jueves, 14 de mayo de 2020

MÁS ALLÁ DEL VIENTO: CAPÍTULO 13. COMPARTIR LO TANGIBLE


CAPÍTULO 13

COMPARTIR LO TANGIBLE 

Desde que Yuna tuviera aquel sueño tan mágico en el que podía desprenderse de la parte tangible de su ser y volar hacia donde desease, aquellos sueños astrales se hicieron mucho más frecuentes. Maebe siempre aparecía en sus sueños dispuesta a guiarla por aquel mundo deshabitado y real. Maebe la llevó hacia rincones que ella ya no podía reconocer por lo cambiados que estaban.
Al cabo de dos días, Maebe guio a Yuna hacia la tierra donde había nacido y crecido. Ésta estaba tan cambiada que Yuna era incapaz de encontrar los caminos que de niña había recorrido tantas veces. Sobrevolaban paisajes destruidos. La tierra, cubierta de cenizas, se hallaba tan muerta como una noche sin estrellas. No había ya ningún árbol que reflejase la vida que allí había existido. Yuna no comprendía por qué ni cómo había ocurrido aquello cuando ella se había sentido siempre rodeada por la magia del rincón del mundo que la vio nacer.
Un profundo desaliento le llenó el alma y, al despertar de esa pesadilla, permaneció llorando durante largas y densas horas en las que sintió que todo lo que creaba su vida perdía su sentido. Maebe le aseguraba que ella tenía la responsabilidad de salvar a la Madre Tierra de la destrucción a la que los humanos la condenaban, pero le costaba encontrar esa fuerza que debía guiarla en una misión tan importante. Incluso pensaba que ella no sería capaz de luchar contra una maldad tan grande y que necesitaba, para lograrlo, la ayuda de seres mágicos que no perteneciesen al mismo mundo que aquéllos que querían destrozar el planeta.
Permaneció sumida en unos pensamientos extraños y confusos durante unos días. Le costaba dormir; pero, siempre que conseguía conciliar el sueño, Maebe aparecía ante ella dispuesta a ayudarla.
Una de esas noches, Yuna le confesó sus inquietudes a Maebe. Le comentó que temía desplazarse por un mundo totalmente desconocido para ella, que no se sentía capaz de relacionarse con nadie, sólo con esas personas que formaban parte de su vida momentáneamente. Además, desconocía las lenguas que se hablaban más allá de esos lares.
Maebe quedó pensativa al oír las quejas de Yuna. Notaba que su espíritu estaba debilitándose. Tenía que ayudarla. Incluso Yuna le había revelado que creía que necesitaba que algún ser mágico la asistiese en aquella tarea tan ardua y peligrosa.
En esos momentos, volaban por encima de las montañas que la separaban de la tierra donde había nacido. Maebe rebuscó en sus conocimientos ancestrales alguna solución que ofrecerle a Yuna, quien parecía tan desalentada.
      Lo que podemos hacer es compartir tu cuerpo, es decir, si tanto te atemoriza viajar sola, relacionarte con las demás personas y luchar por llevar a cabo tu misión, yo puedo introducirme en tu cuerpo y estar contigo mientras dure esta etapa de tu vida.
      Pero ¿eso es posible? ¿Cómo será tenerte en mi cuerpo? ¿Podré hablar contigo en todo momento? ¿Escucharás mis pensamientos, sabrás lo que siento y lo que necesito siempre?
      No, por supuesto que no —se rió Maebe avergonzada—. Es mucho más complejo. Digamos que yo sólo dominaré tus palabras y tus acciones cuando tú así lo desees. No obstante, tendremos que ponernos de acuerdo en el carácter que mostrarás a los demás. No puedes ser yo y, de repente, ser tú. Provocarías mucha confusión. Además, si tú no lo deseas, yo no me entrometeré en tus pensamientos. No podré oír la voz de tu mente a menos que tú así lo desees. Podrás notar que tus pensamientos y tus sentimientos quedan expuestos ante mí con una sensación inconfundible. Conocerás nuevas sensaciones, ya lo verás; pero sólo si así lo deseas. Cuando quieras que te abandone, sólo tienes que pedírmelo. Recuerda que yo soy sólo alma. Puedo introducirme en el cuerpo que quiera, pero únicamente puedo hacerlo si esa persona me lo consiente.
      Preferiría aprender a hablar todas esas lenguas que tú conoces... Me da miedo que te metas en mi cuerpo.
      ¿Y cómo piensas aprenderlas si no hay nadie que entienda tu idioma? Probémoslo, Yuna. Te prometo que no te causaré ninguna molestia. Tengo ganas de sentirme viva y te echo de menos. No será lo mismo que antes, pero al menos podré sentirme más cerca de ti y tal vez juntas podamos luchar contra la destructora energía que quiere devastar nuestro hogar. Recuerda que debes batallar contra algo que no se ve. No tienes que quitarles la vida a esas personas que quieren destrozar nuestro mundo, sino contra la energía horrible que todos esos seres lanzan al aire. Se concentra en varios puntos en concreto de la tierra. Es una energía espantosa y, lamentablemente, muy poderosa.
      Nunca creí que tuviese que luchar contra una energía. Yo creía que debía concienciar a todos esos seres malignos de que cuiden nuestro hogar.
      No, en absoluto es eso lo que tienes que hacer. Si fuese ésa tu tarea, entonces no acabarías nunca —se rió Maebe con cariño—. ¿Aceptas mi propuesta, pues?
      La acepto, sí; pero tengo miedo a que yo desaparezca.
