jueves, 4 de agosto de 2016

LA VISITA - 07. TENEMOS QUE VERLA VOLAR

Tenemos que verla volar 
La noche había caído plena y densa sobre el mar. Las estrellas tiritaban tras las espesas nubes entre las que volaba nerviosa y tensa. El camino celestial hacia Muirgéin me pareció interminable; pero, al fin, entre las brumas de la lejanía y la lluvia latente que solía humedecer sus bosques, la vi refulgir como un astro errante. Se oía, desde el remoto rincón intangible donde me hallaba, el eco de los animales que habitaban en aquella antigua y serena naturaleza. En esos momentos, mientras observaba aquella bella isla tan poblada de árboles frondosos, me preguntaba dónde estaría Arthur. Sin embargo, la inquietud nacida de no conocer su paradero y de plantearme la posibilidad de que él no se encontrase en Muirgéin se desvaneció en cuanto el viento frío y húmedo de aquella triste noche me trajo el aroma de su cuerpo; el que se mezclaba con el silencio y la soledad que invadían aquellos lares tan mágicos.
Descendí suavemente a la tierra portando en el alma una inmensa calma con  la que deseaba desvanecer la voz de los sentimientos punzantes que querían atravesarme el corazón. Que Brisa estuviese enferma me desasosegaba tanto que me creía incapaz de hablar con serenidad; pero, cuando me hallé caminando entre los tupidos árboles de Muirgéin, sobre su mullido suelo, aquella intranquilidad tan profunda comenzó a desaparecer. Sin saber muy bien por qué, intuía que cualquier idea que se me ocurriese solucionaría aquella tristísima situación.
No pensaba en el camino que debía seguir, sino que directamente me dirigí hacia aquella cueva que Arthur amaba tanto. Sabía que él se encontraba allí, taciturno y melancólico, evocando los recuerdos más felices de su vida para sentirse protegido por la templanza de la ternura de la vida. Me lo imaginaba con la mirada perdida, los ojos fijos en aquellos momentos tan pasados, con sus eternos cabellos otoñales revueltos por la lluvia, la humedad y la soledad que vivían en Muirgéin, con el esbozo de una sonrisa pendiéndole de los labios... Su hermosura seguiría fulgurando, a pesar de que hubiesen transcurrido tantos siglos de su nacimiento, y estaba segura de que la añoranza que le anegaba el alma lo volvería mucho más bello. Aquella posibilidad me estremeció y me hizo preguntarme cómo actuaría cuando nos mirásemos a los ojos después de tanto tiempo sin hacerlo.
Cuando me hallé en el interior de aquella silenciosa y profunda cueva, miré a mi alrededor y, tal como había intuido, encontré a Arthur sentado enfrente de ese manantial de aguas nítidas y mágicas en las que, sin necesidad de que nos alumbrase la luna, nuestro reflejo aparecía con exactitud y esplendor.
Arthur se hallaba de espaldas a mí, por lo que no podía ni siquiera intuir mi presencia. Estaba profundamente sumido en sus pensamientos y en sus recuerdos, incapaz de advertir que su soledad se había turbado. El aire que flotaba a su alrededor, posiblemente, le trajese el aroma de mi cuerpo, así como a mí el viento me había llevado el suyo, pero yo no podía aguardar el momento en el que aquello sucediese, por lo que me acerqué a él y, antes de tocarle la espalda con cuidado para no sobresaltarlo en exceso, lo apelé con muchísima ternura y nostalgia. 
Arthur, al oír mi voz, se sobresaltó, al contrario de lo que deseaba que ocurriese, y se volteó rápidamente para cerciorarse de que lo que había oído formaba parte de su realidad. Al descubrirme ante él, observándolo con ternura y a la vez felicidad, se quedó paralizado; pero de los ojos se le desprendía muchísima sorpresa y a la vez alivio. Me sonrió con mucha dulzura. Me pregunté si él era consciente de que estaba sonriéndome con tanto amor. Me parecía que su mente y aquella sonrisa que había esbozado él con tanta luz formaban parte de seres distintos.
¿Sinéad? ¿Qué haces aquí, Sinéad? —me preguntó  incrédulo, incapaz de esconder sus intensos sentimientos.
Arthur, necesito hablar contigo.
Fue lo único que me atreví a contestar. Me senté en el suelo, a su lado, antes de que él se percatase de que estaba temblando brutalmente. Tenerlo ante mí después de tantos meses sin mirarlo a los ojos, tras todo lo que había acaecido entre ambos, me llenaba el alma de nervios y de tristeza a la vez. Cuando experimentaba aquellas emociones tan potentes, entonces me acordaba de Tsolen; pero no quería pensar en él porque, si lo hacía, todo lo que me había propuesto se me volvería insoportable e imposible de llevar a cabo.
¿Qué haces aquí? —volvió a preguntarme, esta vez retirando los ojos de los míos—. Me esperaba cualquier cosa, menos que vinieses a verme.
Sí, Arthur, yo tampoco me imaginaba, hace unos días, que acabaría volviendo a Muirgéin. Me he encontrado con Morgaine en Hispania. Vivía en el interior de un árbol grueso y...
¿Cómo está Morgaine? —me cuestionó asustado. Me pregunté si todo lo que Morgaine me había explicado sobre ellos dos era cierto.
Ahora estará muy feliz.
¿Cómo lo sabes?
Morgaine se encuentra en Lainaya.
¿Cómo?
Y lo más posible es que sea madre de muchos niadaes. Oisín y ella se han enamorado locamente, como si estuviesen destinados a estar juntos.
Las palabras con las que le explicaba a Arthur lo que había ocurrido con Morgaine me brotaban del alma sin que apenas yo valorase el significado que contenían. Arthur permaneció en silencio durante unos larguísimos momentos en los que solamente hablaba por nosotros la voz del viento que soplaba allí afuera meciendo las densas ramas de los árboles.
Me alegro por ella, de veras —declaró cerrando los ojos con fuerza. Intuí que estaba reprimiéndose las ganas de llorar que lo atacaban.
¿Tú la amas todavía, Arthur? 
La aprecio con todo mi corazón, pero ya no puedo amarla.
Ella me asegura que no es el amor de tu vida inmortal.
Se lo confesé así, ciertamente; pero no sé por qué tengo que experimentar esos sentimientos ni por qué tener encerradas en mi alma esas certezas que han destruido mi vida por completo y que tanto me impiden ser feliz.
Arthur, quisiera mantener contigo una conversación muy importante; pero antes tengo que advertirte de algo muy triste.
¿De qué se trata?
Arthur, Brisita está enferma. Se halla su vida muy cerca de la muerte.
¿Por qué?
Le expliqué, con sentimiento y nervios, lo que había acaecido desde que me había introducido de nuevo en Lainaya. Cuando se enteró de que la enfermedad de Brisa no tenía cura, empezó a llorar en silencio, ocultando sus rojizas lágrimas tras sus manos temblorosas. Yo no me atrevía a abrazarlo para consolarlo porque sabía que, en cuanto lo rodease con los brazos, yo también arrancaría a plañir desconsoladamente. La tristeza que me agitaba tanto el alma era tan potente que apenas me permitía moverme.
No he podido gozar apenas de ella, de su bondad y su belleza, y de repente la vida me la arranca definitivamente de mi lado —sollozaba Arthur desconsoladamente—. La vida siempre me aparta de los seres que más amo, sin los que menos capaz me siento de vivir. No es justo. No sé para qué estoy vivo si mi destino está tan lleno de sufrimiento.
