvertido por completo—. Te prestaré ropa seca y limpia.
Entonces, tras abrir las grandes puertas de ese armario, sacó de su interior un vestido de lana y una extraña capa que me ofreció todavía sin sonreírme. Me pregunté qué aspecto tendrían sus sonrisas y aquello me sonrojó, pues de repente me las imaginé luminosas.
  • Puedes desvestirte delante de mí. No tengas vergüenza. No me sorprenderé ni me horrorizaré —me aseguró retirándome la mirada. Durante unos efímeros segundos, había tenido la sensación de que me había mirado fijamente y había deslizado los ojos por todos los rincones de mi cuerpo; pero enseguida me convencí de que aquellas percepciones me las había ofrecido el humo del incienso—. Mientras te vistes, si no te importa, tocaré un poco de música. Lo necesito. Hace una noche tan triste... pero tan hermosa... Hay que entrar en el mundo mágico a través de la música.
Entonces tomó una pequeña arpa entre sus manos y comenzó a tocar muy lentamente. Me desvestí intentando que el miedo y la vergüenza no me detuviesen y, cuando me hube ataviado con las prendas que ella me había ofrecido, coloqué en un rincón mis humedecidos ropajes y después me acerqué a ella con sigilo. Me senté enfrente de ella sin preguntarle si mi cercana presencia la molestaba.
  • Dime —me pidió mientras tocaba—, ¿por qué crees que estás aquí?
  • Este lugar fue mi hogar durante muchos años. Hace poco que me mudé a un pueblo que queda cerca de aquí y recordaba perfectamente el camino que llevaba hasta esta morada.
  • ¿Sabías que yo la habitaba?
  • No, no lo sabía; aunque continuamente intuía que me encontraría con alguien.
  • ¿Te molesta que me haya apoderado de tu antigua morada?
  • No, pues entonces el silencio, la oscuridad, la soledad y el olvido la habrían ocupado.
  • Igualmente la oscuridad, la soledad y el silencio la invaden, ¿no crees? Mi presencia no es absorbente, al contrario, no influye en absoluto en el entorno.
  • La mía tampoco.
  • ¿Cómo te llamas?
  • Sinéad.
  • Ya lo sabía, pero quería oír cómo sonaba tu nombre en tu voz.
  • ¿Tú quién eres?
  • Me llamo Artemisa, pero mi nombre real era otro que he preferido olvidar.
  • ¿Y lo has conseguido?
  • No, no lo he conseguido. Sigue resonando en mi mente siempre que me acuerdo de mi pasado.
  • Yo tampoco puedo huir de mi pasado.
  • ¿Por qué quieres huir de tu pasado?
  • Porque he sufrido mucho y quiero vivir serenamente.
  • No eres humana, ya me he dado cuenta de ello, y estoy segura de que has vivido muchísimos años. Hay quienes se quejan porque han sufrido muchísimo y están cansados de vivir sin tener ni idea de que hay seres que han padecido mucho más que ellos, con diferencia.
  • No importa lo que haya sufrido otro ser. Cada uno padece a su modo los hechos que tiene que vivir.
  • Tienes una mirada muy triste.
  • Tú también.
  • Entonces podremos entendernos.
  • Eso creo, aunque hace mucho tiempo que nadie me comprende, ni siquiera yo me comprendo a mí misma.
  • ¿Por qué?
  • Hace tiempo que no me siento comprendida por los seres que me quieren y que yo quiero. Me parece que han perdido la facultad de entender mis sentimientos; los que siempre han sido muy intensos.
  • ¿Te ha dado miedo hallarte en esta morada tan antigua y abandonada en una noche tan tormentosa?
  • Sí, como si de nuevo fuese humana o hubiese acabado de entrar en mi vida vampírica.
  • ¿Vas a beberte mi sangre?
  • No, y me molesta que me lo preguntes.
  • ¿Por qué?
  • Porque, cuando alguien sabe que soy vampiresa, en lo único que piensa es en que me bebo la sangre de los humanos, como si nada más pudiese caracterizarme. Lo único que se preguntan cuando conocen mi verdadera identidad es si me beberé su sangre, como si no supiese hacer otra cosa.
  • ¿Qué te caracteriza?
  • No me apetece hablar de mí misma. Continuamente estoy pensando en mi forma de ser, cavilando acerca de cómo podría dejar de sentirme tan afectada por detalles casi nimios, pero no puedo.