      No vas a desaparecer. El momento de tu muerte todavía está lejos, Yuna. Ahora despertarás notando que en tu cuerpo no estás sola. Yo no te molestaré si quieres que esté en silencio.
      Es algo tan extraño que me cuesta creerlo.
      En este mundo, hay muchas más cosas de las que piensas. Hay mucha más magia de lo que crees. Ni siquiera conoces el cinco por ciento de lo que puede suceder en esta realidad. Hay más dimensiones que ésta en la que estamos y en la que vives en la vigilia. El mundo de los sueños no es más que otra realidad y, como ésa, existen muchas más.
      Quiero conocerlas.
      Lamentablemente, sólo puedes hacerlo si confías en algún ser que pertenezca levemente a alguna de ellas. Yo puedo pertenecer al mundo de los sueños, pero también pertenezco al de la muerte y a alguno más que te ayudaré a conocer.
      Entonces, tengo como guía y maestra a una mujer que no está viva —afirmó Yuna riéndose levemente incómoda.
      Así es. Eres afortunada por ello. Nada es corriente en tu existencia. Nunca lo ha sido. Lo sabes, ¿verdad?
      Pero ¿qué ocurrirá si quiero darte la mano o quiero abrazarte?
      Evidentemente, no puedes hacerlo. Yo soy sólo espíritu. No tengo materia. La materia que tendré ahora será tu propio cuerpo.
      Está bien. Probémoslo, entonces. Llévame a todos esos lugares que todavía no conozco. No tengo nada que perder.
      Tenemos que destruir ciertos prejuicios y fronteras que limitan tu mente, pero también te ayudaré a hacerlo.
      Me alegra no haberte perdido definitivamente. Nunca supe cuánto te necesitaba hasta que desapareciste.
      Todos mis familiares estaban muertos. Ondina y todas las mujeres de su poblado también lo estaban. Tu familia huyó antes de que los matase ese incendio. No te esperaron porque no tuvieron otra opción, pero también ansiaban dejarte atrás porque nunca les pareciste del todo humana y te temían. Tu madre te tuvo en una noche de tormenta y, cuando naciste, tenías los ojos abiertos y no llorabas. Varias vecinas que asistieron a tu madre al parto se asustaron mucho al darse cuenta de cómo eras. Empezaste a hablar cuando ni siquiera tenías seis meses y aquello fue horrible para todos. Además, afirmabas cosas que no entendían. Cuando tenías sólo un año, ya te referías a personas que no estaban vivas. Contabas que te habías comunicado con familiares que hacía años que estaban muertos. Tu madre te temía tanto que ni tan sólo era capaz de alimentarte. Tuvieron que hacerlo algunas vecinas que acababan de tener hijos porque a tu madre la aterraba mirarte a los ojos. Sentía que le leías la mente. Nunca te enfermabas. Jamás tuviste fiebre ni un catarro sin importancia. Nunca tuviste problemas con la comida y nunca te intoxicaste con nada. Tu salud era férrea como la de un roble. Eso inquietaba muchísimo a todas las personas de tu familia. Tu hermana estaba enferma del alma, siempre lo estuvo, y aprovecharon su enfermedad para mandarte lejos de ellos. Justo entonces se declaró aquel incendio que nos mató a todos, excepto a ellos. Ellos pudieron huir, pero las llamas les quitó la vida a todos los vecinos de tu aldea, llegaron también a nuestro poblado, destruyeron todo nuestro mundo e incluso también el de Ondina. Ondina tampoco estaba viva. Hacía días que había muerto ahogada con el humo y quemada por ese feroz fuego que tantas vidas convirtió en muerte. Tú regresaste portando una planta mágica en tus manos. Esa planta mágica te permitía estar en otra dimensión, permanecer en el pasado. Fue esa planta la que te impidió ver la realidad tal como era. Tus padres querían que te perdieses en otra dimensión y por eso te mandaron a buscar esa planta. Es una planta que sólo florece cuando está llegando el verano y apenas vive tres días. Por eso es tan complicado encontrarla.
      Mi familia nunca me habló de eso —se lamentó Yuna estremecida—. ¿Por qué?
      Porque te temían. Todos sabían que eres mucho más mágica de lo que querían creer. Ya sabes que tu madre recibió el mensaje de un ser mágico que, en sueños, le comunicó que daría a luz a una niña muy especial que no sería del todo humana.
      ¿Y qué soy, entonces?
      Evidentemente, eres humana; pero tienes cualidades de seres que no son humanos. Si fueses absolutamente humana, no podrías estar conmigo ahora en esta dimensión. No sería tan sencillo que pudieses hablar con los muertos, hasta el punto de no saber si estás comunicándote con una persona viva o muerta, si no tuvieses un alma llena de virtudes mágicas. Pronto, conocerás a seres que son como tú, que tienen unos dones como los que tú posees.
      Y tú también debes de ser muy mágica. No podrías hablar conmigo si no lo fueses.
      Cualquier persona muerta puede hablar con cualquier ser que pueda verlas. Yo estoy muerta y puedo hablar contigo porque tú eres el ser mágico, no yo.
En esos instantes, se hallaban caminando vaporosamente por entre las calles del poblado donde vivía Yuna. Maebe la tenía tomada de la mano, pero Yuna sólo notaba que una energía cálida y cariñosa le envolvía los dedos. Nada más.
      Gracias por contarme todo esto. Yo tengo recuerdos muy antiguos, pero desconocía la mayoría de cosas que viví.
      Efectivamente, tienes recuerdos que una niña de tu edad no debería tener. Recordabas momentos demasiado antiguos.
