domingo, 22 de septiembre de 2019

SIN PRESUNCIÓN DE INOCENCIA


SIN PRESUNCIÓN DE INOCENCIA

“Acabaría siendo una mujer despiadada que mataría a los animales sin el menor rastro de humanidad”, dije sin pensar, sin fijarme en todas esas personas que me miraban fijamente, esperando la respuesta a todas esas preguntas de cortesía que me formularon. La jueza, vestida con un traje azul, me miraba sin pestañear tras esas lentes gruesas. Llevaba su cabello rojizo recogido en un peinado imposible y no sonreía, nunca. Creí que no sabía hacerlo. Puede que la vida le hubiese enseñado a deshacerse de ese gesto que tanta calma puede inspirar.

Yo deseaba contestarles en la lengua que me oyó pronunciar mis primeras palabras, pero me hallaba en un juzgado de Madrid. Mi caso había traspasado las fronteras de mi región histórica y había llegado a los juzgados de Madrid. Jamás creí que todo pudiese llegar tan lejos. Nunca pude imaginarlo.

“¿Dónde estaba usted la noche del dieciocho de enero a las nueve? Varias fuentes comentan que la vieron en el lugar de los hechos”.

De nada me valía mentir. Debía decir la verdad. No tenía sentido que intentase engañarlos, ya no tenía sentido. Durante mis treinta años, había tratado de esconder mi realidad disfrazándola de intuiciones casuales, de bromas sin importancia, de risas entre llantos; pero, a aquellas alturas, ya no tenía ningún sentido que siguiese fingiendo.

“Estaba en el lugar de los hechos porque yo fui la causante de éstos” dije con una voz clara, intentando esconder mi acento. Me pareció oír varios suspiros de sorpresa que se perdieron en el silencio de la sala, tan llena de ecos. Fugazmente, pensé que aquel silencio había oído las peores palabras que jamás pudieron pronunciarse.

“Estaba en el lugar de los hechos, evidentemente”. El silencio que siguió a mis palabras me indicó que podía y debía continuar hablando. “Estaba en el lugar de los hechos porque yo quise estar. Hacía muchos años que reprimía mis impulsos y mis ganas de asesinar a quienes serían...”

Alguien quiso interrumpirme, pero la jueza lo impidió y me ordenó que prosiguiese. Me hallaba nadando en mi confesión, sin vuelta atrás. Noté que los ojos se me habían llenado de lágrimas, pero ya no me importaba nada. Estaba segura de que aquél sería el momento preciso que le daría punto final a mi vida; esa vida que tanto me había costado construir. Trabajaba como administrativa en el ayuntamiento de mi ciudad, aquella ciudad que había visto mis primeros pasos, que había sido siempre mi refugio, tan llena de parques y de historia. Nunca más regresaría a sus calles empedradas. No podría volver a caminar por aquel paseo a la orilla del río.

“Prosiga” me pidió la jueza sin consideración, con una voz fría y distante.

“Siempre supe qué personas llegarían lejos, siempre pude conocer el destino de los demás. Nadie decidió que fuese así, ni siquiera yo entendí nunca por qué podía adivinar con tanta claridad el futuro de aquellos bebés que tan inocentes me parecían” comencé a explicar intentando que mi voz sonase tan fría y distante como la de la jueza. “Estaba en algún restaurante, oía llorar a un bebé y, enseguida, sabía si aquél se convertiría en una buena persona. Por suerte, la gran mayoría de niños serían buenas personas; pero una pequeña parte de ellos se volverían crueles cuando llegasen a su adultez. Yo no podía permitir que hubiese más asesinos en la sociedad, asesinos de vidas, de cualquier tipo de vidas. Intuía el destino de los pirómanos, de los violadores... Si yo podía evitar un mal a la sociedad, evidentemente, lucharía por hacerlo; pero también es evidente que no me atrevía a quitarle la vida a un ser supuestamente inocente que llevaba dentro de sí el germen de la maldad, de la impiedad. No obstante, todas esas ansias de quitarles el aliento a esos asesinos se convirtieron en una bola de hierro que me presionaba el alma. Yo no podía caminar tranquilamente por la calle. Siempre podía ver ante mí el futuro de esos niños que dormían sosegados en sus carricoches o que paseaban tomados de la mano de sus padres. Sé que les costará creerme, que no me creerán, que incluso pensarán que soy una psicópata, pero les aseguro que, esta vez, no tienen ante ustedes a una enferma mental. Les juro que les estoy diciendo toda la verdad. Nunca le expliqué a nadie mi problema. Aguanté más de veinte años en silencio todo lo que me ocurrió. Si esta vez no pude reprimir mis impulsos, fue porque el futuro de aquel bebé me pareció insostenible, imposible, inaceptable. Sería un asesino de mil vidas. Sería un pirómano que le prendería fuego al bosque que rodea la aldea en la que viven mis abuelos. Si yo no le hubiese quitado la vida, posiblemente, dentro de cinco años, habría incendiado ese precioso bosque, lleno de árboles milenarios, y el fuego que habría provocado habría quemado la casa de mis abuelos, habría asesinado a un número incontable de vidas. Además, iba a ser un terrorista. Vi que ponía una bomba en la catedral de la capital de mi Comunidad Autónoma y que después viajaría hasta Barcelona para poner otra bomba en la estación de Sants. ¿Creen ustedes que yo tendría que haberme quedado de brazos cruzados sabiendo todo eso? No les miento, no les miento. Deben creerme, deben creerme.”

Mi voz había perdido la frialdad y la distancia que la habían empapado durante todo mi discurso. Me imaginé reflejada en la mirada de todas aquellas personas que después me juzgarían, que tenían mi futuro entre sus manos de hierro, en sus mentes de cuero. Había en el silencio que mantenían algo que yo no sabía interpretar. No pude entender por qué se me clavó tan profundamente en el alma el silencio de todos ellos. Fue un puñal, fue como un cuchillo que me rasgó las entrañas. Entonces, sin poder evitarlo, empecé a llorar, cada vez más honda e intensamente. Lloré arrodillándome en el suelo y pidiendo perdón, pero también comprensión. Rogaba que me comprendiesen, que, por un momento, se detuviesen a ponerse en mi lugar. Por supuesto que era posible que alguien naciese con facultades especiales. Yo era una persona demasiado humana. Había personas a las que le faltaba una inmensa porción de humanidad y precisamente eran esas personas las que yo quería eliminar de nuestro mundo. No podía soportar el maltrato en ninguna de sus formas, pero tampoco me gustaba creerme una Diosa implacable que le quitaba la vida a esos seres que después se convertirían en escoria, en crueldad; mas tampoco podía seguir viviendo, sabiendo que de mí dependía salvar esa innumerable cantidad de vidas.

“Compréndanme, por favor, sólo les pido eso, que me comprendan, que no me juzguen tan rápido, que no crean que soy una asesina por gusto.”

Pero yo sabía que no había nada que hacer, que había perdido la batalla. ¿Cómo pretendía que me comprendiesen unas personas tan físicamente arraigadas a lo material, a lo que se puede demostrar con los sentidos? Me habría gustado que me juzgasen los seres de la tierra, de los bosques, del aire, del agua; pero ellos nunca hablan, no se expresan en la lengua de las palabras. Estaba perdida. Había perdido mi existencia.

No me queda nada más que decir en mi futuro. Yo pude extinguir miles de vidas que acabarían siendo la Muerte sin guadaña; pero ellos fueron mi muerte. Me declararon culpable de diez delitos de asesinato con alevosía. Qué mentira tan cruel, tan profunda.

Mas ya nada importa, sólo que me hallo encerrada en una celda húmeda, lejos de mi hogar. Si al menos me hubiesen enviado a la prisión de Pereiro de Aguiar... pero me hallo “bajo el cielo sin estrellas de Madrid y no encuentro la ilusión que me quemaba dentro”. Ya no quedan estrellas que brillen para mí en esta mala hora que nunca será pasado, que nunca será un presente ni un futuro.

