miércoles, 15 de abril de 2020

MÁS ALLÁ DEL VIENTO: CAPÍTULO 9. ESCUCHANDO EL VIENTO

CAPÍTULO 9

ESCUCHANDO EL VIENTO

El tiempo se había detenido para Maebe y Yuna. Junto a Aneia, allá en su pequeño mundo, no existían las horas, sólo la luz del día, el dorado fulgor del atardecer y la quietud de la noche. Allí, en el bosque en el que se hallaba la cabaña de Aneia, la noche era mucho más profunda y silenciosa que en cualquier rincón del mundo. Las estrellas brillaban con una claridad transparente y la luna repartía su luminiscencia entre los árboles, haciendo que las piedras y las plantas pareciesen teñidas de plata. Se oía nítidamente el canto de los cárabos cruzando el silencio, el ulular de los búhos y el reclamo de las lechuzas. De vez en cuando, el agudo chillido del murciélago atravesaba la nada. Allí, en las montañas, existía otro mundo. Las águilas, ya al amanecer, parecían lanzarse desde lo alto de las cumbres hacia el vacío buscando su alimento.
Yuna nunca había oído tantas voces en la noche, nunca se había sentido tan acompañada por las aves ni por el canto de los grillos. Ella siempre había convivido con la naturaleza en perfecta armonía. Desde que era niña, había sabido interpretar el lenguaje del viento, del silencio, de los amaneceres y los atardeceres. Nunca sintió que la naturaleza fuese un misterio para ella. Sin embargo, hallándose tan lejos de cualquier poblado, perdida entre montañas altísimas llenas de vegetación y vida, le parecía que todo aquello que conociera se había desvanecido en la nada. Se sentía nueva, revivida y a la vez transformada. El silencio de la noche y la grandeza del firmamento que cubría aquellos bosques le confirmaron que en ella se estaba operando un cambio muy importante. Hasta entonces, era probable que aún hubiese sido niña. Estaba creciendo. Estaba descubriendo rincones de su alma hasta la sazón ocultos para ella. En su corazón estaba despertando otra manera de pensar y de sentir.
Apenas podía dormir. Los cambios que estaban produciéndose en su ser la desorientaban y le arrebataban el sueño. Debía salir de la cabaña y pasear entre los árboles, bajo las estrellas y la potente luna que lo controlaba todo para serenarse. El corazón le palpitaba con más fuerza que nunca. Sus latidos eran acelerados y vigorosos, como si quisiesen llamar su atención. De repente, el alma se le llenaba de tristeza y, al momento siguiente, la embargaba la felicidad o la conformidad. Sus sentimientos mudaban sin control, como si una mano inquieta los revolviese.
Aneia les había solicitado que pasasen con ella unos cuantos días, que no tuviesen prisa por irse. Les confesó, trémula y triste, que presentía que el fin de su vida se hallaba cerca y no quería morir sola. Deseaba que alguien la enterrase en aquellas tierras para que su cuerpo, al descomponerse, pudiese seguir alimentando el hogar que tanto la había acogido. No obstante, tanto Maebe como Yuna sabían que su deseo más profundo y antiguo era morir en su lejana tierra y permanecer con ella siempre, en su abrazo, para que fuese su tierra amada la que albergase su espíritu; mas no se atrevieron a revelarle a Aneia que conocían sus verdaderos sentimientos. Era inútil que conversasen sobre esos deseos tan imposibles de llevar a cabo. Ni Yuna ni Maebe podían viajar hasta tan lejos. El lugar donde Aneia había nacido se hallaba en la otra punta del mundo.
Yuna no quiso sentir impaciencia. Quería permanecer calmada hasta que llegase el momento de proseguir con su extraño viaje; al cual, sin embargo, apenas le encontraba sentido ya. En la soledad del bosque, sus pensamientos eran más claros y sus sentimientos, más potentes. Creía, cada vez con más certeza, que su familia no la quería. Se preguntaba si alguna vez la habían querido como le demostraron. Incluso llegó a plantearse la posibilidad de que ella no fuese hija de esas personas que habían asegurado siempre ser sus padres. “Unos padres no abandonan así a una hija”, pensaba entristecida mientras caminaba acariciada por la luz de la luna.
Sin embargo, no quería rendirse antes de encontrarlos. Precisaba hablar con ellos, preguntarles por qué la habían dejado tan sola, por qué se habían deshecho de ella, por qué no la habían esperado si ella se hallaba haciendo un viaje tan importante y peligroso sólo para encontrar la medicina para su hermana, cuando, realmente, su enfermedad no tenía cura. Demasiados interrogantes le anegaban el alma y era incapaz de emerger Del Mar de dudas en el que sentía que se ahogaba.
Llegó el ocaso del décimo día que pasaban junto a Aneia. El cielo, aquel día, se había teñido de gris. Unas nubes gruesas y amenazantes sobrevolaban las cumbres de las montañas. No cantaban los pájaros. El bosque estaba en silencio.
Aquella noche, Aneia, Maebe y Yuna conversaron hasta bien entrada la oscuridad, hasta que ninguna de las tres pudo determinar cuántas horas faltaban para que alborease. Aneia les abrió su corazón por completo, les entregó un sinfín de consejos para su largo viaje y les reveló secretos sobre la tierra que habitaban, secretos que a Yuna le dejaron el corazón trémulo. Yuna no conocía el mundo que había más allá de esas montañas en las que se encontraban. Le parecía que no había nada más que esos pequeños poblados, esos bosques profundos...
      Pero hay mucho más que todo eso, Yuna —le indicó Aneia acomodándose junto a la lumbre—. Créeme que el mundo es mucho más grande de lo que piensas. Hay todo tipo de civilizaciones poblando la Tierra, civilizaciones que en absoluto se parecen a lo que conoces. En mi tierra, por ejemplo, se cree en otra religión, aunque quedan en ella vestigios de las creencias de otros tiempos. Esas creencias son invencibles. Esa religión con la que las personas quisieron adoctrinar al mundo entero, todo lo que pudieron, está claro, no pudo vencer todo lo que durante siglos se había creído en esos lares.
      ¿Cómo se cree en otra religión? ¿Y qué es exactamente una religión? —preguntó Yuna desorientada, perdida e ignorante. Se sentía avergonzada.
      Una religión es un conjunto de creencias que rigen el comportamiento de una civilización. Tu manera de creer en los seres elementales forma parte de tu religión.
      Pero ¿es que no todo el mundo cree así? Es decir, sé que hay otras maneras de creer, como la que conocí en el poblado de Ondina; pero ellas también creían en los seres elementales, para ellas también la Naturaleza es la madre de todos...
      Pues no es así para el mundo entero, Yuna, y eso tienes que aceptarlo. Tú tienes una manera de creer que no se parece en absoluto a la que puedes encontrar al otro lado de las montañas. Cuando llegues a ese país, deberás guardar para ti tus creencias. ¿Lo entiendes? Y también hay maneras de vivir que no todos comprenden o aceptan.
      Es como hablar otra lengua, entonces —reflexionó Yuna entornando los ojos.
      Más o menos. Sí, es como hablar otra lengua. Si estás en un país en el que no se habla tu idioma, es inútil que te sigas expresando a tu manera, pues no te entenderán —le confirmó Maebe cariñosamente. La conmovía que Yuna fuese tan inocente, pero también la inquietaba. Tenía la impresión de que Yuna no estaba preparada para abandonar el mundo que siempre había habitado—. Aneia también se refiere a tu forma de creer en el amor. No todos la entienden como nosotras.
      Pero el amor es algo tan natural como la lluvia. Es un sentimiento. Es como si negasen que podamos sentir tristeza. Lo mejor será que no hable con nadie cuando crucemos las montañas, entonces.
      No es ciertamente así, pero sí, deberás guardar muchos secretos. Para protegerte mejor, lo más idóneo es que no le cuentes a nadie de dónde vienes, cómo vives, qué crees... —le aconsejó Aneia.
      ¿Y en qué idioma hablan al otro lado de las montañas? —preguntó Yuna intrigada.
      Es una lengua que se llama español. Se parece lejanamente al idioma de mi tierra –le contestó Aneia incorporándose—. Puedo enseñarte algunas nociones de español, si quieres.
      No lo necesito. Si Maebe viene conmigo... Yo sólo voy a ese país para hablar con mi familia. Cuando lo haya hecho, entonces me marcharé —sentenció Yuna disgustada. No le agradaba en absoluto todo lo que Maebe y Aneia le explicaban sobre ese mundo que no conocía—. Yo no quiero estar en un lugar donde no se respete mi manera de pensar, de sentir y de creer.
Aneia y Maebe se dedicaron una mirada henchida de culpabilidad y temor. Yuna lo advirtió, pero no dijo nada.
      No sé por qué esta noche tengo tanto frío. El verano brilla con todo su esplendor y yo me siento helada —se quejó Aneia intentando cambiar de tema.