      Entra en mí, entonces, y ayúdame a encontrar todas las respuestas que desconozco —le solicitó Yuna deteniendo su paso y mirándola a los ojos. La imagen de Maebe era brumosa, como si su cuerpo no tuviese forma.
      Está bien —sonrió Maebe estremecida—. ¿Preparada?
      Preparada.
Yuna no cerró los ojos. No quería perder ni una sola imagen de lo que ocurriría en esos momentos. Vio que Maebe se acercaba a ella y notó que una energía, como una brisa, se adentraba en su ser, empujaba dentro de ella, se acomodaba entre sus músculos, sus huesos y sus órganos. Al principio, notó que le faltaba el aliento, que le costaba respirar. Inevitablemente, cerró los ojos mientras luchaba contra sus propios pulmones para poder inspirar; pero entonces se percató de que había vuelto a la vigilia.
Abrió los ojos y vio que se hallaba en su cuarto. El amanecer se reflejaba en las paredes de piedra. Se atisbaban los primeros suspiros del día tras los cristales de la ventana, cerrada a cal y canto para que no entrase el frío del invierno.
Yuna se sentó en la cama y se frotó los ojos. Aún le pesaban los párpados y le costaba deshacerse de las imágenes del sueño que había tenido. De pronto, recordó lo que había ocurrido en esa dimensión onírica. Maebe estaba con ella, en su cuerpo.
Al recordar aquel detalle, se estremeció, pero enseguida notó que el alma se le llenaba de calma y calor. Una voz suave, susurrante, sin sonido, pero con mucha fuerza, le pidió que no tuviese miedo, que estuviese tranquila. Era la voz de Maebe, pero sonaba silente, como si fuese la voz de sus pensamientos. Los pensamientos nunca habían tenido voz para Yuna. Pensaba sin hablar. Ella había sentido siempre que los pensamientos eran órdenes o frases sin materia, que aparecían en su mente sin que ella lo previese. En el mundo de los pensamientos, todo se desarrollaba en silencio.
La voz de Maebe era como uno de esos pensamientos. Aparecía sin preverlo y se acomodaba en su mente como si de ésta naciese. Además, podía experimentar sensaciones que su alma no creaba. Sabía que no era su alma la que le hacía sentir esa serenidad tan tibia.
      Maebe, me resulta tan curioso...
ella le contestó:
      Me siento muy cómoda aquí en tu cuerpo, pero también experimento impotencia porque no puedo controlarte si no me lo permites.
      ¿Qué quieres hacer?
      Permíteme que domine tus decisiones, que sea dueña de tu mente por unos momentos. Ya verás qué divertido.
Aunque la voz de Maebe no sonase, Yuna podía saber con qué emoción ella le hablaba. En esos momentos, notó que Maebe se reía. Sonrió inevitablemente al imaginarse la sonrisa de Maebe.
      Está bien, pero no me obligues a hacer ninguna locura –le pidió también sin voz—. No es necesario que te hable con la voz, ¿verdad?
      No, no lo es. Sólo me basta con que pienses. Yo te escucho, siempre que así lo desees, ¿recuerdas?
      Sí, me acuerdo.
Entonces Yuna anheló que Maebe fuese dueña de todos sus movimientos, decisiones, gestos, palabras... y enseguida notó que algo se apoderaba de su cuerpo; una fuerza silente y poderosa que se le esparció por los brazos, por las piernas, que le llenó el vientre, el pecho, los ojos, los labios, todos, todos los rincones de su cuerpo.
Era como si alguien la moviese desde fuera. Se levantó de la cama, se desvistió, se puso un vestido de lana y un abrigo, introdujo las piernas en unas medias de lana, también se calzó con unas botas de agua, de montaña, de nieve. Lo hacía todo sin que tuviese que pensar en hacerlo. También se peinó y se lavó la cara sin tener que esforzarse por nada.
      Tengo que hacer otra cosa —le comunicó Yuna a Maebe con vergüenza–. Necesito orinar.
      Es cierto. Hace tanto que yo no lo hago que olvidé que también era necesario hacer eso —se rió Maebe—. ¿Nunca te diste cuenta de que yo no lo hacía?
      No iba a preguntarte para qué te escondías entre los árboles, evidentemente.
      Fingía que tenía que hacerlo.
      Me da vergüenza que...
      entonces, desea que no te vea, que me salga de tu mente.
      ¿Es tan sencillo como eso?
      Sí, lo es.
Maebe congeniaba con sus gestos, con sus pensamientos, con su cuerpo. Lo manejaba como si siempre hubiese sido suyo.
Yuna no podía negar que le parecía una sensación muy divertida y curiosa. Se alegró de haber accedido a que Maebe y ella compartiesen la parte tangible de su ser.
Cuando Yuna le permitió volver a tomar el control de su mente, entonces Maebe la obligó a correr por el poblado, haciendo un ejercicio que Yuna no solía hacer con tanta intensidad. También la llevó al bosque para enseñarle a nombrar algunas plantas que Yuna desconocía. Durante todo aquel día, Yuna aprendió muchísimo gracias a Maebe, quien también aprovechaba los momentos de silencio para explicarle cómo funcionaban aquellos idiomas con los que se iría encontrando en el próximo viaje que tenía que emprender.
      No puedo negar que es maravilloso. No me siento en absoluto sola –le confesó a Maebe cuando ya caía la tarde—. Creo que ha sido el día más bonito que he vivido en mucho tiempo.
      Para mí también. No te imaginas lo hermoso que es poder estar protegida en un cuerpo en vez de tener que vagar por el aire en busca de algún lugar que me pueda acoger. Siendo sólo alma, nada nos resguarda. Podemos correr con el viento, sentir el sol, el agua y la nieve, pero no tenemos donde refugiarnos porque en todas partes cabemos y ningún rincón puede ser nuestro hogar. Es muy desolador.