Me gustaría aprender a volar, ser invisible e inmaterial para poder atravesar las paredes de esta prisión física que me está quitando la vida, vida que, seguramente, ya no me merezco. Sin embargo, yo no me siento culpable. Lo declaro abiertamente, sin miedo ni remordimientos. Yo no soy culpable de nada, absolutamente de nada. Pienso que, si alguien me dio este poder, fue porque tenía que defender nuestro mundo frágil. No soy una asesina. Simplemente soy una mujer que tiene la capacidad de ver el futuro de los demás con una claridad que jamás nadie podrá comprender. No soy una asesina. Volvería a quitarles la vida una y otra vez a esos niños que acabarían por convertirse en unos asesinos. Quizás ellos tampoco tengan la culpa de lo que serían, pero yo no podía permitir que la vida fluyese por sus venas cuando ellos, precisamente, serían los portadores de la muerte. ¿¿Qué ocurriría si a mí me sucedía algo y nunca pudiese evitar todo ese mal?

Tengo treinta años y mi vida se ha detenido. Se detuvo aquella mañana de diciembre en la que me declararon culpable. No hay remedio para tanta desesperación; pero, tal vez, ya no merezca vivir fuera de esta cárcel. Tampoco podría convivir con mis semejantes siempre viendo el futuro de quienes ni siquiera entendieron qué es vivir. ¿Y qué es vivir? Cada cual tiene su manera de existir. Aprende como puede a respirar en este mundo que los demás crean para los demás. Este mundo no es de nadie y, no obstante, todos se creen dueños de esta realidad, para nadie es un misterio que hay fuerzas inmensas por encima de nosotros que disponen lo que nos encontraremos. No hay lugar para mí ya en esta realidad que tan llena de estímulos extraños está. Sólo me queda pasar aquí este fragmento de vida del que aún dispongo, pero, poco a poco, yo también me convertiré en una verdadera asesina. Me volveré una asesina de mi propia vida.

Me habría gustado mucho poder explicar más sobre mí, pero se me agota el tiempo y ya no me quedan palabras. No sé quién leerá estas líneas. Yo no las leeré jamás. Nunca deslizaré los ojos por las letras extrañas que nacen de mi pulso nervioso porque no puedo leer mi letra, porque mis ojos no tienen la capacidad de leer esta letra pequeña que escribo sin ni siquiera fijarme en su forma. Puedo ver el futuro de los demás con una claridad espeluznante, pero no puedo ver nada a mi alrededor. Vivo en una oscuridad profunda que no tiene estrellas, en la que ni tan sólo brilla el recuerdo de la luna. Vivo en una oscuridad constante y tenebrosa en la que jamás lució un suspiro de luz. No hay nada más que negrura y silencio en mis ojos. No vi nunca un rostro humano. No sé qué apariencia tiene una flor. Conozco el tacto de un incontable número de texturas y puedo reconocer una cantidad insospechada de olores, pero nada más.

Ahora mi cabello negro está tan largo y tan extrañamente peinado que ni siquiera puedo desenredarlo. Mis ojos deberían ser negros, como la noche que los apaga; sin embargo, son marrones como el tronco de un castaño antiguo. La falta de apetito me arrebató la forma sinuosa que mi cuerpo tenía y ya no me importa ni siquiera con qué ropa me visto, pues ya no tengo futuro; por lo tanto, tampoco tengo presente. No puedo tener proyectos, tampoco, porque una serie de personas incomprensivas me arrancaron ese derecho. Sólo me queda esperar, reflexionar, intentar entenderme.

Y quizá algún día, antes de marcharme definitivamente de este mundo sin que nadie lo sepa, contaré cómo fue mi infancia. Ahora le mando esta carta a la Nada, esa Nada que no quiero que deje de esperarme, pues algún día llegará a ser mi hogar.

 

SIN TÍTULO


SIN TÍTULO

Quero escribir, simplemente; escribir só empregando palabras, sen pensar nas que virán despois. Quero escribir nas dúas linguas que máis domeo e emprego sen pensar nada máis que na escrita. Vou derrubar as fronteiras que unha novela sempre nos impón. Quero desfacer os límites. Non quero pensar en ren, só escribir, escribir escoitando a voz da inspiración.

Necesito escribir usando la lengua que, en ese momento, mi alma me pida emplear, sin pensar en que alguien dejará de entenderme, sin pensar que, en ese momento, a mi corazón le apetece expresarse en otro idioma. Tengo una vida llena de distintas cosas que se mezclan las unas con las otras, sin tener nada en común entre ellas. Vivo días de absoluto descontrol emocional en los que puedo sentir ganas de llorar o de reír, y, además, estoy llena de reflexiones que no quiero que caigan en el abismo de mi propio olvido.

E, para escribir o que nese momento sinta que hei de escribir, non haberá fronteiras. Non me preguntarei se gustará o que escribo. Simplemente escribirei porque a escrita é unha voz para min. Quero reflectir na escrita ese pequeno descontrol que teño arestora dentro de min.

Siempre nos imponemos límites, pensamos que, continuamente, nos tenemos que regir por unas normas que rijan nuestro comportamiento. Creamos arte convencidos de que nuestra obra debe insertarse en unos dogmas en concreto para que pueda tener vida dentro del inmenso mundo de la inspiración. No pensamos en lo única que puede ser cada nueva obra que nazca de nuestra alma. Por eso, en esta nueva etapa que empiezo en este blog lleno de tantas historias mágicas, sencillamente colgaré lo que en ese momento siento que tengo que colgar.

Hai historias que só poden vivir un intre, que non precisan de moitas palabras para seren contadas. Esas historias serán a que vos atoparedes eiquí. Algunhas estarán escritas en castelán e, outras, en galego, porque hai linguas que poden expresar mellor que outras un pensamento ou sentimento. Non traducirei tampouco porque non son historias para sempre as que eiquí haberá. Son historias que existen nesta vez, nun momento concreto, e que logo pasarán, esqueceranse e ninguén lembrará nunca máis delas. Todo é efémero nestes tempos e coido que cada vez hai menos regras. A min sempre me provocaron admiración os xenios para os que parecía que non existisen as normas artísticas que a sociedade sempre quixo impoñerlles. Non hai motivos para crear o que os demais pensan que habemos de crear. Ninguén pode domear os fillos que nacen, que se conciben. Está nas mans da natureza o aspecto dun fillo e a súa maneira de ser. Unha obra de arte é un fillo para nós. Nin tan sequera nós mesmos podemos controlar o que creamos. Cando a inspiración nos domea, desaparecemos nas súas mans e todo vai nacendo sen que o poidamos prever nin entender. E non é preciso entender a arte e poñerlle unha linguaxe á inspiración.