  • Yo huí de la ciudad y me escapé de la vera de las personas que conocía porque ni yo las entendía a ellas ni ellas me entendían a mí. Hay personas que hemos nacido para estar solas, ¿comprendes? Y yo creo que tú eres así también.
  • Yo siempre he amado la soledad, aunque ha habido algunos años en los que ésta me ha desesperado. No es lo mismo estar sola sabiendo que los seres que amas se encuentran bien que hallarte completamente sola porque ellos no están a tu lado y posiblemente porque los hayas perdido para siempre.
  • Exactamente. Saber que los demás existen puede ayudarte a ser feliz rodeada de soledad.
  • Me gusta mucho hablar contigo. No deberías desaparecer nunca.
  • ¿Estás pensando en convertirme?
  • No, porque entonces perderías la tibieza de tu piel y el encanto de tus ojos. 
  • Yo no quiero ser vampiresa. No es necesario que me convenzas de que debo seguir siendo humana.
  • Yo no estaría dispuesta a convertirte, aunque me lo suplicases desesperadamente.
  • Eres todo lo contrario a lo que se espera de alguien: eres sensible, comprensiva, tienes la piel fría, el cuerpo frágil y a la vez fuerte.
  • Lo sé.
  • Y yo soy exactamente igual que tú: soy extremadamente sensible, comprensiva y empática, por eso prefiero restar apartada de los demás. 
  • Hay algo que me gustaría saber.
  • ¿Sí?
  • ¿Qué dones tienes?
  • Dones... —reflexionó—. Puedo contactar con otros mundos.
  • ¿Qué tipo de mundos?
  • Aguarda un instante.
Entonces su voz quedó oculta tras un silencio que se prolongó más allá de ese momento. Oía la lluvia, el sonido del trueno, el viento agitando las hojas de los árboles, e incluso podía captar el musitar de la cera al quemarse. La calma nos envolvió y creí que el amanecer nos sorprendería sumidas en aquella relajada falta de palabras, pero de repente noté que no estábamos solas, que alguien se había adentrado en aquel mágico instante.
Miré a mi alrededor, con serenidad y expectación, y entonces me encontré con una imagen que me hizo sonreír de ternura. Alguien me observaba desde la vera de Artemisa; alguien menudo, con los ojos grandes y relucientes, con un rostro redondo y precioso; alguien brillante que portaba un vestido largo y blanco, que tenía los cabellos rojizos y rizados, que me observaba con calma. La postura relajada en la que se mantenía me inspiraba tanta calma que no pude evitar sonreír de nuevo. Entonces aquel ser tan dulce y refulgente me sonrió también, aunque me dedicó una sonrisa casi efímera que apenas me permitió percibir la forma de sus dientes.
  • Esta pequeña mujer proviene de otro mundo muy distinto al nuestro —me alertó Artemisa.
  • Lo sé.
  • ¿Por qué lo sabes?
  • Porque ya he estado en el mundo de las hadas.
  • Entonces no hay misterios para ti.
  • Sí, sí los hay; pero no éste.
El hada que tenía enfrente de mí no se presentó. Solamente se sentó en el suelo y escondió las manos entre los pliegues de su falda, tal como había hecho Artemisa al situarse junto a la mesa. El hada miraba el incienso, distraída y también complacida, como si hasta entonces hubiese tenido que vivir momentos tensos y aquél fuese el primer instante en el que podía respirar serenamente. 
  • No puedo restar apartada de mi mundo durante más de una hora —nos avisó con su dulce voz lluviosa—. Tengo que irme antes de que transcurra esa hora porque, entonces, no podré regresar a mi hogar y desapareceré.
  • No te preocupes. No queremos entretenerte más de la cuenta —la serenó Artemisa.
  • Yo conozco a Sinéad, la conozco muy bien. Aunque te resulte incomprensible, es la madre de mi madre. No sé si me reconocerá porque hace mucho tiempo que nos vimos por última vez y la forma en que se alejó de Lainaya es un poco triste.
  • Sí te recuerdo, Lluvia, pero no me atrevía a afirmar que fueses tú porque hay muchas hadas en Lainaya que se parecen a Brisa y a ti —le contesté tratando de que la serenidad más inquebrantable me impregnase la voz. En realidad me sentía extremadamente nerviosa.