      ¿Cómo es el mundo de los muertos?
      No existe tal mundo. No hay una tierra única que nos acoja cuando morimos. El mundo de los muertos es el mismo mundo donde viven los vivos. Estamos todos en el mismo lugar, pero en una dimensión distinta que no todas las personas son capaces de detectar. Tú sí porque eres mágica.
      A mí no me molesta que estés conmigo, al contrario; me gusta mucho.
      Cuando duermas, entonces volveremos a viajar por la dimensión astral de los sueños.
      Está bien.
Era sencillo complementar sus decisiones con las de Maebe.
Mientras duró el invierno, Yuna lo preparó todo para emprender un viaje hacia no sabía dónde, en busca de esa energía contra la que tenía que luchar, en busca también de esas dimensiones que le enseñarían a comprender mejor su propia alma. Con la ayuda de Maebe, aprendió a hablar otras lenguas del mundo, también conoció otras costumbres y otras culturas. Maebe había viajado por el mundo entero empapándose de todo lo que ocurría en cada lugar. Maebe era sabia como el alma más ancestral de la Historia y Yuna se sentía muy afortunada por tenerla consigo, en ella misma. No habría sido capaz de enfrentarse a todo lo que la esperaba si Maebe no la hubiese ayudado. Descubrió aquello cuando transcurrieron ya varios días de aquella noche en la que Maebe entrara en su cuerpo.
Con la llegada de la primavera, llegaría también el momento de viajar hacia esos lugares donde aquella energía destructiva gritaba con más fuerza e ímpetu. Yuna no se atrevía a afrontar aquel viaje, pero Maebe la animaba a través de su voz silente a sentir esperanza, a confiar en sí misma. No estar sola era lo que realmente la alentaba.

miércoles, 6 de mayo de 2020

MÁS ALLÁ DEL VIENTO: CAPÍTULO 12. FUTURO INVERNAL


CAPÍTULO 12

FUTURO INVERNAL

Nacer en un poblado en el que, desde muy niños, todos aprendían a interpretar el lenguaje de la naturaleza y a cultivar esos alimentos que les servirían de sustento le permitió a Yuna desenvolver una nueva vida en un lugar que estaba completamente muerto, sin embargo. No la acobardó el profundo silencio que llenaba todos los rincones de aquellos lares ni tampoco el olor a muerte que se esparcía por las calles. Con la ayuda de su fortaleza, cubrió de tierra fértil, llena de semillas, aquellas fosas repletas de tantos cuerpos fenecidos con la esperanza de que la naturaleza aprovechase aquella putrefacción para crear más vida. Ella creía plenamente en el poder de renovación de la naturaleza, de la vida, incluso de la muerte.
No le resultó difícil convivir consigo misma, siempre prestándole atención a todo lo que la rodeaba en busca de alguna señal que le indicase que estaba en peligro. Le gustaba sentirse la única dueña de su vida. Era la primera vez que estaba tan sola. Aquella soledad la animaba a hundirse en sus pensamientos y a remover en sus recuerdos en procura de aquellos detalles que la ayudasen a entender mejor lo que le había acontecido durante las últimas semanas de su vida.
Reflexionó muchísimo acerca de Ondina y su poblado. No le costó llegar a la conclusión de que Ondina y las demás mujeres que habitaban en aquella aldea tan desértica tampoco estaban vivas. Parecía como si, al marcharse de viaje para encontrar la planta que sanaría a su hermana, hubiese abandonado el mundo de los vivos. Aquella posibilidad le hizo sentir un profundo escalofrío. Estaba totalmente segura de que ella sí estaba viva. Su piel estaba templada, notaba latir su corazón, sentía hambre, frío, ganas de dormir y de hacer las necesidades biológicas de siempre. Seguía teniendo la menstruación y la atacaban aquellos dolores tan fuertes de estómago cuando vivía aquellos días tan delicados para toda mujer.
Ella estaba viva. Incluso se sentía viva en el mundo de los sueños. El cansancio también la dominaba cuando volvía de trabajar del campo o cuando regresaba de largas jornadas de viaje para encontrar aquellos mercados donde podría vender sus alimentos. Había varias aldeas a unos cuantos kilómetros de allí que celebraban mercados una vez a la semana y que la acogieron en cuanto ella se presentó allí con sus verduras y sus frutas, incluso con prendas que ella confeccionaba empleando lana o lino. Tenía ovejas a las que cuidaba mucho y quería profundamente, a las que les cortaba la lana con mucho primor. También había conseguido extraer algodón de alguna plantación que había encontrado entre los montes. Le resultaba muy curioso que aquella tierra tuviese tantas bendiciones y facilidades. Sentía que alguien la ayudaba desde el Más Allá a vivir aquella existencia tan extraña y súbita.
El otoño avanzaba entre dorados rayos de sol que marchitaban las hojas caducas. Los animales se mostraban menos activos, preparados para la época de recogimiento invernal, y se marcharan aquellas aves que buscarían un lugar más cálido al otro lado del océano, de los mares, de las montañas. Yuna observaba el vuelo veloz y majestuoso de aquellas aves que abandonaban el frío que ya se asomaba entre los árboles.
Cuando el otoño se volvía oscuro, más frío y melancólico, entonces decidió que trataría de llamar a su familia, de nuevo. Ya habían transcurrido muchos meses de aquella mañana en la que había contactado con su madre a través de la magia y la asombraba tristemente que, desde entonces, nadie hubiese intentado comunicarse con ella. No quería rendirse. Prefería creer que nadie había querido molestarla ni agobiarla; pero una voz le susurraba que, tal vez, todos aquéllos que la habían conocido y supuestamente querido la daban por muerta.