Y estas entradas son para los que me conocen y llevan leyéndome desde hace tanto tiempo. No tienen que preguntarme ya nada. Comprenden mi escritura mucho mejor que yo misma a veces. A vosotros irán dedicadas estas historias que parecen el reflejo de las nubes en un río; bello y efímero. Si decidí publicar estos pedacitos de vidas, fue porque creo que, si no lo hiciese, os estaríais perdiendo una pequeña parte de mi propia vida. Os habla la creadora de todas esas historias que llevan existiendo en mi vida desde que decidí traerlas al mundo. Soy madre de muchas palabras que, de momento, aún viven en el silencio. Poco a poco irán encontrando su voz e irán convirtiéndose en una realidad, en líneas, en una historia. De antemano, os doy las gracias por, de nuevo, estar ahí, como siempre, fieles e incondicionales.

sábado, 3 de septiembre de 2016

LA VISITA - 10.. YA NO ES UN ADIÓS ETERNO

10


Ya no es un adiós eterno


En Lainaya el tiempo transcurría más rápido que en cualquier otra dimensión u otro mundo. A mí me parecía que los días eran como segundos que brillaban un instante para luego cubrirse de una densa oscuridad que, sin embargo, no acallaba el fulgor que se desprendía de esos bosques mágicos. Dormíamos por el día, durante las pocas horas que duraba la luz otoñal en el cielo, y después nos reuníamos con las demás hadas para seguir celebrando el regreso de Brisa. Estábamos todos tan felices que nos olvidamos de que Arthur y yo no pertenecíamos a esa tierra y que dentro de poco deberíamos regresar a nuestro hogar.
Aquel momento llegó cuando yo creí que me había librado de tornar a aquel mundo tan invadido de destrucción. Un atardecer me desperté sabiendo que me encontraría con esa realidad de la que tanto había querido huir; la que me revelaba que mi tiempo en Lainaya se había acabado. No obstante, en el fondo de mi corazón susurraba una voz que me avisaba de que esta vez no me marcharía de Lainaya para siempre. Sabía que podría volver cuando realmente lo desease y siempre que mi presencia fuese totalmente necesaria para restablecer la paz y la armonía en aquel mundo tan mágico en el que la luz de la magia y de la inocencia nunca se desvanecería. 
Así pues, salí del lugar donde dormía (una alcoba preciosa hallada en el palacio de Brisita) y me encaminé hacia el exterior sintiendo que, al marcharme de ese hogar, estaba abandonando un gran pedacito de mí en cada uno de sus rincones. Además, me sentía sedienta, puesto que en Lainaya me costaba mucho alimentarme. Era Ugvia quien me ayudaba a adquirir, en absoluto secreto, la sangre que podía mantenerme más o menos serena mientras no regresase a mi hogar. 
El cielo estaba teñido de un color plomizo que anunciaba la llegada de una intensa y poderosa tormenta. Soplaba con fuerza el viento, moviendo violentamente las ramas de los árboles caducos, arrebatándoles así las hojas que pendían débilmente del lugar donde habían nacido. El suelo estaba cubierto de hojas secas que morían al atardecer y, sobre las montañas, ya se adivinaba la lluvia. Una cortina gruesa de lluvia apocaba el matiz de las cumbres verdosas y se oía cómo las aguas del río vociferaban agradeciendo que la lluvia acreciese su caudal. 
Aquel ambiente tan sombrío y húmedo me hizo sentir escalofríos. Me sobrecogí cuando me imaginé volando a través de aquellas densas nubes, mojada por la lluvia y amenazada por los relámpagos y los truenos. Entonces me acordé de Arthur y me pregunté dónde se hallaría, si él ya habría recibido el triste y melancólico estado en el que la naturaleza se hallaba sumergida. 
Justo entonces noté que alguien se hallaba tras de mí, aguardando que me voltease y lo mirase. Supe al instante que era Arthur quien esperaba mi atención. No tardé en ofrecérsela y entonces nos miramos profundamente a los ojos, siendo así los únicos habitantes de ese instante preciso en el que el cielo llora su primera lágrima. Comenzó a llover muchísimo, con tanta fuerza que nos hallamos en la obligación de correr bajo las ramas de los árboles hacia algún lugar en el que pudiésemos protegernos. Aunque aquella situación fuese delirante, no pudimos evitar que la risa se apoderase de nosotros. Empezamos a reírnos como niños mientras huíamos de la lluvia y el cielo se iluminaba sobre nosotros. Sobrecogidos por la potente voz del trueno, corríamos como si no quedase en el mundo ningún lugar protector.
Sin darnos cuenta, nos introdujimos en una cueva en la que la voz de la lluvia resonaba con una intensidad ensordecedora. Entonces nos sentamos en el suelo, extrañamente agotados tras la lucha contra el ímpetu de la lluvia. Arthur todavía se reía cuando yo exclamé:
Hacía mucho tiempo que la lluvia no me mojaba de esta manera!
En Muirgéin era muy habitual que lloviese así –me comunicó él con calma…. Estás totalmente empapada. Déjame que busque algunas ramas secas para encender una lumbre que nos temple.
No importa, Arthur. No me molesta que la lluvia nos haya empapado –me reí mientras me acercaba más a él–. No quiero que te vayas a ninguna parte. No sé si eres consciente de que nos queda muy poco tiempo para estar en Lainaya. Dentro de poco tendremos que regresar a nuestro mundo y realmente no quiero que ese momento llegue. 
Yo tampoco –susurró él retirándome la mirada–. Sin embargo, no deseo que llegue porque no quiera irme de Lainaya, sino porque sé que, cuando regresemos a la Tierra, tendré que separarme de ti. No sé adónde iré, pero soy consciente de que mi lugar no está a tu vera.
¿Por qué no, Arthur? Si quieres que te sea sincera, yo tampoco sé adónde iré. No puedo ser feliz en ningún lugar.
Eso no es verdad, querida Sinéad. Conoces perfectamente cuál es el único lugar de la Tierra en el que puedes ser realmente feliz.
Sí, pero Tsolen no quiere vivir en Lacnisha.
¿No crees que eso es solamente un problema suyo?
Se supone que todavía estamos juntos y…
No te agobies ahora por eso. Disfrutemos del sonido de esta preciosa tormenta. La voz del trueno resuena con mucha más potencia en esta cueva de piedra. 
Junto a Arthur, ningún lugar era aterrador, ningún sonido era sobrecogedor y cualquier paisaje devenía el más hermoso de la Historia si estaba a su lado, si podía hundirme en sus otoñales ojos. Fue en esos momentos, vividos en el interior de una cueva ancestral, oyendo la voz de aquella vigorosa tormenta, cuando  descubrí que todavía estaba profundamente enamorada de él; de su apariencia otoñal y melancólica, del tono suave y aterciopelado de su voz varonil, de sus cariñosas y nostálgicas sonrisas, de su forma de expresarse y de moverse, de su presencia, de su historia, de su noble y gentil corazón. Saber que todavía lo amaba me destruía y me hacía ser consciente de que jamás podría ser feliz si no retornábamos juntos a aquella historia que quedó pendiendo del sufrimiento y del tiempo; pero también sabía que mi destino no corría a su lado, sino junto a Tsolen, quien todavía me esperaba al otro lado del espacio, paciente y comprensivo. No era justo que lo abandonase de nuevo por Arthur. Todas las veces que Arthur y yo intentamos retomar nuestra relación amorosa, ambos habíamos padecido lo indecible y no quería romperle el corazón de nuevo a aquel hombre que estaba tan locamente enamorado de mí. 
Mas me costaba soportar la certeza de que cuando nos marchásemos de Lainaya ambos partiríamos hacia destinos distintos. Posiblemente no volviésemos a vernos hasta que transcurriesen los años, hasta que una nueva aventura nos uniese forzadamente. Aquella realidad me destrozaba el corazón y me hacía sentir desvalida, apenas sin ánimos ni fuerzas para seguir enfrentándome a mi vida, a mi presente. 
Entonces rememoré  todo lo que me había acaecido antes de adentrarme una vez más en Lainaya. Recordé las palabras que me habían dedicado aquellas mujeres con las que había compartido tan bellos momentos apenas sin conocerlas. Aquellos recuerdos me entregaron unas repentinas ganas de vivir, de seguir enfrentándome a mi presente para llenar de hermosura cada instante. Era cierto que había perdido a muchísimos seres queridos y muchos lugares amados a lo largo de mi extensa existencia; pero, en vez de lamentarme por lo que se había marchado de mi lado, debía apreciar lo que todavía quedaba en mí, a mi vera, en mi vida. Leonard, Tsolen, Stella, Scarlya e incluso Arthur, aunque no pudiésemos estar juntos como tanto deseábamos, seguían viviendo, respirando en mi mundo. Aquélla era una razón que debía impulsarme a vivir, a abrir los ojos todos los atardeceres agradeciéndole a la vida que todavía me permitiese disfrutar de ellos, de su bondadoso corazón y de su sensible alma. 