Arthur, no te rindas, por favor. Tenemos que ser fuertes para ayudar a Brisita. 
No sé cómo la ayudaremos, Sinéad, si ni siquiera tu poderosa sangre ha conseguido destruir su enfermedad.
Yo estoy segura de que hay alguna solución que nadie ha logrado  descubrir todavía.
No, Sinéad. Si ni siquiera las hadas de Lainaya han logrado curarla...
Tenemos que volver a Lainaya. Estoy segura de que, juntos, encontraremos la forma de curarla. Ayúdame a volver, Arthur.
Yo no puedo volver, Sinéad, ¿o acaso no recuerdas que fenecí allí?
Sinceramente, ni siquiera recuerdo cuántas veces te has muerto —intenté bromear. Sorprendentemente, Arthur sonrió.
No sé cómo lo haces, pero siempre que estamos juntos encuentro el sentido a todos mis momentos.
Tenemos que ofrecerle el sentido de la vida a Brisita. Por favor, Arthur, ayúdame.
Lo haré, pero mañana. Hoy quisiera gozar plenamente de tu presencia. Hace mucho tiempo que deseaba conversar contigo.
Yo también anhelo que hablemos serenamente, pero no podré hacerlo mientras Brisita nuestra hijita esté en peligro.
Eso es cierto. Pues no se hable más.
Entonces Arthur salió de la cueva que nos protegía de la lluvia. Yo anduve en pos de él, intentando que los nervios que me atacaban no se apoderasen completamente de mí. Cuando nos hallamos en medio del bosque, bajo las frondosas ramas de los árboles, con las nubes espesas que cubrían el cielo custodiando todos nuestros movimientos, Arthur se acercó a mí y me tomó fuertemente de las manos. Cerró los ojos y me pidió con calma y a la vez impaciencia:
Pídele a Ugvia que te permita viajar a Lainaya. Ella puede oírte, pues se halla en todas partes, sobre todo en la naturaleza, y ésta que nos rodea, te lo aseguro, es mucho más poderosa que cualquier ánima ancestral.
¿Alguna vez has intentado volver a Lainaya pidiéndole a Ugvia que te ayude?
Sí, alguna vez.
¿Y te ha funcionado?
No, pero estoy seguro de que ahora sí nos ayudará a los dos.
No le pregunté ni le objeté nada más. Cumplí lo que me pedía. Empecé a suplicarle a Ugvia que nos permitiese viajar una vez más a Lainaya; a esa mágica tierra que nos había permitido ser felices una vez más. Entonces todo comenzó a desvanecerse, sin necesidad de que Arthur y yo nos lanzásemos al abismo de la noche para que nuestro vuelo nos transportase a esa otra realidad. Las nubes que cubrían el cielo nos envolvieron como si hubiesen descendido a la Tierra y un olor intenso a humedad y a invierno se adentró  en nuestro ser, apagando cualquier recuerdo que perteneciese a la naturaleza que habíamos abandonado. Ni tan sólo nos agitó el viento de la magia, sino que nuestro alrededor permaneció silencioso y sereno. 
Arthur me presionaba las manos cada vez con más fuerza, pero también con más decisión. Al fin, noté que el frío que nos rodeaba se convertía, lentamente, en un espeso calor que  nos acarició la piel. Sin embargo, yo notaba que la apariencia de nuestro cuerpo no mudaba. Seguiríamos siendo vampiros en aquella mágica tierra; pero  a ninguno de los dos nos importaba porque ambos comprendíamos que era necesario que poseyésemos esa forma perfecta que Leonard nos había ofrecido y con la que tantos siglos llevábamos existiendo. 
Ya nos encontramos en Lainaya —me avisó Arthur con calma.
Qué rapidez —susurré sorprendida.
Creía que sería más complicado. Si no nos ha costado introducirnos en este mundo, es porque es necesario que nos hallemos aquí.
Abrí los ojos justo cuando Arthur me advirtió de aquella posibilidad y entonces me encontré rodeada por un desierto árido en el que reposaban las estrellas. Reconocí enseguida el desierto que reinaba en la región del estío. Me pregunté por qué nos hallábamos allí precisamente, pero no le transmití a Arthur mis dudas. 
Sinéad, ¿dónde estamos?
¿No recuerdas este lugar? —le pregunté sobrecogida por los recuerdos que de repente me habían anegado el alma.
No, no lo recuerdo. Apenas me acuerdo de Lainaya, solamente puedo evocar con nitidez la región de la primavera y la del invierno. 
No recuerdas este lugar porque el espíritu vengativo de Alneth se había introducido en tu cuerpo.
¿Cómo?
No importa, Arthur.
Sinéad, fíjate, parece inmenso. Mis vampíricos ojos no alcanzan a ver más allá de estas dunas; lo cual me inquieta, pero sé que allí a lo lejos refulge el amanecer.
Por eso estamos aquí, porque en esta región de Lainaya todavía no ha amanecido. Alborea antes en la tierra de la primavera o en la del otoño. En la del verano el día nace más tarde y se apaga también cuando en las otras regiones brillan intensamente la luna y las estrellas.
Creo que éste es el lugar más idóneo.
¿Para qué?
Para confesarte algo que llevo ansiando decirte desde hace mucho tiempo.
¿De qué se trata?
Cuando todo esto pase, quisiera llevarte a un lugar que...
Arthur no pudo terminar su confesión, pues alguien interrumpió delicadamente sus palabras. Apareció a nuestro lado una estidelf preciosa que nos miraba inquieta y levemente asustada; pero enseguida se desvaneció el miedo que se le había posado en los ojos. Pareció reconocernos, aunque nosotros no la conocíamos. No obstante, se asemejaba muchísimo a una estidelf que nos había ayudado profundamente.
No me conocéis, pero soy hija de Adina —se presentó simpática, aunque tímidamente—. Mi nombre es Loyalen y quisiera guiaros hacia mi palacio para que allí podáis protegeros. La noche, en este lugar, es peligrosa, es más corta de lo que creéis, aunque es cierto que en Estidalia amanece más tarde que en las otras regiones de Lainaya.
No te preocupes, Loyalen. Estamos bien, de veras. Debemos ir hacia la región del otoño. No sé si sabes que la reina suprema de Lainaya está enferma...
Sí, lo sé —me interrumpió retirándome la mirada. Se fijó detenidamente en Arthur—. ¿De dónde sois? No sois hadas de Lainaya.
No, no lo somos. Creía que me habías reconocido.
Sé que eres Shiny, pero... 
No soy un hada de Lainaya, pero nunca os haré daño.
Lo sé. Tu mirada es franca y luminosa.
Loyalen, mi nombre es Arthur. 
Rauth en tu anterior vida en Lainaya —indicó ella sonriéndole.
Sí, así es.
Y eres el padre de la reina suprema. No os interrumpiré más. Os acompañaré a la región del otoño. Conozco un atajo que os permitirá alcanzar vuestro destino con más celeridad y antes de que amanezca, que es lo importante.
Entonces Loyalen comenzó a caminar con decisión a través del desierto. Era muy blanca y, bajo la estrellada noche que nos cubría, su piel parecía de plata. Tenía los cabellos tan oscuros como su madre y era menuda, aunque de su ser se desprendía mucha fortaleza y vigor. Andaba como si nada la asustase, pero al mismo tiempo era cautelosa. 