Justo cuando decidió que volvería a comunicarse con su madre, tuvo un sueño muy extraño. Caminaba por su casa en busca de un tarro de barro para cocer unas hierbas para hacer una infusión cuando vio que alguien la observaba desde una de las ventanas de su hogar. Se acercó a la ventana y se encontró con Maebe, quien la miraba como si se sintiese muy triste por no poder hablarle. Yuna supo que Maebe sí podía hablarle, pero parecía como si ambas se hallasen en mundos opuestos.
Al fin, Maebe le preguntó, con una voz trémula y tímida, se podía entrar en su casa. Efectivamente, Yuna la dejó entrar y le solicitó que se sentase en un cómodo sillón que había junto a la lumbre. Hacía mucho frío y el cielo estaba gris, casi sin luz, apagado y triste. Era una mañana muy triste.
     Quiero pedirte perdón por no haber sido sincera contigo. Tú me acusabas de que no te decía la verdad y tenías razón. Nunca fui del todo franca contigo, tampoco. Tendría que haberte confesado desde el principio que tú eras la única habitante viva de este mundo, de nuestro mundo. Aneia también murió ante ti. Ella estaba casi muerta cuando llegamos a su hogar. Verla morir fue algo que aún me hizo sentir más muerta, si cabe. Tú nunca pudiste intuir que yo no estaba viva, en tu mundo, porque todavía me quedaba algo por hacer en esta existencia. Tenía que llevarte lejos del peligro, de la muerte, de todo eso que amenazaba tu vida. No hay nadie en nuestros poblados. Hace mucho tiempo que los últimos moradores de esas tierras se marcharon sintiéndose amenazados por el fuego y la destrucción, por la contaminación y el dominio que algunos quieren ejercer sobre los ríos. Les arrebataron todo lo que tenían, absolutamente todo. No podían seguir viviendo en un lugar donde habían ardido todos los árboles, donde había muerto la vida que los había llenado, donde el agua de los ríos se mezclaba con ingentes cantidades de residuos, donde otros humanos avanzaban en la destrucción sin tener en cuenta nada. A ti te pareció que todo seguía como siempre cuando llegaste, a excepción de tu aldea, pero, en realidad, nada está como lo viste. Tú no volviste anímicamente a este mundo. Volviste físicamente al lugar donde habías nacido y crecido, pero espiritualmente estabas en el pasado. Tienes un alma tan poderosa que eres capaz de percibir distintas dimensiones al mismo tiempo. Tú tampoco eres un ser de este mundo. Eres algo más. Tu familia te abandonó cuando supieron que tú no eres del todo humana. Sí eres humana, pero tienes dones de otros seres que los humanos convencionales no suelen heredar. A tu madre la visitó un ser extraño una noche y le confesó que tú llevarías una herencia especial para que...
Maebe calló al darse cuenta de que Yuna temblaba brutalmente. Se había sentado junto al fuego, también, y se cubría el rostro con las manos. Lloraba sin consuelo. Yuna notaba que se le resquebrajaba algo por dentro, como si hasta entonces hubiese tenido una burbuja de jabón en su interior y alguien, en esos momentos, se la hubiese rasgado con un puñal antes de explotarla.
     Lamento mucho hacerte sufrir tanto, pero es que nadie, excepto quienes ya no estamos en este mundo, puede decirte lo que ocurre contigo. Debes saberlo. Tienes una misión. Has de luchar por nuestra Madre Tierra.
     Yo no puedo hacer eso porque no tengo ni idea de lo que debo hacer —protestó Yuna casi sin poder hablar.
     Sólo tienes que escuchar tu corazón.
     ¿Y dónde estoy ahora, entonces? ¿el lugar en el que me encuentro a qué mundo pertenece?
     Tú lo ves distinto a cómo es.
     ¿Y cómo puedo lograr ver las cosas tal como son?
     Tienes que salir de aquí. Aún estás cerca del que fue tu hogar. Nada de eso queda ya. Ven conmigo. No tengas miedo. En este momento, sólo eres espíritu. No eres materia.
Maebe se había levantado del sillón que ocupaba y le tendía la mano a Yuna, quien, sin comprender nada, se alzó del suelo y se aferró a aquella mano que tanto cariño le había entregado. Justo entonces entendió por qué Maebe nunca confió en que entre ellas pudiese existir algo más que una amistad. Sus enigmas quedaban resueltos en ese instante. No pertenecieron nunca a la misma realidad. Aquello las separaría para siempre. Saber aquello le llenó el alma de frustración y rabia. Supo que Maebe y ella habrían podido quererse mucho en otras circunstancias, pero Maebe no le pertenecía a nadie, ni siquiera a la vida.
     Volaremos por encima de estos lares y te mostraré tal como está el mundo, tu mundo, ahora. Es la única manera de que despiertes de ese extraño letargo en el que la magia te sumerge.
Yuna temblaba, pero procuró confiar plenamente en Maebe, quien la abrazó suavemente al notar que ella se entregaba a su voluntad.
     No tengas miedo. No te pasará nada malo. Despertarás de este sueño conociendo nuevas certezas, sintiendo que todo ha cambiado por dentro y fuera de ti —le contó Maebe mientras se separaba del suelo y salía del hogar de Yuna casi sin esfuerzo.
     Volaremos —se rió Yuna nerviosa.