Arthur, aunque no podamos estar juntos, tengo la inmensa seguridad de que tarde o temprano nos reencontraremos en otra aventura. Tú eres el único compañero que puedo tener en estos momentos, el único que puede acompañarme a otro mundo, porque tú eres tan mágico como yo. Tu alma está tan llena de luz como puede estarlo la mía si la tristeza me permite sonreír luminosamente. Tsolen me ama con locura y yo también lo quiero, pero él pertenece más a ese mundo que tanto puede herirnos. Es contigo con quien puedo viajar a otras realidades porque tú crees mucho más en la magia. Eso no significa que no ame a Tsolen. Simplemente la vida me demuestra que no podemos compartirlo todo con el ser amado. Yo te amo como no puedo amar a nadie, pero se trata de un amor mágico, eterno y puro que jamás desaparecerá y al que nunca más podré entregarme porque, si lo hago, se convierte en el sentimiento más doloroso de la vida. Podré vivir así, aceptando esa realidad.
Yo también podré vivir con esa realidad. Ahora entiendo que, posiblemente, si no la aceptásemos y de nuevo nos equivocásemos entregándonos al amor que el uno le profesa al otro, la vida no sería tan hermosa porque, si continuamente habitamos inmersos en la magia, no podríamos apreciar los momentos en que ésta nos invade. Quiero decir con esto que es necesario que experimentemos la tristeza y vivamos en una realidad hiriente para que podamos gozar de la belleza de la vida cuando ésta nos rodee.
Estoy totalmente de acuerdo contigo.
y merece la pena llorar de desesperación si, al cabo de un tiempo inconcreto, puedo viajar contigo a Lainaya. Este viaje ha sido duro por el sentido que encerraba, pero ha sido una de las cosas más bellas que he vivido últimamente. Gracias, Sinéad, una vez más, por tenderme la mano y guiarme hacia la magia.
Gracias a ti por acompañarme siempre en el mundo de los sueños.
Arthur y yo nos hallábamos muy cerca, próximos a equivocarnos de nuevo, hundidos profundamente uno en los ojos del otro. Yo sabía que desvanecer la sutil distancia que nos separaba no supondría un error inmenso que destruyese nuestras vidas, así que me olvidé por unos momentos de la existencia  que nos esperaba al otro lado de esa realidad y me acerqué a sus labios para darle un entregado, pero efímero beso. Arthur, sin embargo, no me dejó separarme de sus labios y me aferró con una tierna fuerza de la cabeza para besarme durante unos instantes más, con espesor y entrega. Hacía mucho tiempo que nadie me besaba así y acepté que tal vez fuese Arthur el único que me haría sentir tanto con unos besos. No estaba prohibido en lainaya que nos entregásemos esas inocentes muestras de amor. No las sobrepasaríamos, pues éstas nos ofrecían las fuerzas que necesitábamos para volar a través de la oscuridad hacia nuestra triste realidad, dejando atrás Lainaya y su luminosa magia.
Te amaré siempre, siempre, no importa el tiempo que pase ni las mujeres con las que pueda estar a lo largo de mi eternidad. Tú siempre serás la única, la mujer más amada. Siempre tendrás un hogar en mi corazón al que puedes regresar cuando te sientas amenazada por la vida. Yo siempre estaré esperándote, Sinéad.
Gracias, Arthur. Tú también serás siempre el hombre más mágico y especial para mí. Posiblemente ahora no podamos fundir nuestros destinos, pero nuestra vida es eterna y no conocemos lo que puede sucedernos en el futuro. Tengo la esperanza de que esto sea una tregua y que algún día…
…podamos ser felices de nuevo, como lo fuimos antaño, lejos de todo lo que nos lacera el alma. 
Exactamente —me reí dulcemente.
Debemos regresar antes de que se haga más tarde.
No fue difícil regresar, pues todas las hadas de Lainaya que desearon asistir a nuestra despedida nos dijeron adiós asegurándonos con la mirada que volveríamos a vernos dentro de muy poco tiempo, cuando menos nos lo esperásemos, porque, en señal de agradecimiento, Ugvia nos mantendría abiertas las puertas de ese mundo mágico. Ya no teníamos prohibido retornar a Lainaya cuando lo anhelásemos porque ese mundo existía también gracias a nosotros, al amor sin límites que le profesábamos a esa tierra y a todos sus habitantes. 
Era la primera vez que me marchaba de Lainaya sintiéndome tan plena y calmada. Nunca les había dicho adiós a esas tierras y a las haditas que la habitaban con tanta felicidad y luz en los ojos.
Arthur y yo volamos en silencio a través de la nada hasta detectar el reflejo azulado de nuestro mundo; en el cual nos introdujimos sintiendo que volvíamos a una tierra totalmente amenazada y enferma. La naturaleza que trataba de sobrevivir en aquel planeta, con dificultad y tristeza, contrastaba infinitamente con la que creaba los paisajes más hermosos de Lainaya, pues aparecía decaída, contaminada y lastimada; pero seguía siendo una naturaleza poderosa a la que teníamos que ayudar con nuestra magia. Cuando le comuniqué mis pensamientos a Arthur, él me sonrió indicándome que aquélla era la próxima aventura que debíamos emprender juntos. 
Llegó el momento en el que debíamos separar nuestros caminos. Arthur se dirigiría a Muirgéin y yo seguiría volando hasta el hogar que compartía con Tsolen. Nos dijimos adiós dedicándonos una profunda y tierna mirada que contenía un significado que nadie más podría comprender jamás. El viento soplaba a nuestro alrededor, meciéndonos los cabellos y acariciándonos la piel, y cuando desunimos nuestras manos (las que habíamos mantenido enlazadas durante todo nuestro volar), sentí que el frío más espeso me anegaba el alma, pero continué sonriéndole con amor y entrega hasta que el uno perdió la estela del otro. 
ya sin Arthur, sin la mayor parte de mi ser, volé en silencio y raudamente hasta mi hogar; el que estaba rodeado por una naturaleza que trataba de sobrevivir a duras penas, pero que todavía mantenía su profunda hermosura. 
Tsolen me aguardaba sin esperarme, sabiendo que tenía que regresar, pero no conociendo el momento en el que podría volver a hundirse en mis ojos. Cuando me oyó llegar, me recibió con algo de distancia, temeroso de que la aventura que me había mantenido lejos de él hubiese turbado los sentimientos que le profesaba; pero se equivocaba al tener tanto miedo, pues aquella aventura no sólo me había hecho comprender que era necesario luchar por nuestro presente (el que yo debía llenar de magia), sino también me había ayudado a apreciar más su amor, un amor proveniente de un ser más bien terrenal que se ha enamorado de alguien totalmente mágico y ajeno al mundo cruel en el que debemos sobrevivir. 
Lo aferré de la mano dedicándole una sonrisa muy tierna y después lo abracé con fuerza, asegurándole con mis muestras de amor que había vuelto para luchar por nuestra vida. No nos dijimos nada durante unos largos segundos. Sólo nos miramos a los ojos y nos besamos en silencio, acariciándonos con ternura y suavidad, como si temiésemos que esa realidad que a mí tanto me hería nos destruyese.
te he extrañado mucho.
Yo a ti también. Me gustaría compartir contigo todos esos momentos mágicos que vivo lejos de esta realidad, pero entiendo que cada uno forma parte de lugares diferentes y tenemos que respetarnos.
Tengo miedo a perderte —me confesó cerrando los ojos—. Muchas veces tengo la sensación de que estoy a punto de hacerlo, de que de repente te cansarás de mí y te marcharás de mi lado por no soportar mi carencia de magia. Yo no soy tan mágico como tú y sé que eso te duele. Por eso necesitabas irte.
Tú eres mágico en otros sentidos, Tsolen. Si no lo fueses, no me habría enamorado de ti. Venga, no estés triste. Quiero tañerte y cantarte unas canciones que he aprendido en mi aventura; de la cual te hablaré explicándote todos sus detalles.
Tsolen me sonrió conforme y aliviado. En esos momentos parecía como si todo lo que había vivido en Lainaya quedase muy lejos de mí, perteneciendo a otra realidad; una realidad soñada; pero yo sabía que aquellos momentos formaban parte de mi vida y que siempre se albergarían en mi memoria, resguardados de la destrucción que se esparcía por el mundo. No debía detenerme la crueldad ni el desaliento nacido de ver que todo lo que yo había amado se desvanecía; al contrario, aquello debía hacerme tener ganas de luchar por mi vida, y estaba dispuesta a hacerlo junto a Tsolen, pidiéndole que me prestase su ímpetu y que me acompañase en los momentos que juntos debíamos vivir. 
la noche era clara y densa a la vez; una noche que cerraba una retahíla de pensamientos destructivos, una noche que precedía al amanecer de una nueva época, de un nuevo período que incansable se alargaría a través de mi futuro. Miré por la ventana una vez más antes de dirigirme hacia la alcoba en la que dormía y compartía con Tsolen la mayoría de nuestros momentos. Guardaba en mi corazón un sinfín de palabras alentadoras que siempre evocaría cuando me sintiese desfallecer de tristeza. Ser yo misma era la mejor forma de poder vivir, recordando los momentos más difíciles para asegurarme de que era fuerte, rememorando los más hermosos para cerciorarme de que la vida puede ser inmensamente bella. La vida podía ser hermosa y sencilla si lo deseábamos.