Creí que el amanecer nos sorprendería caminando por aquel desierto vacío sin que a nuestro alrededor se operase ningún cambio; pero, en la lejanía, de pronto vi que un bosque de pinos altísimmos recortaba el horizonte. Sus largas ramas eran la cuna de las estrellas. La luna se había alzado hacia el centro del cielo y el viento cantaba una canción serena que me acarició el alma.
Justo cuando llegamos al principio de ese pinar, Loyalen se separó de nosotros, despidiéndose como si fuésemos a vernos al día siguiente, y desapareció entre los troncos de los árboles tras asegurarnos que, si continuábamos la senda que ella nos indicaba, conseguiríamos llegar al lago otoñal más precioso de Lainaya. No necesité preguntarle si aquel lugar era el que Brisita tanto adoraba, pues sus ojos sabios me ofrecieron la respuesta. 
Los atajos siempre me parecen mucho más largos que los caminos reales —le dije a Arthur cuando llevábamos andando unas cuantas horas.
A mí también, pero eso sucede porque no conocemos esa senda. Cualquier camino conocido nos resultará más corto que cualquier otro.
Creo que ya queda poco.
Mira, Sinéad, por detrás de nosotros ya está amaneciendo —me informó  deteniendo su paso y mirando hacia el desierto que habíamos abandonado.
El amanecer dorado llovía sobre el desierto, volviendo áurea su arena y tornando de plata las dunas que se levantaban en su inmenso vacío. Me pareció  una imagen tan bella que rogué que nunca se borrase de mi memoria. Deseaba retratarla en cuanto pudiese. 
Sinéad, quisiera decirte algo —me avisó cuando transcurrieron unos silenciosos segundos en los que solamente nos habíamos limitado a observar la belleza de aquel instante.
¿De qué se trata?
¿No tienes la sensación de que en realidad el tiempo no ha pasado?
No te comprendo, Arthur.
Cuando estoy a tu lado, tengo la impresión de que todavía nos encontramos inmersos en esos años en los que  fuimos tan felices. Me parece que el tiempo no ha transcurrido, que verdaderamente nunca  nos separó la muerte, que aún vivimos en Vasnilth y podemos tomarnos de la mano para correr juntos hacia esa cueva en la que tantas veces nos amamos. No me juzgues erróneamente por todo lo que estoy confesándote. No quiero malinfluenciarte y arrancarte de tu presente, pero necesitaba decírtelo, Sinéad. En cambio, cuando me hallo lejos de ti, siento en mi corazón y en todo mi ser el peso de todos esos siglos que de veras han discurrido por nuestro destino, distanciándonos cada vez más. ¿Tú no sientes exactamente lo mismo que yo?
No, Arthur —le confesé con franqueza—. Yo sí siento el peso de todos esos siglos que han pasado desde esos instantes tan felices. Lo siento cuando estoy a tu lado y cuando me encuentro lejos de ti. No puedo desprenderme de esa asfixiante sensación.
¿ Y cómo vives con ella? Cuando a mí me invade el alma, soy incapaz de respirar.
No podía contestarle. Aquella sensación de la que tan plenamente acababa de hablarle a Arthur se acreció poderosamente por dentro de mí, como si, al convertirla en palabras, le hubiese otorgado una fuerza indestructible. Ésta me presionaba el alma, me arrebataba la serenidad de mi respiración y me hacía creer que el mundo se había vuelto inmensamente grande y yo me había empequeñecido como un granito insignificante de arena.
¿Estás bien? —me preguntó acercándose más a mí y rodeándome la cintura con su brazo derecho—. No tienes buen aspecto.
No sé, Arthur. No me encuentro bien. Hace muchos años que no estoy totalmente bien. De repente me invade una sensación horrible y solamente tengo ganas de llorar —le contesté con un hilo de voz.
Pues llora, Sinéad. Llora si lo necesitas.
Es que, si empiezo, no puedo parar.
Yo estoy contigo.
Arthur me abrazó con ternura, incitándome a desahogarme entre sus brazos. Se comportaba tan cariñoso y comprensivo como siempre había sido conmigo. Aquella certeza hizo que emergiesen de mi memoria un sinfín de recuerdos en los que me veía junto a Arthur llorando por algún motivo que él volvía dulzura o protegida por su amor, su empatía, su tierna sonrisa. Arthur había estado a mi lado en los momentos más difíciles de mi existencia. Estuvo a mi lado cuando Leonard perdió  su reinado y murieron tantos amigos nuestros, también cuando me había hallado pronta a perder la cordura, cuando regresé de ese trance mortífero... Arthur me había perdonado cuando me había entregado a Scarlya (aunque le costó mucho permitir que mi amor cerrase la herida que yo misma le había horadado en el alma), me amparó de la crueldad de los humanos, me hizo tan feliz siempre, siempre... y en esos momentos de nuevo me encontraba entre sus brazos, resguardada por su serenidad otoñal.
Dime qué tienes, Sinéad —me pidió tomando mi cabeza entre sus dulces manos.
Arthur... 
Sí, estoy aquí contigo. Dime qué te sucede. 
No puedo.
Está bien, pero debes intentarlo.
No podía hablar, solamente llorar; pero, cuando transcurrieron unos larguísimos momentos, pude dejar de plañir. Me limpié las lágrimas con un pañuelo que me prestó Arthur y después me senté en la hierba, entre dos árboles. Arthur se sentó  enfrente de mí. Me miraba fija, profunda y amorosamente.
Quizá lo que necesites sea alejarte del mundo  en el que vives —comenzó a decirme con pausa—. Te hace daño ver cómo los humanos maltratan la naturaleza, cómo viven cada vez más inmersos en una realidad completamente materialista, cómo destruyen lo que tú tanto amaste...
No lo sé. He creído siempre que ésa es la causa de mi tristeza, pero tal vez no sea la única. 
Quizá no debas esforzarte por buscarla. La encontrarás cuando menos te lo esperes. Ahora, debemos ayudar a Brisita en todo lo que podamos. Intenta animarte. Atiende a lo bello que es este amanecer. ¿No te parece que el silencio que nos rodea es de terciopelo? Además, un olor exquisito ha llenado el bosque. Huele a rocío, a savia, a madera, a humedad. Es un aroma que adoro con toda el alma.
Yo también —le sonreí tiernamente. Hacía mucho tiempo que nadie me incitaba a reparar en los detalles hermosos de mi entorno—. Es una fragancia que despierta los sentidos y te llena el alma de paz.
Exactamente. Ven, vayamos a la región del otoño. Intuyo que nos falta poco para llegar.
Con el ánimo que Arthur me había entregado, fui capaz de levantarme del suelo y empezar a caminar casi sin acordarme de que, hacía apenas unos instantes, había llorado desconsoladamente. Lainaya también me ayudaba a creer que aquellos momentos eran únicos e irrepetibles (como lo son todos los instantes nacidos de la felicidad más nostálgica) y que la naturaleza podría deshacer cualquier problema que se interpusiese en nuestro camino.

Así pues, bajo la luz rosada del amanecer, caminamos hacia aquel lugar en el que debíamos ser tan fuertes para entregarle a Brisita la mayor parte de nuestro poder. Yo estaba dispuesta a renunciar incluso a mi inmortalidad si así conseguía alargar la vida de mi amada hijita; el único fruto de mis entrañas, del amor verdadero, de la belleza de la vida.