      Posiblemente tengas que dormir ya —le recomendó Maebe con dulzura—. No tienes muy buen aspecto, ciertamente.
      Creo que ya no me queda mucho tiempo de vida... —musitó ella estremecida, encogiéndose en sí misma y cubriéndose con una manta gruesa—. Siento que el fuego no me templa. Quiero pediros un favor...
      Lo que quieras —le contestó Yuna. Maebe era incapaz de hablar.
      Tomad este colgante. Lo he llevado siempre y me gustaría... me gustaría que, si alguna vez podéis, viajéis a mi tierra y lo lancéis a su mar, su océano, en el acantilado que está más al norte, allí donde la mirada se pierde en el infinito. Es el acantilado más alto del continente donde se encuentra mi pequeño país. Lanzad allí mi amuleto, este símbolo que allí significa tantas cosas...
Aneia se había quitado del cuello un colgante de plata en forma de tres espirales que se unían entre sí. A Yuna le pareció un símbolo precioso.
      ¿Qué es? —le preguntó resiguiendo con el dedo las espirales unidas.
      Se llama Trisquel. Tiene muchos significados. Las tres espirales pueden representar el pasado, el presente y el futuro, pero también la salud, la sabiduría y la inspiración... Cada persona le atribuye el sentido que más le conviene. Es tan antiguo que apenas se recuerda su significado primigenio. Por favor, lanzadlo a su mar, justo en un día de tormenta, cuando las olas están más agresivas, cuando la espuma sube por las rocas oscuras... —les pidió entornando los ojos—. Es tan bonito cuando el mar se revuelve... Es un océano, pero lo llamamos Mar Mayor —les contaba sonriendo con cariño—. Cómo me arrepiento de haberme marchado de allí. Preferiría morir oyendo su rugido, su viento... Allí el viento es rebelde y travieso. Enloquece también porque es muy fuerte, pero a mí siempre me ha fascinado tanto... y el mar, cuando se agita de esa manera, es lo más peligroso porque hunde cualquier barca y muchos barcos se han estrellado contra las poderosas rocas de mi tierra porque cuando hay tormenta no se ve nada, nada, ni siquiera los faros pueden atravesar con su luz las densas nubes... Por eso, tienen unas sirenas que sólo suenan cuando hay niebla para orientar a los barcos... pero antes, hace muchos años, no existían todavía...
Yuna no sabía qué era el mar. No podía imaginárselo, pero las palabras de Aneia le traían a la memoria la imagen de una espuma blanca mezclándose con un sonido constante, fuerte, ascendente. No sabía de dónde nacían esas imágenes que ella no había visto nunca. La forma como Aneia se expresaba le arañaba el corazón, como si su voz fuesen unas uñas afiladas rozando una antigua herida. Maebe miraba a Aneia casi sin parpadear. Intentaba hundirse en sus verdes ojos lacrimosos; los que cada vez se hallaban más lejos de ese momento, perdidos en la inmensidad de los recuerdos que Aneia evocaba con tanto cariño. Ambas supieron que Aneia recuperaba la imagen de su tierra con tanta insistencia porque quería morir viéndola en la distancia.
      Todo lo que tengo es vuestro. No quiero que se echen a perder los alimentos que cultivé, que los insectos devoren los libros que traje de mi tierra... Quedáoslo todo. Cuando volváis de vuestro viaje, por favor, preparad otro a mi tierra para poder llevar mi espíritu allí. Lo tendréis en el Trisquel. Lo preparé todo para este momento. Os llamé a través del silencio cuando intuí que apenas me quedaban días de vida porque no quería morir sola y habéis venido... Vinisteis –sonrió emocionada—. Gracias, Maebe. Siempre supe que tú me escucharías. No fuiste consciente de que te llamaba, pero eso ocurrió porque la energía que nos une es muy poderosa y no necesita que la sientas para que te guíe. Siempre estaré contigo, hermana mía. Tú fuiste mi hermana en otra vida y siempre te quise así, como la mejor hermana que jamás pude tener. Gracias por salvarme de aquellas personas que me querían matar. Sabes de lo que hablo. Gracias por casi dar tu vida por mí. En otra vida, fui yo quien te salvó a ti de la hoguera en la que querían quemarte, pero en esta vida has sido tú. Lleva mi alma allá donde no se oye más que el rugido Del Mar, donde la luna domina las mareas, donde se hable mi lengua; la que tú aprendiste con tanta admiración, simplemente porque te parecía hermosa, porque querías entender las canciones que tan preciosas te resultaban, que tanto te llegaban al corazón. Gracias por aprender mi lengua, por ser quien fuiste siempre. No te rindas nunca, por favor. Lucha por lo que quieres y crees. El mundo acabará escuchándote. Lo sabes. Gracias...
Aneia se expresaba en una lengua que a Yuna le parecía una melodía triste, entrañable y cariñosa. La voz de Aneia se perdía en el silencio de la noche y parecía que el fuego la devorase. Sin saber por qué, Yuna empezó a llorar, pese a no comprender nada de lo que Aneia le comunicaba a Maebe, pero el tono de voz que ella empleaba, la manera como pronunciaba aquellas tiernas palabras y sobre todo el acento con el que hablaba la emocionaron profundamente.
Pasaron unos espesos minutos que a Yuna le parecieron detenidos para siempre en el tiempo. Sólo se oía el crepitar de la lumbre y el ulular de los búhos allí afuera. Nada más. La respiración de Aneia también se desvanecía lentamente hasta desaparecer por completo.
Maebe la tenía tomada de las manos. Aneia sonreía levemente y tenía la mirada perdida en recuerdos que sólo le pertenecían a ella, pero de súbito los cerró, dejando más oscura la noche que las rodeaba, más silencioso el bosque y más vacía la vida.
      Maebe —la llamó Yuna sobrecogida. Era la primera vez que veía morir a una persona. En su aldea nunca le habían permitido presenciar el pasamiento de nadie—, Maebe...
      No digas nada, Yuna. Ya lo sé. El mundo entero lo sabe.
      Podríamos llevarla a su tierra y enterrarla allí.
      Eso es imposible, Yuna, cariño —le respondió Maebe con la voz lacrimosa y queda–. Para llevarla a su tierra, tenemos que llegar hasta el puerto más cercano, tomar allí un barco, pasar más de un mes navegando, luego llegar a algún puerto de su país y buscar ese lugar que ella nos nombró. Yo no conozco esos lares. Además, no podemos viajar con un cadáver a cuestas. Nadie nos lo permitirá. Ni siquiera sé si es legal en los demás países. Estoy segura de que hace mucho tiempo que Aneia desapareció para el mundo entero. En ningún lugar quedará registro de su existencia. Para realizar su deseo, es necesario efectuar unos ciertos trámites que...
      ¿De qué hablas, Maebe? Para enterrar a un ser querido, nadie tiene que hacer nada, sólo las personas que lo conocen. No lo entiendo.
      Las cosas son así, cielo. Tenemos que enterrarla aquí. Lo que sí podemos hacer es lanzar al mar este Trisquel que ella nos entregó. Esa labor sí es posible. Podemos viajar a su tierra en avión...
      ¿En qué?
      Ay, Yuna —suspiró Maebe derrumbándose al fin—. No tienes ni idea de nada y te va a costar tanto entenderlo todo...
      Si no me lo explicas, menos lo entenderé —protestó Yuna impotente.
      Ahora no puedo, Yuna, no puedo. Me siento tan... tan triste...
Maebe lloraba desconsolada apretando las manos de Aneia. Yuna se preguntó qué relación la había unido a Aneia, realmente. Quiso saberlo, pero no fue capaz de cuestionarle nada a Maebe. En los últimos instantes de su vida, Aneia le había hablado a Maebe en una lengua incomprensible para ella, revelándole detalles que Yuna ni siquiera podía imaginarse. Había algo grande entre ellas. Lo había habido, al menos.
      Necesito salir. Me ahogo —le reveló Maebe levantándose rápidamente de donde estaba sentada—. Puedes acompañarme si quieres, pero no me gustaría que Aneia se quedase sola... Lo siento.
Yuna no fue tras Maebe. Sabía que necesitaba estar sola. Se quedó junto a Aneia, quien ya no respiraba, quien estaba completamente quieta, tranquila al fin. En las manos tenía aún el calor que Maebe le había transmitido, pero éste también estaba desvaneciéndose.
Yuna se fijó en que Aneia había muerto sonriendo y con los ojos llenos de lágrimas. Nunca había mirado a nadie que ya no estaba en este mundo. La luz anaranjada del fuego se reflejaba en su pálida piel. Su piel había sido rosada, pero la muerte la había teñido de blancor. Se acercó a ella y la acomodó tiernamente junto a la lumbre. Le acarició sus pelirrojos y rizados cabellos y su rostro quieto. Sentir que estaba tocando un cuerpo que no respiraba la sobrecogía, repartió un escalofrío por todo su ser, pero no quería retirarse de Aneia. Aunque no comprendiese lo que le ocurría, notaba que Aneia estaba transmitiéndole calma. Era una sensación mágica e inexplicable.