FIN



martes, 30 de agosto de 2016

LA VISITA - 09. EL ABRAZO DE LA MADRE

9

El abrazo de la madre 


Desperté envuelta en un silencio profundo y aterciopelado. Cuando abrí los ojos, la oscuridad más densa invadía mi alrededor y parecía que me hallase en medio de la nada. Sin embargo, ni el inquebrantable silencio que me rodeaba ni la oscuridad brumosa que me cubría deshicieron la inmensa paz que me anegaba el alma. Estaba tan tranquila que ni tan sólo los recuerdos más tristes de mi vida conseguían desasosegarme; aunque lo cierto es que no podía rememorar los últimos momentos que había vivido dominada por la vigilia. Me costó mucho evocar los recuerdos creados antes de que el sueño se adueñase de mi consciencia. 
Cuando conseguí acordarme de todo lo  que había ocurrido desde que me había adentrado en Lainaya junto a Arthur, la dulce calma que me llenaba el alma se agrietó un poco. Me costaba creerme que hubiese podido hablar tan directamente con Ugvia y sobre todo que me hubiese quedado dormida entre sus brazos; pero esos recuerdos eran tan reales como mi existencia.
Comencé a intranquilizarme. No saber dónde me encontraba me impacientaba y tampoco podía permanecer serena si no conocía lo que me sucedería próximamente. Así pues, me incorporé y miré más detenidamente a mi alrededor. Entonces descubrí que había dormido en un suelo cubierto por una alfombra bastante mullida y suave que funcionaba como lecho. A mi lado solamente había vacío. En el lugar en el que me hallaba, no había ni  un solo recoveco por el que pudiese adentrarse el esplendor de la noche. Únicamente la soledad, la oscuridad y el silencio se atrevían a ocupar aquella estancia misteriosa cuya forma tampoco era capaz de adivinar.
Cuando creí que sería incapaz de encontrar la salida de aquel lugar, apareció ante mí un suave fulgor azulado que me tranquilizó al instante. Supe, sin que nadie tuviese que decírmelo, ni siquiera mi propia memoria, que quien se hallaba ante mí era Ugvia. La apariencia con la que se me había presentado el amanecer anterior volvía a definirla. Estaba vestida, esta vez, con un traje vaporoso de color verde que me recordaba a las hojas perennes de los árboles que mantienen intacta su fronda en invierno. Me atreví a observarla con más minuciosidad y así pude darme cuenta de que era muy hermosa. Tenía los ojos muy brillantes, aunque aquel esplendor no impedía que se percibiese, a la perfección, el matiz grisáceo de su mirada; la cual era serena, maternal, tierna, dulce e inocente. Sus cabellos eran largos, blanquecinos, aunque no parecían canosos, sino teñidos por la misma nieve, y el gesto que mantenía congelado en su rostro inspiraba muchísima confianza. Sentí una insoportable atracción por su presencia, por sus brazos, por su cuerpo, como si ella fuese la materialización de un paisaje precioso a través del que ansiaba correr hasta perder la noción del viento.
Buenas noches, mi querida hija —me saludó amablemente mientras se acercaba a mí—; aunque también eres mi amiga. Todos sois mis hijos, pero no todos sois mis amigos.
Exactamente —le sonreí con timidez—. Buenas noches, Ugvia.
Nos espera una noche muy larga, pero lo primero que tenemos que hacer es buscar tu alimento. En Lainaya no puedes encontrar la sangre que necesitas para subsistir y para adquirir las fuerzas que requieres, pero yo puedo proporcionártela.
¿Cómo? —le pregunté desconcertada.
Ven conmigo.
Ugvia comenzó a caminar, dirigiéndose hacia un lugar inconcreto. Enseguida me apercibí de que los lugares por los que pasábamos surgían súbitamente, como si ella los crease al andar. Nos hallamos, de pronto, en un corredor largo y muy oscuro delimitado por dos muros de piedra ennegrecida  por el paso del tiempo. Sin poder evitarlo, aquel pasadizo me recordó muchísimo a los que construían la distribución de los castillos que habían sido mi morada a lo largo de mi vida. 
Apareció ante nosotras una gran puerta de madera gruesa que Ugvia abrió sin tocar ningún pomo. Entramos en una habitación pequeña en la que había un sofá en el cual Ugvia, con un gesto silente, me ordenó que me sentase. Cuando la obedecí, ella desapareció; pero mi soledad duró apenas unos instantes. Regresó a los segundos portando en sus manos un recipiente cuya forma no pude concretar. 
Puedo crear toda la sangre que necesites sin que tenga que morir nadie entre tus brazos —me avisó con ternura—. Relájate, Shiny.
Entonces me mandó que cerrase los ojos y noté que me acercaba a los labios el borde de aquel recipiente tan misterioso; el cual era fino y muy estrecho. Sin preverlo, la calidez de la sangre me invadió, su sabor me descontroló y, apenas sin saber muy bien cómo me movía, me aferré a aquella especie de ánfora de la que manaba el líquido más exquisito que jamás pudo existir. 
Aquella sangre sabía excesivamente bien y estaba tan espesa que no podía evitar que mi consciencia cada vez se distanciase más de mi alrededor. Cuanto más espesa sea la sangre, más placer experimento siempre al beberla. Estaba tibia y deliciosa. Deseé que no se terminase nunca y, durante unos largos momentos, pensé que aquel  inocente deseo se me había cumplido, pues el tiempo pasaba sin que la cantidad de aquella sangre llegase a su fin. Continuamente esperaba detectar la última gota que se me permitía ingerir, pero aquélla no llegaba nunca. Así pues, me olvidé de las prohibiciones y del fin y me entregué a la riquísima sensación que me invade cuando me alimento.
Llegó un momento en el que me pareció que el cuerpo deseaba explotarme. Dejé de beber lentamente y, con mucha pausa, fui recuperando la noción de mi alrededor y de mí misma. Todavía me aferraba a la madera gruesa de aquella especie de cuenco misterioso, pero estaba tumbada en el sofá en el que Ugvia me había ordenado que me acomodase. Ella no estaba a mi lado. Me hallaba completamente sola. Tenía la respiración agitada y los recuerdos de mi reciente ingesta de sangre me invadían toda la mente, haciéndome experimentar los rescoldos del inmenso placer que me había alejado de la realidad. El alma se me había anegado en paz y en esos mmomentos me parecía que ninguna dificultad podría vencerme. 
De repente, cuando más sumergida estaba en aquellas deliciosas sensaciones, alguien se adentró en aquella estancia. Sus pasos eran silentes y cuidadosos, como si caminase sin querer asustarme. Alcé los ojos y entonces me encontré con la preciosa y otoñal mirada de Arthur. Me percaté de que la sangre me había devuelto la nitidez de mis sentidos. La apariencia de Arthur brillaba mucho más que la última vez que me había hallado a su lado. Me parecía que los cabellos le resplandecían de una forma muy especial, como si sobre ellos hubiese llovido el fulgor de las estrellas, y su mirada estaba anegada en una luz que me arropó como si de un manto cálido de terciopelo se tratase. 