LA VISITA - 06. ABRE LOS OJOS

Abre los ojos
El tiempo de aquella triste noche se hallaba cada vez más cerca de su fin. El amanecer se adivinaba tras las copas de los árboles, allí en la lejanía del horizonte, pero yo notaba que la piel intentaba templárseme como si una intensa luz lloviese con fuerza del cielo.
Brisa todavía dormía entre mis brazos. No me atrevía a mirarla por miedo a descubrir que mi sangre no le había devuelto ni la mitad de las fuerzas que yo deseaba retornarle, pero, cuando comenzó a alborear, la observé con timidez y mucha ternura. 
No pude evitar sonreír cuando detecté que sus mejillas habían recuperado su calmada tonalidad rosada. Tenía los ojos cerrados, pero yo adiviné tras sus párpados el brillo que siempre había inundado su mirada. Además, sus puntiagudas orejitas se erguían hacia el cielo, como si quisiesen captar de nuevo todos los detalles de su entorno. 
Empecé a llorar de felicidad cuando, entre mis brazos, noté que el corazón de Brisa latía con más ímpetu y decisión. Su respiración era profunda y serena. Ya no temblaba , sino que se mantenía quieta y tranquila.
Como el amanecer se hallaba cada vez más cerca, sentí la necesidad de despertarla; pero, cuando estaba a punto de hacerlo con temor, Brisa abrió los ojos, como si quisiese arrebatarme la culpa que sentiría si la extraía de aquel sueño reparador.
Shiny —me sonrió con calma. Al sonreír, bajo sus redondas mejillas aparecieron sus marcados pómulos—. Tengo hambre, mamá.
Sí, lo sé. ¿Qué quieres comer? —le pregunté ocultando la felicidad que sentía.
Mandarinas; pero éstas crecen en la tierra del invierno. Puede que aquí haya algunas castañas... 
Sí, hay cerca de aquí un castaño.
Yo quiero un kiwi o también me gustaría comer higos. ¡Tengo tanta hambre que no sé por cuál fruta decidirme!
Yo te traeré todo lo que quieras.
No es necesario —aportó de repente la voz de Lluvia—. Aquí traigo una cesta llena de frutas.
Brisa comió con placer, en silencio, saboreando cada bocado de fruta que ingería. Lluvia y yo la observábamos con una tensión que se deshacía conforme pasaban los segundos. Cuando Brisa terminó de comer, entonces se tumbó en la hierba y volvió a cerrar los ojos. Me sentí tentada de preguntarle cómo se encontraba, pero, de nuevo, Brisa se me adelantó:
Me siento como si me hubiesen devuelto las fuerzas para vivir.
¿De veras? —le preguntó Lluvia incrédula.
Lluvia, lo mejor será que acompañes a Shiny al prado para que regrese a su mundo.
No quiero irme todavía, Brisita —me quejé con pena.
No estaré sola. Mira, por allí viene Zelm.
¡Zelm!
Zelm caminaba ligera y animadamente hacia nosotras. Leí en sus ojos que ansiaba abrazarme cuanto antes, así que corrí hacia ella y la rodeé tiernamente con mis brazos cuando la tuve al alcance de mis manos. Siendo yo vampiresa, las hadas de Lainaya eran más menudas que yo, pero a Zelm aquello no le inquietaba. Además, noté que su piel no estaba ya tan fría si la comparaba con la mía.
Qué bella estás, Shiny —me halagó Zelm observándome con minuciosidad—. Los vampiros sois realmente hermosos.
No tanto como las hadas de Lainaya.
No te preocupes por Brisa. Yo me quedaré con ella mientras tú te marchas.
Por favor, Zelm, logra que pueda regresar a Lainaya siempre que lo desee, aunque solamente pueda permanecer aquí unas pocas horas.
No puedo lograr yo eso. Eso depende de la Diosa.
Pero, si le ha salvado la vida a la reina de Lainaya, es posible que ahora todo sea distinto —aportó Lluvia.
Zelm se quedó en silencio, observando a Brisa con interés. Brisa estaba incorporada en la hierba y volvía a tener entre las manos un racimo de uvas que se comía lenta y pensativamente, con la mirada agachada.
Será mejor que vuelvas antes de que amanezca, Shiny —me informó Zelm con calma. Su silencio y su serenidad me sobrecogieron.
Yo te acompañaré, Shiny —se ofreció Lluvia.
Abracé a Brisa y después me despedí de Zelm, sintiendo que aquélla no era la última vez que las veía. Intuía que la Diosa Ugvia me permitiría regresar a Lainaya siempre que lo anhelase porque había obrado de un modo totalmente necesario: le había salvado la vida a Brisa.
¿Cómo te encuentras? —oí que le preguntaba Zelm cuando ya nos hallamos bastante lejos de ellas. Sabía que Lluvia no podía oírlas hablar, pero, en cambio, mis vampíricos oídos podían percibir nítidamente cada susurro que se dedicaban—. Ahora no creo que nos oigan.
No quiero que Shiny regrese a Lainaya y se encuentre con la verdad. Deseo que la Diosa le impida volver y que le transmita que yo estoy bien, aunque no sea cierto.
¿No te ha ido bien su sangre? 
Zelm, me va bien ahora como una medicina, pero, cuando se me pase el efecto que causa en mi cuerpo, entonces volveré a encontrarme tan mal como antes. No puede salvarme. Puede aliviarme el dolor, pero no me devolverá la salud. Eso yo lo sabía desde el principio, pero prefería que ella creyese que podía ayudarme.
No creo que le guste saber que le has mentido.
Yo quiero que sea feliz. Shiny no soportará saber que me he ido. No, no lo soportará. Ha sufrido muchísimo ya a lo largo de su vida. No quiero que siga sufriendo. Se enloquecería de dolor si...
Brisa, pero lo que no es justo es que mueras sola.
No quiero morir sola. Quiero que estés a mi lado. Lluvia tampoco conocerá nunca la verdad. Me iré a la cueva de los manzanos y allí pereceré, junto a ti.
Ugvia no puede permitir que te vayas —susurró Zelm con la voz temblorosa—. Te queremos demasiado. No podemos vivir sin ti.
MI hijo Sauce engendrará a una niedelf preciosa que...
No será como tú.
Zelm estaba llorando y yo tenía que luchar contra mis sentimientos para no empezar a llorar delante de Lluvia. Quería que ella también creyese que su madre estaba bien. Tampoco la creía capaz de soportar su marcha. Caminaba serenamente a mi lado y de cada uno de sus movimientos se desprendía una felicidad que yo no me atrevía a destruir. Sin embargo, yo me sentía como si me hubiesen arrancado el alma. Me costaba andar y fijarme en lo que me rodeaba. No podía disimular mi malestar porque éste era mucho más poderoso que cualquier deseo. 
¿Estás bien, Shiny? —me preguntó Lluvia con preocupación.
Simplemente tengo mucha sed. 
Es comprensible. ¿Cuánta sangre te ha quitado mi madre?
Poca.
Apenas podía hablar. El nudo que me presionaba la garganta me arrebataba la nitidez de mi voz y se esforzaba continuamente por llenarme los ojos de lágrimas. Por suerte, nos hallábamos cerca del lugar que se convertiría en el principio de la senda que yo debía recorrer para alcanzar mi hogar.