      Gracias por enseñarme tanto, Aneia —le susurró al oído—. Lucharé por cumplir tu deseo. Llevaré el Trisquel a tu tierra y lo lanzaré al mar, cueste lo que me cueste. Alguien tiene que hacer esto por ti. Has sido muy buena conmigo sin conocerme de nada y te lo agradeceré siempre.
A Yuna le pareció que Aneia le sonreía más vivamente, pero supo enseguida que sólo había sido una ilusión. Aneia ya no volvería a sonreír nunca más y tampoco se borraría de sus labios ese gesto de paz con el que había recibido a la muerte.
Yuna notó que llegaba el amanecer; un amanecer gris y triste, silencioso y quieto. Cuando Maebe entró de nuevo a la cabaña de Aneia, salieron las dos a recibir ese día tan extraño en el que se había terminado una vida y en el que debían proseguir con la que había quedado paralizada para ellas. Se sentían extrañas, desorientadas, incluso exiliadas de una realidad preciosa en la que creyeron que habitarían para siempre.
Ninguna de las dos era capaz de hablar, pero ambas sentían que pensaban exactamente lo mismo. Yuna tenía ganas de llorar, pero no quería derrumbarse delante de Maebe, pues era consciente de que ella había llorado demasiado ya y lo que ansiaba era entregarle fortaleza. Por eso, la tomó cariñosamente de la mano y la miró con aliento bajo los primeros suspiros grises del día.
Maebe le sonrió agradecida. Se acercó más a ella y la abrazó tímidamente, pero Yuna la apretó contra sí como si en aquel momento Maebe fuese el ser más frágil de la Tierra. Bajo el amanecer lento y brumoso, sintieron que el mundo volvía a detenerse. Sin embargo, saber que estaban juntas, que la vida seguía para ellas y que aún les quedaban por delante muchos caminos que recorrer las alentaba. La muerte de Aneia las había unido más.
      Tenemos que comer algo y luego enterrarla detrás de su casa —dijo Maebe en un susurro—. No tengo hambre, pero hemos de hacer un esfuerzo por ella. Luego, debemos prepararnos para proseguir con nuestro viaje.
Desayunaron en silencio un poco de fruta y un té de limón. Ninguna de las dos se atrevía a mirar hacia Aneia, quien todavía descansaba, quieta e inmutable, junto al fuego. Cuando terminaron de desayunar, entonces ambas, con mucho esfuerzo, cavaron una zanja en la parte trasera de la cabaña, entre grandes robles y altos castaños, y depositaron a Aneia en aquella tierra que la había acogido tan dulcemente, trayéndole constantemente el recuerdo de su hogar a través de la voz del viento. Cubrieron la tumba de Aneia con flores lilas y, después, se dispusieron a prepararse para reemprender su camino.
      Tengo un vacío muy hondo en el alma —le confesó Maebe cuando ya se hallaban cabalgando entre los árboles—. Quería mucho a Aneia.
      ¿Cómo os conocisteis, realmente? —le preguntó Yuna interesada.
      Nuestra historia es muy curiosa. Yo hice un viaje hasta su tierra hace unos años. Estuve fugazmente allí durante un tiempo conociendo sus bosques, su preciosa naturaleza... Ella me encontró caminando por una de sus grandes ciudades y me enseñó a hablar su lengua. Enseguida nos hicimos amigas y permanecimos en contacto desde entonces. Cuando me marché, nos prometimos que nunca dejaríamos de escribirnos. Años después, yo me hallaba de viaje por el país que se encuentra al otro lado de las montañas cuando, de repente, me reencontré con ella. Ella acababa de llegar de su tierra. Yo me hallaba en busca de algunas cosas que llevar a mi familia. Lo cierto es que ese país me gusta mucho. De estos hechos han transcurrido ya varios años, pero me parece que fue ayer cuando vi caminando por las calles de ese país a una mujer sorprendida y desorientada, pero también hermosa, que buscaba algo. Me acerqué a ella y le pregunté, en español, si podía ayudarla en algo. Supe enseguida que ella estaba perdida. Al instante, me di cuenta de que era la misma mujer que había conocido hacía tiempo en ese país tan lejano. Ella también me reconoció. Aneia se lanzó a mis brazos llorando y riendo de felicidad al mismo tiempo. En su lengua, me explicó que necesitaba encontrar unos mapas y la manera de atravesar las montañas. Me contó que quería llegar al otro lado de ese país. Veía las montañas irguiéndose a lo lejos. Sentí que ella confiaba en mí enseguida y eso me halagó mucho, pero al instante descubrí que yo también me encontraba muy a gusto a su lado y también tenía la sensación de que podía confiar en ella. Le prometí que la acompañaría al otro lado de las montañas porque precisamente yo iba hacia allí. Ella me demostró que aquello le hacía muy feliz. Así se fortaleció nuestra amistad. Fuimos conociéndonos en ese largo viaje, igual que nos está ocurriendo a ti y a mí. No fue difícil adivinar que estábamos destinadas a reencontrarnos. Había algo en nosotras que nos indicaba que nos habíamos conocido en otra vida. Aneia enseguida me pareció una mujer muy mágica y sabia y ella creía lo mismo de mí. Cuando supe que ella hablaba otra lengua, enseguida me interesé en aprenderla. Se notaba que a ella le costaba expresarse en español, como también me sucede a mí. Me enseñó a entender y a hablar su lengua con mucho cariño.
Yuna escuchaba anonadada aquella historia que más bien le parecía un sueño. Se preguntaba por qué con Maebe todo era tan mágico. Aneia le había parecido alguien de otro mundo, pero Maebe también lo era. Se sintió afortunada de conocerla.
Anochecía demasiado pronto en las montañas. El sol se ocultaba enseguida y la noche llenaba con su oscuridad todos los rincones del bosque. Entre las montañas, el día parecía una ilusión y las horas de luz eran potentes. Debían protegerse la piel para que el sol no las quemase; mas caminar por esos bosques era una bendición. Descubrían el refugio de muchos animales, oían cantos lejanos que Yuna nunca había oído antes, que no conseguía identificar ni comparar con ningún recuerdo. Había plantas distintas a todas las que ella conocía y podía nombrar. Incluso los paisajes parecían irreales.
      Mira allí, Maebe –le pidió un atardecer. El sol estaba a punto de ocultarse tras las montañas.
Ambas se acercaron sigilosamente, sobre sus yeguas pacientes y dulces, hacia un gran abismo que se abría entre los troncos de los árboles. Ante ellas, la altura descubría un precipicio encubierto por ramas perdidas, por frondosos bosques, por inalcanzables orillas. Ante ellas, se expandía un vacío nebuloso. Bajo las nubes, había vida, pero no podían percibirla, pues los potentes y dorados rayos de sol lo incendiaban todo. Las yeguas también parecían hipnotizadas ante aquel paisaje. Yuna sintió que se le encogía el corazón, que incluso le costaba respirar, que se le formaba un nudo en la garganta. Nunca había visto algo tan hermoso.
      Seguramente, este precipicio se parecerá al acantilado del que nos habló Aneia —indicó Maebe sobrecogida—. Yo sí he visto el mar, Yuna; pero no consigo imaginar la belleza de los acantilados de la tierra de Aneia. Estuve en su tierra un tiempo, hace años, pero no llegué hasta esos rincones de los que nos habló. Imagina que esas nubes que lo cubren todo es agua, que contra esas rocas llenas de verdor se estrellan olas blancas, que, en lugar del silencio profundo que lo llena todo, oyes el rugir incesante de una melodía que asciende y luego desciende. Es un sonido similar a la voz del viento cuando éste sopla con tanta fuerza que consigue arrancarles las ramas a los árboles. ¿Puedes figurarte lo hermoso que debe ser ver uno de esos acantilados?
Yuna estaba estremecida. Sentía que se le erizaba el vello de los brazos y que el alma se le volvía pequeña. Sí podía imaginarse perfectamente las imágenes que Maebe describía con tanta admiración, pero no soportaba lo sobrecogida que éstas le hacían sentir. Sabía que, si aquello que había allí en aquel precipicio fuese agua, ella se sentiría diminuta, nada en medio de un mundo inmenso.
En ese justo momento, un águila sobrevolaba la inmensidad de aquel abismo infinito, delimitado por grandes montañas entre las que moraban ingentes cantidades de árboles. A lo lejos, resplandecía un caudaloso río que regaba los valles.
El clamor del águila le hizo sentir un escalofrío a Yuna, quien se retiró lentamente de la orilla del precipicio, atemorizada y demasiado sobrecogida. Las alas negras del águila parecían una sombra entre la niebla. El sol ya había desaparecido. Sus rayos se perdían tras las cumbres de las montañas y el cielo, con la llegada del ocaso, se había vuelto grisáceo.