     Volaremos, sí. Te soltaré en cuanto confíes en tu poder. En sueños, podemos viajar a donde queramos. No hay distancias. No hay límites de ningún tipo. Sólo te basta con desear ir a ese lugar y entonces la magia te llevará.
     Son como viajes astrales.
     Más bien, son sueños astrales, Yuna.
     Tuve alguno antes, cuando ni siquiera sabía que eso tenía nombre.
     Ahora ya lo sabes y tienes que aprovechar tu fuerza interior y tus dones.
Yuna cerró los ojos y se concentró en lo que sentía. Le pareció que latía en su interior un corazón nuevo, vivo, con palpitaciones pausadas e intensas. Yuna se aferró a esa sensación y notó que se esparcía por su ser una energía distinta, única, húmeda y cálida que deshizo el poco temor que le quedaba en el alma.
     Ya me siento preparada —le indicó a Maebe soltándose de su abrazo—. Sólo quiero que me des la mano. No deseo perderme.
     No te perderás.
El color grisáceo del cielo se convirtió en un azul celeste en el que flotaban motas de niebla blanquecina. Bajo ellas, se extendía la tierra, verde, densa. El dorado color de los campos de trigo se mezclaba con el marrón de la tierra en barbecho. Se veía todo a la vez y nada en concreto. Panteras negras y lobos blancos corrían entre los árboles. Las montañas parecían estar al alcance de sus dedos, pero Yuna sabía que quedaban lejos. El aire soplaba a su alrededor removiendo sus cabellos intangibles. Olía a vida... hasta que, de súbito, algo apareció ante sus ojos, algo distinto. El mar sustituyó al verdor de la tierra. Era un mar en calma.
     No estás pensando en ningún lugar en concreto.
     Sí, sí, sí estoy haciéndolo. Quiero ir a la tierra de Aneia.
     Tendrías que haber cogido su trisquel.
     Puedo hacerlo. Podemos volver en un instante...
Fue pensarlo y ser real. Estuvieron en su casa, de nuevo. El trisquel brillaba entre los objetos que Yuna conservaba de su anterior vida. Lo tomó delicadamente entre sus dedos y deseó de nuevo hallarse en el cielo, volando hacia la tierra de Aneia.
     Cierra los ojos. Viajaremos a una velocidad que no se puede ver.
Yuna obedeció a Maebe durante unos instantes, pero fue incapaz de mantener los ojos cerrados durante todo aquel extraño e inmaterial trayecto. Abrió los ojos justo cuando notó que el día se convertía en atardecer. El aire se volvió mucho más frío y, por debajo de ellas, el mar rugía.
     ¿Eso es el mar? —le preguntó a Maebe sorprendida.
     Sí, eso es el mar —le confirmó Maebe encantada.
     Es impresionante.
     Lo es. Tiene mucho poder.
Yuna no podía retirar los ojos de esa ingente extensión de agua que parecía no tener fin. De súbito, entre aquella masa lisa y oscura, vio aparecer una orilla verde donde se mezclaba la arena con la espuma de olas que agitaban el aire. La espuma resplandecía suavemente como si estuviese hecha de plata. Más allá de la orilla, se alzaban grandes rocas, tan altas como el cielo, áridas y teñidas de negrura. Sobre las rocas, a lo lejos, había una masa densa de árboles frondosos, llenos de vida. Yuna aspiró el aroma de la hierba, el de las flores recién nacidas, el del mar. El olor del mar era distinto a todos los que conocía. Era fuerte y dulce. Le despejaba las fosas nasales y le llenaba el alma de vida.
     Bajemos —le pidió Maebe. Su voz sonó atenuada por el viento feroz que soplaba.
Cuando Yuna notó la tierra bajo sus pies, entonces se percató de que se hallaba sobre un suelo rocoso en el que vivían algunos animalitos marinos. Se agachó y acarició un cangrejo que reposaba entre las piedras.
     La marea está baja —le informó Maebe–. Dentro de unas horas, todo esto se llenará de agua.
     ¿Y por qué ocurre eso?
     Por la luna. La luna ejerce una influencia muy potente en el mar.
     Entiendo... pero ¿el agua llega hasta esas rocas tan altas?
     No, no. Mira, ven. Aquí se ve perfectamente la marca del agua. ¿Ves? El agua llega hasta aquí. ¿Ves cómo es diferente el color de la piedra? Además, mira cuántos animalitos hay aquí.
     ¿Qué es eso? —le preguntó señalándole un animal con un caparazón alargado.
     Es un percebe.
     Hay tantos animales que no conozco...
     Porque nunca has estado cerca del mar.
     ¿Ya estamos en la tierra de Aneia?
     Sí, ya estamos aquí. No sé si nos hallamos justo donde ella quería que lanzásemos el trisquel, pero creo que tendremos que andar un poco más.
     Prefiero sobrevolarlo todo.
     Pues volemos.
Volvieron a alzarse hacia el cielo. Se desplazaban lentamente, disfrutando del paisaje que quedaba a largos metros de ellas. El mar rodeaba una tierra verde, fértil, llena de rincones de ensueño que parecían muy antiguos. Había colinas donde reposaban olvidadas algunas casitas redondas, en ruinas. Había poblados de hogares dispersos, extensiones inmensas de campos de trigo, de cultivos de patatas, de muchísimas verduras que Yuna apenas reconocía. Había bosques tan densos que no dejaban ver los caminos que había entre los árboles. También había ciudades cuyas luces artificiales creaban formas estelares, elegantes y mágicas. A Yuna le pareció que aquellas ciudades, desde el aire, parecían pequeñas constelaciones.