Tengo que dejarte sola para que puedas concentrarte —me avisó Lluvia deteniéndose en medio de un prado todo lleno de amanecer—. Hasta pronto, cariño. Gracias por salvarle la vida a Brisita —me agradeció abrazándose a mí. Yo la estreché entre mis brazos como si quisiese que se me contagiase su tranquilidad.
Gracias a ti por ser como eres. Eres tan buena...
Lo he aprendido de vosotras. Hasta pronto, Shiny.
Lluvia se alejó de mí por un camino orillado por robles y manzanos. Cuando las brumas del amanecer me la hubieron ocultado, entonces miré a mi alrededor, despidiéndome de aquel instante, de aquella tierra a la que, dentro de muy poco, se le apagaría la estrella que más la alumbraba. El alba, sin embargo, repartía una calma profunda que parecía no formar parte del mismo mundo en el que Brisa estaba desapareciendo. 
Entonaban los pájaros más madrugadores una melodía serena que se mezclaba con el lejano sonido del viento y del agua de los ríos. Aquella triste calma me instó a cerrar los ojos y a desear fervientemente volver a mi mundo. Antes, había anhelado separarme de esa tierra para siempre; pero en esos momentos necesitaba regresar para conversar con alguien muy importante para mí que tal vez se sintiese completamente solo y abandonado en una vida vacía. 

La tristeza era como unas manos que me empujaban hacia el viento y la nada. De repente desapareció la luz de Lainaya y todos sus sonidos y me hallé rodeada por un vacío brumoso que, lentamente, fue convirtiéndose en los primeros destellos de la realidad en la que estaba obligada a sobrevivir. Entonces, cuando percibí que me envolvía aquel cielo que había cubierto todos los segundos de mi vida humana y vampírica, deseé que el viento me ayudase a encontrar la senda que me conduciría hacia una isla mágica que también sobrevivía a duras penas en una realidad cada vez más nociva. Sabía que tenía que llegar a Muirgéin. Todavía me quedaba volver realidad una última idea.

miércoles, 27 de julio de 2016

LA VISITA - 05. NO TE MARCHES, POR FAVOR

No te marches, por favor
La serenidad empezó a acariciarme el alma. Ya no luchaba contra la fuerza de ese viento feroz que me había arrastrado hacia aquella nada, sino que me quedé quieta, aguardando el momento en el que mi voz mental también se silenciaría. Lo había hecho ya mi alrededor. El viento ya no se oía, la nada era un vacío silente que se expandía y se expandía como si quisiese abarcar todos los mundos y la oscuridad que me rodeaba era tan profunda que apenas podía percibir la negrura que me envolvía. Aunque no pudiese abrir los ojos, sabía que no había a mi alcance ni el menor destello de luz. Mi entorno estaba tan oscuro que me costaba percibir hasta mi propio cuerpo. 
Mas, de repente, cuando el alma se me había llenado enteramente de sosiego, alguien, con mucha dulzura, me asió de la cintura y comenzó a arrastrarme suavemente hacia alguna parte que yo no podía ni imaginarme. No sabía quién me había agarrado con tanto primor, pero no tuve miedo ni tampoco sentí curiosidad. Parecía como si mi mente también hubiese comenzado a desvanecerse. Tenía sueño, pero sabía que éste no era más que el principio de mi muerte. 
No puedo permitir que te dejen aquí, Shiny. Ya está bien de tantas prohibiciones, cariño.
La voz que me susurró aquellas palabras tan tiernas me hizo sentir ganas de llorar, pues en su sonar albergaba un sinfín de recuerdos que me sobrecogieron y que repartieron por mi interior una calidez acogedora. 
Entonces, lentamente, mi entorno empezó a cambiar. Ya no me rodeaba esa densísima oscuridad ni aquel interminable y profundo silencio, sino que, poco a poco, mi alrededor fue llenándose de calidez, de luz, de amor, sobre todo de amor, porque de quien me había rodeado la cintura con sus brazos se desprendía un cariño interminable que me hacía sentir acogida.
Ya estamos en casa.
Noté que el cuerpo trataba de cambiarme, pero una prohibición ancestral se lo impidió. Continué siendo vampiresa cuando me adentré en aquel mundo en el que tanto había deseado hallarme. Saber que era la misma criatura que habitaba en la otra tierra me hizo sentir desvalida, pero pareció como si al ser que tanto cariño me entregaba no le importase.
No temas. Aquí está atardeciendo y nos queda toda la noche por delante. No puedes quedarte hasta el amanecer, pero al menos compartiremos estas efímeras horas.
Brisa —susurré sobrecogida.
Sí, soy yo, mamá. Tranquilízate. No, no llores, pues entonces tendrás mucha sed y aquí no puedes alimentarte. Además, debes guardar fuerzas para regresar a tu mundo cuando aquí alboree.
Brisita...
Ya puedes abrir los ojos.
Brisa me limpió las lágrimas que me resbalaban por las mejillas con un pañuelo hecho de una tela muy suave que me hizo sentir acogida. 
Te extrañaba tanto, cariño... —me confesó con una voz quebrada. Me abrazó con una fuerza contenida. Yo noté que le temblaba el pecho y que la respiración se le convertía, lentamente, en dolorosos suspiros que se me clavaron en el alma—. Te añoro tanto, Shiny... 
Y yo a ti también. No encuentro los motivos para seguir luchando si me hallo tan lejos de ti.
Pero ya sabes que no podemos formar parte del mismo mundo.
Lo sé, lo sé. Y no saber cómo estás me mata, Brisa.
A veces es mejor que ignores ciertas cosas.
¿Por qué dices eso?
Todavía no había mirado a Brisita a los ojos. Me retiré de ella un poco para poder observarla. Me limpié las lágrimas que de nuevo me habían humedecido los ojos y entonces me hundí en su mágica imagen. Cuando lo hice, el puñal de la sorpresa y la inquietud se me hundió profundamente en el alma.
Brisa no era la misma. Estaba extremadamente pálida, de sus preciosos ojos violáceos solamente se desprendía oscuridad y vacío y estaba mucho más delgada que la última vez que la vi. Parecía enferma.
Brisa, no puede ser. ¿Qué te ocurre?
He pasado una mala temporada —se limitó a contestarme—; pero ahora no quiero recordarla. Ven, vayamos a dar un paseo. Nos hallamos en la región del otoño y han crecido muchos frutos.
Hablaba con distancia, como si no pensase mucho las palabras que pronunciaba, y, cuando se levantó y empezó a caminar, la inquietud que se me había adherido al alma se acreció al percatarme de que sus movimientos estaban cargados de pesadez, aunque ella tratase de convencerme de que el vigor más indestructible llenaba todo su interior.
Brisa, dime qué te sucede, por favor —le rogué deteniéndome entre dos árboles milenarios.
¿Has visto las estrellas? Una vez dijiste que te parecía que en Lainaya las estrellas se hallaban más cerca del alcance de tus manos.
Brisa, no me cambies de tema, por favor.
Shiny, quiero vivir plenamente contigo estas horas que podemos compartir. No quiero que nada ensombrezca estos momentos. 
Brisa, solamente quiero que me confieses lo que te sucede. No puedo estar serena si no me hablas de ti, si no me informas de cómo estás, si no me revelas por qué tienes ese aspecto tan inquietante y enfermizo. No eres la misma.
Está bien —suspiró apoyándose en el tronco grueso de uno de esos árboles que protegían nuestros tensos momentos—. Estoy enferma, Shiny. No te asustes —me pidió cuando cerré los ojos con fuerza—. Es una enfermedad que ataca a las hadas que han sido engendradas por seres provenientes de otro mundo. 