      Vayamos ya —le pidió Yuna a Maebe casi sin voz.
      ¿Tienes miedo?
      No sé lo que me ocurre...
      Te ocurre que la grandeza de la naturaleza te sobrecoge. Es algo comprensible si tienes un alma tan sensible. Yo también me siento como tú –le explicó también apartándose del abismo y situándose junto a ella—. Podemos acampar aquí. No nos conviene seguir ya. Se hará de noche en cualquier momento.
      Aquí, tan cerca del abismo, no, Maebe, por favor –le solicitó trémula. Unse andaba tranquila, lentamente—. Busquemos algún lugar más... seguro.
      ¿Qué temes, que Unse o Litzia se suiciden? —le preguntó Maebe riéndose tiernamente—. Los animales son más inteligentes que nosotros en ese sentido.
      No, sé que nunca lo harían.
      ¿Y tú lo harías?
      ¿Yo? De momento no.
      Pues entonces quedémonos aquí. Quiero ver el amanecer en este lugar. Te prometo que no te ocurrirá nada malo.
      No, Maebe. No me siento protegida aquí.
Maebe no le pidió nada más a Yuna. Buscaron entre las dos algún rincón que las protegiese de la intemperie y al fin encontraron una cueva horadada en la roca. Se introdujeron allí con las yeguas y encendieron un fuego que las templaría y en el que calentarían su cena. El ambiente era íntimo y muy acogedor. La cueva era lo suficientemente grande para que cupiesen las cuatro.
      A veces, tengo la sensación de que la naturaleza nos ayuda. Está de nuestro lado, Yuna. Es mucha casualidad que hayamos encontrado esta cueva justo en esta noche.... Tenías razón, era peligroso hallarnos tan cerca del abismo. Va a llover. Lo presiento.
      Sí, yo también. ¿No viste esas nubes?
      Las vi, las vi... pero no temas. aquí dentro, no nos ocurrirá nada.
La noche fue tormentosa. La voz de los truenos resonaba con furia entre las montañas. Los relámpagos se introducían en la cueva donde dormían las cuatro y hacían resplandecer las oscuras piedras. Yuna no conseguía dormir. Desde que viajaba en busca de su familia, las tormentas la inquietaban demasiado.
En una de esas ocasiones en las que un relámpago iluminó el interior de la cueva, se percató de que había, al fondo de la gruta, un hueco curioso en el que parecía refulgir algo. Se levantó lentamente, intentando no despertar a Maebe, quien dormía profundamente, y se dirigió hacia aquel rincón extraño. Encendió una tea con el fuego para alumbrarse mejor. No se atrevía a tocar nada antes de mirar con atención.
Tal como había intuido, en el fondo de la caverna había una horadación hecha en la piedra. Había objetos dentro de ese hueco. Yuna alargó la mano y tocó algo duro y rugoso. Enseguida se acordó de los libros que había visto en la casa de Ondina. Extrajo suavemente, con mucho cuidado, aquello que había encontrado y lo observó a la luz de la antorcha que llevaba.
Efectivamente, era un libro; un libro muy antiguo y desgastado, pero muy bien cuidado. Se sentó en el suelo y lo observó con detenimiento, extrañada e intrigada; mas enseguida se sintió decepcionada al recordar que no sabía leer. ¿Por qué no sabía leer? Su familia nunca le había hablado de la escritura. Era como si aquello no existiese para ellos.
      ¿Yuna, qué haces?
La voz de Maebe sonó suave en medio del silencio, entre las gotas de lluvia que se chocaban estridentemente contra la piedra de la montaña. Un relámpago se introdujo en la gruta y la voz del trueno gritó con rabia.
      Mira, Maebe.
Maebe se levantó intrigada, frotándose los ojos. Se sentó junto a Yuna y observó atentamente lo que ella sostenía en las manos.
      ¿De dónde has sacado eso? —le preguntó deslizando los ojos por las letras impresas.
      Estaba ahí, en ese hueco.
      Es un libro.
      Lo sé.
      Está escrito en una lengua muy antigua.
      ¿Cuántas lenguas conoces, Maebe?
      Muchas, cielo, muchas, casi todas —se rió ella sobrecogida—. Me gustan mucho los idiomas y no quiero que ninguno se me resista. Otros los recuerdo de otras vidas...
      Venga, va, Maebe, no me tomes el pelo —se rió Yuna incómoda.
      No te tomo nada. A ti no te mentiría nunca. Está escrito en latín.
      ¿En latín? ¿Qué es eso?
      Es un idioma antiguo.
      Ya, pero ¿dónde se habla?
      Ya no se habla. Es una lengua muerta que, sin embargo, muchos estudian.
      Pero ¿dónde se hablaba?
      Lo hablaba un imperio entero, el imperio romano, hace ya más de dos mil años. En la Edad Media, se usaba todavía en las liturgias, en ámbitos culturales. Del latín proviene muchas lenguas, entre ellas el español y la lengua de Aneia, por ejemplo.
      No entiendo nada de lo que me estás contando, Maebe. ¿Tan ignorante soy?
      No necesitas conocer nada de esto si tu misión en la vida es existir en la aldea donde naciste.
      Pero ya esa aldea no existe.
      Está bien, Yuna.
      No entiendo nada. ¿Qué hace aquí un libro escrito en latín?
      Puede significar muchas cosas.
      ¿Y qué dice?
      En esta página, justamente dice «Cuando oigas su voz, entonces corre y busca el refugio preparado. No encontrarás esas palabras que procuran calma. Será cuando caiga el cielo y muera el silencio. Todo mudará». Es un diálogo entre dos personas. Luego dice «Pero entonces no habrá más que decir. Todo habrá desaparecido en ese momento». La otra dice «Aún quedará tu alma y podrás salvarlos a todos, pero tienes que encontrar a alguien que lo entienda».
      Yo desde luego no soy ese alguien porque no entiendo nada —se rió Yuna incómoda.
      Este libro es una señal, Yuna. Tenemos que leerlo juntas.
      Yo no comprendo nada. Llevémoslo con nosotras, pero...
      Y hay algo más, ahí, en el fondo de ese agujero —señaló Maebe acercándose a la oquedad e introduciendo la mano allí—. Sí, hay algo más. Mira, Yuna... Es un objeto envuelto en tela.
      A mí esto me da miedo. Me da la impresión de que alguien sabía que llegaríamos a este lugar y que descubriríamos esto. Alguien va por delante de nosotras.
      No, Yuna, no es cierto; pero sí es posible que alguien dejase estos objetos aquí para que otros lo encontrasen al cabo del tiempo. Es como una aviso. Mira esto. Es una daga.
      Pero brilla —observó Yuna entornando los ojos.
      Yo no la veo brillar.
      A mí me encandila, Maebe –protestó Yuna cubriéndose los ojos—. Es como si mirase directamente el sol.
      No puede ser, Yuna. Es una daga de piedra afilada, nada más. Está hecha también de madera y hierro. Pesa mucho. Toma, cógela.
Yuna tomó con temor la daga entre sus manos, pero la soltó enseguida. La lanzó al suelo profiriendo un grito de dolor.
      ¡Quema!
      Por los seres elementales, Yuna, ¿qué dices? Yo no he sentido que quemase, al contrario, está fría.
      No, no, arde, mira, ¡me he quemado, Maebe! —exclamó mostrándole a Maebe una quemadura profunda en los dedos de su mano derecha—. me duele.
      Espera, te curaré.
Maebe humedeció un paño en un ungüento que llevaba consigo y curó a Yuna sintiéndose desorientada. No entendía absolutamente nada.
      Esto no es casual. Esto explica muchas cosas, pero...
      Lo único que entiendo es que me he quemado, Maebe.
      Alguien tiene que ayudarnos a comprender.
      El libro, posiblemente el libro diga algo... Ay, me duele...
      Lo siento, cielo, pero tengo que frotarte la quemadura con el ungüento para que se te cure. Sé que duele, pero ya mañana estarás mejor.
Fue una noche extraña, llena de incógnitas que crecían alrededor de aquellas dos mujeres que cada vez se sentían más desorientadas en aquel viaje. Las incógnitas, las dudas y el desconcierto se alzaban como llamas en torno de ellas deslumbrándolas como si del mismo sol se tratase.
Llevaron consigo el libro y aquella extraña daga envuelta en una tela gruesa y desgastada, del color de la tierra. Yuna se sentía desalentada, como si de repente tuviese la impresión de que el mundo se volvía un lugar totalmente incomprensible para ella.
Quedaban pocos días para pasar al otro lado de las montañas, para llegar a ese país donde se habían reencontrado Maebe y Aneia, donde, supuestamente, se hallaban los padres de Yuna. Dejaban atrás lo conocido para internarse en una realidad llena de brumas.