  • No es necesario que te disculpes. Yo sabía que me habías reconocido.
  • Dejad de hablar tan enigmáticamente, por favor —nos pidió Artemisa sobrecogida—. Era yo quien quería sorprender a Sinéad y, sin embargo, ha sido ella la que me ha dejado sin palabras.
  • Siempre actúa de la misma forma. Sinéad no te permite sorprenderla.
  • No es verdad. Hace tiempo que deseo que me sorprendan —me defendí avergonzada agachando la mirada. 
  • Sinéad, eres tan encantadora... —me halagó Artemisa con mucho cariño. Leí en su mirada que deseaba tomarme de las manos, pero no lo hizo.
  • Shiny, en Lainaya la llamamos Shiny.
  • Shiny es un nombre muy bonito.
  • Shiny, te extrañamos mucho —me desveló Lluvia con ternura.
  • No lo creo. No me permitisteis quedarme en vuestro mundo.
  • No nos guardes rencor por eso. Lo hicimos porque... bien, porque no queríamos que te alejases de la Tierra, ya que es el lugar donde tienes tu destino, donde debes finalizar tu vida. No puedes vivir en otro mundo, Shiny.
  • No entiendo nada. Yo no quiero vivir aquí. No me gusta este mundo, no me gusta cómo está evolucionando la vida en este lugar. Quiero alejarme para siempre de esta corrompida humanidad, y vosotros no me habéis permitido hacerlo.
  • No es cierto, Shiny. No sientes aversión hacia este mundo, sino hacia los humanos que están destruyéndolo. Por ese motivo, tienes que quedarte aquí, porque, si te marchases, entonces la naturaleza de esta tierra quedaría totalmente desamparada.
  • No hago nada útil viviendo aquí, al contrario, Mi desaliento se contagiará a la Madre Tierra y...
  • Todo eso solamente está en tu mente.
  • No quiero que discutamos —nos interrumpió Artemisa levantándose del suelo—. Hace tiempo que esperaba la llegada de Sinéad porque es la única que puede ayudarme.
  • ¿Ayudarte a qué? —le pregunté sobrecogida.
  • Venid conmigo, las dos.
Lluvia se levantó del suelo y empezó a caminar tras Artemisa y yo lo hice tras ellas. Artemisa se dirigió hacia una puerta cuya existencia yo no había advertido por completo, que se hallaba al lado del armario de roble del que había extraído la ropa que me había prestado, y entonces la abrió sigilosamente. Ante nosotras apareció un pasillo estrecho mucho más cálido que la habitación que habíamos abandonado. Nos condujo en silencio hacia unas escaleras que subimos sintiendo palpitar en nuestro corazón un sinfín de emociones. Estaba segura de que Lluvia experimentaba exactamente los mismos sentimientos e impresiones que yo, así que me acerqué a ella y la tomé de la mano, de su pequeña y frágil mano; la que, sin embargo, se parecía mucho a la mía. Entonces noté que sus dedos eran iguales a los míos y que la forma de su muñeca y de sus uñas también se asemejaba mucho a la mía.
  • Mi mamá tiene tus manos, se parecen mucho, y yo creo que...
  • ¿Cómo está Brisa?
  • Está...
  • Por favor, no habléis ahora —nos suplicó Artemisa deteniéndose en el último peldaño de aquellas escaleras de piedra.
Dotamos de silencio nuestra voz y entonces seguimos a Artemisa a lo largo de un estrecho pasillo que desembocaba en una puerta de madera clara. Artemisa la abrió sigilosamente, como si en el interior de la estancia a la que accedía estuviese durmiendo alguien que ella amaba con todo su corazón. 
  • No la asustéis, por favor.
Entonces nos adentramos en aquella alcoba misteriosa. Era pequeña y muy acogedora. Un brasero la llenaba de calor. En un rincón, tumbada en un lecho que parecía muy confortable, cubierta por una gruesa manta de lana, dormía una pequeña y preciosa criatura cuya especie no supe identificar; pero me pareció un ser totalmente mágico cuya existencia jamás había sido capaz de imaginarme.
  • Loyei, Loyei —la llamó Artemisa con mucha delicadeza.
Loyei abrió los ojos y se incorporó. Se retiró un mechón de la cara y la miró distraída y con mucha tristeza. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto y el rostro demacrado por la falta de sueño y energía. Tenía las manos delgadas y los brazos muy finos, como si nunca hubiese comido. Sin poder evitarlo, me recordó a aquellos difíciles años de mi vida en los que había tenido que luchar con tanto empeño contra la miseria para poder vivir.