Era casi de noche, pero al cielo todavía le quedaban algunos rayos que lanzar a las montañas, tras las que se escondía dorado y orgulloso. En el mar, el sol también se hundía, como si quisiese dormir sobre las agitadas aguas. El sol repartía sus últimos suspiros de vida por los campos, sobre las montañas, en el mar, haciendo que todo refulgiese.
De vez en cuando, al cielo por el que volaban ascendía el canto de las aves, el ulular de los búhos, el siseo de las lechuzas y el reclamo de los cárabos. Se oía también música atravesando el aire; una música melancólica y fina que removía el aire, que alimentaba la sensación de soledad y silencio.
     ¿No vive nadie aquí?
     Sí, claro que sí; pero, en los sueños astrales, en este en concreto, no puedes ver a los vivos.
     Es como si fuese otra dimensión.
     Es otra dimensión. Incluso, si lo deseas, puedes observar esta tierra en otro tiempo. Entonces sí verás cómo vivían las personas antes de este momento.
     Qué interesante...
     nos alejamos ya del mar, Yuna. Tendríamos que volver hacia el noroeste. Allí está el lugar del que Aneia nos habló.
     Hay tantos bosques... es precioso.
     Pero también hay bosques quemados. A esta tierra también le han hecho mucho daño.
     No es justo.
     No lo es. Y aún no viste tu mundo...
     vayamos ya.
Volaron hacia el noroeste, hacia donde resplandecían los últimos rayos de sol. Por el resto de aquella tierra, ya lucía la noche, estrellada, limpia, mágica y misteriosa.
Cuando ya no quedó ni un resplandor en el cielo, entonces Maebe y Yuna descendieron a la tierra y caminaron hacia el borde de un inmenso acantilado. Había una pequeña barandilla separándolas del vacío, pero ambas se situaron tras ella, sin que aquel pedazo de hierro las protegiese. El abismo quedaba ante ellas, imponentes, pareciendo que descendía hacia el mismo centro del océano.
El océano rugía. En el silencio de la noche, las olas tenían un a voz grave y furiosa, pero también melodiosa, incluso arrulladora. Yuna cerró los ojos y permitió que sólo le llenase el alma esa sensación de vacío que el mar le hacía sentir. Qué sola y pequeña se sintió entonces. En ningún momento recordó que no estaba allí físicamente porque el embrujo de aquella tierra era tan potente que le hizo olvidar todo lo que había ocurrido antes de ese momento de ensueño, tan mágico.
Era de noche, pero ella podía observar perfectamente todo lo que la rodeaba. Abrió los ojos y el frescor de la noche le reveló que los tenía llenos de lágrimas.
     ¿Qué me ocurre en este lugar? —le preguntó a Maebe empezando a llorar—. Me siento distinta, como si alguien me hubiese desnudado el alma.
     Esta tierra tiene ese poder. Te quita la coraza en la que muchas veces encerramos nuestras emociones y provoca que tu alma sea libre, que se exprese. Esta tierra te inspira, te hace sentir amor, dicha y belleza, pero también mucha nostalgia. Ojalá el mundo entero fuese como este lugar que tanto sentimiento tiene en su alma. Lo que te ocurre es que conectas con el alma de este lugar.
     Es precioso, es tan bonito que no soy capaz de soportarlo —lloró Yuna perdiendo los ojos por el inmenso mar que rugía al fondo del acantilado, mirando hacia esas olas plateadas que ascendían las rocas, que llenaban grutas antiguas—. Siento que aquí hay mucha vida, que los árboles que quedan cerca de nosotras están tan vivos... Incluso me parece entender el lenguaje en el que esta tierra se expresa. No he sentido nada igual en mi vida.
     ¿Y qué sientes que te dice?
     Siento que me ha acogido, que me pide que me quede, que no me vaya, que ella también me necesita...
     Pues ya sabes lo que tienes que hacer en la vigilia, en tu otra vida, en la otra dimensión. Esta tierra también existe en ese mundo.
     Pero ¿por qué siento esta emoción así, tan potente?
     Porque esta tierra ha conectado contigo.
     Si salto hacia el mar... ¿me haré daño?
     Evidentemente, no —rió Maebe–; pero antes te pediría que lanzases el Trisquel de Aneia.
     Sí... es cierto. Lo tengo aquí.
El trisquel de plata brilló en cuanto Yuna lo extrajo del bolsillo donde lo guardaba. Brilló como si estuviese hecho de estrellas. El mar pareció callarse cuando Yuna lo expuso al aire, mostrándoselo a la tierra, al mar. Todo se quedó en silencio por unos momentos. Hasta Yuna tuvo que esforzarse por dejar de llorar. Quería que aquel momento estuviese hecho de quietud y solemnidad.
     Al fin podemos cumplir lo que nos pediste —dijo Yuna con un susurro—. Le devolveremos al mar, a esta tierra, este símbolo tan significativo e importante. Gracias por confiar en nosotras.
Yuna abrió los dedos y entonces el trisquel voló suavemente, cayendo hacia el mar. La caída fue lenta, pausada y brillante. El trisquel no dejó de resplandecer en medio de la noche. La espuma de las olas quedó detenida en las rocas, el mar permanecía en silencio. Cuando el Trisquel rozó el agua, se volvió grande, su luz se hizo más potente y unos rayos de oro y plata se expandieron por el cielo de la noche, creando la misma forma del colgante en el aire nocturno. Después, se hundió en el mar, las olas reanudaron su danza eterna y el mar volvió a rugir.
     No preguntes nada, Yuna. A veces la magia no tiene explicación.
Yuna sonreía entre lágrimas. Aún estaba sujeta a la mano de Maebe. Se soltó delicadamente de sus dedos y caminó hacia la orilla del acantilado.