sábado, 4 de abril de 2020

MÁS ALLÁ DEL VIENTO: CAPÍTULO 8. ENTRE LAS MONTAÑAS


CAPÍTULO 8

ENTRE LAS MONTAÑAS

Las montañas eran inmensas e imponentes. Desde la distancia, parecían cercanas; pero, para llegar hasta ellas, era preciso cabalgar durante días. Los bosques que Maebe y Yuna debían atravesar eran densos y apenas se distinguían caminos entre los árboles. Les quedaban por delante largas y duras jornadas de viaje, pero no querían desalentarse. Deseaban conservar la esperanza y la ilusión que las impulsarían a abrir los ojos todos los días y enfrentarse a aquellas horas diurnas con la energía más brillante posible.
No obstante, Maebe tenía varios temores en el corazón. El principal de ellos era no poder ayudar a Yuna a encontrar a su familia. Deseaba permanecer junto a ella hasta que pudiese reunirse con sus padres y su hermana, pero la atemorizaba que le ocurriese algo y que Yuna tuviese que proseguir sola esa senda tan complicada que le parecería interminable si debía recorrerla sin ella; mas no osaba comunicarle a Yuna sus miedos. Prefería que Yuna confiase interminablemente en ella.
Otro de sus temores era no hallar a la amiga de la que tanto le había hablado a Yuna durante todos esos días. Hacía muchos años que no la veía ni hablaba con ella. Aproximadamente, habían transcurrido cinco años de la última vez que habían estado juntas. Se habían conocido en un viaje que Maebe había realizado a tierras muy lejanas. Su amiga pertenecía a una civilización muy distinta a aquélla que Yuna y Maebe conocían. Ella tenía otras creencias, pero su carácter se asemejaba muchísimo al de Maebe. Había abandonado el poblado en el que había nacido, se había apartado de las personas que formaban parte de su vida y se había construido una cabaña en el bosque, lejos de cualquier vestigio de civilización humana. Prefería habitar entre los árboles, junto a los animales, con quienes se entendía mucho mejor que con las personas. Maebe siempre la había respetado mucho por ser tan valiente y humilde. Vivía con lo preciso para subsistir y, además, tenía un alma muy mágica que le permitía conectar con cualquier dimensión, con cualquier ser o tiempo. Maebe había aprendido mucho de ella. Aquella mujer le había enseñado a buscar en su interior la chispa que la ayudaría a creer en sí misma. La había ayudado a encontrarse con esa parte de su corazón que, al nacer, siempre permanece llena de inocencia y que el transcurso de la vida vuelve opaca y casi invisible.
Maebe le había explicado a Yuna todo lo que había vivido con su amiga, a quien no se refería nunca con su nombre. Yuna no entendía por qué Maebe le ocultaba cómo se llamaba aquella mujer tan importante y mágica, pero no se atrevía a preguntar nada. Prefería que Maebe le contase las cosas al ritmo que decidiese.
Llevaban más de dos días cabalgando entre los árboles. Cuando caía la tarde, se detenían dondequiera que se hallasen y construían un pequeño campamento donde cocinaban algo de verduras y dormían al abrigo de la lumbre. Tenían la suerte de que aquellas tierras eran muy fértiles y, por ello, nunca les faltaba el alimento.
Procuraban detenerse cerca de un río en el que poder asearse un poco y refrescar a sus queridas yeguas, quienes eran tan dóciles que nunca protestaban por las largas distancias que debían recorrer. Maebe y Yuna eran muy atentas con ellas y siempre intentaban que no se agotasen en exceso. Observaban cómo caminaban, cómo miraban su alrededor y cómo actuaban para saber en qué momento habían de pararse para que pudiesen recuperar el aliento y la energía.
Viajaban en silencio la mayor parte del día, pero se sentían unidas en unos pensamientos que no era preciso exteriorizar. Ambas sentían en el alma la influencia de aquellos bellos parajes a través de los que viajaban. La hermosura de los campos, la frondosidad de los árboles, la inmensidad de los valles, la fuerza de los ríos, la poderosa voz del viento: todo se les adentraba en el corazón y las convencía de que aquéllos momentos eran indudablemente valiosos. La compañía de la otra, además, intensificaba esa emoción de gratitud que les manaba de la piel y que les anegaba el espíritu.
Al cabo de cinco días, las montañas les parecieron mucho más accesibles y cercanas. Estaban a punto de empezar a subir una de ellas, precisamente aquélla en la que vivía la amiga de Maebe. Yuna se preguntaba cómo era posible que Maebe se orientase tan bien por aquellos lares. Yuna nunca había estado tan lejos. Su poblado quedaba a más de cinco días de allí y nunca se había imaginado que tendría que recorrer distancias tan considerables. Ni siquiera cuando había ido en procura de la medicina que su hermana necesitaba se había distanciado tanto del que fuera su hogar.
A veces, mirando a su alrededor y percibiendo la inmensidad de la naturaleza, se sentía desprotegida y levemente sola; pero enseguida la compañía de Maebe desvanecía ese sentimiento tan desalentador. Intentaba no pensar mucho en todo lo que había perdido. No merecía la pena permitir que la nostalgia le llenase el alma. Debía ser fuerte y, si no luchaba contra la tristeza, el vigor que precisaba para seguir adelante temblaría hasta deshacerse.
      Ya estamos cerca —le informó Maebe el quinto ocaso de aquel viaje. Ya se habían detenido para bañarse y cenar—. Mañana llegaremos a la cabaña de mi amiga.
      ¿Por qué acudimos a ella exactamente? —le preguntó Yuna mientras cortaba fruta.
      La necesitamos para saber qué aconteció en tu aldea. Después de que ella nos dé unas leves nociones sobre lo que pudo ocurrir, entonces podremos proseguir nuestro viaje hasta el otro lado de las montañas.
      Pero quizás mi familia sepa mejor que ella lo que sucedió.
      No, Yuna. Tu familia no te contará nada. Ellos sólo quieren protegerte.
Yuna no se atrevía a rebatirle nada a Maebe. Sentía que ella siempre tenía razón, cualquiera que fuese el tema del que hablase. Ella se creía inculta, incluso inocente, junto a Maebe, quien parecía haber vivido todo tipo de experiencias. Pese a que sólo tenía cinco años más que ella, Maebe era demasiado madura y sabia.
Yuna apenas pudo dormir aquella noche. Continuamente se preguntaba qué descubrirían gracias a la ayuda de la amiga de Maebe. También temía sentirse aún más ingenua e ignorante. Intuía que aquella mujer sería la persona más sabia que conocería en su vida y no le apetecía ser consciente de su incultura a través de la inteligencia de los demás. No obstante, no podía confesarle a Maebe sus inquietudes. Sonarían ridículas convertidas en palabras.
El amanecer llegó suavemente, como siempre, como si a la luz del sol le diese miedo despertar a las dormidas montañas. El paisaje que Yuna atisbó tras las brumas del alba le llenó el alma de sublimidad y asombro. Las montañas recibían lentamente el dorado fulgor del día. Parecía como si del cielo lloviesen cortinas de oro que el viento mecía, llevándolas de un lado a otro, haciendo refulgir las rocas y las tímidas flores que crecían a la orilla del río. Los árboles escondían un mar de plata que se acercaba a la tierra, impregnando sus troncos de una luciente caricia cálida. Las aguas del río también resplandecían bajo los primeros suspiros del día. Cantaban los pájaros con calma y ternura, rompiendo delicadamente el silencio en el que había permanecido sumida la noche.
Cuando Yuna despertó a Maebe, enseguida se prepararon para reemprender su viaje. Yuna estaba nerviosa y agotada. Apenas había dormido aquella noche. Tenía el corazón lleno de inquietud y nervios. Su alma le susurraba intuiciones que no se atrevía a escuchar. Su alma le advertía de que la amiga de Maebe no las ayudaría tal como Maebe deseaba y creería que haría. Algo iba mal, pero Yuna no podía determinar qué le provocaba aquella sensación tan desalentadora que le helaba la sangre.
      ¿Qué te ocurre, Yuna? —le preguntó Maebe intrigada cuando ya se hallaron cabalgando bajo el sol—. Estás muy seria.
      Sólo estoy cansada y nerviosa.
      ¿Nerviosa por qué? Todo irá bien, Maebe.
      ¿De verdad lo crees? Tú también puedes intuir lo que va a ocurrir...
      No, Maebe, yo no tengo ese poder tan desarrollado como tú.
      ¿Cómo sabes que yo lo tengo?
      Porque me lo has hecho saber en varias ocasiones. Detectas la llegada de la lluvia mucho antes de que aparezcan nubes en el cielo, me adviertes de peligros que se hallan lejos de nosotras y me comunicas cosas que luego suceden.