A la luz de las velas que iluminaban aquella alcoba tan cálida, los ojos de Loyei parecían grisáceos. Tenía los cabellos oscuros como el tronco de un roble y el rostro muy bello, aunque la tristeza que lo teñía lo volvía imponente y sobrecogedor. Además, la ropa de dormir que portaba le otorgaba a su cuerpo un aspecto de fragilidad que me apenaba profundamente.
  • Loyei, ha venido la mujer que tanto deseábamos que llegase. Además, Lluvia ha vuelto para visitarte.
A Loyei se le iluminó un instante la mirada, pero entornó los ojos incapaz de soportar la presencia de la emoción que de repente le había invadido el alma; la que le había anegado la mirada en lágrimas. Las lágrimas volvieron más claros sus ojos y comenzaron a resbalar por sus hundidas mejillas. 
  • Sinéad, por favor, acércate a ella y tómala de la mano. Estaba deseando conocerte.
  • No sé qué debo hacer —protesté susurrando intimidada.
  • No es necesario que hagas nada extraordinario —me sonrió Lluvia—. Solamente busca consuelo y ser escuchada.
Entonces me acerqué a su lecho y me senté en una orilla para no molestarla, pero Loyei se me aproximó hasta tocarme los cabellos con sus delgadas manos. Me acarició el rostro, como si quisiese descubrir la textura de mi piel, y se detuvo durante unos largos instantes en la forma de mis mejillas. Me tañía con tanta delicadeza que no podía sentirme incómoda. Después, bajó las manos y se arrimó más a mí, como si me pidiese con desesperación con su quietud que la abrazase.
Aunque no la conociese de nada, la rodeé con mis brazos y protegí su menudo cuerpo contra mi pecho mientras le acariciaba los cabellos; los que eran sedosos y muy finos, casi quebradizos.
  • Encontré a Loyei hace tres años en medio del bosque, justo en una noche tan lluviosa como ésta —me explicó Artemisa—. Nunca me ha hablado. No he escuchado nunca su voz, ni siquiera cuando llora. La única forma que tenemos de comunicarnos es la mente. Me transmite sus pensamientos a través de la telepatía, pero yo no tengo tanto poder como para poder entenderla plenamente. Sabía que tú... Bien, este lugar me ha ofrecido la oportunidad de descubrir tu existencia, Sinéad. Hay muchos escritos tuyos que posiblemente hayas dado por perdidos y esos escritos me han ofrecido la oportunidad de conocerte; aunque eso forma parte de otra historia.
  • Es tan misterioso todo... 
  • Estás aquí porque tienes que ayudar a Loyei.
  • ¿Cómo?
  • Habla con ella.
Loyei estaba llorando entre mis brazos. Sus sollozos eran sólo suspiros que le hacían temblar y que la volvían tan frágil como una hoja caduca. Sentí tanta pena por ella que no pude evitar que los ojos se me llenasen de lágrimas, pero me las retiré antes de que Artemisa se percatase de que no eran sino gotas de sangre que podían despertar mi sed. No obstante, enseguida pensé que, tal vez, ella conociese todos los secretos de mi especie. De repente fui plenamente consciente del significado de aquel instante: había encontrado a una humana que me conocía plenamente y que no se asustaba por ninguna de las características que me definían.
  • Loyei, tienes que decirme de dónde vienes, qué eres, cómo podemos ayudarte —le pedí con mucha delicadeza.
Su voz mental no tenía sonido, era como el murmullo del viento. Podía expresar todo lo que anhelase y yo podía comprenderla plenamente, pero no podía intuir qué timbre tendría su voz; aquélla que solamente sonaría en su mundo. 
Loyei me confesó que su mundo no se asemejaba en absoluto al que la había acogido cuando se había perdido en las dimensiones y que necesitaba comer las hierbas que crecían junto a su casa porque entonces moriría dentro de poco. Podía alimentarse de las frutas que brotaban de los árboles de esta Tierra, pero no eran suficiente. Podían mantenerla estable durante un tiempo; pero, lentamente, iría perdiendo la energía de su cuerpo. Estaba a punto de morir de tristeza y de inanición. Las hierbas que encontraba en el camino que conducía a su morada le ofrecían las fuerzas para existir e impedían que su magia se desvaneciese. No podía hablarnos porque el aire que anega nuestro mundo no era compatible con el que se desprendía de su ser.