¿Y qué te sucede?
No quiero decírtelo.
Brisa, por favor...
No quiero —lloró de repente, cubriéndose el rostro con las manos para que yo no percibiese todo el desconsuelo que se le escapaba de los ojos.
Brisa, Brisa —la apelé intentando llenar mi voz de fortaleza mientras me dirigía hacia ella para abrazarla. Brisa se dejó caer entre mis brazos sollozando profundamente—. Dime si puedo hacer algo por ti, por favor.
No, no, no podéis hacer nada. Estáis separados y eso es lo peor.
¿Qué dices, Brisa?
Ninguno de los dos puede estar aquí para ayudarme.
Pero yo soy capaz de renunciar a todo lo que soy y lo que tengo si así consigo darte mi vida, ayudarte, no sé, Brisa...
Brisa no volvió a hablarme hasta que transcurrieron unos largos minutos, durante los cuales me limité solamente a acariciarle los cabellos y a abrazarla con mucha fuerza y amor.
Mientras Brisa lloraba entre mis brazos, yo me fijé más detenidamente en su aspecto. Me sobrecogí de tristeza cuando me percaté de que sus preciosas orejitas estaban demacradas también, como si se hubiesen empequeñecido. Además, bajo mis manos, notaba que su cuerpo había menguado, perdiendo la vitalidad y la apariencia sana que siempre la habían caracterizado.
Brisa, dime qué puedo hacer por ti.
Nada, Shiny —me contestó apartándose de mí y limpiándose las lágrimas con timidez—. Escúchame, es una enfermedad muy rara. No la sufren todas las hadas que nacen de seres procedentes de otra tierra. Es... no sé cómo decirlo... sufrirla no depende solamente de quiénes fueron tus progenitores. Es cierto que las hadas que no fuimos alumbradas por un hada de Lainaya somos más propensas a padecerla, pero...
Quieres decir que ser engendrada por seres de otro mundo no es una condición suficiente  para padecer esta enfermedad.
Es una condición necesaria, es cierto, pero no suficiente. Es un factor que puede influir.
¿Entonces?
Entonces nada, me ha tocado a mí, y punto. Lo peor es que todavía no hemos encontrado la sucesora del trono...
¿Qué quieres decir? ¿Por qué tienes que encontrar una sucesora? —le pregunté inmensamente asustada.
Shiny... estoy muriéndome, ¿acaso no te das cuenta? Yo no viviré lo que suelen vivir las hadas de Lainaya. Me queda muy poco tiempo de vida. La comida que ingiero no hace ningún efecto en mi cuerpo, es como si no me alimentase, y cada vez tengo menos fuerzas para respirar y caminar. Muchas veces duermo durante días y, cuando me despierto, me doy cuenta de que mi cuerpo ha menguado mucho más. 
No, no, no, no... No, por favor, no —supliqué arrodillándome en el suelo, ante ella—. Tiene que haber algo, Brisa, algo, alguna solución, alguna cura.
No, Shiny, no hay nada que puedas hacer.
¡No me lo creo!
Shiny... cada uno de nosotros tiene escrito un destino contra el que no se puede luchar.
¡No quiero que te vayas!
Soy un hada del otoño, enlazada al viento. La próxima reina de Lainaya debe ser un niedelf, vinculado a la tierra. Tengo que encontrar a la niedelf o al niedelf que puedan desempeñar con maestría y empatía el cargo de reina o rey supremos de Lainaya —dijo distraídamente.
Brisa...
Y tengo que encontrar mi sucesor o mi sucesora antes de que sea demasiado tarde.
Brisa, escúchame.
Tú fuiste una niedelf, pero, claro, éste no es tu mundo. No puedes ser reina de Lainaya, lo siento mucho.
Brisa, no acepto que estés marchitándote, no lo acepto.
Lo único que pido es que estés a mi lado cuando llegue mi hora.
¿Es que no entiendes que tu hora no va a llegar?
Shiny, no seas ingenua. No puedes luchar contra mi destino.
No me lo creo.
Shiny, Shiny —me apeló una voz nueva, tierna y cálida.
Lluvia...
Hola, Shiny.
Lluvia tenía la mirada tan llena de tristeza que no pude evitar comenzar a llorar en cuanto la tuve ante mí. Brisa me agarró de las manos para que no me lanzase a ella si de los ojos me brotaban esas lágrimas sangrientas que tanto podían macular el mágico mundo de Lainaya.
No le tengo miedo, mamá, te lo aseguro —se rió Lluvia con amor—. Ya la he visto tal como es en su verdadero mundo.
Lluvia, hazme un favor —le pidió Brisa casi sin aliento. Entonces noté que la fuerza con la que me asía de las manos se atenuaba—. Llévanos al lugar que más amo de Lainaya.
Lluvia no se opuso. Me pidió que tomase a Brisa en brazos y la siguiese a través de ese brillante bosque en el que la noche había dejado caer todas sus sombras. Sin embargo, yo podía percibir, perfectamente, cada detalle que formaba aquella preciosa y serena naturaleza. 
Qué bello es ver la luz de las estrellas cuando la tuya está desvaneciéndose. Te hace pensar que, aunque tu vida se apague, al universo todavía le queda fulgor con el que poder alumbrar la vida de quienes amas.
No hables así, Brisa, por favor —le pedí sobrecogida y muy triste.
Shiny, es inútil que luches contra sus sentimientos. Le ha costado mucho aceptar que su vida no será tan larga como la de todas las hadas de Lainaya, pero no le importa porque asegura que no se cambiaría por nadie. 
No, no me cambiaría por ningún hada que viviese casi eternamente porque haber nacido de ti es lo mejor que puede sucederle a nadie, Shiny.
Lluvia, debe de haber alguna cura para ella —protesté intentando no llorar.
Lo siento mucho, Shiny; pero no la hay. Lo hemos intentado todo, todo —me aseguró Lluvia con impotencia—. No hay ninguna hierba que pueda sanarla.
¿Podría sanarla si Arthur, digo Rauth, y yo estuviésemos una vez más a su lado? —le pregunté esperanzada.
¿En qué podría influir eso, Shiny? Ni la presencia de la misma Diosa podría sanarla. La Diosa nos ha asegurado que Brisa debe partir antes de tiempo.
¡Pero no es justo! —exclamé horrorizada.
Shiny, tranquilízate, por favor. No pierdas fuerzas sintiendo esa impotencia por mí. No merece la pena. Cada uno tenemos que cumplir con nuestro destino.
Justo entonces Lluvia se detuvo ante una inclinación bastante pronunciada por la que parecía que resbalase la luz de las estrellas. Me indicó que corriese porque el suelo era deslizante y, cuando ya la hubimos sorteado, llegamos a la orilla de un lago inmenso cuyas aguas estaban protegidas por un sinfín de ramas frondosas que se enlazaban como si no quisiesen que el esplendor de las estrellas se reflejase allí. 
Me gustaría que nos sentásemos aquí mismo —indicó Brisa señalando un hueco que quedaba entre dos árboles de tronco grueso y protector—. Muchas veces vine a este lugar cuando estaba triste porque me transmite mucha serenidad.
Ni Lluvia ni yo fuimos capaces de decir nada. Nos sentamos al lado de Brisa y ella permaneció observando la belleza que nos rodeaba durante unos largos y silenciosos minutos. Cuando creí que el amanecer nos sorprendería sumidas en una calma tan triste, entonces Brisa habló.