Se sentó a mi lado sin decirme nada. Solamente nos comunicábamos a través de nuestros ojos. En esos instantes, me pareció que el tiempo había deshecho el camino recorrido hasta ese momento para detenerse justo en esos años en los que Arthur y yo éramos tan inmensamente felices. No obstante, seguía siendo consciente de que nos hallábamos en Lainaya (si es que aquel lugar se encontraba emplazado en alguna región de Lainaya). Aquella certeza embelleció mucho más aquel instante.
Has recuperado el dulce rubor de tus mejillas y ahora los ojos te brillan mucho más —me comunicó Arthur con una voz suave y aterciopelada. Que me hablase de ese modo me sobrecogió mucho—. ¿Dónde has estado?
¿Dónde estamos ahora? —le pregunté incorporándome y acomodándome a su lado, más cerca de sus ojos verdosos.
En el palacio de Brisa —me contestó extrañado—. ¿Qué te sucede?
¿Me he despertado aquí, en el palacio de Brisa?
Por supuesto. Has dormido en este sofá, según me ha revelado Lluvia.
No es verdad. Yo he estado con ugvia y acaba de proporcionarme una inmensa cantidad de sangre.
Sí, a mí también —me susurró  confidencialmente—, pero nadie debe saberlo, ¿de acuerdo?
¿Por qué?
Sinéad, Ugvia ha sido muy complaciente con nosotros, pero lo ha hecho a cambio de que mantengamos en secreto todo lo que hemos vivido con ella.
¿Tú también la viste ayer?
Sí, pero no podía hacer nada. Estaba completamente paralizado. No podía hablar ni moverme.
¿Y no te incomodaste?
No, porque Ugvia me llenó el alma de paz.
Arthur, me siento muy perdida. Ha desaparecido incluso el ánfora que tenía en las manos, de la cual ha manado toda la sangre que he bebido —apunté al darme cuenta de repente que entre las manos ya no tenía aquel recipiente.
Sí, eso es cosa de Ugvia. Ven, tenemos que ir al bosque. Allí nos reencontraremos con ella.
Arthur...
No temas. Todo va a salir bien.
Arthur, necesito hablar contigo.
Será mejor que lo hagamos luego.
No, no, es urgente.
Nada es más urgente que la vida de nuestra hija.
Nuestra hija...
Sí, nuestra hija... el fruto de nuestro amor, de nuestro eterno amor.
Aquellas palabras, y sobre todo el tono con el que Arthur las había pronunciado, me llenaron los ojos de lágrimas y me hicieron experimentar unas intensísimas ganas de llorar, como si tuviesen la capacidad de lanzar sobre mí el peso de todos los años que habíamos permanecido separados. No obstante, Arthur se levantó antes de percibir el efecto que me había causado lo que acababa de decir. Se encaminó hacia ese pasadizo que antes yo había atravesado con Ugvia sin tener ni idea de donde me hallaba. Arthur me aguardó en la puerta de la estancia en la que supuestamente había dormido, pero no me miraba, como si temiese encontrarse con unos ojos totalmente cargados de desesperación.
Lo seguí en silencio, todavía sintiendo en el alma el potente efecto de su declaración, y de repente nos hallamos en medio de la naturaleza nocturna que rodeaba el palacio de Brisa, el cual estaba emplazado en medio de un bosque totalmente cargado de otoños, de lluvias pasadas, de vientos que ya no soplaban. El silencio más profundo lo anegaba todo y parecía que en aquel lugar nunca había susurrado nadie, ni tan sólo los seres más diminutos que poblaban aquel bosque.
Arthur caminaba delante de mí, forjando el camino que debíamos seguir. Llegamos, al fin, a ese lago en el que, el amanecer anterior, Ugvia se nos había aparecido. El agua estaba en calma, acariciada por una mansa brisa que ni siquiera se atrevía a mecer las ramas de los árboles. El cielo que nos cubría estaba lleno de estrellas lejanas que nos proporcionaban una luz muy suave y dulce. El ambiente que nos rodeaba estaba impregnado de serenidad y sublimidad, pero yo no podía desprenderme de la tristeza que me habían hecho sentir las palabras de Arthur; las que contenían tanto dolor, tanta fuerza y tanta impotencia. 
Bien. Ugvia me ha pedido que la esperemos aquí.
Arthur se había sentado a la orilla del lago, pero yo todavía me mantenía en pie tras él. No obstante, acabé situándome a su lado y me acomodé en aquel suelo cubierto de una hierba mullida y aromática.
Supongo que tardará un poco en llegar —titubeó Arthur sin saber qué decirme.
Arthur, necesito hablar contigo, y lo necesito ya, ahora —le declaré intentando no arrancar a llorar.
Sí, dime, Sinéad.
Arthur, quiero...
¿Qué quieres, Sinéad? —me preguntó con miedo.
Quiero que sepas que nunca seré capaz de borrar de mi alma...
No, no sigas, Sinéad. Lo sé, sé todo lo que quieres decirme —me aseguró tomándome de las manos—. Sé cómo te sientes y qué piensas, pero no quiero escucharlo. No lo soportaría. No digas nada, por favor.
Arthur, me cuesta mucho encontrarle el sentido a la vida —le confesé sin poder evitar que el llanto contra el que tanto había luchado se apoderase de mí.
Tienes que intentar buscárselo, Sinéad. Tsolen te ama, tú lo amas...
No puedo pensar en Tsolen. No lo soporto. No lo amo como antes porque he notado que nos hallamos muy lejos uno del otro, cada vez más lejos. Él... él no vive como yo, no piensa ni siente como yo.
Pero ¿eso qué más da, Sinéad, si os amáis?
Porque no entiende mi realidad ni yo tampoco entiendo la suya.
Tsolen busca vivir cómodamente y sabe adaptarse muy bien al presente y a todo lo que os toca vivir. Tú, en cambio, eres como yo. No soportas que te arrebaten lo que tanto amas.
Arthur, no puedo más, no puedo más.
Mi llanto era inconsolable, pero Arthur no se atrevía a abrazarme porque sabía que, si lo hacía, mi dolor se volvería excesivamente intenso y le traspasaría el alma. Lo único que se atrevía a hacer era presionarme las manos con mucho cariño.
Intenta serenarte, amor. Te prometo que, cuando todo esto pase, hablaremos serenamente y te escucharé todo el tiempo que necesites, pero ahora tenemos que ser fuertes por nuestra hijita.
No sé qué va a pasar.
Ugvia te aseguró que la salvaría.
No me dijo eso. Me aseguró que haría algo por mí, pero no si conseguiría salvarle la vida a Brisita.
Seamos pacientes y comprensivos con ella. Ugvia también está sufriendo muchísimo. 
Lo sé. 
Entonces en esos momentos se apagó la oscuridad que nos rodeaba, pues un intenso fulgor azulado volvió a deslumbrarnos. La magia de Ugvia me permitió dejar de llorar, ya que me sentí arropada por su presencia, y ella apareció de nuevo ante nosotros, portando en la mirada una paz con la que me acarició el alma hasta deshacer las ganas de llorar que tanto me habían dominado. Arthur me soltó de las manos y se quedó quieto ante la Diosa.
No tenemos mucho tiempo —nos anunció sentándose entre los dos. Nunca la había visto sentada, solamente de pie, imponente en medio de la noche, y notarla tan cercana me sobrecogió mucho. Podía tañerla con las manos si las alargaba, pero sin embargo me mantuve quieta, aguardando sus palabras—. Debemos reunir ahora toda nuestra magia. Extended las manos hacia el lago, como si quisieseis amparar el brillo de las estrellas. Debemos ponerlas muy juntas, así —nos indicó realizando ella el gesto que nosotros teníamos que imitar—. Cerrad los ojos y sentid el influjo de la tierra, la magia de la vida y el poder de la naturaleza fluyendo por vuestro ser. Tenéis en vuestro interior un sinfín de capacidades mágicas. Sois poderosos e inmortales. Debéis aprovechar todas esas facultades que os otorga ser lo que sois.