Maebe no se atrevía a indagar en el corazón de Yuna. Temía que ella le revelase alguna realidad que pudiese desalentarla todavía más. Maebe también tenía un poder de intuición bastante despierto, pero había aprendido a ignorar su voz cuando no le interesaba conocer lo que iba a sucederle.
El bosque que protegía la pequeña cabaña en la que vivía su amiga apareció ante los esperanzados ojos de Maebe. Reconoció los antiguos robles que rodeaban aquel hogar, los castaños cuyas hojas ya comenzaban a amarillear y los manzanos que sobrevivían extrañamente en esas tierras de las que no deberían formar parte. El ambiente era húmedo, olía a flores secas, a hojas marchitas y a hierba teñida de rocío. La noche todavía no había abandonado aquel rincón de la naturaleza. Podían atisbarse demasiadas sombras entre los troncos de los árboles y la luz del día apenas rozaba la tierra.
      No me gusta este lugar —musitó Yuna estremecida.
      ¿Por qué?
      Pues no lo sé. Es oscuro.
      Aquí la luz del día tarda más en llegar.
Maebe entendía a Yuna, pero no quería reconocérselo. A ella también la sobrecogía aquel lugar. Le parecía que estaba lleno de soledad y abandono, como si la misma Naturaleza se hubiese olvidado de ese rincón de su creación.
Los troncos retorcidos de los árboles destruían cualquier senda que pudiese existir. Maebe decidió bajarse de Litzia y le ordenó a Yuna que obrase de la misma manera con Unse. Las yeguas parecieron agradecerles con los ojos que les permitiesen descansar y, sobre todo, que las liberasen de tener que caminar por ese bosque tan oscuro.
Como si la noche aún reinase allí, cantaban cárabos. Sus reclamos se convertían en ecos que atravesaban el silencio que moraba en aquel lugar. Yuna se preguntó cómo era posible que alguien viviese allí, tan apartado de cualquier mirada humana, tan lejos de cualquier resto de civilización, tan perdido entre los árboles. Se imaginó que ellas eran las únicas personas que se atrevían a acercarse a aquellos lares en mucho tiempo. Supo que, si no se conocía que allí vivía una mujer, nadie se atrevería a adentrarse en aquel terreno tan inhóspito.
Tenía el vello de punta. Un escalofrío le recorría la espina dorsal y su alma le advertía de que se estaba introduciendo en un lugar incluso peligroso, pero Yuna intentaba ser fuerte y mostrarse valiente ante Maebe, quien, al contrario de lo que Yuna pensaba, estaba tan asustada como ella; pero en absoluto lo parecía. Caminaba decidida, apartando los gruesos tallos de hierba que se interponían en su camino, ignorando las piedras que intentaban hacerle tropezar, retirando de su improvisada senda las ramas que trataban de desorientarla. Conocía muy bien el camino que debía seguir para llegar a la cabaña de su amiga y no permitiría que el temor y la oscuridad que reinaba en aquel lugar la detuviesen.
      ¿Cómo mora tu amiga aquí? ¿De qué vive? —le preguntó Yuna estremecida. Caminaba lentamente tras ella y su voz sonó llena de temor e inseguridad—. Yo no podría habitar aquí, tan sola, tan lejos de cualquier vestigio de humanidad.
      Vive de las verduras que ella misma planta. Tiene, tras su cabaña, grandes extensiones de campo donde cultiva hortalizas, árboles frutales...
Entre los árboles, de tronco grueso y enrevesado, de ramas frondosas que apenas permitían el paso de la luz del día, apareció una pequeña casita de madera y barro rodeada de una hierba verde y húmeda. La cabaña estaba protegida por esas mismas ramas que la ocultaban de la mirada de cualquier ser indiscreto que quisiese encontrarla.
      Es aquí —reveló Maebe sonriendo forzosamente—. No recordaba que era tan complicado llegar hasta aquí.
      Espero que todo este esfuerzo haya merecido la pena —musitó Yuna para sí misma.
Maebe se acercó a la cabaña y llamó a la puerta dando tres golpes seguidos separados de dos más lentos e indecisos. Yuna supo que aquella manera de llamar era un código que utilizaban las dos amigas para identificarse. Entonces supo que aquella mujer no abriría a nadie que osase irrumpir en su tranquilidad. Incluso se preguntó cuánto tiempo hacía que no llamaban a su puerta.
Al cabo de unos largos y densos segundos, la puerta se abrió lentamente, con inseguridad y algo de temor. Apareció en el dintel una mujer alta, delgada, pálida, de cabellos largos, rizados y rojizos que parecían teñidos por el aliento del fuego, de grandes ojos verdes y mirada penetrante que las observó incrédula. Al cerciorarse de que era Maebe quien había llamado a su puerta, una gran y luminosa sonrisa se expandió por su redondo y vivo rostro. Le brillaron los ojos como si de repente las estrellas se hubiesen encendido en ellos y se lanzó a Maebe riendo gozosa, como una niña traviesa, mientras pronunciaba su nombre con entusiasmo y muchísima felicidad.
Yuna sintió que el temor que aquel lugar inhóspito le había hecho sentir empezaba a disiparse.
      ¡Maebe! ¡Maebe! ¡Pero qué sorpresa! —exclamaba aquella bellísima mujer mientras reía y abrazaba fuertemente a Maebe. Yuna detectó un acento muy curioso en su manera de hablar—. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¡Hace tanto tiempo que no nos vemos...!
      Mucho tiempo, sí, Aneia —le contestó Maebe sobrecogida por el recibimiento—. Gracias por darme una bienvenida tan bonita. Temía que te molestase mi visita.
      Tú nunca me molestas. ¡Eres la única amiga que tengo en el mundo! —rió tímidamente Aneia retirándose de Maebe y mirándola con ternura—, pero veo que no viniste sola. ¿Quién es esa bella mujer que te acompaña?
      Es Yuna —le respondió Maebe dirigiéndose hacia Yuna y tomándola del brazo—. Hace unos días, incendiaron su poblado y su familia desapareció. Iremos hasta el otro lado de las montañas para reencontrarnos con ellos. Su madre le aseguró, a través de la distancia, que se hallaban allí —le explicó nerviosa Maebe. Yuna se preguntó por qué le había revelado su historia a Aneia tan rápidamente. Prefería explicársela ella con calma.
      Vaya, lo siento mucho, Yuna —le dijo acercándose a ella y tomándola de la mano—. Supongo que debes estar muy triste.
      No, ya no estoy triste porque sé que ellos están bien, pero sí me siento algo desorientada. No entiendo qué hacen allí, tan lejos,. Cuando la aldea se incendió, yo me hallaba de viaje en busca de una planta medicinal que podía curar a mi hermana, que tiene una enfermedad del alma que sólo se puede sanar con esa hierba. Cuando llegué, ya no quedaba nada de mi poblado, ni de mis familiares ni de mis vecinos y yo sólo estuve ausente tres días. No comprendo cómo es posible que llegasen tan rápido al país que queda al otro lado de las montañas.
      Posiblemente viajasen mientras tú andabas desorientada —le propuso Maebe. Era la primera vez que le planteaba aquella posibilidad.
Aneia las escuchaba atenta e interesadamente. Cuando se instaló entre ellas el silencio, entonces les pidió que entrasen a su cabaña:
      Supongo también que tendréis sed y hambre.
      Hambre no, gracias —rehusó Yuna con educación—, pero sed sí, muchísima.
      Os prepararé unas infusiones. Ahora tenéis que descansar. Llevaréis tanto agotamiento acumulado...
      Sí, eso sí es verdad —le confirmó Maebe suspirando profundamente.
La cabaña de Aneia parecía un pequeño paraíso. Dentro de aquel hogar, olía a flores, a hierbas y al frescor de la mañana. Aneia quebraba la oscuridad con grandes velas que producían una luz trémula y cálida que se reflejaba en las paredes de madera. Yuna enseguida se preguntó si aquellas llamas no ponían en peligro la estabilidad de aquella casita aparentemente tan delicada.
Estaba todo muy limpio y ordenado. Grandes biombos de madera adornados con dibujos preciosos y vivos dividían la cabaña en tres estancias: la cocina, el comedor y un pequeño dormitorio en el que había una cama que parecía muy confortable, junto a una gran ventana, una mesa de madera y un sencillo armario en el que Aneia guardaba ropa de todo tipo y colores.
En el centro del comedor, había una mesa también de madera rodeada por tres banquetas, junto a las cuales se hallaba un brasero que templaba dulcemente el ambiente. La cocina consistía en una lumbre de piedra, sobre la cual había colgado todo tipo de utensilios de cocina, desde ollas pequeñas a cuencos de barro, separados por el fuego por una red de hierro que parecía brillar en la oscuridad. Aneia calentó agua junto al fuego, vertió en ella unas hierbas y luego alcanzó tres pequeñas tazas de barro que reposaban en un estante adosado a la pared.