Ahora mismo, aunque os cueste creerlo, me siento inmensamente feliz porque estoy al lado de los dos seres que más quiero en el mundo. Digo seres porque no sé cómo nombraros a las dos sin que ninguna de vosotras se sienta excluida.
¿Y qué ocurre con Sauce?
Sauce se casó con una niedelf hace unos pocos meses —me informó Lluvia con amor— y ahora se hallan descubriendo juntos Lainaya.
¿No sabe que estás así, tan enferma?
No, nadie ha querido turbar su felicidad —me informó Lluvia susurrando.
No es justo que no esté con su madre en estos momentos tan...
Shiny, no quiero que mi hijo sufra. Ha padecido mucho por la muerte de su padre. No quiero que...
Pero él querrá estar a tu lado, aprovechando el tiempo que te queda aquí, mamá —le indicó Lluvia con paciencia—. Shiny, he mantenido con ella esta conversación infinidad de veces, y no hay manera de convencerla.
Es que Brisa no quiere interrumpir la felicidad de Sauce porque sabe que no se irá. No, no se irá, no se irá —negué incapaz de evitar empezar a sollozar con una impotencia punzante.
Pobre Shiny —suspiró Brisa con mucha lástima.
No quiero vivir esto... No te irás, Brisita. Soy capaz de dar mi vida por ti.
Entonces, una idea enloquecida me anegó la mente. Brisa había nacido de mis entrañas, llevándose posiblemente una pequeña parte de mi magia, una esencia que solamente ella y yo compartíamos. Yo había engendrado a Brisita desde la distancia portando el brote de su alma en mi cuerpo vampírico. No quedaba duda de que ella podía soportar mi poder si se lo entregaba; pero ¿cómo podría lograrlo?
Brisa, ¿qué ocurre si un hada de Lainaya bebe sangre vampírica? —le pregunté intentando que los nervios que se me habían anudado al estómago no se reflejasen en mi voz.
No lo sé. La verdad es que nunca me he hecho esa pregunta y tampoco ningún hada de Lainaya ha bebido sangre vampírica jamás o al menos yo no sé de ningún hada de Lainaya que lo haya hecho.
No creo que sea buena idea —espetó una nueva voz, severa y a la vez tierna.
Morgaine —musité sobrecogida.
Perdonad. No he podido evitar oír vuestra conversación cuando me acercaba a vosotras.
¿Quién la ha ayudado a adentrarse en este mundo? —pregunté intimidada. 
Oisín —me contestó Lluvia.
¿Oisín? —me reí inquieta.
Morgaine es un hada del agua, está claro. Su nombre así lo designa: nacida del agua. No podía pertenecer a otra especie —me comunicó Brisa con cariño.
Entonces observé a Morgaine. Me sobrecogí al verla tan hermosa. Conservaba muchos detalles de su aspecto, pero también había cambiado el matiz de su piel, volviéndose levemente azulado. Tenía todavía los cabellos negros, lisos y largos, el rostro arredondeado, los ojos profundos y nocturnos; pero su cuerpo se había tornado más ligero, tal vez más ágil, y portaba un vestido azul que le cubría solamente las partes más comprometidas de su cuerpo. Se movía con mucha soltura y adiviné que había salido del agua, pues tenía los cabellos húmedos y algunas gotas se le habían posado en el rostro, como si fuesen lágrimas perdidas. Además, el tono de su voz también había mutado.
Gracias por ayudarme a adentrarme en Lainaya, Shiny —me agradeció agachándose a mi lado—. Yo sabía que aquí se hallaba la continuación de mi destino.
Me alegro mucho por ti.
Entonces, repentinamente, alguien me tocó la espalda con delicadeza. Cuando me volteé, descubrí que se trataba de Oisín, que me miraba fija y tiernamente. Me demostraba, con sus profundos ojos sabios, que se alegraba muchísimo de volver a verme. No pude evitar que, entre toda la tristeza que sentía, se asomase un rayo de felicidad que me hizo levantarme de donde estaba sentada y abrazar a Oisín con mucha dulzura. 
Qué atractiva estás, Shiny, siendo vampiresa —me comunicó abrazándome ardientemente; lo cual me sobrecogió—. Perdona, no quería avergonzarte. Los niadaes somos así, a veces muy fríos y otras, muy apasionados —se rió inquieto.
No te preocupes por nada. 
Oisín estaba cambiado. No tenía ya los cabellos largos, sino que se los había cortado y tenía unos rizos muy rebeldes que le cubrían las orejas y una parte de su lisa frente. Aquel corte de pelo les otorgaba mucha luz a sus ojos. Me di cuenta de que, cuando no me miraba, Oisín dirigía los ojos hacia Morgaine y se le asomaba a la mirada una extraña emoción que me costaba interpretar. Morgaine, a su vez, le sonreía sincera y tiernamente. Entonces advertí que entre ambos había nacido un vínculo muy curioso e inesperado.
Sé que no te quedarás mucho tiempo aquí, pero...
Oisín, ¿qué crees que sucedería si un hada de Lainaya bebiese sangre vampírica? —le pregunté nerviosa.
Eso es algo que nunca se ha hecho en Lainaya —me respondió titubeante.
De todas formas, ¿qué puede ocurrirme que sea peor que morir? —intervino Brisa con melancolía—. Shiny, vayamos a algún lugar que sea más íntimo y...
No creo que sea buena idea. La sangre vampírica tiene mucho poder y puede destruir tu interior, Brisa —la avisó Morgaine preocupada.
Morgaine, no creo que pueda sucederme nada malo. Solamente tomaré unas gotitas —intentó tranquilizarla Brisa.
¡Si nos quedamos ahora sin reina de Lainaya, será todo un desastre! —exclamó Morgaine con temor.
MI hijo Sauce se ha casado con una niedelf. Estoy segura de que dentro de poco será padre de una niedelf preciosa que podrá ser mi sucesora. Ya sabéis todos que un niedelf nace de la tierra, pero, si un niedelf se une a un audelf, se enlazan entonces el viento y la tierra y engendrar a un niedelf es mucho más sencillo. Deberán criarlo entre los dos en un lugar frío y seco. 
¿Los niedelfs, entonces, no pueden alumbrar a sus hijos? —preguntó Morgaine sorprendida.
No, no, es decir, sí, los alumbran cuando solamente son una semilla, los entierran y entonces aguardan a que vayan creciendo.
Es tan curioso todo... —susurró impresionada.
Lo más curioso es que de repente mi vida se haya llenado de luz —le sonrió Oisín.
Yo pensaba, Oisín, que te excitaban otros seres —se rió Lluvia con labia y picardía.
Sí, es cierto; pero en Lainaya no se sabe nunca qué puede ocurrir. Sé que Morgaine será la madre de mis hijos. Llenaremos de niadaes las aguas de Lainaya.
¡Eso será si a mí me apetece volver a ser madre! —exclamó Morgaine divertida.
No sé si te apetece tenerlos, pero hacerlos sí, ¿no? —le cuestionó Oisín acercándose a ella con sensualidad y tomándola después de la cintura.
Hacerlos, ¿tan pronto? Tendrás que ganártelo.