Las sublimes palabras de Ugvia nos inspiraban muchísima seguridad, nos alentaban y nos proporcionaban una paz inquebrantable. Cuando colocamos las manos tal como ella nos había indicado, empecé a notar que fluía por mi ser un poder ancestral, como si la magia de la naturaleza se me hubiese adentrado en el alma y se repartiese por todo mi cuerpo. Aquella sensación era tan agradable que no pude evitar desear que aquel momento durase para siempre. 
Lo que más me sobrecogía era notar que aquella magia se expandía por mi ser cada vez con más fuerza. Era imparable, poderosa, poseía un brío indestructible que me engrandecía, que me hacía creer que el mundo se achicaba a mi alrededor y que yo me volvía tan imponente como la misma Diosa. Aquel pensamiento me estremeció, pues me pareció pretencioso, pero del alma de Ugvia me llegó un aviso, una orden que me instaba a no deshacerlo. 
Shiny, recuerda que puedes controlar la fuerza del viento y de la lluvia. Recuerda que puedes hacer que del cielo brote la nieve más esponjosa cuando el calor del verano lo abrasa todo. No olvides lo poderosa que eres. Dominas los bosques, los mares e incluso, aunque no lo  creas, puedes convertir en volcán cualquier monte. No sientas culpa por creer que eres tan imponente como yo.
El mundo parecía una ilusión distante perdida más allá de las cumbres de las montañas más altas. El cielo era un manto que nos cubría protegiéndonos de la superficialidad de la tierra y, cuando creía que el viento se había olvidado de cómo soplar, entonces las ramas protestaban, impulsadas por una brisa poderosa que removía las aguas del lago que teníamos enfrente, que nos amparaba y nos separaba de una orilla en la que ocurrían hechos ajenos a nuestra voluntad y a nuestros deseos. Me parecía que nada había acaecido nunca, que el pasado no era más que un destino vacío y que todos los momentos que iban en pos del primer instante de nuestro futuro se habían quedado rezagados en una perpetua eternidad que nunca pasaba ni pasaría, un tiempo que no transcurría. El espacio era absolutamente nada, como nada eran mis pensamientos. El único sentimiento que palpitaba en mí era el  de la convicción. Estaba convencida de muchísimas certezas, pero no podía nombrarlas porque en esos momentos había olvidado el sonar de todas las palabras. 
Noté que unos dedos helados y a la vez cálidos se cerraban en torno a mis manos y que me las presionaban como si quisiesen transmitirme una fuerza que no se hallaba en ninguna parte. Quise rogar a gritos que aquellos dedos nunca me soltasen, pero no podía hablar ni pensar. Una voz muy sutil que todavía palpitaba en mi mente me advirtió de que aquellos dedos le pertenecían a Ugvia y aquella certeza me hizo sentir mucho más tranquila y protegida que antes. 
Cree en ti, Shiny, por favor.
La voz de la Diosa se colaba a través de las brumas que anegaban todo mi ser, mi alrededor, mi existencia y mi pasado. No cabía nada en aquella nada, pero la voz de Ugvia podía ocuparlo todo. Entonces, como si aquellas palabras en realidad hubiesen sido una orden que no podía ignorar, abrí los ojos y miré desconcertada a mi alrededor. 
Estaba tendida sobre el suelo que formaba la mullida orilla del lago. Arthur estaba a mi lado, acariciándome los cabellos, y me miraba como si hubiese permanecido alejada de él durante un tiempo inmensurable. Me sentía extraña. Tenía la sensación de que,  si me ponía en pie, empezaría a temblar brutalmente. Anhelé que Arthur me abrazase para sentirme protegida, pero no me atreví a pedírselo.
Vayamos al castillo de Brisa —me sugirió levantándose de pronto.
No sé si podré caminar.
Ahora te sientes tan débil porque tu cuerpo está aceptando toda la fuerza que albergas en ti, Sinéad, pero debes ser valiente. Vayamos. No podemos perder más tiempo.
¿Dónde está Ugvia? —le pregunté tras incorporarme. 
No vuelvas a pronunciar su nombre. Nadie tiene que saber que hemos estado con ella.
No podré olvidarlo nunca. Esa inmensa protección que ella nos ha ofrecido supera cualquier sensación agradable y vence cualquier sentimiento asfixiante. Jamás podré olvidarla...
Sinéad, por favor, céntrate. Tenemos que salvar a Brisita.
No sé lo que tengo que hacer.
No pienses. Ella te guiará, te lo aseguro. Cree en mí.
Me alcé del suelo y comencé a caminar aferrándome con fuerza a la mano de Arthur, quien me guió a través del bosque hasta el palacio de Brisita. Nos adentramos allí como si no hubiese nadie más en ese lugar y nos encaminamos directamente hacia la alcoba de nuestra hijita. No obstante, yo apenas podía pensar en el camino que recorríamos, pues Arthur me guiaba como si yo no tuviese voluntad.
La alcoba de Brisita estaba invadida por una luz muy tenue que provenía del pábilo de unas cuantas velas, situadas en los cuatro rincones de la habitación. La ventana estaba abierta. El suave y aromático aroma de la noche se adentraba en aquella estancia y la adornaba cálidamente. 
Brisa estaba tendida en su lecho y nos miraba extrañada. Supe que nuestra apariencia le resultaba levemente inquietante, pero no nos dijo nada, tal vez porque apenas tenía fuerzas para hablar. 
Me senté a su lado y le acaricié los cabellos. Noté que la piel le ardía intensamente, torturada por una fiebre que anhelé deshacer cuanto antes. Entonces, al notar la fuerza de aquel deseo, percibí que de las manos me emanaba un poder especial; un poder indescriptible que nunca había experimentado antes. Coloqué, pues, las dos manos sobre la frente de Brisa y permití que aquel anhelo volviese a apoderarse de todo mi ser, ensordeciendo el resto de mis sentimientos y de mis pensamientos. 
Brisa cerró los ojos y empezó a respirar agitadamente. Me asusté muchísimo, pues pensé que mi presencia empeoraba su estado; pero, enseguida, su respiración se volvió lenta, profunda, pero lenta al fin, calmada. Noté que se había dormido. Sin que nadie tuviese que ordenármelo, desplacé las manos hacia su vientre, donde las situé con muchísimo cuidado, temiendo que mis gestos la extrajesen de su sueño reparador. Tenía por seguro que el mal que atacaba a mi hijita nacía directamente de aquella parte de su cuerpo y después se expandía por todo su ser.
Percibí detalles muy curiosos cuando le coloqué las manos en el vientre. Creí notar el eco de la vida de Lluvia, la que había crecido en sus entrañas hacía ya unos cuantos meses, también el eco de los pensamientos de Sauce y el amor de Lianid. De su corazón parecía que proviniesen sus recuerdos y de su sangre se desprendía una debilidad que, lentamente, fue convirtiéndose en vigor. Aquella sensación me animó, me hizo retirar las manos del vientre de Brisa para colocárselas en los hombros y así atraerla hacia mí. La rodeé con mis brazos mientras le pedía, en silencio, a través de mi mente, que olvidase el dolor y recibiese la dicha, la paz y la vida. Brisa estaba dormida, pero, sin embargo, se asió a mí con desesperación. Entonces abrió los ojos y respiró profundamente, como si quisiese inspirar todo el aire que la enfermedad que padecía le había impedido traer a su ser. Tenía los ojos muy abiertos y la mirada perdida, pero, muy pausadamente, comenzó a entornarlos y de repente me di cuenta de que me miraba con extrañeza y a la vez alivio.