  • ¿Cómo podemos ayudarte a regresar a tu mundo? —le pregunté con miedo.
Loyei no me contestó. La mente se le llenó de silencio y de vacío. Agachó la mirada y cerró los ojos. Entonces me pregunté si podía vernos, si captaba los detalles y los matices de su alrededor, porque de momento no había posado la mirada en ningún punto fijo, como si lo único que la rodeaba fuese oscuridad.
  • No puede vernos, es cierto, no sabe cómo somos. No ve —me explicó Artemisa.
  • ¿Por qué? —le pregunté sobrecogida a Loyei.
Loyei me contestó, a través del extraño lazo que había unido su mente y la mía, que el mundo en el que nosotras vivíamos era tan distinto al suyo que ni siquiera estaba formado por los matices que sus ojos estaban acostumbrados a ver. No podía ver nada porque no estaba hecha para vivir en la Tierra. Lentamente, perdería también la capacidad de oír lo que la rodeaba, así como había perdido la vista.
  • Tenemos que ayudarla antes de que se desvanezca por completo —exclamé asustada.
  • Por eso deseábamos que vinieses, Sinéad —me confesó Artemisa con esperanza.
  • Pero no sé cómo puedo ayudarla.
  • Tú tienes el poder de trasladarte de un mundo a otro. Lluvia no puede viajar más allá de esta Tierra, pero tú sí, Sinéad.
  • Hace muchísimo tiempo que no me escapo de la Tierra y...
  • Tienes que intentarlo, Sinéad. 
No dudaba de que debía ayudar a Loyei, pero tenía miedo, mucho miedo, a perderme por una dimensión extraña en la que no existiese el camino que me llevase de vuelta a casa. No obstante, enseguida pensé que no tenía nada que perder. El mundo en el que vivía era un lugar hostil para mí. Si desaparecía porque me perdía en otra realidad, entonces sería porque mi destino estaba escrito de ese modo.
  • Está bien. Vayamos afuera.
Me levanté tomando en brazos a Loyei, quien estaba demasiado débil para sostenerse en pie, y me alejé de Artemisa y de Lluvia sin preguntarme si volvería a verlas alguna vez. La lluvia me recibió con fuerza cuando me hallé en el bosque y el sonido del trueno quiso acogerme con su potencia, pero, en lugar de eso, me sobrecogió muchísimo más. Loyei se aferró con mucha fuerza a mí y escondió su asustado rostro en mi pecho. Solamente entonces me fijé en lo menuda que era. Parecía una niña de un año. Me acordé de Brisita, de lo bello que había sido el período de tiempo en el que había tenido que acunarla en mis brazos para protegerla. Aquel recuerdo me llenó los ojos de lágrimas, pero traté de que la nostalgia no me alejase de ese instante.
  • Dime qué tengo que hacer. Cuéntame cómo es tu mundo, qué camino debo seguir para llegar a tu hogar y qué tengo que pensar para que tu tierra me acoja.
Entonces Loyei, motivada por mis peticiones, me transmitió, con energía, una retahíla de palabras con las que debía llenar mi mente. Confiaba en mi magia, pero no en la bondad de mi destino. Últimamente no obtenía buenos resultados en las acciones que emprendía. Ni siquiera podía componer como antes, como si la inspiración se hubiese agotado de ayudarme. Sin embargo, me olvidé de mis últimos fracasos y me centré en ese instante.

Me imaginé que la naturaleza que nos rodeaba era un campo sereno sobre el que refulgían las estrellas, en el que el viento no soplaba y cuyo suelo estaba cubierto por todo tipo de flores brillantes. Me imaginé que de repente un viento muy suave me separaba de las flores y empezaba a arrastrarme con mucha delicadeza, impulsándome hacia el cielo. De repente la oscuridad del universo me rodeó y las brumas de la magia me asieron del alma. No me hallaba ya en el mundo en el que había nacido, sino en ese camino irreal que siempre recorría cuando anhelaba viajar a Lainaya; pero esta vez sabía que aquella invisible senda no me llevaría a Lainaya, sino a otra tierra en la que jamás me había hallado y la cual nunca pude imaginarme.