Entonces Morgaine se desprendió de los brazos de Oisín y se lanzó al agua riendo despreocupada. Oisín me guiñó un ojo y después se tiró al lago para perseguirla. Los dos se sumergieron bajo las aguas, nadando juguetona y sensualmente, el uno en pos del otro, alejándose de repente, escondiéndose entre las plantas y las rocas que alfombraban aquellas clarísimas profundidades, para después salirle al encuentro y sorprenderlo risueñamente.
¿Crees que tardará en ganárselo? —preguntó Lluvia divertida.
Qué va. Morgaine se ha hecho la remilgada delante de nosotras para quedar como una dama, pero en realidad le apetece tanto como a Oisín —respondió Brisa con calma.
¿Y cómo lo sabes? —quiso saber su hija.
Porque se le notaba en la mirada, en el cuerpo, en la forma de hablar, de observarlo... Una mujer no solamente habla con la voz.
Todavía tengo que aprender a detectar esos detalles tan sutiles.
Sí, porque el pobre Alain está cansado de insinuársete.
¿Quién es Alain? —me interesé.
Un estidelf que está loquito por los huesos de Lluvia y Lluvia no hace más que rehuirle.
Sé que ese estidelf siente tanto calor que necesita la frescura de una lluvia otoñal, pero a mí no me gusta.
¿Estás segura, hija? Se te ponen unos ojitos cuando lo ves o cuando se te acerca...
Es que es muy atractivo, pero anímicamente no me siento atada a él, mamá.
Eso también me ha ocurrido a mí muchas veces —me reí tiernamente. En esos momentos parecía como si el sufrimiento y el miedo hubiesen quedado irrevocablemente atrás.
Mirad, ya se van juntos —nos indicó Brisa mirando hacia el lago.
Entonces vimos que Morgaine tomaba de las manos a Oisín y se le acercaba tanto hasta confundir el matiz de su piel con el de la de Oisín. Entonces él la rodeó con sus brazos y se la llevó a un lugar que quedaba oculto a nuestros curiosos ojos. 
Llenarán de niadaes revoltosos las aguas de Lainaya —recordó Brisa sonriente—. No os imagináis lo traviesos que son los niadaes pequeños.
Sí, como todas las hadas de Lainaya —indicó Lluvia—. Yo también era muy traviesa.
No, Brisita no era nada traviesa —rememoré con cariño. Al hacerlo, la tristeza que había ignorado durante los últimos segundos regresó a mí y me hizo acordarme de por qué estábamos allí—. Quizá deberíamos irnos ya, Brisa, y...
Sí, sí, perdonad —atajó Lluvia—. Corre más prisa lo otro que esta conversación.
Solamente estábamos olvidándonos unos momentos de lo que sucede —la tranquilizó Brisa.
Entonces tomé de la mano a Brisa y ella miró unos instantes a Lluvia. Le acarició los cabellos y luego se inclinó hacia ella para darle un tierno beso en la frente. Se volteó antes de que Lluvia se diese cuenta de que a Brisa se le habían llenado los ojos de lágrimas.
Nos separamos de ella y, cuando tomé a Brisa en brazos para descender una costosa pendiente que nos llevaba a la intimidad de un rincón formado por troncos gruesos y ramas caídas, me comunicó:
Sé que no volveré a verla nunca más.
No es cierto, Brisa —la contradije con impotencia.
Aquí mismo, Shiny.
Entonces nos sentamos en el suelo; un suelo alfombrado por una hierba dulcemente mullida y por hojas caídas que crujían cuando el viento las rozaba. Brisa se inclinó sobre mi pecho y cerró los ojos, incapaz de saber qué debía hacer. Yo tampoco sabía cómo debía obrar.
Dime qué debo hacer.
Debes... 
No tengo colmillos como tú para morderte —me recordó intentando sonreírme, pero estaba tan asustada y triste que aquel intento de sonrisa no fue sino una mueca de lástima y pánico.
Brisa... mi Brisita...
Shiny, prométeme algo, por favor —me pidió con una voz susurrante.
Sí...
Dime, ¿eres feliz con Tsolen?
Sí, bueno, a ratos. A él también le cuesta entenderme y soportar mi tristeza.
¿Y Arthur ahora está solo donde vivía antes con Morgaine?
Sí.
Vuelve con él. Shiny, yo sé que amas a Tsolen, pero a Arthur lo amas mucho más. La Diosa no lo habría escogido para ser mi padre si no os amaseis tanto, te lo aseguro. Os une un vínculo poderosísimo que ni siquiera la muerte ha podido destruir, de veras.
No puedo hacer eso.
Shiny...
Brisa, no soy capaz de hacerle daño a Tsolen.
Tsolen te ama, pero lo entenderá.
Brisa hablaba cada vez con menos fuerza. Me percaté de que su pálida piel estaba desvaneciéndose, como si unas brumas la cubriesen, y de los ojos apenas le emanaba ese destello de luz que siempre me había hecho sentir dichosa de existir. Estaba apagándose. Su vida estaba apagándose y yo debía darme prisa en alargarla, en devolverle el esplendor que siempre se había desprendido de su ser.
Entonces, sin decirle nada más, me rasgué la piel del cuello y tomé la cabeza de Brisa entre mis manos para acercarle los labios a aquella herida sangrante.
No me prometas nada. Todo lo decidirá la Diosa —musitó antes de lamerme la herida. Noté que, cuando lo hizo, se estremeció, aunque no sé si fue de repulsión o de comodidad—. Sabe... sabe bien —musitó sonriendo.
Rogaba, continuamente, que Brisa no percibiese en la sangre que ingería las intensísimas ganas de llorar que me atacaban. Los ojos se me habían llenado de lágrimas, pero no me atrevía a retirármelas de las mejillas porque no quería soltar a Brisa, quien había cerrado los ojos y estaba concentrada en el sabor y en la textura de mi sangre. Cuando notaba que la tragaba, mi ser se llenaba de conformidad y a la vez de miedo.
Ya no bebas más, Brisa —la avisé con un susurro retirándole la cabeza de mi cuello.
¿Por qué no? Me gusta.
A ver si ahora vas a ser un hada vampiresa —me reí acariciándole los cabellos.
Brisa se quedó quieta, con los ojos cerrados, respirando cada vez más lentamente. Entonces me percaté de que se había quedado dormida entre mis brazos.
No la desperté, sino que permanecí quieta y queda intentando que el miedo no se me adhiriese más al corazón, esperando que transcurriesen unos cuantos minutos antes de extraerla de ese calmado sueño. Mientras la acunaba entre mis brazos, recordaba todas aquellas veces que la había dormido siendo ella una pequeña hadita indefensa. En esos momentos, ya había crecido, pero todavía seguía siendo para mí la misma niña que me llamó con su llanto cuando yo no quería saber nada de lo que me ocurría en ese mágico mundo. Recordé cuando me apeló por primera vez, evoqué lo bonito que había sido oír sus primeras palabras, ver sus primeros pasitos... y también compartir con ella el día en que se hizo mujer.

Mas Brisa seguía siendo la misma niña que se asustaba cuando su alrededor se llenaba de maldad, la misma que había temido a Alneth, comunicándomelo con un simple y rotundo «Alneth no». Aquel recuerdo me hizo sonreír. Qué inteligente y sabia había sido siempre Brisa, qué intuitiva y mágica... No, un ser como ella no podía marcharse de Lainaya ni de ningún otro mundo. No era necesario que Lainaya aguardase a que naciese y creciese el hijo o la hija de Sauce porque Brisa sería la reina suprema de Lainaya durante una incontable cantidad de siglos.