     Espérame, por favor —le pidió con nostalgia.
     Creo que sabes volver a tu hogar.
     No me dejes sola. Al menos, esta vez acompáñame.
     Está bien.
Yuna se acercaba a la orilla del acantilado con un paso lento, fijándose en lo que el aire le transmitía, oyendo la voz del mar, de la tierra. No tenía miedo. Iba a hacer algo que, en la vigilia, jamás podría hacer.
El acantilado caía limpio hacia el mar cuando una cuesta se convertía en una pared recta. Yuna descendió esa cuesta pedregosa notando que se sentía feliz, feliz al fin, después de muchos días notando sólo tristeza en su alma.
Saltó justo cuando la cuesta se terminó. El vacío de la noche la abrazó, el mar la esperaba allí abajo, las olas jugaban caprichosamente con el viento y la oscuridad. Yuna no sintió miedo, sólo una sensación de vértigo en su estómago que le hizo reír. Abrió los brazos y permitió que la caída la agitase, removiese sus cabellos y sus ropas.
El agua fría, casi helada, la abrazó fuertemente, acogiéndola en su húmedo abrazo, y Yuna notó que la risa se volvía histérica. Empezó a nadar jugando con las olas. Desde lo alto del acantilado, Maebe la saludaba sonriente.
Sin que Yuna se lo esperase, Maebe también saltó hacia ella. Cayó con majestuosidad en el mar, sin casi hacer ruido, y entonces ambas comenzaron a jugar con el agua, a nadar luchando contra la fuerza de las olas.
     Este mar es muy peligroso. Tiene corrientes que pueden ahogarte.
     Pero yo no puedo morir, ¿verdad?
      No, evidentemente no; pero tampoco puedes tardar mucho en volver. Corres el riesgo de que tu cuerpo se despierte y regreses súbitamente a tu parte física sin que entiendas lo que ocurre. Despertar así es muy peligroso.
      Entonces... volvamos; aunque no quiero separarme de este lugar.
      Puedes volver siempre que lo desees.
 Volvieron a alzarse hacia el cielo. Yuna deseó regresar a su actual casa, pero, antes de que la magia la llevase hasta allí, observó la tierra de Aneia con el alma llena de agradecimiento. Los densos bosques, los campos de cultivo, las pequeñas aldeas, aquellas ciudades que parecían constelaciones diminutas y sobre todo las playas, los acantilados y la orilla del mar también le dijeron adiós con calma. Yuna creyó oír con el alma que aquella tierra le pedía que regresase pronto.
      ¿Cómo se llama esta tierra?
      Huy, es mejor que no lo sepas.
      ¿Por qué?
      ¿Qué más da cómo se llame? Quédate con que es preciosa y que te quiere también, que quiere que vuelvas.
      Sí, volveré.
 Yuna notó que algo tiraba de ella, que un viento feroz la impulsaba de regreso a algún lugar que ella no podía determinar. La velocidad a la que aquel viento la impulsaba se hizo mucho más fuerte y, de repente, percibió que algo la encerraba, que la imagen de la tierra de Aneia desaparecía y que el aire de la noche se desvanecía.
 Se hallaba de nuevo en su cuerpo, en su cama, cubierta por aquella manta de lana, tan gruesa y calentita, junto a un fuego que amenazaba con apagarse. Abrió los ojos sintiendo que aún no se había separado definitivamente del sueño que acababa de tener. Las imágenes de aquel sueño parecían grabadas en sus ojos.
 Supo que aquello que había vivido en el sueño era real. Había estado junto a Maebe volando por el cielo y habían viajado hacia la tierra de Aneia. Al pensar en aquel lugar, experimentó unas potentes ganas de llorar, una presión en el alma. Recordó también las palabras que Maebe le había dirigido antes de emprender aquel vuelo mágico.
 Era la escogida para defender la Madre Tierra de los peligros que amenazaban su vida, pero ella no se sentía capaz de luchar por nada y mucho menos cuando el invierno comenzaba a helar los ríos, a quitarles las hojas a los pocos árboles que se negaban a perderlas. El invierno iba a ser muy duro. Ella lo sentía, lo sabía, pero no podía rendirse.
 Entonces, súbitamente, recordó que Maebe no la había llevado a su antiguo hogar. Supo que habían perdido mucho tiempo viajando a la tierra de Aneia y estando allí. Supo también que viajarían a la noche siguiente.
Se levantó a toda prisa de su cama y corrió hacia el armario donde guardaba los objetos de Aneia y Maebe. Rebuscó entre la ropa y los enseres personales de Maebe y los que ella había empleado en aquel viaje; los que conservaba con mucho cariño. El Trisquel no estaba. Evidentemente, lo había lanzado al mar que bañaba las costas de la tierra de Aneia.
 De nuevo, la magia le había dado una lección, le había revelado que ella era mucho más mágica y especial de lo que nadie le había revelado nunca. No dudaba de sus poderes, pero tenía que aprender a entenderlos. Conocerse a sí misma sería la tarea en la que más horas del día ocuparía. Necesitaba saber plenamente quién era, qué podía hacer. Creyó incluso que era capaz de manejar los elementos si se lo proponía. Hasta le parecía posible volar estando despierta.
 Un nuevo mundo se abría ante ella. La esperaba una realidad distinta, más dolorosa quizá, pero también mucho más hermosa, que aquélla que la había acogido durante veinte años. Había despertado de un sueño astral, como lo había llamado Maebe, sintiendo que abría los ojos a una nueva vida. Había regresado de aquel viaje astral trayendo consigo nuevas esperanzas e ilusiones.