Yuna nunca había visto una casa así. La fascinaba la cocina que Aneia tenía y todos los utensilios que utilizaba para remover alimentos, para cortar verduras, para cocinar. Quería preguntarle dónde había aprendido a fabricar una cocina así, pero no se atrevía a hablar. No quería parecer ignorante.
      ¿Hay alguna hierba que os guste especialmente? —les preguntó amablemente mientras colaba las infusiones utilizando un utensilio brillante con agujeritos. Yuna se fijó en que sólo caía el agua a la taza—. Este té es de menta y limón, pero tal vez os resulte muy fuerte...
      ¿Qué es limón? —preguntó Yuna incapaz de dominar su curiosidad.
      El limón es un cítrico. Es un fruto. Es esto, mira —le respondió Aneia mostrándole un fruto redondo y amarillo—. No crecía en estas tierras hasta que yo planté limoneros. Si quieres, luego te enseño mi huerto —la invitó sonriéndole cariñosamente.
      Sí, me interesa mucho.
A Yuna le gustó mucho el sabor ácido del limón que, combinado con el frescor de la menta, dejaba en sus labios y en su lengua un gusto intenso a limpieza. Aquellos sabores unidos en aquel té verde, tan amargo, acabaron de despertar su alma; la que parecía aletargada tras tantos días de viaje.
      Y decidme... ¿en qué os puedo ayudar yo? Porque supongo que no habéis venido hasta aquí para saludarme si tenéis por delante un viaje tan largo y difícil.
      Bueno, sí, sí hemos venido a pedirte ayuda, es cierto, pero también me apetecía verte —le respondió Maebe avergonzada—. No queremos causarte ninguna molestia, por lo que, si crees que no puedes ayudarnos, entonces proseguiremos nuestro viaje sin ningún problema.
      Por supuesto que os ayudaré, Maebe.
      Todavía no sabes lo que quiero pedirte.
      No importa. Te quiero mucho. Ya no necesito más razones para ayudarte.
      Vaya, gracias —rió Maebe sonrojándose.
      Pero si eso no es ninguna novedad, tonta —rió Aneia también avergonzándose—. Dime en qué puedo serte útil.
Los ojos verdes y grandes de Aneia resplandecían en aquella oscuridad sinuosa, quebrada suavemente por la amarillenta luz de las velas que ardían en preciosos candelabros. Aneia sonreía como si fuese la persona más inocente de la vida y de ella emanaba un halo de misterio y recogimiento que a Yuna le hacía sentir extremadamente cómoda y tranquila. Además la sencillez con la que vestía intensificaba su celestial belleza. Yuna pensó que Aneia era la mujer más hermosa que jamás había visto. Tenía unos rasgos perfectos. La esbeltez de su cuerpo denotaba fortaleza. Tenía el cabello más refulgente que jamás viera y se expresaba con una serenidad que le acariciaba el alma. Intuyó que Aneia podía comunicarse con los animales si hablaba con tanta dulzura. Su voz era grave, profunda y a la vez melódica, como si cantase al hablar. Tenía un acento tan gracioso, tierno y curioso y que parecía tan lejano... La forma como hablaba le recordaba a aquella canción que Maebe le había entonado hacía días antes de dormir... Imaginó perfectamente aquella lengua cariñosa en la voz de Aneia.
      ... y entonces queremos saberlo. Es preciso que sepamos a qué nos enfrentamos al reencontrarnos con ellos —le explicaba Maebe con inseguridad a Aneia. Yuna había regresado de súbito de sus pensamientos, percatándose de que se había perdido la mayor parte de la conversación—. Yuna no pensó nunca que ese incendio fuese provocado, pero a mí no me cabe ninguna duda de que alguien quiso destruir su poblado.
      Evidentemente —afirmó Aneia cerrando los ojos, rabiosa e impotente—. Esto ya no tiene fin.
      Yo he visto incendios horribles provocados por personas que sólo piensan en destruir, en devastar, en...
      ...en dejarnos sin hogar a muchos —protestó Aneia intentando no llorar—. Llevo años luchando con mi alma contra esa infinita maldad, pero nunca he conseguido nada, al contrario, me siento como si la Naturaleza ya no quisiese escucharme, como si se hubiese agotado de pugnar ella misma por su creación. Ya no hay nada que hacer, Maebe. Los seres humanos gobernados por la ambición se han apoderado del espíritu de nuestro planeta. Ya no podemos hacer nada para devolverle a la Naturaleza lo que siempre fue suyo. No obstante, habrá momentos en la Historia en los que ella alzará su voz, provocando huracanes devastadores, despertando volcanes destructivos, agitando la tierra hasta lanzar al suelo esas espantosas construcciones con las que los humanos pretenden llegar al cielo, y entonces todo quedará bajo el olvido... pero, para que eso ocurra, tú tienes que morir, tengo que morir yo y tienen que morir mil generaciones. La Tierra volverá a ser libre cuando nosotros desaparezcamos. Parece mentira que eso pueda ocurrir, pero sí sucederá, aunque deben transcurrir más de cien años para que la Tierra quede libre de nuestra influencia. Los cuerpos de las personas que morirán serán el abono para nuevos bosques.
      Por los seres elementales —exclamó Yuna estremecida, casi sin poder hablar—. ¿Eso ocurrirá de verdad?
      Sí, Yunha, querida, pero ni tú ni yo lo veremos. Ni tú, ni yo, ni los hijos que tú puedas tener, ni los hijos de tus hijos, ni los hijos de tus nietos...
      Yo no creo que tenga hijos.
      Huy, eso lo dices ahora... pero es probable que no los tenga si no quieres. Yo tampoco los tendré jamás.
      Entonces, ¿nos ayudarás a saber qué ocurrió en el poblado de Yuna? —le preguntó Maebe con delicadeza.
Aneia miró fijamente a Yuna como si quisiese adentrarse en su cuerpo. Yuna agachó la mirada, intimidada y sobrecogida, pero los insistentes y profundos ojos de Aneia no la incomodaban, al contrario, le hacían sentir cómoda y especial si se posaban en ella.
      Yuna, es probable que la verdad te haga mucho daño. ¿Quieres conocerla igualmente antes de reencontrarte con tu familia? —le cuestionó seriamente.
      Sí. Quiero saber si merece la pena realizar este viaje tan duro para hallarlos.
      No merece la pena, Yuna —le reveló levantándose de donde estaba sentada y acercándose a ella. Todavía la miraba fijamente—. Necesito que seas sincera conmigo.
      Lo seré, aunque no te conozca de nada.
      Puedes confiar en mí. Yo nunca te haría nada que pudiese perjudicarte, ni a ti ni a Maebe.
      De acuerdo.
      Yuna, ¿no te resulta extraño que tu familia esté tan lejos de ti? Cuando se declaró el incendio, en lugar de esperarte, huyeron lejos, como si no quisiesen que tú los siguieses. Su actitud me parece tan ilógica... Yo nunca haría eso con alguien de mi familia.
Yuna sintió un escalofrío recorriéndole gélidamente el cuerpo. No supo qué contestarle a Aneia. Nunca se había planteado la posibilidad de que su familia quisiese abandonarla. Cuando su madre y ella habían hablado a través de la distancia, gracias a la magia que su alma albergaba, entonces le había asegurado que estaban bien e incluso parecía que le solicitase que no realizase un viaje tan largo para reencontrarse con ella. La voz de su madre había sonado tan extrañamente fría, tan distante... Ni siquiera le había demostrado que se alegraba de que ella estuviese bien.
      Y justamente me mandaron a buscar esa hierba que podía curar a mi hermana... y entonces todo ocurrió —reflexionó Yuna con ganas de llorar.
      ¿Qué enfermedad padece tu hermana?
      Es una enfermedad del alma. A veces siente tanta tristeza que su consciencia desaparece.
      Las enfermedades del alma no se curan. No hay hierba que pueda sanar una dolencia del espíritu. Esas enfermedades se traen de otras vidas, cariño —le explicó Aneia agachándose frente a ella y tomándola amorosamente de las manos. Yuna se estremeció al percibir lo amable que estaba siendo Aneia con ella—. Lo siento, siento tener que decirte todo esto.
      No entiendo por qué nunca lo supe —se lamentó Yuna con los ojos inundados de lágrimas.
      No llores, cielo. Encontraremos la explicación a la actitud de tu familia. Quizás ellos intuyesen que estaban en peligro y por eso te mandaron a hacer ese viaje, para apartarte de la amenaza que ellos detectaban.
      Es posible, pero no me cuadra. Si eso es así, ¿por qué no me dijeron la verdad? —lloró Yuna sin poder evitarlo.
      ¿Cómo era la relación con tus padres?
      Era buena, sincera y cariñosa.
      Pero, sin embargo, sus padres nunca le hablaron de los poderes que ella tenía, que tuvieron siempre nuestros ancestros y que heredamos de generación en generación. Era como si quisiesen que ella fuese distinta —intervino Maebe con respeto.