Brisita, ¿puedes oírme?
No dejes de abrazarme. Me transmites, con tu presencia y con tus manos, muchísima fuerza.
Brisa hablaba con delicadeza, pero su voz ya volvía a tener ese deje de poder que tanto me gustaba oír en ella. La abracé más fuerte y ella apoyó la cabeza en mi hombro derecho. Así permanecimos durante un tiempo que ninguna de las dos se atrevió a contar ni tampoco se molestó en medir.
Tienes en ti el poder de la Diosa. La Diosa ahora está en ti, por eso no puedes percibir plenamente la voz de tus pensamientos ni tampoco concentrarte en lo que haces. La Diosa te guía porque tiene su alma en la tuya, ha unido su corazón al tuyo y se mueve a través de ti —me susurró Brisa en el oído—. Permite que ella sea en ti y tú seas ella. No pienses. Solamente déjate llevar por su voluntad y entonces me curaré para siempre.
Brisa había vuelto a sorprenderme. Su sabiduría era plena e infinita. La obedecí sin pensar en nada. Cerré los ojos y me dejé llevar por esas sensaciones que gritaban en mí sin que naciesen de mi alma. Noté que mi alrededor se desvanecía como siempre ocurría cuando Ugvia se presentaba ante mí y del alma me brotó una voluntad impetuosa que me hizo abrazar a Brisa con un amor que solamente puede provenir de la madre de todas las madres, de la madre de todos. Quise agradecerle a Ugvia que me permitiese curar a Brisa a través de su fuerza, pero era incapaz de formular cualquier frase, aunque ésta únicamente existiese en mi mente.
Aquel momento me pareció eterno, pero no me impacienté, sino que me hundí en su hermosura y en su magia. Notaba que el alma de Brisa se deshacía de las terribles sensaciones que habían estado a punto de arrebatarle el aliento y también cómo de su cuerpo se escapaba para siempre la triste sombra de la enfermedad. El vigor que se adentraba en Brisa procedía de mi espíritu, el cual estaba lleno del poder eterno de Ugvia. 
La respiración de Brisa cada vez era más tranquila. De sus brazos ya no se desprendía esa inquietante debilidad que la había invadido las últimas veces que habíamos estado juntas, sino una creciente fuerza que me hizo sentir ganas de llorar. No obstante, no permití que mis sentimientos deshiciesen la vigorosa presencia de las sensaciones que emanaban del alma de Ugvia. Aguardé a que llegase el instante en el que ella comenzase a marcharse de mi interior; el cual no tardó en sobrevenirnos. De repente percibí que en mi alma solamente quedaba mi  voz sintiente. Brisa todavía se hallaba entre mis brazos, pero ya no se escapaba de su ser ni el menor ápice de dolor ni muerte. Estaba tan lozana como antaño y tan hermosa como siempre, con sus mejillas rosadas, con sus ojos brillantes, con su sonrisa tierna y sabia. 
Me encuentro bien —me anunció separándose de mis brazos y poniéndose en pie—. Es más, tengo la sensación de que poseo mucha más fuerza que antes. Tú, en cambio, debes estar agotada, mamá.
Brisa —me reí a la vez que lloraba por percibirla tan animada, tan viva.
Hija —susurró Arthur sobrecogido.
Brisa se volteó y observó a Arthur con sublimidad. Noté que se había estremecido y empequeñecido ante la bellísima imagen de Arthur. Entonces caí en la cuenta de que Brisa nunca había conocido plenamente a su papá tal como podía hacerlo en esos momentos.
Eres idéntico a Sauce. Tenéis los mismos ojos, la misma mirada, el mismo gesto en el rostro, la misma serenidad; pero tú... 
Brisa no pudo seguir hablando. El llanto ahogó su voz. Percibí que ansiaba abrazar a Arthur, pero no se atrevía a hacerlo. Se cubrió el rostro con las manos para ocultar su llanto, su inocente llanto. 
Arthur sí se atrevió a acercarse a ella para rodearla tiernamente con sus brazos. Brisa entonces se descubrió el rostro y se lanzó a los brazos de su padre, uniéndose a él en el abrazo más bonito que jamás pudieron darse.
Por fin, por fin puedo conocerte. Apenas te recuerdo, pues Alneth se apoderó tan rápido de ti... Tienes el alma más pura que he percibido en un hombre. Eres como Shiny, pero en chico —se reía nerviosa—. De ti emanan las mismas sensaciones que se desprenden del alma de Shiny. Es muy curioso. Es como si estuvieseis hechos de la misma materia, con el mismo matiz, como si hubieseis nacido de la misma alma. Ahora entiendo tantas cosas...
Brisa, cariño —susurró Arthur riéndose también de felicidad.
Eres tan hermoso, tan bello... ¡Eres un audelf vampiro! —exclamó Brisa riéndose tan puramente que no pude evitar sonreír—. Eres perfecto, Arthur.
¿Te gusta más que Tsolen? —le preguntó una nueva voz. Me sobrecogí cuando descubrí que se trataba de Zelm.
No puedo contestar. Tsolen me quiere mucho, también; pero Arthur es mi papá.
Buena respuesta, reina suprema de Lainaya —la felicitó Zelm feliz.
Zelm, encantada de conoceros —le indicó Arthur acercándose a ella tras separarse de Brisa con delicadeza. Brisa le había dejado ir sonriéndole—. Sois tan hermosa como un amanecer invernal.
Vaya, qué galante. No me extraña que... En fin, será mejor que no diga nada. Por favor, no me trates así, con tanta deferencia. Recuerda que el respeto que quieras ofrecerme solamente puede provenir de tu alma, de donde emanará con plena sinceridad, y no de las palabras, las que muchas veces ocultan grandes mentiras.
Sonreí al oír aquellas palabras. Parecía como si la Diosa pudiese hablar a través de todas las hadas de Lainaya. Zelm pareció interpretar muy bien mi sonrisa, pues me guiñó un ojo. Me pregunté, entonces, si en realidad nuestros encuentros con Ugvia eran tan secretos como pensábamos. Lo que pude deducir fue que no podíamos revelarlos a través de las palabras, pero sí a través de las miradas, a través de la conexión que nos unía a todos.
Creo que deberíamos festejar que la reina de nuestro mundo se ha recuperado al fin. 
Por supuesto que sí. Vayamos al jardín. Hace una noche muy bonita —consintió Brisa con mucha felicidad.
Ninguno de nosotros objetó nada, sino que seguimos a Brisa y a Zelm al jardín, en el que, sorprendentemente, ya se había congregado un gran número de hadas dispuestas a celebrar aquel acontecimiento tan importante. Yo todavía no podía creerme que aquel momento fuese real. Temía que, inesperadamente, Brisa perdiese el vigor que la dominaba y enfermase de nuevo; pero aquello no ocurrió en toda la noche, al contrario; con cada segundo que pasaba, parecía que Brisa se encontrase mucho mejor; lo cual acrecía la alegría que todos sentíamos. 

Entonces me pareció que el tiempo se había detenido en Lainaya y que nunca más volveríamos a sufrir. Me hundí en la hermosura de aquella noche, toqué música con  las demás haditas, cantamos en honor a Ugvia y todos disfrutamos de aquella fiesta como si no hubiese mañana. El mal había quedado atrás, la tristeza se había alejado de nosotros y todo lo que sentíamos era paz y armonía.