      ¿Eso es cierto, Yuna?
      Sí, sí es cierto. Yo no sabía que podía comunicarme con mi madre concentrándome en llamarla con el alma como si lo hiciese con la voz. Mi madre respondió muy rápidamente a mi reclamo; lo cual me hace entender que ella sí gozó desde siempre de ese poder tan bonito.
      Y tú también, Yuna. Lo que ocurre es que, al no hablarte de todos esos poderes, los tienes dormidos. Nadie se ha esmerado en ayudarte a trabajarlos —le contó Aneia con delicadeza.
      No entiendo nada. Cada vez me siento más desorientada.
      Yo puedo saber qué ocurrió; pero, para ello, necesito meditar profundamente, estar a solas sin que nadie me interrumpa. Tengo que viajar anímicamente al momento en el que se declaró el incendio. No te aseguro que lo consiga. Hace mucho tiempo que no realizo esos viajes espirituales.
      ¿Por qué? —le preguntó Maebe intrigada.
      Porque no quiero saber más, Maebe. Estoy agotada de detectar tanta destrucción, tanto odio, tanta ambición. Hace unos años que prefiero vivir el presente, sin conocer qué va a ocurrir ni lo que ya sucedió. Me alejé tanto de mi tierra porque no soporto que sigan destruyéndola sin que yo pueda hacer nada para evitarlo. Hay maneras de destruir que no son visibles. Se puede devastar un lugar sólo silenciando su lengua, su cultura, su libertad. Yo no puedo soportar que sigan reprimiendo mi pueblo.
      ¿Te refieres al país que queda al otro lado de las montañas, donde están mis familiares? —le cuestionó Yuna intrigada, limpiándose las lágrimas.
      No, no. Yo vengo de una tierra mucho más lejana. El país que está al otro lado de las montañas me acogió temporalmente. Fue un puente que me ayudó a llegar hasta aquí.
      ¿Y tu familia?
      Mi familia está allí, en mi tierra. Para ellos estoy muerta. No saben nada de mí desde hace años. Así es mejor.
      ¿Por qué?
      Porque no quiero que sufran más, porque ellos no aceptan lo mágica que es mi alma, porque allí donde nací mi manera de ser tanto física como espiritual es peligrosa, puede considerarse peligrosa, y yo quiero ser libre.
      ¿Y no extrañas tu tierra?
      Por supuesto que sí, todos los días de mi vida. Sueño con ella todas las noches, pero prefiero llevarla en el corazón, tal como la recordé siempre, tal como quiero que siempre sea, antes que ver cómo pierde su esplendor en manos de personas horribles que no saben cuidarla.
Aneia se expresaba con una nostalgia tan profunda, tan mística sin embargo... Hablaba con ternura y mucho dolor. A Yuna sus palabras y el tono con el que las pronunciaba le hacían sentir ganas de llorar. Era como si le rasgasen el corazón.
      Cuánto lo siento...
      Y Maebe y yo nos conocimos precisamente en mi tierra. Ella me habló de estos lares, me contó que la mano de las personas todavía no los habían destruido, que quedaban lejos de la ambición de las personas más irreflexivas... y por eso me vine aquí, dejando atrás todo aquello que podía hacerme daño; pero ahora ya nada está a salvo de la maldad, de la destrucción... Aquí también está llegando el odio.
      Maebe, tú me contaste otra cosa...
      Sí, Yuna. No te expliqué toda la verdad porque prefería que fuese Aneia quien lo hiciese.
      No es justo que una mujer tan buena y maravillosa como tú viva tan sola. Ven con nosotras. Maebe, tú y yo podemos vivir juntas en una casita más grande y...
      No, Yuna. te lo agradezco mucho, pero prefiero vivir aquí el poco tiempo que me queda de vida. Lo único que me duele es que no podrán enterrarme en mi tierra. Me gustaría que mi cuerpo se descompusiese bajo la tierra que me vio nacer y que mi esencia física sirviese para alimentar las flores, los árboles... pero no creo que nadie se atreva a realizar un viaje tan largo con una muerta en brazos —se rió amargamente—. Me calma saber que mi espíritu siempre será libre y que no importa donde muera, pues él siempre encontrará el camino de regreso a casa.
Yuna entendió entonces por qué Maebe sentía tanta fascinación y cariño por aquella mujer. Aneia era pura como la luz del alba, era suave y nítida como la lluvia, era tan bondadosa como una mariposa. No había ni el menor ápice de maldad en sus palabras. Se expresaba tan limpiamente, con tanto sentimiento y sinceridad que era imposible desconfiar de ella.
      ¿Por qué dices que te queda poco tiempo de vida?
      Porque estoy enferma, Yuna; pero no quiero entristecerte todavía más.
      ¿Y no hay cura a tu enfermedad?
      No, no la hay. Bueno, quizá sí, pero no quiero que me curen. El tratamiento que me tendrían que aplicar es mucho más terrible que la misma enfermedad. Acepto que me quede poco tiempo. Ya he hecho todo lo que tenía que hacer en esta vida.
      ¿Qué tienes, Aneia? —le preguntó Maebe con la voz trémula. Yuna adivinó que Maebe no sabía que Aneia estaba enferma.
      Tengo un intruso en mi cuerpo que crece a una velocidad espeluznante. Nació en mi cabeza y está quitándole sitio a mi cerebro. Hay momentos en los que se apodera de mi consciencia y de mi equilibrio y me cuesta mucho vivir. Me quedan muy pocos meses de vida. Por eso también dejé de meditar en busca del pasado, pues, cuando me sumergía en esas meditaciones, el bicho crecía y crecía, me dolía la cabeza durante días y no era capaz ni de levantarme de la cama. Me deshidrataba, no comía y, cuando al fin podía ponerme en pie, la debilidad que me dominaba era tan grande... pero por vosotras merecerá la pena realizar ese esfuerzo, aunque sea lo último que haga en la vida.
      No, no, no —la contradijo Yuna estremecida—. No quiero que lo hagas por mí. No merece la pena. En absoluto merece la pena, Aneia.
      No tendría que habéroslo dicho —se lamentó Aneia cerrando los ojos.
      No queremos que te enfermes más por culpa nuestra. No es necesario que lo hagas, Aneia, por favor —le solicitó Yuna con insistencia, asustada y sobrecogida.
      Está bien. Entonces, permitidme ser algo cortés con vosotras siendo vuestra anfitriona durante dos días. Descansad del viaje, reponed fuerzas y luego partid en busca de tu familia llevando en vuestro haber comida y energía —les pidió levantándose del suelo y recogiendo la mesa—. Es un placer teneros aquí conmigo.
      Hay dos viajeras más que nos esperan al otro lado del camino —recordó Maebe intentando sonreír—. Son nuestras yeguas.
      ¿Qué hacen tan lejos? Por favor, id a buscarlas. Aquí también hay sitio para ellas. Pobres, seguro que están intrigadas esperándoos,.
A Yuna la entusiasmaba la idea de permanecer en casa de Aneia durante días. Quería conocer más profundamente a aquella mujer tan mágica, bella y transparente. Sentía por ella un interés que nunca nadie le había despertado, a excepción de Maebe, quien todavía seguía siendo para ella la persona más especial que conocía. No obstante, Aneia la intrigaba de una manera casi sobrenatural y deseaba descubrir los recuerdos que aquella mujer guardaba en su alma, los sentimientos que la vida le inspiraba y también las cualidades que le anegarían el corazón.
Cuando Aneia vio a Litzia y a Une caminando inseguras hacia su hogar, anduvo sigilosamente hacia ellas y, al tenerlas cerca, les extendió a las dos un montón de hierba fresca que las yeguas comieron con calma y confianza. Enseguida se habían percatado de que Aneia era una mujer amable junto a la que se podían sentir protegidas.
Entonces el día se detuvo por unas largas horas convertidas en conversaciones apasionantes, en confesiones profundas y en risas. Maebe y Yuna olvidaron por unos momentos las penas que las afligían y las verdades que tanto las estremecían y gozaron de la compañía de Aneia como si fuesen lo último que hacían en sus vidas. Maebe supo que, después de aquella vez, nunca más volvería a ver a Aneia. Al conocer que estaba enferma, entonces detectaba las señales de esa horrible enfermedad resplandeciendo de vez en cuando en sus verdes y brillantes ojos y reflejándose en sus gestos pacientes y tranquilos. “Qué injusta puede ser la vida”, pensaba Maebe con tristeza mirando a su querida amiga. “Las personas más buenas son las que más sufren siempre. No es justo, no es justo”.
Mas la vida podía ser hermosa también, pese a no ser justa. Aquellos momentos valían más que cualesquiera y Maebe trató de hundirse plenamente en su esplendorosa belleza para convertirlos después en esos recuerdos que jamás se olvidan; los recuerdos de esos momentos en los que desearíamos detener el tiempo para siempre.